El encuentro - 02
Las cortinas abiertas son la primera invitación. Desde la otra ventana, la mirada ya no es un juego, es una promesa. Esta noche, el mar cubrirá sus voces y la arena ocultará sus cuerpos, pero el deseo no se esconde.
Llegamos casi al tiempo a la sala de desayuno, y como siempre detrás de Jorge a la mesa que él escogió y justo nada mas sentarnos apareció Armand con su mujer: - perdonad, está ocupado? Noooo, -adelante. Todo perfecto y según lo planeado. Nos presentamos y desayunamos entre conversaciones anécdotas y risas, y me pude dar cuenta de que Jorge en realidad no había reconocido al voyeur de la ventana de enfrente.
Fue muy fácil quedar para pasar un día de playa, a ellos también le gustaba el mar, eran de costa mientras que para nosotros, de tierra adentro, era la ocasión de disfrutar de aquello unos pocos días al año, y no queríamos perder la oportunidad.
Quedamos a una hora para salir juntos, a una cerca del hotel, que se podía ir andando y nos retiramos cada uno a su habitación. De nuevo dejamos todo abierto, las cortinas descorridas y el sol iluminando por completo la estancia, mientras que era difícil ver las ventanas de enfrente al tener el sol de cara y todavía muy bajo.
Y yo hice lo de siempre, me desnudé al lado de la cama, donde había colocado lo que me iba a poner y de espaldas me puse la braguita del bikini, y estuve pensando un rato, pero al final me coloqué también el sujetador y encima un vestido playero que se ponía por arriba y empecé a colocar las cosas en la bolsa de paja que llevaríamos, mientras Jorge agarraba una sillas y la sombrilla y quedamos listos para partir.
- creo que ahora tienes dos admiradores, el de siempre y otro un par de balcones mas allá.
- no creo que ese pueda ver mucho desde allí.
- no, pero si esto sigue así, vamos a tener que vender entradas.
- o cerrar las cortinas, no?
- nooo, está bien así, es verdad que a lo mejor el de mas allá no puede ver nada. Por cierto, te has puesto el sujetador, parece…
- sí. Bueno… es que no se si está bien que enseñe el pecho a la gente que vemos todo el día aquí, y en las comidas.
- si tú te animas, a lo mejor su mujer también se anima, y así lo pasamos todos bien. Seguro que a él le gusta.
No lo sabes tú bien, pensé para mí. Puedes estar seguro que le gusta. Ya verás que sorpresa cuando te enteres quien es el vecino voyeur. Todo esto lo hablábamos mientras yo recogía las cosas de playa, y al volver la vista hacia enfrente, los dos pudimos ver a una persona desnuda hacer algo por allí, en la habitación, esta vez con las ventanas descorridas como nosotros, y colocando la ropa antes de ponerse el bañador.
- bueno, parece que no solo mira, también te ofrece vistas para corresponder…
- jajajaja, me basta con ver a uno desnudo, no necesito mas.
- nunca digas eso, vete tú a saber si la ocasión se presenta.
- no habrá ocasión.
No estaba yo muy convencida de eso, la verdad. Lo había pensado toda la noche. Si había accedido a ir a ese lugar y vernos, era claramente una cita, a la que no podíamos acudir mas que acompañados de nuestras parejas, por lo tanto yo tenía claro que era muy probable que algo pasaría; aun no sabía cómo ni cuándo, pero seguro que Armand lo había propuesto con el único fin de conseguir algo de esa mujer que le gustaba y con la que había congeniado desde que empezamos las primeras epístolas. Y su insistencia en vernos en algún sitio, en conocernos en persona, tenía un propósito bien claro, por mas que yo me hiciese la despistada, o la inocente.
Cuando llegamos al hall ya estaban esperando y sonrieron cuando aparecimos cargados de bolsas, sillas y demás bártulos, pero tuvieron la discreción de no decir nada y echamos a andar camino de la playa que nos habían indicado en recepción. Era un día precioso, nada de viento y el mar calmado como si fuera un plato, las olas apenas rompían en la playa, llegaban y se disolvían, desparecían, y se podía ver el fondo, cubierto de arena fina en la orilla y guijarros más gruesos mar adentro.
