Agencia Victoria
Clara no quería saber nada de él, pero su mirada violeta y su actitud desafiante encendieron una obsesión. Lo que empezó como un rechazo seco se transformó en un juego peligroso: tres minutos de silencio, una semana de abstinencia y la promesa de un placer prohibido. Ahora, con el secreto de las gemelas revelado, la línea entre el chantaje emocional y el deseo carnal se ha borrado por completo.
[Nota del autor: estoy a punto de terminar de pulir el próximo volumen de la saga Dentro del Laberinto, el cuarto, con mucho contenido extra y capítulos nuevos. Próximamente en Amazon. Podéis estar al tanto con mi blog o Twitter, con el alias de Zandor Khan.
Os espero en los comentarios y me decís qué os parece esta historia autoconclusiva]
Agencia Victoria
Clara era una chica preciosa que me enamoró en cuanto me la crucé en el ascensor de mi edificio. Tenía un mechón violeta a juego con su ojo izquierdo. Me pregunté si era heterocromía o lentillas. Vestía como una chica gótica.
—Hola. ¿Vas a una fiesta? —le pregunté. Ella tardó unos segundos en decidir su respuesta, y me miró lentamente, muy seria:
—No.
—Como son las 9…
—No te conozco de nada, tío.
—Perdona. Yo sí iba a darme una vuelta, voy a jugar al billar…
—Que no tengo ganas de que me entren. ¿Por qué los tíos sois tan pesados?
Sonreí con picardía.
—Solo lo hacemos con las que sois demasiado hermosas para apartar la vista.
—Pues se mira, pero no se toca.
La puerta se abrió y se escabulló sin despedirse, casi corriendo hacia la calle. Esa fue la primera vez que la vi, y ni siquiera sabía su nombre.
Al día siguiente saqué al perro entre las 8 y las 10. El pobre animal ya estaba aburrido de merodear la casa. Era sábado, y esta vez estaba disfrazada de chica de anime.
—Mira, este es Víctor.
—¿Tu perro se llama Víctor? —contestó sin mirar, a paso rápido junto al portal.
—He pensado que debería presentarte a mi perro antes que a mí, porque no quieres saber cómo me llamo.
—Crees bien. A mí solo me gustan las mujeres, y aunque fuera hetero, no me liaría con el primer tío que me tirara los tejos. Y no me interesas, y no me gustas.
Por respuesta le di la correa sin perder la sonrisa. Víctor le saltó encima apoyando las patas en su vestido, manchándoselo de barro, y protestó enfadada. Me reí mientras el perro le lamía las manos. Al final ella también se rio.
—Mi perro es casi tan sociable como yo —dije.
—Yo soy menos sociable que mi gata. No tenemos nada en común.
—Ahora sí que vas a una fiesta, ¿verdad? Una de disfraces.
Ella suspiró.
—Mira, al igual que ayer, voy a grabar un vídeo a casa de una amiga.
—¿Del tipo erótico festivo de sumar las piernas y dividir por dos?
—No, del tipo que nos pagan una pasta en Onlyfans por enseñar solo el escote.
—Qué envidia me dais las mujeres, solo hay que estar buena para tener la vida resuelta.
—Sí, claro, no hay nada como que te miren 50 babosos cada día, te entren 10, y te acose uno.
—¿Es siempre el mismo?
—No, va cambiando. Hoy tocas tú.
—Con esas cosas no se bromea, vas a hacer que Víctor se ponga triste.
—Tío, que no te voy a dar mi número.
—Tranquila, me ha quedado claro que eres total y absolutamente hetero.
—Pues sí.
—Claro.
—Que sí, tronco…
—Sí, sí.
Nos quedamos mirándonos y se echó a reír.
—Vale, me has pillado. Pero no me interesas. ¿Cómo decías que te llamabas?
—Detecto un mensaje contradictorio.
Me reí de nuevo exageradamente, y una fracción de segundo después volví a contagiarle la risa.
—Qué malo eres.
“La tengo en el bote”, pensé. “Las tías son idiotas, y consideran eso un piropo. Les molan los cabrones”. Saqué una tarjeta de mi bolsillo trasero y se la di. Se quedó sorprendida.
—¿”Agencia de solución de problemas Victoria”?
—Si tienes algún problema, llámame. Si no estoy, saltará el contestador. O te contestará Víctor, si está disponible —ella se rio de nuevo, esta vez sin mi empujoncito.
—¿Es algún tipo de agencia de detectives? ¡Oye! —Víctor le estaba montando la pierna, intentando zumbársela. Me reí por fastidiarme el momento.
—Algo parecido. Llámame si se te rompe la lavadora, o si crees que tu novio te pone los cuernos, o si necesitas ayuda con la declaración de la renta. Te ayudaré como pueda.
—¿Y si fuera una ancianita desvalida me traerías la compra a casa?
—Por un módico precio. A ti, en cambio, puedo echarte una mano gratis.
Ella se rio por el doble sentido.
—Mi amiga me espera, ya nos veremos. Quiero decir, adiós, “Victoria”.
