Xtories

Intercambio entre hermanas - completo (cap. 23 FIN

Fran creyó haber perdido a las dos mujeres más importantes de su vida, pero un diario oculto bajo la cama le revela una verdad que lo deja sin aliento. Ahora, atrapado entre la culpa y el deseo, debe decidir si se rinde ante la distancia o lucha por recuperar el amor que siempre estuvo a un paso.

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Cap. 29 – EL DIARIO DE ANA

FRAN

No necesito explicar que, tras la pérdida de las dos mujeres de mi vida, quedé hundido por completo.

Hundido y humillado.

Aunque debo decir que fue la pérdida de Ana la que me dejó destrozado. A Marta, en realidad, ya la había perdido hacía muchos meses y había tenido el tiempo suficiente para completar mi duelo por ella.

A partir de entonces, mi vida se derrumbó por completo. El trabajo ya no me atraía. Me movía como un zombi por la oficina. Zahara volvió a desayunar conmigo a diario al ver mi lamentable estado. Tanto ella como Sole intentaron aplacar mi dolor, sin conseguir siquiera llegar a entenderlo del todo.

Ante su insistencia, les detallé de principio a fin la historia de mis dos chicas y ambas quedaron boquiabiertas. Sin embargo, no pudiendo hacer nada por ayudarme, decidieron dejar que el tiempo curara mis heridas.

Días más tarde, Zahara se casó —embarazada de siete meses— y pidió la baja maternal. Así que Sole quedó como único testigo de mi tragedia y como pañuelo de mis lágrimas diarias.

Sin Zahara cerca, la presencia de Sole parecía mi único vínculo con el pasado. Quizá fue por los recuerdos de la noche de la fiesta, o simplemente por puro despecho, acabé sucumbiendo a sus propuestas y me tiré a Sole —«por fin», como dijo ella tras la primera vez.

Esa primera vez ocurrió en mi propio despacho, con la ropa a medio quitar y las prisas del subidón. La segunda, más tranquila, la llevamos a cabo en mi casa. Fue un domingo entero en el que, entre polvo y polvo, comimos, bebimos y charlamos como dos viejos amigos. Aquel día la sentí más cerca de lo que lo había estado nunca. Mi vieja enemiga convertida en mi mejor amiga, las vueltas que da la vida, pensé. Cuando lo necesité, enjugó mis lágrimas y, cuando el deseo nos apretaba, follábamos enfebrecidos.

*

Varios días más tarde —nunca entendí como tardó tanto en hacerlo— Marta me envió un mensaje citándome en casa para el siguiente domingo. Me decía que acudiría con una empresa de mudanzas para llevarse el resto de las pertenencias de las hermanas, tal y como me había avanzado el día de su partida.

Aquella tarde, con la herida de mi pecho abierta de nuevo, entré por primera vez en el cuarto de Ana. No lo había hecho desde que ella se fuera siguiendo a su hermana. No había permitido tampoco que la asistenta entrara en ella a limpiar. Quería que el aroma de Ana no desapareciera, acallado por las esencias perfumadas de los detergentes.

Abrí sus armarios y acaricié la poca ropa que en ellos quedaba. Respiré el perfume de los cajones de la cómoda donde aún descansaban sus enseres olvidados. Abrí alguno de sus libros en la estantería y recorrí sus páginas para leer las anotaciones al margen que ella solía escribir con letra apretada y menuda.

Finalmente, me senté en su cama y aspiré el aroma de las sábanas. Unas sábanas entre las cuales habíamos retozado mil veces mientras estuvimos juntos.

No pude retener las lágrimas que acudían a mis ojos.

Pasé en aquella cama casi una hora. Al cabo, me levanté de ella decidido a huir de la habitación. Algo, sin embargo, me hizo tropezar y me detuvo. El objeto se encontraba en el suelo y debajo de la cama. Asomaba por el borde y había permanecido oculto a la vista por la colcha, que caía ligeramente sobre él.

Me agaché y lo recogí para comprobar que se trataba de una especie de agenda. Sus tapas de cuero fucsia le daban un aspecto muy femenino. Lo abrí y el título en la primera página me aclaró que no se trataba de una agenda, sino de un diario:

DIARIO DE ANA ORTEGA

rezaba el título, y un escalofrío me recorrió por entero. Tenía entre mis manos una joya de mi amada. Un manojo de secretos que posiblemente la desnudaban por dentro, un lugar al que ella me había permitido asomarme algo, pero al que no había tenido el mismo acceso que a la desnudez de su cuerpo.

Hojeé las páginas del diario y comprobé que, efectivamente, la letra que las cubría había salido de su puño. Las primeras inscripciones databan de cuando era niña. Pero las últimas eran muy recientes.

Lo cerré de sopetón. Me sentí avergonzado. No podía leer aquel manojo de sueños de Ana. Si lo hiciera, lo iba a lamentar por siempre. Un diario se escribe para uno mismo, para descargar la conciencia y el corazón. Que alguien ajeno al autor lo lea es un terrible pecado. Casi un delito.

Lo dejé encima de la cama y salí de la habitación. Al día siguiente los operarios de la mudanza lo empaquetarían en alguna de las cajas y se lo llevarían con el resto de sus pertenencias.

Era viernes, día de salir y divertirse, y yo llevaba demasiado tiempo llorando mis penas. No podía continuar así. De modo que llamé a un par de amigos y una hora después tomábamos copas y tonteábamos con las chicas de un bar de ambiente que para mí era novedad.

