De esposa conservadora, a esposa promiscua
Elena siempre creyó que su matrimonio era sólido hasta que notó el frío de su esposo. Lo que no imaginaba era que Carlos no la abandonaba, sino que la estaba preparando para convertirse en la mujer más codiciada de su círculo, observando cada uno de sus placeres prohibidos.
Me llamo Elena y tengo cuarenta y seis años; mi esposo Carlos tiene cuarenta y ocho.
Tenemos dos hijos, uno reside en Lima y la otra vive en Italia. Por lo cual, vivimos solos, con la satisfacción de ver realizados a nuestros vástagos..
Afortunadamente, Carlos tiene un cargo relevante en una institución financiera, lo que nos proporciona estabilidad económica.
Nuestra vida sexual siempre ha sido muy vigorosa y placentera, de tal modo que follábamos casi siempre interdiario. Lamentablemente, desde hace unos cinco meses atrás, mi esposo pocas veces me busca para tener sexo, solo tiene relaciones sexuales conmigo cada tres semanas y siempre un sábado.
Las mujeres nos percatamos si nuestro compañero lo hace con deseo o solo por obligación.
Soy una mujer extremadamente ardiente y eso me generaba bastante desazón. Creí que mi marido tenía una amante.
Asisto al gimnasio todas las mañanas para mantenerme en forma. Fernando, el instructor del gym, que tiene treinta y ocho años de edad, lleva varios meses intentando ligar conmigo, pero siempre lo había rechazado, ya que no quería serle infiel a mi esposo. Sin embargo, debido a las circunstancias en mi relación sexual con Carlos y la incertidumbre sobre si él tenía o no una amante, finalmente decidí aceptar la propuesta. Fernando y yo terminamos en un motel en las afueras de la ciudad y cogimos como si el mundo se fuera a acabar. Fue un coito espectacular, me sentí renacida; y desde ese entonces nos “escapábamos” dos veces a la semana a follar de lo más placentero.
Aunque es verdad que tenía relaciones sexuales con Fernando, no podía mirar de costado a mi matrimonio, amaba a mi esposo y no deseaba que se rompiera esta unión de tantos años. Hasta que llegó el momento de enfrentar al toro por las astas.
—Cariño, ¿Qué pasa? Hace tres semanas que no hacemos el amor —le interrogué—. ¿Acaso tienes otra mujer…?
—No, no pienses así cariño, ¿Cómo crees que te voy a traicionar?
—Es que… ¿qué puede pensar una mujer si su marido ya no la toca…?
—No, no creas eso Elena, ni siquiera te lo imagines —dijo mi esposo—. No sé, quiero creer que quizás el exceso de trabajo, junto a la rutina…
—Pero hemos hecho el amor como siempre, tú y yo lo hemos disfrutado.
—Ese es el gran detalle, amor… —afirmó Carlos—. Lo hemos hecho como siempre.
—Pe-pero… Hemos probado de mil maneras, Carlos, en todas las posiciones, incluso me has agarrado por el culo; también en la cocina, en el baño, incluso en la piscina… ¿Qué más puedes pedir cariño…?
—Siii… siii…es que no sé cómo explicártelo… —dijo Carlos.
—Entonces, dímelo, mi amor…
—Eres una mujer bellísima, cariño, a pesar de los años, posees un cuerpo impresionante… Cualquier hombre estaría encantado de hacerte el amor…
—Sí, cualquier hombre, menos tú, ¿verdad? —le respondí a mi esposo—. Y si voy al gimnasio lo hago por ti, mi amor…, para agradarte…
—¿Y qué tal el entrenador…?
—¡¿Y qué tiene que ver el entrenador aquí…?! —le respondí yo algo alterada.
—De seguro te tiene ganas, ¿no?
—Sí, seguramente… —le respondí molesta—. ¡Qué! ¿Quieres que me folle el entrenador para no molestarte…?
—¿Por qué no…?
—¡¿Estás hablando en serio, Carlos?! —le pregunté ya irritada— ¡Pues sí, Fernando y yo estamos cogiendo!
—¡Qué! ¿De verdad, Elena!? ¿Ustedes están follando…? Cuéntame, ¿cómo ha sido eso?
—¿No te molesta, Carlos? —le pregunté asombrada—. ¿No te molesta que tu esposa está follando con otro hombre?
—¡Me encanta cariño! —me respondió mi esposo y yo quedé estupefacta. Notando que su verga estaba bastante erguida.
Mientras estábamos en nuestra cama, Carlos se lanzó sobre mí, comenzando a besarme con gran fervor, después me despojó el babydoll y él también se desnudó. Comenzó a explorar con sus manos, labios y lengua cada parte de mi cuerpo. Era impactante su arrechura, después de tanto tiempo, no veía a mi esposo comportarse de esa manera.
—¡No me llames Carlos, llámame Fernando, princesa! —dijo mi esposo—. Eso me arrecha más mi amor.
No podía creerlo. ¡A mi marido le excitaba que le ponga los cuernos! De alguna manera me molestaba, pero a la vez me ponía más caliente. Por un lado, sintiendo a mi esposo bien cachondo, y por otro, imaginándome que era Fernando quien en esos instantes me estaba fornicando. Sí, era consciente que existían esposos que se excitaban al observar o enterarse que su mujer cogía con otros hombres. Pensé que era para añadir más “pimienta” al acto sexual.
—Mmm, mmm, mmm… “Fernando”… Oooh, oooh, oooh… “Fernando”, qué rica verga tienes… —le decía a mi marido Carlos—. Cógeme bien mi amor… aaah, aaah, aaah… Ya que mi marido no lo hace… mmm, mmm, mmm… Siii, siii… “Fernandito”… Sigue, sigue amor… oooh, oooh, oooh… Cógete a esta mujerzuela… aaah, aaah, aaah… fóllate a esta puta infiel… Ufff, ufff, ufff…
—¡Eso mi amor…! Sigue así, sigue así… —asevera Carlos—. ¡Eres una puta Elena! Pobre tu marido… No sabe que estás aquí… oooh, oooh… cogiendo con otro hombre… Eres una ramera…, una golfa…, una furcia… Eres una infiel…
Jamás pensé que me pondría tan cachonda cuando mi esposo Carlos me llamaba puta, golfa, mujer infiel.
—Ufff, ufff, ufff… “Fernando”… siento tu verga… —gemía de placer mientras “Fernando” me bombeaba la vagina—. Oooh, oooh, oooh… palpitando dentro… aaah, aaah, aaah… dentro de mi coño… mmm, mmm, mmm, aaah, aaah, aaah, mmm, mmm, mmm… Ay no, ay no… Me vengo, me vengo, me veeengooo…
En el preciso instante en que alcanzaba el clímax, mi marido inundó mi caverna con abundante esperma. Fue el polvo más excitante de toda mi vida. No lo creía.
—Ufff, qué rico cariño… —comentó Carlos—. Hace mucho tiempo que no follábamos de esta manera ¿De verdad estás follando con el instructor del gym?
—Pero Carlos, me has tenido descuidada desde hace tiempo, cariño… ¿Qué esperabas entonces? Tú sabes que soy una mujer ardiente, muy cachonda…
—¿Desde cuándo estás follando con él? Se llama Fernando, ¿no? —inquirió mi esposo.
—Hace ya algunas semanas. Sí, su nombre es Fernando —miré a los ojos a Carlos con cierto temor—. Desde hace un tiempo me estaba pretendiendo…, hasta que accedí… ¿Realmente no te molesta?
—No mi amor… ¡No sabes cuánto me excita que otro hombre te meta la verga en tu deliciosa vagina…!
—Ay, no puedo creerlo Carlos —dije a mi esposo, desconcertada—. ¡Te has transformado en un cornudo complaciente, mi cielo!
—Quiero que folles con Fernando cuando gustes, y con otros hombres, pero con una condición…
—¿Cuál…? —pregunté dudosa.
—Que siempre me describas con lujo de detalles, todo lo que haces con ellos en la cama.
—Ja, ja, ja… ¡Eres un enfermo, Carlos! Ja, ja, ja… ¡No lo puedo creer! Está bien, está bien… Recuerda lo que me estás pidiendo Carlos… No hay marcha atrás.
—No te preocupes preciosa, si cumples con eso, tendrás a un hombre muy arrecho en tu cama… Te lo garantizo…
Al principio, me molestó, me irritó, cuando Carlos me comentó que le excitaba que yo folle con otros hombres, pero luego, reflexionando, me beneficiaba; ya no temía que tal vez mi esposo podría descubrir que le era infiel.
Desde ese entonces, los coitos con mi marido se volvieron más intensos, más frecuentes, y por supuesto también con Fernando. Mi libido había crecido de manera vertiginosa. Considero que, dado que mi marido estaba al tanto de que fornicaba con otro hombre, contribuía a que mis experiencias sexuales fueran más placenteras.
Una tarde, fui al supermercado a comprar algunas cosas que me hacían falta y al salir me encontré con mi cuñado Jorge, hermano de mi esposo menor seis años.
Una tarde, mientras salía del supermercado, me topé con mi cuñado Jorge. Él es hermano de Carlos y seis años menor que él.
—Hola Elenita —dijo mi cuñado—, qué gusto verte. ¿Cómo se encuentra Carlos…?
—Hola Jorge. Él está bien, cuñado. ¿Cómo está Clara? Oye, ¿y qué haces por aquí? No vayas a estar de mañoso, porque tú para estar detrás de las mujeres eres muy bueno, ¿eh?
—Je, je, je… ¿Ya ves cómo eres? —respondió Jorge—. Total, uno no puede ir al supermercado a comprar algunas cosas para su casa, y la señora Elena, pensando mal de su cuñado, que tanto la quiere…
—Sí… sí… sí… Se te desborda el amor por las orejas… Ji, ji, ji…
—Seguramente irás a tu casa. Te llevo por allí — afirmó Jorge.
—Ay, gracias Jorgito, pero si estoy a pocas cuadras…
—No te preocupes Elenita, para eso están los cuñados, para ayudar a las cuñadas —añadió sarcástico Jorge.
