Xtories

Campus Cornudo PARTE 3 (Cap. 34)

Sabe que ella miente. Sabe que el 'trabajo' es una excusa. Pero lo que graba desde la colina no es solo traición: es un espejo de su propia perversión. Y cuando los reflejos del teleobjetivo delatan su presencia, la caza ha comenzado.

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NOTA DEL AUTOR:

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ATENCIÓN: El título de los capítulos anteriores (Cap. 1 y cap. 2) está mal numerado ya que deberían estar etiquetados como Cap.32 y Cap. 33 porque conservan la numeración de capitlos global.

CAPÍTULO 34

Los siguientes días, para mí, fueron un calvario. Cada vez que me cruzaba con Laura deseaba preguntarle: “¿Por qué?”

“¿Por qué me engañas?”, “¿Por qué no confías en mí?”, “¿Por qué has caído en manos de una red de prostitución?”, y la pregunta más difícil de todas: “¿Ya no me quieres?”

También sentía la imperiosa necesidad de advertirla; vigila lo que haces, ¿sabes con qué tipo de gente te estás involucrando? ¿Sabes cómo acabó la pareja del cliente que inició la investigación?

Y más y más preguntas venían a mi mente; ¿eres adicta a la polla del algún macho alfa? ¿Por eso aceptas que te denigren? ¿Ya tomas drogas?

Pero tenía que callarme y simular ser feliz en mi ignorancia. Esta ha sido, sin ninguna duda, la tarea más difícil de soportar a la que me he tenido que enfrentar, pero cuando sólo faltaba un día para asistir a su siguiente “conferencia” tuve que interrogarla para cerciorarme de hasta qué punto era capaz de mentirme en la cara.

–¿Este fin de semana vuelves a tener conferencia? – pregunté en un momento propicio para sincerarnos.

–Sí– respondió.

–¿Y realmente es necesario? Podríamos aprovechar para salir un poco, ya empieza el buen tiempo y me apetece pasarlo contigo.

–Hay amor, – respondió, –y yo. Pero estas conferencias son ineludibles.

–Pero son conferencias de sexología y tú no eres sexóloga. ¿Por qué es tan importante tu presencia?

–No claro, no me corresponde a mi exponer la conferencia. Pero tengo muchas tareas asignadas: la organización, la logística, las relaciones sociales... Sin las chicas estas conferencias serían un desastre.

“Claro”, pensé, “sin las chicas no hay folleteo”.

–¿Y qué tal? ¿Cómo son esas conferencias?

–Por lo general es agotador; tengo que estar pendiente de todo en todo momento.

–¿Y los sexólogos? ¿Qué tal son?

–Pues hay de todo, a la mayoría apenas los conozco. A mí me corresponde organizar la agenda del doctor Gimeno mientras que las otras chicas se encargan de los asuntos de los otros ponientes.

–¿Y todos son hombres?

–La mayoría, aunque también hay alguna mujer.

–¿Y qué tal son? – insistí, –¿guapos, feos, mayores, jóvenes…?

–La mayoría son de mediana edad, de cincuenta o sesenta para arriba, aunque también los hay jóvenes. Y que decirte, hay de todo, algunos más atractivos que otros, aunque eso sí, se nota que “manejan”.

–“Manejan”, ¿a qué te refieres?

–A que tienen dinero, ropa cara, trajes caros, coches de lujo… el último día en el aparcamiento vi un Maserati y un Bentley. ¡Que pasada el Bentley!, me encanta. ¡Ah! Y un Lamborghini.

–Joder… sí que “manejan” pues. ¿Y esa pasta la hacen recetando terapias sexológicas?

–Pues no lo sé, supongo– respondió pillada en una pequeña contradicción, –aunque recetando terapias en el Campus Cornudo a 15.000€ deben llevarse unas buenas comisiones –añadió corrigiendo su pequeño desliz.

–Y, con conferenciantes tan “ilustres”, ¿no hay ligues con las chicas?

–Pues alguno habrá– dijo aparentando ignorancia, –pero no estoy al corriente.

Estaba claro que no le sacaría nada más. Por mucho que adornara la mentira con hechos reales, Laura, estaba mintiendo descaradamente y, yo, lo sabía. ¿Cuántas recetas al Campus Cornudo serían necesarias para poder comprarse un Bentley?”