Aquella noche ligué. Sin embargo, cuando llegó el momento crucial, no pude pasar de los besos y las caricias, y llevé a la chica —Lidia se llamaba— a su apartamento, donde su novio la esperaba según me dijo con su lengua dentro de mi boca.

*

Cuando volví a casa, me hallaba más borracho de lo que lo había estado en semanas. Pero, en lugar de irme a la cama, puse música en el salón y me serví una nueva copa. Un día es un día, me decía para animarme.

Tras la primera copa, me serví la segunda. Y, mientras lo hacía, una imagen se dibujó ante mis ojos: El diario de Ana Ortega.

Dejé la botella a un lado y con el vaso en la mano me apresuré hacia el cuarto de mi cuñada. Tanta prisa llevaba que a punto estuve de tropezar con mis propios pies.

Una vez en el interior de la habitación, me senté en la cama, abrí el diario y comencé a leer. Estaba desatado. Arrastrado por el alcohol, leer aquellas páginas se había convertido en el único objetivo de mi vida a corto plazo.

Las primeras anotaciones, como ya dije, databan de su niñez y estaban escritas en tinta de diversos colores. Las pasé de corrido, no quería entrar en las intimidades de una cría, no era mi estilo. Tras varias entradas de unos tres años atrás, encontré una anotación fechada unos días después de que Ana llegara a Madrid y se instalara en el «casoplón». El color de la tinta era de un azul oscuro, muy diferente al de las anotaciones antiguas.

Empecé a leer por ella y me sumergí en los secretos, los anhelos, las alegrías y las desesperanzas de mi cuñada. Las verdades, y las mentiras, de todos los meses que pasamos juntos se fueron desplegando ante mí y mi corazón se fue llenando de un amor inmenso. El amor más irracional que un hombre pueda sentir. Las lágrimas caían por mi rostro y yo las sorteaba para que no cayeran sobre el diario y destiñeran las palabras de mi gran amor. Ana, la gran desconocida, el amor de mi vida, había estado tan cerca de mí que me había cegado la mirada y no había conseguido verla.

Cuando llegué a la última anotación, comprobé que había sido escrita el mismo día de su partida. Parecía tratarse de una despedida. La garganta se me estranguló. No creí poder leerla, quizá en ella encontraría duras palabras que romperían la magia de lo leído hasta entonces.

Estaba cerrando el diario, pero me detuve en el gesto. Apuré el resto de licor de mi vaso para darme fuerzas, y la leí de corrido:

*

Extracto del diario de Ana

Buenos días, querido diario.

Siento decirte que esta sea, probablemente, la última vez que escriba en tus páginas. No es por ti, te lo prometo. Es que a partir de hoy creo que estaré muerta para siempre.

Porque hoy me han partido el corazón.

Te he comentado muchas veces que tenía miedo de quedarme en medio de una guerra que no era la mía. La guerra fratricida entre Marta, mi madre adoptiva a todos los efectos, y Fran, mi gran amor.

Y ese miedo se ha materializado ayer, obligándome a ser testigo de la batalla crucial entre las dos personas a las que más he amado, y amaré, en toda mi vida.

Empezaré por el principio.

Cuando volvía de comer con mis amigas, ambos se encontraban en el salón de la casa, conversando como una pareja normal. Pero el tema de conversación, por desgracia, no era tan «normal»: Marta le estaba pidiendo el divorcio y Fran se lamentaba por ello.

La discusión fue elevando su tono hasta llegar a niveles terroríficos cuando Fran le reveló a mi hermana que su niña no es hija suya. Y para demostrarlo le entregó una prueba de ello: un análisis comparativo de ADN entre él y Laia que desmiente la paternidad.

El genio contenido de Marta salió a relucir y sus voces debieron de oírse por todo el bloque. Y el peor momento de todos fue cuando mi hermana me miró con una expresión de odio que nunca le había visto, justo al darse cuenta de que yo he estado todo el tiempo al lado de Fran. Y que le he ayudado en un complot para echar abajo su plan de desembarazarse de su marido y quedarse con la casa.

Esta madrugada, Marta ha venido a mi habitación y me ha obligado a confesarle que era cierto, que me había confabulado con Fran para ayudarle en contra suya. No ha llegado a abofetearme, pero su mirada de desprecio ha dolido más que mil bofetadas.

Me ha echado en cara todo lo que ha hecho por mí desde que murió mamá. Me ha restregado cada día que he pasado bajo su cobijo, siendo la niña de sus ojos.

No he podido evitar el llanto. He derramado todas las lágrimas contenidas en los últimos meses y no he podido enfrentarme a ella, aunque razones había para hacerlo. Porque las dos sabemos que se lo advertí. Que después de la noche en que Fran y yo nos encontramos en el bar de la calle Huertas, fui a buscarla a la habitación para confesarle lo que me estaba pasando. Y le dije claramente que no podía seguir su plan contra Fran, que me estaba «pillando» de él. Utilicé esa palabra porque me avergonzaba mencionar la palabra correcta: estaba «enamorándome» irremediablemente de mi cuñado. Sí, querido diario, a pesar de haber querido a Fran desde mi adolescencia, en realidad fue aquella noche en el aparcamiento, mientras Fran me masturbaba en su coche, cuando me enamoré perdidamente de él. Y, entonces y ahora, sé que por mucho que viva jamás podré amar a ningún otro hombre.

Fran es el amor de mi vida. Y los meses que he pasado a su lado, fingiendo que solo le ayudaba en la ejecución de su plan para defenderse de mi hermana, han sido los más maravillosos de mi existencia. Sentirme su amante, aunque sé que él nunca podrá quererme como yo le amo, me ha permitido tocar el cielo con las yemas de los dedos. Estar junto a él en los buenos momentos, pero también en los malos, generó en mí unas raíces que fueron enredándose en lo más profundo de él. Pero sabía que, el día que alguien las cortara, iban a doler de la manera en que ahora duelen. Hasta el punto de desear morir antes que apartarme de su lado.

