Priscila y el viejo payaso de la feria - PARTE 5
Él cree que la tiene atrapada con sus fotos y sus amenazas, pero ella ha invertido el juego: él es solo su juguete más caro. Mientras los hombres poderosos de la feria luchan por su cuerpo, ella juega con el fuego, sabiendo que la verdadera tentación no está en el escenario, sino en la sombra de un payaso que la mira con devoción y asco.
Cuando la repulsión era tan intensa que se mezclaba con el morbo, cuando lo grotesco se convertía en un desafío perversamente tentador… Su cuerpo deforme y decadente, la piel floja colgando de su cara envejecida, esos ojos hundidos y agotados bajo un maquillaje burdo, deberían haberme inspirado solo desprecio. Sin embargo, había algo en esa desproporcionada fealdad que me atrapaba, un placer retorcido en la provocación, en jugar con el asco hasta convertirlo en un peligroso estímulo, solo para saciar la parte más oscura de mi mente.
“LA REINA DEL JUEGO”
Me observaba en el espejo del baño, arreglándome el vestido, tratando de camuflar mis senos, que ahora estaban al descubierto, sin sujetador, bajo la delgada tela. Mis pezones, aún erectos por la adrenalina vivida, parecían querer mostrar al mundo mi atrevimiento, mi secreto. Mi celular había estado sonando con notificaciones. Desde que envié el último mensaje al payaso, supe que su emoción crecería aún más. Mi promesa de seguir en el juego le generaba una nueva excitación, una oportunidad que no desaprovecharía. Y, a decir verdad, yo también me sentía emocionada. ¿Qué clase de juego macabro estaría ideando en su perturbada cabeza?
La emoción de enfrentarlo, de asumir lo que viniera, era excitante, y mucho más sabiendo que ahora tenía de mi lado mi as bajo la manga: la Priscila interna, esa que parecía manejar los hilos de todo, la que me impulsaba a seguir. De un momento a otro, parecía que el viejo payaso tenía toda la ventaja, pues había logrado hacerse con material mío, fotos y videos, que usaba para sobornarme y chantajearme.
Pero entonces lo entendí: él no tenía tanto poder sobre mí. No era tan astuto… al menos, no más de lo que la Priscila interna se lo permitía. Porque al final, ella siempre tuvo el control. Incluso sobre mí. Lo dejé atraparme con trucos torpes, casi infantiles… absurdos. Pero lo hice a propósito. Necesitaba sentir algo distinto, romper la rutina, probarme a mí misma hasta dónde podía llegar. Cuanto más “caía en su red”, más difícil y morbosos se volvían los retos. Pero al final, si decidía ceder, no era por sumisión… era por deseo de vencerlo en su propio juego
En el fondo, ese tonto y viejo payaso pervertido no eran más que víctima de esa zorra interior que tengo. Víctima, igual que yo.
–¿Hola? –respondí con una calma, con algo de indiferencia, dejando que mi tono relajado contrastara con la clara desesperación de Nicole al otro lado de la línea.
–¡Priscila, ¿dónde estás?! –su voz sonaba más dura que nunca –Ya están en pleno ensayo, si sigues así, no te tomarán en cuenta.
–Ya estoy en camino, cálmate –le respondí, disfrutando la forma en que su irritación crecía.
–¿Que me calme? –su tono se volvió aún más agudo, incapaz de disimular el desespero.
Nicole notó enseguida mi relajada actitud, lo que solo la irritó aún más. Mientras ella seguía lanzando recriminaciones desde el otro lado, decidí poner la llamada en altavoz, dejando que sus palabras resonaran por todo el baño. Coloqué el celular sobre el lavamanos y seguí con mi arreglo personal.
Cuando volví a tomar el teléfono, mis respuestas eran cortas, casi desinteresadas. Mientras tanto, abrí los mensajes del viejo payaso, y no pude evitar sonreír ante sus torpes palabras.
Lo tenía donde quería:
“Joder, Priscilita… Qué puto espectáculo me diste. No puedo dejar de pensar en tus tetas 👀🥵, cómo me hiciste hervir la sangre. Lástima que esos mocosos estuvieran ahí”
“Me molesta que esos cabrones te vieron también, ¡y me están devorando los celos, mierda! Me tienes completamente loco. ¿Por qué te haces así de difícil? ¡Qué carajo, te quiero sólo para mí! 😈”
“Ahora estos mierdas quieren más. ¡y no pienso compartirte otra vez! Te quiero toda, sólo para mí, y ya no aguanto más… 💦 💦 💦”
–…¿Me escuchas? –me sacó del momento la voz de Nicole.
–Sí, sí –respondí con una sonrisa traviesa, mientras terminaba de leer las ridículas palabras del viejo payaso. Sus mensajes delataban su desesperación, y me resultaba imposible no sentir una mezcla de diversión y poder al ver cómo sus emociones se desbordaban
–¿Y qué esperas, Priscila? –la voz de Nicole sonó como un rugido –Mueve tu trasero hasta aquí.
–Estoy en camino, Nicole –dije, disfrutando cada segundo de su impaciencia, una faceta mía que me sorprendía a mí misma.
–Eso dijiste hace 10 minutos –explotó –La feria no es tan grande, ¿dónde estás?
–Solo pasé a arreglarme, dame 5 minutos –respondí, dejando que la ironía de mis palabras se colara en mi tono.
–¡5 minutos, Priscila, solo 5 minutos! –cortó de inmediato, como si estuviera a punto de perder el control.
Sentí un rubor tibio emerger en mis mejillas, y mis dedos temblaban apenas sobre la pantalla. Jugar con la desesperación de Nicole no hacía más que enaltecer mi ego, y ese contraste entre mi calma fingida y su furia real me excitaba de una forma que no podía disimular.
Decidí encaminarme de vuelta al salón auditorio para los ensayos junto a las demás candidatas. Mis pechos, ahora sin el sujetador, se balanceaban con cada paso bajo la delicada tela del vestido blanco. Era un vaivén ligero que se sentía delicioso además de hipnótico, que atraía las miradas de quienes tenían la suerte de verme pasar. Disfrutaba la atención como siempre. Me sentía radiante, con un brillo renovado. Esas miradas ya no se sentían entrometidas, mas bien era como si me entregara por completo y dejaba que recorrieran mis encantos.
— ✦ —
Al llegar al salón, nada más ingresar, Nicole se acercó rápidamente y me tomó del brazo, apresurando mi paso para que me uniera a las demás. Al quedarme alineada en el costado izquierdo, los empresarios Raúl y Esteban, los organizadores de la feria, me notaron por un momento y luego continuaron con las indicaciones. Ya no alardeaban tanto de su posición, ahora nos indicaban cómo debíamos promover el nombre del evento con una gran lona rectangular que debíamos sostener entre todas después de la primera pasarela, mientras bailábamos con el grupo musical.
No pude evitar sacar de nuevo el celular. Mi mente seguía dando vueltas, preguntándome qué mas escribió el viejo payaso, su desesperación por mi era adictiva. Mi excitación por saber lo que me diría me mantenía en vilo. Y por supuesto los mensajes seguían generándome una adrenalina deliciosa, pues sus palabras eran cada vez mas sucias, suplicantes: “Quiero recorrer todo tu cuerpo con mi anciana lengua” “salpicar mi esperma en tu boca” “Solo déjame olerte una vez más… aunque sea después de que me escupas.”
