Turismo como forma fácil para echar un polvo
Ella eligió al conductor perfecto: mayor, caballeroso y con la paciencia de quien sabe esperar. El taxi se convirtió en su escenario de seducción, y la habitación del hotel, en el plató de su transgresión. Él sabe que ella lo graba todo, y esa es la verdadera promesa de la noche.
Es lo último que mi mujer me ha regalado. Días atrás me había prometido que volvería a sorprenderme, y ya lo ha hecho. Su recursos son ilimitados. Esta vez se le ha ocurrido realizar una excursión turística utilizando un método recurrente, quizá no demasiado original, pero que ha resultado muy efectivo. Primero tengo que aclarar que desde que ella ha aprendido a instalar una cámara oculta allí donde se le antoja en cualquier momento, ya me ha deleitado con imágenes que luego reproducimos en la gran pantalla del Smart de nuestro salón, en donde los detalles se ven en alta definición, para disfrutar a tope. Incluso filmando escenas de nuestros mejores ratos de cama.
Pero vamos al asunto: según me ha contado, decidió disfrutar de su tiempo, mientras yo me dedicaba a los negocios que tenía que gestionar en esta ciudad inmensa en la que nos encontramos. Ha solicitado un taxi, y en principio el que llegó no se adaptaba realmente a sus planes: el conductor era un hombre demasiado joven, con una edad que no superaría los treinta años. Consumió un pequeño recorrido de destino aleatorio. Pagó el importe y se dirigió a otro estacionamiento de taxis. Pero esta vez eligió ella al conductor. Para ello tuvo que esperar hasta tres turnos de vehículos que antecedían al que ella consideró más interesante. Cuando subió al vehículo pudo comprobar que, efectivamente, se trataba de un conductor más próximo a su edad, por encima de los sesenta años, muy de sus preferencia a la hora de elegir lo que ella quiere, con estupenda presencia, complementado con una caballerosa amabilidad cuando la preguntó dónde quería ir.
— Puede llevarme usted donde quiera, solo pretendo hacer una excursión por la ciudad para conocerla, y de paso conocer a las personas de este lugar, a ver si todas son tan amables como usted.— respondió con cierto tonillo de especial expresión.
El amable taxista la propuso entonces visitar los más significativos lugares, aclarando no obstante que si quisiera cambiar en algún momento el rumbo o dirigirse a algún lugar en concreto no tendrá nada más que decírselo.
Así lo hicieron y la carrera se prolongó durante un buen rato, durante el cual mi esposa no paró de provocar una agradable conversación con el conductor, sin dejar de observar los encantos que tenía la ciudad y, de paso, los que a ella le parecía que tenía ese hombre, con apariencia de todo un señor. Llegó incluso a permitirse gastarle alguna que otra agradable broma, hasta terminar tuteándose, pues al parecer la simpatía era reciproca.
Después de otro largo recorrido ella tuvo la feliz idea de pedirle que parase allí donde él considerase que se podía desayunar con calidad. Él sugirió un lugar determinado y desayunaron plácidamente. A la hora de abonar el importe, fue mi mujer quien se adelantó en pagar. A él le pareció que debía haberle permitido invitarla, entre otras cosas porque el coste de la carrera que tendría que cobrar ya ascendía a una cifra considerable. Ella supo acariciar sus oídos con amables palabras:
— Lo de menos es lo que me cueste el taxi, lo importante es lo bien que me lo estoy pasando. (Según me dijo mi mujer estuvo a punto de añadir “y lo bien que lo podemos pasar si tú quieres”. Pero le pareció demasiado prematuro, por lo que decidió dar un poco de tregua a sus atrevimientos).
Y siguieron con la excursión, entre conversaciones cada vez más agradables y oportunas para avanzar en las pretensiones de una mujer que tenía como proyecto acabar de la mejor manera la mañana, si tan apuesto caballero se prestaba a colaborar. Y esa disposición ella la detectó en algunos de las precisas galanterías de aquel conductor.
Se apearon un par de veces más para contemplar algún edificio histórico, un parque que inspiraba realmente delicios fantasías ambientales, y algún que otro paraje más.