Sin embargo, Marta me ha hecho ver la realidad. Para Fran no soy más que una vulgar prostituta. Un objeto de deseo del que disfrutar. Mi hermana, en su madurez, es consciente de lo que para mí era solo un temor: la realidad de que no soy nada para Fran, excepto un cuerpo bello y sensual. Y me ha puesto en una disyuntiva que me ha roto por dentro: irme con ella y cobijarme bajo su ala en lo que siempre ha sido un hogar seguro, o quedarme con Fran y sufrir el declive de sus atenciones hasta que éstas desaparezcan por completo y tener que alejarme de él arrastrada como un trapo usado.

«Porque, Ana —me ha dicho—, para él tú no eres una mujer normal. Eres una mujer sucia, recubierta de las esencias de decenas de hombres. Ahora está encaprichado de la fulana de lujo que ve en ti. Pero terminará por sentir asco de tu presencia y te sacará de su vida a patadas. Tú eliges.»

Y al final, llorando mis últimas lágrimas, he tomado la decisión más dolorosa de mi vida: mañana huiré de esta casa junto a mi hermana.

Gracias por estar ahí, querido diario. Tú has sido siempre mi mejor amigo, ese que te escucha y no te juzga. Si no volvemos a hablar, te deseo que seas muy feliz.

Hasta siempre.

Ana.

*

Me dejé caer sobre la cama. Una sensación de angustia me atenazaba el estómago. El corazón debía de latirme a más de doscientas pulsaciones. Me hallaba al mismo tiempo henchido y vacío de amor. De su amor, del amor de Ana.

Henchido, porque ahora conocía sus sentimientos reales hacia mí. ¿Cómo había podido estar tan ciego para no darme cuenta de sus emociones? Estúpido, me repetía, eres solo un pobre imbécil.

Y, vacío, justamente por esto último. El no haber sabido leer en su corazón me había abocado a perderla para siempre. Porque, por mucho que me quisiera, ella ya no estaba. Y jamás podría recuperarla, me temía.

No obstante, no quise rendirme. No podía hacerlo. Tenía que ser fuerte, a pesar de que ella ya no estaba a mi lado para infundirme esa fuerza que propició que pudiera luchar contra Marta.

Tomé el móvil y marqué su número. Eran las cuatro de la madrugada, pero me importó muy poco. Los tonos de «teléfono apagado» sonaron al instante. Volví a intentarlo varias veces con el mismo resultado.

Probé con wasap, pero el doble tick de recepción de mi mensaje no apareció. Tuve un repentino presentimiento. Probé a hacer lo mismo, pero esta vez con el teléfono de Marta. Los resultados fueron idénticos.

Mi presentimiento era cierto: Tanto Ana como Marta me habían bloqueado en su móvil. ¡Maldita sea!, blasfemé. No había forma de comunicarme con ellas. Y ni siquiera sabía dónde se alojaban ahora. Joder, estaba inmerso en la mierda y no tenía un solo cabo al que agarrarme.

Me sentí desgarrar por dentro. Conociendo los sentimientos reales de Ana hacia mí, no poder hacer nada me provocaba tal sensación de impotencia que me revolvía el estómago. Necesitaba volcar mis emociones de alguna manera, expulsarlas de mi cabeza. Si las dejaba en mi interior, iba a ponerme a gritar. Tenía que hablar con quien fuera, contárselo, decirle que Ana me amaba tanto o más que yo a ella. Pensé en Zahara, en Sole, en mis amigos de la facultad. No, no era buena idea airear mis sentimientos con mis allegados, lo único que arrancaría de ellos sería una expresión de lástima que me hundiría aún más.

De pronto, una idea se iluminó en mi mente. Tomé el diario y corrí hacia mi despacho. Probé varios bolígrafos hasta comprobar que uno de ellos poseía una tinta muy similar a la de sus últimas anotaciones.

Finalmente, ante la mesa de escritorio, lo abrí por la primera página en blanco tras su última entrada y empecé a escribir.

Cap. 30 – LA VIDA NO SE DETIENE

FRAN

Marta se presentó puntual a la cita. Una furgoneta de gran tamaño la llevó hasta la puerta del bloque, donde quedó aparcada, y dos operarios la acompañaron hasta nuestro piso.

Mi mujer los estuvo dirigiendo durante las dos siguientes horas hasta que todas sus pertenencias quedaron empaquetadas en cajas y a punto para ser cargadas en el camión. De la habitación de Ana apenas salieron dos cajas de tamaño mediano. Casi todas sus cosas habían salido con ella el día de la huida.

Mientras bajaban las cajas hacia el portal, entré en su habitación. Comprobé que no quedaba nada de ella en las estanterías, el armario o los cajones de la cómoda. También había desaparecido el diario. Me lamenté por ello. Me hubiera hecho feliz que se olvidaran de él y que lo dejaran para releerlo siempre que la echara de menos.

Me estaba lamiendo las heridas sentado en la cama que fuera de mi cuñada cuando Marta me llamó desde la puerta de casa. Salí al recibidor y la despedí con un ligero abrazo. Más de una década de convivencia se condensó en un abrazo de tres segundos.

Antes de salir por la puerta, Marta se volvió hacia mí y me entregó un sobre. En el anverso aparecía en letras azules la palabra «Juzgado» y no tuve que abrirlo para saber lo que contenía.

