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Terapia profunda… muy profunda - Epílogo

Cuatro años de silencio y una nota desgastada en la cartera. Rolo creía haber cerrado el libro, pero la vida tiene sus propios giros. Cuando la recepcionista le anuncia que ella ha vuelto, el corazón le falla: ¿es un fantasma del pasado o una segunda oportunidad?

canibal046.4K vistas9.3· 18 votos

Terapia profunda… muy profunda - Epílogo

El sol de la mañana entraba oblicuo por las persianas del pequeño despacho que Rolo había alquilado en el centro de la ciudad. No era lujoso: paredes blancas con alguna mancha de humedad que nunca había terminado de pintar, un sofá de segunda mano que había rescatado de un anuncio en internet, una mesa de madera llena de marcas de tazas y un diploma enmarcado en la pared que todavía le parecía ajeno cuando lo miraba.

Rolo estaba sentado en su silla giratoria, organizando la agenda del día. Hojeaba las fichas de sus pacientes: una mujer de cuarenta que luchaba contra la ansiedad post-divorcio, un adolescente que no sabía cómo decirle a sus padres que quería estudiar arte, un hombre de cincuenta que había perdido el trabajo y sentía que había perdido también su identidad. Cerró la carpeta con cuidado y se levantó.

Se miró un segundo en el espejo pequeño que tenía colgado junto a la puerta. El pelo más corto, una barba recortada que ya no intentaba esconder nada, gafas que había empezado a usar para leer. Seguía siendo el mismo Rolo de siempre, pero algo había cambiado. Era pero a la vez no.

Abrió la puerta del despacho y salió al pasillo compartido. Saludó con un gesto a la recepcionista del piso, una chica joven que siempre le preguntaba si necesitaba café.

—Buenos días, Carla. Hoy no, gracias. Tengo la agenda llena.

—Como siempre, doctor —respondió ella con una sonrisa—. Otra terapia de grupo esta tarde?

Rolo asintió.

—Sí. Autoestima y límites. A las seis.

—Suerte. Siempre se llena.

Él sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera.

**Quién lo diría**

Bajó las escaleras y salió a la calle. El aire era fresco, con ese olor a pan recién horneado que salía de la panadería de la esquina. Saludó al kiosquero que siempre le guardaba el periódico, al cartero que pasaba en bicicleta, a la señora que regaba las plantas del balcón del primer piso. Era parte de la rutina que se había construido en estos cuatro años.

Después de que Violet se fue, Rolo se había quedado más afectado de lo que pensó. El apartamento olía a ella durante semanas; la camiseta que había dejado en el cajón todavía guardaba su perfume. La nota que le había escrito seguía en su cartera, doblada y releída tantas veces que el papel estaba desgastado en los dobleces.

Algo se rompió dentro de él y, en lugar de hundirse, decidió reconstruirse.

Retomó los estudios de psicología que había abandonado años atrás. Se matriculó en la universidad nocturna, trabajó de día en lo que pudo —camarero, repartidor, corrector de textos— y estudió de noche hasta que los ojos le ardían. Fue duro. Muy duro. Pero cada vez que quería rendirse, pensaba en lo vivido. En cómo había llegado a tocar fondo, y no quería volver a lo de antes.

Se graduó con buenas notas. Probó trabajos en el estado: centros de salud mental, programas sociales. Ganó experiencia. Luego empezaron a llegar clientes particulares. Primero pocos, recomendados por amigos. Luego más. Hasta que pudo alquilar este despacho y empezar sus propias terapias de grupo. Una vez al mes organizaba sesiones sobre autoestima, límites personales, recuperación después de relaciones tóxicas. La gente llegaba tímida, rota, y salía un poco más fuerte. Que ironía.

Rolo caminó hasta la cafetería de la esquina y pidió un café para llevar. La dueña, una señora mayor que siempre le preguntaba que cuando le va a conocer una novia, le sonrió.

—Y cuando traes a una chica? —preguntó mientras le servía el café—. Un joven tan atractivo y sólo.

Rolo sonrió con tristeza.

—No hay nadie por ahora, la que había se fue.

La señora asintió, comprensiva.

—Las buenas siempre vuelven… o al menos dejan huella.

Rolo pagó, cogió el café y salió. Miró el cielo un momento. Era un día claro, de esos que hacen que la ciudad parezca menos pesada.

Sacó la cartera y abrió el compartimento donde guardaba la nota de Violet. La leyó en silencio, como hacía cada cierto tiempo.

Rolo dobló la nota con cuidado y la guardó de nuevo. Suspiró, una pequeña y triste sonrisa dibujada en la cara.

Tomó un sorbo de café y siguió caminando hacia el despacho.

La vida seguía. Y él, por fin, estaba aprendiendo a vivirla sin esperar que alguien más la definiera por él.

####

Rolo estaba sentado en una mesa de la cafetería de la esquina, con un café americano a medio tomar y el móvil en la mano. Era uno de esos días tranquilos de miércoles, cuando la agenda del despacho tenía huecos y él se permitía respirar un poco antes de la siguiente sesión. El sol entraba por la ventana grande y le calentaba el brazo izquierdo mientras deslizaba el dedo por la pantalla.

Hacía scroll lento, casi automático: fotos de amigos de la universidad que ahora tenían hijos, memes de colegas psicólogos, algún video viral que no le interesaba del todo. Hasta que una publicación lo detuvo en seco.

Era un selfie. Luis y Martín posaban sonrientes en una playa que parecía de algún lugar del norte: arena clara, mar turquesa, palmeras al fondo. Luis tenía el pelo más largo, una barba corta bien cuidada y una camiseta suelta que le daba un aire relajado que Rolo nunca le había visto. Martín, a su lado, pasaba un brazo por sus hombros y apoyaba la barbilla en su hombro. Los dos miraban a la cámara con una paz que se sentía genuina. Debajo de la foto, Luis había escrito solo una frase corta:

“Por fin en casa.”

