Contratada para el capricho de unos viejos Parte 2
Entró a la oficina con la intención de grabar la corrupción de sus jefes, pero la mirada de Carlos la delató antes de que pudiera moverse. No era miedo lo que sintió, sino una descarga eléctrica. Ahora, arrodillada frente a él, descubre que la verdadera trampa no era la ley, sino su propio deseo.
Pasaron varios días desde que salí del Ministerio con la piel en llamas y las piernas temblando. El correo de “Contrataciones” seguía sin abrir. No importaba. Sabía que ya estaba contratada, aunque nadie me hubiera entrevistado, ni pedido currículum.
El contrato era temporal. Buen sueldo. Oficina lejos de aquella otra, donde esos dedos se perdieron entre mis piernas…
Volví al Ministerio de Hacienda. Horas antes juré que no lo haría. Pero ahí estaba. La vergüenza aún me quemaba las mejillas, pero no iba a dejar que eso me detuviera. Antes de salir, me miré al espejo: traje de oficina, falda larga, blazer entallado. Elegante, seria, imponente.
Entonces me detuve: ¿Por qué huir? ¿Por qué esconderme? Ellos fueron los que me faltaron el respeto… Me debían una disculpa.
Me desnudé...
Me puse el pantalón de lycra negro. Ajustado hasta lo imposible. Levantaba mis glúteos, los redondeaba, los exhibía. Cambié el blazer por uno corto, tan corto que dejaba al descubierto la piel de la espalda baja —y con ella, la curva superior de mis nalgas, a propósito.
El top rojo sin tirantes apenas contenía mis pechos. La tela tensa los sostenía con cada respiración, con cada paso. Un sujetador push-up los unía, los elevaba, como siempre me gusta usarlos. Cada movimiento hacía temblar la piel expuesta de mis senos justo encima del escote: no del todo abierto, no del todo cerrado, solo me apretaba peligrosamente.
Entré y mientras mis tacones golpeaban el piso. Las miradas me rodearon, los cuellos girando y alguno que otro oficinista boquiabierto “He vuelto.”
Jimena, la recepcionista, levantó la vista. Me reconoció al instante. Sus ojos bajaron un segundo, solo un segundo hacia mi escote. Luego volvieron a mi cara.
—No estás en el sistema biométrico —dijo, voz neutra.
Firmé un cuaderno improvisado. Me indicó el piso de trabajo: uno abajo del principal. Lejos de ellos. Sentí un alivio pero al mismo tiempo una decepción… Quería verlos. Quería que sudaran. Quería que no pudieran mirarme a los ojos. Pero no aparecieron en todo el día.
❧♡❧
Fue al tercer día... Iba con una pila de documentos apretada contra el pecho cuando los vi venir: Carlos y Manuel, riendo como cómplices en un crimen. No lo esperaba. Aunque me vestí como siempre—provocadora, ajustada, imposible de ignorar—en ese instante solo quise desaparecer.
Me pegué a la pared. Bajé la vista. Apreté los papeles más fuerte, como si pudieran cubrir lo que mi blusa ya no escondía: el escote que otros habían adorado, que ahora me delataba.
Pero Manuel me vio.
Sus ojos se clavaron en mí un segundo de más. No dijo nada. Solo sonrió.
Carlos, el viejo, ni me notó. Sus lentes gruesos le jugaban malas pasadas. Aunque eso no le importó aquel día, cuando sus lentes cayeron rozarme la espalda baja mientras empujaba su pelvis contra mis nalgas.
Manuel, no apartó la mirada mientras pasaba. Él era quien debía entrevistarme, pero firmó el contrato sin hacerlo. Ahora me observaba con esa sonrisa que no pedía perdón, como si reclamara mi sumisión. Como si ya supiera que me tenía… Ni un saludo. Solo reconocimiento…
El viernes siguiente, hubo una asamblea general convocado para todos los departamentos.
Subí y me metí entre la multitud, intentando pasar desapercibida. Pero las sillas nos obligaron a sentarnos. Uno a uno, nos fuimos acomodando… hasta que no quedó más remedio que ocupar mi lugar.
Ellos estaban en la primera fila… Me esperaban.
Carlos con su traje arrugado, el sudor brillando en la frente. Al verme, se agitó como un perro viejo. Manuel, impecable, puños abotonados hasta el último botón, se estiró en su asiento y cruzó los brazos.
Durante toda la reunión, sus ojos no me soltaron. Manuel con media sonrisa, burlona, segura. Carlos con la boca entreabierta, lamiéndose los labios sin darse cuenta… Saboreándome.
Al terminar la reunión, salí casi corriendo.
No escuché una palabra. De todas formas, mandarían el acta por correo. Ya era tarde, mucho más de la hora de salida, y usé eso como excusa para irme.
En recepción, saludé a Jimena. Con el tiempo, habíamos ganado confianza. Bastó mencionar a esos dos para que nos aliáramos. Le comenté lo sucedido en la reunión.
—Son unos depravados —dijo.
Fue entonces cuando la vimos.