Me asomé por la terraza y me entretuve mirando a los operarios. Terminaban de cargar las cajas en la furgoneta. Cuando lo hubieron hecho, Marta se subió junto a ellos y el rumor del vehículo se dejó sentir.

En mi cerebro se iluminó una idea con letras de neón: ¡aquella furgoneta iba directa a la actual casa de Marta! Lo que era lo mismo que decir: a la actual casa de Ana.

Salí a la carrera hacia la calle. Obvié el ascensor y me lancé escaleras abajo hasta que estuve en la acera, junto a la moto.

Tuve que dar varias vueltas a la manzana hasta encontrar el vehículo, que con seguridad no estaría muy lejos. Cuando ya casi desesperaba, lo encontré parado frente a un bar. Me dio un ataque de risa. Me había costado encontrarlo porque los operarios se habían parado en su descanso del bocadillo de media mañana, y no habían recorrido ni cien metros desde mi casa. Marta, con el móvil en la oreja, hablaba paseando alrededor de la furgoneta y bufaba con un cabreo monumental.

Esperé a que los cargadores terminaran el descanso y después les seguí hacia su destino. En realidad, el nuevo domicilio no se encontraba tan lejos del que fuera hogar de Marta y mío durante tanto tiempo. Podía llegar allí en solo cuatro paradas de metro.

El suspiro que emití debió de escucharse desde el otro extremo de la ciudad.

*

Echaba de menos a Ana, sin remedio. Muchas veces luché contra ese sentimiento, pero al final me dejé vencer. Conocía las rutinas de mi cuñada, por lo que un día me planté a primera hora de la mañana ante su portal y me quedé allí clavado. Esperaba que ella saliera por aquel portal de camino a la academia, como había hecho durante meses mientras vivía en casa con Marta y conmigo.

Ni que decir tengo que Ana no apareció ese día. Ni en las tres ocasiones posteriores en que repetí la operación, aunque dejando días entre intentos. Me extrañó sobremanera, sabía de buena tinta que mi cuñada no había aprobado las oposiciones a las que se había presentado poco antes de abandonar mi casa y que seguía acudiendo a la academia. Llegué a pensar que Ana pudiera no estar viviendo en la nueva casa de Marta y esto me causó una dolorosa desazón.

El cuarto día de espera ante su portal me había propuesto ir a buscarla a la academia en el caso de que siguiera sin aparecer. Ese día, sin embargo, unos minutos antes de las nueve salía Ana con sus carpetas de estudio pegadas al pecho, como una adolescente camino del instituto.

Bajó las escaleras del metro y me fui tras ella sin dudarlo. Cuando pensaba que tomaría la línea cuatro, como había hecho durante tanto tiempo, eligió otra diferente y eso me extrañó. La seguí de la manera más sutil de la que fui capaz —me avergonzaba mi actitud de espía sin vocación—, y al final descubrí que había cambiado de academia.

A partir de aquel día, muchas otras veces repetí la operación de espionaje. Así descubrí que los lunes y los miércoles entraba más tarde a la academia, por eso no la había localizado las primeras veces de mi infantil «acoso». Los martes y jueves entraba a la misma hora que ya conocía, y los viernes iba a clase por la tarde.

La miraba ir y venir a la espera de reunir el valor necesario para abordarla y tratar de que, al menos, me permitiera hablar con ella. Especialmente los viernes después de clase, cuando se unía a los compañeros de estudios y juntos se iban de copas por ahí. Más de una vez estuve tomando algunas cervezas en el mismo bar que ella y sus colegas, camuflado a menos de diez metros de su mesa.

En el trabajo, mientras fuera de horas seguía a mi cuñada, las cosas mantenían su curso, sin gran historia. Zahara había sido mamá y su nueva vida la había hecho madurar. Su marido, anteriormente un compañero de la clínica, se había cambiado de trabajo y de nuevo volvíamos a reunirnos en los desayunos y los almuerzos como lo habíamos hecho antes de que empezaran a salir juntos.

Sole era una más del grupo e, incluso a veces, nos juntábamos los cuatro —Zahara con su chico, Sole y yo— y nos íbamos de copas por ahí. Zahara y su marido solían volver a casa pronto para no arruinarse con la canguro que les cobraba un dineral por hora. Así que Sole y yo nos quedábamos a menudo solos al final de la noche.

Un día cualquiera, dormimos juntos. El último bar quedaba cerca de mi casa e íbamos tan pedo que pensamos que sería mejor para ella no osar llegar a su casa ni siquiera en taxi.

Madrugadas de marcha más tarde, Sole volvió a dormir en casa por segundo día. Al tercero, ya llevaba en su bolso los condones y el cepillo de dientes. Al cuarto, portaba un bolso más grande de lo normal donde le cabía una bolsa de aseo. Al quinto, se quedó a vivir conmigo.

Fueron semanas de sexo y fiesta sin parar. La verdad es que la compañía de mi antigua enemiga era reconfortante. Pensar en vivir solo en el «casoplón» se me hacía cuesta arriba. Y me obligaba a volver al pasado al recordar que había sido Marta la que había bautizado la casa con aquel apelativo. Un pasado que dolía con solo pensar en él un instante.

Por otro lado, sin embargo, vivir con Sole me impedía ejecutar mi afición favorita: seguir a Ana. Estando ella en casa, tenía que armarme de excusas para poder llevarla a cabo, y eso me ponía frenético. En ocasiones, mis visitas al portal de mi cuñada se espaciaron hasta en dos semanas, y mi estado de ánimo se alteró tanto que Sole llegó a notarlo y me preguntó por ello.