—Así, ¿no…? Vaya, qué atento eres… No te conocía en esa faceta…
Subimos a su camioneta y dentro de ella, él me dijo:
—¿Tienes mucha prisa Elenita? —inquirió Jorge.
—¿Por…?
—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta? Así como paseando…
—Mmm… Bueno, no tengo apuro en llegar a casa —le respondí.
Charlamos durante más de quince minutos, mientras paseábamos, cuando él cambió la conversación y dijo:
—Caray Elenita, cada día más linda, más atractiva, más seductora cuñada…
—¡Calla loco! Voy a contarle a tu hermano que has estado coqueteando conmigo…
—Quién como mi hermano que te puede tener todo el tiempo… Lo envidio, Elenita…
En ese preciso momento que paseábamos por una avenida en las afueras de la ciudad, a lo largo se encontraban varios moteles, Jorge comentó:
—Mira, más allá han abierto un motel nuevo… ¿Te gustaría verlo…? Me han contado que es muy bonito…
—Te han contado… ¡Cuántas zorras habrás llevado allí…! Y sé que te atraen las mujeres casadas, especialmente esas…Pobre Clara, cuántas veces le habrás puesto los cuernos… Bueno… ¡Pero solo por curiosear! ¿Eh? —le respondí al hermano de mi esposo, considerando que, si en la habitación ocurría algo más, sería mejor para mí. Ya que me estaba empapando la panocha. Tenía otra aventura que contarle a mi marido, y mejor aún con su propio hermano.
El motel era muy agradable, por supuesto, era nuevo. Ingresamos a la habitación, había un jacuzzi, un potro del amor o silla tántrica, etc. Para complacer a todos sus parroquianos.
—Está bonito Elenita… ¿Te gusta…?
—Mmm… Sí, está bonito —le respondí, mientras exploraba la habitación. En ese momento siento que Jorge me rodea la cintura por detrás y susurra en mi oído:
—Mmm… Qué rico que hueles cuñadita… Estás preciosa…
—Oye, descarado… Soy la esposa de tu hermano… No me faltes al respeto…
—Pero, ¿quién podría enterarse de lo nuestro, Elenita?
—Basta con que sepa que estoy haciendo algo indebido —le contesté con seriedad. Haciéndome la difícil—. No soy como esas mujerzuelas que traes aquí, que son infieles a sus maridos…
—No seas cruel conmigo cuñada… Es que tienes un cuerpo deslumbrante… Seré honesto contigo, Elenita… ¿Podrías mostrarme tu cuerpo en ropa interior? Prometo no tocar nada…
—Oye, ¡estás cojudo! —le reproché al hermano de mi marido, a pesar que me encontraba muy excitada—. ¿Cómo crees que voy a hacer eso?
—Mmm… Elenita, te propongo lo siguiente… Te doy cincuenta soles por cada prenda que te quites… ¿Te parece…?
Una de mis fantasías, como de muchas mujeres, es ser stripper por una noche, y creo yo que podría realizar, en parte, esa fantasía con mi cuñado. Eso me estaba poniendo más cachonda.
—Okey, Jorge…, pero solo podrás mirar, nada de tocar, ¿eh?
Empecé a moverme de manera sensual, al ritmo de la música que sonaba en esos momentos en la habitación. Después de tres minutos, mi cuñado mete cincuenta soles en el bolsillo de mi blusa. Me despojé de esa prenda, dejando al descubierto mis grandes y firmes senos, cubiertos por el sujetador. Observé cómo Jorge exploraba con la mirada cada parte de mi cuerpo, provocándome aún más excitación. Luego de un tiempo, el hermano de mi marido colocó otros cincuenta soles en mi brasier. Empecé a sacarme la falda. Continuaba bailando seductoramente. Como era mi sueño ser stripper, había ensayado, incluso en varias ocasiones con Carlos, cuando nuestras relaciones sexuales eran bastante frecuentes.
—¡Qué delicioso cuerpo Elenita…! Quién como mi hermanito que puede disfrutar de este monumento de mujer…
—¿Tú crees Jorge? Mmm… Me gusta que aprecies mi cuerpo —le decía a mi cuñado, cuando ya me había despojado la falda. Solamente llevaba el sujetador, el tanga y las sandalias de tacón.
El suave sonido melódico, resonaba en el cuarto. Me giraba de espaldas a Jorge e inclinaba mi torso noventa grados, para que disfrutara de mi buen culo, ya que la tira se había introducido entre las nalgas, mostrándose firme, redondo y de buen tamaño.
Después, Jorge se acercó y dejó cincuenta soles adicionales en mi brasier. Él estaba ansioso, cachondo, no podía creer que la mujer de su hermano le estuviera realizando un baile erótico, solo para él, desnudándose paulatinamente.
Me saqué lentamente el corpiño de mi busto, para luego mostrarle mis hermosas y grandes tetas. Jorge se quedó estupefacto. Disfrutaba observando cada uno de mis senos.
—Ay, cuñadita… Me estás volviendo loco… —susurraba Jorge.
Yo sonreía, y al instante me incliné hacia adelante, permitiendo que mis tetas colgaran, bamboleándose a los costados. Su erección era evidente, y había un círculo de líquido seminal en sus pantalones.
Jorge retiró de su billetera otros cincuenta soles y los puso debajo de mi bolso que estaba en la mesa. Lo que implicaba que debería quitarme la tanga. En ese instante, yo me encontraba muy caliente y, sin duda, la humedad de mi vagina se notaba en la tanga. Me la quité lentamente y la arrojé al rostro de mi cuñado.
El hermano de mi marido tomó la tanga, la pasó por su nariz, sintiendo la humedad primero y luego comenzó a olerla. Solo tenía puestas mis sandalias de tacón. Al notar que yo igualmente estaba bien arrecha, se despojó del pantalón y del bóxer, permitiéndome apreciar su voluminosa verga, adornada con algunas venas, levantada y con el glande húmedo por la secreción seminal.
—Uyyy… Jorgito, qué hermosa herramienta tienes cariño… —exclamé muy cachonda.
—¡Chúpamela Elena! Ya no aguanto más. ¿O prefieres otros cincuenta soles…?
—Nooo, cuñadito… No soy puta… Eso lo voy a hacer gratis… —le contesté—. Solo porque eres el hermano de Carlos…
Me aproximé a él, me arrodillé, apoyé mis manos en sus caderas, acerqué mi boca a su miembro y me lo introduje por completo, luego lo retiré; después, nuevamente me comí esa hermosa polla, comenzando a hacerle una buena mamada.
—Oooh, oooh, oooh… Qué rica mamada… Mmm, mmm, mmm… —jadeaba mi cuñado de la chupada de polla que le estaba realizando—. Aaah, aaah, aaah, ufff, ufff, ufff… Sigue, sigue mi amor… mmm, mmm, mmm…
—¡Eres un desvergonzado Jorge…! Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm… —me encantaba mamar su verga—. ¡Eres un enfermo! Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm… Cómo se te ocurre… sluuup, sluuup, sluuup… traicionar a Clara… mmm, mmm, mmm… con la esposa de tu hermano… sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm…
Después de unos cinco minutos, Jorge no podía más. Expulsó gran cantidad de semen en mi boca, que la tragué por completo.
—¿Qué ocurrió, mi príncipe? —le pregunté.
—Discúlpame cuñadita… Oooh… Nunca pensé que chupabas tan rico la polla… Me encantó… Echémonos un rato a la cama… No tardaré en recuperar energía, ¿vale?
Nos arrojamos a la cama, totalmente desnudos, sumidos en un ferviente morreo. Allí echados, Jorge empezó a chuparme las tetas una por una.
—Oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm… —susurraba yo del placer que sentía—. Eres un descarado Jorge… aaah, aaah, aaah…, no respetas a la mujer… ufff, ufff, ufff…, de tu hermano… mmm, mmm, mmm… No respetas a tu esposa… oooh, oooh, oooh… Me encanta cómo me las mamas… mmm, mmm, mmm…
—Mmm, mmm, mmm… Desde que te conocí… mmm, mmm, mmm…, siempre te he deseado, Elena… sluuup, sluuup, sluuup… Cada vez que te veía… mmm, mmm, mmm…, tu belleza…, sluuup, sluuup, sluuup… tus tetas…, mmm, mmm, mmm… tu culo…, tan grandes y bellos… mmm, mmm, mmm…
Jorge se deleitaba de mis chiches. Luego pasó a lamerme y besar el abdomen con el ombligo. Recorrió cada una de mis piernas, para instalarse finalmente en mi vagina. Haciéndome gozar deliciosamente, chupándome el clítoris.
—Oooh, oooh, oooh… Ay, Jorge… —susurré yo—. ¡Qué vergüenza…! Mmm, mmm, mmm, aaah, aaah, aaah… ¿Qué diría Clara? Ufff, ufff, ufff… Que estoy cogiendo… mmm, mmm, mmm…, con su marido… ¡Así, así, así mi amor…! Oooh, oooh, oooh… ¡Devórame la concha…! Aaah, aaah, aaah, oooh, oooh, oooh…
—Vámonos al potro, cariño… Allí deseo tenerte… —decía mi cuñado.
El hermano de mi esposo, me levantó en brazos y me colocó en el potro del amor boca abajo, debido a que esa parte es bien levantada, hizo que mi culo se empinara, ofreciéndole una buena posición a mi cuñado, colocándose atrás mío e insertando su buena verga dentro de mi chorreante vagina.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg… ¡Ay, Jorge…! —gritaba yo—. ¡Me has metido toda tu polla…! Ufff, ufff, ufff, oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm… ¡Qué delicioso se siente…! Dale, dale cariño… Destroza el coño…aaah, aaah, aaah… de la mujer… oooh, oooh, oooh… de tu hermano…
Mi cuñado bombeaba interminablemente mi coño. El placer que sentía era bastante intenso, y más aún, sabiendo que estaba cogiendo con el hermano de mi marido y a la vez el esposo de una de mis mejores amigas del colegio.