Una mujer rubia, obesa, envuelta en un abrigo demasiado corto. La reconocí al instante: era la prostituta con la que me habían confundido semanas atrás. Caminaba derecha a la oficina de Carlos. Ni siquiera me miró al pasar.
—¿La reconoces? —preguntó Jimena en voz baja.
Asentí, sin hablar.
—No es la primera. Ni será la última —dijo, y por primera vez vi cansancio en sus ojos. No rencor. Solo agotamiento. Enfado.
—Esos viejos… se creen dueños de todo. Hasta de nosotras.
Me quedé callada… Entonces, cerró su mano sobre algo pequeño y frío y me lo deslizó en la palma: una llave.
—Vamos a atraparlos —me susurró mientras yo fruncia el ceño.
Ya era de noche y Jimena no dejaba de hablar, me contaba su plan y parecía que estaba muy decidida... Yo, al principio, pensé que estaba loca, era una idea casi estúpida. Mientras hablaba, sentí los pasos… Ellos se acercaban, giré el cuerpo con sutileza, evitando mirarlos de frente.
—Priscila… —dijo Manuel al pasar. Lo miré.
—Buenas tardes, licenciado Campero.
—Buenas noches.
—Sí… buenas noches. Qué rápido se hizo de noche…
No pude evitar el temblor. Pues el viejo Carlos me observaba como un adolescente ante su primera película porno: con la boca entreabierta, los ojos húmedos, las manos ansiosas mientras se frotaba los dedos.
Llevaba la minifalda de campana plisada, corta, rozando los muslos. Pantimedias brillantes, ajustadas. Blusa beige ceñida a mis senos, que se abrían paso entre las solapas abiertas del blazer.
—Ven a mi oficina —dijo Manuel sin detenerse —Tenemos un tema pendiente.
—Sí, claro —respondí, y busqué a Jimena con la mirada.
Ella me tomó la mano un segundo.
—Tranquila. Estaré pendiente.
Carlos ni siquiera habló. Solo caminaba, girando la cabeza cada dos pasos, escaneándome con los ojos, las manos ansiosas, los dedos imaginando lo que ya creían suyo.
Ingresé en silencio dejando la puerta entreabierta…
El aire era el mismo. Los muebles, idénticos. Incluso esa maldita silla, donde sus manos empezaron a recorrerme como si tuvieran derecho. Manuel se sentó tras su escritorio. Carlos, en una silla lateral, con la mirada fija en mis muslos.
—Pasa, Priscila —dijo Manuel —Toma asiento.
—Gracias —respondí en voz baja. Volví a mirar la puerta.
Silencio.
Lo enfrenté con la mirada. Él sonrió. A u n costado, Carlos, serio, pero con la boca entreabierta, no paraba de mirarme. Noté que cruzó las piernas como queriendo ocultar algo.
—Priscila… —rompió Manuel —Cuéntame, ¿cómo vas en tu nuevo puesto?
—Bien. Me estoy adaptando.
—Qué gusto. Pero… ¿estás incómoda? Te noto ansiosa.
—Estoy bien. Solo cansada. Ha sido un largo día, y… ya pasó la hora de salida.
—Sí, sí… Carlos, cierra bien la puerta, por favor.
—¡No! —dije rápido —Así está bien…. Hace algo de calor…
Manuel soltó una risa seca.
—Vamos al grano. Sé que estás incómoda por… lo sucedido. Por la confusión. No tengas miedo. Fue un malentendido.
—Lo sé —dije, forzando calma —Solo quiero que se olvide.
Manuel tomó un vaso de una jarra de vidrio. ¿Agua? ¿Licor?
—Carlos... ¡Cierra la puerta! —Volvió a ordenar Manuel y el viejo se levantó encorvándose más de lo que ya era, noté que lo que pretendía ocultar era una clara erección que se le había formado al mirarme sentada mientras mi falda se deslizaba mostrando un poco mas de mis piernas.
La puerta sonó y luego el viejo volvió tras sus pasos… Instintivamente, crucé los brazos. Sentí a Carlos acercarse por detrás, como ese día, cuando me masajeó los hombros y luego sus manos deslizaron mi blusa. Pasó muy cerca y volvió a sentarse.
—Eso quedará entre nosotros —dijo Manuel —Pero… ¿cómo olvidarlo? ¿Verdad, Carlitos?
—Ehhh… —balbuceó el viejo.
—¡Claro que no! —rió Manuel —La pasaste muy bien, ¿no? Nunca lo vi tan feliz. Tú lo hiciste feliz, Priscila.
—Licenciado, por favor…
—Soy adicto a los placeres de la vida —interrumpió, golpeando el escritorio con ambas manos. Di un suspiro audible —Aquí las cosas funcionan así: yo mando, Carlos obedece, Jimena obedece, todos obedecen. Y quien no… se va. ¿Entiendes?
—Comprendo —dije, firme —Aunque este trabajo no es indispensable. Para mí, al menos.
