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La amiga del Colegio - Parte 2

Los meses de mensajes ardientes y fotos prohibidas solo fueron el preludio. Ahora que la puerta del hotel se cierra, no hay vuelta atrás: ella quiere ser poseída, y él está listo para reclamarla.

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Decía que había querido enviarla a una amiga que le había vendido la lenceria, para mostrarle cómo le quedaba. No sé si era cierto, pero su explicación sonaba más a juego que a error.

Aproveché la ocasión para decirle lo que pensaba: que se veía increíble, que era imposible no quedarse mirando. Ella respondió con un sticker, como si dudara entre reírse o provocarme un poco más. Pasaron unos minutos… y entonces la foto volvió a aparecer en el chat, esta vez sin caducidad.

Nory: “No sé si debería haberte mandado eso…” Yo: “Bueno, ya lo hiciste… y no me quejo.” Nory: “¿Te gustó tanto?” Yo: “Digamos que me dejó pensando en muchas cosas.” Nory: “Mmm… entonces no fue tan mala la equivocación.” Yo: “¿Equivocación? No estoy tan seguro.” Nory: “Tal vez no… o tal vez sí. ¿Qué harías si te dijera que tengo otra foto?” Yo: “Depende… ¿quieres que la vea?” Nory: “Quiero que la imagines primero.”

Hubo un silencio largo. La conversación parecía flotar entre el juego y la confesión, entre lo permitido y lo que ambos sabían que ya estaban deseando repetir.

Empecé a imaginarla en mil formas posibles, como si cada recuerdo de su cuerpo se activara solo con pensar su nombre. Le enviaba audios contándole lo que pasaba por mi mente, con esa voz baja y temblorosa que solo se usa cuando el deseo domina.

Ella estaba en su ciudad, en su casa, en ese cuarto que comparte con su esposo. Pero mis palabras la transportaban lejos, la arrancaban de la rutina y la llevaban hasta mí. Le hice una llamada y podía sentir cómo me escuchaba en silencio, cómo su respiración se volvía más lenta, más profunda, atrapada en lo que le estaba confesando.

Le dije que me parecía una mujer irresistible, que su forma de moverse y de hablar me desarmaba. Le confesé cuánto me atraía su piel, su energía, esa manera tan suya de provocarme sin decirlo todo.

Y ella no se contuvo. Respondió con frases que me dejaban sin aire, ella quería todo de mi, y me lo dijo. Entre los dos se formó un hilo invisible, tenso, caliente… una conversación donde el deseo se volvió casi palpable, vibrando en cada pausa, en cada suspiro que se escapaba del altavoz.

No aguanté mas y le confese que ya me estaba masturbando y ella confeso que se encontraba igual, muy mojada y con muchísimas ganas de tenerme cerca, la guie con la voz que se recostara boca arriba sobre la cama (aquella misma que comparte con su esposo) y me mande fotos y videos que aumentaban nuestras ganas, hasta que lo inevitable llegó, empezamos a jadear juntos hasta que nos envolvimos en un éxtasis de placer desbordante y placentero.

Logrando volver en si, ya lo teníamos decidido… debemos vernos en persona.

Pasaron meses de mensajes, fotos y videos que alimentaban una complicidad peligrosa. Ella iba a Tiendas de ropa, solo para probarse transparencias o vestidos muy pequeños con gran escote, y me enviaba fotos o videos de esos momentos: la caída de un tirante, el reflejo en un espejo, la sombra de su piel bajo la tela. Cada imagen era una provocación, un juego de fuego entre lo permitido y lo prohibido.

Con el tiempo, las palabras se volvieron más intensas, las miradas más atrevidas. Entre nosotros creció una tensión que ya no podía sostenerse a la distancia hice que use una tanga y me la mande a mi ciudad para poder masturbarme con ella, hemos ido cada vez morbosos en nuestros pensamientos y acciones.

Y el día llegó. Ella volvió a mi ciudad.