Cuando volvieron al taxi por última vez, mi mujer dio un paso decisivo en un nuevo comentario:
— La verdad es que hemos visto de todo un poco, y todo me ha gustado. Pero creo que ya va siendo hora de que me dejes en mi hotel. Tengo ganas de quitarme los zapatos, desnudarme y tumbarme en la cama…para descansar un poco.
— La verdad que después de un paseo agotador como el que nos hemos dado, lo mejor es ponerse cómodo y tumbarse en la cama bien relajado.— añadió el taxista sin demasiada intención en su palabras.
— Es cierto. Además esta vez mi marido ha elegido una habitación muy confortable; de esas que te invitan a aprovecharla lo mejor posible. Estamos en un buen hotel...Por cierto, que me da mucha rabia que cada vez que llegamos a un hotel, vaya con quien vaya te pidan el DNI a los dos. Ayer se lo pidieron a mi marido y luego a mí. Creo que sería suficiente con uno, pues al fin y al cabo vamos a la misma habitación. Me sabe muy mal, pues tendrían que ser mas discretos. No siempre es tu pareja habitual la que te acompaña, y parece que quieren enterarse de todo…
— Son las reglas. Pero no tiene mayor importancia. Lo peor es cuando hace unos años pedían justificar, cuando se trataba de un hombre y una mujer, que eran matrimonio. Ahora ya no hace falta…se entrega el DNI o el pasaporte y ya está, lo de menos es el parentesco.
— Ya, pero es un compromiso. Imagínate que tú ahora subes a mi habitación y tienes que dar tu documentación, tu dirección y la mía no coinciden, y eso les puede hacer sospechar. ¿ Por qué tiene que ser así?
— Ya te he dicho que son las reglas. Pero si ese fuese el caso, es decir que yo subiera a tu habitación, te aseguro que hay recursos para conseguirlo si tener que identificarse. Depende mucho del hotel, pero puedo demostrarte que puedo aparecer en tu habitación sin que nadie haya tenido que ver mis documentos. ¿ Cuál es tu hotel?
Mi mujer le dijo el nombre del hotel, y también le invitó a que demostrase que podría llegar a su habitación sin ser identificado, a modo de una apuesta juguetona. Y allí se dirigieron. Ella se apeó del taxi y entró sola en el hotel. En la recepción había un gran número de clientes.
Fue muy fácil. Muy pronto el taxista llamó a la puerta de nuestra habitación donde nos hospedamos. Ella lo esperaba para comprobar el resultado. Pero tuvo tiempo para preparar su personal filmación de lo que ocurriría. Al abrir la puerta se hizo la sorprendida:
— ¿De verdad nadie te ha visto? ¿ Cómo lo has conseguido?
— Supongo que me haya visto muchas personas, como yo las he visto a ellas. Yo no me he preguntado donde iban y supongo que ellos tampoco dónde iba yo. Los camareros y camareras han pasado de mí. Este hotel es un no parar de idas y venidas de los huéspedes de tantísimas habitaciones como tiene el edificio. Solo tienes que comportarte con naturalidad, procurando no llamar la atención y llegas hasta donde he llegado yo, como un ocupante más.
— Bueno, pues me alegro de que lo hayas conseguido. Ya veo que gozas de muchas habilidades: conduces fenomenal, conoces los mejores sitios para enseñárselos a una curiosa turista como yo, me lo has hecho pasar muy bien, y ahora estas aquí…supongo que tienes más habilidades, y lo podamos pasar todavía mejor.
— Estoy seguro de que tú también eres muy hábil y lo podemos compartir —añadió aquel hombre que ya había adivinado los planes de mi mujer. Y para apoyar sus propias palabras abrazó su cintura atrayéndola hacia su cuerpo, mientras ella le brindaba su boca para que la besara.
Cuando he visto las imágenes en nuestra pantalla por muy poco no me ha reventado todo de gusto.
