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Priscila y el viejo payaso de la feria - PARTE 6

Bajo la corona de reina, Priscila cree tener el control absoluto. Pero detrás del telón, el viejo payaso que creyó humillar la tiene atada a sus cuerdas. No es una historia de venganza, sino de rendición ante lo más oscuro: cuando la víctima descubre que disfruta del asco.

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La emoción vibra en el aire… Estoy caliente, húmeda. No se trata de ganar, sino de saborear mi morbo. Retos inesperadamente fáciles… diseñados para excitarlo, no para vencerlo. ¿Por qué? El poder ya era mío… el juego, solo un pretexto…

Cero a uno, iba perdiendo… Pero estaba lejos de quebrarme, aun dominaba todo, no solo el juego sino también a las personas que iban cayendo en mi red…

…Volví a entrar con las demás, ahí estaba Nicole, apenas me vio le cambió el gesto, sentía alivio y me entregó el traje de baño para la última pasarela. Mientras me cambiaba conversábamos.

—Pri, donde estabas

—Salí a tomar aire

—Ok, bueno… Afuera están Raúl y Esteban, te están esperando.

—¿Para qué?

—Vamos a trabajar en un evento la próxima semana, es una fiesta de gala. Ellos me dijeron que tu les habías dicho que yo tome la decisión por ti, y para no dar mas vueltas al asunto, así lo hice. Serás la acompañante de Raúl, ya que es soltero, bueno divorciado. Esteban ira con su esposa.

Me puse una bata para cubrirme y salí para encontrarme con ellos... Raúl y Esteban charlaban en voz baja, pero al verme, se enderezaron con esa mezcla de respeto y deseo que me encantaba provocar.

—Ahí viene la estrella de la feria —dijo Esteban, devorándome con la mirada.

—Y mi futura acompañante de gala —agregó Raúl, guiñándome el ojo con descaro —Ya tengo en mente un par de vestidos. Me encantan los escotes profundos… y si hay una abertura larga en la pierna, mejor. Me harás ver como un ganador.

—Mmm… suena como una noche prometedora —respondí con una sonrisa lenta, bajando ligeramente el tono de voz —¿Seguro que solo quieres que me vista para impresionar... o para provocar?

—¿Por qué no ambos? —dijo Raúl, relamiéndose los labios —Va a haber empresarios, políticos, gente muy influyente… todos se van a fijar en ti, pero no se atreverán siquiera a acercarse demasiado.

—Claro, porque ante ellos, soy solo tuya —Raúl sonrió

—Así es Priscila, esa noche serás mía —Su rostro dibujaba un deseo contenido, el doble sentido lo excitaba.

—¿Y qué haremos después? —pregunté, siguiéndole el juego

—¿Después?

—Si, la fiesta continuará entre nosotros ¿o no? —Se miraron entre ellos algo confundidos

—Si, si… por supuesto Priscila —Dijo Raúl con una gran sonrisa.

Esteban soltó una carcajada nerviosa: —Despacho a mi esposa temprano y me apunto… puedo ser muy útil.

—Uy… que rico —dije, lamiéndome el labio inferior con sutileza —Voy a tener a dos

Raúl se inclinó hacia mí con descaro:

—La vamos a pasar rico preciosa. Te vas a acordar de esa noche durante semanas.

—¿Ah sí? —jugueteé con el borde de mi bata empuñándola para que se viera algo mas de mis piernas —Me encanta cuando los hombres hacen promesas… que no pueden cumplir.

Las risas fluyeron entre los tres. Se sentían ganadores, seguros, listos para tenerme. Justo entonces, me enderecé y cambié el tono. Era hora de ganarles el juego, la cachetada frustrada de hace unos minutos que ahora la lanzaba, no con la mano, sino con mis palabras.

—Aunque… quizás no pueda acompañarlos.

Raúl frunció el ceño, sorprendido. —¿Cómo que no? Nicole nos dijo que estabas libre.

—Sí, pero surgió algo. Un compromiso más… personal… íntimo.

Esteban movió la cabeza, confuso: —¿Íntimo?

—Ajá, una cita —asentí con una sonrisa maliciosa —con Gerardo

Raúl levantó las cejas, tenso: —¿Gerardo? ¿Ese perdedor?

—No seas cruel… me gusta. Tiene algo. Tal vez no lo noten ustedes porque no los mira como a mí. Pero cuando me ve… uy, siento que me desarma. —Me ventilé con una mano suspirando

—Pero ¿cómo vas a preferir a ese tipo? Es un pobre diablo

—Ay, Esteban… Prefiero una noche donde alguien me desee de verdad… no solo me presuma.

Ambos se miraron, totalmente desconcertados. Raúl intentó mantener la compostura, pero sus manos temblaban.

—Así que lo siento, chicos. Este finde… me dedicaré solo a complacer a mi amorcito.

—Espera, Priscila —Raúl se apresuró, la voz quebrada, los ojos brillando de nervios —Vamos, ven conmigo. Deja a ese tonto. Una mujer como tú merece más. Puedes tener a quien quieras. ¿Por qué ese… feo?

—Porque ese “feo” —dije, dibujando las comillas con los dedos —sabe cómo tratarme. Por eso me gusta… complacerlo.

Me incliné entre ellos, el rostro a centímetros de sus oídos, y susurré, caliente, húmeda, como confesándoles un secreto que con seguridad, los marcaría:

—Soy su esclava… —giré el rostro al oído de Esteban —me lo da suave… —ahora hacia el oído de Raúl —y a veces, fuerte…

Los dos hombres quedaban tiesos ya con la mente imaginando en lo que les relataba, continué con una voz sensual, casi gimiendo:

—Me lame entera, como un gatito con su leche: lento, obsesivo, sin dejar un rincón descuidado. No hay un centímetro de mi piel que no conozca el sabor de su saliva… Por las mañanas lo despierto dándole pequeños besitos en la punta de su miembro. Luego el lo introduce dentro de mi boca, no aguanto las ganas y se lo chupo desesperada… y como premio, me hace arrodillar… Y me llena la cara con su líquido caliente que se desliza desde mi frente… por mis tetas… hasta chorrear entre mis piernas. Ahí es donde me siento mas feliz que nunca. Porque solo vivo… para satisfacerlo, para que mi amorcito me use.

Y con una sonrisa dulce, me di la vuelta y antes de ingresar al vestuario, dejé que mi bata resbalara apenas por un hombro, mostrando parte de la piel que no les pertenecía.

El silencio detrás de mí era puro fuego contenido. Tomé mi celular, ya sabía cuál sería el próximo reto para el viejo payaso… y esta vez, jugaría con fuego, pues dejé que mi excitación me supere, el reto no sería difícil. De hecho, el viejo lo disfrutaría, me dejé llevar por el morbo. Por la idea de saber cómo dejé a esos dos tipos, esos que se creían dueños de todo, al borde del colapso, tragando en seco su propia arrogancia, celosos…

Comencé a escribir:

—Reto: Te arde la idea de que me miren otros, ¿verdad? Vamos a empujarte al límite, mi descarado payasito. ¿Te acuerdas de esos dos empresarios que no me sacaban los ojos de encima? Pues quiero que vayas con ellos. Acércate, háblales de mí… pero no como si me conocieras. Les dirás que conseguiste una foto mía de alguna forma. Y les mostrarás las fotos en topless que te envié, hazlo con descaro. Chantajéalos. Pídeles una suma importante de dinero. Yo ya los dejé sedientos de mí, babeando como tontos… estoy segura de que pagarán.

—Castigo: ¿Recuerdas esa vez que te declaraste a Gerardo frente a todos? Pues harás lo mismo… pero con uno de ellos. El que yo elija. 💋

Después me dirigí con Nicole. La siguiente pasarela ya estaba a punto de empezar, me quité la bata lista para deslumbrar una vez más. Dos piezas: un bikini de tono rosado intenso. El sujetador levantaba mis pechos y las bragas diminutas, se adornaban con un encaje de seda transparente que caía sobre mis caderas formando una faldita, decorativa, inútil. Para rematar, una liguilla del mismo color abrazaba mi muslo derecho, tacos negros y altos tipo charol con plataforma muy alta, solo para expertas de la pasarela. Todas vestíamos así, una indicación clara de los organizadores y su mente morbosa. A lado de mi tanga sujetada con un ganchito, el número que servía para indicar la votación a los jueces, el mío “10.”

Cuando llegó mi turno, sentí que el aire cambiaba… no exagero. Era como si el ambiente se tensara, como si la temperatura subiera varios grados, solo para poder sentir mejor la temperatura de mi cuerpo. Los vi a todos desde el inicio de la pasarela: Raúl, Esteban, Gerardo... y el viejo payaso, con esa sonrisa torcida, hambrienta, devorándome con los ojos como si ya me tuviera entre sus brazos.