—¡Jajaja! Claro que lo es, muñeca —… ¿muñeca?... Fruncí el ceño. —Porque el que se va no solo pierde el puesto… también se lleva una demanda fiscal.
Lo miré con furia apenas contenida, dándole a entender que no lograba intimidarme. Entonces, la puerta del pequeño cuarto contiguo se abrió.
Era ella. La rubia obesa. Ahora con maquillaje grueso, uniforme de colegiala ridículo y una correa de cuero alrededor del cuello.
—¡Letty! Por fin puntual —dijo Manuel —¿Se acuerdan?
—Yo… ya debo irme —dije, levantándome.
Manuel se puso de pie al instante y me agarró del brazo.
—¡Todos obedecen!
Llamó a la mujer. Ella se acercó sin dudar y se besaron. Mientras, la mano de Manuel no soltaba. La de Carlos, que seguía a medio levantarse, temblaba en el aire, ansiosa.
Forcejeé y me solté. Carlos dio un paso… como si pretendiera detenerme a la fuerza, pero se detuvo. Cuando llegué a la puerta, Manuel alzó la voz:
—Te conviene obedecer, Priscila. No te atrevas a retarme.
Salí… El pasillo estaba desierto, normal. Como si nada hubiera pasado. Respiré rápido. Saqué el celular. Quise grabar. Pero al girar la perilla… estaba trancada desde adentro. Fui a buscar a Jimena que me esperaba en su lugar, como toda una guardiana. Mis ojos ardían… salimos del edificio mientras le contaba todo, afuera noté que mis manos aún estaban temblando. Esa noche, casi no pude dormir.
Al día siguiente, no dudé. El plan de Jimena ya no sonaba ridículo. Apenas marqué mi entrada, la cité al almuerzo y lo organizamos todo.
❧♡❧
Evité a Manuel todo lo que pude durante varios días. Al parecer, Carlos era solo un sometido: inseguro, torpe, incapaz de actuar sin la sombra de su jefe. Manuel era el verdadero problema, el que mandaba, el que se creía dueño de todo. Como no lograba encontrarme, empezó a pasar por mi área exigiendo que fuera a su oficina, pero cada vez que me llamaban, yo salía a dar una vuelta estratégica: visible para que los demás pensaran que cumplo con lo que piden, pero nunca llegaba a la oficina de Manuel.
Los correos no tardaron en llegar, llenos de memorándums formales sobre “incumplimiento de deberes”, “falta de respeto a la cadena de mando” y “conducta inadecuada”. Me importaban poco. Faltaba poco para el viernes, Jimena y yo ya teníamos todo listo. Solo debía mantener la calma y no levantar sospechas.
Un día antes, recogí una pila de documentos con dos compañeras del área de contabilidad. Teníamos que entregarlos en el último piso, así que subimos juntas en el ascensor, charlando animadamente. La conversación fluía ligera, entre risas y chismes de oficina, hasta que el ascensor se detuvo en el segundo piso y entró Carlos. Su presencia bastó para cortar el aire. Se movió con esa postura encorvada, sus gruesas gafas de botella empañadas, y al reconocerme su gesto cambió al instante: esa expresión húmeda, ansiosa de perro viejo. No saludó y nadie dijo nada. Él se apoyó contra el fondo del ascensor, inquieto, evitando mirarme de frente, aunque sus ojos no podían quedarse quietos.
Las chicas, ajenas a todo, retomaron su charla como si nada hubiera pasado, y yo solo respondía con monosílabos, incómoda, con los documentos apretados contra mi pecho como único escudo. Miré de reojo al espejo lateral y vi que sus ojos se desviaban una y otra vez, pero al notar que lo descubría, giró la cara rápidamente, avergonzado. Las chicas reían bajito, lanzándome miradas cómplices que yo no correspondí, con el ceño fruncido y los dientes apretados. Carlos, por su parte, carraspeó, tragó saliva y se puso a ajustar su corbata con manos temblorosas, como si el nudo le estuviera estrangulando. Levantaba la cabeza hacia arriba, estirando el cuello como si buscara aire, pero sus movimientos eran torpes, distraídos. Las chicas rieron suavemente al verlo, comentando entre susurros lo “raro” que se veía, pero yo no me uní.
El viejo sacó su celular, aprisioné mucho mas los documentos contra mi pecho, como queriendo ocultarlos de la vista de la lente de su cámara. Entonces Carlos levantó su celular con manos temblorosas y su actitud tan rara hacia reír aun mas a las chicas, pues comenzó a arreglarse la corbata mirando a través de la cámara de su celular que lo levanta por encima de su cabeza, un viejo tomándose fotos como todo un adolcente.
Cuando llegamos al último piso, salí rápidamente sin dudar. Detrás de mí, las chicas se detuvieron un momento, extrañadas.
—¿No va abajo, Lic.? —le preguntó una de ellas.
—¡Ah! —exclamó Carlos, como despertando de un sueño, y se apresuró a pulsar el botón de su piso, avergonzado por haber subido con nosotras sin darse cuenta.