Por discreción, entramos al hotel por separado. Aun así, cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, el aire cambió por completo. No hubo palabras; solo una tensión silenciosa que nos envolvía como una promesa cumplida. Ella me miró, y en esa mirada se resumieron todas las noches de espera, todo lo que habíamos contenido.

Llevaba un pantalón de lino que apenas ocultaba la silueta de su cuerpo, de cerca se podía notar la tanga sin borde que tenia, color blanco apretando esas nalgas deliciosas que tiene, además de un top blanco que realzaba sus curvas con naturalidad. Nos abrazamos con la urgencia de quien reconoce el peligro pero no quiere detenerse. Mis manos encontraron su cintura, su respiración temblaba contra mi pecho, y el roce del lino se convirtió en un lenguaje nuevo, más honesto que cualquier palabra.

Su perfume me envolvía; cada exhalación suya era un suspiro que encendía el aire. Mis labios rozaron su cuello, y un leve gemido escapó de ella, como si hubiera estado guardando ese sonido por demasiado tiempo. Mientras mis manos bajaban de su cintura hasta sentir ese pantalón de lino, y con fuerza agarre sus nalgas, apretándola mas hacia mi, con fuerza apretaba mientras nuestros labios se encontraron.

Nos movimos hacia la cama sin romper el abrazo. El roce de su cuerpo sobre el mío era un vaivén que combinaba deseo y ternura. Entre respiraciones entrecortadas, las caricias se volvieron más decididas, más eroticas. Todo el cuarto parecía girar en torno a ese pulso compartido, a esa mezcla de ansiedad y entrega.

Me empujó suavemente hacia la cama, y de inmediato se acomodó sobre mi cuerpo. Me miró desde arriba; sus labios entreabiertos y la respiración agitada eran la señal de que el control estaba en sus manos. Se inclinó lentamente para un beso.

Ella hizo el ademán de quitarme la camiseta. Me levanté lo indispensable, ligero y ansioso, para facilitarle la tarea. Aún a horcajadas sobre mi cintura, procedí a despojarla de su top blanco. Al deslizar la tela, el tejido de su sostén se tensó contra la plenitud de sus pechos. No pude contenerme: mis manos se dirigieron a esa carne deliciosa, apretando su volumen con una urgencia que me quemaba. Bajé la cabeza y dirigí su maravillosa carne a mi boca. Comencé a succionar y lamer, sintiendo cómo sus gemidos se elevaban, un coro dulce y salvaje de puro placer.

Mi miembro estaba muy duro y palpable, deleitándose con la caricia de su vientre. Era un festín sensorial pasear entre esas dos montañas exquisitas. Continué mi asalto, mis manos apretando y moldeando, mi boca alternando entre lamer y chupar con una avidez creciente. Ella se arqueaba, sus gritos de gozo marcando el ritmo perfecto de mi entrega.

Con la respiración entrecortada, ella separó mi boca de sus pechos, pero no para alejarse, sino para bajar. Yo al ver lo que ella quería, rápidamente me saque el pantalón y bóxer para liberar mi miembro y ella lentamente con sus besos se deslizaron por mi abdomen, trazando un camino húmedo que me hizo tensar cada músculo. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándola.

Cuando su boca alcanzó mi verga, la descarga fue eléctrica. Su lengua hábil se adueñó de cada rincón sensible, con una maestría excelsa. Ella intensificó el ritmo, profunda y constante, saboreando y agarrando el tronco de mi miembro muy hábilmente.

A estas alturas, la conexión entre nosotros era muy fuerte, por tantas conversaciones calientes que habíamos tenido en estos últimos meses... Yo ya sabía que ella prefería el sexo oral por separado a comparacion de un 69, entonces le permití continuar con la felación. Su boca, húmeda y experta, se movía sobre mí con una devoción que me hizo perder la paciencia. En un punto, no aguanté más y comencé a bombear mi cadera con una fuerza brutal. Agarré su cabeza con firmeza, y seguí follando su boquita, que me recibía con avidez a pesar de la profundidad y la intensidad de mi arremetida.