Avancé, lenta, firme, con una gran sonrisa dirigida a todo el público. Cada paso resonando en el suelo como si estuviera pisando una alfombra roja. Me detuve al final de la pasarela, pero no me fui. Me quedé ahí. Inmóvil y provocativa, como un castigo para ellos al saberme tan lejana... pero un regalo para los demás. El público entero contuvo el aliento, con ninguna otra chica había pasado, conmigo sí: se levantaron, sacaron celulares, encendieron flashes. Ya no era un desfile: era un culto y, yo era la diosa.

Ese momento me pertenecía y saboreaba el caos que había provocado. Di media vuelta y comencé a caminar de regreso con un ritmo pausado, casi letal. Ahora la intención en mis glúteos que se veían tras la diminuta faldita de seda transparente. En la mitad del camino me giré de nuevo. Algunos hombres, al borde de la pasarela, con las bocas abiertas, eran solo criaturas movidas por su instinto más básico, desesperados.

Y entonces lo detuve todo.

Junté las piernas, firmes… y doblé mi torso hacia adelante, una pausa inesperada. Apoyé una mano en mi rodilla, los dedos hundidos en la piel, coqueta. Sabía exactamente lo que provocaba: el arqueo de mi espalda, la tensión en mis muslos, el modo en que la tela del bikini se estiraba sobre mis caderas y senos, amenazando con romperse. Llevé la otra mano a mis labios y soplé un beso al aire que se sintió en todo el ambiente.

Me incorporé, ajusté la cadera a un costado suficiente para acentuar la cintura que más de uno soñaba lamer, morder, recorrer con los dientes antes que con la lengua. Mi piel se tensó y mi respiración se contuvo. Y sonreí mirando a un costado.

Sin palabras… no hacía falta. Gerardo, Raúl, Esteban, el viejo payaso y todos los demás presentes ya lo habían hecho… Me habían desnudado con la mirada, me habían penetrado sin tocarme, erecciones húmedas e inevitables en sus pantalones.

Dejé que sus ojos me hagan suya un poco más mientras caminaba al inicio de la pasarela, solo un poco antes de desaparecer dando un último giro elegante y estirando las piernas dando pasos largos haciendo que no puedan detenerme. Lo suficiente para que se queden con hambre.

En la pasada final, cuando las modelos desfilaron una a una, yo cerré el cuadro. Como debe ser. Sabía que había ganado, nadie me igualaba.

Dentro el vestidor crucé entre las participantes, saqué el celular y vi el mensaje que esperaba:

—Priscila, mi amor me estás destruyendo, ya terminemos con esto. Estoy dispuesto a todo

—Te paso el audio del último reto, fue difícil porque no me gusta compartirte, pero ellos tendrán las fotos, mientras yo tendré a la verdadera… Todos hablan de ti. Ya ganaste el concurso, pero, ¿me vas a ganar también a mí?

–Reto cumplido!! 😈🤡

Enseguida el audio como evidencia. Le di play. Me llevé el celular al oído mientras las otras se iban arreglando. Yo, sentada, con las piernas cruzadas, el bikini húmedo por la emoción, y ese audio reproduciéndose…

El ambiente de fondo: pasos, murmullos. Entonces la voz del payaso, iniciando la conversación con Raúl y Esteban, justo antes de mi última aparición:

—Disculpen… los vi bastante atentos en la pasarela. En especial con la rubia… ¿Les gustó el espectáculo?

—¿Y qué quieres vos?

—Digamos que… conseguí algo privado. Muy privado. De ella.

Silencio…

—¿De qué estás hablando?

—Fotos. En varias poses. Claras. Muy... generosas. Ustedes la vieron brillar allá arriba. Yo tengo lo que viene después.

—Estás bromeando

—¿Quieren ver una? No tienen que quedársela... solo miren. Gratis.

(Se escucha un murmullo apenas audible, como un jadeo breve.)

—No jodas…

—Es ella… sí es ella… mierda…

—¿De dónde sacaste esto?

—Eso no importa. Lo que importa es que ustedes las quieren. Y yo puedo venderles el paquete completo

El audio terminaba después de un largo silencio, debajo otro audio, enviado recientemente, a tan solo un par de minutos. Ya después de la pasarela, mientras se elegia a las finalistas, pues las voces de los presentadores se podían escuchar:

—¿Cuánto?

—Cincuenta mil. Cada uno. Transferencia directa. Sin preguntas.

—La puta madre… Es mucho… ¿Es real esto?

—¿Quieren el resto o no? Solo mírenla, que rica que está

—Si carajo, pero no es por eso. Esa perra nos debe una… ¿Cómo conseguiste eso?

—No pregunten. Cincuenta mil cada uno y tienen todo

—¿Cuántas fotos son?

—Solo unas cuantas en topless. Es todo lo que pude conseguir. Pero tengo un video

—¿Video? Danos un momento.

—Rápido. No son los únicos interesados.

—Está bien. Cincuenta mil cada uno.

—Bien hecho, caballeros. Se los mando en un rato.

—Más te vale que valga la pena.

El audio se corta después de unos segundos. Debajo, seguido, el payaso adjuntaba capturas de pantalla donde enviaba el material a cada uno a través de WhatsApp. Mientras me imaginaba a Raúl y Esteban disfrutando de mis fotos en topless y me permití saborear el momento.

Otra sonrisa en mis labios…. Y escribí:

—Mi payasito, reto cumplido, vas ganando, estás muy cerca de tocar la gloria, pero ahora toca el otro reto. Será muy rico como siempre 💋

—Reto:

—Primero, irás con Esteban y Raúl. Te acercarás a ellos con la promesa de que tu “misterioso amigo secreto” ha conseguido más material mío. Les dirás que la entrega será tras el escenario, en la pausa cuando los jueces estén deliberando para elegir a la ganadora

—Después, buscarás a Gerardo. Le mostrarás una sola foto mía en topless. Será el anzuelo. Le dirás que si quiere más, si quiere ser el primero en recibir el resto, debe ir detrás del escenario, también en la pausa cuando los jueces estén deliberando para elegir a la ganadora

—Deben reunirse los tres... Solo entonces tu reto estará cumplido.

—Castigo: Declara tu amor una vez mas a Gerardo, pero esta vez debes besarlo. 😈

Al terminar de escribir suspiré aliviada, con soltura. Sabía que el reto no era difícil y el castigo era demasiado.

Ya nos organizaban para salir, para escuchar la decisión de los jueces

—Se te va a salir todo —Me dijo Nicole apareciendo mientras jalaba las copas del sostén hacia arriba sin lograr acomodarlo.

Salimos todas en fila, colocándonos una al lado de otra, los dos animadores anunciaron que ya tenían en los sobres de las finalistas.

Comenzaron a nombrar a la primera, luego a la segunda y finamente se escuchó —Y la tercera finalista…. ¡Priscila!

Entonces vino la pausa… Nos retiramos todas, se venia otro numero musical para que los jueces deliberen a la ganadora.

En el vestuario, las felicitaciones llovían, abrazos falsos y sonrisas fingidas, pero yo ya no estaba ahí. Pedí permiso con una sonrisa distraída, busqué mi bata y mientras me la colocaba, mis dedos ya estaban en el celular.

Nada. Aún… nada. Salí…

Miré al público. Los asientos de Raúl y Esteban: vacíos. El de Gerardo también. Entonces llegó el audio:

—Así es, amigos. Mi contacto tiene más. Alguien muy cercano a la rubia.

—¿Y cuánto pide?

—No mucho. Lo hace más por placer. Puede conseguir fotos de quien quieras.

—Queremos de Priscila. Solo de ella.

—Muy bien. Citaremos a mi contacto en la siguiente pasusa. Él está aquí… pendiente de ella, por supuesto.

—Perfecto. Más te vale que no sea una de tus payasadas.

(risas nerviosas)

—No juego con esto, señores. Ya tenemos a la rubia. Será nuestra.

—¿Y quién dijo que tú eres digno? No eres más que un viejo ridículo.

(risas del payaso: agudas y burlonas)

Ni bien terminó… llegó el segundo.

—Que no molestes, idiota. Déjame ver.

(al fondo: “¡Y la primera finalista es…!” la multitud estalla, la música sube, los silbidos fuertes)

—Por favor, Gerardo, era solo una broma, un reto…

—Ándate, mierda. Es la última advertencia. Déjame ver.

(“La segunda finalista…”)

—Ok, pero antes déjame compensarte…

—¿Quieres verla mejor?

—Que te muevas imbécil

(“Y la tercera finalista… ¡Priscila Madison!” aplausos, gritos, euforia)

—¡Vamos! ¡La más rica! ¡Qué bon bon es esta hembra!

