De Madrid a Buenos Aires
A 10.000 metros de altura, en la oscuridad de la clase preferente, la etiqueta profesional se desvanece. José y Susana saben que nadie los ve, pero la azafata del cava sí. ¿Hasta dónde llegarán cuando el avión cruza el Atlántico?
- ¡Que tenga usted un buen vuelo!
Pese a que a lo largo de mi vida había cogido decenas, quizá cientos, de vuelos, no dejaba de sorprenderme la amabilidad que las azafatas de acceso a la zona preferente de Iberia tenían con los pasajeros. Sonrientes, irradiando una simpatía impresionante, era una forma excelente de iniciar un nuevo y largo viaje, uno más, en este caso un viaje de trabajo que me llevaba desde Madrid a Buenos Aires.
Tenía por delante casi trece horas de vuelo, bastantes papeles de trabajo que mirar y un par de libros que quería releer.
Como viajaba con frecuencia en vuelos transatlánticos, solía coger vuelos nocturnos, pues hacían mucho más corto el trayecto. En ese tipo de vuelos, viajando en clase preferente, la mayor parte de los pasajeros suelen ser señores maduros, la mayor parte empresarios o directivos, a los que en el despegue se les puede ver tomar alguna pastilla para dormir. Por suerte yo tengo un sueño excelente, y acostumbro a probar casi toda la carta de vinos que ofrecen durante el vuelo, por lo que no suelo tener problemas para dormir el tiempo que desee.
- Señor, ¿una copita de cava?- la misma azafata que me había saludo a la entrada se inclinaba hacia mí con una copa en una mano, y una botella de cava en la otra, dispuesta a servirme.
- Por supuesto, cómo negarme. El cava y los vinos son lo mejor del vuelo…bueno, los vinos… y azafatas como usted- la dije sonriendo y mirándola fijamente a los ojos.
Noté cómo se ruborizaba, pero sonrió y mirándome también fijamente a los ojos, movió su boca y gesticulando, sin pronunciar, me dijo “gracias”. Era una mujer muy atractiva, de unos cuarenta años, perfectamente arreglada y maquillada, vestida con su traje de azafata muy ceñido al cuerpo. Sirvió al pasajero que estaba delante de mí y se giró para volver a sonreírme. Creo que de alguna manera ese coqueteo había hecho que la azafata se fijara en mi.
Aparentemente iba a volar sin compañero, así que dejé algunos papeles en el asiento que estaba a mi lado, próximo a la ventanilla, encendí mi portátil, y comencé a trabajar.
Estaba absorto en el trabajo cuando me di cuenta que a mi lado, de pie, se encontraba una persona colocando algún objeto en el portamaletas superior.
- Vaya lío, siempre me cuesta un montón subir mis cosas a estos portamaletas tan altos…- comentó mientras me sonreía.
- Déjeme que la ayude – le dije inmediatamente mientras me ponía de pie. Cogí sus cosas, dos o tres bultos, y los coloqué en el portamaletas.
- Creo que voy a ser su compañera de vuelo – me dijo. – Me llamo Susana. Encantada.
Caramba con Susana. Era una mujer preciosa. Unos 45 años, rubia, media melena. Llevaba puesto un vestido estampado muy ceñido, medias blancas y unos zapatos de tacón espectaculares. Al ayudarla a subir los objetos, había percibido el olor de su perfume, Prada, maravilloso.
- Me, me…me llamo José, encantado. Sí, creo que vamos a ser compañeros de vuelo. Déjeme que aparte estos papeles, ya pensaba que iba a volar sin compañía, pero visto lo visto, excelente, sí, espere, que ya los retiro… - estaba nervioso, y se me notaba. Me había quedado mirándola mientras ella se presentaba, y lo había percibido. Qué corte.
- Bueno José, tranquilo, no te apures, a ver si se te va a caer algún papel.
La situación era un poquito cómica. Yo, el ejecutivo con nervios de acero, acostumbrado a estresantes reuniones de negocios, estaba nervioso por el simple hecho de quedarme en fuera de juego ante un bellezón el mujer que iba a ser mi compañera de vuelo.
Terminé de ordenar los papeles, nos sentamos y comenzamos a charlar. Mientras el avión despagaba me contó que era española, pero que vivía en Buenos Aires porque estaba expatriada allí junto a su marido. Intentaba venir a España cada dos o tres meses, y que no era infrecuente que volara sin su marido. Él tenía mucho trabajo, muchas preocupaciones, y, en su opinión, lamentablemente ella hacía tiempo había dejado de ser una preocupación para él.
La azafata del comienzo se acercó a preguntarnos por el menú de la cena. Al fijarse en mi compañera se puso seria. La sonreí.
Durante la cena seguimos charlando, y bebiendo. Susana era una excelente conocedora de vinos. Los fuimos catando uno a uno, valorándolos y comparándolos con otras referencias que conocíamos. Me contó que en Chile había descubierto algunos vinos estupendos, y no lejos de Santiago conocía alguna bodega espectacular. Quizás algún día, en alguno de mis viajes, podría acompañarme a conocer esa bodega…
Apagaron las luces. Encendí de nuevo el ordenador y me dispuse a trabajar. Susana había encendido la luz de su asiento y había abierto su libro. De pronto lo dejó, se levantó y cogiendo su neceser se acercó al lavabo. Seguí con mi tarea. Al cabo de un rato regresó. Mi sorpresa fue mayúscula. En el aseo, entre otras cosas, se había quitado las medias. Para acceder a su asiento tuvo que pasar a escasos centímetros de mí. Su cintura pasó frente a mi cabeza.
