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Priscila y el viejo payaso de la feria - PARTE 4

El viejo payaso creyó tenerla atrapada con sus videos y amenazas. Pero bajo la piel de la víctima, despertó algo mucho más peligroso: una mujer que no pide clemencia, sino que dicta las reglas del placer. Esta vez, el que va a terminar temblando no es ella.

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Priscila y el viejo payaso de la feria - PARTE 4

"Un juego de poder, placer y provocación donde las reglas las dicta una presencia astuta y peligrosa, sedienta de manipulación, con un libido desbordante y sin miedo a las consecuencias. Nadie puede ganarle en su juego"

La tarde avanzaba con esa rapidez que no dejaba espacio para descansar. El último día de la feria había llegado, y aunque la jornada era la misma, el ambiente era distinto, más cargado de tensión, más electrificado. Nos habían dado un traje más formal, una elección que contrastaba con la sensualidad que usualmente me rodeaba, pero de alguna manera, el vestido tenía su propio encanto. De tela fina, se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel, dejando claro cada detalle de mi figura, como si estuviera hecho a medida. Aunque era largo, la tela era tan delgada que no podía evitar sentir cómo se adhería a mi piel al moverse.

La abertura al costado derecho me permitía mostrar, de manera sutil pero sexy, mi pierna cada vez que caminaba, una pequeña provocación con cada paso. El vestido continuaba con hombreras y mangas largas, pero el escote recto me ayudaba a resaltar mi busto con la suficiente provocación como para no dejar dudas sobre lo que ocultaba debajo. El collar dorado, que se ajustaba alrededor de mi cuello, caía en forma de V, marcando de forma atrevida el nacimiento de mis pechos, justo en el centro de mi torso, creando un contraste perfecto con la suavidad de mi piel.

Mis tacones negros, altos y letales, parecían ser el complemento perfecto para este atuendo que equilibraba la sensualidad con la formalidad. Mi cabello, recogido en un moño, dejaba caer algunos mechones sueltos a los costados, enmarcando mi rostro, con la mirada fija en lo que estaba por venir.

Las chicas y yo, como diosas en su propio mundo, estábamos listas para dominar, para ser el centro de atención. Y sí, aunque mis pensamientos se mantenían concentrados en el trabajo, no podía evitar notar que algo en el ambiente había cambiado. El viejo payaso, ese hombre que no dejaba de rondar, siempre había sido una distracción, pero hoy no tenía tiempo para sus juegos. Mi mente estaba decidida, sin espacio para nada más que para el objetivo, pero mi cuerpo… mi cuerpo estaba completamente consciente de cómo se sentía, de cómo era observado.

A medida que el tiempo pasaba, el stand se llenaba de personas que se aglomeraban, acercándose más y más, pero no para ver la empresa o lo que representábamos. No, los ojos estaban fijos en nosotras, en nuestros cuerpos, en cada movimiento que hacíamos. Los celulares apuntaban, algunos con disimulo, otros directamente, capturando cada momento, cada gesto, como si fuéramos una exhibición privada de sensualidad. Yo sabía lo que estaba pasando, sentía la mirada de cada uno de esos hombres, no podía evitarlo. Pero no era algo que me molestara, al contrario, era como una explosión silenciosa de poder, de control.

De pronto, la voz del anfitrión resonó a través del micrófono, rompiendo momentáneamente la quietud de la multitud.

–¡Buenas tardes, queridos visitantes! –anunció con entusiasmo–. Hoy es el último día, y recordamos a todas las chicas de los stands que pueden inscribirse para el concurso de belleza. ¡Hoy elegimos a la reina de la feria!

Las palabras, tan claras y directas, fueron como un llamado a la acción. La gente, distraída por unos momentos en la oferta del concurso, nos dio la oportunidad de relajarnos un poco. Sin pensarlo mucho, me metí rápidamente al stand, buscando algo de privacidad.

Saqué mi celular, imaginando que el viejo payaso ya me había escrito. Mi instinto nunca fallaba. Pero para mi sorpresa, no había ningún mensaje. Fue uno de esos impulsos curiosos lo que me llevó a revisar el último texto que me había mandado:

¡Mañana nos vemos, preciosa! 😏 Tres desafíos pendientes y cinco apuestas para cada uno🔥🔥🔥. ¡La diversión nos aguarda! ❤️❤️❤️

El escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no era uno de esos escalofríos agradables. Me invadió una mezcla de morbo y repulsión, porque, aunque le había dejado claro que no quería seguir con sus juegos, algo dentro de mí me decía que tarde o temprano tendría que enfrentarlo. Si él se atrevía a aparecer por allí, no tenía intención de dejarlo pasar, no esta vez. Sin pensarlo, decidí que lo echaría sin piedad, sin darle chance de sus “payasadas”. No tenía tiempo para sus trucos baratos.

Apreté el celular entre mis manos, decidida a encontrarlo. Sabía que estaría cerca, pero no tenía idea de en qué rincón de la feria se ocultaba. Recordaba bien cómo, el día anterior, astutamente se había acercado sin disfraz, sin que yo pudiera reconocerlo. Miraba a cada uno de los hombres a mi alrededor, observando detenidamente a aquellos que podían tener esa contextura, esos ojos cansados y esos cachetes caidos que incluso el maquillaje no lograba esconder.

De pronto, sentí una mano sobre mi cintura haciéndome dar un pequeño salto, la presión de su toque me hizo girar la cabeza. Era Gerardo. Su presencia, demasiado cercana, me erizó la piel. Susurros, como si fuéramos amantes, hicieron que me tensara.

–Estás hermosa con ese traje –murmuró cerca de mi oído, como si estuviéramos a solas, como si el resto no importara. Me sorprendí por la cercanía de sus caderas, buscando mi cuerpo con descaro.

Mi instinto me hizo apartarme de inmediato, pero él no dejaba de insistir.

–Gerardo, lo de ayer…

–Shh… Qué rico, nena.

–Sí, mira… fue un error.

–¿De qué hablas? Si lo disfrutaste tanto como yo… y como me dejaste, si te quedabas un rato más, podríamos continuar… ¿Te parece en el descanso?

Esas palabras se quedaron flotando en el aire, pero mi reacción fue más rápida. Giré abruptamente, haciendo que me soltara, y marqué mi distancia. Gerardo, con una sonrisa confiada, me miraba, como si no entendiera que no deseaba repetir lo que pasó ayer.

–No volverá a pasar –dije con firmeza, mientras él, decidido, intentaba tomar mi mano.

Mi intento de soltarme fue inútil, ya que su otra mano rápidamente se posó nuevamente sobre mi cintura, como si no aceptara un no por respuesta. Luché por liberarme, pero sus manos, como tentáculos, parecían no tener intención de soltarme. Finalmente, logré escapar y me dirigí de nuevo al puesto, con las miradas de mis dos compañeras clavadas en mí. No me sorprendió que ya me estuvieran juzgando. Gerardo, por supuesto, se arreglaba el saco detrás de mí, como si nada hubiera pasado.

El micrófono del anfitrión volvió a resonar, sacándome de mis pensamientos.

–¿Quién será nuestra próxima soberana? –continuaba con entusiasmo–. Recuerden, ¡solo puede participar una por stand! Elijan bien a sus representantes.

La voz del anfitrión desapareció, pero las miradas hacia mí no. Las chicas de mi equipo, con los ojos clavados en mi figura, parecían dar por hecho que yo era la indicada para representar a nuestro stand. Nadie más tenía la misma presencia, nadie más estaba destinada a ser el centro de atención.

Me concentré en mi trabajo, repartiendo folletos con la misma elegancia de siempre, pero no podía evitar notar la presión de las miradas. Los ojos seguían fijos en mí, algunos con más interés que otros, y aunque intentaba no darles demasiada importancia, un pequeño placer se filtraba dentro de mí. Sabía que había algo irresistible en mi presencia, algo que no podía esconder, algo que todos esperaban ver.