—Ah-ah-ah-ah… Oh-oh-oh-oh… —Jorge perforaba incesantemente mi cuca goteante, mientras que el potro sonaba al moverse—. Sigue, sigue pendejo… mmm, mmm, mmm… aaah, aaah, aaah… Siento tu rica pinga…, taladrando mis entrañas… ufff, ufff, ufff…
—Eres una puta Elena… Eres una auténtica golfa… ¡Cómo te gusta la verga furcia…! Mi hermano tiene una ramera como mujer… Eso es lo que eres…
—Siii, siii, siii… Soy una prostituta… aaah, aaah, aaah… Soy una perra… No respeto a mi marido… oooh, oooh, oooh… Ay, Jorgito… ay, Jorgito… Me corro…, me corro…, me cooorrooo… aaah, aaah, aaah, aaah, aaah, aaah, mmm, mmm, mmm…
En ese preciso momento que llegaba al orgasmo, mi cuñado, inunda mi cuca con grandes cantidades de semen.
Después de unos segundos, que todavía nos encontrábamos sobre el potro, con la polla de Jorge dentro de mi vagina, le dije:
—Ay, Jorge… Te pasaste cuñado… ¡Qué rico polvo me has tirado…!
—Tú también has estado fenomenal cuñadita —exclamó el hermano de Carlos—. He gozado como nunca preciosa…
—Ahora sí, déjame en mi casa Jorge, antes que llegue tu hermano…
Efectivamente, salimos del motel y Jorge me dejó en mi casa. Todavía no había llegado Carlos.
Estaba aguardando a mi esposo para cenar y, al mismo tiempo, relatarle lo que había ocurrido con su hermano. Aún me sentía bastante excitada. No podía creer que había fornicado con el hermano de mi marido. Ahora, contaba con dos machos para poder follar: Fernando y Jorge. Bueno, al final, culpé a mi esposo, ya que me había empujado a serle infiel. Aunque parezca increíble, así como él disfrutaba escuchar de mis labios las guarradas que hacía con mis amantes, yo también me excitaba narrarle los relatos a Carlos.
—Hola, hola… —saludaba mi esposo llegando a casa.
—Hola, mi amor. ¿Cómo estuvo tu tarde? —pregunté.
—Felizmente no se presentó ninguna novedad. ¿Y tú…?
—Lo mismo de siempre, cariño… pero… ¿Adivina qué?
—Mmm… No sé… ¿Te sacaste la lotería…? —bromeaba mi esposo.
—Ji, ji, ji… Nooo… Hice algo que te encanta…
—Una torta de chocolate… —respondió él.
—Mmm… —me aproximé a él, mirándolo a los ojos y acariciándole los testículos—. He cogido con tu hermano…
—¡Nooo…! ¿De verdad cariño? ¿Con Jorge…?
—Bueno, es el único hermano que tienes… A no ser que tengas otros por allí… —le contesté bromeando.
—A ver, a ver… Cuéntamelo todo, princesa…
—¡Nooo! Ahorita usted va a cenar… Cuando vayamos a la cama —le repliqué.
Cuando estuvimos en nuestro dormitorio, ya desnudos en la cama, le narré desde el principio a fin, con lujo de detalles, el encuentro sexual que tuve con su hermano. Observé cómo la erección de Carlos aumentaba mientras oía mi plática. Al concluir la narrativa erótica, noté que de la uretra emanaba una cantidad considerable de líquido seminal, síntoma que se encontraba muy cachondo.
En esa ocasión, nos cogimos apasionadamente, e incluso mi marido tuvo dos eyaculaciones y yo experimenté cuatro orgasmos. Después de mucho tiempo que no llegábamos a eso.
Transcurrieron tres semanas y, para entonces ya había follado con Fernando y con Jorge en varias ocasiones. Me había convertido en una mujer promiscua. Mi cuerpo me pedía verga todos los días, encontrándome más cachonda, ya que mi esposo era consciente de mis encuentros y gozaba de mis relatos.
Frente a mi casa había una vivienda parecida a la mía, donde hace aproximadamente seis meses se habían mudado una familia y su único hijo varón de unos veintidós años, alto, trigueño, de bonito cuerpo. En las tardes, se asomaba por su balcón y me saludaba con un gesto, yo igualmente le respondía. Desde ese lugar, él podía observar todos mis movimientos que hacía mi alcoba, y yo podía hacer lo mismo desde mi balcón.
Era consciente que él me deseaba, antes de convertirme en una mujer promiscua, no prestaba atención a sus coqueteos, además de que era muy joven, como la edad de mis hijos.
La última vez que nos vimos cara a cara con Daniel —ese era el nombre de mi joven vecino—, él en su balcón y yo dentro de mi dormitorio, le envié una sonrisa coqueta acompañada de un guiño, luciendo un babydoll rojo impresionante. Al verme quedó boquiabierto; jamás pensó que me presentaría de esa manera ante él. A lo largo de tres días permanecimos en ese juego erótico, y al notar que no tomaba la iniciativa, decidí actuar yo. Le hice señales con mis gestos y con mis manos para que se acercara a la puerta de mi casa. Ni corto ni perezoso, Daniel bajó inmediatamente, cruzó la calzada y tocó el intercomunicador de mi casa. Bajé en un babydoll de color negro, con sandalias de tacón aguja y de esa manera abrí la puerta.
—Hola… pasa… —le dije—. ¿Cómo te llamas?
—Da-da-Daniel, señora —balbuceó, al notar que estaba vestida provocativamente—. Buenas tardes.
—Ven Danielito, vamos a la sala a conversar un momento, para conocernos mejor… —le tomé de la mano y nos dirigimos hacia la sala, sentándonos juntos en el sofá.
—Qué bonita es su casa, señora… —hablaba Daniel, mientras sus ojos recorrían todo mi cuerpo.
—Ay, Daniel… No me llames señora, solo di Elena… Ese es mi nombre… Me haces sentir vieja… ¿O crees que soy una anciana…?
—No seño… No, Elena, de ninguna manera… Eres muy hermosa…, y tienes un lindo cuerpo.
—¿Qué te parece si para relajarnos nos bebemos un pisco…?
—Okey Elena, me parece una buena idea —comentó Daniel—. ¿Y tu esposo…?
—Hablé con él hace media hora… Se encuentra en Lima —tuve que mentirle para no inquietarlo—. Dentro de dos días estará por aquí.
Estuvimos charlando un buen tiempo, cuando lo noté desinhibido, comencé a acariciarle la pierna, puesto que llegó con bermuda y su verga se puso bien dura.
—Disculpa Elenita, pero trata de comprender que no soy de palo —dijo Daniel, al ver que mis ojos apuntaban a su entrepierna—. Con las caricias y ese hermoso cuerpo que tienes, no es para menos…
—Ji, ji, ji… Mmm… No hay problema, vamos a calmar a ese muchacho —me puse de rodillas frente a él, entre sus piernas, comenzando a desabotonar la bermuda, cuando apareció una buena verga ante mis ojos.
—¡Virgen Santísima! ¡Qué hermoso corcel! ¡Pero si esto parece una estaca…! —exclamé ante la buena verga de mi joven vecino.
—¡¿Qué pasó Elena?! —vociferó Daniel—. ¿Es muy pequeño…?
—De ninguna manera, cariño; todo lo contrario, estás bien dotado.
Terminando de hablar, inmediatamente le pasé la lengua por el glande y la coronilla, acariciando sus huevos y luego me la tragué entera.
—Oooh, oooh, oooh, Elenita… ¡Qué rico chupas amor…!
—¿Te gusta cariño…? Mmm, mmm, mmm, sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm, sluuup, sluuup, sluuup… Pues, a mí me encanta mamártela…
—Aaah, aaah, aaah… Elenita… Elenita, me vengo, me vengo… oooh… me vengooo…
Daniel inundó mi boca con abundante esperma, que yo gustosamente me la tragué.
—¿Qué sucedió, cariño? —pregunté a Daniel.
—Oooh… Discúlpame Elena… La verdad, que me la chupaste riquísimo… Yo no soy así… —me contestó mi joven vecino. Lo comprendí, dado que la ocasión lo requería.
—Entiendo, amor. Estoy convencida de que la próxima vez aguantarás lo que haga falta… Mejor vete ya, porque pronto llegará mi marido…
—¿No dijiste que estaba en Lima?
—Te mentí para que no te pusieras nervioso.
—¿De verdad puedo venir otra vez Elena? —inquirió mi vecino.
—Por supuesto que tienes que regresar. Ni siquiera hemos empezado aún. Sin embargo, entrarás por la vuelta, por la otra calle, exactamente por la puerta que da al jardín de rosas… ¿Te ubicas…?
—¡Qué! ¿Por esa puerta también se puede ingresar a tu casa…?
—Cuando llegamos a vivir a esta urbanización, mi esposo compró dos lotes, que eran los últimos disponibles en esta manzana y decidimos construir una piscina y un amplio jardín por ese lado. En otras palabras, mi casa tiene forma de “L” mayúscula.
—¿Y de qué manera nos comunicamos, Elena? —interrogó Daniel.
—Te envío un mensaje, indicándote el día y la hora… Tiene que ser por la tarde, cariño…
—Bien, bien, me iré de inmediato, antes que llegue tu esposo… No quiero que me encuentre aquí…
Mi joven vecino se despidió de mí con un delicioso beso, saliendo por la puerta lateral.
Luego me fui a tomar un baño, realicé las tareas propias de mi hogar, aguardando la llegada de mi esposo.
Realmente, Daniel me dejó muy cachonda. Me sentía una zorra insaciable. No podía esperar a que llegara Carlos para relatarle mi nueva aventura y así satisfacer mi deseo de fornicar.
Alrededor de las ocho de la noche, mi marido llegaba a casa.
—Hola preciosa —me saludó, con un beso en los labios—. Por allí me encontré con Jorge. Nos pusimos a conversar un rato y luego nos despedimos. Yo pensaba: “pendejo, te has tragado a mi mujer, y tú tan tranquilo…”
—Ja, ja, ja… Pero, si a ti te encanta eso… Así que no tienes nada que reprocharle mi amor… Ji, ji, ji…
—Sí, sí, claro cariño… Me encanta que seas bien zorrita —agregó mi esposo.