Ya sin prestarle el mínimo de atención a los empresarios y a sus miradas que me recorrían como si fuera mercancía, deslicé el dedo sobre la pantalla… y respondí:
–Aquí estoy, cariño 💋… lista para jugar
La respuesta fue inmediata. En la pantalla, el maldito “escribiendo…” empezó a parpadear. Se notaba que tecleaba frenético… borraba… volvía a escribir…
Pero antes de que pudiera enviar sus reglas… yo ya estaba un paso adelante.
–Tú empezaste el juego…
–Ahora es mi turno.
–Quiero proponerte un juego nuevo, payasito…
–Estoy segura… que te encantará 😉
El “escribiendo…” nuevamente se volvió loco, se detenía, volvía. Se detenía otra vez… Finalmente… llegó su respuesta corta y rendida.
–Tú dirás… preciosa 😈
Sonreí. Lenta y deliberadamente. Levanté la mirada hacia los empresarios, fingiendo interés en sus explicaciones… pero mi mente estaba en otra parte. En su emoción, en su sudor, en su desesperación.
Volví a la pantalla. Mis dedos acariciaron la pantalla
–Un premio… real. No como la moto, payaso. Yo si se cumplir.
–Pero esta vez… yo pongo los retos. Solo 5
–Misma dinámica: reto… o castigo 🔥
–Si logras cumplir al menos 3…
–Ganarás algo que ni en tus sueños más sucios imaginaste. ❤️
Dejé el mensaje en suspenso a propósito. Que su mente explote imaginando, que su entrepierna arda preguntándose.
–¿Aceptas? 😘
El viejo contestó rápido —demasiado rápido—, como si temiera que me arrepintiera:
–Así que te revelas jaja
–Recuerda que soy muy competitivo.
–Suena interesante, pero dime amor ¿qué gano? 😍 😍😍
Mis dedos acariciaron la pantalla… no con prisa, sino con soberbia. Con esa emoción que solo da el poder de tener todo bajo control. Con ganas de humillar.
–Mejor te digo primero… lo que puedes perder😈
–Tu hombría… tu dignidad… tu máscara de payaso
–Si pierdes… te unirás a nosotras en el escenario
–Vestido solo con ropa interior… la que yo elija. (Sí, la más ridícula y ajustada. La que marque cada una de tus arruga)
–Caminarás junto a nosotras en el acto final… Subirás al escenario sin pedir permiso y sin maquillaje
–Modelarás… graciosamente. 😂
–Pero no como payaso… Sino como ese viejo asqueroso que eres
–El que se merece ser ridiculizado. Expuesto, grabado y compartido
–Y todos… todos… reirán. Pero no contigo. Sino de ti
Tardó más esta vez, mucho más. El “escribiendo…” aparecía… desaparecía… como si borrara diez veces lo que quería decir. Seguramente ofendido, herido y humillado…
Finalmente, su mensaje llegó. Con emoción forzada… fingiendo no haber sido ofendido
–Qué mala eres, jaja… 😣
–Pero si es así… el premio debe valer la pena. REALMENTE. 🤡 💦 💦 💦
En ese momento, sentí cómo mi rubor subía… lento, caliente y delicioso. Una corriente eléctrica rozó mi entrepierna… y mis pezones, traicioneros, sensibles y ansiosos, se endurecieron bajo la tela del vestido una vez más. Era un placer perverso por lo que estaba a punto de escribir:
–Claro que lo vale… 😘
–Si ganas, maldito viejito pervertido…
–Podrás tocarme 💋
–Buscaremos un lugar… solo para los dos… Solitos. Donde nadie nos vea…
–Entonces… dejaré que tú seas quien me baje el vestido. Y por 1 minuto… ¡solo 1 minuto!
–Mis senos… serán tuyos 😘 😘 😘
–Podrás acariciarlos… apretarlos… besarlos… lamerlos… chuparlos…
–Hasta morderlos, si te atreves. 😈
–Todo lo que quieras. No pondré resistencia… Solo gemiré. 😫 💔
Al terminar de escribir, sentí como mis dedos temblaban, tan solo imaginar la posibilidad, excitada por mis propias palabras. Guardé el celular y crucé los brazos. A pesar de que los empresarios habían notado mi indiferencia, no parecía molestarlos, al contario me veían como toda una diosa.
Después de las indicaciones finales, las candidatas comenzamos a salir hacia nuestros respectivos stands, esperando la hora del concurso. Me acerqué a Nicole, quien me sonreía con dulzura, pero sabía que aún estaba furiosa por dentro. A su lado, como dos autoridades, conversaban Raúl y Esteban. Ambos vestían con impecable elegancia, trajes oscuros. Raúl, de mediana edad, tenía ese aire de autoridad experimentada; Esteban, más joven, exponía ambición y seguridad, con la mirada penetrante y una media sonrisa
–Pri, entonces, ¿todo bien? –me preguntó Nicole, con una sonrisa claramente fingida.
–Claro. Todo quedó claro –respondí, manteniendo la calma.
–¿Y por qué esta señorita huyó al principio? –preguntó Esteban con una condescendencia descarada.
–Tuve una urgencia, me disculpo si no fue bien visto –respondí sintiendo su mirada fija sobre mí.
–Me imagino que hay algo más importante que cumplir con tu trabajo –insinuó Raúl, su voz cargada de una molestia contenida.
–Una urgencia –respondí, sonriendo, con elegancia, pero con un toque cortante.
El ambiente se volvía tenso. Nicole, con su acostumbrado carácter cálido, intervino de inmediato para aliviar la situación.
–Jajaja, lo importante es que Priscila comprendió todo lo que se debe hacer. Ella es muy profesional, se los aseguro –dijo mientras Raúl no dejaba de mirarme, retándome con sus ojos. –Pri, ¿tienes alguna duda?
–No, todo está claro –respondí sin titubear.
–Perfecto, entonces nos vemos en una hora para el gran evento –añadió Nicole con una sonrisa, como si todo hubiera vuelto a la normalidad. Pero antes de que pudiera reaccionar, Esteban intervino con firmeza.
–Priscila, queremos hablar contigo –su tono dejó claro que no era una petición, sonaba más como una orden.
Me detuve, levantando una ceja, sorprendida por la solicitud. ¿Qué podían hablar conmigo? No tenía ninguna relación directa con ellos, y la forma en que me lo pedían no me gustaba en absoluto. Sin embargo, sabiendo que me esperaba una riña magistral de Nicole si nos dejaban solas, decidí acceder y darle tiempo para calmarse.
Nicole se retiró con sutileza, dejándonos a solas en medio del salón auditorio. Fue entonces que los dos empresarios caminaron hacia mí con esa seguridad casi provocadora, como si el mundo entero les perteneciera. Llevaban las corbatas bien ajustadas y sus gestos reflejaban una gran confianza como si nadie se atreviera a decirles que no.
Al notar el aire íntimo que dejó la salida de Nicole, Raúl fue el primero en hablar, mientras Esteban encendía un cigarrillo con una lentitud. Yo me planté frente a ellos, cruzando los brazos, con expectativa.
—Priscila —dijo Raúl, su voz ligeramente vacilante —Nicole me ha dicho que eres una modelo muy profesional. No lo dudo en lo más mínimo.