Nuestros chats anteriores habían marcado nuestra primera pose: la postura del perrito. Se lo recordé en un jadeo, y ella se levantó de inmediato para colocarse al borde de la cama, posicionándose de rodillas y manos. Yo salí de la cama para quedar de pie justo detrás, obteniendo una vista excelente y prometedora de su delicioso culito. Apreté sus nalgas con ambas manos y, sin piedad, le di unas buenas nalgadas, el sonido resonando en el aire hasta que su piel se marcaba mi mano.

Mi miembro, duro y resbaladizo por la saliva, buscó su entrada. Empecé frotando lentamente, de arriba abajo sobre su clítoris y labios, mientras mis manos se aferraban a sus caderas, asegurando la conexión. El placer en aumento nos inundaba a ambos, hasta que de su garganta brotó la súplica que esperaba: "¡Métela de una vez!", "¡Necesito tu verga dentro de mí!"

Con esa súplica, comencé a penetrarla. Lento, muy despacio al inicio, sintiendo cómo mi punta era recibida por su cavidad caliente y ya empapada. Ella soltó un profundo suspiro de satisfaccion. Me detuve a media penetración, dejando que el ardor me quemara y la hiciera retorcerse, antes de hundirme hasta el fondo, dándole un apretón masivo con mi pene durísimo.

Comencé con un ritmo pausado, disfrutando de verla por el reflejo del espejo. De pronto, la lentitud se rompió: aceleré el ritmo con una furia placentera. Recogí su cabello con mi mano derecha, improvisé una cola para tirar de él con fuerza... Y entonces, empecé a darle más duro y más rico, llenándola a ella y a mí de un placer desenfrenado.

Mi mano izquierda sujetaba firmemente su cadera mientras la derecha tiraba de su cabello, controlando el ángulo de cada embestida. El espejo se había convertido en nuestro testigo, devolviéndonos la imagen de dos cuerpos enloquecidos por el deseo. Yo veía su cara de placer, sus ojos semicerrados, su boca abierta en un grito silencioso que solo mis caderas podían interpretar. El impacto de mi pelvis contra su trasero era un sonido seco y rítmico.

Ella gemía mi nombre, una y otra vez, su voz quebrada por la sensación de ser poseída con tanta fuerza. Aumenté la presión y la profundidad, buscando ese punto exacto que sabíamos la llevaría al límite. Su vagina era un guante perfecto, caliente y húmedo, apretando mi polla con cada movimiento. El placer era tan inmenso que sentía mi conciencia desdibujarse en la pura sensación.

"¡Más! ¡Así, dame más!", gritó, y yo obedecí, desatando una andanada de estocadas rápidas y brutales. Su cuerpo tembló bajo el mío. Sentí cómo se tensaba, sus uñas clavándose en las sábanas. Era el aviso: el clímax estaba llegando. La agarré más fuerte, bombeando sin cesar, sintiendo las contracciones de su interior apretarme y arrastrarme hacia el abismo.

Con un grito final y desgarrador, ella se desmoronó. Su cuerpo se sacudió violentamente con un orgasmo explosivo, su aliento acelerado contra el colchón.

Me quedé observándola mientras se retorcía, el eco de su orgasmo aún visible en la contracción de sus músculos y el brillo de sus ojos, disfrutando de la intensidad de la follada recién terminada. Con un suspiro profundo, logró recomponerse apenas y me ordenó que me echara boca arriba sobre el colchón.

Sin esperar, se colocó sobre mí, guiando mi polla, que seguía dura y palpitante, hacia la entrada de su coñito, ahora perfectamente húmedo y receptivo. Ella tomó el control, dejándose caer lentamente para sentarse sobre mi verga. El placer fue instantáneo. "¡Qué rico!", jadeó, con la voz ahogada por el placer. "Tu pene me encanta." Siguió bajando, despacio, hasta que se sentó por completo, envolviéndome en su calor.

Empezó a moverse con un ritmo circular y cadencioso que me robó el aliento. Yo no perdí el tiempo: mis manos fueron directas a sus nalgas deliciosas, apretándolas con fuerza mientras ella dominaba el acto. En un gesto de éxtasis, levantó la cabeza y se agarró uno de sus senos, apretando su pezón con intensidad mientras yo seguía enterrado dentro de ella. Tomé el otro seno, imitándola, apretándolo por el placer que me provocaba verla.

