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Contratada para el capricho de unos viejos Parte 1

La entrevista prometía ser solo un trámite burocrático, pero la puerta de la oficina del Licenciado Campero ocultaba un juego de poder mucho más oscuro. Dos hombres mayores, acostumbrados a obtener lo que desean, no esperaron permiso para reclamar su 'contratación'.

Priscila15K vistas9.3· 9 votos
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La infraestructura imponía respeto: una fachada rústica con ventanales alargados y un portón principal de madera maciza. La gente iba y venía con prisa y frente a mí, tallado en letras doradas sobre una placa pulida, se leía: Ministerio de Hacienda.

Era una oportunidad laboral inmejorable. Un contrato temporal en uno de los departamentos internos, con un salario más que digno y la posibilidad de entrar a la función pública. Llegaba recomendada, con pocos postulantes en competencia, y mi entrevista estaba programada para ese viernes a las 15:00. No pensaba desaprovecharlo.

Me vestí con la formalidad que la ocasión ameritaba: una falda oscura que caía justo hasta las rodillas, una blusa blanca impecable, un blazer que moldeaba mi figura con elegancia y mi cabello rubio recogido en un moño con unos cuantos mechones a los costados. Aunque no llevaba escote, ni una falda atrevida, sabía perfectamente lo que esa ropa, tan pulcra y bien entallada, hacía con mis curvas. Y sinceramente, lo disfrutaba. Si impresionar un poco con mi figura para conseguir el trabajo era delito... me declaro culpable. Mis tacones negros, sujetos con una delicada hebilla al tobillo, aportaban ese último toque de sofisticada sensualidad que nunca me fallaba.

Ya dentro, avancé por los pasillos siguiendo la señalización hasta encontrar el departamento que me habían asignado. Mi objetivo inmediato era localizar a la recepcionista: una tal Sra. Jimena, quien debía anunciar mi llegada.

La hallé inmersa en un mar de papeles, concentrada en una lectura meticulosa. Me acerqué con educación y le hablé con suavidad:

—Buenos días… Disculpe…

Sin levantar la vista, sin siquiera pestañear, musitó:

—Un momento…

Volví a quedarme de pie, en silencio. Cruzaba los brazos con incomodidad mientras la gente pasaba a mi lado, como siempre, con esas miradas que buscaban algo más. Cada segundo de espera reforzaba mi incomodidad y mi furia contenida. Respiré hondo, me acerqué una vez más.

—Disculpe… tengo una entrevista con el Licenciado Manuel Campero.

Esta vez levantó la mirada. Sus ojos me evaluaron fugazmente.

—El licenciado está ocupado —dijo con desgano.

No dijo nada más. No preguntó mi nombre, no se ofreció a anunciarme, ni a verificar nada. Como si mi presencia le resultara una carga innecesaria. Estaba segura de que si me marchaba en ese instante, ni siquiera me detendría.

Recordé entonces que mi contacto me había dicho que la oficina del Lic. Campero se encontraba al fondo, girando a la izquierda desde recepción. Había una única puerta de madera pesada, cerrada. Me acerqué con discreción. Desde adentro se oían voces y algunas risas. Supuse que estarían finalizando otra entrevista… hasta que, minutos después, vi salir a un grupo de personas entre bromas y sonrisas. Nada sugería formalidad. Más bien parecía que acababan de terminar una pequeña celebración.

La puerta volvió a cerrarse y la espera continuó. No sabía si debía quedarme allí de pie, si alguien saldría a buscarme, o si la Sra. Jimena, haciendo el trabajo que le correspondía, anunciaría mi llegada.

Faltaban apenas dos minutos para la hora exacta de la entrevista y me sentía cada vez más ansiosa. Entonces, para mi sorpresa, Jimena se levantó de su puesto. Sentí un breve alivio... que duró poco. Caminó con la misma expresión, pasó por mi lado sin mirarme, sin decir una palabra. Se perdió por el pasillo, simplemente le daba igual.

La incertidumbre me empujó. No quería que pensaran que llegué tarde o que no me presenté. Caminé decidida hacia la puerta del licenciado. Ya no se oían voces, pero una música baja se filtraba desde adentro. Toqué suavemente… silencio. Esperé unos segundos y repetí el gesto… nada.

Cinco minutos tarde. Cinco minutos de un juego desesperante.