—Mira…

—¡Carajo, ya estoy harto!

(golpes secos, reales, el sonido de un puño)

—Mira… mira… ¡miraaaaa!

—¿Qué carajos…? ¿Pri… Prisci… la? ¿De dónde sacaste esto?

—Sé que la rubia te gusta. Tengo unos amigos que tienen más de esto.

—No jodas… ¿en serio?

—Nos reuniremos tras el escenario cuando llegue la siguiente pausa. En solo cinco minutos. Cuando las modelos… desaparezcan.

—¿Qué? ¿hay más?

—Síiii. Somos fans de ella. Compartiremos más. Dame tu WhatsApp. Te dejo esta foto… como señal de paz.

—Ok, ok… Entonces en cinco minutos estoy ahí. Más te vale que cumplas.

(un resoplido. Silencio. Fin.)

Nicole me hablaba (algo sobre protocolo, sobre sonrisas, sobre deberes de reina) pero la corté en seco. Afuera, otra canción estallaba.

—Pero Pri, ¡debes cambiarte!… ¿A dónde vas?

—Enseguida vuelvo —dije, ya caminando y desapareciendo ante sus ojos que se quedaban desorientados.

Caminé hasta detrás del escenario, al lugar citado. Me acerqué con cuidado. Ahí estaban, los dos empresarios, expectantes, mirando el móvil, quizá repasando las fotos que el viejo payaso les había pasado… y yo los observaba, oculta, con una sonrisa ansiosa.

Detrás de ellos, Gerardo apareció con los ojos entrecerrados, la mandíbula apretada, el puño ya listo antes de hablar.

—¿Ustedes? —escupió, la voz baja, peligrosa.

—Gerardo… jaja, no me digas… —rió Raúl con sorpresa y con los ojos brillando de morbo.

—Son los contactos del payaso.

—Sí… vinimos por el material de Priscila.

—Son unos mierdas —balbució Gerardo, mirándolos como cucarachas —Pero todo sea por ella. Me rebajaré a su nivel.

—Jaja, ¿mierdas nosotros? —Esteban se inclinó hacia adelante —Tú eres el que prostituye a tu novia.

—¿Qué tiene que ver mi novia en esto? —Gerardo dio un paso al frente, los músculos tensos —Miren, no tengo tiempo. Vamos al grano… ¿cuánto?

—Pues… tú dirás.

—¿Cómo?

—¿Cuánto por las fotos de la perrita?

—Bueno… les ofrezco cien dólares.

—¿Por foto?

—Es mucho.

—¿Por qué no mejor nos las regalas, entonces?

—¿De qué estás hablando, Raúl? ¿Te estás burlando?

La tensión subió, y yo lo disfrutaba. Cada palabra, cada amenaza, cada jadeo contenido. Era mi obra. y ellos… mis actores favoritos.

—Qué espectáculo armaste, cariño… —la voz del payaso, grasienta y áspera apareció a mi lado como una cucaracha rastrera —Ahora entiendo… solo los usabas. Qué sucia… qué perversa eres, justo como me gusta. Ellos se disputan tus fotos, tus tetas pixeladas… pero yo… yo tendré las reales. Qué rico, amor… ya déjalos.

Su mano, arrugada y ansiosa se lanzó hacia mi cintura temblando. Lo empujé fuerte.

—Falta aún. Cálmate.

—El reto está cumplido —insistió, la voz ronca, los ojos clavados en mi escote —No sé qué tramas, pero yo cumplí, ahí tienes a los tres reunidos… Ahora reclamaré mi premio. Carajo, qué rica estás… quítate esa bata.

Volvió a acercarse y otra vez lo rechacé con la palma abierta y la mirada fría.

Me sentía impaciente. “¿Por qué tardan?” dije entre dientes... Mi pie marcaba el ritmo contra el suelo unos pequeños zapateos nerviosos, tacones golpeando el piso. Y entonces… sucedió.

Mi boca se curvó lenta y deliciosa.

—Mira esto, payasito… —dije con la voz suave —¿Listo para el espectáculo?

Salí de mi escondite hasta quedar frente a los tres. Ellos se giraron confundidos y sorprendidos, con los celulares aún en mano, con mis tetas aún en sus pantallas. Detrás de ellos… los policías.

—Son ellos —dije con firmeza —Comparten material mío. Sin mi consentimiento.

Los policías inspeccionaron los celulares y encontraron las pruebas, las copias, los chats, las promesas sucias. Sin palabras, sin gritos, solo el clic metálico de las esposas cerrándose. Raúl, Esteban, Gerardo —los tres protestando: “¡El payaso! ¡Fue el payaso!”. Pero ya no importaba. El sistema no escucha excusas, solo hechos. Y los hechos… estaban en sus pantallas. Se los llevaron así, esposados, humillados, arrastrando sus zapatos sobre el suelo, frente a los curiosos de la feria, frente a los vendedores de globos y algodón de azúcar.

Me pidieron que los acompañara. “Para formalizar la denuncia.” Asentí.

—En cuanto me desocupe —dije, y la frase no encontró resistencia.

Quedé a solas con él, con el viejo. Con el viejo payaso de la feria. Con el que creía que había ganado. Ya se lamía los labios antes de tocar, ya se corrió en su mente antes de ver, ya me poseía con los ojos como si yo fuera un trofeo que se merecía por jugar sucio.

Me miraba con orgullo, con esa sonrisa amplia, grasienta, satisfecha… como si mi piel ya le perteneciera. Como si mis pechos… ya fueran suyos.

Era hora… hora de cumplir mi promesa. Justo ahí, detrás del escenario, entre fierros oxidados, cables sueltos y el eco lejano de la feria ajena a la situación.

Deslicé los dedos por la bata lenta y deliberadamente Como desenvolviendo un regalo. Estiré la tela abriéndola… Y ahí estaba: el bikini rosa neón que usé para el desfile, para las cámaras que me devoraban. Ahora frente a él, solo a él.

Los senos, firmes, altos, ofrecidos, la piel brillando bajo la luz de un reflector roto, las caderas quietas… esperando.

El payaso se relamió, la lengua húmeda asomando entre los labios, los ojos vidriosos, la respiración agitada. Como un perro al que le muestran un hueso… pero no se lo dan.

—Mis pechos están listos para cumplir —dije, la voz serena —¡Adelante!

Y la palabra resonaron entre los fierros.

El payaso, embobado, se acercó tembloroso, los ojos desorbitados como si acabara de ver el cielo y el infierno al mismo tiempo, las manos sudadas, inestables, la erección ya marcando un bulto obsceno bajo la tela brillante de su traje de payaso, ridículo, patético, casi cómico si no fuera tan asqueroso. Su boca abierta a solo 50 centímetros de mí, jadeando como un perro en celo, listo para morder lo que creía suyo.

Y entonces, unas manos lo tocaron por el hombro. Firmes, jóvenes y traicioneras. Él ni siquiera se había percatado. Porque detrás de él, sus antiguos compinches, esos adolescentes payasos que antes le reían las bromas sucias, ahora lo miraban con ojos fríos, calculadores, hambrientos de algo más que risas.

Lo emboscaron sin piedad, lo agarraron por los brazos mientras él gritaba, forcejeaba, suplicaba. Y yo lo miré, serena, inmóvil, con la bata entreabierta, dejando que sus ojos capturaran por última vez lo que jamás tocaría. Él me miró con ojos desorbitados, incrédulo, como si el mundo se le derrumbara. Porque creía que estaba a punto de tocar la gloria, de hundir sus dedos en mis pechos, de saborear lo prohibido… y ahora lo levantaban, lo arrastraban, lo humillaban frente a quienes antes lo seguían.

Fue fácil persuadir a esos calenturientos adolescentes. Bastó una promesa. Una sola, dulce como venenosa: “Átenlo bajo el escenario, que nadie lo oiga, que no logre tocarme… y no solo les mostraré los pechos una vez más, sino que dejaré que tomen fotos, todas las que quieran, por un minuto. Un minuto de gloria…” Y ellos, idiotas, ansiosos, obedecieron como perros bien entrenados, porque sabían que un minuto de mí valía más que toda una vida de él.

Fue una estrategia calculada y perfecta. Como siempre, la que dirigía todo era la zorra. La Priscila interior. La que habló por mí todo el tiempo. La que guio mis dedos al escribir cada mensaje, la que eligió cada palabra, cada pausa, cada mirada. Todo estaba planeado, sin margen para el error. Quería a todos esos tipejos deseándome con lujuria, pero sintiéndome inalcanzable. Especialmente a ese asqueroso viejo que creía tener alguna oportunidad. Que creía que estaba a solo un reto, a un solo paso de acceder a mis encantos… ¡Nunca!