El vino y la visión hicieron su efecto. Me había puesto caliente. Me levanté ahora yo, dispuesto a ir al aseo. Al levantarme ella levantó su mirada, fijándose en mi erección. Me miró. Sonrió. Ninguno de los dos dijimos nada, pero ambos teníamos la sensación de que podía ser un vuelo diferente.
Al volver del lavabo encontré a Susana sentada, con las piernas apoyadas en el asiento, que había inclinado ligeramente hacia atrás. Al verme llegar separó ligeramente las piernas, mientras me miraba. No se veía nada, pero me pareció percibir toda una insinuación. Si le ocurría como a mí, Susana me deseaba.
Mientras me sentaba en mi asiento dejé que viera mi erección.
- Si me permites que te lo diga, tienes unas piernas preciosas – dije mientras me sentaba.
- ¿Eso crees? – contestó mientras, a la vez que me miraba, con sus pies se quitaba los zapatos de tacón. – Ya no son como cuando tenía veinte años, pero sí, creo que no están tan mal.
Hablábamos casi en susurros. Puse mi mano encima de su rodilla. La acaricié. Susana no se movió, me miraba. Acerqué mis labios a su boca y la besé. Nos dimos un largo beso, mientras con mi mano acariciaba su pierna. Era extremadamente suave. Nuestras lenguas jugaban, fue un beso apasionado. Paré un segundo y miré a mi alrededor. Aparentemente las pastillas habían hecho su efecto. Todo el pasaje de la zona preferente dormía, y no había ninguna luz encendida.
Continué besando a Susana, y acariciando su pierna. Mi mano subió hasta su cintura, mientras ella acariciaba mi pecho. Me desabrochó unos botones, y comenzó a acariciarme el pecho por debajo de la camisa. Mi mano bajó de nuevo hasta sus piernas. Las separé ligeramente, y comencé a acariciar sus muslos. Susana suspiraba. Comenzó a lamer mis pezones en el preciso momento en que mi mano comenzó a acariciar su sexo por encima de su ropita interior. Notaba que llevaba unas braguitas suaves, probablemente de seda, que notaba empapadas.
Sentía cómo Susana gemía. Apretaba su boca contra mi pecho, lamiendo y mordisqueando mis pezones, pero a cada caricia de mis dedos sobre su sexo apretaba su cara contra mi pecho para que el resto del pasaje no la escuchara gemir. Separé sus braguitas con mis dedos y comencé a acariciarla directamente en el clítoris, mientras con mi otra mano, la izquierda, levanté completamente la faldita y comencé a acariciar su precioso trasero. Estaba ligeramente rasurada, y tremendamente mojada. Acompasaba mis caricias a su clítoris con las caricias alrededor de su culito y besos y mordiscos a su cuello.
Susana llevó su mano a mi miembro. Comenzó a acariciarme por encima del pantalón, que estaba a punto de estallar. Como buenamente pudo me desabrochó el cinturón y los botones del pantalón, bajó mi cremallera y comenzó a acariciarlo por encima de mi bóxer. Lo notaba mojado. Sus labios comenzaron a bajar por mi pecho, por mi abdomen, hasta aproximarse a mi bóxer, que separó para agarrar mi sexo con su mano y llevársela a la boca. Comenzó a lamerme despacito, mientras levantaba su mirada para intentar cruzarse con la mía. Ummmmmm. La sensación era increíble. Susana sabía acompasar el ritmo de su mano con su boca, y comenzamos un juego en el que cuando ella se introducía mi miembro en su boca, yo con la mano derecha introducía un dedo en su coñito y con la izquierda un dedo humedecido se introducía despacito en su culito. Subíamos y bajábamos, discretamente, ocultos por la oscuridad del lugar.
Decidí incorporarme y tumbar a Susana boca arriba en su asiento. Me arrodillé delante de ella, y cubriéndome con una manta comencé a lamer su coño, que estaba completamente húmedo. Mi lengua subía y bajaba por su raja, jugando con su clítoris, introduciéndose ligeramente en su vagina, levantando sus muslos para lamer su culito. A la vez mis dedos jugaban allí donde no estaba mi lengua. Susana apretaba con sus manos mi cabeza contra su pubis, la notaba completamente fuera de sí. Ella misma comenzó a frotarse contra mi cara, cada vez más fuerte, hasta que un intenso orgasmo la llenó por completo, clavando sus uñas sobre mi cabeza para contener sus deseos de gemir y de gritar.
Continué lamiéndola despacito y besando sus muslos, mientras notaba cómo su cuerpo se iba relajando. Mis manos acariciaban sus piernas, sus pies. Despacito. Entonces me incorporé, y acerqué mi sexo a su boca. Susana me miró.
- José, quiero que me lo des todo. Absolutamente todo – dijo llevándosela a su boca.
El que Susana susurrara esas palabras terminó de ponerme a mil. Agarré mi miembro con mi mano y la acerqué a su boca. Susana sacó su lengua y, comenzó a mirarme fijamente, acariciando mis testículos con sus manos. Mientras, yo me acariciaba. Estaba absolutamente excitado, por lo que al sentir el aliento de Susana sobre mi cuerpo tuve un orgasmo intensísimo. Mi leche salió despedida con fuerza, y en mucha cantidad, pues estaba realmente caliente. Cayó sobre mi mano y la lengua y boca de Susana, que continuaba acercando su lengua.
Cuando terminamos, nos limpiamos como buenamente pudimos y me reincorporé en mi asiento. Levanté la cabeza, para ver si alguien se había percatado de lo que acababa de suceder. La azafata del cava nos miraba desde el fondo de la zona preferente. Y sonreía.
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