El humo que salía de la boca de Esteban flotaba entre nosotros. Me abaniqué con una mano, insinuando mi incomodidad.
—¿Quieres uno? —me ofreció Esteban, levantando el cigarro encendido hacia mí.
—No, gracias. No fumo —respondí sin apartar mis ojos de los suyos.
—Está bien —exhaló lentamente, dejando que el humo saliera de su boca —Debes saber que somos los dueños de este evento. Siempre estamos atentos a talentos como tú… personas que puedan potenciar el poder y la imagen de nuestra marca.
—Entiendo... —dije con voz suave —Pero, ¿qué es exactamente lo que quieren de mí?
Raúl dio un paso más. Su proximidad era calculada, como si pretendiera que su aliento rozara mi cuello.
—A ti —dijo sin rodeos —Seré directo: queremos que trabajes con nosotros. Tenemos eventos, campañas, marcas importantes… Pero más allá de todo eso, eres una de las mujeres más deslumbrantes que hemos visto en mucho tiempo.
—Agradezco el cumplido —contesté, dibujando una media sonrisa —¿Y cómo exactamente proponen ese “trabajo”?
Esteban intervino, acercándose también. Sentí su presencia a mi izquierda, mientras Raúl estaba a mi derecha. Me rodeaban sin tocarme, como si intentaran acorralarme
—Es que... —murmuró Esteban, sus ojos bajando por mi cuerpo —uff... realmente me encantas.
No dije nada, no hacía falta. Lo veía en sus gestos: la forma en que tragaban saliva, los ojos que no podían evitar detenerse donde no debían, las manos inquietas. Eran tan predecibles, tan fáciles de leer… y tan deliciosamente manipulables.
Esteban dio una última inhalación al cigarro y lo apagó de un golpe seco contra su propia palma, como si el dolor le diera impulso.
—Te vimos hoy —dijo Esteban —Nos has sorprendido. Incluso las otras competidoras se ven... disminuidas con tu presencia.
Me limité a mirarlo un par de segundos. Dejé que sus frases se disiparan en el aire antes de responder: —Gracias, pero… ¿qué significa eso exactamente?
Esteban soltó una risa apurada
—No seas modesta, Priscila —dijo, acercándose lo suficiente como para que pudiera sentir el calor de su cuerpo —Sabes que no pasas desapercibida. Y por eso… queremos proponerte algo. Tenemos muchas actividades sociales por delante: cenas privadas, convenciones, viajes... y sería un lujo que nos acompañaras. Algo así como...
—Parte del paquete, por decirlo de alguna manera —intervino Raúl, con la voz más grave, pretendiendo que sonara sofisticado.
—¿Paquete? —repetí, arqueando una ceja.
—Sí —continuó, ahora más bajo, casi como si quisiera susurrarlo —Serías nuestra acompañante. Pero no como una impulsadora más, nooo… Algo más… personal; elegante, presencia discreta y... sensual. Pero que todos sepan que estás con nosotros.
El aire se volvió espeso, cargado de algo que ni siquiera ellos sabían manejar bien. Me limité a observar, con calma.
—¿Y sus esposas estarían de acuerdo con esa representación “exclusiva”? —pregunté con una voz tan suave y sensual que casi dolía.
Esteban vaciló apenas un segundo.
—Mi esposa vive en Punta del Este. Tiene su agenda, su mundo. No se mete en mis asuntos… ni yo en los suyos.
—Yo soy divorciado —agregó Raúl, sonriendo —Pero sigo creyendo en el amor.
Sus ojos lo dijeron todo: esa torpe insinuación, lo decía por mí pero con una ligereza grotesca. Bajé la vista, por fin me había logrado incomodar. Me arreglé el cabello con una mano, la otra en la cadera, marcando mi silueta con naturalidad ensayada.
—Entiendo —dije, mi voz más dulce —Entonces… ¿yo sería algo así como su pieza de lujo? ¿Un símbolo de su éxito... masculino?
Ambos reaccionaron como si hubieran recibido una bofetada. Raúl intentó sonreír, Esteban no supo si retroceder o acercarse más.
—No, nos malinterpretes —dijo Esteban —No se trata de poder. Es... admiración mutua. Respeto. Y... con un pago bastante generoso.
Sonreí. Una sonrisa lenta, irónica, despiadada.
—Ah, claro... admiración bien remunerada. Qué concepto tan elegante, Esteban —respondí, manteniéndole la mirada hasta que bajó los ojos.
—Vamos, Priscila —intervino Raúl, ahora algo nervioso, su voz queriendo sonar persuasiva —No te hagas la ofendida. Este mundo funciona así. Tú podrías tenerlo todo: vestidos, joyas, viajes… una vida sin preocupaciones. Solo tendrías que estar ahí, a nuestro lado… Pero con privilegios.
Lo miré sin parpadear y luego con una calma, pregunté:
—¿Privilegios que goza una pieza de utilería? ¿Una figura decorativa que solo se mueve cuando le dan permiso? —Me incliné apenas hacia él, la voz baja, firme, como si le dictara una sentencia. —¿Vas a necesitar que te acompañe a la habitación para continuar con el "trabajo", Raúl?
La sangre se le escurrió al rostro. Abrió la boca, pero no pudo decir una sola palabra. Tragó saliva. Su frustración se dibujó con claridad en sus cejas tensas. Esteban intentó intervenir, pero bastó una mirada mía para que entendiera que el juego se les había ido de las manos.
—Lamento si te ofendimos —dijo Esteban, dando un paso atrás. Su voz tenía un tinte de falsa calma, como si buscara retroceder solo para clavar con más fuerza el puñal —Solo pensé que serías más profesional. Al final de cuentas, eso hacen las modelos, ¿no? Se exhiben. Usan su cuerpo.
Raúl se inclinó hacia él, con un gesto cómplice.
—Tal vez deberíamos hablar directamente con Nicole —dijo, sin dirigirse a mí —Al fin y al cabo, ella es su jefa. Y debe hacer lo que le diga.
—Claro —añadió Esteban, girando su rostro lentamente hacia mí —Aunque… —hizo una pausa y clavó su mirada en la mía, como si estuviera acostumbrado a que nadie se le enfrentara —nosotros somos los jefes de ella.
No pestañeé. Lo miré con el ceño fruncido, los ojos afilados como cuchillas. Pero él sostenía su gesto arrogante. La insinuación era vulgar y repulsiva. Lo entendí de inmediato: estaban proponiéndome que me prostituyera, que les ofreciera mi cuerpo como parte del trato. Mis dedos se acalambraron con el impulso de abofetearlos.
Sin embargo, había algo de añoranza en esa sensación, algo que recordaba a los juegos con el viejo payaso. Algo que me había acostumbrado, sin quererlo, a saborear… Como si fuera otro reto a superar.
Esa sensación… la había sentido antes. El mismo veneno, la misma asfixia disfrazada de juego y el mismo fuego, el mismo juego de poder. Porque si había algo que él me enseñó, fue a usar ese asco como arma, a convertir la repugnancia en adrenalina. A seducir sin ceder y controlar sin tocar.