Las chicas rieron, tapándose la boca con las manos, y siguieron hablando mientras entregábamos los documentos. Yo apenas participaba.
Al bajar de nuevo en el ascensor, crucé los brazos instintivamente; ya no tenía papeles que me cubrieran, y mi blusa blanca, ceñida y con un escote en curva, llamaba todas las miradas. No me importaba, mientras no me cruzara con Carlos ni, mucho menos, con Manuel. Las chicas, al notar mi cambio de ánimo, me dejaron fuera de la conversación y siguieron charlando entre ellas.
Entonces apoyé mi cabeza en una de las paredes y miré al techo del ascensor con un suspiro cansado… y fue entonces cuando lo vi: un pequeño espejo, casi oculto tras las rejillas, pero perfectamente funcional, suficiente para notar el reflejo. La imagen era clara. Y al instante comprendí: Carlos no miraba al techo por incomodidad. No ajustaba su corbata por nervios. Lo hacía para disimular que miraba hacia arriba, al reflejo del espejo del techo, donde mi escote quedaba expuesto sin que yo lo supiera, los documentos me cubrían de frente, sí, pero desde arriba, mis pechos se veían libres, mas aun, apretados, por mi propia fuerza, deformando su forma pero realzándolos… vulnerables. Él se había quedado a propósito en el ascensor, olvidando su piso, absorto en ese espectáculo.
Con los brazos cruzados empujé contra mi simulando la misma intensidad con que había aplastado mis pechos con los documentos y miré el pequeño espejo: La imagen era obscena, íntima, impúdica… y yo ni siquiera lo había notado hasta ahora. El viejo no se tomaba fotos, grababa mi escote disimulando… Me abracé a mí misma, no por pudor, sino por la furia fría que me subía por la espalda. Ya no era solo un viejo incómodo y sumiso…. Por mí, se había convertido en todo un atrevido.
Viernes… Por fin…
Una hora antes de salir del trabajo, Jimena y yo pusimos en marcha el plan. Era el momento ideal: cada cierto viernes, tras eventos oficiales, los tragos empezaban a circular sin control. Esa noche no fue la excepción. Un acto político por la tarde había desembocado en una “reunión” que, en realidad, era una fiesta improvisada en la sala principal del Ministerio.
Salimos con la excusa de tomar aire y desde un teléfono público, Jimena llamó al celular de Manuel. Usando una app que yo le recomendé para modular su voz, fingió ser una empleada de Lunapar, un prostíbulo al que él solía recurrir.
—Hola… soy de Lunapar. Nos contactaron para un servicio de compañía… ¿para esta noche a las 9?
Manuel, ya ebrio, respondió sin dudar. Ni siquiera verificó. Jimena lo había anticipado: en ese estado, la lujuria borraba toda cautela. Mientras tanto, contratamos a una prostituta real, joven de tez morena, para que se presentara. Yo entraría antes, con la llave que Jimena me entregó días atrás, y me escondería en la oficina de Manuel.
El Ministerio estaba casi en penumbra, las risas y la música de fondo del festejo nos ayudaron. Manuel no sospecharía nada… Me acomodé tras una mampara de madera que se usaba para presentaciones y que Jimena había preparado. Me acomodé con el celular en modo video y el corazón latiendo con fuerza. Eran las 20:40.
Jimena salió, y desde afuera, volvió a llamar a Manuel para confirmar la cita y guiar a la chica hasta la oficina. Todo salía según lo planeado.
A las 20:50, escuché forcejeos con la perilla. La puerta se abrió de golpe. Manuel y Carlos entraron solos, dejando atrás a los demás ebrios en el pasillo. Eran los únicos cómplices de esas fechorías privadas, y esa noche no iba a ser distinta. Les cerraron la puerta en la cara a los otros. Al principio, solo hubo risas torpes y frases entrecortadas de borrachos. Manuel hablaba alto, riendo con exceso, mientras Carlos asentía en silencio, sumiso, bebiendo a sorbos cortos.
La espera se hacia casi insoportable, chateaba con Jimena tras la mampara, ella trataba de tranquilizarme… por fin a las 21:15, la prostituta llegó.
Vestido rojo ajustado, tacones altos, maquillaje marcado. Una presencia que hizo que los dos viejos se enderezaran al instante. Tras una breve presentación con Manuel: nombre artístico, tarifa, normas ficticias, entre ellas que Carlos no participaría pero podría ver… ella empezó a desvestirse con toda naturalidad.
Pero no fue lo que esperaba.
—Puedes ver, pero no te acerques —dijo Manuel, con una voz de mando.
Carlos se sentó en el sillón, obediente, las manos sobre las rodillas, la mirada baja, pero atenta.
Y entonces vi lo que nunca imaginé: Manuel no solo usaba a la mujer. La dominaba...