Me invadió una irritación contenida por como tratan así a las personas. Esa mezcla de informalidad, desprecio y burocracia mediocre. Sin pensarlo demasiado, giré lentamente la perilla.

La puerta se abrió.

—¿Con permiso? —pregunté, asomando la cabeza con cautela. Di un par de pasos dentro de la oficina.

Los dos hombres, acomodados en sillones de cuero, giraron hacia mí al mismo tiempo. Uno tenía el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás; el otro, más bajo y robusto, sostenía un vaso de whisky en la mano. Ambos me observaron como si el tiempo se hubiera detenido.

—¿Es ella...? —musitó el más bajo, clavándome la mirada mientras dejaba su vaso sobre la mesa.

—¿La rubia? Sí... debe ser —dijo el de cabello gris, llevándose una mano al bolsillo de la camisa para sacar unas gruesas gafas. Se las colocó con torpeza y, al ver con más claridad, se levantó, aunque no del todo. Flexionó las rodillas como si su cuerpo ya no respondiera con la misma fuerza. Sus ojos, muy abiertos; su frente, fruncida; y sus manos… temblorosas —¡No lo puedo creer!

—Buenas tardes —dije, algo desconcertada por sus reacciones —Mi nombre es Priscila. Me indicaron presentarme hoy.

—Por el… “trabajito” —interrumpió el hombre canoso, aún maravillado, dejando que su mirada descendiera por mi figura con lentitud. Cada botón de mi blusa parecía atraparle la atención, magnificado por los cristales de sus lentes.

—Ah, sí… claro, claro… por supuesto —agregué, cruzando los brazos con disimulo para sentirme más protegida. Algo en su tono me incomodó, pero preferí no detenerme en eso—. Busco al licenciado Manuel Campero.

—Soy yo —intervino rápidamente el más bajo, sonriendo con una amabilidad forzada. Su cara redonda y comisuras de sus labios caídos, ahora abiertos ligeramente, sediento. Como si se hubiera encontrado agua en medio del desierto —Dinos… ¿eres nueva? La verdad, nunca nos enviaron a alguien como tú.

—Bueno… sí, es mi primera vez en una entidad pública. Siempre he trabajado en el sector privado —respondí, intentando mantener la formalidad.

—Eso explica ese… porte —murmuró Manuel, en voz baja, aunque con la clara intención de que lo escuchara —Sinceramente… estás espectacular.

Solté una risa nerviosa mientras acomodaba un mechón de mi cabello tras de mi oreja. ¿Qué se suponía que debía responder a eso? Me habían advertido que el licenciado Manuel tenía fama de “ojo alegre”, pero no imaginé que fuera tan atrevido. Supuse que el whisky tenía algo que ver.

—Gracias… supongo. ¿Comenzamos? ¿O tal vez prefieren un momento más para recuperarse? —dije, señalando con la mirada el caos en la sala: vajilla sucia, restos de pastel, globos inflados y vasos vacíos, todo contrastando con la decoración sobria del lugar: muebles de madera tallada, cuadros antiguos y una enorme lámpara que colgaba del techo.

—No hace falta —intervino el canoso, ahora poniéndose completamente de pie —Estamos perfectamente. No puedo esperar para… comenzar.

—Pues adelante —dije, forzando una sonrisa. Al ver que ninguno de los dos hacía el gesto de invitarme a sentar, me acomodé por mi cuenta en una silla de madera frente a ellos.

Pero ellos no se sentaron. Se acercaron, quedando uno a cada lado, obligándome a levantar la vista para poder verles el rostro. Estaban peligrosamente cerca. Mi cuerpo, naturalmente erguido, trataba de mantener la compostura.

—Bueno… —dije con voz suave, tratando de sonar indiferente ante aquella cercanía tan incómoda —Puedo empezar diciendo que me esfuerzo por ser muy profesional.

—Excelente, querida —dijo Manuel, soltando una risita mientras se desabrochaba el saco—. Entonces déjanos ver de qué eres capaz…

La insinuación ya era descarada, pero aun así me forcé a continuar. Contesté con firmeza, manteniéndome tranquila.

—Gracias, pero prefiero esperar a que me indiquen las funciones correspondientes

—Qué encanto de mujer… recatada, educada —intervino el canoso, ahora rodeando la silla para colocarse justo detrás de mí —Te voy a dar unas funciones… especiales, pero ya mismo. ¿Verdad, Manuel?

—Por supuesto —asintió el otro —Con esos atributos… debes ser capaz de todo.