Y ellos, pobres idiotas, no lo sabían… pero ya estaban dentro de mi entretenimiento. Si los mandaba al diablo ahora, perdería el juego. Una bofeteaba serviría para desahogarme, pero confirmaría mi desesperación debido a su arrogancia dándoles la victoria. Sin embargo, si daba rienda suelta a sus fantasías, si les hacía creer que el poder era suyo, mientras los apretaba lentamente… entonces solo ganarían lo que merecían: humillación lenta y más dolorosa.
Mi zorra interna sonrió primero. Luego lo hice yo…
—Está bien —dije despacio, como si saboreara cada palabra —Si Nicole lo decide, ustedes serán mis nuevos dueños… Yo solo obedezco
Ambos se miraron, sorprendidos por la aparente rendición. Pero entonces me incliné hacia ellos, dejando que un mechón de cabello resbalara por mi cuello hasta mi escote que se agrandaba debido a la estirada tela.
—Aunque debo advertirles algo —continué, con una voz suave, casi dulce —Puedo ser muy complaciente, pero a la vez, soy muy… exigente, y no siempre es fácil acceder a mis encantos. Deben jugar muy bien sus cartas
Raúl tragó saliva. Esteban no supo si sonreír o fruncir el ceño.
Antes de que pudieran reaccionar, les di la espalda. Mis caderas se balancearon con precisión quirúrgica, sintiendo sus ojos clavados en cada paso, en cada movimiento de mi trasero. Sabía exactamente lo que estaban imaginando… lo lejos y cerca que estaban de tenerlo.
Me alejé despacio, sin apuro, como un deseo prometido. Ellos se quedaron en silencio, atrapados con la idea de poseerme, mientras no sabían que ya me pertenecían. Sin haberme tocado, ya los había vencido.
— ✦ —
Apenas salí del auditorio, Nicole apareció a mi lado con ese paso brusco que siempre delataba su impaciencia.
—¿Qué querían? —preguntó con el ceño fruncido.
—Propuestas de trabajo, nada más —respondí con voz neutra, como si hablara del clima.
Ella se detuvo un segundo. Me miró de reojo.
—Descarados —protestó —Saben que trabajas conmigo, que te represento. No pueden hacer ese tipo de acercamientos por fuera. ¿Te dijeron algo más?
—Creo que hablaran contigo —dije, con un tono que sabía que la ponía nerviosa. Ella apretó los labios, tragándose un enojo que no sabía si era por celos profesionales o por el hecho de que aunque me juzgara, sabía que era su amiga.
Cuando llegamos al stand, Sofía y Laura, las otras impulsadoras de la marca que representábamos ya estaban ahí. Hacían como que ordenaban catálogos, pero era obvio que llevaban rato cuchicheando.
—Ya volvió la predilecta —dijo Laura con tono agrio, sin levantar la mirada.
Sofía fingió una sonrisa tensa —¿Lista para dar otro show, su alteza?
No respondí. Solo sonreí con una lentitud estudiada mientras me acomodaba el cabello con la punta de los dedos para que cayera sobre mi espalda. Podía haberlas enfrentado, tenía argumentos y estilo de sobra, pero no valía la pena. Sabía que sus comentarios eran provocados por el resentimiento dentro de ellas; me habían visto bailar con descaro, retorcerme con sensualidad para los visitantes, lanzar miradas afiladas como flechas, todo como parte del perverso juego con el viejo payaso sin que ellas lo entendieran. A sus ojos eso me condenaba como toda una zorra descarada.
—Bueno, Pri, en media hora comienza todo. Anda a cambiarte —me indicó Nicole, fingiendo no haber escuchado a las chicas.
Nos dirigimos juntas al vestidor. Nicole me ayudó a ponerme el traje de gala: un vestido rojo intenso, con destellos plateados que capturaban la luz artificial de la feria. Ponérmelo fue una tarea algo complicada.
La falda comenzaba ajustada desde lo alto de mis muslos y subía firme, envolviendo mis caderas con presión. La tela se pegaba a mi piel como si estuviera húmeda. No dejaba espacio para adivinar: marcaba cada centímetro de mis piernas, la redondez de mis glúteos, la forma exacta de mi cintura. El tejido era liso, brillante y reflejaba la luz apenas en los puntos donde más se tensaba.
Justo en el centro, sobre el vientre, una pequeña abertura dejaba el ombligo completamente expuesto. Mi abdomen quedaba visible, firme y plano, obligando a bajar la mirada.
La parte superior nacía desde la misma falda, dos tiras que subían desde la cintura, cubriéndome los pechos. No los aplastaban, tampoco los liberaban del todo, se adherían con suavidad. Quedaban sostenidas apenas por otra tira muy delgada, que mantenía ambas piezas unidas justo a la mitad de mis pechos. Las copas no llegaban a cubrir completamente los costados, dejando parte de la piel al descubierto sin sujetador, obligando al ojo a completar lo que la tela dejaba a medias.
De espaldas, el vestido desaparecía desde la base de la nuca hasta la parte baja de la espalda. Todo quedaba expuesto, la piel limpia, lisa, sin interrupciones, hasta que otra vez la falda retomaba el control al llegar al final de la línea de mi espalda.
El ajuste era exacto. Cada vez que me movía, la tela se estiraba y regresaba, como si obedeciera a mi cuerpo. Aunque la tela se movía con sutileza a cada paso, todo estaba firmemente controlado, como una trampa visual perfecta: una promesa de que algo podría salirse... pero no lo haría. No aún...
Mientras me daba los últimos retoques en el maquillaje, Nicole me recogía el cabello. Lo sujetó en un moño alto, dejando caer una coleta que rozaba la nuca, mientras liberaba algunos mechones sobre el costado derecho de mi rostro. El lado izquierdo quedó completamente despejado, como si le diera a mi perfil un aire aún más desafiante.
Llegamos al stand y las miradas se giraron. Y ahí estaban Laura y Sofía, con sus expresiones congeladas entre la envidia y la resignación.
—Va a ganar, ¿no lo creen? —preguntó Nicole con voz dulce, pero cargada de intención.
Ambas asintieron con la cabeza, en silencio, como si sus palabras hubieran sido silenciadas por mi presencia. Nicole no necesitaba más, no pretendía responder a sus anteriores comentarios con palabras. Lo había dicho con elegancia: yo no competía con ellas. Estaba en otra liga. Y su representada... era intocable.
Y justo en ese momento, como si fuera parte del guion, apareció Gerardo. Caminaba con orgullo al verme. Llevaba una sonrisa maliciosa. Al pasar junto a mí, no se resistió y se acercó más de lo necesario.
—Mi diosa —susurró, tomándome de la cintura con descaro —Que buena estás, no puedo renunciar a ti…
Me zafé con elegancia, aunque mis ojos ya ardían con furia contenida. Sofía y Laura intercambiaron miradas, esas que dicen “perra” sin decirlo.
—Te dije que fue un error, Gerardo. Y no se va a repetir —Susurré
Él se rio, como si mis palabras fueran una broma privada entre nosotros. Todavía con su mano a medio camino de mi cadera, giró hacia ellas con su aire de macho alfa.
—¿Qué opinan, chicas? Hacemos una linda pareja, ¿no?
Las dos rieron con esa malicia. Me zafé por completo esta vez con firmeza, mientras el enojo me subía al rostro.
—Tal vez unos centímetros más —intervino Nicole —pero lástima que no puedas usar tacones como ella.