Llevábamos algo más de dos meses juntos, cuando la excusa que le di a mi amiga para dejarla sola un viernes por la tarde no la persuadió. Me siguió cuando entré al metro camino de la nueva academia de Ana, y se plantó a mis espaldas hasta que mi cuñada apareció y me dispuse a seguirla.

Me había pillado con las manos en la masa. Me sentó en la mesa de una cafetería y hasta que no le confesé toda la verdad no permitió que me moviera de allí.

A partir de ese día, nuestra relación personal se enfrió. A pesar de que profesionalmente nos llevábamos genial, decidimos separarnos de mutuo acuerdo. Zahara me abroncó de la manera más dura que la hubiera conocido. Y llevaba razón, así que no pude defenderme mientras ella me sermoneaba como a un adolescente.

*

Volvía a estar libre en mi vida personal, y ello me aportaba ventajas y desventajas.

La ventaja más evidente era que ya no tenía que dar explicaciones a nadie en mis actividades de espionaje.

La desventaja, por el contrario, era que el «casoplón» volvía a estar vacío, a excepción de mi insulsa presencia. Había veces que intuía el eco de mis pasos cuando me movía por los pasillos. Este asunto amenazaba con acabar en depresión aguda y en varias ocasiones tuve la tentación de poner la casa en venta y mudarme a un hogar apto para un solitario.

Una noche de viernes, me preparé para volver a ver a Ana. Hacía más de diez días que no la había seguido. La esperé a la salida del centro de estudios. Cuando mi cuñada abandonaba la academia la vi radiante. Esa noche no vestía de vaqueros, sino que llevaba un vestido de fiesta muy elegante, aunque discreto.

El corazón se me saltó un latido al imaginar que pudiera ir arreglada para acudir a una cita con uno de los clientes de Marta. No obstante, concluí que su vestimenta no alcanzaba el nivel que se espera de una escort de 10.000 euros, así que me tranquilicé. Especialmente, las zapatillas de deporte bajo el vestido no parecían cuadrar con su antiguo trabajo.

¿Antiguo?, me pregunté. A decir verdad, no había conseguido hablar con ella o con Marta desde que me abandonaron, por lo que no me era posible saber si seguía ejerciendo la profesión más antigua del mundo. Borré esa idea de mi cabeza y seguí los pasos del grupo con el que Ana se alejaba del centro de estudios, a la búsqueda de la primera parada de la noche del viernes.

No habían caminado ni cien metros cuando un chico alto, de aspecto guapetón y con bastante estilo, se unió al grupo. Acercándose a Ana, la tomó del hombro y ambos siguieron caminando en estrecha harmonía. El chico le robó un beso y ambos rieron.

Un frío helado recorrió mi espalda. Era claro que aquel joven no era solo un amigo.

Más tarde, mientras el grupo bebía y charlaba en la terraza de un bar de copas, Ana y su acompañante se desentendieron de la conversación y se besaron apasionadamente.

No necesité ver nada más. Había vuelto a hacer el idiota, cosa que había sido una constante durante toda mi vida. Mientras esperaba a reunir el valor para abordar a Ana, un tipo más listo y con menos paciencia se había llevado el premio gordo. Al menos, él lo habría ido a buscar, me dije, mientras yo esperaba que me tocase sin tan siquiera jugar.

Aquella noche volví a llorar sobre mi almohada, aunque estaba tan borracho que solo guardo retazos de ella.

Cap. 31 – AL FINAL LLEGÓ EL FINAL

FRAN

El tiempo fue pasando. Al cumplirse el año de la huida de las dos mujeres de mi vida, tomé la decisión que me había rondado por la cabeza durante meses.

Lo tenía claro: iba a vender el «casoplón». Estaba seguro de que podría conseguir una pasta por él, así que no tendría problemas para comprar el apartamento que me diera la gana y con un tamaño más adecuado para un solterón.

Busqué entre los papelajos antiguos las escrituras de la casa, me senté ante el ordenador, y escribí unos párrafos con sus datos objetivos: dimensiones, estancias, estado general, etcétera. Luego, exprimí mi cabeza y detallé las bondades de su ubicación: medios de transporte, servicios de los alrededores… y ese tipo de detalles con los que se espolvorea el pastel para que resulte atractivo a un posible glotón a la búsqueda de hogar.

El último paso fue hacer fotos a todos los rincones de la casa, al exterior del bloque y a todo lo que me pareció de utilidad. Hice más de cuarenta, lo cual parecía una exageración, pero el precio que pediría por mi casa bien lo merecía.

Una vez los datos y las fotografías estuvieron preparados, abrí cuenta en varios portales inmobiliarios y di de alta al «casoplón» en todos ellos.

Durante la semana siguiente me estuvieron llamando a todas horas sin parar, aunque eran más las agencias inmobiliarias que los posibles compradores. Organicé visitas deslavazadas en días y horarios a todo el que se interesó en pasarse por la casa.

Aquello fue un auténtico tormento.

Tras tres semanas de nefasta experiencia, tuve la cautela de reunir todas las visitas en un solo día para no volverme loco. Vender una casa por tu cuenta parecía más galimatías de lo que nunca me hubiera imaginado. Si aquello seguía así, terminaría por contratar una agencia y que lidiaran ellos con el problema.

Total, que para el sábado siguiente tenía preparadas cuatro visitas con una hora de separación entre ellas para no tener que atender a más de un comprador a la vez.

La primera era a las diez y las tres restantes una hora más tarde cada una.