Más tarde, Gerardo regresó con un par de chicos con cámaras y, sin perder tiempo, nos ordenó que nos preparáramos para una mini pasarela improvisada. Como parte del trabajo, no me quedaba más opción que hacerlo, así que me solté, disfrutando del momento. Las chicas pasaron primero, y los teléfonos móviles no paraban de capturar cada uno de nuestros movimientos. Pero cuando me llegó el turno, fue como si los paparazis se desbordaran: los flashes se multiplicaron y la atención se volvió completamente hacia mí. Caminé con seguridad, disfrutando de cada paso, haciendo que mis caderas se movieran de forma sutil, y flexionando la pierna para que la luz acariciara mis curvas. Ya estaba acostumbrada a esto, lo había hecho tantas veces... y cada vez me gustaba más.

Cuando la pasarela terminó, todo parecía volver a la normalidad, pero no. Un par de chicos se acercaron pidiendo fotos, y pronto la fila se hizo interminable, con hombres de todas las edades. Algunos estaban en grupos, otros solitarios, pero todos esperaban su turno, ansiosos. Gerardo, con esa sonrisa de siempre, se encargaba de tomar las fotos mientras les pasaban sus celulares. Cada vez que había un hombre solo, lo rodeábamos entre todas, y entre sonrisas la sesión continuaba.

Los más atrevidos, por supuesto, no perdían la oportunidad de despedirse con un beso en la mejilla, lo cual era divertido, incluso cotidiano. De pronto, justo a mi costado izquierdo, vi a esos chicos atrevidos con los que el payaso había compartido fotos mías, sus celulares apuntaban directamente hacia mí tras la cinta que separaba a los visitantes de la feria con el stand. Un nudo se formó en mi estómago, me incomodaban, pero no podía dejar que lo notaran. Sonreí, posando para la cámara, mientras sentía cómo sus ojos recorrían cada rincón de mi cuerpo.

Era el turno de otro señor solitario se acercó, entregando su celular a Gerardo para que le tomara la foto. Se metió entre una de las chicas y yo, y sin pensarlo mucho, me tomó de la cintura, acercándose de más. Dejamos que se tomara la instantánea, pero lo que ocurrió después me dejó helada: su mano izquierda, que aún seguía sobre mi cintura, empezó a bajar lentamente, rozando sin disimulo la línea que separaba mis nalgas. Lo sentí claramente, esa presión sutil que pretendía alargar el contacto, como si fuera lo más natural del mundo.

Mi cuerpo reaccionó instintivamente. Lo miré, disgustada, tratando de ocultar mi repulsión, mientras el tipo se alejaba y otro se acercaba, sin tener idea de lo que había pasado. Pero ese hombre no se fue; se quedó ahí, con total descaro sabiendo perfectamente lo que había hecho.

–No, no me gusta –dijo el tipo, dirigiéndose a Gerardo con tono autoritario–. ¡Toma otra foto, con más ganas!

Gerardo lo miró, su sonrisa irónica apenas disimulaba la molestia, pero tomó el celular una vez más.

–Solo un intento más, hay mucha gente esperando –respondió Gerardo, con una calma calculada, mientras el hombre se acercaba nuevamente y se colocaba entre mi compañera y yo, tomando nuevamente de la cintura a las dos.

–¡Toma bien la foto, jovencito! –ordenó el hombre con una voz ruda y algo fastidiosa.

–No se preocupe, solo no se mueva, pues apenas encaja en la foto –respondió Gerardo, marcando con su comentario la baja estatura del hombre en comparación con nosotras. Las demás personas no pudieron evitar soltar pequeñas risas.

–Jaaaajajajaja –El hombre soltó una risa tan chillona, tan irritante, que me hizo poner los pelos de punta. En ese momento lo reconocí. Era él, el payaso. Estaba allí sin su disfraz, pero su presencia era inconfundible. Bajé la mirada y me di cuenta de su escaso cabello, que dejaba ver su cuero cabelludo, y esa nariz enorme que hacia que no necesite la de utilería.

Sentí su agarre, fuerte, y sus dedos hundiéndose en mi cintura a través del vestido, mientras el sudor me recorría la espalda desnuda por el escote del vestido. El pulso me empezó a acelerarse por la repulsión.

–¡Priscila! –me llamó Gerardo, alzando la voz para que mirara a la cámara. El instante parecía estirarse, como si el tiempo se alargara con cada segundo que el hombre me tocaba. Ya estaba a punto de perder la paciencia.

–¿Ya? –respondí con claro enfado, mirando hacia la cámara.

–Estoy tomando varias, por si acaso –dijo Gerardo con una sonrisa nerviosa.

–Tranquila, cariño –dijo él, en un susurro tan bajo y sucio que lo sentí en lo más profundo–. ¿Te pone nerviosa mi presencia? Soy feo, pero cariñoso.

En ese momento, su mano izquierda, sin ningún reparo, apretó mi nalga con fuerza, como si lo hiciera con toda la intención de marcar su territorio. Sentí esa presión húmeda por un segundo, y en ese instante me separé bruscamente, mirando al tipo con repulsión absoluta. No me importó lo que pensara, ya era suficiente. Gerardo también lo entendió, y sin decir palabra alguna, se acercó al hombre para entregarle el celular y mandarlo al siguiente.

Pero el maldito viejo no se movió. Se quedó ahí, de pie, mirando las fotos como si estuviera buscando algo, como si quisiera corregir algún error.

–Ya está bien, señor –dijo Gerardo, visiblemente nervioso–. Por favor, deje pasar a los demás.

–No me gusta, hay que tomar otras –insistió el hombre, como si no hubiera nada más importante en el mundo que su foto.

–No, ya no se puede, por favor, deje pasar a los demás –dijo Gerardo con firmeza, aunque podía ver cómo su paciencia se agotaba. El viejo no cedió y, de hecho, se puso más pesado, insistiéndolo una y otra vez.

–Una más y listo –dijo él, con una mirada que dejaba claro que no tenía intenciones de irse.

Mi paciencia se estaba agotando rápidamente. Gerardo, cada vez más tenso, intentó empujarlo con suavidad para que se apartara, pero el viejo no se movió ni un centímetro. Gerardo, entonces, tuvo que empujarlo con más fuerza.

–¡Por favor, retírese! –gritó Gerardo, ya con la voz elevada.

–Así tratas a un anciano, ¡auxilio! –exclamó el maldito viejo, soltando una queja tan ridícula que hacía aún más nauseabunda la situación. –¡Me está agrediendo! ¡Soy de la tercera edad!

El caprichoso viejo no dejaba de quejarse cobardemente, y yo, incapaz de dejar de pensar en la sensación en mi nalga izquierda, donde aún sentía el ardor del agarre atrevido de su mano. Mis manos temblaban, mientras mi mente no podía dejar de procesar el tipo con el que me había estado relacionando todo el día anterior. Al verlo sin su tonto disfraz ridículo, me invadió una repulsión intensa, su cuerpo desalineado, extremidades cortas, panza prominente, piel amarillenta y arrugada, ojos y cachetes caídos. Pero lo mas perturbante era su actitud, tan desesperante y natural, nada de lo que hacía era gracioso, solo vomitivo.

Gerardo ya no pudo más, empujó al viejo con fuerza, y el sonido de su queja aguda se intensificó aún más.

–¡Ahhh! ¡Te voy a denunciar! ¡Gente! ¡Auxilio! ¡Me duele! –gritaba el viejo como si estuviera sufriendo una injusticia, cuando en realidad todos sabíamos que era él quien había cruzado todos los límites.

Gerardo, ya fuera de sí, lo levantó como si fuera un niño caprichoso, sin ningún tipo de respeto por su edad. Fue en ese momento cuando el viejo, mirando directamente hacia mí, cambió por completo. Su rostro pasó de la angustia a una sonrisa amplia, aunque distorsionada. Arrugó las mejillas sin mostrar los dientes, como si intentara hacer una sonrisa, pero en realidad era algo forzado, casi grotesco. Sus ojos brillaban con picardía, y su frente arrugada reflejaba su malicia. Me observaba fijamente, como si pudiera ver más allá de mi ropa, como si deseara devorarme con la mirada. La sensación fue tan perturbante que, instintivamente, me abracé a mí misma, como si quisiera esconderme por completo, aunque sabía que no podía ocultarme de esos ojos arrugados que veían con una mezcla de ternura y lujuria.