* * * * *

El viernes fue un día normal, como tantos otros viernes, aunque, como Laura tenía que asistir a su tercera “conferencia” preparó una pequeña maleta antes de salir hacia el trabajo.

El plan era que, al finalizar la jornada laboral, el doctor Gimeno y las chicas salieran directamente en un minibús hacia su hotel, mientras que yo, esperaría instrucciones del investigador Pelayo.

A media tarde me llegó el mensaje por WhatsApp:

[Don Pelayo] 18:27 ¿Cuándo se va Laura?

[Yo] 18:35 Ya ha salido.

[Don Pelayo] 19:37 Perfecto. Ya tengo el equipo fotográfico preparado, quedamos mañana a las 6 AM.

¡Vaya! Tocaba madrugar.

* * * * *

Puntualmente, el investigador Pelayo me recogió a la puerta de mi casa e iniciamos la marca. En el improvisado equipo de espías estábamos el investigador Pelayo, el joven colaborador de nombre Abel que había hecho un reconocimiento previo de la zona a la que nos dirigíamos, y yo mismo.

Casi tres horas después de salir nos encontrábamos en la cima de un pequeño monte desde el cual se divisaba una amplia llanura de campos de cultivo y praderas entre las cuales destacaba un gran cortijo, completamente rodeado por muros de piedra.

Instalamos los equipos rápida y eficientemente, de modo que antes de las diez de la mañana ya teníamos una vista detallada del interior del cortijo. Las imágenes eran ligeramente temblorosas a causa del polvo en suspensión y la distancia.

Eran tres cámaras, una para cada uno, todas con sistema de grabación automática y desde el primer momento las activamos.

Abel, se encargaba de la puerta, seguir los coches que entraban e intentar fotografías a los clientes por si podíamos reconocer a alguno. Yo me encargaba del seguimiento de las chicas que estaban cómodamente tumbadas en un área de descanso con césped, piscina y una terraza donde servían copas. Por su parte, el investigador Pelayo reconocía el área, las cámaras de vigilancia, la posición de los vigilantes y este tipo de detalles.

Pronto localicé a Laura, o eso me pareció, porque vi a una mujer muy parecida tumbada en una hamaca mientras tomaba un refresco. Cerca de ella, otras catorce chicas, todas espléndidas, como Laura, deambulaban por la zona ajardinada sin, aparentemente, ninguna tarea encomendada; todas hacían topless dorando sus generosos pechos bajo el sol.

–Ahí llega uno– nos alertó Abel, –joder viene en un Ferrari, ¡un Roma!.

No le presté mucha atención ya que seguí concentrado en Laura. Aparentemente no había hombres cerca y sólo estaban las chicas hablando entre ellas.

Durante la siguiente media hora fueron llegando vehículos, todos de alta gama o clásicos de coleccionista. Pero los propietarios accedían directamente al interior del cortijo y los perdíamos de vista; hasta que media hora después, unos diez hombres salieron charlando animadamente entre ellos y se mezclaron con las chicas.

Laura no tardó mucho en estar acompañada porque un hombre joven, bastante atractivo, se sentó junto a ella. Tuvieron un breve intercambio de palabras mientras una chica les servía una copa a cada uno.

Durante unos minutos hablaron entre ellos, brindaron y bebieron hasta vaciar las copas. Me moría de ganas por saber de qué hablaban; que le decía aquel joven a Laura para seducirla y que respondía ella. En estos momentos maldecía no haber aprendido nunca a leer los labios.

Cuando vaciaron sus respectivas copas, Laura se levantó y corrió hacia la piscina, se tiró de cabeza al agua, elegante y él la siguió apresuradamente.

Durante unos instantes jugaron al gato y al ratón con Laura huyendo despavorida y, él, intentando darle alcance. Hasta que, finalmente, la atrapó y se abrazaron. Los pechos de Laura se apretaron contra el depilado pecho del joven, unieron sus labios y se besaron.

Me sentí romper por dentro; allí mismo, delante de mis ojos tenía la prueba del engaño. Laura intimando con un millonario y ejerciendo como puta de lujo.