A la una menos cuarto ya estaba harto de mi nueva estrategia de venta. Estaba casi decidido a contratar a la agencia inmobiliaria, por mucho que me cobraran por hacerse cargo del asunto.

Me explico. El visitante de las diez llegó un cuarto de hora antes y me pilló en pijama y desayunando. El de las once llegó media hora más tarde. Y el de las doce ni apareció.

Estaba que bufaba. En cuanto recibiera al cuarto curioso, iba a salir a la calle y comería algo en alguna terraza antes de irme al cine a relajarme el resto de la tarde.

*

A la una en punto sonó el timbre de la puerta. Miré el reloj asombrado y agradecí la excelente puntualidad del último impertinente que acudiría ese día a perturbar la paz del hogar.

Abrí la puerta de un tirón.

El corazón se me paró en el pecho y la respiración se me cortó. Un escalofrío me recorrió por entero. Las piernas me flojearon y apenas si me sujetaban. La visión se me emborronó y tuve que apoyarme en el borde de la puerta para no caer.

—Ana…

Mi cuñada se mordía el labio sin atreverse a hablar. Estaba radiante, a pesar de que vestía unos simples leggins, camiseta y deportivas. Había sido la muchacha más hermosa del mundo y el tiempo la había madurado. Por eso ahora estaba mucho más bonita que lo que la recordaba. Y su mayor belleza emergía al exterior desde sus ojos. Aquella mirada ardiente que tantas veces había besado, ahora era templanza y serenidad.

No pude resistir el silencio que se había instalado entre los dos y me obligué a romperlo.

—¿Tú… quieres comprar la casa…?

Ella sonrió con sus ojos colgados de los míos.

—No, bobo… ¿Cómo iba yo a poder comprar esta casona…?

—No sé… —titubeé—. A lo mejor Marta…

No me dejó terminar la frase.

—Marta no tiene ni idea de que he venido… aún…

Me quedé callado, no sabía cómo proseguir la conversación.

—¿Puedo pasar…? —preguntó ella señalando el interior.

—Sí, claro… —dije a modo de disculpa. Me encontraba tan atolondrado que lo único que podía hacer era mirarla en silencio.

La franqueé el paso y entró cerrando la puerta tras ella.

Sin saber qué otra cosa hacer, le ofrecí una copa. La aceptó y pasamos al salón.

—¿Qué te pongo…? ¿Ron? ¿Vodka? —pregunté con un ligero temblor en la voz.

—No, prefiero una coca-cola, si tienes —respondió, inocente—. Hace tiempo que no pruebo el alcohol.

—¿No estarás… embarazada…? —dije, resaltando mi tono de broma.

—Claro que no… tonto…

Me había llamado «bobo» y «tonto» en un intervalo de pocos segundos. Indudablemente era la Ana de los mejores tiempos. Saber eso me reconfortó.

Aparté el ron y traje dos coca-colas del frigorífico. No quería que pensara que empezaba a beber a aquella horas tan tempranas, cosa en la que hubiera acertado. Acompañé la bebida con unas patatas fritas, que ella aceptó y picoteó con cierto temblor en las manos. Comprendí que Ana, a pesar de que aparentaba serenidad, se encontraba tan nerviosa o más que yo.

Nos encontrábamos sentados frente a frente, con la mesa de comedor entre ambos. Nos mirábamos bebiendo y comiendo patatas mecánicamente, pero sin decir nada. Por fin me atreví a romper el silencio.

—Y… bueno… ¿a qué debo tu visita…?

Ana no respondió. Solo estiró su mano y cogió el bolso que había depositado sobre el sofá. Hurgó dentro unos instantes y de él emergió un libro con tapas fucsia que reconocí de inmediato.

Abrió el diario por una página casi al final y empezó a leer en voz alta.

*

Fran

Hola, querido diario de Ana. Hoy no es ella quien escribe en tus páginas. Soy yo, el Fran del que te ha hablado tantas veces, y lo hago para que conozcas la verdad de mis sentimientos hacia ella. Es más que probable que mis palabras no le lleguen jamás, pero al menos tú debes saber la verdad. Tú más que nadie, querido diario de Ana, mereces conocerla.

Para empezar, quiero pedirte perdón, querida Ana. Perdona, mi amor. Perdón por no haber leído en tus ojos lo que en realidad sentías por mí. Perdón por haber sido tan estúpido para pensar que una mujer como tú jamás podría amar a un tipo vulgar como yo.

Estaba ciego, ahora me doy cuenta. Pero, ¿cómo creer que una diosa pudiera amar a un simple mortal? Yo nunca lo sospeché y, aunque mil veces estuve a punto de decirte que te amaba con todas mis fuerzas, jamás me atreví a pronunciar las palabras. Tuve miedo, sí, mucho miedo. Miedo por romper el encantamiento que nos unía. Miedo por perderte si me confesaba a ti. Y miedo de que tu carcajada de indiferencia me causara una herida mortal de la que nunca pudiera recuperarme.

Descubro en estas páginas que por tu parte también sentiste miedo, al mismo tiempo parecido y diferente al mío. Pero, ¿cómo pudiste creer por un segundo que yo te repudiaría por saberte poseída por esos hombres que pagaron por tener tu cuerpo por unas horas?

Yo jamás te hubiera rechazado por algo tan superficial. Porque no es solo tu cuerpo lo que amo. Yo amo mucho más que eso. Amo tu corazón; amo tu mirada; amo el sonido de tus besos; amo el rumor de tus gemidos cuando hacemos el amor; amo, en fin, el aroma de tus cabellos desperdigados sobre la almohada. Tu alma es para mí un millón de veces más importante que tu físico.