Se besaron a la par que se iban desnudando como si sus vidas fuera en ello. Mi mujer le pidió que no le quitara la camisa, prefería que solo le quitara las prendas de abajo. Él lo hizo hasta arrancarle literalmente las bragas de un tirón para acariciar hábilmente el interior de sus muslos hasta llegar a su coño, que trató con especial delicadeza, moviendo sus dedos a modo de delicadas plumas que acariciaban su clítoris, absolutamente excitado, palpando toda sus cavidades empapadas de deseo. Ella le quitó los calzoncillos para descubrir ante sí un pene enorme, que debo reconocer supera el tamaño del mío con cierto margen….con bastante margen. Y no es que el mío sea demasiado pequeño, sino que aquella polla era demasiado grande. Si bien no se si a mi mujer le pareció tanto, a la vista de cómo lo aprovechó.
Ella agarró aquella herramienta endurecida, acariciándola con delicadeza hasta que él se tumbó y ella le dio una sutil y breve lamida, casi esquiva, para que aquella cosa hinchada, morada de tensión, se disparase directamente a su raja entreabierta, separadas ligeramente las piernas, hasta que tan enorme instrumento la penetró hasta los mismos testículos haciéndola exclamar un grito de placer, y abrirse de par en par como si quisiera atraparle abrazándole con sus muslos sujetándole la espalda, con delirios de ansiedad, que el taxista prolongó con sus enérgicas culadas mientras metía sus manos buscando unas tetas maravillosas, que pretendía morder acelerado por el placer de las contracciones que ella procuraba en su coño para amarrar todo lo que tenía dentro.
La ubicación de la cámara que mi mujer escondió permitía focalizar con detalle las repetidas embestidas de aquella polla cada vez más gruesa y desaforada. Podía observarse como los labios de su vulva hambrienta la apretaban para no dejarla escapar.
Mi mujer parecía abrir su coño para tragársela entera, y aquella polla parecía hundirse a cada embestida más profundamente, una y otra vez, a distinto ritmo, escondiéndose cumplidamente en la más recóndita de las profundidades de sus calientes entrañas. Si no lo hubiera visto tan detalladamente en la pantalla, no habría creído que pudiera penetrarse en su preciosa rajita algo de tal tamaño, pero lo hizo sin el mas mínimo gesto de molestia y con evidencia clara del placer que la estaba produciendo tan voluminosa penetración.
Después de un rato de follar de aquella manera, cambiaron de postura, ofreciendo ella la mejor parte que tiene como esplendida mujer, como es su apetitoso culo, que invita siempre al mayor de los placeres, brindándole a su amante toda la libertad de acciones. Por algún momento creí que llegaría a ver por primera vez como estrenaban un culo que nunca había sido penetrado, cuando a aquel caballero se le salió su polla de los empapados labios y con sus propias manos volvió a dirigirla por detrás hacia el interior de una mujer que parecía no importarle nada sino que se la volviera a meter. No lo hizo por el culo, pero viendo las imágenes bien podía parecer que lo haría. De hecho, estuvo tan cerca que he tenido que contemplar repetida la imagen para salir de la duda de que al menos un poco se la había metido. Pero era solo el efecto óptico del lente.Además mi mujer me dijo que no ocurrió, aunque aseguró que en ese momento tal vez no la habría importado. Quizá algún día me dedique su estreno.
Permanecieron así un buen tiempo de repetidos gozos, de morderse la boca queriendo arrancarse los labios, de acariciarse mutuamente hasta desgastarse, sin cesar en su rítmico movimiento de impulsos constantes, pareciendo que en el alguno de ellos él se vaciaría para inundarle de su impaciente semen, hasta que, de pronto, en exagerados estertores, el coño de mi mujer dejó rebosar parte de lo que de forma frenética el taxista la había dejado en su interior. La escena era suficientemente expresiva como para entender, cuantas veces la he observado, que mi mujer se corrió al mismo tiempo, quizá después de haberlo hecho alguna vez anteriormente, cuando él les dio más impulso a sus movimientos con la velocidad que a ella más la excita. Le gusta correrse más de una vez cuando la echan un polvo, aunque las primeras veces no suele avisar, hasta que no puede más aprovechando su ultimo orgasmo para simultanearlo cuando nota que la están llenando de lo que ella desea, siempre que folla de esta manera.
