Xtories

El inicio de una pareja 4

Ricardo siempre supo que Ana necesitaba algo más que su amor; necesitaba la frescura de la juventud. Así que, con el corazón acelerado, le entregó las riendas a Alan, un chico de 18 años que apenas comenzaba a descubrir el placer. La pregunta no era si lo harían, sino cuánto podía soportar el orgullo de un esposo mientras veía a su esposa ser poseída por otro.

Rich4.7K vistas8.3· 6 votos

La vida se complicó un poco después de aquella noche intensa con Juan el Minero. Mensajes esporádicos, agendas que no coincidían, y al final, la oportunidad no se volvió a dar. Ricardo le mandó un último mensaje: "Saluda de mi parte a Juan, hermano. Gracias por aquella noche inolvidable con Ana. Si algún día se alinea, repetimos". Juan respondió con un pulgar arriba y un "Cuando gusten, aquí estoy". Pero el fuego no se apagó en Ricardo; al contrario, seguía buscando formas de compartir a Ana, de avivar esa fantasía hotwife que los unía tanto. Habían tenido otras experiencias menores —algunos fajos en clubes, miradas cargadas en fiestas swingers—, pero Ricardo quería algo fresco, algo que excitara especialmente a Ana.

El viento sopló a favor cuando, entre amigos de confianza, alguien mencionó a Alan: un sobrino de una pareja conocida, apenas 18 años, galán, alto, atlético, con cara de modelo juvenil y una curiosidad sexual que apenas despuntaba. "Está iniciando, virgen en muchas cosas, pero con ganas de aprender", les dijeron. Ricardo no lo dudó: contactó a la pareja intermedia, obtuvo el número y escribió a Alan con discreción: "Hola, soy Ricardo, amigo de tus tíos. Me contaron que estás explorando y buscas experiencias seguras. Mi esposa Ana y yo somos abiertos, maduros, y podríamos guiarte. ¿Café para conocernos? Sin presión".

Alan respondió rápido, nervioso pero intrigado: "Sí, claro. Me interesa mucho". Se encontraron en un café discreto. Alan era tal como lo describieron: 1.85 m, piel clara, pelo corto negro, ojos verdes penetrantes, cuerpo gym. Ana, con su cabello ondulado y vestido ajustado, lo miró con una sonrisa tímida pero aprobadora. Platicaron horas: confesiones ligeras, risas. Ana pensó: Qué guapo este chico, tan fresco... me gusta cómo me mira. Ricardo notó la química y, al final, le escribió a Alan esa noche: "Ana dice que le caes muy bien. Si quieres, podemos tener un primer acercamiento suave. ¿Qué te parece mañana noche?".

Primer encuentro: la camioneta

Al día siguiente, muy noche —para coincidir con los horarios de Alan—, pasaron por él en la camioneta de Ricardo. Ana vestía lencería negra debajo de un vestido corto, sugerente. Subieron al asiento trasero juntos, Ricardo manejando. Empezaron platicando: Alan confesaba su inexperiencia, "Nunca he estado con una mujer como tú, Ana... mayor, experimentada". Ella reía, coqueta: "Te vamos a enseñar despacio". Ricardo, por el retrovisor, guiaba: "Pueden fajarse, tocarse... yo solo miro y disfruto".

El faje inició tímido: besos suaves en el cuello de Ana, las manos de Alan rozando sus muslos. Ana pensó: Sus labios son tan suaves, tan jóvenes... qué rico. Alan, temblando de excitación: No lo creo, estoy tocando a esta madura hermosa... su piel es tan suave. Pronto, las caricias se intensificaron. Alan subió el vestido, descubriendo la lencería negra: tanga y sostén de encaje que realzaban sus caderas curvilíneas. Tocó sus senos pequeños, besándolos sobre la tela, mientras Ana le desabrochaba el pantalón, acariciando su erección joven y dura. Se tocaron íntimamente: dedos de él explorando su humedad, "Estás tan mojada, Ana...", susurró. Ella jadeó, guiando su mano: "Así, despacio...". Los sonidos de besos húmedos y respiraciones agitadas llenaban la camioneta. Ricardo, excitado al volante: "Sigan, me encanta verlos". No llegaron a penetración, pero el toque íntimo fue intenso, Alan pensando: Qué buena está... ojalá me preste más su esposo.