Aunque te confesaré que también amo tu cuerpo. Amo tus manos; amo tus rodillas cuando las juntas para impedirme llegar a ti si ya estás saciada; amo tus mejillas cuando sonríes; amo tu nariz puntiaguda a la que tú tanto odias; amo tu aliento por las mañanas; y amo hasta el último poro de tu piel. Tanto es el amor que albergo en mí, que creo que voy a morir si no vuelvo a tenerte entre mis brazos.

Todos esos meses en que estuvimos juntos me sentía flotar en una nube. Cuando no estabas a mi lado, saber que estabas a la distancia de un clic de mi móvil me hacía sentirme seguro. Saber que reservabas tu saliva para que la bebiera con mis besos me proporcionaba unas poderosas ganas de vivir. Me sentía el hombre más fuerte del mundo.

A tu lado podía con todo.

Ahora que no me permites ni siquiera intercambiar un mensaje de texto contigo, me asomo a la terraza y miro a la acera de la calle que me llama a su lado con más fuerza cada día. No sé si podré superarlo, pero si no lo consigo, que sepas que mi último pensamiento fue para ti.

Gracias, querido diario de Ana, nunca olvidaré esta oportunidad que me brindas para hablar con ella, mi amor, mi vida, la persona más amable y generosa a la que he conocido jamás.

Si vuelves a verla, dile que la quiero… Y dile que su aroma vive conmigo.

Adiós, diario. Hasta siempre.

Fran.

*

Cuando terminó de leer, sus lágrimas eran un río que deslucía la tinta del diario. Su sonrisa, en cambio, era radiante. Yo me había contagiado con sus sollozos y apenas si controlaba el llanto. Eran las nuestras, lágrimas de felicidad.

Me puse en pie y me dirigí hacia ella. Ana se alzó a su vez y la enlacé en un abrazo desesperado. ¡Dios cómo la abracé! La estrechaba con todas mis fuerzas, pegaba mi mejilla contra su pelo, olía su perfume hasta embriagarme… y lloraba como un niño.

Sentía las lágrimas resbalar por mi rostro, pero me negué a retenerlas. Cualquier resto de orgullo había huido de mí hacía tiempo. Hubo un breve instante en que temí que mi conducta pudiera asustarla. Pero sus manos se enroscaron en mi cuello y su abrazo se hizo tan apasionado como el mío.

Permanecimos unidos un tiempo que se me antojó eterno. Luego la besé despacio, suave, acariciando sus labios con los míos. Ella me miraba a los ojos y sonreía y sollozaba de forma intermitente.

—Lo siento, amor… —dijo sorbiendo las lágrimas—. Guardé el diario en un cajón para olvidarte y no lo había vuelto a abrir hasta hace pocos días.

Asentí feliz, aunque había algo que necesitaba saber cuanto antes y me atreví a preguntarle:

—¿Te quedarás conmigo…?

—Sí, claro… Si tú me dejas, por supuesto…

Volví a besarla. El hormigueo en mi estómago crecía por momentos.

—¿Cómo no te voy a dejar…? —hablábamos con las frentes unidas, labios contra labios—. Te ruego que lo hagas, por favor… ¿Pero… qué pasará con Marta? ¿Vas a dejarla sola?

—No te preocupes por ella… —dijo, esta vez sonriente—. Marta fue la que encontró el diario y la primera que leyó lo que habías escrito. Y ha sido ella la que me ha empujado a venir. Yo no… me atrevía…

—¿Marta…? —dije sorprendido.

—Sí, te lo aseguro… —ratificó—. Y me ha pedido que te dé un mensaje.

No tenía ni idea de qué tendría que hablar Marta conmigo. En los últimos tiempos solo habíamos coincidido en los juzgados, y solo un par de veces en muchos meses.

—¿Un… mensaje…?

—Sí… —concluyó—. Quiere que sepas que ha retirado la demanda. Ya no quiere volver a pelearse contigo.

Me alegró sobremanera saber que aquella mujer a la que había amado durante muchos años hubiera vuelto a ser ella misma, al menos en lo que podía entrever por las palabras de Ana. Nunca quise creer que fuera el monstruo en el que parecía haberse convertido. Y de nuevo la amé un instante, aunque ni una centésima parte de lo que ahora amaba a su hermana, la mujer maravillosa que tenía entre mis brazos.

No pude por menos que sonreír, feliz.

—Ah… y quiere que te diga que le encantaría ser la madrina de nuestra boda…

Reímos radiantes y volvimos a besarnos.

*

Un momento más tarde, nos sentamos sobre el sofá sin soltarnos de las manos.

—Tenemos tanto de qué hablar… —susurré sin dejar de admirar la belleza de sus ojos. Una belleza que me había sido negada durante un año.

—Vale… —replicó ella—. Pero tendrá que ser esta noche… ¿Me concederás una cita como en los viejos tiempos…?

Sonreí dichoso.

—Para ti las que hagan falta… —respondí—. ¿Pero por qué no ahora…? ¿Tanto tienes que hacer…?

—«Tenemos», cariño… —su sonrisa pícara me llegaba al alma.

—Ah, ¿sí…? —no necesitaba fingir la sorpresa en mi rostro—. ¿Y qué es eso tan importante que «tenemos» que hacer…?

No dijo nada. Se levantó, buscó en su bolso y extrajo una caja de preservativos sin estrenar.

—Esto… —su risa cristalina era ya imparable—. Y espero que no nos quede ni uno cuando salgamos esta noche a divertirnos por ahí.