—Me has convertido en eso. En una zorra, en una zorra bien arrecha… Te cuento… ¿Adivina quién vino a casa y le he chupado la verga?
—¡No puedo creerlo! ¿Otro amante más, preciosa? —preguntó mi marido.
—Así es guapo… El vecino de la casa de enfrente.
—¿El dueño de la camioneta gris…?
—¡Nooo, mi cielo…! —le rectifiqué a Carlos—. Su hijo. El que siempre lo vemos en el balcón.
—Ja, ja, ja… Ahora no puedes con tu genio —dijo mi esposo—. Así que tienes tres amantes… ¿Y dónde lo hicieron?
—Ahí en el sofá —le contesté—. En nuestra habitación te cuento todos los pormenores.
—Caray, lo que me perdí mi amor —dijo mi esposo—. Mmm… ¿Vas a volver a verte con ese muchacho…?
—Sí, es muy probable que sea pronto, cariño… Acordamos que le enviaría un mensaje. ¿Por qué?
—La próxima vez, princesa, lo llevas a nuestra habitación—afirmó Carlos—. ¡Me muero de ganas de verte coger con ese chico, mi amor…!
—Ay, qué loco eres… Aún así, te amo mucho mi cielo —abracé a mi marido y le di un beso en los labios—. Mañana le mandaré un mensaje para vernos el miércoles por la tarde. ¿Te parece bien, amor…? Te informaré la hora precisa.
—Bien cariño.
—¡Lunático! Te amo —le respondí.
Cada vez que me toca fornicar con alguno de mis amantes y le relato detalladamente a mi marido lo que hacemos en la cama, él se enciende considerablemente, lo que origina que cojamos rico esa noche. Y esa vez no fue la excepción, cuando le narré la mamada de verga que le hice a mi joven vecino.
Por supuesto que me quedé con ganas de que Daniel me hiciera una buena follada. Por eso, al día siguiente le envié el siguiente mensaje por WhatsApp:
Yo: “Hola cariño. Te espero mañana a las 5.00 de la tarde en punto. Te dejo la puerta entreabierta. Solo empuja”. (11:16 a.m.)
Daniel: “Claro ermosa tengo muchas ganas de verte llegare puntual”. (12:01 p.m.)
Inmediatamente después que mi joven vecino se despidió, recibí un mensaje de Fernando.
Fernando: “Preciosa te parece si mañana nos vemos?”. (12:02 p.m.)
Yo: “Mañana no voy a poder, Fernando. Sería para el jueves a la misma hora. ¿Okey?” (12:03 p.m.)
Fernando: “Bacan cariño un beso cuidate mucho”. (12:04 p.m.)
Seguí con mis labores domésticas y, tras un tiempo, recibí nuevamente un mensaje, aunque esta vez era de mi cuñado.
Jorge: “Cuñadita preciosa rica tengo muchas ganas de ti mi amor mañana quisiera verte se puede?”. (12:39 p.m.)
Yo: “No Jorge. Sería para el día viernes a la misma hora. ¿Sí?”. (12:40 p.m.)
Jorge: “Eres una malvada me voy a volver loco clara ha viajado a iquitos que hago?”. (12:41 p.m.)
Yo: “Tienes a Manuela… Ja, ja, ja… Ya que no tienes a tu mujer a mano… Ja, ja, ja… Y otras más de tu harem… Pórtate bien, sino le voy a decir a Clara cuando regrese…” (12:42 p.m.)
Jorge: “Como eres pero nadie como tu estas como para chuparse los dedos mmm”. (12:43 p.m.)
Yo: “¡Eres un enfermo! Chao, no demora en llegar tu hermano”. (12.44 p.m.)
¡Carajo! Esos mensajes que recibí de mis amantes me hicieron mojarme la concha. Miércoles, jueves y viernes, tendré que complacer a cada uno de mis tres machos que están detrás de mi vagina, y también tendré que recibir la descarga de esperma de mi amado esposo. ¡Me sentía dichosa! ¡Me sentía más mujer! Si se le podría denominar de esa manera. Ahora, a cada hombre que se me cruzaba y me atraía, me mostraba coqueta con él. Mi manera de ser y mi modo de vestir habían cambiado drásticamente.
Al día siguiente, Carlos me mostró un reloj de mesa digital y un cuadro para pared, que tenían ocultas unas minicámaras.
—¿Y eso mi amor…? No los necesitamos Carlos…
—Preciosa, tanto el reloj como el cuadro tienen ocultas micro cámaras —me explicó mi marido.
—Caray, cielo, no se notan los lentes de las cámaras… De verdad, lo han fabricado bien camufladas —dije—. ¡Eres un tronado!
—Acompáñame a probarlo en nuestra habitación.
Efectivamente, la tecnología moderna también sirve para que nuestros maridos se masturben viéndonos a nosotras fornicar con otros hombres. Qué ironía de la vida.
Carlos había colocado el reloj en mi tocador, que se encontraba a la izquierda de nuestra cama, apuntando el lente hacia el lecho y áreas cercanas; así mismo, colocó el cuadro con la cámara oculta, arriba de la cabacera de nuestra cama.
—Bien princesa… Se puede ver nítido… —expresó mi marido, observando la pantalla de su celular—. Ya falta poco para que te encames con él.
—Mmm… Mi querido esposo, vas a ver a tu mujer y a su amante desnudos en nuestra cama, disfrutando de un sexo increíble —le decía a mi marido, acercándome y dándole un beso en los labios.
Después Carlos se fue a trabajar. Ingresé a la ducha, para estar disponible para Daniel.
Precisamente, mi vecino llegó a las cinco de la tarde. Lo estaba aguardando con un micro bikini tanga hilo dental de color azul marino, reclinada sobre una tumbona, en la piscina.
—Buenas tardes, Elena —saludó mi joven vecino—. Te ves hermosa y muy sensual…No veía las horas de estar contigo nuevamente… Estuviste genial, la última vez que nos vimos…
—Ji, ji, ji… ¿Y por qué, corazón…?
—Aquel día estuviste increíble, con esa mamada de pija que me diste…
—Ven amor… Vamos a mi cuarto… Estaremos más a gusto allí —le propuse a Daniel, mientras lo guiaba de la mano hacia mi alcoba, pensando que en ese momento, desde su oficina, mi esposo estaría mirando la pantalla de su celular.
Ya en mi dormitorio, rodeé con mis brazos el cuello de Daniel y comencé a besarlo con lengua incluída. Le fui despojando gradualmente de todas sus prendas, hasta que quedó totalmente desnudo y yo hice lo mismo. Me acomodé al borde de la cama, agarré su pene erecto con la mano derecha, masturbándolo lentamente, mientras que con la mano izquierda acariciaba sus testículos.
—Oooh, oooh, Elena… mmm, mmm… qué rico me pajeas… —suspiraba de placer mi joven amante.
—Tienes una verga preciosa, mi cielo… Está bien dura Danielito… Me gusta así —le decía a Daniel pensando que Carlos estaba mirando y escuchando—. La tienes más grande que la de mi esposo.
—Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm… —comencé a succionar su polla—. Me encanta este sabor y este aroma de tu linda pija… Mmm… me pone más cachonda todavía… sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm…
Qué dura la verga de mi joven amante. Una de las grandes bondades de coger con un hombre joven es que irradia energía.
En los instantes en que mamaba la polla de Daniel, pensaba en mi esposo, que seguramente, se estaba masturbando al observar a su mujer chupar ese buen garrote del joven vecino. Permanecí por algunos minutos, disfrutando de esa bonita verga, haciendo gozar a Daniel, de las mamadas realizadas, hasta que lo empujé hacia la cama, boca arriba, con su cipote bien enhiesto, apuntando hacia el techo. Aproveché para subirme encima y con mi mano apuntar hacia mi vagina, por lo cual fui bajando lentamente hasta que toda su pija se incrustó en mi coño.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, mmm, mmm, mmm, oooh, Daniel… Me encanta tu verga tiesa… Siii, siii, siii… ¿Te gusta lo que te estoy haciendo mi amor…?
—Oooh, oooh, oooh… Siii Elenita… Me arrecha tu coño jugoso —respondía mi joven vecino—. Siento caliente tu vagina, amor… aaah, aaah, aaah…
Me hallaba montando a Daniel, disfrutando de las estocadas que le daba a mi panocha y, más cachonda me ponía, porque estaba frente a la cámara oculta en el cuadro de la cabecera de la cama, en donde mi marido, estaría masturbándose viendo la cara de su mujer gozando de ese envarado pene de nuestro vecino.
«Esa cara de puta que tienes mi amor —decía mi marido al ver en la pantalla de su celular, mi rostro de satisfacción, con la verga de Daniel bien adentro de mi coño—. ¡Qué rica te ves Elena! Estás gozando de ese buen pito del vecino».
En mi habitación, continuaba follando intensamente con Daniel. Desde mi vagina caían torrentes de jugos, porque era consciente de que mi esposo también estaba disfrutando de esa fornicación.
—Oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm… Rico, rico, rico, mi amor —gemía yo, al experimentar la dura polla de mi amante—. Ay, Danielito… Eres delicioso cariño… ufff, ufff, ufff, mmm, mmm, mmm… ¿Te gusta el cuerpo de tu vecina, cielo?
—Mmm, mmm, mmm… Elenita… Hace tiempo… aaah, aaah, aaah… que te deseaba… oooh, oooh, oooh…, quería cogerte…
Estuve aproximadamente cinco minutos, cabalgando con la verga de Daniel dentro de mi concha. Cada vez que golpeaba mi vulva sobre el vientre de mi vecino, podía notar que se encontraba bastante encharcado de mis fluidos vaginales.
—Ay, papito… mmm, mmm, mmm…, qué rico que eres amor… Ya me vengo mi amor… oooh, oooh, oooh… ya me vengo…, ufff, ufff, ufff… me vengo, me vengo… aaah, aaah, aaah, aaah, aaah, aaah, oooh, oooh, oooh…
—Yo también Elena… yo también… me corro, me corro…, oooh, oooh, oooh…
Sentí dentro de mi caverna que Daniel eyaculaba toda su esperma dentro de mi coño. Qué delicia. Esperé unos segundos antes de sacarme la polla de mi joven vecino, hasta que salga la última gota blanquecina.