Su seguridad era asquerosamente vulgar. Obscena ¡patética! ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo podía siquiera imaginar que yo, una modelo de pasarela, la más alta, la más rubia, la más deseada, la que hace que los reflectores se inclinen cuando entra, iba a permitir que sus dedos arrugados, sus uñas amarillas, su aliento pesado, rozaran ni un centímetro de mi piel? ¡Imposible!

Le arrancaron la ropa hasta dejarlo en calzones, esos ridículos calzones de payaso con corazones rojos que antes hacían reír y ahora solo daban pena: viejo, decrépito, bajo, arrugado, con la piel colgando como una bandera derrotada. Tan patético que ya no daba risa. Daba asco. Daba lástima.

Me dirigí a él, aun con la bata entreabierta, dejando que el aire frío acariciara lo que él jamás tendría. Con soberbia, con burla y con ganas de humillarlo:

—Querías una puta, te di una diosa… Querías humillarme y te dejé arrodillado… Querías controlarme… y ahora, ni siquiera sabes cómo mirarme sin temblar.

Su cara, agitada, congestionada, los ojos llorosos, la boca muda, atado entre los fierros bajo el escenario. La música y la bulla de afuera ahogando sus quejidos, sus súplicas, su vergüenza. Giré sobre mis pies, lenta, deliberada, y ahí estaban mis nuevos secuaces: ansiosos, temblorosos, con los celulares ya en mano, listos para su minuto de gloria. Saqué mi celular, encendí la pantalla, mostré el cronómetro ya corriendo, y dije, suave, letal:

—Tiene exactamente un minuto

De espaldas al viejo, deslicé la bata por mis hombros, dejando que la tela resbalara solo para los otros. Luego, con los dedos, estiré el sujetador hacia abajo y liberé mis senos al aire frío. Él no podía verlos. Solo imaginarlos. Solo escuchar el jadeo colectivo de los jovenzuelos frente a mí, cuyas caras se descompusieron en una mezcla de asombro, lujuria y desesperación. Los celulares temblaban en sus manos, capturando cada centímetro, cada sombra, cada temblor de piel bajo la luz sucia. Las erecciones eran inevitables, casi sincronizadas, y uno de ellos, el más ansioso, el más bruto, sacó su miembro sin pudor, masturbándose frenético, los ojos clavados en mis pezones, luchando entre tocarse y no perder ni un fotograma del espectáculo. Lenguas afuera, frentes perladas de sudor, pupilas dilatadas… versus mis pechos erguidos, firmes, desafiantes, apuntando al techo, siendo el centro del universo.

Giré la cabeza, lenta, cruel, retando al viejo payaso atado y humillado. Su cuerpo decrépito, encogido entre los fierros, me incitó aún más. No por lástima, por placer perverso. Así que llevé mis manos a mis pechos y los sacudí, juguetona, obscena, exagerando cada rebote, cada curva, cada temblor carnal. Él gruñó, protestó, forcejeó contra las cuerdas, a punto de llorar, de suplicar, de vomitar su impotencia.

El minuto pasó volando. No di un segundo más. Cumplí… nada más y nada menos. Acomodé mis encantos de vuelta en el sujetador y me cubrí con la bata, anudándola en la cintura como si acabara de salir de un spa, no de una escena de dominación psicológica.

—Listo, amorcitos —dije, mientras caminaba, los tacones marcando el ritmo de mi victoria. Solo escuché murmullos cansados, jadeos rotos, respiraciones agotadas.

El viejo gritaba a mis espaldas, desgarrado, patético: —¡Priscila!... ¡Mi amoooor… Priscila!!!! ¡No te vayas! —Pero ya no era mi nombre lo que gritaba. Era su derrota.

Llegué al vestuario. Nicole me recibió con los nervios a flor de piel.

—Priscila, ¿dónde carajo estabas? Estoy harta de tu actitud, todo el día… no sé qué te ocurre

—Tranquila —dije, y le di una suave caricia en la mejilla —Ya terminé.

—¿Terminaste? —repitió, confundida, sin entender. Dejé caer la bata a mis pies, y comencé a ponerme el vestido

—Me vas ayudar o solo te quedarás mirando —la reté. Negando con la cabeza se limitó a ayudarme una vez mas a ponerme el vestido de gala, ese rojo ajustado.

La música dejó de sonar… Llegó la hora, salimos las tres finalistas. Miré los asientos vacíos de los empresarios, de Gerardo. El payaso tampoco aparecía por ningún lugar, pues estaba debajo de todo, debajo de mi, como siempre debió estar…

El momento se alargó, dirigido por los presentadores, como en cualquier concurso de belleza. Primero anunciaron a la que quedó en segundo lugar.

Luego el momento culminante ante una música de tamboreo, la cara de mi contrincante parecía resignada. Y cuando los presentadores anunciaron mi nombre “¡Priscila Madison, nuestra nueva reina!” la música sonó mas fuerte, los aplausos audibles. Pero sobre todo la dulce sensación de que él oía, de que el payaso escuchaba mi victoria sabiéndose derrotado. Era un premio doble, una corona de reina de la feria y otra de reina del juego.

Cuando los reflectores me envolvieron como un manto sagrado, el micrófono llegó a mis manos y el silencio se hizo para escucharme:

—Muchas gracias… —mi voz se deslizó por el micrófono como seda, suave por fuera, filosa por dentro —Esta corona dice que gané… pero lo que realmente me coronó… fue saber como manejar la situación… Cuándo abrirme… sin entregar… El premio no era subirme al escenario… el verdadero trofeo… era dominar. Y la victoria… no es la que se celebra con una corona. Es la que saboreas por dentro. En secreto... en silencio…

Y mientras el público estallaba en aplausos, yo bajé la mirada, solo un instante, hacia el suelo del escenario. Sabía que él aún estaba ahí: atado, callado, desesperado. Y que cada palabra mia, cada paso que daba sobre esas tablas… era un pisotón en su dignidad.

Y eso… eso era lo más dulce de todo. Supe que este era el final perfecto.

— ✦ —

Pero no es lo que esperabas ¿verdad cariño?… y lo admito: Yo tampoco.

El juego aun no terminó... aquí manda quien sabe jugar… y nosotros, amor... tú y yo... jugamos para romper las reglas... Era hora de darle una merecida lección a esta zorra de feria.

Apenas terminó la música, salí saludando con la corona aún brillando bajo las luces. La fiesta continuaba en el escenario, otro grupo subía y la gente se amontonaba. Nicole me recibió con los brazos cruzados y ese gesto de resignación ante mi rebeldía espontánea del día.

—No sé qué demonios dijiste Pri, pero la gente igual aplaude —Reí con picardía.

—Están felices… y yo también —Le sujeté los labios, atrevida —No seas tan amargada.

—Pri… Seguramente te llamarán otra vez. Estate atenta

—Claro, jefa —contesté burlona.

—¿Has visto a Raúl y a Esteban? Qué raro que no aparezcan, siendo los organizadores.

—No, deben estar por ahí…

—Bueno, atenta ¿eh?, podrían llamarte en cualquier momento.

—Ok… —murmuré mientras ella salía.

Bajo el escenario, el viejo payaso se retorcía en vano, los nudos apretados, las cuerdas ajustadas a su piel arrugada. No había forma de soltarse. No con la bulla arriba, los gritos y la música, tendría que esperar. Cansado, sudando, con la boca seca y los ojos enrojecidos, bajó la cabeza. Las manos estiradas a los costados, atadas a dos fierros verticales. Los pies juntos, atádos. Inmóvil y derrotado. Un viejo terco, arrogante, grotesco, con los ojos siempre brillando de hambre… hambre de mirare, de tocarme, de poseerme.

Mis secuaces, que antes eran suyos, le habían quitado el traje de payaso quedando solo en ropa interior. Un short blanco y ridículo, con corazones rojos. Su torso desnudo… Flácido… Blanco como la tripa de un pescado muerto. Con manchas y con pelos grises en el pecho. Y aún así… aún así, el recuerdo de mi cuerpo lo excitaba, aun parecía tramar algo en su mente.

Lo supe… porque lo miraba sin que me notara… Me acerqué en silencio. Agazapada con el vestido de gala rojo, la corona de reina y la banda blanca de miss. Para presumirle… El celular en la mano derecha.

Cuando se dio cuenta de mi presencia, dió un pequeño salto. Mi silueta deslizándose como una diosa que baja al infierno solo para reírse de él… jadeó.

Fue un grito animal, áspero, húmedo, desesperado, como si su garganta se hubiera convertido en la boca de un perro encadenado al que le ponen un trozo de carne frente a los dientes y le niegan el mordisco.

