Fantasías sexuales de españolas 2 (Vicky 7) XIV
La noche promete ser un juego de poder y deseo, pero cuando la fantasía se vuelve realidad en la oscuridad del reservado, Alex descubre que el morbo tiene un precio: la inseguridad. ¿Podrá soportar ver a su mujer entregarse a otros sin perderse a sí mismo?
- Bueno Alex ¿estás seguro de que quieres que vayamos?
- Claro que sí ¿por qué no íbamos a ir?
- ¿No te molesta que esos dos estén con nosotros?
- Ya lo dijimos: esta noche tú decides.
- Pero después de la noche viene el día y yo no quiero que el día después tú te encuentres incómodo. Eres mi marido, te quiero… ¿no tendrás ninguna duda de eso? Porque si no estás seguro nos damos la vuelta.
Lo que ella estaba planteando sin decirlo, solo dejándolo flotar en el ambiente, es que la cosa se nos podía ir de las manos esa noche, que ella tenía una fantasía muy concreta en la cabeza y qué pasaba si decidía hacerla realidad. Qué pasaría si aquello en algún momento dejaba de responder al carácter de fantasía para adquirir el carácter de realidad. Precisamente era esa posibilidad nos ponía cachondos, de la misma forma que era la certeza de saber que podía acostarme con su hermana, lo que también nos ponía en casa y le daba picante a nuestras relaciones.
¿Estaba yo preparado para eso? era la pregunta que parecía querer colgar Paqui de sus labios.
- Todo va a estar bien, no te preocupes - fue lo único que acerté a contestar, simplemente porque pensé que era lo que ella quería oír, no porque estuviera seguro.
A partir de ahí la tensión, en vez de relajarse, por el contrario, solo fue subiendo. Los dos sabíamos que se podían avecinar cosas esa noche, pero aunque fingiéramos que todo iba a estar bien, que nuestra relación era a prueba de cualquier cosa y que se iban a cumplir determinadas reglas, lo cierto es que no podíamos estar al cien por cien seguros. El cosquilleo de lo morboso, de lo prohibido, pero también de la incertidumbre, multiplicaba por mil nuestras sensaciones. Muy pronto todo aquello me pondría a prueba.
Al llegar a la discoteca (sería sobre las doce de la noche), ya se había formado una importante cola en la puerta. Cola en la que solo había chicos y no fueron pocos los que volvieron la cabeza para mirar cuando pasé con Paqui. Mi mujer tenía una belleza natural, no artificial como parecían las chicas que estaban por allí accediendo también a la discoteca, para mi gusto excesivamente adornadas, sobremaquilladas, muy morenas por la playa y algunas sí, muy hermosas y guapísimas, pero a mí Paqui me parecía mucho más normal y armoniosa al mover sus curvas con ese vaivén de caderas bajo el vestido, exhibiendo la promesa de esos muslos anchos y voluptuosos, y esas curvas rellenas de carne prieta que vibraba con cada vaivén. Lo dicho, mucho más bella en su naturalidad y la verdad es que había más de uno que parecía compartir mi opinión, porque cuando nos juntamos con un grupo de chicas que parecían gogos de discoteca, era a mi esposa a quien miraban.
No tuvimos que esperar mucho: Quique y Pep aparecieron en una moto que dejaron allí aparcada. Nos vieron casi enseguida y en lo que tardaron en ponerle el candado, vinieron dónde estábamos saludándonos con la mano. A medida que se acercaban pude ver su expresión y como uno le daba un codazo al otro a la vez que murmuraban unas palabras. Quise leer los labios, no sabía si estaban sorprendidos porque realmente nos hubiéramos presentado, si estaban impresionados por Paqui o las dos cosas a la vez. Creí entender, aunque no pude oírlas, algunas de las palas palabras que se intercambiaban. Me pareció leer en sus labios “¡qué buena está!”
Pep, el más descarado, no se pensó dos veces y al llegar a nuestra altura le estampó un par de besos a Paqui que, un poco sorprendida aunque sin parecer disgustada, se dejó de hacer.
- Pero ¡qué guapísima estás!
El Quique no fue menos y también le dio dos besos mientras el otro me miraba, intentando prever mi reacción. Yo a mi vez observaba a Paqui en busca de algún signo de molestia o embarazo, pero ella, más allá de parecer un poco descolocada por el arranque de esos dos, parecía más bien satisfecha de la impresión que había causado en ellos. De manera que me limité a esbozar una sonrisa de suficiencia, como dando a entender que para mí era habitual ver como alaban a mi mujer. Al fin y al cabo, estaba casado con ella y sabía perfectamente lo buena que estaba.
- Bueno ¿entramos o qué? a partir de las doce es cuando empieza la fiesta de verdad y esto se pone interesante.
- Venga, vamos - convine y los cuatro nos encaminamos a la puerta.
Ahí tuvimos nuestro primer contratiempo: ningún problema que para que entraran las chicas, especialmente las guapas. No hacían cola y tampoco pagaban entrada. Los chicos sí, aunque teníamos derecho a una consumición. El problema es que aquello debía estar lleno y solo dejaban entrar con cuentagotas. El plan de estos dos era avisar a su supuesto colega y eso fue lo que hicieron, decir al de la puerta si podía buscar a un tal Robert. Según ellos era uno de los porteros y encargados también de seguridad del recinto, pero el maromo (que parecía un armario de dos puertas) que guardaba la entrada, ni se inmutó. Ante su insistencia les dijo que a Robert no le tocaba esa noche hacer puerta y que él no se movía a ningún lado para buscar a nadie, que esperáramos la cola o nos largásemos.
Ellos le hicieron una seña a mi mujer con la mano, indicándole que entrara y nos esperara por la zona de barra. Entonces, pusieron en marcha el plan B: había otro acceso por atrás y decidimos intentarlo por allí.
La entrada trasera no disponía de taquilla, por allí solo entraban los que ya tenían la entrada comprada y nosotros no la habíamos comprado aún. A pesar de que también había cola (aunque menos), el Pep que era siempre el que iba por delante en todo, se acercó al de la puerta y le preguntó por Robert. Este pareció mostrarse más amigable y le comentó que andaba por dentro, pero que él no podía moverse de la puerta para avisarlo. Justamente entonces pasó un camarero cerca y le dijo algo así como:
- Oye, dile al Robert que hay dos aquí que preguntan por él.
- Dile que somos el Quique y el Pep.
La cosa pareció funcionar: unos quince minutos después, el mismo camarero dijo que podían pasar, pero a mí me cortó la entrada.
- De ti no han dicho nada, no puedo dejaros pasar a todos.
- Venga tío, enróllate, que somos colegas - insistió el Pep, pero el otro se mostró inflexible.
- Esto no es un cachondeo: si el Robert dice que pasáis, pasáis, pero no vosotros y todo el pueblo…
- Vale, espérate aquí un momento, ahora venimos - me dijeron.
Y allí me quedé yo plantado en un giro de los acontecimientos que no me cuadraba para nada. Ahora Paqui estaba dentro, sola, con esos dos… la cosa no me hacía nada de gracia. Pero no podía hacer nada más que esperar, de modo que allí me quedé clavado, aguardando.
No hay nada peor que no saber. Era evidente que la discoteca estaba hasta los topes y posiblemente habría dentro mucha gente desfasando. Me preocupaba que Paqui estuviera en medio de aquel gentío, y la compañía de Quique y Pep no me inspiraban ninguna seguridad. En los veinte minutos que tuve que esperar de más, me pasaron todo tipo de fantasmas por la cabeza. Si mi mujer hubiera tenido algún problema no me lo habría perdonado. Pero finalmente apareció Quique con el tal Robert. Una señal del otro bastó para que pudiera entrar sin pagar entrada y (esta vez) sin que me pusieran problemas. De camino hacia el interior y rodeados de gente, le oí quejarse a Quique:
- Siempre me estáis comprometiendo, capullos.
- Venga tío que somos colegas.
- Que sí, que somos colegas, pero que la próxima vez os quedáis en la puta calle.
A mí no me importaban sus movidas. Era altamente improbable que hubiera una próxima vez para Paqui y para mí en esa discoteca. Ahora la prioridad era encontrar a mi mujer y ver cómo estaba. La encontré junto a Pep en la pista de baile. Los dos tenían una copa en la mano y ella no parecía en absoluto preocupada. Se movía con sensualidad, despacito, casi como si se estuviera meciendo, en contraste con el resto de gente que había alrededor que se movían de forma más dinámica y en algunos casos casi frenética, al compás de la música cañera que estaban poniendo en ese momento, seguramente impulsados por el alcohol y Dios sabe que sustancias. Estaba muy pegada a Pep, demasiado pegada para mi gusto, porque el otro se acercaba para decirle cosas al oído que la hacían sonreír y prácticamente adhería la boca a su oreja. Aprovechaba para acercarse también a su cuerpo con la excusa de la música alta. Se estaba tomando demasiadas confianzas.
Por un lado, me tranquilizó saber que ella estaba bien y a gusto, por otro me molestó verla disfrutar sin que aparentemente estuviera preocupada por mi ausencia. No obstante, cuando me vio, su rostro cambió y su sonrisa se hizo mayor. Se acercó y me echó los brazos al cuello.
- ¡Cariño! - me gritó al oído - me habían dicho que no te dejaban entrar y que Quique había ido a buscarte con el tío ese que conocían…
- Sí, al final me ha podido colar.
- Ya te dije que entraríamos todos - se sumó Pep a la conversación – Venga, vente conmigo que te invito al primer pelotazo.
Unos minutos después estábamos de nuevo en la pista de baile, con Paqui más animada en el centro de un triángulo formado por nosotros tres, bailando para cada uno de nosotros, repartiendo sonrisas, sintiéndose protagonista, apurando un nuevo trago que nuevamente se le subió a la cabeza. Potenciaba el efecto moviéndose, haciendo giros e interpretando la danza que le sugería la música. Ahora ya todos bailábamos al mismo ritmo que los demás contagiados de la euforia. El alcohol, la danza, la sensualidad y el morbo que despedían toda aquella manada de jóvenes participando de la fiesta nos contagiaron, haciéndonos olvidar cualquier mal rollo que hubiera y por el contrario potenciando nuestra libido y nuestras fantasías.
Se suponía que esa noche hacían fiesta de la espuma y nosotros esperamos el momento con expectación porque nunca habíamos asistido a una, aunque lo habíamos visto por la tele. El tema se hacía rogar. En la discoteca querían que consumieras y dejaban la espuma para el final porque sabían que a partir de entonces se liaba parda y la gente, más que gastar, ya empezaba a desbarrar y a pensar en otras cosas. Así que dio tiempo a varios tragos, a mucho baile, a formar muchos grupitos donde todos hablamos con todos y todos parecíamos querer ligar. Era el juego a que jugábamos los que estábamos en ese momento en el local. Hubo un momento aparte en el que coincidimos Pep y yo mientras Paqui bailaba con Quique. Estábamos un poco achispados (eso siendo generosos) y las barreras y la vergüenza parecían desaparecer.
- Tu mujer es increíble ¡Qué suerte tienes cabrón!
- Sí, sí que lo es.
-Parece que quiere pasárselo muy bien esta noche. Ya se sabe, las noches de playa y discoteca se sabe cómo empiezan, pero nunca como acaban.
- ¿Qué quieres decir?
- Creo que tú sabes lo que quiero decir. Me ha contado que tiene fantasías y también que sois una pareja bastante liberal. Que ella te da libertad para estar con otras chicas. Aquí no os conoce nadie, estáis lejos de casa, el ambiente es genial y podéis disfrutar todo lo que queráis antes de volver a vuestra ciudad. Nadie tiene por qué enterarse. No veas la que se monta aquí después de la fiesta de la espuma y luego cuando cierran, en la playa hasta el amanecer. Este es el sitio idóneo si queréis disfrutar.
A mí no me quedaba nada claro que Paqui le hubiera contado las cosas de esa manera. Seguro que algo se había ido de la lengua, pero tenía la seguridad de que este trataba de interpretarlo de la forma que más le interesaba. Que estaba tratando de llevar la conversación a donde le importaba, quedó claro cuando me dijo:
- Espérate que te voy a presentar a una amiga.
A los cinco minutos volvió con una chica morena, pelo corto, que llevaba unos pantalones ajustadísimos, unos shorts que era casi como si llevara unas bragas, con una especie de recogido tapándole las abundantes tetas que marcaban pezones. Tenía un aspecto agitanado con piel muy morena y ojos grandes y rasgados. Me la presentó como Lucy y dijo que era gogó de la discoteca y amiga suya.
- Este es Alex y está aquí con Paqui que es la chica que baila con Quique. Son una pareja amiga nuestra que quieren pasárselo bien. Sólo van a estar dos o tres días más y tienen que aprovechar el tiempo, que ya mismo se acaban las vacaciones y tienen que volver al curro.
>>Te dejo en buenas manos - me dijo antes de ir y sumarse al baile con Quique y Paqui.
La chica resultó simpática, descarada y me comentó que era del pueblo, que allí todos se conocían porque en invierno era un poco muermo y que en verano trabajaba en la discoteca como animadora. En pocos minutos supo engatusarme y me tenía pendiente de sus palabras, de su cuerpo y de aquellas tetas (que tengo que reconocer capturaron mi atención), como también aquel ombligo en una barriguita un poco prominente, que no dejaba de atraer mi mirada. Tenía veintipocos años, era joven, la sangre me bullía y a pesar de que me consideraba inteligente y podía identificar las piezas del rompecabezas, no quise unirlas. Todo iba en una dirección y pronto las cosas se escaparían a nuestro control. Era evidente que estaba demasiado pendiente de mi mujer y al presentarme a aquella chica, Pep, que era listo como las ratas, creó un objeto de distracción y a la vez metió una cuña definitiva entre Paqui y yo para hacernos jugar en equipos distintos. Y él y su amigo Quique iban en el de mi mujer, claro.
Cuando llegó la fiesta de la espuma ya estábamos bastante calientes, bastante bebidos y bastante eufóricos, envalentonados, pensando que podíamos manejar aquel juego sin que nos provocara ningún remordimiento ni ningún problema, solo pendientes de satisfacer el morbo y cumplir la fantasía de mi esposa. Porque a estas alturas ya no disimulábamos mucho y de eso se trataba. Los intentos de darle celos con aquella chica de discoteca que curiosamente había aparecido en el momento oportuno, no parecían tener efectos en Paqui, que prácticamente me animaba con la mirada a bailar con ella e incluso a ir un poco más lejos, mientras que por su parte permitía que las manos de aquellos dos, especialmente las de Pep que era el que llevaba la voz cantante, se acercaran demasiado a su cuerpo. Tengo que confesarlo, ahora ya no hay lugar para la mentira ni para el engaño, es inútil tratar de ponernos una venda: en aquel momento yo estaba más pendiente de lo que ella hacía que de la muchacha que tenía al lado.
No pocas chicas y chicos se retiraban de la pista. Los que ya sabían de qué iba aquello y no querían participar dieron un paso atrás, pero nosotros aguantamos junto con un buen grupo de muchachas y muchachos que gritaban con ansia, esperando que el chorro de espuma cayera sobre sus cuerpos. Nos quedamos aproximadamente un tercio de los que abarrotaban antes la pista, pero los que se quedaron lo daban todo y estaban a tope.
Al son de la música tecno un montón de burbujas comenzaron a flotar en el aire y poco después, un chorro formado por agua jabonosa empezó a caer sobre nosotros. El calor, la humedad y la diversión se aunaron haciendo que en un rato todos estuviésemos cubiertos de espuma blanca, empapados completamente, escupiendo jabón por la boca y con los ojos irritados. Pero no era suficiente para hacernos retroceder, todo lo contrario, a pesar de estar mojados, de que había gente por el suelo, de los empujones y la irritación en la nariz y en los ojos, la gente disfrutaba como locos.
Aquello se convirtió en la fiesta de las camisetas mojadas. Ahora entiendo por qué la chica que me habían presentado llevaba un top que apenas le contenía el pecho. Sabía que se iba a poner chorreando. Pronto, la gente se fue evadiendo del centro de la pista yendo a refugiarse y a secarse como podían, aunque por la megafonía anunciaron a los que quedaron que los invitarían a champán para mantener la juerga y evitar que la fiesta decayera. Gritamos hasta quedarnos roncos. Seguimos bailando y quedamos un grupo de unas veinticinco personas. Lucy se quitó la parte de arriba y se quedó con el pecho al aire, como si estuviera en la playa, empapado por la espuma, botando a un lado y a otro y llamando la atención de todos los que estábamos allí. No era la única. Casi todas las chicas tenían los pantalones, las camisetas, los vestidos pegados al cuerpo por la espuma, mojados, marcando pezones. Algunas llevaban unas camisetas o una tela que, al adherirse, prácticamente es como si no tuvieran nada puesto.
Me fijé detenidamente en mi mujer, sorprendido de que no se me hubiera ocurrido antes. Hasta entonces solo la había mirado a la cara comprobando que se lo estaba pasando bien y que sonreía. El vestido se le había pegado completamente al cuerpo, tanto que se le metía a veces por la raja del culo, le marcaba los cachetes y por supuesto los pechos quedaban perfectamente definidos, con los pezones en relieve. Se le veían hasta las pintitas que tenía en las aureolas de las tetas. Realmente nos ponía a todos los que estábamos alrededor, casi más que si hubiera estado completamente desnuda. Sus curvas eran un festival cada vez que se movía y temblaban con cada movimiento o salto que daba. El modelito ya de por sí ajustado, le marcaba hasta la entrepierna, pegándose a su piel con algunos de los movimientos debido al peso del agua.
Yo me encontré bailando con Lucy, con ella agarrada en mi cuello y sus pechos rozando el mío. Al menos otras dos o tres chavalas habían seguido su ejemplo y se habían quedado en topless, haciendo subir la temperatura, y no pocos tíos se habían quitado la camisa o la camiseta. Uno de ellos era Pep, que descaradamente se pegó a mi mujer, la rodeó por la cintura y la atrajo desde atrás, simulando un baile cuando lo que en realidad estaba haciendo descaradamente era restregarle todo el rabo por el culo. Ahí note un primer pinchazo en el vientre. No sabría decir si de enfado o excitación, estoy casi seguro de que fue una mezcla de ambas. Paqui no se echó atrás ni se asustó, continuó moviendo sus caderas, bailando como si en vez de un maromo cualquiera fuera yo quien la sujetaba por la cintura y danzaba con ella.
La calentura colectiva subió muchos enteros. Hicimos más piña, no había ya ningún cuerpo que no rozara con otro. Yo intenté acercarme a mi mujer, pero Lucy me retenía.
- Déjala que disfrute y pásatelo tú también bien, hombre, que estáis de vacaciones. Aprovechad la noche. Ya tendréis tiempo de estar juntos todo el rato cuando volváis.
Yo le sonreí incapaz de enmendarle el argumento. La tomé por debajo de los glúteos abrazando sus muslos y la elevé mientras sus pechos me rozaban en la cara. Ella aprovechó para a saludar a todos que la jalearon mientras tarareaban la canción. Seguimos con aquel baile casi demoníaco, estábamos como poseídos y para algunos no bastaba solo con el calor y con la bebida, se habían puesto hasta el culo de pastillas. Allí todo el mundo comenzó a desfasar y más aún, cuando al quedar el grupo reducido a unas veinte personas, se presentaron camareros con varias botellas de champan que fueron repartiendo mientras todos bebíamos a morro.
En ese momento perdí de vista durante unos minutos a mi mujer. Se formó un revuelo importante, con gente intentando acceder a la pista para que los invitaran a champán, los que estaban dentro dándose prisa en acabar las botellas y los camareros intentando impedir una nueva invasión de la zona de baile. Bebimos como cosacos, igual que un niño se come las golosinas para evitar tener que compartirlas. Pude ver a Paqui pegando un trago de una de las botellas y como se atragantaba con la espuma y el gas, mojándose la barbilla y el cuello, tosiendo y echando parte del contenido mientras algunos de los que estaban alrededor se reían. Ella pronto se sumó a las risas. Ya no era solo Pep, varios brazos la rodearon en algún momento sin que mi chica pareciera tener la mínima intención de identificar a quien pertenecían. La cosa empezó a ir demasiado lejos cuando vi como Quique, que estaba también cerca, le cogía el culo y luego le daba una palmeada suave con toda la mano. Paqui se giró y sin dejar de reírse le dio un pequeño empujón en el hombro, que más pareció una caricia que una advertencia.
A mí se me fue la mano también hacia el culo de Lucy, más estrechito, más prieto y menos voluptuoso pero muy bien definido. Ella se giró y se inclinó ofreciéndomelo para que se lo volviera para a tocar. Pensé que estaba la calentura también le afectaba y que todo su descaro y su provocación no procedía necesariamente de las pastillas y el alcohol que hubiera tomado, sino de que yo, por algún motivo, le gustaba. En aquel momento no estaba para pensar bien, si lo hubiera hecho me hubiera dado cuenta que aquello solo formaba parte de su trabajo y también de los posibles favores que le debía a esos dos, y que, para ella, quedarse en bolas y dejarse magrear en la pista era solo rutina, pero en aquel momento lo cierto es que me sentí importante porque una de las gogós más locas y llamativas de la discoteca, me permitía intimar de aquella manera, como si yo fuera su elegido de la noche.
Por mi cabeza pasaron muchas cosas y por un instante dejé de pensar en Paqui y me vi a mí mismo en la playa después de terminar el turno de la chica, revolcándonos en la arena, en oscuridad, lamiendo su piel morena que sin duda sabría champán, a sudor y a pompas de jabón. El encanto se rompió cuando observé a Paqui marcharse en compañía de Quique y Pep. La vi volverse y buscarme con la mirada mientras la llevaban del brazo. Salté como si un resorte me hubiera empujado en su dirección.
- ¿Dónde vas? - me pregunto Lucy - Quédate aquí conmigo, dentro de un rato termino mi turno.
- Ahora vuelvo - le dije sin más.
La gente había vuelto a invadir la pista y me costó mucho trabajo cruzar. En la oscuridad de la discoteca no podía dar con mi mujer. Finalmente los vi dirigirse a unas escaleras que parecían subir a la parte de arriba. Pep la llevaba de la cintura y le decía cosas al oído mientras que ella reía. Le costaba mantener un poco el equilibrio. Yo la conocía bien y sabía que a poco que bebiera estaría un poco mareada, pero dudaba mucho que no estuviera en sus cabales. No tragó el suficiente alcohol como para estar borracha hasta el punto de no saber lo que hacía.
Parecía que todos teníamos ya definidos nuestros roles esa noche y que lo que había que hacer estaba claro. Mi mujer se dirigía a cumplir su fantasía. Se suponía que era lo que todos esperábamos: el Pep y el Quique se follarían a aquella chica casada que les provocaba un morbo increíble, quizás precisamente por eso, por estar casada: ella, por su parte, gozaría de su fantasía como yo había gozado de Alba; y yo debía divertirme con Lucy. No habían hecho falta demasiadas palabras, todo lo habíamos dicho con nuestras acciones, con nuestras miradas y también con nuestra aceptación, dejándonos llevar por la corriente. Sin embargo, yo no estaba tranquilo, es como si tuviera que oírlo de sus labios, como si no acabara de creerme que ella estaba dispuesta a copular con dos desconocidos como tantas veces habíamos hablado o simulado en nuestro juego. Estoy seguro que era mi propia inseguridad al respecto, aunque lo disfrazaba de las dudas que ambos pudiéramos tener de cómo podía afectarnos. Lo cierto es que la relación con Alba no nos había afectado negativamente como pareja, pero: ¿sería igual con esos dos, aunque solo fuera una vez y ya no los volviéramos a ver más en nuestra vida?
Asumí que solo había una forma de comprobarlo y era lanzándose a la aventura. Daba igual que sobre el papel lo tuviéramos hablado, daba igual que en nuestras fantasías nos mostráramos decididos y seguros, hasta que no pasara no sabríamos efectivamente como nos iba a afectar. Y Paqui parecía decidida a dar el paso y probar, convencida de que contaba con mi permiso. Y que lo mismo que nuestros polvos con Alba, también eso sería bueno para nuestras relaciones en cuanto a proporcionarnos un buen chute de morbo, tal y como había sucedido esa misma tarde. Entonces ¿por qué los estaba siguiendo? Porque necesitaba oírselo decir a mi mujer y porque también necesitaba estar seguro de que ella estaba bien y no le pasaría nada malo. Hoy tengo claro que, aunque en ese momento no lo reconociera, también sentía un importante pellizco de inseguridad: ¿Y si los otros eran mejores amantes que yo? ¿Y si a partir de entonces mi mujer ya no disfrutaba conmigo y necesitaba a otros hombres?...
Fue una mezcla de todos estos pensamientos la que me impulsó a gritar:
- Paqui, Paqui ¡espera! - pero mis exclamaciones quedaron anuladas por la música y el jaleo que había.
Los vi perderse escalera arriba y cuando por fin conseguí atravesar la melé de gente a empujones y subir, me encontré con un pasillo y una serie de puertas que permitían acceder a unos palcos o reservados que daban a la pista. Una cinta cortaba el paso y detrás de la cinta uno de seguridad, un gorila de casi dos metros de alto.
- Vengo con ellos - dije.
- ¿Con quién?
- Con la chica que acaba de pasar y con Pep y Quique.
- Solo puedes pasar si tienes la entrada VIP.
Miré al tipo. Tenía cara de pocos amigos y la misma inexpresividad que una estatua barata. Imposible saber si estaba compinchado con los otros o realmente estaba convencido de lo que yo me quería colar por la cara.
- Mis amigos no tienen entrada VIP y han pasado - tanteé a ver por dónde me salía.
- A tus amigos los conozco, son habituales de aquí y conocen al Robert. A ti es la primera vez que te veo.
- Será solo un momento, tengo que decirles una cosa y me voy enseguida.
Él me miró con cara de fastidio, como diciendo “podías ser un poco más original”.
- Mira, no tengo ganas de tener que entrar a buscarte así que no me des la tabarra. Cómprate una pulsera de entrada VIP o ven con alguien de la discoteca y entonces te dejo pasar.
- ¿Puedes ir un momento y decirle a la chica que salga?
- Paso tío, no soy tu correo y venga, aire que aquí no puedes estar.
Eché una mirada hacia el pasillo, a cuya izquierda las cortinas que daban acceso a los reservados se movían por el aire acondicionado. Casi al final, creí entrever una luz que se filtraba por una de ellas. Valoré mis opciones y, desde luego, entrar por las bravas no me pareció buena idea. Ese tío me sacaba por lo menos una cabeza y lo único que iba a conseguir es que me pusieran en la calle, aparte de llevarme algún que otro golpe. Que no me dejaran acercarme a donde estaba mi mujer era malo, pero que me echaran del recinto era todavía peor ¿qué coño estaría pasando en ese reservado?
Era fácil de imaginar.
Bajé las escaleras y me detuve un momento a pensar. Con alguien de la discoteca había dicho el Bichaco… ¡Claro! ¡Cómo no se me había ocurrido! inmediatamente pensé en Lucy.
La busqué por la sala. No estaba donde la había dejado. Nervioso, recorrí toda la pista de baile hasta que alcé la vista y pude darme cuenta que estaba subida en una especie de pódium, bailando con su pantalón corto y los pechos todavía al aire. No dejaban de jalearla y aclamarla los tipos que había alrededor y alguna que otra chica también, mientras ella se movía como si fuera una bailarina de striptease.
- Lucy, Lucy - la llamé. Ella no me oía, pero me veía. Me sonrió y me hizo gestos para que también bailara. Conseguí abrirme paso hasta donde estaba y tirando de una pierna llamé su atención obligándola a agacharse.
-Lucy, tienes que acompañarme arriba, no me dejan pasar.
- Ahora no puedo.
- Es solo un momento, por favor.
- Tío, estoy trabajando. Ahora no puedo irme, me toca animar al personal. Habérmelo dicho antes.
- Ven, es solo un momento.
- No te pongas pesado. Espérate que todavía me quedan tres o cuatro canciones más y luego subimos.
Se puso de pie y a partir de entonces ya me ignoró, suponiendo que era un pesado que lo único que quería era rollo con ella. Por un momento se me cruzaron los cables y me sentí muy cabreado, pasando luego del cabreo a la admiración. Estaba buena la tía y sabía moverse bien, a pesar de la pinta de choni de polígono. Por un momento, la vaga promesa de subir conmigo después actuó como bálsamo de mi inquietud. Si Paqui lo estaba pasando bien yo también podría disfrutar dándome un revolcón en uno de los reservados con ella. Al fin y al cabo, de eso se trataba ¿no?
Pero pronto me volvió a invadir la desazón. Mi mujer estaba eufórica, seguramente un poco bebida y metida con dos tipos en un reservado, sin que yo supiera si todo estaba transcurriendo a su gusto o estaba pasando algo malo. Todavía no tenía claro si lo malo es que la estuvieran forzando a hacer algo que no quería, o también sería malo que ella estuviera disfrutando precisamente de esa sensación. En ese momento me noté descolocado ¿Cuál era mi sitio en aquel lugar? parecía difícil saberlo. Sentí como que era yo quien sobraba ¿Que se supone que debía hacer? ¿Ir a la barra y tomarme otro pelotazo mientras esperaba? ¿Subir y montar el pollo? ¿Serviría de algo dejarme guantear la cara por aquel mameluco? ¿Oiría Paqui mis gritos a pesar de la música alta y el jaleo?
Estuve un par de minutos perdido allí, de pie entre la gente que bailaba, dejándome zarandear por unos y por otros como un corcho en medio de la corriente, sin voluntad, sin plan, dejándome simplemente llevar y arrastrar a merced de mis emociones sin control. Fue una sensación mala, desagradable. Noté un vacío en la boca del estómago, los labios se me quedaron secos y finalmente decidí actuar. Cualquier cosa menos quedarme allí pasmado. Volví a subir los escalones. Lo hice rápido, sin tener muy claro que iba a hacer, pero con la urgencia de quien no desea detenerse a pensar. Esta vez la suerte ¿realmente fue suerte? se alió conmigo. El maromo de antes había desaparecido y en su lugar estaba Robert, el amigo de estos dos.
- Hola soy Alex: vengo con Pep y Quique.
Me reconoció al instante, se ve que se le quedaban bien las caras.
- ¿El Pep y el Quique están ahí dentro?
- Sí, estamos en un reservado con mi mujer y ahora vendrá también Lucy.
El otro me miro de arriba abajo, tratando de procesar la información y juntar las piezas, lo cual tampoco le llevó demasiado tiempo. Sonrió y me hizo un gesto con la mano indicándome que pasara. Avancé por el pasillo oscuro. El ruido de la discoteca llegaba amortiguado en forma de latido, amplificando la sensación de que mi corazón se aceleraba y tañía cada vez más fuerte. Fui directamente hacia el penúltimo de los reservados, el que había visto antes que filtraba luz y que ahora aparecía oscuro. Una corazonada que se cumplió: ahí estaban. Ni siquiera tuve que entrar para disipar mis dudas acerca de lo que estaba sucediendo en el interior. Apenas separé un poco la gruesa cortina con las manos, la imagen se me ofreció clara y descarnada a pesar de la poca luz. Una pierna desnuda, unas pantorrillas firmes, blancas a pesar del sol. Una rodilla flexionada, un muslo ancho y duro que acababa en la curva de una nalga redonda y poderosa que se balanceaba despacio hacia delante y hacia atrás, acompañando el movimiento de la verga que entraba y salía de su coño. Unas manos en las caderas que no necesitaban empujar, solo la aferraban como si la estuviera sosteniendo para que no perdiera el equilibrio. Daba la sensación de que ella misma se la introducía con un suave impulso. El torso hacia adelante, sus pechos colgando fuera del escote al que le habían bajado los tirantes, con los pezones señalando al suelo, el vestido remangado y enrollado sobre su grupa, la otra rodilla apoyada sobre el sofá de skay. La cabeza hacia abajo, los ojos cerrados, la boca entreabierta emitiendo jadeos, el brazo derecho ligeramente estirado, cerrándose sus dedos en torno a la verga de Quique.
Me gustaría poder explicar mejor todo lo que me pasó por dentro y por fuera en aquel momento, pero la única forma que se me ocurre de contarlo o de expresarlo es que me vi sacudido por fuerzas contradictorias como si tiraran de mí en distintas direcciones, como si me llevara de repente golpes en distintas partes del cuerpo y no supiera decir qué dolor era el más fuerte o el más peligroso. El ver a Paqui allí emparedada entre aquellos dos, en esa postura tan obscena, tan a su merced, me provocó celos, rechazo, pero también una erección inmediata, una especie de placer morboso que hizo que me quedara ahí sin poder apartar los ojos de lo que veía. No fui capaz ni de largarme ni de intervenir, solo me quedé allí como un hombre a quien Medusa hubiera convertido en estatua de piedra.
Tras unos segundos en los que mi cerebro parecía haber colapsado y era mi cuerpo el que había tomado el timón, siendo recorrido por sensaciones que anulaban mi capacidad de razonar, mi inteligencia o el poco conocimiento del que podía tirar en ese momento, volvió a ponerse en marcha. Lo primero que hice fue observar a mi mujer, en busca una vez más de algún signo de que estuviera siendo violentada o aquello no contara con su aprobación. Tenía que saber si estaba disgusto o por el contrario disfrutaba realmente de su fantasía. Mi primera impresión quedó corroborada casi al momento: ella acompañaba con su cuerpo el vaivén de la penetración, los ojos cerrados no eran por vergüenza o dolor, sino que tuve la impresión de que se concentraba para sentir mejor la polla que la penetraba. Conmigo lo había hecho muchas veces. Yo sabía que en los momentos de mayor placer, ella cerraba los ojos para concentrarse en las sensaciones, en las caricias y así le llegaba pronto su orgasmo. La vi morderse el labio inferior, otra señal inequívoca de que disfrutaba. Sus jadeos eran también evidentes. Aunque por la música no podía escucharlos, sí podía ver el gesto de su boca y de su garganta cogiendo aire para expulsarlo en forma de estertor placentero.