Me quedé mirando el cuadro que se encontraba arriba de la cabecera de la cama, donde sin duda mi esposo había visto y escuchado que su vecino había llenado de leche toda la vagina de su mujercita.. Aproveché para hacerle un guiño y regalarle una sonrisa de arrecha.
Después me separé del cuerpo de Daniel, dejando todo cubierto de mis líquidos y del semen que se deslizó por su abdomen, y me coloqué recostada a su lado, con mi cabeza en su pecho.
—¿Te gustó, cariño? —pregunté a Daniel.
—¡¿Qué sí me gustó?! ¡Me encantó mi reina! ¡Eres maravillosa Elena…, Maravillosa…!
—Mira cómo quedaron tus genitales —hice un comentario—. Repleto de mis líquidos y de tu esperma… ¿Quieres que lo limpie…?
—Sí, claro, claro… —me respondió Daniel.
Me levanté, me arrodillé, y con mi lengua empecé a recoger y beber los residuos de líquidos. Me metí la verga flácida de Daniel dentro de mi boca, hasta exprimir la última gota de semen.
—Mmm… ¡Deliciosa, mi amor… Deliciosa…! —dije a Daniel.
«Eres una guarra Elena, una guarra —se repetía mi esposo al verme por la pantalla de su celular, limpiando los fluidos de Daniel y míos, además de chuparle —. Pero me encanta que seas así mi amor, me pone más cachondo»
Nos pusimos a conversar con Daniel sobre temas triviales durante unos minutos, cuando noté que ya tenía la pichula bastante dura.
—Oye descarado—le dije a mi joven vecino—, ya se te paró otra vez la verga…
—Siii, Elena… Soy muy arrecho… ¿Puedes ponerte en cuatro?
—Claro que sí, mi cielo. ¡Estoy a sus órdenes!
Empiné bien mi culo, mirando a la cámara oculta en el reloj de mesa, y humedecí mis labios con la lengua, para que mi marido notara que su mujer iba a disfrutar plenamente con esa pose. Daniel no tardó ni un instante, cuando sentí que su cipote penetró en lo más profundo de mis entrañas.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, mmm, mmm, mmm… Danielito, mi amor, he sentido tu pija hasta tocar mi útero… oooh, oooh, oooh… No has tenido clemencia… ufff, ufff, ufff…, de esta pobre mujer… aaah, aaah, aaah…
—Es que tienes la concha bien empapada Elena… Se siente rico, amor…
—Tú tienes la culpa de eso, cariño… mmm, mmm, mmm…Tienes una verga riquísima… Adorable… Oooh, oooh, oooh… Sigue, sigue así, cariño… mmm, mmm, mmm… Destrózale el coño a tu vecina… aaah, aaah, aaah…
Daniel, seguía taladrando mi coño, una y otra vez. Yo ya había alcanzado un orgasmo y, él todavía continuaba follando la panocha a su vecina.
«¡Qué hijo de puta, ese huevón! —discurría mi esposo al verme que gozaba de las arremetidas de Daniel, y del orgasmo que ya había tenido—-. ¡Cuánta energía derrocha ese muchacho! Y la mujerzuela de mi mujer, está gozando como una energúmena»
Experimenté otro orgasmo con mi joven vecino. Era incansable ese muchacho. Hasta que me dijo:
—Elenita… ¿Te lo puedo meter por detrás?
—Pero sí ya me lo estás… oooh, oooh, oooh… metiendo por detrás… ufff, ufff, ufff… —le respondí con sorna.
—Ya pues… No te hagas…
—Ja, ja, ja… Mmm, mmm, mmm… Se dice… aaah, aaah, aaah… meterlo por el culo… ufff, ufff, ufff…
—Bueno… Quiero meterlo por el culo…
—Adelante bebito… oooh, oooh, oooh, aaah, aaah, aaah…
Mi joven amante, que podría ser mi hijo, sacó su verga, se levantó un poco, y con su polla recogió mis líquidos que salían de mi vagina para lubricar mi ano, después de unos segundos, incrustó su potente verga hasta el fondo del recto.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, ufff, ufff, ufff… Daniel… oooh, oooh, oooh… mi bebé… mmm, mmm, mmm… ¡Me has clavado tu polla…! Aaah, aaah, aaah… En lo profundo… ufff, ufff, ufff…, de mi intestino… oooh, oooh, oooh…
—¡Qué rico ano, Elena…! Ha entrado todo mi amor… Tienes el culo grande y hermoso…
Mientras que Daniel me taladraba el recto y acariciaba mis glúteos con sus manos, yo pensaba en mi marido, que seguramente estaría pajeándose, con la escena que estaría viendo.
Mi vecino continuaba perforando el recto consecutivamente. Me estaba llevando al paraíso. ¡Qué delicia! Era inagotable mi joven amante. Estuvo fornicandome aproximadamente diez minutos, hasta que ya no pudo más, derramando su líquido lechoso en mi intestino. Al sentir que inundaba mi recto, me llevó a experimentar un nuevo orgasmo.
Estuvo dentro de mi intestino por algunos segundos y después se desplomó sobre la cama. Igualmente yo caí boca abajo sobre ésta, con la mirada fija en Daniel.
—¡Qué rica follada me has dado mi bebé!
—Eres muy bonita Elena… Aparte que tienes unas tetas y un culo super grandes y hermosos…
—Gracias bebito… Cariño, será mejor que te metas a la ducha de una vez.
—¿Tan pronto…?
—Sí, mi amor… Si bien es cierto, mi marido llega dentro de una hora, pero puede adelantarse.
—Okey, Elena.
Después de bañarse, mi joven vecino se vistió y antes de irse, me dijo:
—¿Cuándo nos vemos Elena?
—Te lo hago saber, cielo… Igual, te envío un mensaje… Al salir, no vayas con dirección a tu casa, sino en la dirección opuesta. Da una vuelta a la manzana. ¿Me comprendes bebé?
—Sí, sí, te entiendo… No te preocupes. Siempre seré muy discreto.
Me rodeó con los brazos, y nos dimos un beso apasionado, antes de salir.
Cuando Carlos llegó a nuestra casa, no podía creer lo que había visto en la pantalla de su celular.
—¡Caray, princesa, fue fantástico mi amor! —comentaba mi marido emocionado—. Parecía que había visto una película pornográfica… No lo podrás creer… Pero me hice dos pajasos en mi oficina…
—Ja, ja, ja… ¿Y qué parte de la “película” fue la que más te excitó?
—Todo cariño, pero en particular, cuando te estaba penetrando por el culo mi amor —me respondió—. Mmm… Fue alucinante mi vida…
—¡Loco! Recuerda que mañana me toca follar con Fernando y el viernes con tu hermanito arrecho… Ji, ji, ji…
—Sí, sí. No lo he olvidado mi reina —respondió mi marido—. Justo acabo de pasar por la tienda y te he comprado un reloj pulsera con cámara integrada… ¿Qué tal?
Dijo mi esposo mientras me mostraba el reloj.
—¡Qué loco estás, mi amor! ¡A cualquier costo me quieres ver tirando con mis amantes! A mí también me gusta, me excita, saber que tú me observas cuando estoy copulando…
Nunca pensé que me sentiría tan cachonda al descubrir que mi esposo se excitaba mucho al verme follar con mis fornicadores. Por eso, cuando tuve el encuentro sexual con Fernando y Jorge. Mi grado de arrechura se incrementó, y de esta manera, cuando estábamos en la habitación de un hotel o motel, colocaba el reloj en la mesa de noche de forma precisa, para que Carlos pudiera observar en su celular, todos los detalles de la fornicación.
Para prevenir que algún conocido me sorprendiera en una situación comprometedora, hacía que mis amantes me aguardaran en la habitación del hotel, por supuesto, un hotel distinto para cada amante, evitando así que el personal de recepción me confundieran con una prostituta, aunque la idea me resultaba excitante.
Había transcurrido más de un mes, planificando mis encuentros con mis machos de la siguiente forma: Daniel, los lunes; Fernando, los miércoles y Jorge, los viernes. Por lo general, los encuentros se realizaban por la tarde, pues en las noches había más afluencia de parejas, y quería evitarlo. A veces, convocaba a Daniel en mi casa, ya que me arrecha hacerlo en mi propia cama.
Una tarde de martes, tuve la visita de mi amiga Micaela. Nuestra amistad empezó hace varios años, cuando yo era joven y trabajaba en una tienda de artículos electrodomésticos. Ella fue mi jefa. Micaela, actualmente, tiene sesenta y dos años.
Me alegró su visita, puesto que hacía varios meses que no nos veíamos, justo cuando comencé a salir con mis amantes, dejé de ver a mis amigas.
La conversación fue bastante agradable, intercambiando algunas bromas, rememorando tiempos pasados, etc. Desde el principio, me di cuenta de que Micaela quería decirme algo, pero no se atrevía.
—A ver amiga —le dije—, de una vez desembucha… Hay algo que te inquieta y no puedes contármelo…
—Ay, Elenita… Soy bastante evidente, ¿verdad…?
—Cualquiera lo podría intuir… Ten en cuenta que somos amigas desde hace mucho tiempo y puedes confiar en mí.
—Gracias, amiga, por eso busco tu ayuda… Bueno, tú conoces a Bernardo, mi marido…
—¡¿Qué?! ¡¿Le pasó algo…?!
—No, no, no… Nada de eso —me respondió Micaela—. Desde hace meses, mi libido ha disminuido considerablemente y solo me enciendo al leer esas páginas de relatos eróticos donde la esposa se excita viendo a su marido coger con otras mujeres o también participar en un trío… Ay, amiga… Vas a creer que soy una depravada…
—No amiga, de ninguna manera… Escucha Micaela, cada ser humano, hombre o mujer, tenemos nuestras propias inquietudes en lo que respecta a la sexualidad y debemos aceptarlas como son. No veo nada incorrecto en eso, Mica… —le respondí a mi amiga, observando su rostro que se había tornado del color de un tomate.