Rolo sonrió sin poder evitarlo. Una sonrisa pequeña, nostálgica, pero sincera.

Pensó en lo que había pasado después de aquella tarde en el despacho. Luis había confesado todo a su familia. El mismo decidió dar el paso. La reacción fue exactamente la que Luis esperaba: gritos, silencio helado, acusaciones, amenazas de desheredarlo, de borrarlo del apellido. Lo echaron de la empresa familiar esa misma semana. El golpe fue duro, pero no tanto como Luis temía. En realidad, parecía que lo había estado esperando desde hacía años. Al día siguiente de la ruptura con la familia, Luis se mudó con Martín a un departamento pequeño en las afueras. Dejó atrás el apellido, el dinero, las expectativas. Y, por primera vez, empezó a vivir.

Rolo sintió una envidia sana. No era amargura. Era admiración. Luis había elegido la verdad, aunque le costara todo. Y ahora, en esa playa, se veía en paz. Liberado. Con vía libre para ser feliz.

Deslizó un poco más y la publicación desapareció. Siguió scrolleando un rato, pero su mente ya estaba en otro lugar.

Pensó en Violet.

Durante los primeros meses después de que se fue, Rolo la había buscado. No de forma obsesiva, pero sí constante. Revisaba sus redes (que ya no existían), preguntaba discretamente a conocidos en común, incluso pasó un par de veces por su antiguo alquiler. Nada. Violet se había mudado sin dejar rastro. No había perfiles públicos, no había fotos etiquetadas, no había publicaciones. Desapareció como si nunca hubiera estado allí.

Al principio le dolió. Mucho. Pero con el tiempo entendió que ella necesitaba exactamente eso: desaparecer de todo lo que la había definido hasta entonces. De él. De Luis. De Alberto. De la mentira.

Rolo dejó de buscarla. Guardó la nota que le había dejado en la cartera y decidió respetar su silencio. Si algún día quería volver a aparecer, lo haría. Si no… él seguiría adelante.

Tomó un sorbo del café ya tibio y miró por la ventana. La ciudad seguía su curso, indiferente a sus recuerdos.

Suspiró, guardó el móvil y se levantó.

Tenía una sesión en media hora.

Y, quién lo diría, ahora era él quien ayudaba a otros a encontrarse.

Sonrió para sí mismo, dejó unas monedas en la mesa y salió a la calle.

El día seguía. Y él también.

####

Rolo trataba de seguir con su vida. Los días se habían convertido en una rutina cómoda, casi reconfortante: el despacho, las sesiones individuales, las terapias de grupo donde hablaba de autoestima y límites con una honestidad que a veces le sorprendía a él mismo. Había intentado no cerrar la puerta al amor. Tuvo citas. Tres o cuatro en estos cuatro años. Mujeres interesantes, divertidas, con vidas propias y ganas de algo serio. Pero ninguna prosperó. Siempre había una razón: horarios que no encajaban, química que no prendía del todo, o simplemente… él. Porque, aunque lo negara en voz alta, su corazón seguía guardando a alguien.

No le quitaba el sueño. O al menos eso se repetía. Pero en las noches solitarias, cuando el apartamento estaba demasiado silencioso, sacaba la nota de Violet del cajón y la releía. No por nostalgia barata, sino porque era lo único que le recordaba que había sentido algo real. Y eso lo frustraba un poco. Cuánto tiempo más iba a pasar para olvidarla? Cuántos años necesitaba un corazón para soltar algo que nunca había tenido del todo?

Así pasaban los días, tratando de pensar en el trabajo. En sus pacientes. En las historias que escuchaba y en las que intentaba ayudar a reescribir.

Hasta que llegó aquel jueves por la mañana.

Entró al edificio como siempre, saludando al portero con un gesto y subiendo las escaleras con el café en la mano. Al llegar a la recepción del piso, Carla levantó la vista del ordenador y le dedicó una sonrisa enorme, de esas que prometen chisme bueno.

—Buenos días, doctor —dijo, con los ojos brillantes.

—Buenos días, Carla —respondió Rolo, dejando la taza en el mostrador—. Todo bien?

Ella se inclinó hacia delante, conteniendo la risa.

—Qué callado lo tenía, doctor.

Rolo frunció el ceño, confundido. Cogió su agenda del día y la abrió.

—De qué hablas?

Carla se mordió el labio para no reírse más fuerte.

—No se haga. Nunca me había dicho que tenía novia. Y qué novia, por favor. Bien guapa.

Rolo parpadeó. La agenda se le quedó colgando en la mano.

—Novia? Carla, de verdad no sé de qué hablas.

Ella soltó una carcajada baja y se acercó más, susurrando como si fuera un secreto de estado.

—No bromee. Ella me dijo que venía a ver a su novio, el doctor Rolando Sánchez. Yo le dije que usted no estaba en el despacho todavía, que tenía una sesión fuera. Y ella, toda inocente, me pregunta: “Está en alguna cirugía?”. Se imagina? Creyó que usted era cirujano. O me estaba tomando el pelo? Cuando le aclaré que no era esa clase de doctor, se puso roja como tomate. Usted nunca le dijo?

Rolo sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que casi se le cae la agenda. La boca se le abrió sola. El café se quedó olvidado en el mostrador. Reconoció cada palabra. La ingenuidad. La confusión adorable. El sonrojo. Y hasta el olor residual dejado en el mostrador. Era ella. Tenía que ser ella. Sonrió como un idiota, como su idiota.

Carla lo miró extrañada al ver su expresión y añadió.

—Está en su despacho esperándolo.

Fin.