—¿Ves cómo tiembla? —le dijo a la chica, señalando al viejo observador —Este pobre diablo no puede ni tocarse sin mi permiso —Y explotó riendo
Carlos no respondió. Solo bajó más la cabeza. Manuel tomó a la prostituta con brusquedad, le arrancó lo que le quedaba de ropa, la obligó a arrodillarse, a besarle los pies, a llamarlo “amo” con una voz forzada que delataba su fastidio. Y todo el tiempo, los ojos de Manuel no se despegaban de Carlos, disfrutando cada segundo de su humillación silenciosa. Era un espectáculo de poder puro: dominación sexual como herramienta de control.
Grabé todo… cada palabra, el ambiente, los muebles, los documentos en el escritorio—cualquier detalle que probara el lugar y la identidad de los involucrados. Mi celular vibró en silencio. Un mensaje de Jimena:
“Aguanta ahí. No salgas hasta que yo te avise.”
Minutos después, Manuel terminó con un alarido desagradable, desplomándose en la silla. La prostituta se levantó sin prisa, recogiendo su ropa con frialdad. Su fastidio era evidente.
—¿Ahora me toca? —preguntó Carlos, levantándose
—¿Que dices perrita? —Dijo Manuel, aun con su voz agitada —¿Quieres alegrar al vegete?
—¡Nooo! —respondió ella, con tono exagerado —No lo hago con viejos. ¡Qué asco!
Manuel estalló en risas, mientras la mujer se dirigía a la puerta
—¡Ya la oíste! —gritó Manuel—Vete, nena. Este perro puede esperar.
La chica salió sin mirar atrás. Manuel tomó el vaso lleno de trago, lo bebió de un solo sorbo y se dejó caer en el sillón, inmóvil, con los ojos cerrados… rendido, deshidratado.
Yo seguí grabando. En varios videos para que no se perdiera nada. Sabía que ya teníamos todo lo que necesitábamos.
Carlos quedó en silencio. Pasaron varios minutos, sentado erguido en el sillón como si esperara con devoción a que su amo despertara. No me atreví a moverme. Mandé un mensaje rápido a Jimena: ya tenía la evidencia, solo necesitaba salir sin ser vista.
Mientras tanto, Carlos acomodó sus gruesas gafas sobre la nariz y sacó su celular. La pantalla brilló en la tenue luz de la oficina.
Toc, toc, toc… Alguien golpeó la puerta.
Carlos se levantó de inmediato. Era Jimena que luego de despachar a la prostituta, intentó ayudarme.
—Licenciado, ya es hora de salir —dijo, ingresando
Intentó sacudir a Manuel, pero fue inútil: roncaba con la boca abierta, agotado, drenado, inmóvil.
—Voy a buscar ayuda —dijo Jimena y salió
Mientras eso ocurría, aproveché para escribirle:
— “Manuel no va a despertar… Ayúdame a distraer a Carlos.”
Segundos después, la puerta volvió a sonar.
—Licenciado, usted puede irse. Yo me encargaré del licenciado Campero.
—En un rato salgo —respondió Carlos de manera tosca, apresurada, como su algo le urgiera. Y le cerró la puerta en la cara, asegurándola.
Llegó otro mensaje de Jimena:
— “Prisci, aguanta un rato. No te preocupes, esperaré afuera.”
Me deslicé con cuidado hasta sentarme en el suelo, estirando el cuello para observar. Carlos seguía con el celular en la mano, los ojos fijos en la pantalla, los dedos moviéndose con lentitud.
Entonces… se desabrochó el cinturón…. Y si… comenzó a masturbarse.
Deslizaba la pantalla de vez en cuando, alternando entre lo que veía y lo que hacía. Me mantuve quieta, esperando a que terminara, quizá se quedaría dormido después, como Manuel. Pero el viejo no tenía prisa. Sus movimientos eran lentos, como si disfrutara más cada represión de su extasis. Frotaba un poco, se detenía, respiraba hondo, buscaba más en la pantalla…
Me quedé quieta sentada, esperando sus ganas… Pasaron minutos… Finalmente, sus quejidos empezaron a subir de tono.
—Ahhh… ahhhh…
Me tapé las orejas, pero los gemidos persistían, cada vez más intensos, más desesperados… Jimena me escribió:
— “Prisci, ¿Cómo estás?.”
—“Esperando…”
—“Volveré a tocar… Les diré que ya es hora de irse”
— “No, no. El viejo se está pajeando.”
—“😱😱😱😱😱”
— “Que termine para que se quede dormido igual que el otro”
—“🤮🤮🤮”
—“Si… lo sé…”
Yo seguí esperando. Carlos jadeaba, pero no terminaba… Y entonces, entre susurros entrecortados, dijo algo que me heló:
—Hahaha… ha… ha…ha… Priscilaaa… ¡¡haaaa!!
Asomé apenas la cabeza. El viejo sudaba, se esforzaba por retener el clímax como si temiera que la fantasía se desvaneciera.