—Elenita, afortunadamente tú eres muy abierta en esa materia, por eso recurro a ti…
—¡Y yo qué pito toco en eso…! —le contesté.
—Como te sigo contando… Berna, quiere tener sexo conmigo, pero yo me le paro corriendo… Necesito otro estímulo amiga, tú ya sabes cuál. Entonces debido a eso, yo me preguntaba, con quién realizo esa fantasía, aparte que mitigaría la arrechura de mi marido hacía mí, por lo tanto Elenita… yo quiero que tú seas la tercera persona… Ay, virgencita…
Al oír lo que Micaela había comentado, me quedé estupefacta, mis ojos se agrandaron como platos.
—¡¿Co-cómo…?! ¡¿Quieres que me coja a tu marido…?!
Micaela, mirando el suelo de la sala, dijo:
—¡Sí!
—¿Y por qué yo, amiga mía…?
—Porque hemos sido amigas durante mucho tiempo, sé cómo piensas, eres discreta, confiable, abierta en asuntos de sexo, y además porque le gustas mucho a Bernardo.
—Ah, caray…, no tenía idea de eso, amiga… —le respondí—. Carajo, me pones en una situación bastante difícil… Ten en cuenta que tengo marido…
—Sí, pero no es necesario que él lo sepa…
—Ja, ja, ja… Para ti es sencillo, ¿no? Eres una pendeja, Micaela —dije—. En el supuesto caso que yo aceptara, cómo sería la cosa…
—Sería aquí en mi casa. Al inicio, me gustaría observarlos en la cama y, si todo va bien, después en otras sesiones yo me uniría… ¿Qué dices…?
—Bernardo, ¿tiene conocimiento de esto? —le interrogué.
—Bueno, hemos conversado de manera general y me mencionó que estaría gozoso. Por supuesto, no hemos comentado nada sobre ti, pero estoy convencida que no se opondría…
—Por supuesto que no se opondría Micaela —le respondí, sabiendo que su marido me quiere coger como sea—. Está bien, acepto… Conversa con tu esposo y me llamas amiga.
—Ay, gracias Elena… Creí que no lo aceptarías.
—Pues, ya ves que sí… Mmm… Nunca es demasiado tarde para tirar una canita al aire, ¿síii? Ji, ji, ji…
—Ji, ji, ji… ¡Eres una bandida amiga! Te estoy llamando…
Cuando Micaela se despidió. Estando a solas en mi casa, sentí mi coño y mis bragas empapadas de mis jugos. Ahora que me he convertido en una zorra, no me faltan vergas para degustar, o será que tengo cara de arrecha.
Al día siguiente, miércoles, recibí la llamada de Micaela —supuse que ya había conversado con su esposo sobre el tema—, preguntándome cuándo podría ir a su casa para que su marido disfrute de mi cuerpo. Le respondí que podría ser para el jueves por la tarde, ya que este miércoles tenía planes con Fernando.
Justo después de terminar la llamada con mi amiga, mi esposo llegó a casa.
—Hola, preciosa, ¿cómo estás mi amor? ¿Alguna novedad? —me preguntó.
—Micaela acaba de llamarme, cariño —le respondí.
—Qué bien… ¿Y qué tal está Bernardo? —preguntó él.
—Mmm… —le miré con una sonrisa pícara—. Mañana voy a follar con Bernardo, mi amor…
—¡¿Qué?! —exclamó sorprendido.
—-No te había contado nada de la visita de Micaela hasta no estar segura… Siéntate, te lo explico todo ahora.
Le detallé a Carlos cada parte de la conversación con Micaela y su deseo que me acueste con su esposo.
—Vaya, vaya. Me parece, bien preciosa —me dijo—. No olvides llevar tu reloj pulsera.
—Claro que no… Que eso nos pone más cachondos, cariño.
El jueves por la tarde llegué a la casa de Micaela y Bernardo. Ambos me recibieron y me invitaron a pasar a la sala.
—Gracias por venir, amiga —dijo Micaela.
—No me des las gracias Mica. Al fin y al cabo, los tres vamos a disfrutar… ¿No es así Berna…?
—Por supuesto Elenita —respondió Bernardo—. Por fin se hará realidad mi sueño.
—Ja, ja, ja… Gracias por el cumplido, amigo. Mica, aún estás a tiempo de echarte para atrás, ¿eh?
—No, hermana. Siempre ha sido mi mayor fantasía —añadió Micaela—. Como dice mi marido: “por fin se hará realidad mi sueño” Ji, ji, ji…
—Entonces manos a la obra —dije—. ¿Dónde va a ser la inmolación?
—Ja, ja, ja… ¡Tú te pasas Elena! ¡No cambias! Ja, ja, ja… —dijo Micaela—. En nuestro dormitorio… Vayan ustedes primero. Yo de aquí les sigo…
Una vez en la habitación con Bernardo, lo primero que hice fue poner mi reloj de pulsera sobre la mesa de noche, logrando enfocar el lente de la cámara hacia la cama. Luego me quité toda la ropa. Mientras que el esposo de mi amiga, observaba con deleite, mi cuerpo desnudo. No podía creer que se iba a comer a una mujer como yo.
Di la vuelta al lecho y me situé frente a Bernardo.
—Bueno cariño, ya es momento de que te quite toda esta ropa —le dije observando su entrepierna—. Vaya a vaya, parece que este señor quiere salir de su encierro.
Desnudé completamente a mi amigo y palpé el semejante tronco que tenía.
—Caray, Berna. Tienes un buen instrumento —tomé su verga bien erecta y sus bolas entre mis manos y comencé a masturbarlo.
Me senté al borde de la cama y me introduje su potente polla en mi boca.
—Mmm, mmm, mmm, oooh, oooh, oooh… ¡Qué rico mamas la verga mi amor! —decía Bernardo.
—Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm… —me deleitaba de la buena mamada de polla que le hacía al esposo de mi amiga—. ¡Qué deliciosa verga Bernardo! ¡Es una maravilla, cariño!
En ese instante, Micaela hace su aparición en el dormitorio y se sienta en una otomana situada al lado de la cama, observando cómo le chupaba el pito a su esposo.
—Mica, ¿te gusta cómo le mamo el rabo a tu marido?
—Ay, hermana… Qué bello y excitante espectáculo —comentó Micaela, quien comenzó a despojarse de toda su ropa para quedar totalmente desnuda, colocando sus dedos en su vulva.
Tras varios minutos, en los que disfrutaba de la pinga de Bernardo, éste comenzó a besar mis labios y luego a succionar cada uno de mis pezones,luego dijo:
—Recuéstate en la cama, cariño.
Ya allí, el esposo de mi amiga seguía succionándome los pezones, lo que me provocaba aullidos de placer. Después, él se dirigió a mi vulva y empezó a lamerme el clítoris, segregando de mi vagina ingentes cantidades de fluidos, que gustosamente Bernardo ingirió. Por otro lado, mi marido, observando en su celular todas estas imágenes, se decía:
«¡Qué tal polla de Bernardo! Nunca pensé que la tuviera de ese tamaño y grosor. Elena va a gozar de esa nueva pichula».
Mientras tanto, el marido de mi amiga Micaela, puso mis piernas sobre sus hombros, procediendo a introducirme profundamente con su pija, hasta llegar al cuello del útero.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, ufff, ufff, ufff… ¡Berna, Berna…! La siento todita mi amor —jadeaba yo del goce que sentía—. Oooh, oooh, oooh, aaah, aaah, aaah… Micaela, qué rica verga tiene… Mmm, mmm, mmm… tu marido, amiga… aaah, aaah, aaah…
—Sí, amiga… —contestó Micaela, que seguía masturbándose en la tumbona—, siii, siii, siii… sigue gozando hermana… aaah, aaah, aaah… de la verga de mi marido… oooh, oooh, oooh…
Bernardo no cesaba de taladrarme el coño una y otra vez. Algunas gotas de sudor resbalaban por su frente. A pesar de los años que mi amigo llevaba encima, su desempeño sexual superaba mis expectativas. Por otro lado, Micaela no dejaba de frotarse el chocho, observando con atención cómo su esposo copulaba exquisitamente a su amiga. Transcurrieron unos cinco minutos en los que Bernardo seguía cogiéndome rico, disfrutando de mi cuerpo, y yo, a su vez, sentía una excitación mayor al ver a mi amiga masturbándose mientras su marido me follaba por completo.
—Así, así, así Berna… oooh, oooh, oooh… sigue, sigue, sigue cogiendo a la amiga… mmm, mmm, mmm… de tu mujer… aaah, aaah, aaah… Cariño, cariño, me vengo, me vengo, me vengooo… oooh, oooh, oooh, ufff, ufff, ufff, mmm, mmm, mmm…
—¡Yo también me corro Elena! Oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm…
Sentí mi vagina empantanada del esperma que fluía de la uretra de la verga del esposo de mi amiga Micaela. Al mismo tiempo, ella alcanzaba un potente orgasmo, reclinada sobre la otomana.
Transcurridos algunos segundos, Bernardo comentó:
—¡Qué rica cogida Elenita! Fue realmente placentero cariño…
—Tú también estuviste fantástico Berna —confesé también—. Micaela, ¿te gustó ver a tu marido cogerse a tu amiga?
—¡Qué rico polvo amiga! Fue divino y excitante verlos fornicar.
Tras coger con el esposo de mi amiga, me dirigí a la ducha, me cambié de ropa y me despedí de ambos. Micaela mencionó que me contactaría nuevamente para seguir con las sesiones de sexo con su marido, y yo le confirmé que no tendría inconceniente, ya que había disfrutado de esa rica experiencia con él.
Regresé a mi hogar a la espera de que mi marido llegara y compartiera conmigo sus impresiones sobre lo que sintió al verme coger con Bernardo.
—¡Estuviste espectacular, princesa! ¡Espectacular! —decía mi marido al llegar a casa—. No te imaginas lo arrecho que estoy…
—Ja, ja, ja… ¿Puedes creer que Bernardo a la edad que tiene, parece un muchacho de treinta años? —le comenté a Carlos.
—En verdad, yo también me quedé sorprendido, mi amor… Ahora tienes cuatro amantes, cariño… mmm… Fernando, Jorge, Daniel y Bernardo…
—Y seguramente muchos más en el futuro… ¿Qué tal?
—Ja, ja, ja… me haces muy feliz, preciosa… —mi esposo me rodeó con sus brazos y me dio un beso apasionado.
Transcurrieron varias semanas y yo continuaba viéndome con mis cuatro amantes. Cada día tenía encuentros sexuales con un hombre diferente: los lunes, con Daniel; los miércoles, con Fernando; los jueves, con Bernardo; y los viernes, con Jorge, mi cuñado.
Estas citas copulatorias solían ocurrir por las tardes, principalmente para no interferir con las tareas del hogar y porque había menos parejas en los hoteles durante ese horario. Además, por las noches debía estar con mi esposo.
Mi cuerpo, especialmente mi vagina y en ocasiones mi ano, solían estar llenos de leche, no solo de mis concubinos, sino también del esperma de mi esposo, ya que su rol de cornudo había avivado considerablemente su deseo sexual.
Suelo entrar a la piscina por las mañanas antes de preparar el almuerzo. Después de disfrutar del agua, voy al baño que está frente a la piscina para darme una buena ducha. Luego, envuelta en una toalla, me dirijo a mi habitación para ponerme ropa cómoda, pero antes de llegar, paso por la sala-comedor.
Un sábado, cerca de las once de la mañana, salí del baño de la piscina con una toalla que cubría parte de mi cuerpo y me encontré con Carlos y dos de sus amigos, quienes charlaban animadamente en la sala. Su presencia me sorprendió, ya que no esperaba ver a nadie. Yo estaba apenas cubierta por una toalla que cubría mis glúteos y mis senos, y además iba descalza. La situación me resultó incómoda e inesperada:
—¡Ay, Dios mío! —dije exaltada—. Pensé que no había nadie… Disculpen, disculpen por favor… Miren en qué facha me encuentran… Ay, qué vergüenza…
—No, mi amor… No te preocupes, te voy a presentar a Braulio y Rodrigo —dijo mi esposo—. Ellos son mellizos, estudiaron conmigo en el colegio… Muchachos, ella es mi esposa Elena…
—Mucho gusto chicos —ambos me saludaron con un beso en la mejilla—. Por favor, discúlpenme un momento, voy a subir para cambiarme.
—¡Caramba, Elena! No hace falta —dijo Braulio, que me miraba pícaramente—. ¿Qué dices, Carlos?
—Eeh… Por supuesto,cariño —respondió mi marido—. Estamos en confianza.
—¡Claro que sí, Elenita! No te incomodes —habló Rodrigo—. Más bien, siéntate con nosotros. Esta es tu casa… ¡No vas a negarnos el honor de contar con tu presencia!
—¿Están seguros, chicos? —les pregunté, y a la vez que me sentaba con Carlos en el sofá, mientras que los mellizos se sentaban cada uno en un sillón frente a nosotros.
Comenzamos a conversar de manera animada. Los amigos de mi esposo eran personas muy alegres y divertidas, y compartían historias de sus tiempos de colegio. Como es de esperar, la cerveza primero y el pisco después, hicieron que el alcohol se nos subiera a la cabeza. Empezaron a halagar mi belleza primero y luego a comentar de mi exuberante cuerpo.
—Caray, Carlos. Nunca pensé que tenías una esposa tan bella —dijo Braulio, recorriendo mi cuerpo con su mirada—. Aparte que tiene un hermoso cuerpo.
—Tiene razón mi hermano —siguió Rodrigo—, te has sacado la lotería con esta dama.
—Ay, no sean exagerados chicos —respondí yo—, no es para tanto.
Cada vez que bebía alcohol, además de perder inhibiciones, también me sentía más cachonda y más aún con lo que me decían los amigos de mi marido. Después de un par de horas, me sentaba con las piernas ligeramente abiertas, para que pudieran observar mi vulva depilada. Noté que mi esposo también disfrutaba de la situación, al ver cómo sus amigos se deleitaban mirando a su esposa.
—Chicos, iré a buscar más cerveza, que nos está haciendo falta —anuncié mientras me encaminaba a la cocina. Durante el trayecto, deliberadamente dejé caer la toalla para mostrar mi cuerpo frente a los mellizos. Carlos no se percató, ya que él estaba de espaldas en ese momento.
Siempre encontraba cualquier pretexto para ponerme de pie, y al hacerlo, simulando arreglarme la toalla, la abría por completo, exponiendo mi desnudez frente a ellos. Luego, tras volver a anudarla, me encaminaba hacia cualquier parte de la casa. Como era de esperarse, los hermanos se quedaban con una expresión de asombro, los ojos bien abiertos ante la escena que les regalaba.
—¿Qué clase de música les gusta a ustedes? —pregunté a los amigos de Carlos.
—Yo prefiero las baladas, Elenita —dijo Rodrigo. Al mismo tiempo, doblaba mis piernas y las colocaba encima del sofá.
—Igual, yo también —agregó Braulio—. Más bien, pon baladas, Elena, para animar más la reunión.
Me levanté para encender el equipo de música, y mientras lo hacía, la toalla volvió a resbalárseme. Pero esta vez, sintiéndome más atrevida y aprovechando que mi esposo estaba de espaldas, decidí manejar el aparato completamente desnuda, como si estuviera sola. Cuando comenzó a sonar la primera balada, regresé hacia donde estaban ellos, y solo me cubrí con la toalla cuando ya estaba cerca.
—Míralos cariño, a estos sinvergüenzas —dijo mi esposo—, somos de la misma edad, pero sin embargo, parecen diez años menor que yo.
—Ja, ja, ja… Caray, Elena, qué mala vida le das a nuestro amigo, Carlitos —habló Braulio.
—No, mi amor… Yo diría todo lo contrario, estos vejestorios, aparentan diez años más que tú —me defendí—. Pareciera que sus mujeres no les dan lo que ellos quieren… Ji, ji, ji…
—Ya ves, Elenita, qué mala eres… Je, je, je… —respondió Rodrigo.
—Discúlpenme un momento muchachos, tengo que hacer una llamada —decía Carlos, para dejarme sola con sus amigos haciendo su “llamada” en la piscina.
Estando sola con los dos amigos de Carlos, me miraban excitados, pudiendo notar los bultos en las entrepiernas, lo que indicaba que tenían sus pijas bien erectas.
—¡Eres lindísima Elena! —dijo Braulio—. ¡Mira cómo nos tienes!
Ambos sacaron sus respectivas vergas erectas de sus pantalones. Al ver esas apetitosas pollas, exclamé:
¡Guauu! ¡Qué lindas y grandes vergas tienen ustedes, chicos! —me fui acercando a Braulio, me arrodillé y empecé una mamada de campeonato.
—Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm, sluuup, sluuup, sluuup… —disfrutaba de la verga del amigo de mi esposo. Luego de un minuto de chuparle la verga a Braulio, me desplacé hacia Rodrigo, donde le hice la misma tarea.
Los mellizos se pusieron como locos. Nunca se imaginaron que la esposa de su amigo les iba a chupar las vergas ese mismo día.
—¡Ya viene tu esposo, Elena! —dijo Braulio. Por lo tanto, dejé de mamar el pito a su hermano y regresé a tomar asiento.
—Está bonita la música Carlos. Saca a bailar a tu señora amigo —sugirió Rodrigo.
—No, muchachos… En cambio, ¿por qué no invitan a bailar a Elena? —respondió mi marido.
En ese momento, Braulio se levantó y me llevó al centro de la sala.
Mientras bailábamos, Rodrigo y Carlos nos observaban, especialmente el primero, con mirada arrecha. No podía apartar sus ojos de mis piernas y mis pies, con las uñas pintadas de un rojo vibrante.
Al mismo tiempo, sentía la verga erecta de Braulio, quien me susurraba al oído que tenía muchas ganas de cogerme allí mismo.
—Oye, tranquilo, calma tu arrechura… ¿No ves que mi marido está aquí? —le dije.
—Elenita, yo creo… —Braulio no terminó la frase, porque mi toalla se deslizó al suelo, dejándome completamente desnuda frente a los tres varones quienes miraron estupefactos todo mi cuerpo.
—¡Ay, Dios mío, se me cayó la toalla! —exclamé. Mi esposo se apresuró a recogerla, pero en lugar de dármela, la arrojó al sofá, y comentó:
—No te preocupes, princesa… Así te ves mejor… ¿No creen, muchachos?
—¡Claro que sí! —contestaron los mellizos al unísono.
—¡Oye, Carlos, cómo voy a estar así delante de tus amigos! —dije, fingiendo pudor, mientras Carlos sonreía. Me sentía extremadamente cachonda, mis jugos vaginales comenzaron a empaparme la panocha.
—Vamos, Elenita, estamos entre amigos. Si tu esposo dice que luces más bella y provocativa así, hay que hacerle caso, ¿o no? —expresó Rodrigo.
—¡Sí! ¡Ustedes son bien obedientes! —respondí, sintiendo cómo Braulio bajaba sus manos hacia mis nalgas y las apretaba frente a mi esposo, quien observaba toda la escena.
La pieza musical llegó a su fin. Yo estaba marcando mil, con mi cuerpo clamando por sentir una polla dura dentro de mí, una sensación que se intensificaba al saber que mi esposo me estaba observando.Decidí sentarme nuevamente en el mismo lugar, pero esta vez sin cubrirme con la toalla. Poco después, Rodrigo se acercó y me invitó a bailar la siguiente balada.
—Tienes un cuerpo de infarto Elena —decía Rodrigo pegado a mi oído—. Voy a chuparte las tetas mi amor, porque me voy a volver loco de arrechura.
—Nooo, no lo vayas a hacer Rodrigo —le decía despacio, muy quedo al oído—, mi esposo nos está viendo.