—¡Priscilaaaa! —chilló, voz aguda, rasgada, babeando... en celo —¡Hermosa! ¡Solo un toque! ¡Solo un roce! ¡Cumple tu promesa, putita sagrada!

Forcejeó. Se retorció como una cucaracha boca arriba. Sus dedos arrugados y amarillos, con uñas largas y sucias, como garras arañaron el aire, buscándome, suplicándome, exigiéndome. Patético pero sublime.

—¿Quieres ver más? —le dije, la voz temblando… saboreando el placer retorcido —¿Crees que verdaderamente te lo mereces? ¿Crees, en serio, que esos dedos arrugados… esos dedos sucios… podrán alguna vez rozar mi piel?

Mientras hablaba, lo observé con sensualidad, levantando una ceja. Y ahí… bajo esos ridículos calzones de payaso, su miembro empezó a hincharse. Lento, vergonzoso jaja... Patético. ¿Se orinó un poco? Sí… Una mancha húmeda, oscura, se extendió por la tela blanca… marcando su derrota

—¡Claro que me lo merezco, maldita! —rugió, la voz quebrada entre risa histérica y llanto de frustración —¡Fui yo quien te enseño! ¡Sin mí, eres nada! ¡Nada!

Y entonces… disfrutando cada segundo de su agonía, rodeé mis pechos con un brazo, mientras con la otra mano, fui bajando el escote del vestido… hasta liberarlos.

Mis senos blancos, perfectos, redondos como frutas prohibidas, quedaron aprisionados contra mi torso… cubiertos… casi visibles… tentación pura. Tortura refinada.

—¡Baja esa mano!... ¡Un minuto dijiste! ¡Un minuto! —aulló, la saliva chorreándole por la barbilla —¡No soy un perro! ¡Soy el que te hizo temblar! ¡Mírame! ¡Mírame cómo te quiero! ¡Baja esa mano y déjame lamerte! ¡Solo un lametón! ¡Te lo suplico! ¡Te lo ordeno! ¡Soy tu payaso! ¡No me hagas esto! ¡No me humilles así! ¡Dame lo que me prometiste!... ¡HIJA DE PUTA!

Su respiración era un torbellino, entrecortada, jadeante, con la voz aguda y temblorosa, como si cada palabra le arrancara un pedazo de alma. El maquillaje, corrido se deslizaba por su frente, mezclándose con el sudor que brillaba bajo la tenue luz. Me inliné hacia adelante agrandando la vista de mis encantos, mis pezones rosados apenas asomaban sobre mi antebrazo.

Bajo ese ridículo short de corazones, su erección palpitaba, imposible de ignorar, una evidencia cruda de su desesperación. Forcejeaba contra las cuerdas, los ojos inyectados de sangre, ardientes, clavados en mí con una intensidad que quemaba.

—¡Si no me dejas tocarte, juro que grito! —rugió, su voz quebrándose entre la rabia y el deseo—. ¡Voy a contarle a todos lo que me prometiste, Priscila! ¡Diré que eres una diosa maldita, una puta que juega con viejos como yo! ¡Que te excita vernos suplicar, retorcernos de deseo! ¡Confiesa, maldita sea! ¿No estás mojada? ¿No te enciende verme así, al borde de la locura? ¡Habla, puta hermosa, habla!

Sus palabras eran dagas ardientes, y aunque lo negaba con una sonrisa, tocaban la verdad oculta en mi interior. Estaba ahí por el morbo, por esa danza prohibida entre su aspecto crudo y mi perfección. El contraste de su fealdad contra las curvas impecables de mi cuerpo me encendía. Mi silencio, deliberado, era un juego cruel que alimentaba su desesperación, y cada segundo de mi silencio lo hundía más en su tormento.

—¡Dame tus tetas, maldita! —gritó, su voz rota por la lujuria—. ¡Déjame devorarlas hasta que grites, hasta que te corras sobre mi cara de payaso! ¡Quiero tu piel, tu sudor, tu esencia! ¡BAJA ESA MANO CARAJO!

Me mordí el labio, dejando que el calor subiera por mi cuerpo, y con un movimiento lento, casi ritual, acomodé el celular en un fierro cercano, asegurándome de que él pueda ver la pantalla. Me aparté el cabello con un gesto sensual, dejándolo caer en mi espalda, y me arrodillé frente a él.

Con un movimiento lento, acerqué mi índice al cronómetro y lo activé. Solo entonces, con una lentitud que era pura provocación, fui bajano el brazo, dejando que mis senos, perfectos y desafiantes, se revelaran en toda su gloria.

—Disfruta, viejo sucio —susurré, mi voz cargada de una excitación que ya no podía ocultar, sintiendo el calor húmedo entre mis piernas —Aquí estoy… no me moveré. Tienes un minuto. Si logras liberarte… son tuyos.

Él jadeó, mi nombre escapó de sus labios como una súplica obscena, una voz apagada. Sus ojos, enrojecidos, vidriosos, enloquecidos, se aferraban a mis pechos como si fueran su salvación. Babeaba, reía, lloraba, todo a la vez, un espectáculo grotesco y fascinante que me tenía al borde de la lujuria.

—¿Qué pasa, mi dulce payasito? —ronroneé, inclinándome para que mis encantos colgaran hacia abajo, mi voz como un dulce veneno —Estoy esperando… toma lo que tanto deseas. Queda medio minuto.

—¡Acércate! —exigió, mientras forcejeaba con las cuerdas, los músculos tensos, los dedos temblando en un intento inútil de alcanzarme.

Obedecí, pero solo lo suficiente para torturarlo más. Acerqué uno de mis pechos a sus dedos atados, tan cerca que podía sentir el calor de su piel sin que llegara a tocarme. A un centímetro, sus dedos se retorcían, desesperados, rozando el aire con aspiración frustrada que me hizo sonreír. Luego, me senté sobre mis muslos, más cerca de su cara, mi cuerpo a su merced pero inalcanzable. Su cabeza se inclinó hacia adelante, la boca abierta, los labios húmedos, buscando lo que nunca podría tomar.

—Vamos… ¡lámeme! ¿No puedes? —susurré con una sonrisa provocadora, tomando mis pechos y levantandolos lentamente, dejando que la curva de mi piel lo hipnotizara. Su jadeo se volvió un rugido, y bajo ese ridículo short de corazones, una gran mancha húmeda y oscura traicionaba su derrota, su deseo desbordado.

Lo tenía exactamente donde lo quería: humillado, roto, suplicante. Y yo… yo estaba en mi elemento, sensual y expuesta, vulnerable, pero reinando con absoluto control. Sus ojos ardían, devorando mis pechos, y ese poder, esa danza de estar al borde del abismo sin caer, me encendía más allá de lo imaginable. Cada latido entre mis piernas era una confesión de mi propio juego. Pero era hora de rematarlo

—Diez, nueve… —anuncié, mi voz cargada de una burla seductora, cada número un golpe a su orgullo.

—¡No! —jadeó, con su voz como un lamento desesperado

—¿De verdad crees que dejaría que un viejo payaso asqueroso y decrépito como tú me toque? —repliqué, mi tono afilado, arrogante, cortando como un cuchillo —Nunca algo tuyo rozará algo mío… Cuatro, tres, dos...

Pero entonces lo sentí: un impacto descarado, pegajoso, repulsivo.... Un grito agudo y corto escapó de mi boca, mientras mis ojos bien abiertos bajaban incrédulos. Un chorro espeso y obsceno resbalaba por mi clavícula, profanando mi piel perfecta. La saliva del viejo, lenta y viscosa, sin pedir permiso dibujó un sendero ardiente alrededor de mi pecho derecho. El asco me golpeó como una ola, y solté un segundo grito, más agudo aún, rasgó el aire mientras sentía esa gota pesada deslizarse, marcándome.

Con manos temblorosas, tomé la banda de miss y me limpié frenéticamente, dando toques rápidos para borrar su rastro. Pero él, aprovechando mi desconcierto, actuó de nuevo. Otro escupitajo, caliente y ácido, aterrizó en mi mejilla, a un centimetro de mis labios. Grité otra vez, girando la cabeza, lo que hizo que mi pelo tambien se manche, mientras mi piel ardía bajo su marca.

Me aparté rápidamente, limpiándome con el otro extremo de la banda, el corazón desbocado. Acomodé mi vestido con un movimiento brusco y tiré la banda al suelo, como si quemara. Su voz aguda de payaso, fingida, esa la que siempre consigue perturbarme, llenó el ambiente.