Sentí la mano del hombre canoso rozar la tela de mi saco, como si quisiera quitar una pelusa imaginaria. Me giré ligeramente, incómoda por ese gesto innecesario.

—Disculpe… creo que eso no hace falta —dije, con voz suave, intentando mantener el control.

—Claro que no, mamacita… —susurró con una sonrisa indescifrable. Tomó con ambas manos los extremos de mi saco y lo deslizó hacia atrás, dejando al descubierto mis hombros tras la blusa.

Me quedé inmóvil. Su mano se posó firme sobre uno de mis hombros, masajeándolo con lentitud, mientras la otra descendía, en un recorrido deliberado, por el centro de mi espalda.

Manuel, desde el costado, se había acercado en silencio. Sentí su presencia antes de verlo, como si el aire se volviera más denso.

—¿Qué… qué tipo de bienvenida es esta? —pregunté, en un susurro casi inaudible, sin atreverme a pronunciar en voz alta lo que ya era evidente.

—Una bienvenida… especial —respondió Manuel, con esa voz suya que mezclaba autoridad y perversión. Su mano ya se deslizaba con confianza por mi cintura.

Fue entonces cuando lo sentí: la palma de Manuel sobre mi muslo, firme, descarada. La tela de la falda se tensó bajo su presión. El roce no era accidental; era una declaración.

—No sabía que la función pública era tan… afectuosa —intenté bromear, con una sonrisa que temblaba en mis labios. Quería creer que aún podía dominar la situación, que estaba actuando. Pero la verdad es que no sabía quién tenía el control.

—Con nosotros… así debe ser, mamacita —dijo el canoso con un tono que intentaba ser galante, aunque la voz le fallaba por la edad. Tartamudeaba, y eso solo aumentaba la tensión de la escena. Sus dedos, torpes pero decididos, encontraron la hebilla de mi sujetador bajo la blusa. La desabrochó con un movimiento rápido, hábil, como si hubiera hecho eso demasiadas veces antes.

Un suspiro escapó de mis labios: “¡Ah!”

Intenté incorporarme. El instinto me pedía levantarme, apartarlos, detener aquello… pero sus cuerpos me cercaban. Estaban demasiado cerca, demasiado seguros, como si yo ya les perteneciera.

Una parte de mí gritaba que debía reaccionar, que debía marcar límites. Pero otra, más oscura, más profunda… mas indomable. Esa parte me murmuraba que se esperaba algo más de mí. Algo que no estaba en la descripción del puesto: Intercambiar placer por un puesto laboral. Ese era, tal vez, el precio no escrito de un salario generoso.

El contacto de sus manos, el aroma de sus cuerpos mezclado con el alcohol, esa falsa ceremonia en la que se creían con derecho a poseerme… todo eso me atrapaba en una especie de conmoción erótica del que no podía… o no quería escapar.

Me puse de pie, pero no fue por decisión propia. Ambos me incitaron a hacerlo, guiando mis movimientos con una autoridad. Manuel se aferró a mi cintura y comenzó a besarme con una lentitud lasciva, mientras sus dedos apretaban mis nalgas con firmeza. Sus agarre era atrevido, casi impaciente.

El tembloroso Carlos, en cambio, se acercó por detrás con una fascinación más delicada. Deslizó sus manos por debajo de mis brazos, y sus palmas, secas y ásperas, se hundieron lentamente en mis pechos. Los amasaba en círculos, con delicadeza, como si nunca hubiera tocado unos, saboreando cada milímetro a través de la tela de mi blusa y del brasier guindo, que ya no estaba ajustado desde la espalda. Se deslizaba, sin protección.

Su desesperación, su temblor, su aliento… todo lo sentía.

Manuel, separó sus labios de los míos me contempló con fervor. Entonces, como si su deseo controlara mi ropa y debido a los movimientos de las manos de Carlos, el primer botón de mi blusa cedió. Un pequeño “clic” y parte de mi piel quedó al descubierto. El surco entre mis senos se reveló apenas, como una invitación involuntaria. Ambos se detuvieron por un momento contemplando la deliciosa imagen frente a ellos.

El viejo Carlos, aun con sus manos temblorosas, empujó desde abajo, elevando mis pechos suavemente como si fueran ofrendas, y apoyó su quijada en mi hombro derecho. Su aliento agitado rozó mi oído.