—Ingeniosa manera de preguntarme mi nombre. Me llamo Arcabuz.
—No jodas.
—No te jodo todavía. En realidad me llamo Casanova.
—Qué creído te lo tienes.
—Lo siento por ser irresistible —dije sonriendo y encogiéndome de hombros.
—Sigo siendo lesbiana.
—Por supuesto. Adiós, señorita…
—Clara.
—¿De Luna?
—No, de Primavera. Hasta luego.
La vi alejarse contoneando el culo para mí.
—¿Has visto eso, Víctor? La tenemos en el bote.
El perro ladró una vez.
* * *
Al día siguiente venía de comprar churros cuando me la crucé en el ascensor, por la mañana.
—¿Qué tal anoche?
—Estoy reventada. ¿Eso son churros?
Saqué uno del paquete de papel y se lo puse en la mano. Sin pararse a pensarlo se lo comió, pasándolo de mano en mano para no quemarse. No me bajé en mi piso, y salí solo en su planta.
—Espera, ¿qué estás haciendo?
—Te invito a desayunar, la próxima vez pagas tú.
—¡No te voy a meter en mi casa, flipado!
—Oh, es demasiado pronto. Culpa mía.
—Desde luego, capullo. ¡No te conozco!
No me dio opción a réplica, se fugó con mi churro y cerró de un portazo su piso casi antes de abrir la puerta.
—Las gallinas que entran por las que salen —murmuré—. A empezar de cero.
* * *
Nos cruzamos varias veces durante la semana en el ascensor, pero se me notaba que era a posta. Ella estaba cada vez más incómoda y mosqueada. No encontraba la oportunidad de mejorar las cosas, estaba cerrada en banda. “Esto no va bien”, pensé el jueves. “A este paso voy a tener un problema con esta mujer. Será mejor que la evite”.
El viernes estaba en los jardincillos junto al edificio, dejando que Víctor echara una meada, cuando me la encontré detrás de mí.
—¡Aaaaah! —sí, me asusté.
—¿Qué haces?
—Pues… paseando a Víctor.
—Tengo un problema. Dijiste que me ayudarías gratis.
—De eso nada.
—¿Ahora no quieres ligar conmigo?
—No voy a dejar que me utilices. No soy imbécil.
—Vaya. Es que tengo las tuberías atascadas, y necesito que alguien me mire los bajos. De la lavadora.
Fruncí el ceño sospechando.
—¿De qué va esto? ¿Es una broma?
En esta ocasión tenía dos mechones de cabello verde, peinados a ambos lados, saliendo desde el flequillo. El resto del pelo era amarillo, casi blanco. Llevaba un vestido amarillo, y se transparentaba un sujetador rojo. Tragué saliva.
—Así que estáis grabando esto para Onlyfans.
—No, bobo. Te estoy ofreciendo dejar de perder el tiempo. Sube a mi piso ahora. Bueno, tras dejar a tu perro.
Le seguí el juego. Incluso la invité a pasar a mi casa. Como no me fiaba, le dije que prefería que lo hiciéramos allí.
—No. Si hacemos algo, será en mi piso.
—Mira, Clara, te seré Franco: Arriba España.
Se rio.
—No me jodas, guaperas. Te estoy diciendo que si quieres follarme, será a mi manera. En mi casa.
—Lo siento, pero no, Clara.
—¿No?
—No. Siendo franco, no me fío de lo que está pasando. Se me hace raro tan de repente. Así que si quieres tema, será aquí. Si no, que se encargue otro de tapar los agujeros.
—¿El problema es que no te fías de mí?
No contesté, pero al final asentí con la cabeza. Se lo pensó unos segundos.
—Está bien. Vente, Víctor.
Se llevó al perro a otro dormitorio y cerró la puerta para que no molestara. Volvió al salón y me empujó al sofá. Su ojo violeta centelleaba, y entonces decidí que era una lentilla.
—¿Qué te ha dado de repente, Clara?
Me quitó la ropa. Se quitó el vestido. Me montó aún con la ropa interior roja. Sentí su entrepierna presionando la mía, su calor, y su humedad. Tragué saliva. Parecía cachonda de verdad. Entonces empecé a ponerme muy cachondo yo también. Ella se restregaba lentamente, suavemente, como en un baile lento. Yo no podía apartar los ojos de su rostro, su mirada ávida de deseo y lujuria. Nunca me habían mirado así. Ni siquiera sus tetazas robaban mi atención. Quizá debido a ello se sujetó el sujetador, y muy lentamente, comenzó a bajárselo. Poco a poco se acercaba el momento de enseñarme sus pezones. Mientras tanto comenzó a hablarme:
—He aceptado empezar en tu casa, Casanova. Pero el resto será a mi manera.
—Como quieras.
—Quiero que memorices todo lo que ves, y todo lo que sientes.
—No podría olvidarlo ni en mil vidas.
—Bien. Buena respuesta.