Desde mi posición tenía una perspectiva inmejorable de la pareja y, sinceramente, me olvidé de mi tarea como espía y me centré, exclusivamente, en Laura. Laura se sumergió y a los pocos segundos emergió con el bañador del joven en la mano; y lo lanzó fuera de la piscina. Instantes después se invirtieron los papeles y fue el joven quien se sumergió y le quitó el tanga a Laura. Ya estaban los dos completamente desnudos, abrazados y besándose lascivamente.

A pesar de quedar oculto por el agua, pude percibir como Laura rodeaba con las piernas la cintura del joven y se colgaba de su cuello. Y, en esa posición, mientras se besaban intensamente los movimientos de cadera evidenciaban lo que el agua ocultaba. Estaban follando y, por los gestos y reacciones de Laura, estaba gozando como una perra.

No lo resistí más; así que desvié el objetivo para investigar a las otras chicas. Lo que vi debería haberme sorprendido, pero en realidad, no lo hizo. Se habían formado diversas parejas y las chicas atendían a sus clientes diligentemente. Casi todos estaban completamente desnudos y mantenían relaciones sexuales de diversa índole. Algunas le chupaban la polla a su cliente mientras otras eran violentamente folladas por delante y otras por detrás.

Regresé a Laura que continuaba follando con el mismo joven pero por su espalda se aproximó un señor mayor, de como mínimo sesenta años, que después de abrazarla la penetró desde atrás.

A pesar de la enorme distancia me parecía oír sus jadeos… “!AHH!! ¡SIIII!! ¡SIIII!! ¡ME CORRROOOO!! ¡ME CORRROOOO!!”.

Y el joven debió de hacerlo porque poco después se alejó nadando. Probablemente sólo era una deducción errónea, pero el perfil del hombre que se estaba follando a Laura desde atrás coincidía en edad con el doctor Gimeno. Si las grabaciones funcionan correctamente, cuando las estudiemos detenidamente, es posible que pueda corroborar esa suposición.

Abstraído con esos pensamientos no me percaté de que Laura salía del agua y se sentaba en el borde para que, desde dentro, el abuelo pudiera lamerle el coño con avidez. Y debía hacerlo bien porque Laura, apoyando sus codos sobre el pavimento, echó su cabeza hacía atrás y, mirando directamente al objetivo de mi cámara, empezó a gemir de placer,”Ummmmmm”.

Algo debió decirle el hombre porque Laura se tumbó completamente y empezó a masturbase desenfrenadamente para, poco después, correrse lanzando un chorro de squirt que impactó directamente en la cara del hombre.

Durante unos segundos, Laura quedó tumbada, respirando agitadamente y acariciándose superficialmente su coñito mientras el hombre lamía el clítoris absorbiendo los últimos restos de la eyaculación de Laura.

Pero lo más perturbador fue percatarme de que, ver aquella escena, se me había puesto la polla durísima y, si no fuera porque a mi lado estaba el investigador Pelayo, me la habría sacado allí mismo para masturbarme hasta correrme.

Estaba devastado por lo que acababa de ver ya que, de hecho, era la primera vez que veía a mi mujer manteniendo relaciones sexuales sin tener puesto el cinturón de castidad y me sentía confuso por cómo estaba reaccionado mi cuerpo.

Aparté la mirada de la cámara y durante unos instantes cerré los ojos para reducir mi ritmo cardíaco.

–¿Todo bien? – preguntó el investigador Pelayo sacándome de ese extraño trance.

–Sí, sí.

–¿Necesita descansar? ¿O prefiere encargarse de los accesos? Abel puede ocuparse del seguimiento de las chicas.

–No, no. No es necesario.

Desolado volví a la cámara, pero no encontré a Laura. Abrí un poco el angular hasta que la localicé debajo de la pérgola. Estaba colgada en un columpio con las piernas amarradas en alto y su coño abierto de par en par; frente a ella, el supuesto doctor Gimeno se acercaba con la polla en la mano.

Cuando finalmente la penetró una oleada de placer la hizo gemir. Nunca había visto aquel tipo de columpio, pero estaba claro con que objetivo había sido diseñado. A cada empujón, Laura, se balanceaba en dirección contraria para, poco después, caer sobre la polla y volver a ser empalada hasta el fondo.

“!AHHHHHHHH!!!! ¡SIIIIIIII!!!!”, los gritos de placer de Laura retumbaban en mi cabeza desgarrándome por dentro.