Manuel, al ver la escena, me soltó las nalgas, pero no se alejó. Puso sus manos sobre mi cintura y se separó aún más para contemplarme. No dijo nada. Observaba.

Carlos, movió sus dedos extendidos como patas de araña, no se molestó en desabotonar el segundo botón. Lo arrancó. Un sonido breve, un leve rasguño en la tela. Ahora mis pechos quedaban cubiertos solo por el brasier suelto, que se aferraba a mis hombros por los tirantes como si no quisiera caer. Sentí el roce de la brisa en la parte inferior de mis pechos, sobre la nueva piel expuesta. Sabía lo que ellos veían y que yo se los permitía

Los ojos de Manuel se encontraron con los míos, me mordí el labio inferior dejando a entender que estaba a punto de ebullición.

—¡Ya basta, Carlos! —ordenó Manuel con voz seca.

—¡Nooo! —gimió el viejo, aferrándose aún más —Un rato más. Esta puta hizo que se me parara y ni siquiera tomé la pastilla.

¡Puta!

Abrí la boca, incrédula, pero no dije nada. No sabía si indignarme o si simplemente dejar que la palabra flotara entre nosotros.

—No. Vos no le pagas —le respondió Manuel, sin levantar la voz —¡Consíguete tu puta!

Entonces comenzó el forcejeo. Sentí el movimiento brusco detrás de mí. Carlos no quería soltarme. Manuel lo apartó con fuerza, logrando separarlo.

—Por favor, Manuel —suplicó Carlos, casi jadeando —Te ayudaré a pagarle. Está… está tan buena…

Podía sentir sus ojos todavía fijos en mí, devorándome. Como fiera encadenada. Como animal privado de carne. Mi falda había sido levantada por las manos de Manuel. Mis piernas, torneadas y temblorosas, parecían ahora el manjar servido en bandeja.

—¡Carajo! No puedo más —rugió el viejo, volviendo a pegarse a mí. Esta vez me sujetó con fuerza de las caderas, con una necesidad brutal. Sentí su erección, dura, insistente, golpeando una y otra vez contra mis nalgas. Movía sus caderas con ritmo torpe pero desesperado. Me hacía tambalear.

Mi cabello se soltó del moño y cayó sobre mis hombros. El brasier, apenas sostenido, comenzaba a deslizarse hacia adelante. No lo detuve.

Manuel, en lugar de detenerlo, observaba en silencio. Como si lo aceptara. Como si fuera parte del acuerdo implícito entre ellos. “Solo te la presto”

Los quejidos del viejo retumbaban en la oficina. Su agarre se volvió más áspero, casi como si quisiera marcarme con las uñas. Sentía su urgencia, su locura. Me abrí ligeramente de piernas por instinto, por equilibrio… o tal vez por rendición. Mis gemidos comenzaron a escapar entrecortados por la tembladera. Era… algo más. Una entrega extraña. Culposa. Una mezcla de morbo y excitación.

De pronto, las gafas de Carlos cayeron sobre mi espalda baja y luego al suelo. Ni se inmutó. Continuó, empujando, jadeando, como si su cuerpo entero dependiera de ese instante.

Debía flexionar las rodillas para estar a su alcance. Me agaché apenas. Acomodé mi cabello sobre uno de mis hombros trayéndolo hacia adelante, sentí cómo mi trasero se arqueaba y atrapé la tela de mi falda con ambas manos para que no subiera más, pues solo estaba siendo “prestada”

A la derecha, casi disimulado por el ángulo, colgado sobre una de las paredes de roble, estaba un espejo de cuerpo entero, de marco grueso y bordes dorados. Me sorprendió no haberlo notado antes. Pero ahora, desde donde estaba, podía verme con claridad.

Y lo que vi… Me quitó el aliento.

Me tambaleaba con cada empuje del viejo. Su erección golpeaba mis nalgas una y otra vez, sin ritmo, sin elegancia, pero con una desesperación cruda y caliente. Lo sentía jadeando detrás de mí, mientras yo apenas lograba mantenerme erguida.

En el espejo, mi silueta era una escena diseñada para el pecado: arqueada, ofrecida, con las piernas separadas y las caderas agitándose bajo el asedio. Desde su punto de vista, yo era puro placer extremo al alcance. Desde el mío… una visión perturbadoramente excitante.

El licenciado Manuel Campero nos observaba con una tranquilidad obscena, de brazos cruzados. Sabía que luego sería suya completamente. No necesitaba apurarse.