Me tomé un par de fotos más, pero el ambiente se había vuelto demasiado pesado. Decidí retirarme, dejando a las chicas continuar. La fila parecía interminable, y había un aire de desánimo que empezaba a calar en el grupo. Necesitaba un descanso.

Entré al stand en busca de mi cartera, y al hacerlo, tomé un vaso de agua. Bebí como si fuera un salvavidas, casi vaciando la botella de un solo sorbo. La sensación del toque del viejo en mi nalga seguía allí, como un recordatorio punzante de que esto no había sido un mal sueño, sino una realidad que no podía escapar. Pero respiré profundo, me recompuse y traté de seguir adelante, cuando el sonido de una notificación en mi celular me sacó de mis pensamientos.

Suspiré con temor, sabiendo que ese sonido podría ser otra de las desagradables sorpresas que me aguardaban.

Con un gesto de inquietud, busqué en el pequeño bolsillo de mi cartera y extraje mi teléfono. Lo sostuve en la mano, indecisa, como si el dispositivo fuera una bomba a punto de estallar. No me atrevía a desbloquearlo, temiendo lo obvio: que fuera él. Pero la pantalla se iluminó de repente, confirmando mis peores sospechas. En la notificación, reconocí el número del viejo payaso. Luego, otro mensaje. Y otro más. El teléfono vibró frenéticamente, como si estuviera poseído por una energía nerviosa.

Con un nudo en el estómago, abrí el chat. Los mensajes eran una avalancha de fotos y videos. Por un instante, quise borrarlos sin mirar, pero la curiosidad, esa traicionera compañera, me venció. Las primeras imágenes eran de mí, tomadas ese mismo día, horas antes, cuando me había instalado en el stand. Estaban capturadas desde todos los ángulos posibles, como si alguien hubiera estado orbitando a mi alrededor, invisible pero omnipresente. Luego, otras fotos, tomadas desde un lugar elevado, probablemente las escaleras que conducían a otro nivel del recinto. Aunque esa zona estaba cerrada, el viejo payaso había encontrado la manera de colarse. Las imágenes, tomadas con un zoom evidente, buscaban mi escote, aunque la distancia las hacía borrosas, como si la lente misma titubeara entre la osadía y la vergüenza.

Entonces, un video comenzó a cargarse. Al reproducirlo, vi al viejo payaso acercándose a mí, mientras un grupo de jóvenes, cómplices de su juego, grababan todo entre risas y murmullos. Sus voces resonaban en el audio, entrecortadas por carcajadas:

–“Ahí está, ahí está” –decía uno, mientras otro añadía–: “¿Lo va a hacer?”

–“¡No!” –respondía alguien más, entre risas.

–“¡Sí!” –insistía otro, como si estuvieran viendo una película de la que yo era la protagonista involuntaria.

El video no perdía detalle. Desde otro ángulo, vi cómo el viejo payaso, con una osadía que me heló la sangre, me apretó la nalga izquierda. Mi cuerpo se estremeció por un instante, y la cámara, temblorosa por las risas, volvió a enfocarme. Ahí estaba yo, claramente incómoda, con la mano que normalmente reposaba en mi cadera durante las fotos, ahora colocada detrás de mí, como un escudo instintivo contra su fechoría.

–“Este tipo es mi héroe” –se escuchó en la grabación, justo antes de que el video se cortara, mostrándome alejándome del viejo, cansada de su acoso.

No pude evitar retroceder la grabación, congelando la imagen en el momento exacto en que su mano se cerraba sobre mí. En esa captura, se veía claramente el pliegue de piel y tela que se formaba bajo su agarre, el vestido subiéndose ligeramente, arrugado por la fuerza de su movimiento. Era un instante descarado, grotesco en su crudeza. Mi nalga, aprisionada por sus dedos, parecía una presa en su mano, aunque solo fuera por un segundo. Luego, el video continuaba, con las risas y el desenfoque que seguían al acto.

Me quedé quieta, la mente bullendo de pensamientos contradictorios. La rabia hervía en mi interior, mezclada con una sensación de impotencia que me hacía querer gritar. Quería venganza, pero al mismo tiempo, deseaba no volver a verlo jamás. Su sola presencia me repugnaba. Y entonces, como si el universo quisiera burlarse de mí, otro mensaje suyo apareció en la pantalla:

–¿Lista para continuar nuestro juego, mi amor? 🔥🔥

Cerré los ojos por un momento, conteniendo la ira que amenazaba con desbordarse. Bloqueé el teléfono con un gesto brusco, pero casi de inmediato lo desbloqueé de nuevo, impulsada por una furia que no podía contener. Mis dedos temblaban mientras escribía, borraba y volvía a escribir. Finalmente, envié un audio corto, mi voz temblorosa pero cargada de determinación:

–Mira, idiota, estoy cansada de todo esto. Solo te lo voy a advertir una vez: desaparece de mi vista, o te juro que no respondo por lo que pueda pasar.

Lo escuché de nuevo, notando cómo mi voz vacilaba, pero también cómo transmitía una firmeza que no había mostrado antes. Mientras el payaso comenzaba a escribir una respuesta, lo bloqueé de nuevo. Ya había dado mi ultimátum. No tenía tiempo para juegos, ni para viejos que creían que el mundo era su parque de diversiones.

La tarde avanzaba con una lentitud exasperante, cada minuto cargado de una tensión que parecía envolverme como una niebla espesa. La incertidumbre de cruzarme con él en cualquier momento me tenía al borde de la paranoia, y mis compañeras no tardaron en notar mi distracción. Sus miradas de preocupación se cruzaban con la mía, pero no dije nada. No podía explicarles lo que sentía sin revelar algo que prefería mantener en secreto.

De pronto, Gerardo apareció de nuevo. Su presencia era como una sombra que se cernía sobre mí, y desvié la mirada de inmediato, enviándole un mensaje claro: no estaba disponible. Habló un rato con las otras dos chicas, y luego se acercó a mí. Detrás de él, pude ver cómo mis compañeras cruzaban los brazos y se ventilaban con los folletos, sus rostros serios y resignados. Sabía que algo estaba a punto de suceder.

–Priscila –dijo Gerardo con un tono que pretendía ser amable pero sonaba autoritario–, por decisión unánime, tú serás la que nos represente en el concurso.

–¿Qué? ¡No! –respondí de inmediato, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí.

–¿Cómo no? –replicó él, levantando una ceja.

–Prefiero que vaya una de las chicas –insistí, tratando de mantener la calma.

–Pero ya votamos –dijo Gerardo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos–. Además, está en el contrato. Debes representar a la marca en todo el evento según lo que te pidan.

–Pero… –comencé a protestar, pero él me interrumpió.

–Pues ahora, como tu superior inmediato, te lo pido –añadió, con una firmeza que no dejaba lugar a discusión.

Quedé en silencio, sabiendo que sería poco profesional negarme. Respiré hondo y asentí con la cabeza, resignada. Al menos, pensé, sería una oportunidad para distraerme y alejarme de posibles acosos de ese viejo y asqueroso payaso. O más bien, ese viejo pervertido que, sin disfraz, daba tanta repugnancia como ganas de huir de él.

Nicole, mi representante, apareció en ese momento, como si el universo decidiera añadir más leña al fuego.

–Hola, Pri –dijo con una sonrisa–. Así que nos representarás, ¿eh? Ja, de seguro ya ganaste… Aquí tienes el cronograma. Léelo bien para evitar errores. Ya sabes cómo es esto. Solo serán tres pasarelas: ropa representando a cada marca, luego vestido de gala y traje de baño. El vestido de gala se les dará a cada una según su talla. Son todos iguales, es para promocionar la misma feria.

–Ok –respondí, tomando el cronograma y examinándolo con atención–. ¿No deberíamos estar con el vestido de gala al final?

–Se debieron equivocar –dijo Nicole, encogiéndose de hombros–. Aunque, quién sabe, con algunos políticos ya sabes cómo son. Todo estará listo tras bastidores. Yo me encargo de que tengas todo preparado: la ropa, el maquillaje, etc. Hay algunos detalles más que pusieron los organizadores. Lee con calma las demás hojas. ¡Bye!