—¿Ves, puta? —dijo, como uñas en una pizarra —No necesito manos para tocarte. ¡Ya te manché! ¡Ya te marqué! Mi baba en tu piel… es como si te hubiera lamido mil veces. ¡Mírame! ¡Deja que me corra en ti! ¡Por tu poder, por tu crueldad, por esa belleza que destruye! Soy un viejo de mierda, pero soy el único que sabe lo que realmente quieres.

Lo fulminé con una mirada de furia contenida, pero algo en mí, algo oscuro y traicionero, me empujó a acercarme de nuevo, desafiante.

—¡Ajá! —se burló, sus ojos brillando con una locura que me estremecía —¡Mírate, reina de la feria, diosa intocable, temblando por la baba de un viejo! ¡No te limpies! ¡Deja que mi saliva te cubra, que te consagre! Eres mía ahora, mi obra maestra, mi putita sagrada… ¡Acércate mas, voy a escupir en tu boca!

—¡Maldito hijo de perra! —solté, y en un impulso, le devolví el gesto. Mi escupitajo, pequeño, casi delicado, cayó sobre su rostro arrugado. No era como el suyo, no tenía esa experticia grotesca, pero era mi respuesta, mi intento de devolverle la humillación.

Y entonces… hizo lo impensable. Lo que solo un ser como él, un payaso podrido, un rey del asco, podía hacer. Saboreó mi saliva como si fuera un elixir divino, su lengua recorriendo su boca con una devoción enfermiza, como si mi gesto fuera una bendición. Sus ojos brillaban, extasiados.

—Gracias, Priscila —susurró, su voz un murmullo oscuro —Gracias por tu regalo. Ahora… somos uno. Mi saliva es tu perfume, y la tuya… mi néctar.

Su mirada, ardiente y segura, me atravesó. Mi pecho subía y bajaba con una respiración agitada e incontrolable, el eco de su saliva aún quemando mi piel, como si se hubiera grabado en mí, como si, tal como él decía, me hubiera marcado y ahora le pertenecía. Mis manos temblaban, el morbo palpitaba en cada rincón de mi cuerpo.

Y en ese instante... supe que el juego no habia terminado, que aun no habia ganado, de hecho... lo habia perdido

Mis dedos se deslizaron con una lentitud deliberada, rozando su pierna, subiendo por el borde de ese short ridículo, a centímetros de su miembro, que palpitaba con una urgencia casi obscena bajo la tela. Sentí la humedad empapada en mis yemas al arrugar el tejido y tirar de él hacia abajo, revelando por primera vez su pene: pequeño, grueso, morado, venoso, un contraste grotesco contra su piel flácida. No lo toqué, pero mis dedos continuaron su viaje, trazando la curva de su panza prominente, ascendiendo por su torso arrugado. La textura de su piel, floja y pegajosa, se mezclaba con gotas de sudor frío que resbalaban por sus pectorales caídos, un mapa de decadencia bajo mi tacto.

Sus ojos, me seguían con una devoción animal, como si yo fuera una diosa profanando un altar putrefacto. Mi mano llegó a su boca, y con un gesto lento, formé una bandeja con mi palma. Él lo entendió al instante. Abrió los labios, sacó la lengua, y dejó caer una saliva caliente, espesa, burbujeante. La recogí temblorosa, sosteniéndola con cuidado para no derramarla.

Me senté sobre mis muslos, mis ojos fijos en los suyos por un instante, cargados de una tensión eléctrica. Luego, bajé la vista. Con la otra mano, apreté el escote de mi vestido, deslizándolo con una lentitud, liberando nuevamente mis senos, perfectos y desafiantes. Y entonces, con un movimiento casi ceremonial, derramé su saliva sobre mi pezón derecho.

Gemí... No pude evitarlo. El sonido escapó de mis labios, agonizante. Una confesión que no quería admitir: No estaba ahí para presumirle mi victoria... estaba ahi para castigar a la zorra derrotada.

Mis dedos comenzaron a frotar, dibujando círculos lentos y sensuales, mientras el calor de su baba se fundía con mi piel. El morbo me atravesó como un relámpago sucio, haciéndome estremecer. Mis glúteos se contrajeron, mi clítoris palpitó, y entre mis piernas, el calor húmedo era una evidencia innegable de mi excitación. Estaba empapada. Por él. Por su repugnancia. Por este juego enfermo que me consumía.

Mis mano amasaba con crudeza, resbaladiza, como si pretendiera auto ordeñarme. Él se retorcía, su miembro pequeño, erecto, ridículo, pero feroz, goteaba apuntando hacia mí como un cañon cargado listo para disparar.

—¡Sí, Priscila! —su voz aguda —¡Frotaa! ¡Frota esa mierda en tus tetas! ¡Hazlas brillar con mi podredumbre! ¡Eres mía, más mía que nunca!

El sonido húmedo de mi mano al frotar, mezclado con mis gemidos cortos, agudos, vergonzosos pero deliciosos, era una sinfonía perversa que lo enloquecía. Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y triunfo, como si hubiera conquistado algo sagrado. Cuando sentí que la saliva comenzaba a desvanecerse, evaporándose en mi piel, estiré mi mano otra vez, buscando más. El frío en mi pecho, donde la humedad aún persistía, me hacía arder. Esta vez, mi índice se deslizó dentro de su boca. Él lo chupó con una devoción obscena, sus labios aprisionándolo con fuerza. Luego volví a mi ritual: con una mano apreté mi pecho izquierdo, como si fuera a ordeñarlo, y con el dedo empapado de su saliva, acaricié mi pezón, mirándolo fijamente, mi boca entreabierta entre gemidos tenues.

La saliva se desvanecía otra vez, y yo… quería más. Necesitaba más.

Me acerqué, esta vez al alcance de su boca, estaba lista dejarme probar. Él jadeaba como una máquina a punto de colapsar, su aliento caliente y errático llenando el espacio entre nosotros. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su respiración rozándome. Sus manos atadas temblaban, inútiles, pero sus ojos, enrojecidos y fijos eran un arma mucho más peligrosa. Abrió la boca lentamente, no para morder ni chupar, sino para… respirarme. Aspiró mi aroma, una mezcla embriagadora de sudor, su saliva y mi perfume femenino. Y entonces, el maldito sopló.

Un soplo caliente, húmedo, deliberadamente lento, directo sobre mi pezón aún brillante por su baba. Lo vi endurecerse más, temblar como nunca antes. Gemí, mi voz quebrada, rendida: —Uy… sí… así…

Él no me tocó. Solo lamió el aire, a un milímetro de mi piel, su aliento acariciando mi pezón con una precisión cruel. Y susurró, con una voz ronca, íntima, como si compartiera un secreto prohibido:

—¿Sabes por qué no te toco? Porque si lo hago, saciaré tu morbo, y tú… tú seguirás creyendo que ganaste. Que puedes subir al escenario con tu corona y olvidar esto. Pero no podrás, Priscila. Soy tu sombra podrida… y te encanta. ¡Quiero que te rindas! ¡Que lo pidas! ¡Que lo grites!

Sus palabras se clavaron en mí, y el calor entre mis piernas se volvió insoportable. Mi pecho subía y bajaba, mi respiración era un caos. Su saliva aún quemaba en mi piel, como un tatuaje invisible, y en ese momento, supe que este juego ya no tenía vuelta atrás. Era la zorra atrapada en un baile grotesco, y yo… no quería parar.

No pude resistir más. El calor de su soplo, esa ceremonia de poder que me envolvía, su desesperación vibrando en el aire… todo me derritió. Mi voz, suplicante, rota por el deseo, escapó de mis labios como un gemido:

—¡Quiero tu lengua en mi piel… quiero amamantar tu deseo! ¡Chupa mis tetas, maldito!

Era la rendición que el payasito había estado esperando, el trofeo que anhelaba. Mi pecho subía y bajaba, agitado, mientras me movía hacia él con una urgencia que no podía controlar. Me acerqué a sus pies, desaté las cuerdas con dedos temblorosos, luego liberé una mano, después la otra. Estaba libre. Libre para reclamarme.

Tomé mi celular, tan solo para avivar el morbo, para hacer este momento aún más prohibido. Puse el cronómetro en cero, mis ojos hallando los suyos, agrandados, hambrientos. Me mordí el labio, dejando que el deseo hablara por mí.

—Cobra tu premio, payasito… Tienes un minuto —susurré, pulsando el botón en la pantalla, los segundos pasaban…

Me arrodillé frente a él, tomando mis pechos con ambas manos desde abajo, elevándolos, juntándolos como una ofrenda divina bajo la luz sucia. La corona de reina aún brillaba en mi cabeza, pero allí, arrodillada, él era mi verdadero rey, mi emperador grotesco.

Su respiración se detuvo, sus ojos se abrieron como si viera un milagro. Su boca se entreabrió, la lengua colgando como la de un animal en celo. Y entonces… estalló.