Se retorcieron en su propio gusto y reposaron tan buen polvo. Ella miró su reloj sugiriendo que debería vestirse, pues no debía faltar mucho para que yo volviera a la habitación. Sin embargo, no se mostró inquieta o apresurada en ningún momento,, teniendo muy claro que lo de menos era que yo llegara. Incluso —me confesó— le hubiera gustado que los pillara en plena faena. Y al apuesto caballero, no le sorprendió esta advertencia, pues ya en el vehículo ella le había aclarado que estaba casada, y que su marido andaba por allí, si bien también le informó suficientemente en una de sus conversaciones durante el recorrido, como dato que dejó caer como quien no quiere la cosa, que ella era de las que pensaban que todo aquello que te apetezca debes intentar conseguirlo y disfrutarlo, en un rito indiscutible de invitación a la interpretación que a ella le interesaba que entendiese quien lo escuchaba. Según mi mujer, desde el momento que le habló de su propia libertad para disfrutar lo que deseaba, aquel apuesto conductor ya iba entendiendo ciertas intenciones que acabaron de la forma que os he relatado, transcrito de lo que me contó y me mostró mi gran señora. Incluso, me dijo, le hizo un comentario bastante aclaratorio a su improvisado amante. «Es una verdadera pena que haya tantas cosas prohibidas en esta vida. Maldito invento el del pecado de Adán y Eva…la de cosas que nos perdemos por no hacer lo que nos apetece en cada momento. Menos mal que yo en ese aspecto estoy curada de espanto, y si deseo algo procuro conseguirlo y disfrutarlo, sin necesidad de los estúpidos compromisos que se han inventado. Un hombre es un hombre y una mujer es una mujer, libres los dos de gozar de lo que puedan conseguir, como lo hacen cualquier macho y cualquier hembra. Lo demás son solo inventos que van contra lo natural. Y mi marido opina igual»
Fue un gran encuentro: improvisado, rápido y provechoso. Lo visionaré una y otra vez en nuestro Smart de gran pantalla para disfrutarlo juntos mi mujer y yo, viendo con las ganas que folla ella siempre que se lo propone, sabiendo cómo me pone verlo.
Por fin se quedó sola en la habitación, después de abonarle el importe de la carrera al taxista, que él quiso rechazar, pero ella no se lo consintió. Me encanta el final de la grabación que mi mujer me ha dedicado con mucho gusto cuando se le oye decir al taxista en su despedida:
— Nunca me habían follado tan bien como tú lo has hecho. Ha sido muy diferente. Eres una mujer estupenda. Gracias.
— Gracias a ti por esta excursión.—contestó mi mujer despidiéndole con un último beso.
En fin: diréis que es un relato sencillo, que no hubo ni comidas de coño, ni posturas extremas ni mamadas, salvo aquella leve y ligera lamida a una espléndida polla que tenía la urgencia de meterse dentro de un cuerpo tan hermoso y eficaz como el de la mujer que con tanto deleite la disfrutó. Pero eso es lo que hubo, y viéndolo en estas imágenes que ahora sigo contemplando puedo afirmaros que no necesitaba más. Da gusto verlas.
Hasta la próxima aventura.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
La novia de Claudio se va de vacaciones
Claudio siempre supo que su esposa era una mujer deseable, pero nunca imaginó que el placer más intenso llegaría cuando ella no estaba en casa.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
Nuestro amigo
Carlos no podía cumplir con la pareja, pero Susy tenía un plan para cambiar eso. Con su esposo trabajando, ella lo espera en su cama con una misión…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
Por teléfono fue intensamente rico
El teléfono suena en un hotel solitario y la voz al otro extremo no pide permiso, da órdenes.
Comparte:Infidelidad consentidaHotwifeCuckold
- Hetero: Infidelidad
Cómo mi mujer acabó con otro tío entre las piernas
Él siempre imaginó sus fantasías, pero nunca creyó que ella las haría realidad tan rápido. Esta noche, en lugar de protegerla, decide esconderse y…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoCuckold
- Hetero: Infidelidad
De esposa conservadora, a esposa promiscua
Elena siempre creyó que su matrimonio era sólido hasta que notó el frío de su esposo. Lo que no imaginaba era que Carlos no la abandonaba, sino que…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
Convivencia entre vecinos 2
Pensaba que la cena sería solo una cena, pero el silencio detrás de la puerta y el mensaje en el tanga de su esposa le revelaron un juego mucho más…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido