El Despertar en la Aldea parte 16
El sargento Kwame no tolera la indisciplina, pero su mirada se detiene en la mujer que gotea leche y deseo en el suelo. Él ofrece protección; ella ofrece sumisión. En la oscuridad de la aldea, la disciplina militar se encuentra con un hambre que ninguna orden puede calmar.
El sargento miró con mirada dura al soldado, su expresión como una máscara de hierro forjado en el fuego de la disciplina militar, ojos oscuros y penetrantes clavándose en el joven como dagas afiladas bajo la luz plateada de la luna. El soldado, aún jadeando con el pecho subiendo y bajando en respiraciones agitadas, trató de ponerse firme, ajustándose los pantalones con manos temblorosas, el sudor perlando su frente y mezclándose con el olor salado de su propia excitación residual que aún flotaba en el aire nocturno cargado de humo lejano de la hoguera. "¡Soldado! ¿Qué demonios es esto? ¡A su puesto ahora mismo! Prepárese para un castigo severo al amanecer... no tolero esta indisciplina en mi pelotón", gruñó el sargento con voz grave y autoritaria, resonando en la calle apartada como un trueno distante, su mandíbula tensa y su postura imponente, alto y fornido con uniforme ceñido que marcaba sus músculos definidos por años de servicio, exudando un aura de control absoluto que hacía que el soldado bajara la vista, murmurando un "Sí, sargento" tembloroso antes de alejarse a trompicones, sus botas crujiendo en el suelo polvoriento.
Awa, aún de rodillas en el suelo áspero que rozaba su piel sensible como papel de lija contra seda, tremendamente excitada con su cuerpo temblando en mini orgasmos residuales que la hacían jadear: "Mmmhhh... ahhh... semen... aún en mi boca...", miró al sargento con ojos grandes y vidriosos, aunque algo calmada tras su dosis de semen que había apagado temporalmente el incendio voraz en su vientre, el sabor espeso y salado persistiendo en su paladar como un bálsamo adictivo que la saciaba pero ya empezaba a avivar el hambre de nuevo. Dentro de ella, un temor crecía como una sombra fría: "Este hombre... autoritario, fuerte... ¿qué me hará? Sus ojos duros... podría abusar de mí, tomarme sin preguntar... oh, dios, solo pensarlo... me excita...", y el mero pensamiento le provocó un orgasmo que la hizo arquear la espalda ligeramente, leche brotando en chorros tibios de sus pechos en un pulso caliente que salpicaba el suelo, jugos chorreando por sus muslos en un flujo viscoso y resbaladizo que goteaba al polvo, su clítoris latiendo con un cosquilleo eléctrico que la dejaba jadeando, el sudor perlando su piel oscura en gotas saladas que se mezclaban con el semen seco en su cara y cuerpo, creando una capa pegajosa y brillante que olía a sexo crudo y lactancia dulce.
El sargento se acercó a ella con pasos firmes pero controlados, su bota crujiendo cerca de su rodilla, extendiendo una mano grande y callosa, su voz suavizándose ligeramente pero manteniendo un tono firme y protector: "¿Estás bien, chica? Levántate... no te quedes ahí en el suelo. ¿Te han hecho daño? ¿Abusaron de ti? Dime la verdad, soy el sargento Kwame, y no tolero que mis hombres se pasen con la población... si fue así, pagarán".
Awa, temblando con un mini orgasmo que la hizo morderse el labio grueso hasta saborear un toque metálico de sangre, levantó la vista hacia él, sus ojos seductores vidriosos por el placer residual, y negó con la cabeza tímidamente, su voz saliendo en un susurro ronco y entrecortado por jadeos: "No... no abusaron... yo... lo quise... estoy bien... ahhh...".
El sargento frunció el ceño, observándola lactando profusamente, chorros de leche tibia brotando de sus pechos expuestos en pulsos rítmicos que salpicaban su uniforme cuando se agachó ligeramente, su nariz captando el olor dulzor lácteo mezclado con su sudor y excitación, y le preguntó con voz grave pero curiosa: "¿Estás embarazada? Lactas como una madre reciente... ¿o es algo más? No pareces herida, pero tiemblas... como en fiebre".
Awa, sintiendo un rubor ardiente subir por su cuello, el temor y la excitación luchando en su interior —"Este hombre... tan fuerte, autoritario... podría tomarme ahora, preñarme con su semilla... oh, no, solo imaginándolo... me hace palpitar"—, explicó con voz temblorosa y baja, balbuceando entre mini gemidos: "No... no embarazada... es... una condición... hormonal... desde que desarrollé... estoy siempre excitada... lactando sin parar... orgasmos constantes... no lo controlo... ahhh... por favor, no me juzgue... soy tímida... decente... pero mi cuerpo... traiciona".
El sargento asintió lentamente, su expresión endurecida suavizándose un poco, mostrando un atisbo de comprensión en sus ojos duros que habían visto violencia y caos en patrullas lejanas, pero también un brillo de interés que no podía ocultar al ver su figura exuberante temblando ante él. "Entiendo... una chica tan hermosa como tú puede provocar a los hombres, con ese cuerpo de diosa, curvas que invitan al pecado, pechos goteando... mis soldados son bestias insensibles a veces, curtidos en la selva y el combate, pero trato de imponerles disciplina. Normalmente se comportan, saben que si violan a una chica o tratan mal a la población, sentirán mi ira... castigos duros, aislamiento, peor que el enemigo. No permito eso en mi pelotón". Sus palabras, firmes y protectoras, resonaron en el aire quieto, su voz grave enviando vibraciones por el cuerpo de Awa, amplificando su deseo: "Sus palabras... autoritario, pero caballero... me hace mojarme más... imagínalo castigándome a mí... preñándome con disciplina... oh, dios... un orgasmo...".
Awa sentía el deseo crecer por la actitud y palabras de ese hombre autoritario, un pulso acelerado en su clítoris que la hacía apretar los muslos, jugos chorreando en un flujo caliente por su pierna en un reguero viscoso que goteaba al suelo, visible bajo la luna. El sargento se acercó más, extendiendo su mano grande y firme: "Levántate... te acompañaré a casa. No es seguro que una chica como tú ande sola de noche, excitada así... podría atraer problemas. Ven, confía en mí... soy un caballero, no como mis hombres".
Awa, entre orgasmos que la hacían jadear suave: "Ahhh... sí... gracias...", sumisamente tomó su mano, el tacto áspero y cálido de su palma contra la suya suave enviando chispas eléctricas por su brazo, directo a su vientre, y se fue con él, caminando a su lado con pasos tambaleantes, su excitación amplificada por su presencia imponente. Dentro de ella, había temor sobre lo que pudiera hacerle ese hombre que hasta el momento había sido un caballero con ella —"Podría girarse en cualquier momento... tomarme contra una pared, follarme sin piedad, preñarme con su semilla autoritaria... oh, no, temo... pero excita tanto"—, pero otra parte de ella fantaseaba con ello, el deseo primal rugiendo: "Sí... hazlo... préñame, sargento... lléname con tu carga... ahhh...", un reguero de flujos bajando por su pierna procedente de su coño, caliente y viscoso goteando al suelo en plops suaves, su vagina virgen palpitando con un vacío doloroso que sabía, en el fondo, que pronto necesitaría algo más que tragar el semen de los hombres —una polla embistiendo profundo, estirándola, derramándose dentro para calmar el celo eterno, aunque su educación le gritara que conservara la virginidad para el hombre adecuado. El sargento caminaba en silencio, su mano firme guiándola, el olor a uniforme sudado y autoridad invadiendo sus sentidos, haciendo que más leche goteara de sus pechos en pulsos tibios, su excitación creciendo con cada paso compartido.
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