Su nariz se hundió en el valle prohibido entre mis pechos, un santuario que profanaba con cada respiración como si intentara absorberme con su nariz. Sus labios, viejos, húmedos, arrugados, besaban, lamían, mordían, chupaban… primero uno, luego el otro, luego ambos a la vez. Sus manos diminutas, ahora libres, temblorosas y sucias, agarraron mis senos con una fuerza desesperada, apretándolos, deformándolos, ofreciéndolos a su boca como si fueran el fruto prohibido. Babeaba, gemía, lloraba, reía… todo al mismo tiempo, un caos de emociones que me envolvía.

Con un gruñido animal, devoró mi pezón izquierdo como si fuera su última comida. Mordió suavemente al principio, luego con más fuerza, hasta que un dolor dulce me hizo arquear la espalda. Su lengua áspera envolvió mi pezón, lo masajeó, lo torturó con una devoción enfermiza. Sus labios arrugados chupaban mi piel como si sellaran un pacto infernal. Gemí sin censura, mis sonidos llenando el aire, mientras él vibraba contra mí, su aliento caliente mezclándose con su baba, sus dientes raspando mi carne con una adoración que me quemaba.

—¡Más fuerte! —grité, mi voz llena de éxtasis. Él cumplió, chupando con más ansia, hasta que sentí un tirón en mi vientre, el calor explotando entre mis muslos. Su aliento me envolvía como una manta sucia, y yo jadeaba, mis ojos entrecerrados, perdida en el placer.

Pero entonces, entre el sudor que corría por su rostro y el roce frenético de su piel contra la mía, noté algo. El maquillaje de payaso, ese disfraz grotesco, se había corrido por completo, revelando la verdad debajo. Ya no era el payaso malicioso, el ser lleno de picardía y poder. Era solo un viejo. Un anciano arrugado, patético, la piel caída, las arrugas marcadas como cunetas. Sus cejas, apenas visibles, eran un trazo débil bajo la pintura deshecha. Sus movimientos, torpes, casi desesperados, transformaban su rostro en una máscara perturbadora mientras chupaba mis pechos con una codicia que ahora me parecía más trágica que poderosa.

Jalé su peluca, lo último que le quedaba del personaje, descubriendo su cabello blanco y escaso… El pánico me golpeó como un relámpago. El asco, que había estado disimulado bajo el morbo, resurgió con una intensidad que me cortó el aliento. Grité, no de placer, sino de un miedo, como si hubiera visto un espectro.

—¡Ahhh! —Mi alarido, largo y tembloroso, resonó en el espacio.

Mi torso se inclinó hacia atrás instintivamente, arrancando mis senos de su boca con un sonido húmedo, pornográfico. Cubrí mis pechos con ambas manos, como si quisiera protegerlos, curar el dolor punzante en mis pezones, que ahora ardían más que los tacones que se clavaban en mis piernas. Me arrepentí de haberlo liberado, de haberle dado el poder. Sus ojos, aún fijos en mí, brillaban con una mezcla de triunfo y locura, y entonces escuché su voz. Esa voz chillona, ronca, que siempre me había perturbado… Descubriendo que no era un actuada. Era real. Era él.

—¡Sí… sí… así te quiero! —dijo, su tono cargado de una satisfacción enferma —Asustada, temblando, viéndome tal como soy… ¡sin maquillaje, sin gracia! Solo un viejo asqueroso devorando tus tetas como un animal. ¡Mírame! ¡Mírame bien! ¡Este soy yo! El que te hizo gemir, el que te hizo mojar, el que te dio poder… y ahora te lo quita. Pero sigues ahí, Priscila. ¡Porque te gusta! ¡Porque eres… mi puta!

Sus palabras eran un veneno que se filtraba en mi piel, y mientras él se acercaba otra vez, sus labios buscando de nuevo mis encantos, sentí el peso de su verdad. El morbo y el asco se entrelazaban en mi interior, y yo, atrapada en ese torbellino, no sabía si quería huir… o rendirme por completo.

El viejo se puso de pie con un esfuerzo torpe, su figura escuálida, su cabeza chocando contra la madera del escenario con un golpe sordo que resonó como un eco de su propia decadencia, graciosamente. Por un instante, pareció que volvería a su papel de payaso, pero no. La máscara había caído, y solo quedaba él: crudo, desesperado, hambriento. Se abalanzó sobre mí como una bestia liberada, sus manos arrugadas, manchadas, temblorosas, agarrando mis pechos con una violencia que era pura necesidad. Los juntó, formando un túnel de carne cálida y suave, y sin preámbulos, sin juegos, metió su pene entre ellos. Era un pellejo duro, venoso, morado. No pidió permiso. Solo usó.

Sus movimientos eran bruscos, frenéticos, animales, mientras se masturbaba contra mí. Sus ojos, fijos en el espectáculo de mis tetas profanadas, brillaban con una lujuria insaciable. Su aliento, caliente, fétido, golpeaba mi rostro como una bofetada. Gemía, no como payaso, sino como lo que era: un viejo, un cerdo, un macho desarmado por el deseo. El ritmo se volvió más salvaje, más sucio. El sonido pegajoso de su miembro deslizándose entre mis pechos llenaba el aire, un eco obsceno que me envolvía.

Arrodillada, con el torso inclinado hacia atrás y las palmas apoyadas en el suelo, veía cómo mis pechos eran follados por este viejo cerdo. Se detuvo un instante, solo para abrirlos y dejar caer un chorro de saliva, lubricando la cruzada. Luego, volvió a presionarlos, atrapando su carne entre la mía con una urgencia que me hacía temblar.

Afuera, en el escenario, la multitud rugía. —¡PRISCILAAAA, NUESTRA REINA! —El grito de los presentadores resonó como un trueno lejano, un recordatorio cruel del mundo que me esperaba.

Pero aquí, bajo el escenario, la realidad era otra. Ahora estaba echada de espaldas en el suelo frío, las piernas abiertas, mi tanga delgada a punto de ser arrancada. Su miembro, aún duro, aún goteando, se deslizaba entre mis muslos como un gusano errático, buscando, provocándome. No lo metía aún. No. Primero lo frotó contra mi tanga, lento, torturante, hasta que la tela se empapó con mi propia humedad, traicionando mi necesidad.

Con dedos temblorosos, arrugados, sucios, corrió mi tanga a un lado con un tirón seco, sin delicadeza, solo posesión. Su carne se apoyó justo en mi entrada, presionando, pero sin entrar, como si quisiera alargar mi tormento. Su voz, ronca, aguda, cargada de desesperación, susurró:

—¿Oyes, Priscila? Te llaman. Quieren a su reina, con su corona, su sonrisa, su mentira. Pero tú… tú estás aquí. Conmigo. Con tu verdad. Con tu asco. Con tu placer más sucio. Porque sabes… sin esto, sin mí… esa corona no vale nada.

Y entonces, con un empujón brusco, animal, profundo, metió su miembro dentro de mí. De una sola embestida, hasta el fondo, sin preguntar, sin pedir. Su grito de placer y victoria se mezcló con mi propio alarido, una fusión de dolor y éxtasis que desgarró el aire.

—¡Así se hace, puta! —rugió—. ¡Así se corona a una reina! ¡Gime! ¡Grita! ¡Que todos sepan que su reina se está viniendo con este viejo!

Empezó a embestir, lento al principio, luego más rápido, más duro. Cada golpe de sus caderas era un latigazo de verdad, cada gemido mío, una sinfonía para sus oídos. Me tomó de la quijada, obligándome a mirarlo, sus ojos clavados en los míos, su rostro sin maquillaje, crudo, patético, glorioso en su fealdad.

—¡Ahí está! —jadeó, su miembro hundido en mí, sintiendo mi calor, mi apretón, mi vergüenza entrelazada con placer —¡Ahí está tu poder, Priscila! ¡No en esa corona, sino en este viejo que te folla bajo el escenario! ¡Mírame! ¡Soy tu secreto, tu asco, tu gloria podrida!

Mis gemidos eran incontrolables, desgarradores, una melodía que no podía reprimir

—¡Más! —gritó él, embistiendo con más fuerza, con una ira que era amor rancio —¡Abre más las piernas! ¡Déjame romperte! ¡Déjame hacerte mía para siempre! ¡Porque cuando subas con esa corona, yo estaré dentro de ti! ¡En tu piel, en tu olor!

Una oleada de electricidad recorrió mi cuerpo, desde los muslos hasta el vientre, multiorgasmos que me inundaban, me ahogaban. Pero entonces, él frenó, controlándome. Sacó su miembro, dejándome vacía, temblando, al borde del abismo.