Mis manos, ahora por impulso o provocación, subieron por mi abdomen hasta alcanzar el brasier flojo. Lo jalé ligeramente hacia abajo, solo un poco, apenas lo suficiente para ver en el espejo cómo la curva lateral de uno de mis pechos comenzaba a asomarse. La piel suave, tensa, vulnerable, se dejaba ver por un instante entre tela y sombra. Se movía con cada sacudida, como si danzara para ambos.

Aquel pliegue de carne, redondeado, lleno, perfecto… se robó mi atención por segundos. Me vi, y me estremecí. Era mía… pero era de ellos también.

Y yo… no apartaba los ojos del espejo.

En ese instante, lo único que deseaba era sentir sus manos temblorosas y ásperas acariciando mis pezones. Quería que subieran, que dejaran de aferrarse a mis caderas como bestias hambrientas y ascendieran hacia lo sagrado. Intenté guiarlas, sin palabras, con un movimiento sutil posicionando mis dedos sobre los suyos… pero no cedían. Aún no. No entendía que lo que le ofrecía no era resistencia, era la gloria.

Pero el viejo intensificó sus embestidas, resoplando como un toro. Mi falda, ya arrugada y vencida, había subido con cada embestida. Mi trasero perfecto y redondeado quedaba al descubierto con cada golpe, ofrecido sin defensa, sin pudor.

Tal vez fue por resignación.

Tal vez…por morbo.

Tal vez… por ¿puta?

Fue entonces que se escucharon los golpes en la puerta.

—¿Jefe...? —La voz seca, nasal.

—¡¡Ocupado!! —gritó Carlos con furia, sin pretender soltarme. Pero nuevamente la puerta fue tocada con mas insistencia

—Para... —dijo Manuel con fastidio

—Maldita sea... —Dijo Carlos y me arrinconó tras la puerta sin soltarme pero aun moviéndose lentamente.

—Suéltala, espera que me deshaga de Jimena, no tiene que sospechar nada.

Acomodé mi falda como pude. La puerta se abrió y la recepcionista asomó su cara antipática sin pedir permiso. En ese momento el viejo canoso se apartó de mí rápidamente. Me terminé de arreglar apresuradamente, dándole la espalda a la intrusa para abotonarme la blusa. Las mejillas ardiendo, el pulso acelerado.

—Llegó una señorita preguntando por usted. Dice que tiene cita para hoy.

Y tras ella, apareció otra mujer. Rubia también, más bajita. Yo los miré. Ellos me miraron. Todo se detuvo.

Luego, Jimena alzó una ceja al verme semi arreglada, con esa mirada cortante llena de desprecio. Murmuró:

—Ah… y esta joven viene por la entrevista de trabajo, pero entró sin permiso.

Y cerró la puerta con un portazo seco.

La mujer rubia me escaneó de pies a cabeza con curiosidad. Dejó caer su abrigo largo sobre un sillón, revelando un atuendo corto y provocativo, un vestido rojo chillón de látex.

—¿Ella va a participar también? —dijo con un tono entre divertido y provocativo— Porque si hay otra mujer, cobro extra.

Silencio…

En ese instante, comprendimos la confusión cruel. La que venía por un “trabajito” era ella, una prostituta, y yo… yo me había dejado manosear por el error, la fatalidad, el morbo... o por… ¿puta?

Sin poder mirarlos, solo me cubrí la boca con la mano, un gesto inútil para contener la excitación que aun se me colaba en la piel, Reaccioné moviéndome, no sin antes sentir la mano de Carlos en mi brazo como un último intento de retenerme. Salí apresurada.

Mis tacones resonaban con un eco frío en los pasillos de mármol del Ministerio. Pasé junto a la recepcionista sin atreverme a mirarla; mis tacones parecían querer gritar, llamar la atención.

El camino hacia la salida se alargó infinitamente. Me abracé a mí misma, no para ocultar la vergüenza, porque a pesar de todo, sentía la excitación aún vibrando bajo la piel, sino para sujetar mi brasier, que sin la hebilla, amenazaba con ceder en cualquier momento…

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Ahora, días después, sola en casa, escribo estas líneas y miro el correo sin abrir, el remitente: Contrataciones Ministerio de Hacienda.

Tal vez fue el currículum que dejé días antes de la “entrevista”, o tal vez... esa reunión clandestina y perturbadora. Pero algo me dice que conseguí el trabajo.

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[email protected]