Xtories

Cornudo consentido III

Andrés tiene el control remoto, pero no el poder. Karla y Raúl saben que cada gemido queda grabado, y que la cámara no juzga, solo observa. Esta noche, la pantalla no solo muestra el juego, lo intensifica.

Karla Lizeth6.9K vistas8.6· 10 votos

Capítulo 3: El primer toque prohibido (Octubre 2025)

Octubre 2025. Andorra la Vella.

La noche en que todo cambió empezó de forma inocente, como siempre. Los tres estaban en la sala después de cenar. Raúl y Karla, ya en su “modo cómodo”, casi desnudos: él con una toalla mínima enrollada solo alrededor de la verga (huevos y culo al aire), ella con una camiseta corta que apenas le cubría las nalgas y sin nada debajo.

Andrés, sentado en el sofá con el móvil en la mano, levantó la vista de repente y dijo con esa voz casual que ya empezaba a sonar forzada:

—Oigan… se me ocurrió algo. Para que Karla vea después cómo se va relajando con los masajes… ¿y si los grabo? Tengo el móvil aquí. Así puede ver los progresos, ver si le mejora la postura o la tensión. Es como un registro terapéutico, ¿no? Para que analicemos juntos si hay que cambiar algo en la técnica.

Raúl y Karla se quedaron paralizados. Se miraron un segundo, los ojos muy abiertos. La idea era tan tonta y tan pervertida al mismo tiempo que el silencio se hizo pesado. Raúl todavía con la verga semi-dura bajo la toalla, Karla con la piel brillante del aceite de la tarde anterior.

Karla rompió el silencio con una risita nerviosa.

—¿En serio, amor? ¿Quieres grabarnos… así?

Andrés se encogió de hombros, intentando sonar lo más natural posible.

—Sí, ¿por qué no? Es por tu salud, amor. Yo no miro mucho, solo grabo y luego te lo paso. Puedes ver cómo te relajas, si los músculos se aflojan bien… cosas así. Además, en 4K se ve todo clarito. Será útil.

Raúl tragó saliva, pero ya no había escapatoria.

—Pues… si es por eso, adelante.

Karla, sonrojada pero con los ojos brillando de excitación, asintió lentamente.

—Está bien… graba entonces, amor. Si es por mi bien…

Desde esa noche, cada masaje quedó grabado. Andrés colocaba el móvil en un trípode pequeño que había comprado “para el registro”, enfocando la camilla desde un ángulo perfecto. La idea de que todo lo que pasara a partir de entonces sería capturado en alta definición, reproducido después por Andrés en secreto, cargó el ambiente de una tensión sexual brutal. Cada gemido, cada roce, cada gota de precum o chorro de leche que Raúl soltaba disimuladamente… todo quedaría inmortalizado para que Andrés lo viera una y otra vez cuando estuviera solo.

Las charlas se habían vuelto aún más explícitas. Mientras Raúl amasaba glúteos y muslos internos con aceite caliente, Karla preguntaba con voz curiosa y ronca:

—Raúl… ¿cuánta leche sale cuando uno está muy excitado? Mis amigas dicen que algunos chicos disparan chorros largos… ¿tú eres de esos?

Raúl, con la verga dura como piedra y goteando, respondía con cinismo creciente:

—Depende de cuánto tiempo lleve acumulada… si me tienen así mucho rato, sale bastante. Chorros fuertes, espesos.

Karla gemía al sentir los dedos rozar peligrosamente cerca de su panocha.

—¿Y el sabor? Una amiga dice que si comes piña es más dulce… ¿has probado la tuya alguna vez?

Raúl se reía bajito, presionando más fuerte en los muslos.

—Nunca me la he probado, pero si quieres te cuento después de un masaje largo.

La verga de Raúl palpitaba visiblemente, dejando hilos de precum en la piel de Karla cada vez que “accidentalmente” la rozaba.

Para masajear mejor la espalda baja y los glúteos, Raúl empezó a subirse a la camilla. Se colocaba a horcajadas sobre las piernas de Karla, apoyando las rodillas a los lados de sus caderas. Así podía presionar con todo el peso del cuerpo.