Se quitó de encima lentamente, se giró de pie y me enseñó su culo; tiró del tanga y se clavó la cuerda, dejándome ver sus cachetes. Los puso duros, flojos y duros otra vez; luego los balanceó. Me miró y dijo:
—¿Te has quedado también con mi culo?
Por respuesta lo acaricié, lo agarré y lo estrujé un par de veces.
—Diría que necesito hacer un estudio táctil en profundidad. Por el bien de la metodología de estudio.
—Procede.
Se lo bajé mientras ella se contoneaba lentamente, como si bailara. Lo seguí palpando, lamiendo y chupando, incluyendo sus muslos y sus piernas. Luego subí por la espalda hasta sus hombros; besé su cuello, le pasé las manos por delante y amasé suavemente sus tetas. Tiré suavemente del cordel hacia un lado para quitarle el sujetador, y…
—Suficiente por hoy —dijo de repente, y se vistió en segundos.
—¿Qué? —fue lo único que pude decir. Cuando se puso el vestido como una camiseta, añadió algo más:
—Quiero que te saques la polla ahora mismo. Quiero verte hacerte una paja pensando en mí.
—¡No! —protesté indignado.
—¿Es que no quieres que te la chupe?
Me faltó tiempo para cascármela allí mismo. Ella se rio. Se arrodilló frente a mi miembro, y se puso las manos en las mejillas sonrosadas, disfrutando con lo que veía.
—Buen chico. Pero no te corras en mi cara.
—No, tranquila. No tengo eyaculación precoz…
—Si la tuvieras te obligaría a correrte veinte veces seguidas, y me da igual el periodo refractario.
—Esto… ¿me la chupas?
—¿Hoy? No.
Paré de masturbarme.
—¿Cómo que no?
Se acercó a cinco centímetros de mi cara, me agarró con fuerza la polla y sentí como si un calambrazo me recorriera la columna.
—Quiero que te masturbes todas las noches pensando en mí.
Me soltó la polla.
—Si lo haces, Casanova, tal vez te la chupe la semana que viene. Pero no prometo nada.
Me dio un pico en los labios y se marchó.
—¡Espera! —grité antes de que abriera la puerta.
—¿Por qué no te estás pajeando? —preguntó al volverse.
—¿Así es como creas nuevos simps? No seas puta. Jamás te daré ni un duro. Vete a tomarle el pelo a otro.
—Estás equivocado. Te dije que sería a mi manera, y este solo es el primer paso: hazte una paja diaria durante 30 minutos, pero sin correrte en toda la semana. Ya has memorizado mi cuerpo. El viernes que viene te preguntaré por las fantasías que has tenido, y a partir de ahí, decidiré cómo seguiremos.
Tardé en responder.
—¿Esto es algún rollo raro de esos de dominación?
—No. Y ahora, pon el cronómetro y hazte una paja de media hora. Prohibido correrte. En una semana te preguntaré ciertas cosas, y sabré si mientes. Recuerda, sigue todas mis normas, o se acabó.
—¿Qué pasa si me corro?
—Fin del juego.
—¿Tengo que hacerme una paja diaria fantaseando solo contigo? ¿Qué clase de narcisismo es ese? Y lo que no entiendo es lo de no dejar que me corra.
Se marchó dejándome a medias.
Estaba tan cabreado que le pegué puñetazos al sofá. Se me quitaron las ganas de follar y todo.
Pero más tarde, cuando daba vueltas en la cama, a punto de quedarme dormido, recordé lo que dijo: “sabré si mientes”. Chasqueé la lengua, molesto, y miré el reloj despertador. Al final se salió con la suya. Para cuando me di cuenta llevaba 34 minutos, y paré.
—Será zorra la puta esta. ¿A qué coño juega?
Seguí pensando en ella, recordando cómo la había conocido, y me quedé dormido. Le hubiera encantado saber que soñé con ella.
***
Los siguientes días me la crucé paseando al perro, o en el ascensor. Siempre fingía que no me conocía, y parecía incómoda. Me pregunté si era por los vecinos, por el “qué dirán”.
Y noche tras noche seguí fantaseando con ella. Al principio era viendo vídeos porno, y me imaginaba que ella estaba entre las chicas, y que yo era el protagonista afortunado del jacuzzi, o el lechero o el bombero. Pero para el jueves ya no me hacía falta, no paraba de darle vueltas en mi cabeza. El día señalado se acercaba. Tal vez a la noche siguiente me chupara la polla, y con eso me bastó. Casi me corrí varias veces. Se me acumulaba el calentón.
***
—Hola —me dijo al entrar en el ascensor. Ya estaba seguro de que era ella la que se aseguraba de coincidir conmigo. Ella llevaba bolsas de la compra, pero estaba subiendo. Víctor se montó sobre su pierna otra vez, pero ella se lo tomó con naturalidad.
—¿No llegas tarde al vídeo de los viernes, Clara? Estás subiendo, no bajando.
—Hoy no podemos quedar. Tiene la gripe. O eso dice. Seguro que el ex la ha vuelto a liar. No escarmienta.