Lo vi acariciando la pantalla con el pulgar, como si pudiera tocar lo que veía… Decidí quitarme los tacones y salí de las sombras con cuidado Él no me sintió. Estaba demasiado concentrado. Bordeé el ambiente para quedar de espaldas a él y me acerqué lo suficiente para ver la pantalla… Era lo que temía: una foto mía, de hace días. Blusa rosada, escote tenso, pechos a medio asomar mientras caminaba por el pasillo. Deslizó... Otra: tomada desde abajo, en una pose torcida, pantalón negro ceñido, mis nalgas redondas e inconfundibles.
—¡Pri…cilaaaa! ¡Aaaahggg! —aguantaba frenando su movimiento
Deslizó de nuevo. Esta vez, una imagen desde debajo de una mesa: mis piernas cruzadas, la minifalda acampanada subida por la posición, mostrando más de lo que creía.
Sus gemidos inspirados por mí eran primitivos, nauseabundos, verdes... Se lamía los labios sin darse cuenta, la boca entreabierta, los dedos temblando sobre el celular… y entre las piernas, su miembro endurecido formaba un bulto obsceno bajo la ropa interior, luchando por salir del cierre entreabierto del pantalón. Frente a él, Manuel roncaba fuerte, totalmente ajeno.
Fue mi respiración: asombrada, más rápida, más cercana, terminó sobresaltándolo. Giró… Me vio…
Sus ojos se abrieron con el gesto de susto… Quedó inmóvil, avergonzado…
—Entonces… —dije —¿solo recibes las sobras? —con una calma que ni yo creía —Y a veces, ni siquiera eso.
—No, no… no —balbuceó — no deberías estar aquí…
—No deberías tener esas fotos mías —respondí, mientras bordeaba su sillón.
Quedó en silencio, las piernas cruzadas sobre su vergüenza, su inferioridad expuesta más allá de la tela.
—Déjame ver —dije, acercándome hasta quedar frente a él. Me mostró su pantalla —¡No eso!... ¡Abre las piernas!
Comenzó a temblar, sus manos ya no le respondían. Lo miré desafiante y como el sumiso que era, obedeció. Pero sus manos seguían cubriendo.
Le tomé los brazos y los arrastré a sus costados. Su miembro palpitaba, rígido como una roca, a punto de romper la tela de sus calzoncillos.
—¿Por mí? —pregunté.
No respondió, pero su mirada no negaba la verdad… Era tensión pura, de repente la situación jugaba con mi orgullo, con mi ego. Pues lo tenía ahí, sumiso y derrotado y sentir ese poder, esas ganas de humillarlo… ese dominio era excitante… Podría hacerle besar mis pies como Manuel lo hizo con la prostituta, podría negarle el placer, podría obligarlo a humillarse. O tal vez…
—Sí… —susurré —Es por mi… Fui contratada para esto.
Me quité el saco. Luego, lentamente, desabroché los primeros botones de la blusa. Mis pechos redondos y firmes quedaron al descubierto, apenas contenidos por mi sujetador morado, los pezones endurecidos por la tensión y el frío de la noche.
—Deja el celular —ordené. Por supuesto que obedeció —¡De rodillas!
Se arrodilló al instante. Su mano, sin control, volvió a buscar su miembro. Jadeó, ya demasiado estimulado. Esto lo acabaría.
—¡Alto! —grité. Frenó, pero su cuerpo seguía temblando, el deseo invadiéndolo.
Di unos pasos atrás hasta el sillón donde Manuel dormía como un tronco. Me senté a su lado, las piernas ligeramente abiertas, los brazos apoyados en la espaldera. El viejo temblaba como una maquina antigua y descompuesta
—No puedes tocarte sin mi permiso —dije, evocando las palabras de Manuel —Eso me encendió mas…
Me divertí… Hice varias poses, con la naturalidad y la precisión que solo da ser modelo. Las piernas apoyadas en la abrazadera del sillón, la falda deslizándose un poco más con cada movimiento. Luego me di la vuelta, las manos sobre la espaldera, el culo empinado, firme, expuesto. Lo miraba de reojo cada poco segundo para asegurarme de que no se atreviera a tocarse. El pobre viejo temblaba, sudaba, los ojos enrojecidos de contenerse. Un castigo divino
Terminé de desabrocharme la blusa. Llevada por el morbo del momento, coloqué mis piernas sobre el respaldo del sillón y apoyé la cabeza sobre la rodilla de Manuel, que seguía roncando con fuerza.
Miré a Carlos… Tenía las manos en alto, como suplicando permiso para acercarse. El momento era electrizante: el jefe dominante yacía tieso e inútil, mientras yo excitaba a su perro sumiso a sus expensas. Mis mejillas ardieron y eso me llevó a cruzar la línea.
—Ahora sí, hazlo —dije con voz suave —Saca tu pene y ¡tócate! Muy rápido… déjame ver tu final.
Carlos dudó un instante, con una timidez que contrastaba con la erección que ya le deformaba el pantalón. Pero obedeció. Bajó la ropa interior con manos torpes y de allí salió su miembro: pequeño pero grueso, blanquecino, con una punta redonda y enrojecida, como un gusano anciano con una cabeza hinchada por la necesidad.