Entonces, pasé mis manos a su cuello, sintiendo la suavidad de su piel. "¡Apriétame el cuello!", me ordenó, con los ojos cerrados. Y lo hice, ejerciendo una presión controlada que la hizo jadear. Mientras yo la sujetaba por el cuello, ella se hundía y se alzaba con movimientos espectaculares, el vaivén haciendo que el placer se intensificara. El flujo de su lubricación era abundante; me mojaba completamente los huevos. Y ella seguía y seguía, sin contemplaciones, cabalgando mi polla hacia un nuevo clímax inminente.

Mi agarre en su cuello se volvió más firme, una deliciosa mezcla de control y abandono que la hacía temblar. Ella se inclinaba hacia adelante, su cabello cayendo sobre mí, sus gemidos convirtiéndose en súplicas guturales. El movimiento circular se aceleró, sus caderas girando con una precisión infernal, frotando cada nervio sensible de mi miembro. Podía sentir el calor interno, la humedad que ahora nos cubría a ambos, haciendo que el roce de la piel fuera un deleite resbaladizo.

"¡No pares! ¡Así!", me exigía, mientras ella apretaba sus muslos a mis costados, intensificando la presión interna.

Cedí a la urgencia, mis manos abandonaron su cuello y se aferraron a sus caderas, ahora yo guiando la brutalidad de su caída. Empujaba hacia arriba con fuerza, obligándola a sentarse más profundo, a tomarme por completo. Ella elevaba la pelvis para resistir por un instante, y luego se dejaba caer de nuevo con un grito, el impacto haciendo vibrar el colchón.

La tensión se volvió insoportable. Ella miró hacia abajo, nuestros ojos se encontraron en un instante de conexión salvaje, y vi el estallido. Sus músculos internos se contrajeron violentamente a mi alrededor, succionando mi miembro con una fuerza inesperada. Gritó mi nombre, arqueándose hacia atrás mientras un espasmo largo y profundo la recorría.

El apretón fue la señal. Me arrojé hacia arriba en una última y poderosa estocada, vaciando todo el contenido de mis testículos en lo más profundo. El clímax fue tan feroz y compartido que ambos nos desplomamos. Ella cayó sobre mi pecho, jadeando, el peso de su cuerpo caliente y sudoroso aplastándome felizmente.

Nos quedamos así por un largo momento, con los cuerpos unidos por el sudor y el semen, la respiración volviendo lentamente a la normalidad. Yo acariciaba su espalda, sintiendo la humedad que corría entre nuestros cuerpos. Ella levantó la cabeza para mirarme, con una sonrisa exhausta y victoriosa.

"Eso fue... increíble," susurró, antes de besarme con una ternura inesperada, un beso que sabía a sexo salvaje y posesión absoluta.

Un sonido vibrante nos sacó de nuestro letargo. Era el pequeño mensaje de su móvil, y al verlo, la realidad se coló en el vapor de la pasión: era su marido preguntando por ella. Yo me quedé observando a mi lado, viendo cómo componía una respuesta casual, una mentira dulce y experta que contrastaba con la verdad caliente que nos había unido.

Justo antes de que enviara el mensaje, la detuve. Acaricié su rostro, y le dije: "Desde ahora eres mi mujer," declaré.

Ella me miró, no con sorpresa, sino con una aceptación ardiente. Ambos sabíamos que este momento no era un cierre, sino el inicio de algo mucho más peligroso y adictivo. Era el arranque de una aventura clandestina de puro sexo salvaje y duro, una posesión sobre ella que se extendería a lo largo de los meses. Serían encuentros robados y, por supuesto, yo seguiré relatando cada uno de ellos.

PD: Si llegaste hasta aqui, sabes que me gusta interactuar con mis lectores, podemos comunicarnos a este corero:

[email protected] y gustoso de poder enviarte unas pruebas de lo ocurrido.

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