Nicole salió apresurada del stand, dejándome con un montón de hojas fotocopiadas de letras casi ilegibles. “Orden de candidatas”, “Durante la primera pasarela habrá un grupo musical, quedarse en el escenario bailando y compartiendo con el público”, etc. Al terminar de revisar las notas, descubrí una que no era fotocopia. Nicole me había dejado una instrucción que se había olvidado mencionar:

“En el vestuario está el traje de baño. Ve a probártelo ya mismo, para ver si te cambiamos de talla. Atte, Nicole.”

Normalmente, hubiera pedido a Nicole que me acompañara, pero como se fue rápidamente, no tuve más remedio que pedirle a una de las chicas que me ayudara. Como se trataba de algo empresarial, aceptó y dejamos a la otra sola con la labor de repartir los folletos.

–Por favor, estate atenta si alguien aparece. Me voy a desnudar completamente –le recomendé a mi compañera, dejándola en la puerta de nuestro vestuario improvisado, ese mismo que había sido testigo de la locura con Gerardo.

Por si acaso, miré a todas partes, alerta por si el payaso intentaba escabullirse como lo había hecho el día anterior. Durante todo el trayecto del stand al vestuario, estuve en estado de alerta máxima.

Al entrar, vi sobre una pequeña mesa el traje de baño. Lentamente, y con los ojos bien abiertos, me fui quitando el vestido. Luego cayó mi sujetador y mi tanga. Estaba como una paranoica, dispuesta a gritar si fuera necesario si veía al viejo tratando de ingresar arrastrándose… Pero todo estaba en calma.

Con cierta dificultad, me puse la tanga, evidentemente demasiado pequeña. Era una de esas tangas cacheteras que se ceñían a mis glúteos, dejando poco a la imaginación. Solo por delante me cubría apenas. Negué con la cabeza al darme cuenta de que era demasiado para una pasarela, pues prácticamente no cubría nada.

Luego me puse el sujetador, de igual forma con dificultad. Era tan pequeño que mis pechos se aplastaban, y la tela en forma de triángulo apenas cubría mis pezones.

–Esto es demasiado –dije en voz alta mientras trataba de atar los tirantes de la espalda.

Me miré al espejo y vi una nota con mi nombre pegada en una de las esquinas. La abrí: “Pri, cuando te pongas el traje de baño, búscame en el ingreso de la feria. Debes hacer una pasarela para la TV. Atte, Nicole.”

Realmente, la vestimenta era grotesca, indecente. ¡Ridícula!

Me desnudé rápidamente nuevamente y me puse el vestido. Una vez acomodada, salí y me alivió ver a mi compañera cuidando la puerta. Juntas nos dirigimos al stand.

–Ahora vuelvo –le dije, y me dirigí al ingreso de la feria, donde había más gente debido a los canales de TV que auspiciaban el evento.

La búsqueda de Nicole se convirtió en un recorrido tenso, cada paso acompañado por miradas que se deslizaban sobre mí como sombras curiosas. Necesitaba hablar con ella sobre el traje de baño, no solo por el error en la talla, sino por lo escandalosamente diminuto que resultaba. Sin embargo, al no encontrarla, decidí regresar al stand. Fue entonces, al girar, cuando lo vi: el viejo payaso, aún sin su disfraz, rodeado de un grupo de adolescentes que parecían haber adoptado su aura de complicidad. Su sonrisa, amplia y desafiante, se extendía de oreja a oreja, mientras los jóvenes desviaban sus miradas entre él y yo, como si estuvieran al tanto de algún secreto que yo desconocía. Mi gesto de desagrado fue tan evidente que los muchachos soltaron un alarido burlón, un sonido que resonó en mi mente mientras me alejaba con paso firme hacia el stand.

Al llegar, la atmósfera se volvió aún más inquietante. Una de mis compañeras se acercó con rapidez, entregándome una nota antes de retirarse sin mediar palabra. La abrí con curiosidad, y las palabras escritas me dejaron un nudo en el estómago: “Pri, ahora ven detrás del escenario principal, vamos a practicar las pasarelas Atte Nicole”.

Comencé a caminar de nuevo, esta vez hacia el escenario principal, sorteando miradas que parecían querer desnudarme con los ojos. La gente se apiñaba en el bullicio del evento, pero al rodear los enormes letreros de publicidad, me encontré de repente sola, alejada del ruido y la multitud. Mi ritmo se hizo más lento, cauteloso, mientras avanzaba hacia la oscuridad que se escondía detrás de la estructura de acero.

De repente, un grito escapó de mis labios al ver a un payaso saltar a mi lado. No era el viejo, este era más joven, más ágil, y en cuestión de segundos, otros cuatro se unieron a él, rodeándome como una manada de depredadores juguetones. Sus rostros pintados de colores brillantes contrastaban con la sombría intención que emanaba de sus movimientos. Y entonces, desde las profundidades de la oscuridad bajo el escenario, emergió él: el viejo payaso, ahora con su maquillaje aplicado de manera apresurada, pero con esa sonrisa grotesca que ya no podía ver como graciosa, sino como algo profundamente perturbador.

Mi cuerpo comenzó a temblar mientras se acercaba, el ruido de los parlantes ahogando mis gritos de auxilio. Los payasos saltaban a mi alrededor, sus risas agudas mezclándose con el eco de la música distante. El viejo, ahora a solo un metro de mí, sacó su celular con un movimiento calculado y me mostró la pantalla.

Era un video de mí, grabado en secreto mientras me probaba el traje de baño. La cámara, estratégicamente colocada en un rincón, capturaba cada movimiento con una intimidad violada. Mis caderas giraban involuntariamente hacia el lente, la delgada tela del traje apenas cubriendo lo esencial, mientras los payasos a mi alrededor estallaban en risas y gritos de celebración.

El video continuaba, mostrándome agacharme para tomar el sujetador, mis pechos colgando libremente hacia la cámara. Los payasos, como monos en celo, no podían contener su entusiasmo. Cuando logré ponerme la diminuta prenda, mis pechos se comprimían de manera casi dolorosa, y hubo un momento de silencio, como si todos estuvieran evaluando la escena. Luego, al quitarme todo rápidamente, mis pechos quedaron expuestos en toda su desnudez frente al espejo y la cámara oculta. Los gritos de los payasos se elevaron en un coro de celebración, especialmente cuando me deshice de la tanga, revelando apenas un destello de mi intimidad mientras giraba para mostrar mi trasero.

El rubor inundó mi rostro, el miedo y la vergüenza se apoderaron de mí. Mi corazón latía con tal fuerza que parecía querer escapar de mi pecho. Cuando el video mostró que me vestía de nuevo, el viejo bajó el celular y me miró con esa sonrisa que ahora solo podía describir como diabólica.

Instintivamente, me abracé a mí misma, cubriendo mis senos mientras giraba en un intento de esquivar a los payasos que me rodeaban. La tensión en el aire era palpable, y durante varios segundos, nadie se movió ni emitió un sonido. Hasta que el viejo se acercó aún más, y no pude evitar gritar:

–¡Qué quieres! –Mi voz sonó agitada, temblorosa, pero él, con una calma perturbadora, me entregó otro papel.

Con manos que apenas podían sostener el papel, comencé a desdoblarlo, una y otra vez, mientras los payasos a mi alrededor estallaban en risas burlonas. Cada doblez parecía una barrera más entre yo y la realidad, como si el acto mismo de abrir la nota fuera parte de su macabro juego. Finalmente, cuando el papel quedó completamente extendido, leí la palabra que parecía burlarse de mí: “JUEGA”. Y debajo, con una ironía que me heló la sangre, la firma: “Atte: Nicole”.

Los payasos, como si hubieran estado esperando ese momento, comenzaron a corear la palabra una y otra vez, sus voces mezclándose en un coro grotesco. “Juega”, “juega”, “juegaaa”, repetían, como si fuera un mantra diseñado para desestabilizarme. El viejo payaso, con esa sonrisa que ahora solo podía describir como perversa, sacó su celular y me mostró la pantalla. El video seguía reproduciéndose, capturando mi desnudez en todo su esplendor. Con su dedo índice, tocó ligeramente la pantalla, señalando mi imagen desnuda como si fuera un trofeo.