Entonces, uno a uno… saqué mis pechos por encima del sujetador morado. Grandes, firmes, los pezones ya endurecidos. La cara de Carlos lo decía todo: no había visto nada más maravilloso en su vida.
Se masturbó frenéticamente, pero se levantó al hacerlo, más encorvado que antes. Con la mano derecha apretaba su miembro con la poca fuerza que le quedaba; la izquierda la estiraba hacia mí, temblando, como si quisiera alcanzar lo que sabía prohibido. Decidí retarlo más.
Me llevé un dedo a la boca, lo chupé hasta que brilló mojado, y luego, sin pensarlo, lo deslicé sobre mi pezón. Fue el error…
Di un gemido agudo, débil per verdadero.
Porque en ese instante, yo ya no mandaba. No era Priscila la modelo, ni Priscila la empleada, ni siquiera Priscila la vengadora. Era ella nuevamente: la zorra…
Que desde el primer día supo que esto pasaría. La que no frenó a los viejos en aquella “entrevista”, la que se dejó tocar cuando la confundieron con una mujerzuela, haciéndose a la desentendida. La que aceptó el trabajo sabiendo que lo atractivo no era el sueldo. Esa Priscila interior que explota cuando el morbo la invade y nadie pueda pararla… ni yo.
Y ahora estaba allí: tetas al aire, con piernas blancas y tersas que se mostraban con la falda recorrida, cabeza apoyada en la rodilla del idiota de Manuel, a centímetros de su aliento embriagado, mientras Carlos la miraba como si fuera un milagro.
Mi respiración se agitó. Me mordí los labios, no podía contenerme… abrí la boca. Y comenzó un duelo absurdo con los ronquidos de Manuel:
Manuel: jrrr… zzzz
Yo: ahhh
Manuel: jrrrrrrrrr
Yo: uuuufff!!!
Carlos, entre jadeos ahogados, bombeaba su mano con una urgencia desesperada, como si cada segundo fuera el último…. Entonces
Le hice un gesto con el dedo índice. Ni él ni yo lo creímos al principio. Pero ya no hubo vuelta atrás. Pasó rápido. Ya lo tenía frente a mí.
Sus labios se cerraron alrededor de mi pezón izquierdo con devoción, con cuidado, suave. Chupaba apretando ligeramente hasta soltarlo una y otra vez, como si quisiera extraer algo. Cada succión era acompañada de un sonido húmedo y un corto gemido mío.
Luego… su lengua trazaba círculos lentos, mientras su otra mano apretaba mi seno derecho con una rudeza inesperada, que contrastaba con la suavidad de sus labios.
Ahora… era yo la que temblaba. No por dolor, sino por esa extraña y deliciosa rendición. En ese momento, él era el jefe… La zorra me entregaba como ofrenda.
Sentí su erección rozar mis muslos, su cuerpo entero tensarse con cada gemido que yo le regalaba… Fue entonces cuando escuchamos los golpes en la puerta.
Tres toques suaves, luego más fuertes, y luego con más intensidad... No importaba… La chapa sonaba como siendo forzada. Y de repente, la puerta ya se abrió…
Carlos estaba perdido en mis senos, no le importaría si fuera la prensa, su esposa o el papa… Nadie lo detendría… Giré la cabeza y vi a Jimena tiesa, boquiabierta, con otra copia de la llave colgando entre sus dedos.
Sus ojos se encontraron con los míos: desnuda de cintura para arriba, con Carlos arrodillado entre mis piernas, manoseando mis pechos mientras su lengua traviesa los mojaba por todas partes. Y la figura inerte de Manuel que me servía de almohada; Al principio pareció querer intervenir, pero se detuvo al ver mi gesto: Ceño fruncido, ojos entrecerrados y mis labios formando una “u” silenciosa mientras aspiraba el aire con deleite… claramente no necesita ser recatada.
No dijo nada. Solo me miró y cerró la puerta con suavidad. Pero antes de irse, vi en su rostro algo que no esperaba: no era reprobación. Era complicidad.
Otra vez solos… Carlos se acercó a mi rostro, su lengua jadeante se introdujo entre mis labios, sintiendo la suavidad de mis labios... Suspiró.
—Quiero estar dentro de ti —dijo, agitado, sudoroso, intentando subirse sobre mí.
—¡No! —lo detuve con firmeza.
Pero insistió, al notar su desesperación, atrapé el miembro con la mano y empecé a masturbarlo. Se detuvo al instante, jadeando, disfrutando la fricción de mis dedos largos y blancos contra su pene viejo húmedo y palpitante. Se puso de pie y bajó la vista, hipnotizado por la escena de su propia erección envuelta en mi mano.
Aun así, tuvo la suficiente osadía, o desesperación, para meter su otra mano entre mis piernas. Intenté cerrarlas, en un gesto automático de rechazo.
—Aaaaaaahhhhhhh… —El gemido salió largo, tembloroso, y como por rendición, mis piernas se abrieron solas.
