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La amiga del Colegio - Parte 1

Quince años no borraron la chispa que existía entre ustedes en el patio del colegio. Cuando ella llega a tu ciudad, el almuerzo es solo el preámbulo de lo que realmente desea que veas. ¿Esa foto fue un error o una invitación que no puedes ignorar?

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No fue un mensaje planeado, ni mucho menos esperado. Una tarde de Febrero deel 2024, mientras revisaba Instagram sin demasiada atención, apareció su nombre en la pantalla: Nory. Por un instante dudé si realmente era ella. Quince años son mucho tiempo. Su foto de perfil mostraba una sonrisa casi idéntica a la de aquellos días del último año de escuela, aunque el brillo en su mirada tenía ahora una madurez distinta, más segura, más serena… y, de algún modo, más provocadora.

Le mandé un saludo con una mezcla de sorpresa y curiosidad. La conversación fluyó con una naturalidad que me desconcertó. Entre risas y recuerdos, fue como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y nos devolviera a ese patio estudiantil donde hablábamos de cualquier cosa, sin pensar que un día dejaríamos de vernos o cuando la veía sentada en su pequeño escritorio unipersonal con las piernas cruzadas y su blusita blanca del colegio.

Nory seguía siendo igual de encantadora, con esa manera de llenar los silencios que antes me fascinaba. Me contó de su trabajo, de su vida, de su familia. Mencionó a su esposo con una naturalidad distante, sin demasiados detalles, y no pude evitar sentir un leve nudo en el estómago. No era celos, sino una especie de conciencia del límite.

Las charlas se volvieron frecuentes. Al principio eran mensajes esporádicos, pero poco a poco la costumbre nos fue envolviendo. Había algo en su forma de escribir, en cómo recordaba cosas mínimas de nuestra adolescencia, que encendía una chispa distinta,. Y pasamos del Instagram al whatsapp para mayor fluidez de conversación. Asi pasaron los meses hasta que ella anunciaba que venia de visita unos días a mi ciudad, ya que ella vive a unos 800 km. En la capital.

Cuando propuse que nos viéramos a almorzar, ella aceptó casi sin pensarlo. El día acordado me encontré frente al espejo más tiempo del que hubiera querido admitir, intentando disimular los años y mantener la calma.

El restaurante elegido fue uno de comida Mexicana en mi ciudad, con ventanales amplios y luz cálida. La vi llegar desde la distancia: blanca, cabello castaño que caía en ondas suaves sobre los hombros, movimientos seguros. Su sonrisa me alcanzó antes que sus pasos, y el aire pareció quedarse suspendido unos segundos. Ella apareció con un estilo que parecía pensado para desarmar recuerdos. Llevaba unos jeans azules que delineaban su figura con naturalidad y un top blanco cubierto por un blazer celeste, sencillo pero perfectamente elegido. Había algo en su forma de caminar, en la seguridad con la que se movía, que me resultó hipnótico. Ya no era la chica de colegio que recordaba; frente a mí estaba una mujer con una presencia serena, elegante… y peligrosamente atractiva.

El primer abrazo bastó para reactivar todo. La charla fue fluida, cargada de risas, silencios y miradas que decían más de lo que ninguno se animaba a poner en palabras.

Cuando llegaron las bebidas a la mesa, entendí que nada volvería a ser exactamente igual. No habíamos hablado de nada “importante”, pero todo lo esencial estaba dicho en lo que callábamos.

Ese día terminó ahí, ella tenia que viajar en la noche a su ciudad, con su familia y a lo mismo de siempre.

Pero al siguiente dia recibí un mensaje suyo. Era una de esas fotos que solo pueden verse una vez… y bastó con uno para dejarme sin aire.

Ella estaba de espaldas, las manos apoyadas contra la pared, la cabeza girada apenas hacia un costado, con una casaca de mezclilla hasta su cintura y una tanga negra Calvin Klein. Su silueta era una provocación en sí misma: firme, delineada, imposible de olvidar. Mostrando sus nalgas blancas y deliciosas.

Me quedé quieto, con el corazón acelerado y la mente desbordada por la imagen. Al instante apareció otro mensaje: “Disculpa, esa foto no era para ti”.

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