Entendí el mensaje con una claridad que me dejó sin aliento. No se trataba de tocarme, al menos no físicamente en ese momento. Se trataba de controlarme, de mantenerme bajo su yugo con la amenaza de exponer mi intimidad al mundo. Retrocedí lentamente, sintiendo cómo el suelo parecía ceder bajo mis pies. Los payasos no intentaron detenerme, pero sus risas y sus miradas me seguían, como si ya me consideraran parte de su juego.

Al salir de ese rincón oscuro, me mezclé entre la multitud, pero mi mente estaba lejos de la feria, lejos de los ruidos y las luces. Caminé hacia el stand con pasos vacilantes, sintiendo cómo el peso de la situación se acumulaba en mi pecho. Decidí desbloquear al payaso en mi celular, sabiendo que no tenía más opción que enfrentar lo que viniera.

–Ahora qué? 😡 –escribí, tratando de mantener la compostura.

–Así me gusta, preciosa 🤡 –respondió él, con una familiaridad que me hizo estremecer.

–Acabemos con esto. Quedaban 3 desafíos y 5 apuestas para cada uno –insistí, recordando el acuerdo inicial.

–Por tu mal comportamiento, mereces ser castigada. ¿Qué tal unas nalgadas bien dadas en ese culo? ¿Se te antoja? 🍑 🍑 🍑 😍 –su respuesta fue tan vulgar como esperaba.

–No te pases. Solo quiero terminar con esto, como habíamos quedado

–No es justo. Tú te saliste, y yo tuve que esforzarme para traerte de regreso. Por lo tanto, ya perdiste. Ahora empieza otro juego, mi amorcito 😏

–Créeme que tengo un límite. Si intentas pasarte, todo acabará. Incluso puedo demandarte. Cuida tus palabras –escribí, tratando de imponer algo de control.

–No te enojes, Priscilita. Solo quiero jugar y que los dos nos divirtamos, como ayer. Sé que lo disfrutaste, cómo bailaste como toda una puta ❤️, y fuiste tú misma quien me envió las fotos de tus deliciosas tetas 🍊 🍊 –sus palabras eran un recordatorio cruel de mi vulnerabilidad.

–Ya dime qué quieres de una vez –escribí, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban en mi interior.

–Así me gusta, cariño. Pero ahora, si no cumples, las penitencias serán más extremas, mi amor… Ya sabes, si no cumples, tus tetas las verá todo el mundo 😍 😍 😍 Y tu carrera se acaba

–Por favor, ya conseguiste lo que querías. ¿Qué más quieres? –pregunté, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a apoderarse de mí.

–¿Qué tal una chupadita? 🤡 🥒 👄 –respondió, con una crudeza que me hizo estremecer.

–Jamás. Prefiero que compartas el video, pero jamás dejaré que me toques

–Ok, ok, mi amor. Tranquila, solo estoy burlándome un poco, 🤡 🤡 🤡 jajaja… Bueno, ahora en el juego, tú serás la única protagonista. Te va a gustar, te lo prometo. Pero para empezar, me quiero deshacer de estos carajitos. Así que démosles lo que les prometí

–Ya suéltalo –escribí, sintiendo cómo la tensión aumentaba.

–Jajajaj, ok… Esto no es parte del juego, solo es para quedarnos a solas 🤡 💋

Negué con la cabeza y bajé el celular, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor volvía a cobrar vida. Había llegado al stand, y Nicole me esperaba con una expresión de preocupación.

–Priscila, ¿dónde estabas? –preguntó, con un tono de urgencia.

–Buscándote –respondí, tratando de mantener la calma.

–Pero ¿en dónde? Si te dije que yo me encargaría. Solo debías esperar aquí… Mira, todas las candidatas se reunirán en el salón audiovisual en media hora. Por favor, ¡no llegues tarde!

–Ok, no te preocupes

Sabía que no podía permitir que el viejo payaso ganara, pero también sabía que, por el momento, estaba atrapada en su juego.

Cuando Nicole se alejó con su habitual prisa, me dirigí hacia Sofía con paso firme, el papel arrugado aún entre mis dedos. La confrontación era inevitable, y necesitaba respuestas.

–¿Por qué me dijiste que Nicole me había dejado esta nota? –pregunté, extendiendo el papel hacia ella con una mirada que no dejaba lugar a dudas.

–Ese señor me dijo que te la diera a nombre de ella –respondió Sofía, con una expresión que oscilaba entre la indiferencia y la defensiva–. ¿Qué quieres de mí?

La miré fijamente, mis ojos entrecerrados mientras evaluaba sus palabras. Sabía que ninguna de las dos saldría bien parada de esto, pero también era consciente de que había sido mi error confiar en ella. Con un suspiro, me di la vuelta, aceptando que las cosas habían quedado claras: éramos, prácticamente, enemigas.

Sin embargo, Sofía no estaba dispuesta a dejar las cosas ahí. Con una sonrisa irónica y un tono que pretendía ser casual, lanzó su último dardo:

–Además, él dijo que te querías divertir con él, como te gusta meterte con viejos –sus palabras resonaron en el aire, cargadas de una intención que no dejaba lugar a dudas.

Volteé hacia ella, sintiendo cómo las miradas de los visitantes de la feria se posaban sobre mí, llenas de curiosidad y juicio. Sofía y Laura, con sus gestos burlones, parecían disfrutar del momento. Respiré hondo, conteniendo las palabras que quería gritar, y me limité a suspirar, negando con la cabeza. No había nada que decir que pudiera cambiar lo que ya estaba en marcha.

Una vez en mi sitio, tomé unos panfletos y comencé a repartirlos mecánicamente, tratando de mantener la compostura. Luego, saqué mi celular y abrí los mensajes del payaso. Sus palabras, como siempre, eran una mezcla de provocación y amenaza:

–Vuelve con nosotros y deja que te veamos las tetas unos minutos ¡sin toques! –El gesto de asco que hice fue involuntario. Una vez más, se estaba propasando.

Los mensajes seguían llegando, uno tras otro, como si el tiempo se hubiera acelerado:

–Te estamos esperando.

–¿Qué tal si ponemos el video en la pantalla central del escenario?

–Esta es tu última oportunidad…

Luego, un audio pendiente de ser escuchado. Acerqué el celular al oído, bajando el volumen para evitar que alguien más lo escuchara.

–“Mi amooorrrrr” –la voz del payaso era aguda, irritante, cargada de una burla que me hacía estremecer. Detrás de él, las risas y murmullos de los otros payasos creaban un fondo cacofónico–. “Te estamos esperando… No lo pienses demasiado, aquí mi amigo sabe cómo conectar su celular a la pantalla del escenario”…

Los audios seguían llegando, cada uno más incisivo que el anterior:

–“¡Ya! Responde” –su tono era furioso, exigente.

–“Te extraño” –esta vez, su voz era melancólica, sobreactuada, como si estuviera interpretando un papel.

–“Jajaj, oye Priscila, aquí ya te esperan con los pilines afuera, jajaja” –las risas de los demás llenaban el audio–. “Éste ya se quitó el pantalón” –las carcajadas aumentaban, como si estuvieran disfrutando de su propio chiste vulgar.

Inmediatamente, una foto llegó a mi celular. En ella, uno de los payasos había sido forzado a bajarse el pantalón, quedando solo en ropa interior mientras los demás lo sujetaban. La imagen era grotesca, pero también revelaba la dinámica de poder que reinaba entre ellos. Parecían estar en un éxtasis perverso, alimentado por la sensación de control que tenían sobre mí. Pero el verdadero titiritero era el viejo payaso.

–“Si en 10 minutos no contestas, todo se acaba. Pondremos el video en la pantalla del escenario” –su voz era fría, calculadora. Luego bajo el tono en susurro como para que los demás no lo oyeran–. “Pero yo no acabé contigo, te voy a seguir a donde vayas”.

El silencio que siguió fue abrumador. Noté que casi se cumplía el plazo que me había dado. Quise escribir que debía ir al salón para reunirme con las demás candidatas, una excusa para ganar tiempo, para pensar en cómo escapar de esta pesadilla. Pero antes de que pudiera hacerlo, un mensaje de Nicole apareció en la pantalla:

–Pri, ¿ya vienes? Por favor, no llegues tarde.

–Ya voy –respondí de inmediato.

Miré la hora: habían pasado exactamente 12 minutos desde la última amenaza del payaso. El plazo había expirado. Mis ojos se dirigieron hacia el escenario, donde la pantalla gigante permanecía apagada. Por un momento, imaginé el video de mi desnudez proyectándose para todos, convirtiendo sus amenazas en realidad. Una corriente eléctrica recorrió mi espalda, una mezcla de miedo y algo más, algo que no quería reconocer. Una sensación intensa y acalorada en mi vientre, como si la promesa del payaso de que solo quería jugar para que ambos disfrutáramos hubiera encendido algo en mí, algo intenso, excitante y, al mismo tiempo, profundamente vulnerable.

–Ya voy –escribí nuevamente, pero esta vez en el chat del viejo payaso, antes de que pudiera continuar con su acoso.

Como si quisiera obligarme a no arrepentirme de lo que acababa de hacer, guardé rápidamente mi celular y me dirigí al salón audiovisual, donde Nicole me esperaba.

–Ahí está –Dijo Nicole al verme llegar.

El ambiente en el salón audiovisual era tenso, cargado de expectativas y miradas que se posaban sobre mí como si fueran imanes. Nicole, con su habitual eficiencia, me presentó a Raúl y Esteban, los organizadores principales del evento. Sus ojos se iluminaron al verme, y no pude evitar notar cómo sus sonrisas se ensanchaban, halagándome con palabras que, aunque vacías, tenían la intención de seducir. Besé sus mejillas con una elegancia estudiada, consciente de que mi presencia ya había comenzado a tejer su hechizo sobre ellos.

Sin embargo, mi mente no estaba allí. Mientras los dos empresarios comenzaban su discurso, lleno de agradecimientos y presunciones, yo apenas podía concentrarme. Las demás candidatas me observaban de pies a cabeza, sus miradas una mezcla de admiración y envidia. Nicole, siempre astuta, me susurró al oído: “La tienes segura, Pri. No tienes competencia”.

Mi atención estaba dividida entre la charla interminable de Raúl y Esteban y el reloj que avanzaba implacable. Sabía que el viejo payaso y sus cómplices me esperaban, y la idea de que el video pudiera estar proyectándose en ese mismo momento me helaba la sangre. Intenté concentrarme en una estrategia, en cómo darle la vuelta al juego de poder. Consideré la posibilidad de persuadir a los empresarios para que expulsaran al payaso, pero no estaba segura de cómo hacerlo.

La desesperación me llevó a sacar mi celular, buscando una excusa para retrasarme. Pero al abrir el chat con el payaso, me encontré con una sorpresa desconcertante: el mensaje que había escrito, “Ya voy”, seguía pendiente de envío. Su foto de perfil, antes una imagen perturbadora de él con su disfraz, ahora era solo un avatar vacío. Me había bloqueado.

Una sensación de frío me recorrió de pies a cabeza. Treinta minutos habían pasado desde su último mensaje. ¿Habría cumplido su amenaza? ¿Estaría el video proyectándose en ese momento en la pantalla gigante? La idea me paralizó por un instante, pero luego la urgencia me impulsó a actuar.

–Nicole, enseguida vuelvo –dije con determinación.

–¿Qué? ¡No! Priscila, van a decir algo importante. Tienes que estar atenta –protestó Nicole, pero yo ya me estaba moviendo hacia la puerta.

–Me avisas –respondí, sin mirar atrás.

–¡Priscila! –gritó Nicole, su voz resonando en el salón y haciendo callar a los empresarios por un momento. Sentí todas las miradas sobre mí, pero no me detuve. No podía permitirme el lujo de explicaciones.

Caminé rápidamente, mi mente dando vueltas. No sabía si dirigirme detrás del escenario, al escondite del viejo payaso, o regresar a mi puesto para ver si mis peores temores se habían hecho realidad. Mientras avanzaba, levanté la vista y vi a uno de los payasos, uno de esos jovenzuelos que siempre parecían estar al borde de la risa. Al verme, corrió.

–¡Oye! –grité, pero él ya se estaba escapando. Lo seguí, apresurando el paso, cuidando de no tropezar con mis tacones. Sabía a dónde se dirigía.

Nunca olvidaré la sensación de humillación que me envolvió mientras caminaba a paso rápido hacia el escondite de esos idiotas. Cada paso resonaba en mi mente como un eco de mi propia vulnerabilidad. Me abrazaba a mí misma, como si ese gesto pudiera protegerme de las miradas que se posaban sobre mí, miradas que antes habían sido de admiración o deseo, pero que ahora sentía cargadas de un conocimiento íntimo y vergonzoso. La gente me reconocía, sus ojos se detenían en mí por un instante más de lo habitual, como si pudieran ver a través de mi ropa.

No me atreví a mirar directamente la pantalla gigante, pero su presencia era imposible de ignorar. Estaba encendida, brillando con una luz que parecía burlarse de mí. Desde el rabillo del ojo, podía percibir el movimiento de las imágenes, aunque no me atrevía a confirmar si era el video lo que se proyectaba. La posibilidad era suficiente para que mi estómago se retorciera y mi corazón latiera con una fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.

Finalmente, llegué al escondite de los payasos. La furia me consumía.

–¡Idiota! –grité, sin importar quién pudiera escucharme–. ¿Cómo pudiste?

–Tranquila, mi am… –intentó decir el viejo payaso, pero lo interrumpí.

–¡Voy a demandarte! –grité, mi voz temblorosa –. ¡Eres una basura!

–Mi amor… –trató de calmarme, pero yo no estaba dispuesta a escuchar. –No subí el video –dijo finalmente, y sus palabras me dejaron helada.

–¿Qué? –pregunté, confundida.

–No lo subimos. Estamos pasando videos graciosos –explicó, y noté cómo los otros payasos asentían en silencio.

–¿Qué? –repetí agitada

–Confiaba en que vendrías –continuó el viejo payaso, su tono cambiando de juguetón a algo más oscuro–. Por eso te mantuve vigilada. Sé que tenías una reunión, y mientras te esperábamos, solo hacíamos algunas pruebas técnicas, jajaja. –Su risa era incómoda, pero luego su voz se volvió grave–. Pero sabía que vendrías, y ahora sí… es hora de cumplir.

Levanté la vista, desafiante, pero él me mostró su pantalla. Lo que pasaba en ella se sincronizaba con el sonido de afuera.

–Debo volver a mi reunión –dije, tratando de mantener la compostura.

–Nada de eso, cariño –respondió el payaso, cortando bruscamente el video y abriendo su galería. En la pantalla, el inicio del video estaba listo para ser proyectado. Hizo un gesto de poder, elevando sus cejas y sonriendo irónicamente.

El viejo payaso avanzó hacia mí con pasos lentos y calculados, su figura grotesca y su maquillaje mal aplicado haciéndolo parecer aún más perturbador. Sus labios, gruesos y pintados de un rojo chillón, se movían con sonidos húmedos y molestos, como si estuviera imitando el acto de amamantar. El ruido era repulsivo, una caricatura grotesca.

Sus ojos, brillantes y llenos de una mezcla de diversión y malicia, no se apartaban de los míos, como si estuviera disfrutando de mi incomodidad, de la manera en que me tensaba y retrocedía ligeramente, sin querer mostrar mi miedo pero incapaz de ocultarlo por completo.

Los otros payasos, como espectadores cómplices, permanecían en silencio, observando la escena con una atención que resultaba casi más inquietante que los sonidos que el viejo emitía. Era como si estuvieran esperando a ver cómo reaccionaría, cómo caería en su trampa, cómo me sometería a su juego perverso.

El sonido de sus labios, ese chasquido húmedo y repetitivo, parecía llenar el espacio entre nosotros, como si fuera una barrera invisible que me impedía escapar. Me sentía atrapada, no solo por su presencia física, sino por la amenaza que pendía sobre mí, por el poder que tenía sobre mi imagen, sobre mi intimidad violada.

Intenté mantener la compostura, respirar profundamente y no dejar que el asco y el miedo se apoderaran de mí por completo. Pero cada sonido, cada movimiento de sus labios, era un recordatorio de lo vulnerable que estaba, de lo expuesta que me sentía. Sabía que no podía permitirme el lujo de mostrar debilidad, pero la situación era tan absurda, tan grotesca, que era difícil no sentirse abrumada.