Sus dedos se deslizaron bajo mi falda, recorrieron mis muslos, mis glúteos, hasta encontrar mi centro. Con una torpeza deliberada, impúdica, metió la mano bajo la diminuta tanga de satén. Su dedo medio, calloso y húmedo de mis fluidos, entró sin pedir permiso.
El quejido que solté fue tan agudo que seguro lo escuchó Jimena, o cualquiera que estuviera en el pasillo. Se convirtió en una lucha silenciosa de poder: yo lo masturbaba con fuerza, rítmica, implacable, mientras su dedo me penetraba sin piedad, buscando quién aguantaría más.
Mi rostro me delató. Dientes apretados, ceño fruncido, ojos enrojecidos y una media sonrisa forzada por el placer que no podía contener… No pude más.
Mi mano dejó de moverse y una corriente eléctrica me recorrió desde las piernas hasta la nuca. Me vine con violencia, con un quejido que empezó ahogado en mi garganta y terminó en un grito desgarrador, agudo.
Carlos me miraba incrédulo, con la boca abierta… Acercó sus dedos a su nariz, aun con mis fluidos. Aspiró mi aroma profundamente, negó con la cabeza como si no comprendiera la realidad, como si en cualquier momento despertaría de este sueño. Y entonces, vi cómo se erguía lo más que podía, con la misma mano que hizo que viniera, con mis mismos fluidos empuñó su miembro acercándolo a mi.
Esta vez no lo detuve… Jadeó como antes, como cuando lo descubrí mirando mi foto en el celular—pero ahora no había pantalla, no había fantasía. Estaba yo, real, expuesta, temblando. Mis tetas firmes frente a él, los pezones aún erectos por su succión.
Y entonces vino.
Su líquido caliente salpicó mis pechos como una humillación dulce, una rendición compartida. Lo sentí recorrer la piel con cada espasmo, gota a gota, mientras su pene aún palpitaba contra mi carne, rozando mis pezones, dejando rastros brillantes bajo la tenue luz de la oficina.
Sus quejidos eran nuevos: roncos, crudos, sofocados… como si hubiera reprimido ese orgasmo desde aquel día de la primera entrevista.
En ese momento, ya no importaba Manuel roncando. Ya no importaba Jimena afuera, solo importaba esto: el calor, el desorden, la entrega sucia y real. Y la punta de su pene, aún sensible, chocando suavemente contra mis tetas, como si no quisiera soltarme ni siquiera al terminar.
❧♡❧
El lunes siguiente, Jimena y yo nos encontramos como siempre en la recepción.
—¿Tienes los videos? —preguntó sin rodeos, como si eso fuera lo único que le importara —Los vamos a destruir —añadió al instante, con una sonrisa fría.
—Jimena… sobre lo del viernes… —empecé, bajando un poco la voz.
—No me interesa —me interrumpió, cortante —Si tuviste que sacrificarte, no es mi culpa. Te dije que esperaras oculta. Pero no te preocupes… vamos a destruir a esos dos.
—Es que… mi celular no grabó nada —mentí, mordiéndome el labio interior para que no temblara la voz, mientras sentía otra corriente en mis muslos.
—¡¿Queeeeé?!
—No tenía memoria. No me di cuenta…
—¿Nada? ¿Ni un segundo?
—Ya revisé todo. Nada.
Hubo un silencio tenso. Jimena apoyó los codos en el mostrador mientras se tomaba la cabeza
—Entonces todo fue en vano —Continuó mientras miraba la madera del mostrador —Te sacrificaste sin motivo. ¿No me echaras la culpa por eso?
—No… Pero… —continué, bajando aún más la voz, con una nota de complicidad forzada— estoy dispuesta a seguir otro plan si es necesario. ¿Nos reunimos en el almuerzo para planearlo?
—Sí… ehmm… claro —dijo, seria, pero extrañada. Levantó su mirada y noté algo más: percibía que yo disfrutaba decirlo.
Me di la vuelta.
Llevaba unos skinny jeans ajustados que marcaban la curvatura de mis glúteos a la perfección, un crop top sin mangas que dejaba al descubierto mi cintura y la base de mis senos. Caminé por el corredor con la postura impecable de siempre: maquillaje preciso, pelo sedoso, aroma sutil pero persistente.
Era imposible imaginar que una rubia así, joven, segura, impecable, se hubiera enredado con ese viejo del que todos se burlaban en los pasillos, al que llamaban “el pervertido del segundo piso”. Que ese pelo en ondas que se balanceaba con sensualidad días antes tenia semen de viejo en las puntas.
Era impensable que esta potra altiva, observada con deseo y envidia por medio edificio, cedería a los chantajes de Manuel, el tipo que todos odiaban y saludaban con sonrisas falsas.
Pero mientras mis caderas se movían con ese balanceo natural que atraía miradas sin esfuerzo, saqué mi celular del bolsillo trasero y, sonreí mientras lo desbloqueaba… y con un gesto rápido y firme, seleccioné los videos… y los borré
Porque no estaba allí para vengarme. Estaba contratada para el capricho de esos viejos…
❧♡❧
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