Horas más tarde, mientras hacíamos un paréntesis en la cama, Ana preguntó con total inocencia.

—¿Aquello que le dijiste a Marta sobre tu vasectomía era cierto? ¿Al final decidiste someterte a la operación?

—Ni de coña… —le respondí con un piquito—. Tú no estabas de acuerdo y por supuesto que te hice caso…

—Genial… —respondió ella, feliz.

—¿Por qué lo preguntas?

—Pues… porque… —hizo una pausa y me echó los brazos al cuello—. Porque quiero que tengamos muchos niños…

Reímos a la par y nos besuqueamos durante unos instantes interminables.

—Por cierto… —preguntó—. ¿Cómo has ido de novias todo el tiempo en que yo no podía controlarte…?

Me lo pensé un segundo antes de responder, pero al final preferí sincerarme.

—Pues… aparte de Sole, no he salido con nadie. Alguna relación de una noche y nada más…

—¿Sole… y Tinder…?

—Algo así… pero de eso hace tiempo.

Volvimos a reír.

—¿Y tú…? —le devolví la pregunta.

Suspiró y me respondió sin tapujos.

—Estuve un tiempo con un chico… el hermano de una compañera de clase… —dijo, aclarándome la identidad del chaval con el que se besaba la última noche de viernes que la seguí—. Poca cosa. Salimos un mes, pero no pudo pasar la prueba.

—¿Una prueba? ¿Qué prueba…?

—La prueba de compararlo contigo…

Me llegó al alma y volví a besarla, esta vez en la mejilla.

—¿Seguro que nada más…? —insistí tonteando.

—Seguro… —replicó amorosa—. Desde que dejé… bueno, eso… ya sabes… no he vuelto a dormir con nadie…

—¿Lo… dejaste… del todo?

—Sí, ya sabes… desde que Marta se quedó embarazada… pues… la cosa se fue enfriando y al final mi hermana prefirió dejarme fuera del negocio…

—No sabes cuanto me alegro, amor…

—Jajaja… pues anda que yo…

Nos volvimos a besar y al cabo de unos minutos ella preguntó:

—¿Quieres que sigamos con lo nuestro…? Parece que la caja de condones aún está muy llena.

—Por supuesto, ¿por dónde íbamos…?

Se subió sobre mí y sentí sus senos y sus muslos aplastándose contra mi cuerpo.

*

Extracto del diario de Ana

Buenas noches, querido diario. Tras unos meses (casi un año) de no compartir contigo mis ilusiones y mis penas, hoy me he decidido a escribirte de nuevo.

Tengo muchas cosas que contarte, pero hoy solo te comentaré la más importante: he regresado a Fran y él me ha aceptado sin condiciones. Es un sol, el hombre más generoso del mundo, pero eso tú ya lo sabes. Hemos vuelto a ser los mismos de siempre, como si nos hubiéramos visto la semana anterior. Hoy ha sido mi día más feliz desde que salí con Marta de esta casa. Ya estoy aquí de nuevo y no volveré a abandonarle nunca más.

Pero debo decirte, aunque te cueste creerlo, que volver con mi gran amor se lo debo a mi hermana.

Me explicaré.

Tras la mudanza, quedaste olvidado bajo un montón de libros viejos en un cajón. Un buen día, ante la falta de espacio en la escueta casa en la que nos fuimos a vivir, Marta se decidió a hacer limpieza para librarse de todo lo viejo e inútil. Mi hermana te encontró y no pudo por menos que abrir tus páginas y comenzar a leer. Cuando la encontré sentada en la cama y contigo en su regazo, lloraba como una niña.

Le pregunté por qué lo hacía y me mostró una nota final que parecía haber sido escrita con una tinta diferente, aunque muy parecida a la de mi bolígrafo. Era una entrada escrita por Fran el día anterior a nuestra salida de la casa. Cuando la terminé de leer, nos abrazamos y lloramos juntas. Laia nos miraba desde su cuna con cara de no entender a los mayores.

A partir de ese día, Marta insistió que debería ver a Fran y buscar su perdón… para mí y para ella misma. Lo estuve pensando mucho tiempo, pero no me atrevía a dar el paso. La vergüenza y el miedo me lo impedían. ¿Qué ocurriría si me encontraba a alguna mujer en su hogar? Fran podría haber rehecho su vida, lo que sería lo más normal. Si ese era el caso, moriría del bochorno y nunca más podría levantar la cabeza.

Un buen día, Marta me pidió que buscara en internet una casa algo más espaciosa. Mi hermana había alquilado el apartamento en que vivíamos para compartirlo con Joan. Y éste era menos que mini. Después de romper con él y mandarlo de vuelta a Barcelona, consideró que sería buena idea mudarnos a algún otro lugar más adecuado.

Consulté en varios portales inmobiliarios y, por casualidad o por mano del destino, encontré el anuncio de venta del «casoplón» de Fran.

No lo dudé un instante: solicité una visita que Fran me fijó por email para el sábado siguiente, sin sospechar que hablaba conmigo. El resto ya es historia.

A partir de ahora, te prometo que volveré a escribir en tus páginas a menudo, tal y como lo hacía antes. Y, lo primero que voy a explicarte un día de estos, es la forma en que Marta decidió abandonar su negocio de escorts y buscar un nuevo trabajo como abogada. De hecho, ha demostrado que es una de las mejores y se la han rifado varios bufetes de mucho prestigio.

Pero esa es otra historia que espero contarte pronto.

Buenas noches, diario.

Que sepas que te quiero casi tanto como a Fran.

FIN -

Gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí en este largo viaje... y hasta pronto.

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