Finalmente, el viejo payaso se detuvo a solo unos pasos de mí, su sonrisa amplia y burlona, sus labios aún haciendo esos sonidos que me hacían estremecer. Era como si estuviera disfrutando de cada segundo, de cada reacción mía, sabiendo que tenía el control, que yo estaba a su merced.

–¡Basta! –exclamé, mi voz temblorosa pero llena de una determinación que no sabía que tenía.

Él solo sonrió, como si mi pregunta fuera parte del juego, como si ya supiera la respuesta pero disfrutara de hacerme preguntar.

Mi respiración se aceleró, cada inhalación y exhalación resonando en mis oídos como un tambor distante. El dedo del viejo payaso se acercaba lentamente a la pantalla de su celular, y con cada milímetro que avanzaba, mi cuerpo se tensaba más. Me abracé a mí misma, un gesto instintivo de protección, pero también de resistencia. Mi rostro, sin embargo, traicionaba la desesperación que intentaba ocultar. Mis ojos, llenos de un ruego silencioso, le suplicaban que se detuviera, que no cruzara esa línea. Pero sabía que él no era del tipo que se conmovía fácilmente.

–Si lo haces, me perderás para siempre –dije, mi voz temblorosa pero firme, jugando la última carta que me quedaba–. Ya no tendrás poder sobre mí.

El payaso no respondió. Su dedo tocó la pantalla con una calma que contrastaba con el caos que reinaba dentro de mí. En la imagen, aparecí yo ingresando al vestidor, tomando la diminuta prenda que él había plantado sin que lo supiera. La examinaba, la apoyaba contra mi pecho, mi expresión de extrañeza y preocupación capturada en cada detalle. Luego, en la pantalla, se veía cómo descubría mi hombro, bajando lentamente el vestido. Los murmullos afuera se intensificaron, como si el público estuviera al borde de un descubrimiento que yo ya conocía demasiado bien.

–¡Alto! –grité, y para mi sorpresa, el payaso obedeció. Su dedo se detuvo, y la imagen quedó congelada en ese momento incómodo, íntimo, que ahora era compartido con todos.

El viejo payaso se relamió los labios, un gesto lento y deliberado que me provocó escalofríos. Tan solo imaginarlo en contacto con mi piel, su boca húmeda y grotesca tocándome, era suficiente para hacerme sentir violada incluso antes de que sucediera.

Miré a ese grupo de payasos, sus rostros mal maquillados que ahora parecían más frágiles que amenazantes. Ya no eran solo jovenzuelos calenturientos; se habían convertido en adoradores morbosos, mirándome como si fuera una diosa a la que temían y deseaban al mismo tiempo. Sus expresiones, una mezcla de ansiedad y fascinación, los delataban. Pero el viejo payaso seguía siendo el centro de todo, su mirada fija en mí, llena de un aire de poder que no cedía.

–¿Qué quieres? –pregunté de nuevo, esta vez con más firmeza, aunque mi voz aún temblaba.

El payaso sonrió, esa sonrisa amplia y grotesca que ahora conocía demasiado bien. No respondió de inmediato, como si disfrutara de mi incomodidad, de la tensión que se acumulaba en el aire. Finalmente, habló, su voz grave y cargada de una intención que no dejaba lugar a dudas:

–Quiero que juegues, Priscila. Quiero que te rindas al juego, que aceptes que esto es más grande que tú, que yo soy más grande que tú.

Sus palabras resonaron en mi mente, y por un momento, me sentí pequeña, insignificante. Pero entonces, algo dentro de mí se encendió. No podía permitir que ganara, no podía dejar que me redujera a eso. Respiré hondo, sintiendo cómo el aire llenaba mis pulmones y me daba una claridad que no había tenido antes.

–Nunca –dije, mi voz ahora firme, llena de una determinación que no sabía que tenía–. Nunca me rendiré a ti.

El payaso sonrió de nuevo, como si mi resistencia fuera parte del juego, como si ya supiera cómo terminaría todo. Pero esta vez y ante la sorpresa del viejo, yo también sonreí.

En ese momento, salió al rescate la otra, la que siempre había estado allí, agazapada en las sombras, esperando su momento. La Priscila indomable, la que se metía en líos solo para probarse a sí misma, la que sabía que, en el fondo, tenía el control. Con una sonrisa astuta y una mirada que desafiaba al viejo payaso y a sus cómplices. Era la zorra, la que había planeado todo sin que nadie lo supiera, la que siempre sabía lo que sucedía, incluso cuando parecía que estaba cayendo en trucos tontos. En realidad, ella solo se dejaba llevar, satisfaciendo su propio ego, su propia sed de poder.

–Sin toques –dije, tomando sus propias palabras y devolviéndoselas con una firmeza que los tomó por sorpresa–. Y sin acercarse –añadí, estirando la tela de mi vestido hasta que crujió, como si fuera una advertencia.

Todos asintieron al unísono, como monos entrenados, pero ahora eran monos hambrientos, ansiosos por ver lo que hasta entonces solo habían vislumbrado a través de píxeles. Sus ojos estaban clavados en mí, expectantes, mientras yo llevaba ambas manos por detrás para desabrochar el broche de mi sujetador. Con un movimiento deliberado, me deshice de la prenda azul, sacándola por delante y dejando que cayera al suelo.

Las caras de los payasos eran un poema de deseo y sumisión. El viejo payaso, con sus mejillas caídas y su expresión de cachorro regañado, ya no esbozaba esa sonrisa burlona. Ahora era uno más del grupo, rendido a mis encantos, su mirada perdida en la promesa de lo que estaba por venir.

Jalé la tela de mi vestido hacia un costado, lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido. La tela cedió, revelando un atisbo de mi aureola, y supe que no había vuelta atrás. Primero fue el derecho, estirando la tela con ambas manos hacia ese lado, hasta que mi pezón quedó al descubierto, desafiante, frente a esos ojos que me devoraban desde apenas unos metros de distancia. Acomodé la tela por debajo, y luego, con un movimiento calculado, metí una mano para sacar el otro pecho, debido a lo voluptuoso que era.

Posicioné mis manos, estirando los índices y los pulgares para rodear mis atributos por debajo, mostrándolos en toda su imponente vulnerabilidad solo decorados por encima con ese collar en forma de v que terminaba justo al inicio de la división de mis encantos. Era una entrega, pero también una reivindicación. Yo tenía el control, y ellos lo sabían.

Las caras de los payasos cambiaron en un instante. Serias, excitadas, sedientas. Bocas abiertas, frentes sudorosas que resbalaban maquillaje por sus mejillas. La indicación era clara: “por unos minutos”. No sabía cuánto tiempo exactamente, pero dejé que vieran mis encantos, que se perdieran en la visión que tanto habían anhelado.

Fue entonces cuando uno de ellos no pudo resistirse. Se llevó la mano a su entrepierna, comenzando a estimularse con movimientos torpes pero urgentes. Luego siguió otro, y otro más, hasta que todos, incluido el viejo payaso, estaban masturbándose, cada uno a su ritmo, chocándose entre sí en su desesperación, pero sin importarles nada más que la imagen de mis pechos desnudos frente a ellos.

Yo los observaba, con una mezcla de desprecio y satisfacción. Ellos creían que me tenían, que me habían reducido a un objeto de su deseo. Pero en realidad, era yo quien los tenía a ellos, atrapados en su propia lujuria, en su propia debilidad.

La tensión en el aire era palpable, cargada de un deseo que se había desbordado más allá de cualquier límite razonable. Mis ojos recorrieron a cada uno de ellos, observando cómo sus movimientos se volvían más frenéticos, más desesperados. Noté que uno de ellos, incapaz de contenerse, comenzó a dar pequeños pasos hacia mí, como si la distancia que lo separaba de mí fuera insoportable. De inmediato, me cubrí con un brazo, protegiéndome de su avance imprudente.

–¡Sin acercarse! –ordené con una voz que mezclaba firmeza y advertencia. El payaso, como un niño regañado, retrocedió rápidamente, volviendo a la línea recta que habían formado. Bajé mi brazo lentamente, permitiendo que sus miradas volvieran a posarse en mí, en mis pechos desnudos que ahora eran el centro de su mundo.