Encontramos un sitio cómodo, no muy lejos del agua, pero no tan cerca que la gente molestase al pasar y fuimos colocando todo. Ellos enseguida estaban, solo quitarse la camiseta y se echaron a correr al agua, dejándonos a nosotras colocar todo, ponernos la crema solar y la gorra para la cara y al final nos tumbamos al sol, mientras ellos nadaban y chapoteaban como críos.
Cuando nos dejaron solas y tranquilas, y ella se tumbó, se quito con tranquilidad el sujetador, con lo cual desparecieron los temores que yo tenía y me pude quedar también en topless, y así las dos, con las tetas al aire, tuvimos que aguantar las salpicaduras de agua con que nos obsequiaron a su vuelta pretendiendo hacer una gracia.
Estábamos hablando de nuestras cosas, donde vivíamos, que nos gustaba y esas cosas cuando aparecieron por el cielo de pronto un grupo de cuatro aviones, casi pegados entre sí, haciendo maniobras y piruetas, y clara se irguió para ver el espectáculo casi emocionada. Jorge sabía de eso, y yo creo que algo había tramado al sugerir ese hotel, porque enseguida dijo que estaban ensayando para un festival que habría en unos días en una base cercana.
Y allí se pusieron los dos a hablar entusiasmados, sobre tipos de aviones, lo que hacían, velocidades y otras cosas que a mí ya me tenían casi aburridas de tanto oírlas: era su gran afición. Miré a Armand, que hizo el mismo gesto que yo: estos están locos, y me levanté para ir al agua y dejarles con su tema y lógicamente, Armand me imitó y me siguió hasta el agua.
Entramos hasta que el agua nos llegó al pecho, había que alejarse bastante porque allí el fondo era muy bajo, apenas cubría, y casi no se podía ni nadar por falta de profundidad, miramos hacia la playa y ellos seguían en sus cosas.
- tenemos que vernos algún día sin tanta compañía.
- los podemos matar y esconder sus cuerpos bajo la arena.
- ja ja ja, vale. No, en serio, me gustaría tenerte sola para mí un día entero, poderte conocerte bien y a fondo, sin estar pendientes de cómo comportarse con tanta gente.
- o sea, que tu lo que quieres es follarme, no?
- acaso lo dudas, ja ja ja. Por supuesto, pero antes me gustaría besar todo tu cuerpo, lamer esa grieta que tienes ahí abajo, y hundir mi cara dentro, y saborear todo ese néctar que se oculta ahí dentro, y…
- para, para. Vas a conseguir que me ponga colorada.
Se acerco a mí, mis tetas flotando eran una tentación y de espaldas a ellos por si miraban por casualidad, me sujetó de la cintura y comenzó a morder esa carne blandita, chupaba los pezones y besaba por toda ella, mientras me acercaba con las manos en el culo hasta pegarme a él y que sintiera la calentura que llevaba bien evidente cuando mi vientre quedó pegado al suyo.
- uhmmm, es con esto que lo vas a hacer?
- esto no es nada aun para lo que te espera.
Estaba lanzado y me gustaba, había dado el primer paso y es lo que yo estaba esperando, porque en el fondo lo deseaba, quería seguir con el juego que empezamos hace tanto tiempo, pero ahora en carne y hueso, porque eso parecía la enorme herramienta que toqué bajo el agua cuando la acerqué a su bañador.
Sentí su mano entrar por la parte superior del bikini, bajándolo un poco para llegar hasta mi intimidad, pero preferí pararle los pies: aunque estuvieran charlando, seguro que desde la arena estarían también viéndonos y ya llevábamos un buen rato demasiado juntitos para ser solo una casualidad o un golpe de agua que nos hubiera acercado.
- vamos a la playa, creo que nos miraban ya demasiado, y es mejor no darles pistas.