Rodrigo ignoró mis palabras y comenzó a besarme el cuello, descendiendo luego hacia mis tetas para succionarlas. Carlos, por su parte, permaneció impasible, aunque noté que también estaba super cachondo, evidente por la protuberancia en su entrepierna. Braulio, al presenciar la escena y ver que Carlos no intervenía, se levantó y se acercó por detrás de mí. Se arrodilló, separó mis nalgas y comenzó a lamer mi ano con intensidad. Mientras tanto, Rodrigo seguía mamándome los pezones incansablemente.
—Oooh, oooh, oooh, aaah, aaah, aaah —comencé a gozar de las lenguas y labios de esos chicos, mientras que mi esposo observaba—. Mmm, mmm, mmm, ufff, ufff, ufff, oooh, oooh, oooh…
Tras unos minutos en esa postura, tanto Braulio como Rodrigo comenzaron a quitarse la ropa, quedando completamente desnudos y mostrando sus potentes vergas. Luego, me indicaron que me arrodillara, y así lo hice, procediendo a chuparles el pito, alternando entre ambos. Mientras tanto, mi esposo comenzó a sacar su plátano del pantalón y a frotarlo frente a nosotros. Mientras les chupaba la verga a mis dos amigos, veía a mi marido que disfrutaba viendo cómo les hacía el sexo oral.
Transcurrieron unos minutos cuando Rodrigo me levantó en brazos y me sentó en uno de los sillones. Se colocó detrás del mueble, tomó mis brazos y los jaló hacia atrás, inclinándose para mamarme los pezones exquisitamente.Mientras tanto, Braulio se arrodilló frente a mí, colocó mis piernas sobre los brazos del sillón, dejando mi vagina completamente expuesta, y comenzó a lamerla deliciosamente, provocando que mis flujos brotaran abundantemente y cayeran al suelo de la sala. Mi esposo Carlos, se trasladó del sofá al otro sillón para poder tener una mejor vista de su esposa y sus amigos, que disfrutaban plenamente de mi cuerpo.
—Oooh, oooh, oooh, aaah, aaah, aaah —gemía del placer que sentía con las lenguas de los amigos de mi esposo en mi vagina y en mis pezones—. Mmm, mmm, mmm, ufff, ufff, ufff…
—Sluuup, sluuup, sluuup… Carlitos, que grandes y hermosas tetas tiene tu mujer —decía Rodrigo—. Mmm, mmm, mmm, sluuup, sluuup, sluuup…
—Ni que se diga de su coño chorreante amigo… —agregó Braulio—. Sluuup, sluuup, sluuup, mmm, mmm, mmm…
—Así muchachos, denle duro a mi mujer —decía Carlos—. Háganla su puta, eso me pone muy cachondo…
—Siii, siii cabrones… oooh, oooh, ohhh.., gocen de la mujer… aaah, aaah, aaah… de su amigo… —decía super excitada—. ¡Soy una puta…! ¡Soy una ramera…! Oooh, oooh, oooh, aaah, aaah, aaah…
Luego de unos minutos, Braulio dejó de succionarme el clítoris, tomó su verga, apuntó a mi coño, y de solo envión me clavó la verga hasta lo más profundo de mi vagina.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, mmm, mmm, mmm… —jadeaba de placer—. Oooh, oooh, oooh… Carlos, cariño… ufff, ufff, ufff…, la siento todita… aaah, aaah, aaah… qué rica es la… aaah, aaah, aaah… verga de tu amigo… oooh, oooh, oooh… la siento todita… mmm, mmm, mmm…
Braulio, continuaba talandrándome el coño consecutivamente. Rodrigo, no se cansaba de chuparme las tetas y, Carlos seguía pajeándose, viendo como fornicaban a su querida mujercita.
Tras varios minutos gozando de esa fornicación, mi cuerpo respondió a lo que tenía que responder: terminé en un profundo orgasmo:
—Carlos, Carlos, mi amor… Me corro, me corro, meee cooorrooo… aaah, aaah, aaah, mmm, mmm, mmm, oooh, oooh, oooh…
Al mismo tiempo, Braulio inundó mi vagina con unos potentes chorros de esperma que salieron por mi vagina, hasta mojar la tela del sillón.
Inmediatamente, Rodrigo, al darse cuenta de que su hermano había eyaculado dentro de mi cuca, tomó su lugar, mientras que Braulio sustituyó a su mellizo en succionar mis tetas. Mi amado esposo continuaba observando la escena copulatoria, viendo lo que sus dos amigos hacían con su mujercita.
—¡Eres una puta Elena! ¡No pensé que fueras tan cachonda, tan viciosa! —me decía Rodrigo, al observar cómo salía el esperma de su hermano de mi vagina—. Carlos, tienes a una puta como esposa amigo…, pero una prostituta deliciosa… Te felicito Carlos, así quisiera que fuera mi mujer.
—Me gusta verla así, compadre —respondió mi marido—. Mi mujer, siendo follada por otros hombres.
Después que terminaron de conversar, Rodrigo empujó su potente verga dentro de mi coño, resbalando suavemente hasta llegar a mi útero.
—¡Carajo, Braulio! —dijo nuevamente Rodrigo—. Has inundado de semen la vagina de Elena… ¡Qué! ¿No coges a tu mujer…?
Rodrigo empezó a taladrarme el coño consecutivamente, entretanto su hermano Braulio me mamaba las tetas incansablemente. Mi esposo disfrutaba viendo cómo los mellizos gozaban del cuerpo de su esposa. Así permanecieron durante varios minutos, deleitándose de mi cuerpo, mientras yo gozaba de las chupadas de mis tetas de parte de Braulio y la cogida que continuaba dándome Rodrigo.
—Oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm… —jadeaba de las arremetidas de los dos hermanos—. ¡Qué rico se siente, cabrones! Mmm, mmm, mmm, ufff, ufff, ufff… Sigan, sigan así degenerados… Aaah, aaah, aaah… Carlos, cariño… mmm, mmm, mmm…, mira cómo me follan… oooh, oooh, oooh, mmm, mmm, mmm… tus amigos… aaah, aaah, aaah…
Luego de unos momentos, Braulio dijo:
—Rodrigo, siéntate en el sillón, para que Elena, cabalgue sobre tu polla, porque quiero meter mi cipote dentro de su culo —para lo cual, Braulio me levantó en sus brazos, para que su hermano se pueda acomodar en el sillón, y luego dejarme caer, incrustando la verga de Rodrigo dentro de mi chorreante vagina.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg… ¡Son ustedes una mierda! —exclamé yo—. Mmm, mmm, mmm… ¡Trío de degenerados! Mmm, mmm, mmm… Carlos, ¡están abusando de tu esposa…! Me tratan como puta… aaah, aaah, aaah… No me respetan… oooh, oooh, oooh… Cariño, siento la polla… aaah, aaah, aaah… de Braulio… mmm, mmm, mmm… dentro de mi coño… ¡Qué rico mi amor…! Ufff, ufff, ufff…
A estas alturas, yo ya había tenido un orgasmo. Para observar mejor, Carlos se colocó al costado de mi sillón. Vio que Braulio, con su mano derecha, humedece mi ano con los jugos de mi vagina y los restos del esperma de su hermano; luego apuntó su pinga en mi orificio y de un solo viaje me la empotró totalmente hasta el fondo.
—Aaarrg, aaarrg, aaarrg, ufff, ufff, ufff, mmm, mmm, mmm, oooh, oooh, oooh… —aullaba sin cesar, del placer que sentía, al estar incrustada por dos poderosos falos en mis orificios—. Carlos… aaah, aaah, aaah…, ¿te gusta ver a tu mujercita…? Mmm, mmm, mmm… ¿Penetrada por dos vergas a la vez…? Oooh, oooh, oooh, ufff, ufff, ufff…
—¡Me encanta, cariño! Sigue, sigue así, mi amor…
En eso, Carlos se pone de pie y mete su instrumento dentro de mi boca, y los tres a un solo ritmo comenzaron a taladrar consecutivamente mi vagina, mi recto y mi boca. Pasaron uno, dos, tres, hasta cinco minutos, en que tenía tres poderosas vergas en mis tres orificios. Yo ya había tenido otro orgasmo, y seguían perforando mis agujeros sin piedad. Seguían y seguían follando a esta pobre mujer necesitada de verga. Tuve el tercer orgasmo, hasta que comencé a sentir el chorro de esperma dentro de mi vagina que salía de la pichula de Rodrigo. Después de un minuto, Braulio, expulsó un río de leche en mi intestino, para que al final mi cornudo esposo, eyacule en lo más profundo de mi garganta su fluido seminal, tragándome toda esa abundante leche. Llegué al paroxismo del placer, lo que originó un cuarto orgasmo.
—¡Mierda, mierda, mierda…! —exclamaba, super excitada—. Me corro, me corro, me cooorrooo… aaah, aaah, aaah, oooh, oooh, oooh, ufff, ufff, ufff, mmm, mmm, mmm…
Mis tres fornicadores se quedaron pegados a mi cuerpo. Solo atiné a abrazarme a Rodrigo, él también me rodeó con sus brazos. Braulio, se echó sobre mi espalda, descansando su cabeza sobre el espaldar del sillón, mientras que mi marido se mantenía en pie, agarrando el espaldar del mueble.
Seguidamente, Carlos retira su verga ya flácida de mi boca; luego Braulio, después de escurrir hasta la última gota de semen dentro de mi recto, saca su polla dormida y se recuesta sobre el otro sillón, y por último; Rodrigo se levanta, cargándome en sus brazos con su cipote todavía dentro de mi vagina, y yo abrazada a su cuello y mis piernas rodeando su cintura, caminó unos pasos y me depositó sobre el sofá, y él al costado conmigo.
—¡Ay, Dios mío, me han dejado descalabrada! —les comenté—. ¡Carajo, ustedes no han tenido compasión por mí…! Mmm… ¡Pero qué rico chicos! ¡Se pasaron!
—Amor, has estado estupenda —dijo mi esposo.
—No, has estado maravillosa, Elenita —habló Rodrigo—. Nunca me he tirado un polvo de esa manera.
—Sin comentarios Elena… Sin comentarios… —indicó Braulio.
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