Con cada vez más y más fuerza, Laura, era empalada por esa polla provocándole oleadas de placer nunca sentidas hasta entonces. Y sus gritos debieron de atraer la atención de otros clientes porque, poco a poco, se fueron acercando varios mirones.

Y cuando el doctor Gimeno se derramó dentro de ella, otro de los clientes ocupó su lugar sin dejarla descansar.

Completamente superado tuve que volver a cerrar los ojos y cuando ya había decidido que no podía continuar viendo aquello Abel nos alertó.

–¿Dónde coño va ese? – dijo extrañado.

Inmediatamente el investigador Pelayo y yo nos giramos para mirar en la dirección que nos indicaba. Y en efecto, un turismo salía a toda velocidad del cortijo. Lo seguimos extrañados con los teleobjetivos hasta que, cuando llegó al cruce con la pista forestal por la que habíamos accedido a la cima del montículo, giró repentinamente y, derrapando lateralmente, lo tomó.

–¡Ei! ¡Ei! ¡Ei! ¡Que vienen! – gritó don Pelayo.

–¡Abel, pon en marcha el motor!, ¡Carlos, carga las cámaras tal cual! y ¡VÁMONOS!

–¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! – gritaba.

En menos de un minuto estábamos todos dentro y Abel arrancó el vehículo a toda velocidad. La pista que tomamos estaba en muy malas condiciones, con baches, curvas y arena, pero por suerte el 4x4 era resistente y Abel se manejaba bien al volante.

Tras cinco tensos minutos, alcanzamos la carretera principal y la tomamos a toda velocidad.

Dos quilómetros después, abandonamos la carretera para adentrarnos en una zona boscosa. Resguardados entre la maleza, pero con el motor en marcha y prestos para salir huyendo en caso de necesidad, vigilamos la carretera hasta que don Pelayo consideró que ya era suficiente.

–Vámonos– dijo al final, –pero circulando a velocidad normal, sin llamar la atención.

–¿Qué ha pasado? – pregunté aún sobresaltado.

–Deben de haber visto algún destello de luz. Ha sido un error grave no tomar medidas para evitar los reflejos. Espero que tengamos suficiente material. ¿Lo habéis cogido todo?

–Creo que sí– respondí, aunque con la repentina huida no pondría la mano en el fuego.

* * * * *

A media tarde del domingo regresó Laura, alegre pero ojerosa y visiblemente cansada.

“¿Vienes bien follada?”, pensé y no pude evitar sentir un gran resentimiento; “¿Es eso el final?” pero no me atreví a preguntar.

El problema era que no tenía ni la más remota idea de cómo debía proceder, de cómo debía encarar el problema y aún menos de cual podía ser su solución, si es que la había.

DESPACHO 13

LA COMPAÑÍA – MADRID

[LLAMADA TELEFÓNICA] TUUT... TUUT... TUUT...

[Desconocido] ¿Que ha sucedido hoy en Villa Vicio?

[Jefe de seguridad] Tres sujetos han instalado teleobjetivos para captar imágenes del recinto.

[Desconocido] ¿Paparazzis?

[Jefe de seguridad] No.

[Jefe de seguridad] Poco antes de que los alcanzáramos han huido a toda velocidad en un 4x4.

[Desconocido] ¿Han podido identificar a los intrusos?

[Jefe de seguridad] Sí. En el lugar de los hechos han dejado abandonado el ticket de compra de una gasolinera cercana y gracias a las cámaras de seguridad hemos podido identificar a un investigador privado llamado Jorge Pelayo y a un informático llamado Carlos Ruiz. Había un tercer pasajero que no ha sido captado por las cámaras.

[Desconocido] ¿Carlos Ruiz? Vaya, que interesante. Y de ese tal Jorge Pelayo, ¿Qué sabemos?

[Jefe de seguridad] Es el investigador privado que llevó el caso del divorcio de una de nuestras putas hace unos años. No debemos preocuparnos por él.

[FINAL LLAMADA]...CLACK...

[Doctora Álvarez] ¿Cómo es posible que Carlos haya descubierto Villa Vicio?

[Desconocido] No lo sé. Pero creo que ha llegado el momento de darle a Carlos lo que está buscando.

[Doctora Álvarez] ¿Es necesario? Lo más probable es que con lo que ya sabe elija divorciarse.

[Desconocido] Nos aseguraremos de ello.

Continúa en