—Hombres, todos son iguales.
Ella se rio.
—Últimamente no me caes tan mal.
—Vaya. Gracias, supongo. ¿Qué pasará si te salvo la vida? ¿Me dirás un piropo?
Se rio de nuevo. Me salté mi piso de nuevo para acompañarla, y salí al recibidor.
—¿Qué tal si le presentas tu casa a Víctor?
Se quedó pensativa.
—¿Sabes qué? Estoy mosqueada, y creo que necesito compañía. Mis amigas no están disponibles. Pensaba irme a la discoteca por despecho yo sola, y tirarme al primero que me gustara, pero… qué coño. Vente. Lo mismo con esta botella de ron me animo. A lo mejor hasta dejo que me lo comas.
—Tú sí que sabes cómo hacer que un caballero se sienta deseado.
Se rio de nuevo. Le sostuve las bolsas y abrió el piso. Víctor se apoyó en la puerta y entró corriendo, a explorar su nuevo territorio. Le ayudé a colocar las cosas en la cocina, encendió la tele, se quitó las zapatillas y puso los pies sobre la mesa de centro; llevaba medias negras hasta los muslos.
—¿Qué te apetece ver? —me preguntó mientras yo servía las bebidas.
—Tienes una casa bonita. Pon lo que quieras. Supongo que eso significa comedia romántica.
—¿Es que no has visto cómo visto?
Puso Berserk, que no había visto en mi vida, y vi suficientes litros de sangre para pintar la casa. Por fuera.
—Esta es mierda de la buena, mola.
—Te lo dije —contestó divertida. Ya estábamos comiendo palomitas caseras hechas en su palomitera.
—Lo que me sorprende es el trasfondo psicológico que se intuye. ¿Es impresión mía?
—Tienes buen ojo. ¿Tienes igual de bien otras cosas?
Me reí sorprendido por ser tan directa. Tan apasionada como estuvo la semana anterior, y ahora parecía otra persona completamente diferente.
La puerta se abrió.
—Hola —dijo ella. Me giré y se cayó un chawarma al suelo al reconocerme su propietaria: también era Clara.
Es decir, su hermana gemela. La que me sedujo.
—¿Pero qué cojones? —pregunté señalándola en pie—. ¿No era que te ibas cambiando de pelucas?
La “verdadera” Clara se puso en pie.
—Sofía… no me digas que has vuelto a hacer lo de Felipe…
—¿Perdón? Jijiji.
—¡Yo te mato, guarra!
La hermana chilló divertida correteando por toda la casa, rodando por el suelo y las camas, tirándose de los pelos y forcejeando con su hermana. Me hubiera puesto cachondo de no estar cabreado.
Al final estaban jadeando sujetándose mutuamente.
—Bueno, vale ya, chicas. Comportémonos como adultos.
—¿Hasta dónde llegasteis? —preguntó Clara a Sofía, jadeando.
—Le van a explotar las pelotas y se derrite por tus huesos.
—¡Zorra! —gritó logrando pegarle un sopapo. La gemela la sostuvo de nuevo.
—Frígida. Tíratelo y disfruta, coño. Es simpático y está bueno. ¿A qué cojones esperas? Deja de haceros perder el tiempo mutuamente. Vi cómo te contoneabas, solo lo haces para que te miren los que te gustan de verdad.
—¡Pero no se lo digas, hija de puta!
—Te recuerdo que somos hermanas. Eres más tonta que mandarte hacer de encargo como “la más tonta que haya en el catálogo”.
“Espera un momento, ¿está reconociendo que le gusto?”.
Me arrodillé ante ellas, y sin mediar palabra, le di un beso a Clara.
—Ahora estáis en paz, ella me dio un pico a mí —dije, pero no sirvió de nada.
—¡Pero serás puerca! ¡Se creía que era yo!
—De eso se trata, ¿dónde está la gracia si no?
—¡Te voy a matar!
Observé comiendo palomitas en el sofá cómo seguían rodando por el suelo, dándose su merecido. Por mí, que siguieran toda la noche.
Un rato después estaban demasiado cansadas y doloridas para continuar, y solo jadeaban sobre la alfombra.
—Bueno, parece que ya es suficiente, chicas. ¿Podéis sentaros a ver la tele conmigo?
Refunfuñaron y al final lo hicieron. Esta vez puse una comedia.
—A veri si he entendido la situación, Sofía: ¿os gusto a las dos? —Clara empezó a protestar, y la ignoré—. Y no me digas que no, porque aquel rato no lo hubieras pasado con un hombre que no te despierte interés.
—Imagino que no conoces la historia de Felipe —contestó Sofía.
—Esta hija de puta hizo creer a mi ex que yo era una jodida ninfómana obsesa sexual. Está más salida que una perra en celo, la muy cabrona. Por eso tengo fama de guarra. Le dice a la gente que soy yo, y me roba prendas del armario. Y lleva años practicando cómo imitar mi voz.