Sabía que ella estaba ahora mismo viviendo su fantasía, aislada de todo, solo aglutinando sobre sí misma el gusto que le producía el contacto real y no imaginado con dos chulos que la usaban para su placer. Todo estaba bien desde ese punto de vista o parecía estarlo, de modo que la única justificación para interrumpir aquello era como me sentía yo, y eso, en aquel momento, no era capaz de decidirlo porque ni yo mismo sabía cómo me sentía, más allá de que era golpeado por distintas emociones y la que primaba más era el morbo y la calentura por lo que estaba viendo. No podía apartar los ojos de ellos. Quique se movió un poco hacia delante, lo justo para que su verga quedará altura de la boca de mi mujer. Ella no la rechazó, comenzó a chuparla despacio, sujetándola con la mano, acompasando las embestidas desde atrás con la mamada, en un suave vaivén que hacía que se la sacara de sus labios cuando iba hacia atrás buscando la otra polla y metiéndosela hasta el fondo. Y por el contrario, cuando la sacaba hasta la punta, a la vez se la tragaba de forma que siempre tenía una de los dos penes dentro. Este vaivén fue aumentando hasta que se descompasó. Estaba muy excitada y se la veía con ganas de dejar al orgasmo. En este caso, la polla en su coño era prioritaria y se dedicó a empalarse reclamando una mayor colaboración de Pep, que la agarró por las caderas y empezó a darle más fuerte y continuado, lo que hacía que no pudiera sincronizarse con la mamada. A ratos la tenía en la boca y en otros momentos lo masturbaba con la mano.
No sé en qué momento traspasé la cortina. Estaba como hipnotizado, la bragueta me iba a reventar y ya no pensaba en consecuencias ni en comeduras de tarro, solo asistía con expectación a aquel espectáculo de animales salvajes copulando. Pep me vio y se detuvo. Con la verga dentro de la vagina de mi mujer y sus manos todavía agarrando sus caderas, se quedó a la expectativa. Quique también se dio cuenta y tampoco hizo ningún movimiento, se limitó a quedarse de pie, con el pene en la mano, muy cerca de la cabeza de Paqui. Mi mujer llevó la mano hacia atrás, un poco desconcertada, agarrando el muslo de Pep y pude entender perfectamente sus palabras cuando le dijo:
- Sigue, sigue ¿qué haces? no te pares.
Noté su gesto de enfado y como de rabia. Estaba llegando al orgasmo y no quería que le cortaran el rollo. Ante la inactividad del tío que se la estaba follando abrió los ojos y me descubrió allí plantado. Cruzamos miradas solo un instante, lo suficiente para que yo asintiera según ella, aunque no recuerdo que lo hiciera. Entonces, Paqui volvió a iniciar el vaivén. Esta vez más fuerte y más rápido. Cerró los ojos y repitió a Pep “venga, venga” mientras le palmeaba el muslo. El otro sonrío al oírla, tranquilo al ver que yo no me movía. Los retomaron por donde lo habían dejado pero esta vez los golpes se oían secos y fuertes, el culo de mi mujer temblaba con cada empujón de la pelvis de Pep que la estaba penetrando muy fuerte. Volvieron al punto anterior y pronto lo superaron con Paqui jadeando, los ojos cerrados y la espalda tensa.
Seguí observándola, comprendiendo que estaba a punto de correrse. Habían pasado varios minutos desde la interrupción, no muchos, tres o cuatro quizá, pero el tío no aflojaba, le seguía dando intensamente y no pudo aguantar más. Se corrió primero, incapaz de contenerse ante aquel culazo y aquella hembra que le pedía guerra. Mi mujer lo sintió derramarse y se agarró a su muslo, arañándole a la vez que le exigía que no la sacara y que no se parara. El otro retomó el ritmo resoplando como un perro y ahora sí, la vi curvar la espalda levantando las tetas, abrir la boca y también los ojos. Se corrió intensamente, juntando las piernas, para poder seguramente presionar la verga mejor con sus músculos vaginales, como había hecho tantas veces conmigo, apoyándose con una mano en el sofá mientras soltaba la polla de Quique y con la otra se agarraba de nuevo al muslo de Pep, evitando que se saliera de su interior. El jadeo se convirtió en grito. Creo que llegó a chillar un par de veces, cosa que solo hacía en nuestros mejores polvos. Movió la cabeza de un lado a otro respirando apresuradamente, como si le faltara aire y manteniéndose pegada a Pep como si estuviera soldada a él. Cuando por fin dejó de convulsionar se separó lentamente, permitiendo que la verga saliera de su vagina y luego se echó de lado en el sofá. Pep se sentó a su lado y dio un palmetazo en sus nalgas sonriendo satisfecho. Ella se removió un poco, como disgustada porque no esperaba el manotazo, pero no dijo nada, se limitó a abrir los ojos y a fijar su vista en mí mientras trataba de acompasar su respiración y de recuperar el aliento.
Quique se puso al otro lado, escoltándola también con el falo erecto muy cerca de la cara, reclamando su atención. Él también quería su orgasmo. Tomó la mano de mi mujer y la llevó a su verga. Ella comenzó a masturbarlo tendida, sin dejar de mirarme. Le mantuve la mirada, en parte retándola y en parte con curiosidad por ver que hacía ahora que había obtenido su placer. Tenía los ojos acuosos y la vista un poco perdida, seguramente por el alcohol y por el subidón del orgasmo. Finalmente se echó un poco para adelante y sin perder la postura volvió a meterse en la boca el falo de Quique, chupando despacio de la punta hasta la mitad, mientras que con sus dedos mantenía agarrada la parte que pegaba los testículos. Dejó de mirarme y se concentró en mamar. Solo aguanté unos momentos más. No parecía que ella fuera a cortarse por mi presencia a esas alturas ni tampoco que fuera a poner fin al episodio, no al menos antes de satisfacer también al otro chulo.