Después, mensajes: Ricardo a Alan: "Ana está encantada contigo. Dice que le gustas mucho y quiere más. ¿Hotel la próxima? Los tres". Alan: "Sí, por favor. No paro de pensar en ella".

Segundo encuentro: el hotel

Días después, otra noche tardía. Pasaron por Alan y directos a un hotel con suite amplia. Ana lució la misma lencería negra bajo una blusa y falda, sensual y preparada. Ricardo sacó las barajas: "Jugamos a castigos pícaros. Carta más alta manda a la más baja. Tres niveles: 1) caricias y confesiones; 2) besos y tocamientos; 3) sexo por momentos —un minuto cada uno—".

Empezaron desnudos parciales, en la cama. Ocho rondas intensas, el aire cargado de anticipación.

Ronda 1 (nivel 1): Ana perdió. Alan mandó caricias. Él recorrió sus caderas con manos temblorosas, confesando: "Siempre soñé con una mujer como tú". Ana pensó: Sus manos jóvenes me erizan la piel....

Ronda 2 (nivel 1): Ricardo perdió. Ana lo acarició, pero Alan observaba, excitado: Qué suerte tiene este marido... pero hoy me toca a mí también.

Ronda 3 (nivel 2): Alan perdió. Ana y Ricardo lo besaron, tocamientos ligeros. Ana besó su cuello, mano en su erección: "Qué dura la tienes, Alan...".

Ronda 4 (nivel 2): Ana perdió. Besos profundos con Alan, él tocando sus senos sobre la lencería negra. Sonidos de lenguas entrelazadas, respiraciones aceleradas.

Ronda 5 (nivel 3 - primera sexo): Alan ganó. Penetró a Ana un minuto: misionero, embestidas lentas al inicio, acompasando caderas. El sonido chapoteante de su coño mojado era audible, plop plop húmedo con cada entrada. Ana jadeó: Llegaste al fondo, qué rico... tan joven y duro. Alan pensó: No lo creo, estoy dentro de esta madura... qué apretada, qué caliente. Me va a enseñar todo.

Luego, minuto oral a Ricardo: Ana chupando profundo, mirándolo con ojos lujuriosos.

Ronda 6 (nivel 3): Ricardo ganó. Penetró a Ana un minuto, fuerte y familiar, mientras Alan miraba. Ana: Mi amor me reclama... pero extraño la frescura de Alan.

Minuto para Alan: oral de Ana, ella saboreándolo con ganas.

Ronda 7 (nivel 3 - premio especial): Ana ganó ronda extra como "premio". Uno adelante (Alan penetrando vaginal), Ricardo atrás: sin anal, pero su verga dura presionando entre nalgas, frotando. Ana sintió ambas duras —una en su vientre profundo, otra caliente contra su trasero—. Jadeó: "Me siento tan llena... qué delicia". Alan: Ojalá me la siga prestando... esto es el paraíso. Sonidos: piel contra piel, humedad chorreando.

Ronda 8 (nivel 3 - clímax): Alan penetró de nuevo, pero Ricardo se hizo a un lado: "Déjenla llegar, yo miro". Ana se montó arriba de Alan, cabalgando con libertad. Acompasaron caderas perfectas, respiraciones sincronizadas —ella arriba, ondulando, senos pequeños rebotando bajo la lencería negra desabrochada. El sexo sonaba intenso: chap chap chap mojado, su coño chorreando por la excitación acumulada. Alan gruñía: "Ana, qué rico...". Ella pensó: Qué rico, me llena tanto... voy a venirme. Alan: Qué buena está esta madura... gritando encima de mí, ojalá repitamos.

Ana aceleró, gritando su nombre, hasta explotar en orgasmo: cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de él, mojándolo todo. Alan se contuvo, pero eyaculó poco después dentro, con permiso.

Agotados, se tumbaron. Ricardo se unió, besando a Ana: "Eres increíble, amor". Alan, sonriente: "Gracias... no olvidaré esto". La noche consolidó una nueva aventura, con promesas de más en mensajes futuros. La sal y pimienta ardía fuerte.

Continúa en