Una tarde, después de aceitar bien el cuerpo de Karla (espalda, glúteos, muslos), Raúl hizo algo nuevo. Se echó aceite en la palma y, sin disimulo, se untó la verga y los huevos. La polla quedó brillante, resbaladiza, el glande morado y reluciente. Karla lo vio por el rabillo del ojo, pero no dijo nada. Solo separó un poco más las piernas y suspiró.

Raúl se subió encima de ella. Su verga, ahora completamente aceitada, se deslizó entre las nalgas de Karla. El hilo dental del tanga se hundió más profundo, y la cabeza del glande rozó directamente el ojete rosado y el perineo. No penetraba, pero el roce era constante, caliente, resbaladizo. Cada movimiento de masaje hacía que la verga se deslizara arriba y abajo entre las nalgas, presionando contra el tanga y rozando el agujerito.

Karla gemía más fuerte, arqueando la espalda.

—Ay… qué bien llegas ahí… justo en esa contractura profunda…

Raúl, cínico, propuso con voz baja:

—Cuñada… para que estés más cómoda y yo pueda trabajar mejor… ¿qué tal si te quitas el tanga también? Masajes completamente en pelotas para los dos. Así no hay tela que estorbe.

Karla miró hacia Andrés, que estaba en el sofá.

—¿Te molesta, amor? Es solo para que el masaje sea más efectivo… nada raro.

Andrés, sin apartar la vista de la tele, respondió con su típica naturalidad:

—Claro que no. Si así estás más cómoda y te relajas mejor, adelante.

Karla se bajó el tanga despacio, dejándolo caer al suelo. Ahora estaba completamente desnuda en la camilla. Raúl, ya desnudo, siguió masajeando. Su verga libre resbalaba ahora sin obstáculos entre las nalgas de Karla: arriba y abajo, presionando el ojete, rozando los labios vaginales hinchados, dejando un rastro brillante de aceite y precum.

Raúl creía que Karla no se daba cuenta de que usaba sus nalgas para masturbarse disimuladamente. Pero Karla sí se daba cuenta. Cada vez que la verga se deslizaba con más fuerza, más rápido, más profundo entre sus glúteos, ella sentía cómo la polla palpitaba, cómo el glande se hinchaba contra su ojete. Y un día, después de un masaje particularmente largo y resbaladizo, Raúl se quedó quieto un segundo, tembló ligeramente y soltó un gemido ahogado.

Karla sintió el calor repentino: chorros calientes y espesos salpicando su ojete y la parte baja de la espalda. Raúl eyaculó sin sacarla de entre las nalgas, la leche espesa resbalando por el agujerito rosado y mezclándose con el aceite.

Raúl se apartó rápido, jadeando, intentando disimular.

—Perdón… se me resbaló un poco… solo un accidente.

Karla giró la cabeza, con una sonrisa sutil y los ojos brillantes.

—¿Qué pasó, cuñadito? ¿Todo bien?

—Nada… solo un accidente —repitió él, la voz temblorosa.

Karla no dijo nada más. Solo se quedó ahí, sintiendo la leche caliente de Raúl correr por su ojete y su espalda, excitada hasta el punto de que su panocha chorreaba sin que nadie la hubiera tocado directamente. Le ponía muchísimo que nadie lo dijera abiertamente, pero que los tres supieran exactamente qué acababa de pasar.

Andrés, desde el sofá, había visto todo. Volteó la cabeza un segundo, observó la escena y volvió a la pantalla sin decir una palabra. Su cara estaba roja, pero no de enfado.

Esa misma noche, después de la cena, los tres estaban en el comedor terminando de recoger los platos. Raúl y Karla seguían casi desnudos: él con una toalla muy pequeña enrollada solo en la verga (huevos y culo al aire), ella con una camiseta corta que apenas le cubría las nalgas y sin nada debajo.

Karla sacó el tema con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Han visto lo que está de moda ahora? El nudismo en casa. Dicen que es súper sano, reduce el estrés, mejora la circulación y hasta la autoestima. En redes todo el mundo habla de que es la nueva tendencia para parejas y familias modernas.

Raúl soltó una risa baja, apoyándose en la mesa con la toalla apenas conteniendo su semi-erección.

—Pues tiene sentido… aquí ya estamos casi así todo el día. ¿Para qué tanto trapo si estamos en confianza?

Andrés, recogiendo los vasos, sonrió bonachón.

—Sí, se ve que les hace bien. Karla está mucho más relajada desde que empezaron los masajes y el “modo cómodo”. Si quieren ir más allá con lo del nudismo, por mí no hay problema.