—Si Felipe no tuviera la cabeza metida en su propio culo, nos hubiera reconocido, igual que nuestros amigos y la familia. Ese tío es egocéntrico. Hice bien en cortar con él.
—¡Pero eso era decisión mía, hijaputa!
—De nada.
Curiosamente Clara se tranquilizó. Después de todo, le había ahorrado un mal trago.
—Pues estoy viendo algo positivo de todo esto —dije.
—Si te crees que vas a hacer un trío con nosotras, te saco de mi casa a patadas —dijo Clara.
—Lo haremos por turnos.
—¡Tú te callas, guarra!
—Dime, Casanova, ¿quién prefieres que te la chupe? —preguntó Sofía abriendo más su escote, revelando el sujetador rojo. Tragué saliva, y la escena de la semana anterior desfiló por mi cabeza. Se me puso dura de golpe.
—La que menos problemas me cause.
—Respuesta inteligente —contestó poniéndose en pie y yendo a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Clara, la del mechón azul y cabello oscuro.
—Lo sabes perfectamente.
—¡No te vas a ir a su piso! —gritó poniéndose en pie—. ¡Antes que eso…!
—¿Antes de eso, qué harías? ¿De verdad estás diciendo que se la quieres chupar? ¿Aquí y ahora?
—Hija de puta…
Se acercó a mí y me agarró del cinturón. Estuvo a punto de bajarme los pantalones, pero se lo pensó mejor.
—Yo no soy una guarra, a diferencia de ti. Casanova, haz lo que te de la gana. Pero esta tía jugará contigo y después te abandonará.
Tenía que pensar rápido. Tenía la oportunidad de tirarme a las dos, pero tenía que jugar bien mis cartas.
—Tranquila, Clara, no es momento ni lugar para temas sexuales. Por ahora es mejor que nos tomemos las cosas con calma. Si quieres me voy a mi casa. O si lo prefieres, me quedo un rato más y vemos la tele. No voy a irme con tu hermana. Pero tú, Sofía, no seas mala. Te pasas mucho con ella.
—Solo estaba jugando…
—Te pasas tres pueblos. Déjala en paz, por favor.
Suspiró.
—Bueeeno.
Se sentó a mi lado en el sofá, se cruzó de piernas y desencajó el zapato de tacón de su talón, colgando frente a mí. Su mano rozaba suavemente mi muslo. Clara no apartaba la vista de nosotros, molesta. Yo hice como que no veía nada que no fuera la pantalla.
Más tarde me fui a mi casa solo y cachondo perdido. La posibilidad de follarme a las dos era como una pelota atada con una goma rebotando en la raqueta de mi cabeza. Pampampampampam… todo el rato dándole vueltas.
Esa noche me pasó desapercibido, pero a la mañana siguiente vi el papel en el suelo, metido por debajo de la puerta antes de subir hasta el piso de las gemelas:
“¿Dónde te metes? Yo que tenía ganas de catar las variedades locales de leche, pero el ganadero está desaparecido en combate. Ya que no tengo tu teléfono, te doy el mío”.
Lo apunté frenéticamente y le mandé un mensaje de buenos días. Era peligroso. Si era el móvil de Clara se iba a enfadar, pero si era el de Sofía…
Recibí el mensaje:
“Has elegido sabiamente. Esta noche a las 10 en tu casa. Espero que no te hayas olvidado de las normas”.
Me senté porque la cabeza me daba vueltas.
“Anoche casi no pude resistirme, pero paré a tiempo. Varias veces. Fue realmente difícil”.
Para entonces ya tenía la polla en mis manos de nuevo. Era sábado y curraba en una oficina entre semana. Bien podía cumplir la media hora por la mañana. Me contestó:
“¿Cómo te hace sentir saber que soy una ‘ninfómana’ y una ‘guarra’, según mi querida hermanita?”.
Sonreí.
“El agricultor no puede parar de ordeñar”.
—No puedo creerlo. ¿Esto está pasando de verdad? —dije en voz alta. Me había olvidado de terminar mis cereales.
“Así que somos tal para cual, la perra en celo y el mono en celo. Tenemos mucho en común”.
Elegí con cuidado mis palabras:
“Ahora que sé la verdad, estoy impaciente por verte de nuevo”.
—Ya está, la suerte está echada.
Esta vez se hizo de rogar con la respuesta. Casi salté sobre el móvil al vibrar:
“Perdona, se estaba despidiendo. Acaba de irse a ver a su amiga. Me ha dicho que no te ponga la mano encima. Aunque sea por despecho o territorialidad, si juegas bien tus cartas puedes jugar a dos bandas. Estás hecho un Casanova”.
“Lo dudo mucho, Sofía. Ella nunca lo aceptaría”.
La respuesta fue inmediata:
“Yo no se lo diré si tú no lo haces. ¿Quieres que baje ahora mismo?”.
Era el momento de la verdad. Probablemente elegir a Sofía descartaría a Clara para siempre. Pero también me sabía mal por ella, y quería regañarle por cómo puteaba a su hermana. Me contuve y aposté por la opción más segura. Después de todo, una era una frígida que se hacía de rogar, y la otra era accesible y una calienta pollas, pero su coño estaba mojado de verdad. Si no fingía jugando conmigo, había muchas posibilidades. Sonreí y le contesté:
“Sí, me encantaría. ¿Has desayunado?”.