Ella seguía conversando, y parecía que él también, muy centrados en su tema, pero la mirada que me echó era una mezcla de curiosidad o interrogación, casi pícara y sentía que me ponía colorada al darme cuenta que me había descubierto retozando en el agua, o por lo menos había captado algo que podía dar a entender cosas equivocas en dos personas que se acaban de conocer.
Fue llegando más gente, con sombrillas y neveras, y poco a poco la conversación fue decayendo mientras mirábamos como la playa iba poblándose y los chiquillos gritaban y corrían, y las madres les llamaban a voces para que no se metieran al agua, y los padres hablaban de pie, aun vestidos de sus cosas, o seguro del futbol o del trabajo, porque ponían demasiado ardor en la conversación, casi discusión.
Yo me había bajado el bikini, hasta casi justo el comienzo del pelillo, para dejar más piel al descubierto y ponerme más morena, Armand me había enviado un gesto apreciativo y Jorge miraba con curiosidad a Clara, rubia y alta, supongo que comparándola conmigo, aunque yo sabía que solo era una mirada apreciativa. No era un hombre mujeriego, ni dado a buscar compañía por ahí, y presumía de que conmigo tenia de sobra y no necesitaba nada, aunque más bien al revés, algunas actitudes suyas, sugerían que parecía no importarle que yo me luciera o fuera objeto de las miradas de otros hombres, no siempre curiosas o de estimación, como era esta vez su caso, sino mas bien lujuriosas,
Cuando alguno de los hombres que estaban más cerca comenzaron airarnos las tetas más o menos disimuladamente o lo escaso de mi braguita recogida en exceso, y cuchicheaban mirándonos, pensé que ya iba siendo hora de recoger y regresar al hotel para ir arreglándonos para la comida.
Ya nos volvimos a sentar a la misma mesa, por supuesto, la gente ya se había ido colocando con afines y podía decirse que todos íbamos siempre al mismo sitio, y los demás lo respetaban, y ahí, mientras comíamos decidimos los cuatro que lo mejor era no ir esta tarde a la playa, y o bien hacer la siesta en la habitación y salir a la noche, o tomar el sol en la piscina o en la pradera bajo un árbol y cerca de los apartamentos.
Jorge y yo bajamos a la pradera de debajo de casa, agarramos un par de tumbonas y nos colocamos a la sombra de un gran pino a leer y descansar, cuando al cabo de un rato apareció Armand, y al vernos tomó también una hamaca de las que había por allí y se puso al lado de Jorge.
Yo estaba medio adormilada, les oía sin prestar mucha atención y según entendía le estaba animando a acompañarle al festival aéreo, seria todo el día, pero valía la pena y a Armand responder que él no era muy aficionado a esas cosas multitudinarias y al ruido, aunque a su mujer si le gustaba, a lo mejor ella estaba deseando ir y no se atrevía a proponerlo. No sé que mas tramaban, pero parece que al final, Armand acabó encontrando la solución y que además servía para sus planes.
Le propondría a su mujer que fuese con Jorge, los dos disfrutarían del evento, y él se quedaría conmigo, para hacerme compañía o buscaría otra excursión que pudiéramos hacer para pasar el día sin echarles mucho de menos, y así todos estábamos contentos y hacíamos lo que nos gustaba.
Jorge me miraba, mientras acordaban este plan, pero yo me hacia la dormida, no quería intervenir, ni mostrar demasiado entusiasmo, así que quedaron en preguntarnos a las dos que opinábamos y entonces decidirían que hacer, todavía quedaban dos días.
Luego decidieron ir a la noche a un chiringuito que había en la playa, un poco separado de donde fuimos esta mañana, tomar allí algo aprovechando el fresco de la noche y el murmullo del mar y regresar a dormir cuando nos apeteciera o cerrasen.
Cuando regresamos a la habitación empezamos la exhibición de siempre, yo ya ni preguntaba, directamente me colocaba delante del balcón, me quitaba el bikini y me alejaba desnuda hacia el baño, mientras Jorge colocaba todo un poco y buscaba qué ponerse para la cena. Y enfrente como ya empezaba a ser costumbre también, Armand en bolas miraba todo ese trasiego y agarraba los primaticos cuando yo entraba en la ducha para no perder detalle, y ahí, yo me colocaba bien frente a la ventana para facilitarle las cosas.
- te gusta que te vea el vecino, no?
Me descolocó oír esto justo cuando salía de la ducha, aun sin taparme, con la toalla en la mano. No sé si me asusté creyendo que había visto quien era el mirón, o me estaba echando en cara algo, cuando siempre era él quien me pedía que fuera atrevida.
- siempre me estás dando la vara con eso, y ahora que tengo un voyeur casi fijo, pensé que era lo que buscabas.
- no, si me parece bien, pero es como si te estuviera esperando, y ya ni disimula.
- bueno, es muy fácil. Cierra las cortinas cuando le veas. Yo no voy a cambiar mis costumbres porque haya por ahí un tío que le gusta mirar. Además, a lo mejor no mira hacia aquí, lo mismo en el apartamento de al lado hay alguien mejor que yo. No creo que le guste a nadie esta vieja.
- pues yo creo que esta vieja está buenísima y yo, si viviera enfrente, no me cansaría nunca de mirarte.
Bueno, era lo de siempre, todo estaba en orden. Así que me vestí para bajar a cenar, teniendo en cuenta que luego bajaríamos a la playa al chiringuito, a ver si estaba abierto, para disfrutar del mar y unas copas con tranquilidad.
Hacía buenísimo y aunque era un poco caro, no cabía duda que era bueno y generoso en las copas, no tanto hielo como hacían en el bar y más bebida, que al final era lo que pagabas. Y ya casi a medianoche, cuando nos avisaron que iban a cerrar ya, nos fuimos todos de común acuerdo hacia la orilla del agua, para pasear con los pies descalzos hasta que llegásemos hacia el lugar donde empezaba el camino del hotel.
Y tal vez fuera la bebida que estaba más cargada de lo acostumbrado, o lo bueno que hacia la noche, que Jorge propuso bañarnos. Todos pensamos lo mismo, y alguien dijo: pero… y la respuesta que suponíamos: dejaros de bañadores y las tonterías de siempre, vamos allá.
Y sin dudarlo se quitó todo y se metió en el agua, y a continuación Armand y Clara y yo, ya repuesta de mi asombro, dejé toda la ropa en un montoncito y les seguí chapoteando, y dando grititos por lo fresco del agua. No les veía, solo les oía a un costado y me dirigí hacia allí, cuando apareció Armand y me arrojo al agua, donde apenas me cubría, mojándome todo el pelo.
- estate quieto, no seas loco
- chistt, calla, están un poco más adentro, no nos ven.
Estaba sobre mí, acostado totalmente encima, sentía su cuerpo sobre el mío moviéndose cuando nos alcanzaba alguna ola, y su polla sobre el vientre, ganando dureza con el contacto y el deseo del momento. Restregaba su pecho contra el mío, sentía el vello sobre las tetas arañando y excitando las puntas, que enseguida se pusieron duras como piedras, a pesar del temor que me invadía a que nos vieran lo otros. Al final, se retiró aun lado, girando sobre sí mismo y quedó tumbado a un costado, algo separados y en buen momento, porque se veía a parecer a los otros, cada uno por un sitio, llamándonos bajito
Alcé la mano, para guiarles y se acercaron dando saltitos y salpicando.
- que hacéis aquí
- dormir - respondí yo.
Se estaba a gusto, y ahí quedamos los cuatro, mirando el cielo mientras el agua subía y bajaba, nos cubría un poco y se retiraba y solo escuchando el sonido del mar ir y venir sin parar en su eterno movimiento. Me levanté al sentir fresco, un aire ligero aumentaba la sensación de frio, y no era bueno seguir allí sin haber traído nada para secarnos.
Entre risas caminamos desnudos, con la ropa en la mano, tapándonos un poco cuando nos cruzamos con dos parejas jóvenes que se dirigían al agua, posiblemente a lo mismo que nosotros y anduvimos todo el camino de tablas hasta llegar a las primeras casas, donde no nos quedó más remedio que parar y vestirnos para poder entrar en el hotel.
