Mi vecina - 6 -
Amparo toca el timbre exigiendo respuestas, pero Mónica ya tiene otros planes. En el umbral de la puerta, entre el insulto de la ex y el silencio de la casa, la vecina decide tomar el control de su cuerpo y de su tiempo, demostrando que la tentación no pide permiso.
- 6 -
Desperté congelado en el sofá. Tenía una ligera resaca y porqué no reconocerlo, un lío del tamaño de la estatua de una montaña.
Mónica tenía un gran problema personal, tal vez algún trauma. Lucía había evitado el tema como si fuese un cactus de grandes y afiladas espinas.
Con ella tampoco sabía muy bien qué hacer. Tal vez había ido demasiado rápido y pensé que era mejor dejar fluir la situación, solo por si acaso. Si tenía algún problema con una perdería a las dos.
Al final decidí no decidir. Me había salido bien hasta el momento y me dediqué a ser un buen vecino. Reanudé mis paseos bohemios, algunas reuniones con antiguos amigos y el tiempo diario que dedicaba a la novela. Ya no le faltaba mucho, sorprendentemente había avanzado a buen ritmo a pesar del tiempo que le había pedido al editor y quería ver si la terminaba y le daba una sorpresa.
La situación se estabilizó. Con Mónica los abrazos y los besos se convirtieron en un pequeño placer sorpresa. A veces, bajaba unos minutos sin ningún motivo en especial para besarme y me dejaba muy caliente. Otras, las menos, me masturbaba sensualmente o me hacía una bella felación en la que me vaciaba las pelotas para "que me desestresase" según sus propias palabras. Con Lucía todo era una incógnita. Tan pronto se mostraba cariñosa y cercana, amistosa, besucona y algo sobona como se envaraba y se retraía sin dejarme llegar hasta ella, a veces en medio de una conversación alegre o viendo una película.
Entre tanto me sentía por un lado un cerdo que se aprovechaba de dos mujeres y por otro un gilipollas por no forzar la situación y terminar llevándome a una u otra a la cama.
Aquel día concreto, tan anodino como otro cualquiera, llamaron al timbre. Lucía se había ido unos días a Francia, a ver a la familia, creo que dijo, así que solo podía ser Mónica. Casi sin pensar abrí y abracé a la mujer en la puerta.
- ¡Quítame las manos de encima! - Soltó la borde de Amparo
La solté por miedo a envenenarme. Las serpientes son peligrosas.
- Perdona. - Reaccioné diciendo por fin - ¿Qué haces aquí?
Trató de pasar pero me interpuse. No tenía la menor intención de dejarle entrar.
- ¿Así van a ser las cosas?
- Así mismo. En el pasillo puedes hablar igual que dentro y no veo motivo para dejarte entrar. ¿Qué haces aquí?
- Comprendo que estés enfadado pero al menos siempre tuviste modales. Déjame entrar.
- No. Ya tuvimos demasiados problemas en el pasado, cuanto menos nos toquemos mejor.
- Entonces el abrazo, ¿a cuénto de qué iba? - Callé como un idiota, no quería darle la menor munición – Bueno, no me digas que tienes una amiga por aquí. ¿Ya lo saben tus amigotes?
Ahí estaba. Amparo tenía que haberse enterado a través de amistades comunes que había vuelto a frecuentar bares y en definitiva, que parecía sonreir otra vez de vez en cuando. No creo que solo por eso haya venido desde Madrid a ver si me jodía la vida, pero ha debido ser un buen incentivo. Torpe de mí, a un animal tan peligroso no se puede dar la más mínima confianza.
- ¿Has venido hasta aquí para cotillear?
Amparo suspiró
- Me tienes harta. En fin. He venido a hacerte un favor. En dos meses tengo un viaje de negocios a Estados Unidos. Es importante y una oportunidad para ascender en la empresa.
Desde el pasillo, por sorpresa, con delicadeza y firmeza a la vez, Mónica apartó a Amparo a un lado.
- Usted perdone – le dijo con una sonrisa torva – Solo será un segundo – Entró en casa y le cerró la puerta en las narices.
- ¿Qué estás haciendo?