De repente sentí el impulso de salir de allí. Necesitaba reorganizar mi cabeza y mis sentimientos. Digerir todo lo que había visto. No me quise ir muy lejos. No estaba dispuesto a que me volvieran a separar de mi mujer, ni de encontrarme en una situación en la que no pudiera acudir si ella me llamaba o si tomaba la iniciativa de acercarme de nuevo a ver cómo estaba. De modo que me metí en uno de los reservados que había al lado y me dejé caer en un sofá. Traté de poner la mente en blanco dejando que la invadiera el ritmo de la música. Pero no podía ser: a mi cerebro llegaban una y otra vez las imágenes que acababa de contemplar y tenían un efecto electrificante. Una extraña euforia me invadía y mi cuerpo respondía con una erección tan brutal que me dolía. Pensé en masturbarme pero no quise hacerlo. Me resistía. Solo quería estar a solas con Paqui, recuperarla, curarme la calentura follando con mi mujer. Sólo después de eso podría poner orden en mi cabeza y en mis sentimientos. Solo después de estar con ella y hacer el amor podría sentir que todo estaba de nuevo bien. O eso al menos quería yo creer en ese momento, que, si comprobaba que lo nuestro no había cambiado, eso significaría que efectivamente solo se había tratado de cumplir una fantasía y nada más.
Estuve un tiempo tratando de apaciguarme, respirando hondo. Hubiera dado lo que fuera por poder echarme otro trago. Pensaba en qué les diría y sobre todo en qué sucedería si ella no quería dar por terminada la sesión. O si alguno de esos dos se ponía impertinente y llamaban a los de seguridad para echarme. Hay que pensar menos y actuar más. Ese es mi problema que siempre le doy demasiadas vueltas a las cosas. Así que movido por un impulso me levanté y me dirigí al reservado. Pensaba que había estado menos tiempo fuera, pero ahora creo que tuve que estar al menos diez o quince minutos en el otro sitio solo, porque cuando llegué allí no había nadie. Entré y me dirigí a donde estaban sentados. Allí solo pude encontrar unos goterones en el suelo, seguramente parte del squirt de mi mujer y de la leche derramada cuando el otro le sacó el miembro del sexo. Al lado de una mesita baja vi algo tirado. Me acerqué y pude comprobar que eran las bragas de Paqui. Estaban muy mojadas y no solo de la espuma: olían a sexo. Quizás las hubiera usado para limpiarse o simplemente cuando se las quitó las dejó allí tiradas. Las dejé de nuevo en el suelo y salí por el pasillo a buscarlos.
Me costó un rato encontrarlos o más bien debo decir que ellos me encontraron a mí. Me había parado un momento en la barra después de dar una vuelta por la pista de baile, pensando si no se habrían ido a la calle. Entonces vi que Paqui me hacía gestos con la mano acercándose a mí desde el otro lado de la barra. Se habría paso entre la gente seguida de Quique y Pep. Ambos habíamos estado moviéndonos por la discoteca sin coincidir hasta ese momento, buscándonos.
- ¿Estás bien? - me preguntó con cierta ansiedad cogiéndome la mano.
- No sé cómo estoy, todo esto es muy raro.
- ¿Estás enfadado conmigo?
Yo miré a Pep y a Quique que estaban detrás. Me molestaba su presencia. Incluso más que cuando eran ellos los que estaban a solas con mi mujer. Ahora no se trataba de sexo, era un momento íntimo y ellos sobraban.
- Vámonos. Quiero estar a solas contigo.
- Claro.
- Nos vamos – anunció Paqui.
- Vale ¿nos vemos mañana?
- No lo sé. No nos busquéis, ya os decimos algo nosotros.
Salimos a la calle, yo tirándole de la mano. Tuve la sensación de que volvíamos a ser pareja, de que efectivamente lo de antes había sido solo sexo pero que cuando se trataba de algo más íntimo, de sentimientos, ella se preocupaba por mi estado y por las consecuencias de lo que había hecho. Y de lo que yo había permitido: eso tampoco se me iba de la cabeza. Pero lo cierto es que me tranquilizó saber que después de la tormenta volvíamos al hogar. Era lo único que me importaba.
Salimos al parking y fuimos a buscar el coche. Estaba alejado, casi en la arena de la playa. Apenas hablamos por el camino y al llegar al vehículo, cuando fui a abrir la puerta, ella me tomó de la mano forzándome a que la mirara a la cara.
- Alex ¿estás enfadado conmigo? volvió a preguntarme.
Me tomé un tiempo, respiré hondo y traté de ordenar lo que sentía.
- No, no estoy enfadado contigo. Solo estaba preocupado. No quería que te hicieran daño. Ni tampoco que dejáramos de ser lo que somos. Temía perderte.
- ¿Por qué ibas a perderme? No seas tonto. Es solo una fantasía, solo es sexo.
- No sé lo que has sentido. Me preocupa que pueda afectarnos.
- ¿En qué nos iba a afectar? Tú eres para mí lo primero, ya lo sabes. Es lo que habíamos hablado, solo follar y ya está. Esos dos no significan nada para mí, no quiero dormir con ellos ni pasar un segundo más de lo necesario a su lado ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Estas celoso? ¿Te has sentido mal? si es así no volveremos a hacerlo nunca más.
- No es fácil asimilar que te he visto con otros hombres. Solo es eso. Pensé que me iba a impactar menos. Aún estoy un poco confundido. Solo quiero saber que todo está bien entre nosotros, con eso me basta.
- Está bien, todo está bien cariño - me respondió mientras me besaba y me abrazaba.
Sus pechos turgentes se clavaron en el mío. Su cuerpo trémulo y húmedo se pegó a mí. Besé sus labios que todavía sabían a sexo...la erección fue instantánea. Ella lo percibió. Pegó su vientre aún más y nuestras lenguas jugaron en el interior de la boca. La agarré por las nalgas y la soldé a mí. No sabía cómo explicarme a mí mismo por qué todo aquello me había puesto tremendamente cachondo, así que mucho menos era capaz de expresarlo de forma que mi mujer me entendiera, pero no fue necesario. Nos entendíamos sin palabras. Ella me acarició el bulto por encima de la ropa y volvió a besarme con pasión. Me abalancé contra ella y la empotré contra la carrocería del coche. Estuvimos a punto de caer y nos dio la risa.
- Eres una cochina: sé que vas sin bragas - le dije mientras le metía la mano entre las piernas.
Ella suspiró profundamente y se abrió para mí, llevándome la mano directamente a su vulva que estaba empapada.
- Estás todavía chorreando...
- Sí, sí - era lo único que acertaba a decir mientras le comía el cuello y un dedo desaparecía en el interior de su vagina sin ninguna dificultad por la lubricación.
Tiré de ella hacia la playa que estaba a unos escasos metros. Nos arrodillamos tras una duna y Paqui se sacó el vestido. Estaba totalmente desnuda debajo, sus tetas con alguna rojez, los pezones sensibles porque habían sido lamidos y mordidos anteriormente, su sexo manaba flujo mezclado posiblemente con restos de semen, como pude observar cuando la abrí de piernas e intenté chupárselo. Pero ella no quería preliminares.
- Ven, ven – me urgió.
Y bajándome los pantalones extrajo mi falo y me lo chupó hasta dejármelo resbaladizo de saliva.
