El inicio de una pareja 3
La carta está sobre la mesa, y cada palabra es una confesión prohibida. Juan no solo se acostó con Ana; se la tomó, la poseyó y la llenó, sabiendo que tú lo sabrías después. ¿Podrás leerlo sin sentir el calor de su cuerpo entre mis manos?
Hermano Ricardo,
Primero que nada, gracias por compartir a tu mujer conmigo. Ana es una joya, y lo que pasó anoche fue inolvidable. Como acordamos, te mando este relato de lo que vivimos, sin guardarme nada. Voy a contarte cómo me cogí a tu esposa, cómo la tomé y la poseí como si fuera mía por esas horas. Todo para que lo disfrutes, que sé que esto te enciende.
Llegué al estacionamiento del Aurrerá un poco nervioso, pero cuando vi a Ana bajar de tu camioneta y subirse a la mía, se me paró de inmediato. Simbólico, ¿no? Tu hotwife pasando de tus manos a las mías. En el camino al motel, después de pasar por el Oxxo por unas cervezas, empecé a tocarle las piernas tímidamente. Sus muslos suaves, morenos claros, bajo esa minifalda... hermano, qué delicia. Ella se dejaba, mordiéndose el labio, y yo subía la mano hasta rozar su tanga, sintiendo ya lo húmeda que estaba. Me dio confianza ver cómo respondía, su timidez inicial derritiéndose.
En la habitación, nos fajamos como locos. La besé profundo, metiendo lengua mientras mis manos grandes le apretaban esas caderas curvilíneas que tanto presumiste. Ella caminó delante de mí hacia la cama, moviendo el trasero de lado a lado, incitándome. ¡Qué vista, Ricardo! Ese culo redondo balanceándose, invitándome a tomarlo. La desabotoné la blusa blanca botón por botón, besando cada pedazo de piel que salía: sus senos pequeños pero firmes, pezones duros como piedritas. Le quité la minifalda y la tanga, y ahí la tenía desnuda, sensual y tímida al principio, pero con los ojos brillando de ganas.
Yo me quité la ropa rápido, y ella me miró mi verga gruesa, ya dura para ella. Empecé besándola por todo el cuerpo, bajando hasta su coño. Quería darle sexo oral para hacerla llegar primero, no quería fallar como amante, tú sabes, chiquiteándomela para impresionarla. La lamí despacio, saboreando su jugo dulce, metiendo lengua y dedos en ese coñito apretado. Ana gemía bajito al inicio, pero se fue soltando, agarrándome el pelo y empujándome más adentro. Hermano, empezó muy tímida pero se puso fogosa, qué mujerón. Gritaba "¡Juan!" mientras se venía en mi boca, temblando toda.
Luego, pasamos a lo serio. La tumbé en la cama y la penetré despacio al principio, sintiendo cómo su coño me apretaba. La poseí con embestidas fuertes, tomándola como mía, mis manos en sus caderas mientras la follaba profundo. Ella me arañaba la espalda, pidiendo más. No se la chupó a mí, no; esta vez fue más sobre yo dándole, pero la próxima... quién sabe. El clímax fue en el potro: la acosté a mí y ella se montó encima, cabalgándome con libertad. ¡Qué vista, Ricardo! Sus caderas ondulando, senos rebotando, gritando mi nombre mientras buscaba su orgasmo. Tuve que contenerme para no inundarla ahí mismo, hermano, se sentía tan caliente y apretada alrededor de mi verga. Se vino otra vez, fuerte, mojándome todo.
Después, la puse en cuatro, que era lo que más quería. Se puso en cuatro, hermano, y debieras ver qué culo más rico. Tú lo tienes siempre, pero para mí fue todo un hallazgo, se veía maravillosa arqueada, ofreciéndome todo. La penetré desde atrás, agarrándole las nalgas, dándole duro mientras le decía lo puta y deliciosa que era. "Ana, qué rico te sientes", le gruñía, y ella respondía gimiendo, pidiendo que no parara. Me vine dentro de ella, como acordamos, llenándola con mi leche caliente, sintiendo cada pulso hasta vaciarme. Qué placer, poseerla así, saber que volvía a ti marcada por mí.
No sabes qué ganas tengo de estar dentro de ella de nuevo, de cogérmela otra vez. Lo que me faltó fue tiempo, hermano; con más horas, la habría hecho gritar hasta el amanecer. Gracias por esto, Ricardo. Si quieres repetir, solo dime.
Juan el Minero
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