Gerardo no dijo nada en su defensa; no solo las palabras, sino el tono con que las decía Nicole, eran contundentes. Pretendía defenderme, pero su malicia era evidente: —Además, no te vendría mal una limpieza facial. Priscila merece un hombre impecable a su lado.
Ante el rubor de Gerardo, sentí un estremecimiento en la espalda. Me imaginé al viejo payaso, un completo desastre. ¿Qué diría Nicole de él? Y peor aún, ¿cómo reaccionaría si supiera todo lo que él me dijo? ¿Y las cosas que me hizo hacer?
Y como si la escena necesitara más espectadores, aparecieron Raúl y Esteban, caminando con ese aire de ejecutivos de reality show que creen que todo les pertenece. Nicole se apresuró en llamarlos. Los empresarios recorrían los stands con aire de jueces, buscando no solo evaluar sino también ser vistos.
—Gerardo, qué gusto verte —dijo Esteban, cruzando los brazos con una sonrisa apenas cínica —Siempre con tan buena compañía.
—No es para menos —contestó Gerardo, tratando de recuperar el control —Me gusta disfrutar de lo mejor.
Gerardo volvió a tomarme de la cintura, esta vez con más fuerza, como si su mano quisiera dejar marcada su pertenencia. Los rostros de los empresarios cambiaron de inmediato. Sus sonrisas fingidas se desvanecieron. Esteban frunció los labios, con los brazos aún cruzados, pero el tono de su voz ya tenía veneno.
—Tienes confianza, ¿eh? —dijo mirando la mano de Gerardo sobre mi cuerpo como si se tratara de una plaga —No sabía que la feria venía con premios incluidos.
Gerardo no soltó su agarre. Al contrario, apretó un poco más, sonrió con una calma irritante.
—A veces uno no gana los premios, Esteban. A veces los premios te eligen… aunque algunas personas no puedan soportarlo.
Esteban rio por lo bajo, sin apartar su mirada del agarre. Los dedos de Gerardo se hundían en mi piel.
—¿Te eligió? ¿Lo dices en serio? —ladeó la cabeza.
Mi cuerpo se tensó, pero no dije nada. Con sutileza me volví a zafar de las garras de Gerardo y me apegué a Nicole. Alcé la mirada, vi a ambos sin mover un solo músculo de la cara. Ellos hablaban como si yo fuera un trofeo, el morbo de la situación les quemaba por dentro.
Se quedaron en silencio por un segundo, midiéndose. Los ojos de Esteban ya no eran los de un organizador. Eran los de un hombre celoso, a punto de perder el control. Y Gerardo, saboreando la incomodidad ajena, no tenía intenciones de ceder terreno.
—Priscila parece ser nuestra próxima reina, no es verdad —Intervino nuevamente Nicole intentando suavizar la tensión. Pero no hubo respuesta.
Los ojos de ambos hombres estaban fijos, evidenciando disputas pasadas. Parecía faltar una pequeña chispa para desatar una pelea campal. En ese momento, justo cuando creí que la tensión no podía aumentar más. Entonces fue que lo vi.
A lo lejos, más allá de las luces cálidas, las palabras opulentas y los trajes relucientes, una silueta extraña emergía entre la gente. Pequeño, desproporcionado, con un paso exageradamente sigiloso para alguien tan notoriamente fuera de lugar. El traje, una mezcla entre circo barato y pesadilla de feria, cubierto de polvo sobre tela brillosa. Era el viejo payaso. Con un nuevo disfraz, un maquillaje mas trabajado. Pero aun así era reconocible su vieja cara.
Se abría paso como si el evento fuera suyo. Con la seguridad de quien no teme hacer el ridículo, y con la mirada fija. En mí. Como si ya supiera a quién verdaderamente pertenecía el trofeo disputado...
Se acercó con las manos en la espalda, caminando con puntapiés al aire con sus zapatos enormes. El ambiente pareció cambiar por lo ridículamente ruidosos que eran: rechinaban con cada paso, provocando pequeñas sonrisas en quienes lo habían notado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se plantó en el centro. Su expresión era una mezcla grotesca de inocencia fingida y cinismo pintado.
—¡Muy buenas tardeees, distinguidos millonarios con cara de jugo vencido! —chilló, extendiendo los brazos con una teatralidad exagerada.
Las risas estallaron alrededor, de casi todos, menos la mía, que lo observaba con menosprecio. Su reverencia fue tan profunda que casi se estampó contra el suelo. Al reincorporarse, su corbata absurdamente grande, se le enredó en el tobillo. Tropezó y cayó torpemente, sacando más carcajadas. Una pésima actuación que solo yo parecía notarlo.
El payaso no perdió tiempo. Se estiró, como si intentara crecer de repente. Dio un par de brincos torpes, estirando los brazos para parecer tan alto como ellos. La gente ya rodeaba la escena como si fuera parte del show. Y justo en el momento perfecto, uno de los tirantes de su pantalón cedió cómicamente, y el pantalón cayó. Debajo, unos ridículos pantalones cortos blancos con corazones rojos. El público estalló en carcajadas.
Menos yo…
Yo sabía que nada de eso era espontáneo. Cada gesto, cada tropiezo, cada palabra, tenía una intención. No estaba ahí por casualidad. Se estaba metiendo en el juego. Retándome. Y entonces, cuando todo parecía haber pasado, él simplemente se reacomodó los pantalones, hizo una pequeña reverencia hacia mí, solo hacia mí acercándose. Y alzando la voz me dijo
—Preciosa, mejor quédate conmigo. Soy pequeño pero cumplidor —La gente reía disfrutando el show improvisado. Yo no respondí.
El viejo me hizo un gesto llevando una mano en su cara, insinuando una llamada. Gesto gracioso para los demás, pero grotesco para mí… y se escurrió entre el público, como si ya hubiera cumplido su misión. La gente no lo sabía, pero ese gesto era real, estaba esperando mi mensaje.
—Pri, acompáñame —me susurró Nicole al oído —Ya debemos preparar la primera pasarela.
Asentí y la seguí, mientras caminaba tras de ella decidí revisar mi celular, los mensajes del viejo lo habían inundado otra vez después de mi ultimo mensaje
—Claro que si preciosa…. Que ricooooo🤡 Me esforzaré em verdad, todo por esas tetas carajo… Estoy dispuesto a hacer lo que sea.
—No hay nadie que te salve… Me voy a devorar ese par 🍈🍈
Y mientras seguía leyendo mensajes similares, llegó otro mas
—Eres mía... deja a esos tontos y ven conmigo. Ese culito me pertenece 🍑💘🙈
Sus palabras, lejos de ofenderme, me provocaron una corriente caliente que subió desde el vientre. Era como reencontrarme con una droga vieja, peligrosa, pero extrañamente reconfortante. Ese tono asqueroso, tan seguro de su poder, y el uso de emojis exageradamente, me provocaba rechazo... pero también un deseo enfermizo, como si una parte de mí aún quisiera que intente dominarme. Le respondí, sabiendo exactamente cómo jugar:
—Que rico payasito, pero para que te pertenezca debes esforzarte. ¿Listo para el primer reto?