“Sí, pero me falta el postre. Bajo y te veo corriendo”.
“Todavía no estoy listo. Pero ve bajando y te preparo el postre”.
Solté el móvil y me eché a reír a carcajadas, victorioso. Me interrumpí sorprendido por el timbre.
—Joder, qué rápida.
Abrí la puerta y me encontré de frente con Clara.
—Hola…
—Calla, tonto. Llevo 5 minutos dándole vueltas en el pasillo. Ahora no hay vuelta atrás.
—¿De qué estás hab…?
Me empujó besándome, y cerró la puerta detrás de mí, con el pie y sin mirar.
—Espera, espera un momento… —farfullé sin aliento.
—¡Que te calles! —y me besó con más pasión. De hecho diría que no era pasión, solo era como haber seguido las instrucciones de cómo se supone que se da un beso con lengua, y estaba practicando por primera vez, echándole todas las ganas que podía. No era muy agradable, y casi no me dejaba respirar.
El timbre sonó y Sofía habló al otro lado de la puerta, a un metro:
—¿Hola, señor lechero? Vengo a catar el producto, como me acaba de prometer por teléfono.
Clara paró de besarme y me miró con ojos asesinos.
—Yo… eh… esto… ¿un té?
Sin dejar de mirarme, abrió la puerta, y su hermana entró. Se quedó paralizada al verla, y entendió en un instante toda la situación.
Y se echó a reír a carcajadas.
—¡Yo te mato! —gritó Clara, y su hermana echó a correr escaleras abajo, perseguida por la valkiria vengadora.
Me quedé mirando a Víctor, que estaba tan curioso como divertido con el extraño comportamiento de los humanos, meneando el rabo. Cerré la puerta y le eché su pienso.
***
Estaba a las 5 de la tarde tomando un café con hielo en un bar cuando me llegó un mensaje de Sofía:
“Será mejor que quedemos por la calle. Te he visto ir hacia el Bar Budo 25, ¿estás por allí?”.
“Me lo he pensado mejor y no quiero problemas. Chao”.
—A tomar por culo este par de locas.
Sofía no me contestó, y no volví a cruzarme a ninguna en toda la semana.
Sin embargo… no podía parar de fantasear con ellas. Por supuesto ignoré la prohibición de los orgasmos. En mi imaginación hacíamos de todo, a veces con tríos, a veces en parejas, a veces en su casa y otras en la mía. Sin darme cuenta se habían convertido en fantasías muy cercanas y realistas, no como en las pelis porno. Eran cosas que podrían suceder en cualquier momento, a un mensaje y 5 minutos de distancia. Al menos con Sofía, el imán de los problemas, la gamberra risueña y busca líos. Esa inmediatez, tenerla a mi alcance en cualquier momento en que yo diera le paso, lo hacía todo mucho más emocionante y peligroso. Era pura tentación.
Y así, sin darme cuenta, Sofía se convirtió en mi musa.
***
Ya había pasado más de un mes desde que conocí a Clara. Estaba viendo la tele junto a Víctor, concretamente El Rey León, que le gustaba, cuando recibí un mensaje de Sofía:
“Me siento sola. ¿Puedo ir a visitarte? Porfa”.
Mis dedos temblaron incapaces de responder.
—Tengo que pensar con la cabeza. Están chaladas. Ducha de agua fría y a la cama —me dije. Así que le contesté:
“Claro, vente”.
—Si es que soy tonto, Víctor.
Por respuesta me lamió la mano con la que lo acariciaba. El timbre sonó.
—No me digas que eres Clara otra vez —dije al abrir la puerta.
—No, esta vez era yo la que esperaba al otro lado sin atreverse a llamar.
Allí estaba mi musa, con sus mechones verdes recién peinados, venida de la peluquería; con una imagen impecable, como una actriz de cine. Con su ojo violeta destellando encandilada por mí. Poco a poco, como evitando asustar a un animal huidizo, se acercó a mí, me rodeó el cuello con sus brazos, y me besó lentamente, con cuidado. Cerré la puerta y se lo devolví.
—No he podido dejar de pensar en ti —dijo Sofía. Le aparté de su ojo violeta un mechón verdes de su flequillo, y la sujeté de las mejillas.
—Rubia, eres mi musa: te apareces en mis sueños cada día —y comprendí que era verdad. Quizá la sorpresa reflejada en mi rostro se le contagió. Me besó con pasión y energía, casi con furia, empujándome hasta la pared.
—Guau, esta vez sí que tienes ganas, ¿eh, Sofía?