- ¡Dios qué bella estás! te amo - susurré mientras la penetraba de golpe.
Mi glande se abrió paso deslizándose por su vagina que estaba muy resbaladiza. Los restos de flujo y de semen hicieron de lubricante para que pudiera escurrir hasta el fondo en el primer empujón, dando mis huevos contra sus labios. La penetré una y otra vez, fuerte, duro, con contundencia, mientras ella se deshacía de gusto. No le había mentido: estaba bella. Sus pechos salados y arañados, su enorme culo llenándose de tierra bajo mi peso, su vagina profanada por al menos uno de aquellos dos, sus labios que habían besado otra polla, su piel que olía a sudor, a leche ajena, a restos de espuma, su boca que sabía a alcohol, allí tirada con el mar de fondo, la luna reflejándose, las olas rompiendo…sí, a pesar de todo o precisamente por eso, estaba bella. Y de nuevo la tenía entre mis brazos. Se había ido pero había vuelto, lo sabía por su mirada, por las ganas con que se abría para que yo la empotrara. Los dos supimos sin hablar que todo estaba bien. Seguí penetrándola con fuertes golpes, duros y secos, yendo hasta el fondo mientras le repetía una y otra vez:
- Te quiero, te quiero, eres mía, eres mía…
- Síiiiiii ¡soy tuya, tuya, tuya, tuya, tuya y de nadie más! - me repetía como un eco mientras notaba como su cuerpo se ponía en tensión y se preparaba para un nuevo orgasmo.
No me pude aguantar, era demasiada la calentura que sentía y me fui en ella con un gemido prolongado, una especie de rugido mientras empujaba hacia adentro. Me quedé rendido por la tensión mientras nos abrazábamos. Paqui movía su pelvis buscando el frote de su monte de Venus contra el mío. La conocía demasiado bien para saber que no quería quedarse a medias. Además, sabía que en ese momento debía ser un placer compartido, un placer que debía darle también a ella y que no se podía postergar para que fuera un acto de unión, algo conjunto que sellara nuestra alianza de amor. Así que me incorporé un poco para liberarla de mi peso y de nuevo comencé (a pesar de las cosquillas que me provocaba mi glande sensible) a penetrarla. Lentamente al principio, porque el roce me provocaba pequeñas descargas eléctricas a pesar de lo mojada que estaba, y más fuerte a medida que una cierta insensibilización vino en mi ayuda para que pudiera aguantar el frote de mi pene en su vagina sin el molesto cosquilleo. También era debido a que estaba encharcada de fluidos. Cuando empecé a darle más fuerte advertía perfectamente como mi semen mezclado con los restos que quedaran de Pep más su flujo, se derramaban por la presión que ejercía mi polla dentro de su vagina. Notaba los huevos empapados y se oía un sonido de chapoteo cada vez que se la metía hasta el fondo.
Introdujo la mano entre mi pubis y el suyo, se frotó el clítoris y finalmente lo cogió como haciendo pinza y se dio un pellizco, mientras se corría retorciéndose de gusto bajo mi peso. Como diría Radio Futura, fue un orgasmo al compás de las olas. Quedamos desechos por la tensión, por la emoción, por el placer, rotos, abrazados. Mi cara enterrada en su cuello, la polla enterrada en su vagina, sus muslos abiertos acogiéndome, las rodillas flexionadas y sus pantorrillas apretando mis nalgas para que no me escapara, las tetas contra mi pecho, su aliento húmedo, morboso y excitante calentándome el alma.
No sé el tiempo que pudimos estar así hasta que por fin nos levantamos. Ella se puso el vestido que, igual que su piel, ya arrastraba todo un resumen de lo que había sido aquella noche. Manchas, olores, humedad... No tenía con qué limpiarse así que anduvo indecorosa hasta el coche. Cuando llegamos sí pudo utilizar unos pañuelos de papel que guardaba en la guantera para secarse la cara interna de los muslos, que debía estar pegajosa de todo lo que le brotaba por la vagina. Se limpió muy someramente y luego se sentó a mi lado.
Marchábamos sin hablar, con ella apoyada en mi brazo mientras yo conducía. Al llegar a la pensión entramos en nuestra habitación y todavía me fijé en ella cuando se quitó el vestido y quedó desnuda antes de meterse en la ducha, mirándose en el espejo, contemplando su cuerpo algo magullado y sucio.
- Estas bellísima - le dije de nuevo sin poder contenerme. Era cierto y ella lo entendió. Me sonrió, se metió en la ducha y yo fui detrás. Cuando acabé ya estaba en la cama, entre sábanas limpias, totalmente desnuda, cansada y amodorrada. Me abracé a ella y nos dormimos casi de inmediato. Fue un sueño profundo, reparador y sin pesadillas del que nos levantamos los dos contentos y con buen talante.
Al día siguiente la resaca parecía ser solo de alcohol y cansancio, no de sentimientos. Cuando me desperté ella ya estaba arreglada y lista para bajar a desayunar. Un pantalón corto y ajustado, una blusa anudada sobre el ombligo, la cara limpia de maquillaje como ella solía ir (yo le decía siempre que estaba más guapa sin pintar).
- ¡Qué miras! - me dijo al darse cuenta que estaba incorporado en la cama - vamos a desayunar ¿no? Quiero ir al mercadillo que ponen en el paseo marítimo.
- Estás muy guapa.
Ella sonrió.
- Ya veo que te alegras de verme - contestó al observar la erección matutina con la que me había levantado.
Se echó a mi lado y me acarició el pene mientras me besaba en la boca.
- Quieres que...
- No, déjalo, ya estás arreglada -yo sabía que si se había vestido es porque en ese momento no le apetecía follar – además, tengo hambre.
Paqui dio un par de lametones juguetona.
- ¿Estás seguro? Puedo darte placer sin desarreglarme - comentó mientras se la metía en la boca y me la chupaba dejando resbalar sus labios por mi pene. La introducía y acompañaba el movimiento con su lengua en forma de caricia.
-Uffffff…
Cerré los ojos y me dejé hacer. Las imágenes de la noche anterior vinieron a mi cabeza. Paqui yaciendo en el reservado, corriéndose mientras la follaban a cuatro, chupando la verga de Quique. Y por fin en la arena, tirada, sucia, sudorosa, sensual, el gran polvo que echamos. Cuando quise darme cuenta fue demasiado tarde para contenerme o para proponer ninguna otra cosa. Un chorro de semen salió disparado cogiendo por sorpresa a mi mujer, que lo único que pudo hacer fue cerrar los labios en torno a mi pene y aguantar la descarga. Le llene la boca de leche que ella no dejó escapar. No se lo tragó, no le gustaba, pero lo escupió en un pañito que sacó del cajón y luego volvió a chupármela otro poco más, hasta que comprobó que me quedaba satisfecho. Solo entonces fue a enjuagarse.
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