Mientras caminaba junto a Nicole por el pasillo, con una mano hacia sombra a la pantalla del celular. El payaso no tardó en responder:
—Mas que listo, mas bien apresúrate, el tiempo es oro 🔥 🔥 🔥
Sonreí. Con ironía. Con control…
Nos acercábamos a un nuevo vestidor improvisado justo al lado del escenario. A unos metros del escondite detrás del escenario donde a tan solo una hora estaba ahí mismo, de pie, pechos descubiertos, la espalda erguida, frente a esos payasos como una estatua que ellos adoraban de rodillas. Ninguno tenia del derecho a tocarme. Se vencieron solos. Uno a uno, agotados en su “trabajo manual”, acabados de placer por su propia mano. Me pregunté cuál de ellos se habría llevado mi sujetador… lo había dejado allí como una reliquia en correspondencia a su sumisión. Su rendición.
Al ingresar al vestidor, el caos reinaba. Sillas, telas, maquilladoras, staff corriendo. Nicole se mezcló con ellos de inmediato, tomó el liderazgo, como siempre. Yo, en cambio, me senté y revisé el celular. El payaso había respondido.
—Estoy esperando. ¿Qué estás planeando? Eres cruel… y eso me calienta más 🤡
Volví a sonreír. Por un segundo, me dejé llevar. Imaginé sus manos arrugadas, los dedos gruesos y torpes temblando sobre mi piel. Me estremecí. Sentí una vibración en la espalda... y un suave hormigueo en el vientre. Cerré los ojos un instante. Ese era el verdadero riesgo de este juego, tratar de evitar ese momento haría que realmente me esfuerce. Pensé un reto que realmente le sería difícil:
—¿Me viste con Gerardo? ¿Te pusiste celoso? No te preocupes, ahora tienes una oportunidad:
—RETO: Irás con Gerardo y le declararás tu amor, pero con un tono dulce jaja. Tienes que insistir, convencerlo. Hazlo creíble, que no tenga dudas de tus intenciones. Él se molestará, pero debes actuar por la menos un minuto como si fueras un verdadero enamorado, si no resistes ese tiempo, pierdes. Graba todo y me envías el audio.
—CASTIGO: Si no lo logras, irás con Laura y Sofía, mis compañeras de stand. Están aburridas, necesitan algo de atención. Acércate a una de ellas, y declárale tu amor, pero no con tono dulce, sino con esa vulgaridad grotesca que usaste en aquel audio que me mandaste, ¿recuerdas? También debes grabarlo. Recuerda que si no lo haces pierdes el juego directamente.
—¿Difícil? Piensa en el premio viejito💋💋💋
Solté el celular con una gran sonrisa. Dos jóvenes presentadores se acercaron, el staff nos colocó en fila, una tras otra. Y como si todo hubiera sido escrito por el destino, terminé siendo la última. El gran final.
Los presentadores subieron al escenario y dieron la bienvenida al público. La primera concursante se preparó para salir. El protocolo era claro: cuando la chica delante de ti llegara al final de la pasarela, era tu turno de brillar. El desfile ya había empezado, la adrenalina me subió hasta la cabeza.
Entregué mi celular a una de las personas del staff para que lo cuidara. Aún tenía tiempo, el desfile iba por la mitad de las chicas. Decidí relajarme un poco, sabiendo que le había dejado un reto y un castigo difícil. Esta vez no lo tendría fácil. No iba a dejarle ganar.
Mi turno llegó. La penúltima modelo acababa de girar en la pasarela y era mi momento. Caminé con decisión, con una sonrisa amplia, no solo por el desfile en sí, sino por toda la adrenalina que llevaba dentro. De inmediato todas las miradas eran de asombro. El vestido, bajo los reflectores, brillaba aún más; mi piel resplandecía. Sabía que deslumbraba. Caminé con naturalidad, con esa seguridad que incomoda y atrae a la vez. Mientras los presentadores decían mi nombre y la marca que representaba, yo impactaba con cada paso.
Al llegar al final de la pasarela, una ola de celulares se encendió. Las miradas eran ansiosas, nerviosas. Hombres con ese gesto serio fingido, queriendo controlar su deseo. Mujeres sorprendidas, algunas con recelo evidente. El ambiente ya no era tan festivo, era eléctrico. En el regreso, mostré mi figura desde atrás, sobria y segura. Un último giro, un beso hacia el público… y desaparecí.
Aún quedaba el cierre con el banner gigante para impulsar la marca. Tras las cortinas, las chicas ya estaban listas. Tomé uno de los extremos y salimos juntas al centro. Fue entonces que lo vi. No lo había notado antes, cegada por las luces. En primera fila, el payaso. No estaba sentado, se había acercado al escenario, parado, bloqueando la vista a los demás sin importarle. Su celular me apuntaba directamente. Me grababa solo a mí. Rodeamos la pasarela con rapidez, pero él se movía conmigo, siguiéndome desde abajo hasta donde ya no pudo avanzar.
Después, comenzó el número musical. Mientras bailábamos, animábamos al público que poco a poco se nos unía. Pero no pude evitarlo, lo miré una vez mas, el maldito viejo me sostuvo la mirada, me sonrió y, con ese gesto suyo tan repulsivo, levantó los pulgares sonriendo sin mostrar los dientes y movió las cejas en señal de complicidad. Enunció algo con los labios y salió disparado. No le entendí, tampoco respondí. No debía. No pensaba darle ni una gota de atención frente a los demás.
Por indicación de Nicole, empezamos a salir del escenario una por una para dejar paso al grupo musical. Teníamos tres canciones, unos quince minutos para cambiarnos. Ya tras el escenario, el staff nos asistía con el nuevo vestuario. Nicole vino directo hacia mí. Comenzó a desatarme el vestido por detrás del cuello. La tela cayó, dejando mi clavícula desnuda. Mis pechos aún estaban cubiertos, atrapados, hasta que tiré de la tela por delante y los liberé. Me puse de pie para bajarme la falda. Mientras lo hacía, vi cómo las demás chicas se cambiaban apresuradas, ropa por el suelo, sostenes cayendo, piel expuesta por todas partes. En medio de ese caos, se me ocurrió el siguiente reto. Uno que no le sería nada fácil al viejo.
Fui de las primeras en estar lista, aunque sabía que por orden debía salir al final. El siguiente número era juvenil y fresco: usaríamos shorts de jean y poleras blancas. La marca de una conocida gaseosa auspiciaba el segmento, así que cada una llevaba una botella en mano y una gorra roja con el logo. Una vez vestida, busqué a la amiga que tenía mi celular. Se lo pedí, lo desbloqueé, y en medio del bullicio, noté varios audios del payaso. Mi corazón se aceleró.
¿Lo habrá hecho? ¿El reto o el castigo? Bajé el volumen, llevé el celular a mi oído y comencé a escuchar:
—Mi amor, recién estoy yendo. No podía perderme tu primera aparición… carajo, qué rica estás. Cómo voy a disfrutar cuando te quite ese vestido con mis propias manos...
Inmediatamente comenzó el siguiente audio:
—Qué rica estás. Me inspiraste. Voy a cumplir con el reto. Te voy a ganar, todo por esas ricas tetas… ushhhh...
Ese último sonido, con sus labios sonó tan fuerte y fue tan sucio, tan obsceno, que retiré el celular de mi oído por un segundo. Pero se reprodujo el siguiente audio:
Solo se oía bullicio, ambiente de feria. Después de unos segundos, la voz del payaso:
—Carajo, no puedo…
Solté una carcajada espontánea, una de esas que salen sin previo aviso. Disfrutaba de la victoria, pero entonces el último audio comenzó con el bullicio de fondo, hasta que finalmente se escuchó:
—Disculpe… ¿usted es el señor Gerardo?