—No puedo esperar más. Por favor, vamos a tu cama —dijo acariciándome la mejilla. Sonreí. La tomé de la mano y la llevé hasta allí. La desvestí con cuidado, y se encontraba tapándose los pechos cuando le besé los hombros y la tumbé con delicadeza; le besé desde los tobillos hasta la entrepierna, le bajé las bragas blancas, y le chupé el coño allí mismo, sin más preámbulos, sin parar hasta que se corrió. Se tapaba la boca todo el rato para no gemir.
Finalmente gateé hacia ella y la besé en los labios. Dudó por un momento por los restos de flujos, pero me devolvió el beso.
—Lo haces bien —dijo—. Mejor que el último con el que estuve, Felipe. Es que me follé al novio de mi hermana.
—Me alegro. De que yo sea mejor que él, quiero decir. Ahora… ¿qué tal si pruebas el producto local?
—¿Qué?
—Ya sabes… catar las materias primas, Sofi.
—Ah, sí. Es que me has dejado hecha polvo… uf. No puedo pensar.
Se puso en la postura del 69 y comenzó a chuparme la polla. Ya que estaba, le masturbé a la vez. Y a veces se lo chupaba un poco más. Ella no podía concentrarse y paraba constantemente, así que yo también; captaba el mensaje y seguía. Así cada dos por tres.
—Estoy a punto, céntrate en succionar el glande y pajea rápidamente. Y no pares ni un momento —le dije. Y sin parar de masturbarla tan rápido como ella me pajeaba, comencé a chuparle el clítoris imitando sus movimientos, sincronizado con ella, que no podía evitar gemir y parar… pero se esforzaba y seguía como buenamente podía. Al final se corrió antes que yo. Vi las contracciones de su coño palpitando, y mi polla seguía dentro, sintiendo el calor húmedo; me puse tan cachondo que me corrí yo también. Ella se atragantó y se la sacó, pero se acordó de masturbarme frenéticamente mientras me corría, como intentando compensar los momentos perdidos al atragantarse. Se me escapó un gemido. Mi clímax terminó y me detuve, y entonces ella también. Se tumbó y jadeamos juntos, con sus muslos en mis mejillas.
—Esto ha molado —dije.
—Sí… agh… mucho.
—¿Es que no habías estado con ninguno que te lo chupara en condiciones?
—No.
Me puse en pie, abrí el cajón de la cómoda y saqué un dildo; lo unté de lubricante y me puse a horcajadas sobre ella, dándole la vuelta.
—¿Me vas a meter eso?
—Sí.
—Pero es enorme, más gordo que tu… cosa.
Sin mediar palabra lo coloqué en posición, y con paciencia y moviéndolo en círculos, lo empujé poco a poco, sin prisa, muy lentamente hasta el fondo. Se deslizó como crema sobre aceite, pero me tomé mi tiempo, haciéndola rogar.
—¡Más! ¡Sigue, hasta el fondo!
No contestaba, solo lo seguía empujando algún milímetro más… mientras me concentraba en hacerlo moverse en círculos, o lateralmente, o de arriba a abajo. Ella se retorcía. Cuando llegó hasta el tope, se lo dejé puesto. Me bajé de la cama, eché un chorreón en toda mi polla, que estaba lista para la batalla, y me acerqué a ella.
—¡Espera! ¿No irás a…?
—Silencio, yo me encargo de todo, tranquila. Solo déjate llevar.
La agarré de los tobillos, y bien separados, le llevé las rodillas casi hasta los hombros. Era muy flexible.
—Sujétate las piernas, el ángulo de entrada es importante.
Rápidamente cogí el dildo más pequeño, le eché un chorro, y lo apoyé en su ano; comencé a deslizarlo suavemente, a empujar y a renovar el lubricante; seguí y seguí, hasta que entró y lo dejé un minuto puesto, como un tapón anal. Entonces comencé a masturbarla con el enorme pollón de goma en su coño. Ella gemía cada vez más, y comencé a sincronizar las embestidas, cada vez más rápidas, por el coño y por el culo. Bajé el ritmo y fui a cambiar el dildo anal por otro más gordo. Repetí el proceso un par de veces, con más calma, y durante más tiempo.
—Ya se debe haber acostumbrado tu culo. Vamos con el plato principal.
—Sí… bueno… vale… nunca he hecho esto, la verdad. Soy una guarra, pero… me faltaba por probar por detrás.
—No te preocupes —la besé en los labios. Luego quité la almohada de debajo de su cuello, lo que le extrañó, y la coloqué doblada bajo su culo, para levantarla.
Le separé los muslos de las manos para que descansara, y puse sus tobillos en mis hombros después de sacarle el dildo anal; lo tiré al suelo y puse mi glande en el agujero; comencé a empujar, poco a poco, con el bote de lubricante al lado. Me eché varios chorros más a medida que se iba secando, hasta que al final estaba rebosando por dentro, y ya podía follármela con normalidad.
—Perfecto, ¿has visto? No es tan complicado…
—¡Cállate! ¡Ah, joder!
—¿Qué pasa, demasiado intenso? ¿Notas tu coño presionado por tu culo, y tu culo presionado por tu coño?
—Ufff… joder… ¡Ah! ¡Fóllame, más fuerte! ¡Más rápido!