Las manos de los payasos se movían con urgencia, apuntando sus miembros erectos directamente hacia mí. Los sonidos de pieles frotándose se mezclaban con los quejidos impulsados por el placer, cada uno de ellos perdido en su propio ritmo, en su propia necesidad. Algunos se escupían las manos para humedecer su piel, buscando aliviar la fricción, pero la intensidad de sus movimientos no disminuía.

Yo, acostumbrada ya a la devoción que me dedicaban, los observé uno a uno. Sus rostros, antes llenos de burla y superioridad, ahora estaban marcados por una expresión de sumisión y desesperación. Parecía que querían que el momento no terminara nunca, que este instante de entrega y lujuria se extendiera por la eternidad. Pero la Priscila que disfrutaba todo este juego desde adentro, disfrutaba del poder y la humillación. Su misión era clara: acelerar el proceso, llevarlo al límite.

Comencé a gemir suavemente, un sonido que salía de mis labios como un susurro cargado de provocación. Moví mi cintura con lentitud, haciendo que mis pechos subieran y bajaran en un ritmo hipnótico. Una de mis manos se enredó en mi pelo, mientras la otra exploraba mi vientre, deslizándose lentamente hacia mis piernas. Cada movimiento mío era calculado, diseñado para aumentar la intensidad de su deseo, para llevarlos al borde del abismo.

Los quejidos de los payasos se intensificaron, llenando el aire con un coro de placer y necesidad. La posibilidad de ser descubiertos en cualquier momento añadía una dosis intensa de adrenalina al momento. Cualquier persona que se atreviera a pasar por detrás de esos letreros podría haberlo visto todo, y esa sensación de peligro, de exposición, solo servía para avivar más el fuego dentro de mí. La Priscila zorra, la que ahora tenía el control completo de mi cuerpo, se alimentaba de esa incertidumbre y, sin piedad solo se esforzaba por intensificar la situación:

–El que acabe primero –dije, con un aire de excitación que se mezclaba con mis gemidos agudos y mis suspiros–, podrá chupármelas.

Mis palabras cayeron como una bomba en medio de ellos. Sus movimientos se volvieron aún más frenéticos, más desesperados, compitiendo por el premio que solo uno de ellos podría obtener. Los quejidos se convirtieron en gruñidos.

Los payasos, antes burlones y seguros de sí mismos, ahora estaban completamente sumidos en su propia lujuria, moviéndose con una urgencia que los hacía parecer más animales que hombres. Uno de ellos, incapaz de contenerse, cayó al piso sobre sus rodillas, pero se incorporó rápidamente, acercándose un poco más hacia mí. Fue entonces cuando yo, con un movimiento calculado, di un paso hacia ellos, acortando la distancia y aumentando la intensidad del momento.

Otro payaso, siguiendo el ejemplo del primero, se arrodilló por voluntad propia, como si estuviera rindiendo pleitesía a una diosa. Lo complací acercándome otro paso más, y el mensaje fue claro. Uno a uno, todos los payasos, incluido el viejo, se arrodillaron frente a mí, sus rostros pintados de colores brillantes ahora marcados por una expresión de sumisión y deseo. Era como si hubieran entendido que, en ese momento, yo era la que tenía el control, la que dictaba las reglas del juego.

Me acerqué hasta quedar a solo medio metro de ellos, reclinándome ligeramente para que mis pechos desnudos colgaran frente a sus ojos hambrientos. Con ambas manos, los aprisioné, demarcando su forma y haciendo que mis pezones quedaran aún más expuestos, como si fueran un trofeo que solo el más digno podría alcanzar. Fue lo último que pudieron soportar. Uno a uno, comenzaron a caer, sus cuerpos convulsionando en un éxtasis que no podían controlar. Intentaron descargar su euforia en mi dirección intentando salpicarme sus líquidos

–¡De rodillas! –ordené, con una voz que resonó como un mandato divino. Obedecieron sin cuestionar, ofreciéndome su existencia decrepita, rendidos por completo a mi belleza. Se machaban a sí mismos.

Mientras ellos disparaban, mis gemidos se hicieron más fuertes, respondiendo a cada sonido que salía de sus labios. Era un diálogo cargado de lujuria y poder. Por un momento, la Priscila zorra tomó el control por completo, y consideré la idea de sentir las lenguas de todos ellos al mismo tiempo en mis pechos. La sensación me hizo estremecer, pues ella lo deseaba con todo su ser. Pero afortunadamente, pude contenerla, manteniendo la boca entreabierta, agitada, pero sin ceder a ese impulso.

Las voces se fueron calmando y uno de ellos, jadeante, levantó una mano temblorosa.

–Yo… yo gané –dijo, tratando de recuperar el aire y moviendo una pierna para ponerse de pie

–Mi amor, casi todos acabaron al mismo tiempo –respondí, con una sonrisa que mezclaba condescendencia y burla. Mientras me acomodaba el vestido. El viejo payaso, se puso de pie.

–Es mi perrita –dijo, con una sonrisa que pretendía ser dominante, pero que ya no tenía el mismo efecto.

Lo miré directamente a los ojos, sabiendo que había recuperado el equilibrio en el juego.

–Dije que el primero que acabara… –comencé, con una voz tranquila pero firme–. Como tú, mi precoz payasito, y este señorcito acabaron al mismo tiempo, automáticamente se eliminaron. –Mis palabras cayeron como un veredicto final. El viejo payaso frunció el ceño, pero no dijo nada.

Con paso firme y seguro, me di la vuelta, sintiendo cómo sus miradas se clavaban en mi espalda. Sabía que no intentarían nada; ya me habían aceptado como su diosa, como la figura que ahora dominaba su mundo. Caminé varios pasos, meneando las caderas con una elegancia que sabía los dejaría sin aliento. Entonces, en un último gesto de poder, giré la cabeza por encima de mi hombro, elevé una ceja con un gesto coqueto y desafiante, y saqué mi cadera a un costado, haciendo que mis nalgas se demarcaran aún más bajo la tela del vestido y utilizando la abertura del de la falda para demarcar la piel de mi una de mis piernas. Apoyé una mano en mi cadera, mirándolos con una mezcla de superioridad y provocación.

Con la otra mano, sostuve el trofeo: mi sujetador, que elevé por encima de mi cabeza como si fuera un estandarte de victoria. Lo giré un par de veces, antes de dejarlo caer al suelo con un gesto deliberado. Continué mi camino, sintiendo cómo sus ojos seguían cada uno de mis movimientos, pero esta vez no me detuve. Antes de perderme de su vista, lo último que vi fue cómo se disputaban mi prenda, como si fuera una reliquia sagrada.

Mientras me dirigía en busca de Nicole, sentí cómo la Priscila normal, la que siempre había intentado mantenerse al margen, recuperaba el control poco a poco. Pero esta vez, no había arrepentimiento. Era como si ambas, hubieran llegado a un acuerdo. Habíamos bailado en el filo de la navaja, y ambas habíamos salido victoriosas.

Sin embargo, había un desacuerdo entre nosotras: la imagen del viejo payaso. Su cara, perturbante y sedienta de deseo, seguía grabada en mi mente. Todo en él era repugnante: su actitud, su voz, incluso la forma en que me miraba, como si yo fuera un trofeo que debía conquistar. Hice un gesto de asco al recordarlo, pero la Priscila zorra, siempre astuta, tomó el control de mis manos y me hizo sacar el celular.

–Al fin solos, payasito –escribí, con una sonrisa que solo ella podía entender–. A ver qué tienes preparado para mí.

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Uff, esto se está saliendo de control... 🔥 Muy pronto, la quinta y última parte. ¿Será que esta zorra 🦊 se sale con la suya, o la otra Priscila logra ponerle freno a ciertos... excesos? 😈

Querido lector, tú tienes la llave. 🔑 ¿Quieres verme sucumbir a mis propios deseos? 😏 ¿O prefieres ser cómplice de mi triunfo?

Escucha bien: esto no es solo mi juego, es el tuyo también. 🎲 Y si juegas bien, tal vez te lleves una recompensa... deliciosa. 🍒

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