- Te noto tenso. Estas cosas mejor discutirlas relajado.
Me metió la lengua hasta las amígdalas. Iba a decir algo pero no pude hablar porque ya estaba jugando con mi lengua lascivamente, mucho más ansiosa de lo normal. Al otro lado de la puerta Amparo, cabreada, comenzó a tocar el timbre. Me bajó los pantalones de deporte que estaba acostumbrado a llevar y antes de darme cuenta estaba chupando como un caramelo mientras lasciva se acariciaba la entrepierna.
- ¡Julián cabrón! – Chilló mi ex – Abre ahora mismo
- Un momentooooooo – Mónica había aprovechado que hablaba para tragarse mi sable hasta la empuñadura y succionar haciéndome crecer descontrolado. Mónica dejó de chupar un segundo y me miró
- En dos horas bajo y cenamos juntos, ¿te apetece?
- Sí, vale – Respondí superado por la situación como un autómata mientras veía que se mataba a dedos debajo de sus cortos pantaloncitos.
- Vale, te apetece, ya sigo.
Ya valía con Mónica. No era la primera vez que me preguntaba si me apetecía cuando se refería a una felación. Ahora diría que yo se lo estaba pidiendo. Comenzó a acariciarme los huevos mientras tragaba más y más rabo. ¡Qué locura!
- Te vas a enterar. ¡Hijo de puta! - Chilló Amparo al otro lado de la puerta.
Yo me descontrolé, me daba todo igual, así que sujeté a Mónica y comencé a follarle la boca. Nunca había sido tan bestia con ella pero si me quería me iba a tener. Extrañado sentí que temblaba y le fallaban las piernas. Se estaba corriendo viva mientras gemía de algún modo incluso con la boca llena de rabo. Yo ya estaba a punto de caramelo y ver que a ella le gustaba aquel punto de violencia me hizo desbordar. Me vacié sin control
- Juliáaaan – Chilló Amparo coincidiendo con mi orgasmo
Me recompuse la ropa a toda velocidad. Mónica se levantaba al mismo tiempo que tragaba todo lo que tenía en la boca. Es de mala educación desperdiciar la comida.
Abrí la puerta de nuevo. Amparo nos miraba con ojos desorbitados y la mano presta a golpear la puerta.
- Perdona otra vez – Repitió Mónica apartando a mi ex mujer – Recuerda – Me dijo – En dos horas bajo y cenamos... solos
Amparo enrojeció hasta la raíz del pelo. En momentos como aquel, cuando perdía completamente el control, llegó a levantarme la mano y temí que lo intentase ahora. Pero de algún modo consiguió controlarse.
Como a fin de cuentas teníamos que hablar y hacerlo en el pasillo no era buena idea bajé con mi ex a un bar cercano y hablamos. No me hacía maldita la gracia dejarme ver con ella de nuevo pero era mejor que tenerla en casa.
La conversación me terminó de sorprender. Tenía un viaje de negocios en Estados Unidos que iba a durar un par de meses. No tenía con quién dejar al niño y no podía llevarle. Claro, no tenía ningún amigo de quien fiarse. Estaba muy buena pero una vez pasada la primera impresión era capaz de ser una verdadera hija de puta. Por lo menos había conseguido encajar el viaje en Junio y Julio y cuando volviese en Agosto se llevaría al niño de vuelta. Así no perdería colegio. Quería que me quedase a Raul esos dos meses.
- No
- ¿No?
- Ni de coña. Has puesto al niño en mi contra y ahora me quieres usar como un pañuelo cuando te hago falta y luego volver a tirarme.
Esta vez había sido inteligente. En público no se atrevía a comenzar a gritarme o a montar alguna escena. Por suerte para Amparo mi postura era una estrategia. Estaba que no me cabía la alegría en el cuerpo. Llevé poco a poco la discusión donde quería y le plantee que podía cuidar de Raul, pero solo si me permitía la custodia compartida. Amparo se marchó furiosa, pero sabía que volvería a la carga. La tenía donde quería y era tan ambiciosa que no podía permitirse no hacer el viaje de negocios.
Volví para cenar con Mónica, quise regañarla pero no me sentí capaz. Había sido un buen día.
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