Estábamos ya casi secos, pero aun así la ropa se pegaba. No me pude poner las bragas, se enrollaban al llegar a los muslos, de modo que con ellas de la mano, cruzamos todo el hall y nos fuimos cada uno a su apartamento. Había sido una velada divertida.
* * *
Íbamos avanzando poco a poco, parecíamos dos cómplices urdiendo una trama de espionaje, y lo bueno es que todo parecía natural, nada premeditado. Nos caímos bien los cuatro cuando hablábamos en el desayuno, éramos casi de la misma edad y habíamos pasado la época de las escuelas rígidas, de no poder hablar de muchas cosas, pero sobre todo del desconocimiento de tantos temas que ahora nos parecían casi chiquilladas.
María José seguía con la costumbre, que yo no sabía si también tenía en su casa, de dejar las cortinas y las ventanas abiertas y era todo un espectáculo, que yo intentaba no perderme, porque ya sabía que cuando entraba en su habitación, se quitaba todo y se iba a la ducha.
Y al fin pude acercarme y tocarla cuando nos fuimos al agua y dejamos a los otros dos entusiasmados con unos aviones que habían aparecido por allí, de no se sabía dónde, pero que evolucionaron un buen rato por encima de nuestras cabezas, y aunque a mí me gustaba, tal vez no tanto como a Clara, empezó a surgir en mi cabeza un plan para estar por lo menos un día juntos y tener al fin una jornada de intimidad sin levantar sospechas.
Después de comer, ya en la habitación y mientras nos echamos un rato a descansar antes de ver el plan del día, le pregunté a mi mujer si de verdad le gustaba tanto el festival, porque no urdíamos un plan para hacer que acompañase a Jorge y María José a verlo, a mi no me importaba quedarme ese día solo, ya buscaría un entretenimiento, o con ir a la playa a nadar un rato, me sobraba.
- no crees que es un poco descarado pedirles que les acompañe?
- no, ya lo haremos para que sean ellos los que te inviten
Ya lo hablaría yo con María José para que Jorge gentilmente la invitase al ver su interés, aunque antes debería dejar claro que ella no iría. Quedaban todavía unos cuantos días, no había que precipitarse.
Mientras hablaban y miraban el cielo, habíamos estado escuchando sin participar, hasta que vi que María José se levantaba muy decidida, con las tetas bamboleándose mientras se dirigía hacia el agua, y vi la oportunidad de estar un rato a solas casi, e intentar algo.
Fueron unos instantes, segundos casi, que pude tocar su pecho, besar cuando sobresalían del agua y tocar esa piel blandita y suave e inmediatamente sentí formarse el bulto dentro del bañador que declaraba mi estado de excitación.
Era algo animal la atracción que sentía por ella, tal vez por el recuerdo de esos ratos nocturnos hablando de todo, pero principalmente de cosas relativa al sexo, yo provocando y ella respondiendo sin pudor, o llamándome atrevido cuando decía algo más fuerte, pero siempre aceptando y riendo mis ocurrencias. Y ahora estaba aquí a mi alcance y era como yo había pensado e imaginado, y como la veía en las fotos que de vez en cuando me enviaba.
Veía a mi mujer, con el pecho al aire también, tal y como las habíamos encontrado al regresar de darnos un chapuzón, hablando con Jorge animadamente y pensé que lo que sentía por ella no tenía que ver con esto. Cuando miraba a María José casi desnuda recreaba las situaciones nocturnas en esas charlas siempre provocadoras, como decía: era algo animal, deseo carnal, y en aquellas veladas mi carne respondía en el acto, igual que me estaba pasando aquí y en los momentos en que la veía desnuda en la terraza, fuera de mi alcance pero provocadora y excitante, tanto en sus acciones como antes con sus palabras.
Y a la noche, desnudo sobre ella en la oscuridad, oyendo casi a los otros chapotear y dar grititos de alegría al sentir el agua fría en la piel, yo me sentía ardiendo, sentía una urgencia que no era amor: era deseo, era la urgencia de sentirla, de tocarla, de poseerla.
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