—¿Sí? ¿Quién es usted?
—Soy... soy alguien que ha sufrido en silencio. Un admirador. Uno que se ha quedado callado demasiado tiempo… Ya no puedo esconderlo, Gerardo… Me gustas. Me gustas mucho.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—No lo niegues, lo nuestro es real. Lo sentí el día que te vi. Tus bíceps, tu seriedad, esa arruguita que se te forma en la frente cuando estás concentrado… ¡Ay, Gerardo! ¡Eres mi hombre ideal!
—¿¡Qué carajo estás diciendo, hermano!?
—¡Gerardo! ¡Estoy harto de esconderme! ¡Hoy vengo a luchar por ti! ¡Ya basta de negarlo! ¡Aunque te enojes, aunque me rechaces… no me iré sin decirte lo que siento! ¡Te amo, Gerardo! ¡Te quiero con todo este cuerpo de payaso, pero honesto! Y lo gritaré si es necesario. ¡¡¡TE AMOOOOOOO, GERARDOOOO!!!
(Murmullos de gente alrededor. Risas. Alguien silba.)
—¿¡Este tipo está loco!? ¿¡Qué le pasa!? ¡¡Seguridad!!
—No, no llames a seguridad mi amor. Escúchame. Solo dame una oportunidad. Podemos irnos a vivir juntos. A un campo. Criar gallinas, plantar naranjos. ¡Puedo despertarte cada mañana con un mate y un beso en la frente, mi amor! ¡Incluso aprendí a tejer! ¡Tejeré en una bufanda que diga: “tu y yo para siempre”!
—¡Te voy a matar, viejo degenerado! ¿¡De qué estás hablando!?
(Se escucharon golpes mientras el viejo hablaba)
—¡No! ¡Es amor! ¡Déjate amar! ¡No me pegue… ¡AY!, Gerardo, por favor! ¡Por favor! ¡La violencia no es el camino!
—¡Enfermo! ¡Te metiste con el hombre equivocado! ¡Me tienes harto!
—¡Pero si soy tu Romeo, tu mi Julieta con barba!¡Dame un abrazo, aunque sea un abrazoooo!
(Se oyeron sillas moverse, algo cayendo. Gritos de fondo. Sonido de pasos fuertes.)
—¡Suéltame! ¡Suéltame que lo reviento! ¡Te voy a partir la cara, idiota!
—¡Ay! ¡Se me cayó la nariz! ¡Nooo, la nariz nooo!
El audio terminó abruptamente con un sonido distorsionado y un golpe, como si se hubiera caído el celular.
Yo no podía más. Reía a carcajadas, con el vientre sacudiéndose como si tuviera vida propia. Me tapaba la boca, pero el gesto era tan evidente que resultaba imposible ocultarlo. Las demás me miraban desconcertadas, pero ¿cómo explicarles el nivel de absurdo y lujuria que acababa de escuchar?
Mientras aún sonaba el audio, me había llegado otro mensaje. Su voz temblorosa, sin aliento:
—Carajo, preciosa… por lo que me haces pasar… casi me romp… bueno, mas bien lo sujetaron... ¡ay, no joda! Tuve que salir corriendo, pero lo hice por ti… por ese par de melones que quiero chupar, ¡caraaaajoooo! Jajaja… aaaajajajaja
La risa burlona, aguda y exagerada del viejo al otro lado, esa risa chillona que siempre logró perturbarme.
Bloqueé el celular mientras mis compañeras se alineaban para salir. Me ubiqué al final, como siempre. El nuevo vestuario dejaba poco a la imaginación: un short de mezclilla que abrazaba mis glúteos, dejando mis piernas blancas y largas al descubierto, y una polera blanca, ancha de brazo a brazo, que dejaba desnudos mis hombros y mis clavículas, se ajustaba y anudaba sobre mi ombligo. Los tirantes del sujetador rojo caían sobre mis hombros, y la gorra escondía mis ojos, dándome un aire enigmático realzado aun mas por los tacones negros.
Sostenía una botella personal en la mano. El grupo musical se despedía. El presentador anunciaba nuestra entrada, una nueva música iniciaba. Sabia que el viejo payaso estaba esperando ahí afuera para provocarme
Mientras esperaba mi turno, una idea me cruzó: ¿y si no lo lograba? ¿Y si me rendía? Tendría que estar a merced de ese viejo…
Me llegó el turno… Salí como una diosa. Tacones, piernas largas, mirada altiva. El silencio volvió con mi paso. La música era electrónica, rítmica, con una voz femenina en inglés que le daba un aire sensual a todo el ambiente. Llegué al final de la pasarela. Y sí, por supuesto: ahí estaba él. El viejo payaso, celular en mano, esperando como una fiera hambrienta.
No podía perder. Lo miré de reojo, su cara burlona por haber superado el primer reto, tenia que ponerlo nervioso. Así que antes de ingresar, me había animado a deshacerme del sujetador. Ese era el “descuido” que decidí regalarle, la delgada tela ciñendo la piel de mis senos, mis pezones traslucidos sutilmente...
Me di media vuelta. El payaso seguía grabando desde abajo, con esa cara desorbitada, rendido ante mi figura, justo como lo quería. Me siguió girando conmigo por la pasarela, con esa expresión de fascinación que resultaba tan molesta. La gente notó su graciosa forma de seguirme y se escucharon suaves risas por sus movimientos apresurados tras de mí, apuntando con la cámara, como si pretendiera hacer una de sus “payasadas”.
No pude evitar mirarlo una vez mas. Esta vez su rostro me decía que lo que hacía no era parte de una actuación, esta vez su gesto era real. Me seguía perdido en mi figura, sin intentar hacer reír. Su cara estaba embobada, sedienta… Fingí naturalidad, lo había desubicado… Sin embargo…
El gesto del viejo, con ese maquillaje corriente y esa actitud tonta que hacía reír a los demás sin intentarlo… algo me envolvió como un manto de adrenalina. Saludé con la mano que sostenía la botella… y entonces, con una torpeza fingida, la dejé caer.
Me agaché con lentitud. No doblé las rodillas; las mantuve estiradas, obligando a mis caderas a alzarse, a dibujar esa curva insolente de mi trasero que sabía que era devorado por las miradas… y por la cámara del payaso pervertido. Sentí el tirón sutil del short de mezclilla, esa presión deliciosa que apenas contenía la piel que reclamaba mostrarse. Un par de centímetros más arriba, ya era indecente, se podía ver parte de la curvatura de mis glúteos, apenas un atisbo. Como un verdadero descuido que dejaba a todos perplejos. Sin embargo… esa no era precisamente la intención…
La polera… ahora desatada, uff…
Mientras mis dedos jugaban con la botella en el suelo, la tela cedía lentamente, acariciando mi espalda, deslizándose como si tuviera vida propia. No fue un accidente; era el juego de mi espalda expuesta tensándose con cada estiramiento. Lo disfruté. Lo gocé… pero me había dejado llevar demasiado…
Empujé la botella con un gesto sutil, dejándola rodar, fingiendo torpeza. Tuve que abrir más las piernas, anclar bien los pies y mover la cadera hacia un lado. Fue ahí… justo ahí… cuando lo sentí. La polera descendió de golpe sorprendiéndome, como empujada por el mismo morbo del momento. Era más de lo previsto, mucho más. Una revelación fugaz de mi pecho, de esa línea peligrosa entre el límite y el escándalo. Un escalofrío me recorrió entera.