—¡Quiero que lo pidas, Priscila! —ordenó, su voz un rugido que exigía mi rendición —¡Quiero que lo grites! ¡Di que quieres que me corra dentro de ti! ¡Dilo!

—Quie… quiero… —Mi voz, temblorosa, agitada, apenas un susurro, traicionaba mi lucha interna, mi deseo en guerra con mi asco. Pero él lo sabía. Sabía que, en ese momento, yo ya no era la reina del escenario. Era suya.

Entonces… Mi mano temblorosa alcanzó su pene, aún caliente, palpitante, un pedazo de carne viva que parecía desafiarme. Con un movimiento lento, deliberado, abrí mis piernas al máximo, apoyándolas contra mi cuerpo, demostrando mi flexibilidad en un acto de rendición total. Lo guie, pero no al lugar que él esperaba. Con un empujón firme, lo dirigí hacia mi esfínter, un territorio inexplorado, virgen, que ahora ofrecía como mi última entrega.

—Córrete, viejo de mierda —susurré, mi voz agitada, suplicante, cargada de un deseo que ardía más allá de la vergüenza —Quiero tu semen dentro de mi culo virgen. ¡Te lo suplico! Lléname toda y no te despegues hasta que hayas acabado.

Mis palabras fueron la llave que abrió la última puerta, la puerta trasera… la de una gloria prohibida que nunca antes había entregado. Ese pellejo venoso, podrido, era ahora el centro de mi rendición. La lucha fue brutal, grotesca. Su miembro, pequeño pero grueso, empujaba con una fuerza desesperada, pero mi cuerpo resistía. Abracé mis piernas con más fuerza, llevándolas a los costados, abriéndome aún más, como un fruto prohibido expuesto a su hambre. Él, sosteniendo su carne con manos temblorosas, logró entrar… solo la punta. Ambos soltamos un suspiro, un instante de pausa en medio del caos.

Sus manos arrugadas, manchadas, se aferraron a mis piernas, justo bajo mis nalgas, apretando mi piel con una fuerza que me hizo jadear. Me abrió aún más, con todo su peso aferrado en sus manos, como si quisiera partirme en dos. Falda corrida por encima de mi cintura, piernas estiradas, tacones al cielo. Y entonces, con una lentitud obscena, deliberada, atormentadora, su miembro comenzó a deslizarse dentro de mí. Cada milímetro era un incendio, una mezcla de dolor y placer que me hacía estremecer. Con un gruñido bruto, se clavó hasta el fondo y se quedó allí, inmóvil, saboreando mi interior, sintiéndome. Por unos segundos.

Luego, empezó a embestir. Lentamente al principio, disfrutando cada rincón de mi cuerpo, cada reacción en mi rostro. Sus ojos, pequeños, hundidos, vidriosos, me miraban fijamente, sin parpadear. No había sonrisa, no había gritos. Solo una mirada con intensidad cruda, alimentándose de mi gesto de dolor: mi boca abierta, mis ojos achinados, mi ceño fruncido mientras mis manos buscaban en vano arrugar el cemento del suelo.

Sus embestidas se volvieron más profundas, rítmicas, sincronizadas con mis gemidos. Cada entrada era una dulce tortura, cada salida una promesa de regreso que me hacía desearlo aún más. Mis pechos, libres, se tambaleaban al compás de sus movimientos, mis pezones, saciados, danzando con un placer que ahora se concentraba en el fuego entre su carne vieja y mi culo joven.

Y entonces, llegó su orgasmo. Como un estallido, un terremoto que lo consumió. Su cuerpo se tensó, sus ojos se cerraron con fuerza, y su miembro, aún clavado en mí, comenzó a palpitar con una violencia desesperada.

—¡Ahí viene! —gritó, su voz un rugido enérgico —¡Ahí viene mi semilla, Priscila! ¡Tómala! ¡Tómala toda! ¡Déjame secarme dentro de ti!

Y entonces, estalló. Un grito agónico, desgarrador, rasgó el aire mientras se corría con una fuerza brutal. Su líquido, grueso, amarillento, caliente, se derramó en mi interior en oleadas, en pulsos, en maldiciones. Una, dos, tres, cuatro veces, hasta que no quedó nada. Hasta que quedó seco. Jadeó, cayendo sobre mí, exhausto, sudoroso, sonriendo con esos dientes amarillos que brillaban bajo la luz tenue.

—¿Feliz, Priscila? ¿Llena? —susurró, su voz entrecortada, sus ojos buscando los míos —Porque yo… me vine como un rey. Como tu rey. Como el único que supo llevarte al límite… y más allá.

Su miembro, aún caliente, goteaba dentro de mí. Su olor me envolvía, y, contra toda lógica, aún mantenía una erección. Me miró, su respiración agitada, y preguntó con una intensidad que me atravesó:

—Dime… ¿quién ganó realmente? ¿Tú… o el viejo payaso que se corrió dentro de ti, sabiendo que jamás te tendría… y amándote aún más por eso?

Lo miré, mi pecho subiendo y bajando, mi cuerpo temblando bajo el peso de lo que acabábamos de hacer.

Me separé del viejo con un movimiento rápido, ajustando mi vestido con dedos torpes. Recogí la corona, que se había caído de mi cabeza…

—Ganaste —dije, mi voz ahora firme —Derrotaste a la zorra, pero no a la verdadera Priscila... Viejo asqueroso... La verdadera Prsicila ahora es libre, libre para entregarse, pero no mas a ti... Esto acaba aquí.

Y lo dejé allí, confundido, con mis palabras resonando en su cabeza: ¿Qué zorra? ¿La verdadera Priscila?

No había tiempo para explicaciones. Me retiré apresurada, el eco de los aplausos del público llamándome desde el escenario. La reina aún era esperada, y no había tiempo para limpiarme, para borrar su rastro. Salí al encuentro de la multitud con su olor pegado a mí, con su saliva impregnada en la banda, en mi vestido, en mis pechos… y su semilla goteando entre mi piel, una marca secreta, podrida, que la limpiaba juntando las piernas.

Subí al escenario, la corona reluciendo bajo las luces, mi sonrisa perfecta ocultando el caos que apenas delataba mi cabello desarreglado. No lo notaban… Los aplausos me envolvieron mientras yo saludaba, sonreía, seducía, excitaba... la reina inalcanzable, mientras su esencia me consumía desde dentro.

Al terminar la ceremonia, mi celular vibró con su último mensaje, un veneno final que se clavó en mi ser:

—¡Brraavooo, Priscila… por tu corona! ¡Brraavooo por tu asco! ¡Brraavooo por tu poder!

—Pero sin mí… esa corona no brilla. ¡Sin mí… eres solo una muñeca bonita! Artifical…

—El juego ha terminado… Ahora te dejo libre como dijiste, pero sé que volverás… Quiero desafiar a la "verdadera Priscila"

—Y cuando ella me escriba, que no escriba al payaso. Que escríba al viejo. Mi "yo verdadero"

—Casimiro, para servirte.

Las palabras se grabaron en mí, nuestro secreto grotesco.

Por la noche, la feria apagada y vacia. Las luces se desvanecieron, la multitud se dispersó, y yo, sola en mi departamento, me metí bajo la ducha, dejando que el agua caliente intentara lavar su rastro. Pero no podía. Ya no estaba su olor, ni su saliva… pero el recuerdo seguía allí, el dolor tatuado en mi piel, en mi memoria.

Cerré los ojos y vi la feria en penumbras, al viejo sentado en el escenario, como si fuera parte del lugar, no como payaso, sino como el viejo payaso su "yo veradero". Sonriendo con esos dientes amarillos, su figura patética y poderosa a la vez. Esperándome...

La zorra había sido derrotada, pero la verdadera Priscila… ella aún ardía, buscando aventuras, buscando el próximo límite que cruzar. Tomé mi celular, mordiéndome los labios, el pulso acelerado, los pezones nuevamente rigidos esperando succión... y comencé a escribir…

—Reto…

FIN

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Espero que esta historia te haya encendido tanto como a mí. Mi corazón aún late desbocado, temblando después de escribir... Confieso que me he sorprendido a mí misma, explorando esta faceta cruda, obscena y jugosa… un final explícito que muchos de ustedes, me habían pedido. Normalmente me contengo, dejo que la insinuación sea mi arma de poder, pero esta vez, en agradecimiento, me he rendido al calor del momento, desnudando mi cuerpo y mi mente para ustedes.

Yo, Priscila❤️… no la zorra… sigo aquí, en busca de aventuras. Seguiré escribiendo y compartiendo mis historias.

Pero quiero saber qué es lo que mas te hizo sentir, qué parte de la historia te ha robado el aliento… Tus sugerencias, tus críticas… todo es bienvenido. Escríbeme…

[email protected]

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