—¿Estás segura?
Antes de que contestara aceleré de golpe, follándomela como por el coño.
—¡Síiiaaagghh!
Agarré sus tobillos y los llevé hacia sus hombros, y bajé el ángulo de entrada; ahora prácticamente embestía su coño desde el recto, chocando contra el dildo vaginal, que a su vez presionaba contra los nervios del clítoris.
—¡Jooodeeeer!
La saqué por completo y la metí por completo varias veces, aunque eso secaba la polla. Pero sobraba lubricante todavía.
—¡Mmmmfff!
Y sin parar, con mis dedos pringosos, la sorprendí frotando su clítoris con el capuchón bajado.
—¡AAAAAAAAAHHH!
Sin darle tregua se corrió vaginalmente, y clitorianamente. Solo entonces dejé de frotárselo.
Segundos después me pidió que parara.
—¿Estás segura de que no quieres correrte también por el culo?
—¡Que pares!
Aceleré, y comenzó a retorcerse. Se sonrojó y bufó.
Se corrió analmente.
—¡Hijo… de… puta!
La saqué de su culo, cogí una servilleta de la mesita de noche, y me limpié. Comencé a hacerme una paja rápida frente a su cara, sobando sus tetas con la otra mano.
—¿Te vas a…?
—Sí. Chúpamela.
—¡Pero si acaba de estar en mi culo!
—La he limpiado…
—¡Que no!
—Pues abre la boca al menos.
—Bueno…
La abrió y sacó la lengua. Comencé a gemir, y me corrí. Algunos chorros rociaron su cara, y otros fueron disparados directos a su paladar. Casi se atragantó de nuevo, pero se lo tragó por reflejo, y solo tosió un poco.
Me quedé jadeando sobre ella, con mi polla entre sus tetazas. Comencé a amasarlas, y a jugar con sus pezones, pellizcarlos, acariciarlos…
—¿Te ha gustado? —le pregunté peinando sus mechones verdes con la mano.
—Soy una grandísima puta, así que me ha encantado. No se podía esperar otra cosa de mí.
—Me alegro. ¿Qué tal tu primera vez por el culo?
—Fantástica. Está claro que soy una puta anal. Ni siquiera sabía que podía correrme así. Hoy no tengo ganas, pero creo que la próxima vez te la chuparé justo después de que me la metas por el culo. Es que ahora me ha pillado por sorpresa. Pero la próxima vez estaré preparada, métemela sin miedo en la boca.
—Vale, lo haré.
—Mi hermana tenía razón sobre mí, pero me cuesta reconocerlo.
—Eso veo.
—Me voy a ir ya, pero la próxima vez me gustaría que probaras a sentarte en mi cara hasta que te coma el culo. La palabra de seguridad es “esternocleidomastoideo”. Hasta que la diga, no te quites de encima, no me dejes ni respirar, agárrame el pescuezo con las piernas. Es mi fantasía, quiero meterle la lengua por el culo hasta el fondo a un hombre, y no parar hasta que se corra.
—Entiendo, la haremos realidad.
Se quedó mirándome a los ojos, suspicaz. Le devolví la mirada, divertido.
—¿Hace cuánto que lo sabes? —me preguntó.
—No podía ser más obvio, Clara —y la besé en los labios con ternura.
—Solo intentaba…
—¿Darle de su propia medicina, o robarle el novio?
—¡No eres su novio!
El timbre sonó. Se quedó helada. Sonreí. Salí corriendo a abrir, y ella me persiguió.
—¡No, no, no!
Abrí la puerta, desnudo, y Sofía me miró dicharachera, de abajo a arriba.
—¡Cierra la puerta! —gritó poniéndose a mi lado. Sofía se echó a reír, viendo las tetas botar.
—¡Estás hecho un Casanova!
La agarré de la muñeca, tiré hacia adentro y cerré la puerta.
***
Aun ahora estoy sorprendido de lo bien que terminó todo. Lo único que puedo decir es que, tras varios vaivenes, un par de semanas más tarde ya me acostaba regularmente con las dos. Por supuesto, Clara entraba en cólera al sugerir la posibilidad de un trío, pero terminó aceptando que me follara a las dos, aunque a regañadientes. En pocas palabras, le gustaba demasiado lo que le ofrecía.
La moraleja es que lo importante es que les guste tanto cómo te las follas que no puedan resistirse a cotillearlo con las amigas, hasta el punto de que también tengan ganas de probar.
Porque fue lo que Sofía hizo, y tras unos meses tenía una lista de contactos de follamigas. Jamás en mi vida me había hartado de follar como entonces.
Somos la agencia Victoria, y si su problema es la abstinencia sexual, nosotros se lo solucionaremos. Llámenos y no le faltará de nada. ¡Oferta especial de verano! Nuestra profesora sexual le dará un curso intensivo por la mitad de precio, y luego le encontraremos una media naranja a la que impresionar. Recuerde, ¡se trata de que vayan corriendo a contarles el chisme de lo bien que follas!
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