Karla miró a Raúl con picardía.

—¿Ves? Amor está de acuerdo. Es por salud, ¿no?

Andrés asintió sin dudar.

—Exacto. Lo que sea para que estés feliz, amor.

Esa misma noche, los tres terminaron en el sofá viendo una película. La luz estaba apagada, solo el brillo de la pantalla iluminaba la sala. Raúl y Karla estaban otra vez casi empelotados: él solo con la toallita mínima, ella con una camiseta ancha que se le subía cada vez que se movía, dejando el culo y la panocha al descubierto en la penumbra.

Andrés, con el móvil conectado a la tele mediante cable HDMI, dijo de repente:

—Oigan… ¿y si vemos uno de los videos del masaje? Para que Karla vea cómo se ve desde afuera. Así entiende mejor si la postura está bien o hay que ajustar algo.

Raúl y Karla se quedaron quietos. La idea de ver en la tele grande lo que había pasado esa tarde —Raúl eyaculando disimuladamente entre sus nalgas— era demasiado. Pero Andrés ya había pulsado play.

La pantalla se iluminó con la imagen en 4K: Karla boca abajo, desnuda, Raúl encima, la verga resbalando entre sus glúteos, el momento exacto en que se corría, chorros blancos salpicando el ojete y la espalda de Karla. El sonido era claro: gemidos, respiración pesada, el chapoteo sutil del aceite y la leche.

En la oscuridad del sofá, Karla “tropezó” ligeramente al moverse y cayó sentada en las piernas de Raúl. Su culo desnudo se acomodó justo sobre la verga dura de él, que ya estaba empalmada desde hacía rato. La polla se encajó entre sus nalgas, caliente y palpitante, el glande rozando directamente su ojete.

Karla soltó un pequeño “¡ay!” fingido y se quedó ahí, moviéndose sutilmente como si buscara posición.

Andrés, sentado al lado, se dio cuenta perfectamente. La luz de la tele iluminaba la escena: su esposa desnuda de cintura para abajo sentada sobre la verga de su hermano menor, mientras en la pantalla grande se reproducía exactamente el mismo tipo de roce que había terminado en corrida.

Karla miró a Andrés con carita inocente.

—Perdón, amor… me tropecé. ¿Te molesta si me quedo aquí un ratito? Es que está oscuro y no veo bien.

Andrés tragó saliva, pero sonrió con esa naturalidad que ya era casi patológica.

—No pasa nada, amor. Quédate cómoda. La película está buena.

Mientras la escena en la tele seguía reproduciendo el momento de la corrida de Raúl en las nalgas de Karla (gemidos, chapoteo, silencio culpable), Andrés, en la oscuridad del sofá, metió disimuladamente la mano dentro de su pantalón. Se masturbaba lento, en silencio, la respiración agitada pero contenida, mirando de reojo cómo Karla se movía sutilmente sobre la verga de Raúl, mientras la pantalla repetía el clímax de esa misma tarde en alta definición.

Karla se quedó sentada así el resto de la película, moviéndose de vez en cuando “para acomodarse”, mientras la verga de Raúl palpitaba contra su ojete y su panocha se mojaba cada vez más. Andrés no dijo ni una palabra más. Solo miró la pantalla… y se corrió en silencio dentro de su pantalón, humillado y excitado hasta el límite.

Esa noche, Karla rechazó el sexo con Andrés otra vez.

—Estoy demasiado relajada ahora, amor… el masaje me dejó hecha gelatina. Mañana, ¿sí?

Andrés asintió, se fue a la cama solo y escuchó desde su habitación cómo Raúl se masturbaba de nuevo (aunque ya había eyaculado hacía poco). Se tocó en silencio otra vez, pensando en los videos que ya tenía guardados.

Karla, en cambio, se quedó un rato hablando con Raúl en voz baja después del masaje.

—Pobrecito… estabas muy tenso tú también —le susurró, rozando apenas la verga aún semi-dura con los dedos—. Pero ya estás más relajado, ¿verdad?

Raúl solo pudo asentir, la polla palpitando de nuevo.

El primer toque prohibido había sido directo, caliente y sucio… pero todavía no había cruzado la línea final.

La cuerda seguía tensándose.

Y Andrés seguía sin cortarla.