Con el corazón en la garganta, mi mano reaccionó. Sujeté la tela justo a tiempo. Pero ya era tarde para fingir. Esa chispa… esa electricidad que atraviesa el cuerpo cuando sabes que te están devorando con los ojos… ya estaba ahí. Me estremecí.
La botella volvió a escapar. Esta vez no fingía, me agaché de golpe y la tomé con fuerza. Me incorporé rápido, arrugando la polera con los dedos, sintiendo el calor impregnado en mi piel, tocándome. No sonreí ni besé al aire, ni giré como siempre. Salí del escenario huyendo. Temblaba…
Adentro, las chicas, ajenas a lo que había sucedido se relajaban tranquilas y obligada una vez mas a salir tras de ellas para el recorrido juntas por la pasarela, aproveché en anudar la polera una vez mas antes de ir tras de ellas.
Sabían que ahora venían otros números en el escenario antes de que tocara regresar. Teníamos al menos veinte minutos de pausa antes de la siguiente escena. La que debía ser en traje de baño.
Seguía tensa, con el cuerpo temblando, encendida, aún con la adrenalina corriendo por mis venas, sentía la piel más sensible que nunca, como si el aire tibio del lugar me acariciara con malicia. El corazón aún latía demasiado rápido. Entonces llegó otro mensaje. Inquietándome.
—Wow Mi amor, Priscilita… qué rico. No puedo creerlo. Y tuve la vista en primer plano. Me enloquece 🍑🍈🍈💘💘💘
—Gracias, gracias, gracias
Me envió el video que había grabado. Mi respiración se agitó.
Con cuidado, me retiré tras la tela del improvisado vestuario para estar completamente a solas, lejos de los comentarios despreocupados de las otras. El celular en la mano, y lo reproduje.
Ahí estaba todo: Mi pasarela completa desde el inicio, mi figura avanzando firme, con seguridad. El pelo suelto, las curvas, la energía… era impactante. Era yo, sí. Me sentí orgullosa. Y también… tremendamente expuesta.
El momento se acercaba…
En el video se notaba cómo, mientras quedaba quieta unos segundos al final de la pasarela, mis pechos, claramente marcados, se alzaban con mi respiración contenida. La cámara del payaso había capturado justo la punta de uno de mis pezones, tensa y visible bajo la tela, contrastando con la luminaria como si se tratara de una fotografía profesional.
Desataba lentamente el nudo de mi camiseta, y ahora, al mirarlo desde sus ojos, esa intención se volvía demasiado peligrosa. La tela no caía: se rendía. Se abría como si supiera lo que estaba provocando, dejando escapar una promesa de piel. Desde su ángulo, mientras me seguía, se veía más de mi vientre de lo que yo había imaginado. La polera se tensaba en mis pechos, pero se soltaba por debajo.
Todo iba bien, hasta que la botella caía y ahí todo cambiaba. El viejo no perdía detalle, me enfocaba con una devoción inquietante, pero con esa tembladera en las manos que delataba su excitación… Como si se obligara a seguir filmando en vez de dejarse llevar por el placer de mirar en vivo. Como si supiera que lo que capturaba valía mucho más.
La botella rodaba, y yo, seguía el guion…
Apenas me agachaba, y un zoom descarado se deslizaba hacia mis nalgas. El enfoque era torpe al principio, pero se corregía con ansiedad. Entonces ocurrió: una visión tan explícita que parecía irreal. Mis glúteos se dibujaban con perfección bajo el short de mezclilla, que en la imagen ya no parecía un short… sino una tanga
En el video, al mover las caderas, mi polera ya había recorrido mucho más de lo que había sentido en ese momento. Mi espalda se veía muy expuesta, en mi mente, solo se revelaba hasta media espalda, pero en la grabación… la tela había subido hasta mis omóplatos sin que me diera cuenta. La piel clara, suave, tensa por el movimiento, se veía provocadora, vulnerable.
La cámara, sin dejar de hacer zoom, ahora enfocaba mi torso. Y entonces lo entendí: todo el público parecía contener el aliento, como si esperaran un soplo divino sobre la tela, un milagro… Y entonces pasó.
Fue tan solo un par de segundos, tal vez menos, pero ocurrió, y él no perdió detalle. Desde su ángulo, su cámara capturó más de lo que yo habría imaginado, mucho más. Mis senos aparecieron por debajo de la tela, justo un instante antes de que mi mano reaccionara. El movimiento fue instintivo, mi reflejo me salvó… pero no a tiempo.
En cámara normal, ese instante era impactante, fugaz, pero más que suficiente para que la imagen quedara grabada en quienes lograron verlo, como si fuera una captura de pantalla. Esa imagen se quedaba como cuando pasas los canales rápidamente, pero reconoces tu programa favorito de un solo vistazo. Y vuelves, solo para confirmar que tu mente no te engañó.
Y en cámara lenta… Y si pausabas el video justo en el momento exacto y a pesar de los píxeles, se podía distinguir todo: mis pechos colgando en toda su plenitud, el peso, la forma ovalada por la gravedad, la curva firme de la base, la tensión en la piel. Si no cayó la tela por completo fue por la tesura que provocaba el tamaño de mis pechos, justo a la mitad, pero aun así por debajo la visión era perfecta, suficiente para saber que me habían devorado con los ojos sin permiso.
No se veían con nitidez absoluta pero sí se adivinaba, con una claridad perturbadora, dónde estaban mis pezones y cómo se orientaban. La imagen ya estaba ahí impregnada, tatuada en la memoria de todos los que observaban. Él había capturado exactamente lo que deseaba, lo había atrapado todo y aunque mis pechos aparecían pixelados al dar pausa, él ya los conocía, ya sabía su forma, el color rojizo de mis pezones, la textura de mi piel, el lunar… Y yo… yo lo permití…
En mi mente ya planificaba el siguiente reto para el viejo payaso. Pero mi mente lidiaba con la idea de ganarle o solo usarlo. Usarlo para satisfacer mi propio morbo arriesgando perder el juego. El viejo estaba dispuesto a todo por mi, por mis tetas… Y eso definitivamente me excitaba…
Uff, cariño… esto está tan intenso que ahora mismo estoy ardiendo mientras escribo. Te prometí que esta sería la última parte, pero… la historia decidió jugar conmigo. Por eso el epílogo lo dejo para una sexta entrega, que llegará muy pronto…
No te impacientes😇… solo unas horas más y mañana tendrás el final. Sí, una promesa real, tan firme como la que le hice al viejo payaso. Tan solo déjame pulirlo… tengo el final perfecto. Ahora mismo estoy frente a mi laptop, con una blusa delgada sin sujetador y una tanguita de encaje, y no te imaginas lo caliente que estoy mientras escribo…
Reto: Mañana subiré la sexta y última parte de esta historia.
Castigo: Escríbeme al correo y pídeme lo que quieras… todo, absolutamente todo lo que imagines.
Besitos…💋💋💋
Continúa en
- Relato #229578— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
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