Xtories

El precio del deseo PARTE 4

Sofía no busca reconciliación, busca destrucción. Te lleva a un apartamento vacío donde las reglas se borran y la única verdad permitida es la del placer crudo. Pero esta noche no estás solo; ella ha preparado una audiencia para tu ruina.

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El silencio en aquel apartamento vacío era tan denso que podía sentirse como una presión física. Mi mano en la de Sofía no era un gesto de reconciliación, sino de rendición a una verdad que me superaba. Su piel estaba fría, pero en sus ojos ardía un fuego que prometía consumirnos a ambos.

—¿Adónde nos lleva esto? —pregunté, y mi voz sonó ronca, extraña incluso para mis propios oídos.

—Al lugar del que nunca deberíamos haber salido —respondió ella, apretando mis dedos con una fuerza que rayaba en lo doloroso—. Donde no hay reglas, ni expectativas, ni mentiras. Solo la verdad desnuda.

Tiró de mi mano, guiándome hacia el colchón en el suelo. Las velas proyectaban sombras danzantes en las paredes desnudas, transformando el espacio vacío en un templo pagano, un santuario para algo que no tenía nombre. Me senté en el borde del colchón, observándola mientras ella se colocaba frente a mí, como una sacerdotisa preparándose para un ritual.

—Tú siempre quisiste controlar el juego, Leo —dijo, desabrochando lentamente los botones de su vestido negro—. Pero nunca entendiste las reglas. El juego no es sobre posesión. Es sobre entrega.

El vestido se deslizó por sus hombros y cayó a sus pies, formando un charco de tela oscura en el suelo. Debajo, no llevaba nada. Su cuerpo, pálido y familiar, me pareció de repente completamente nuevo. Cada curva, cada cicatriz, cada lunar era un jeroglífico que nunca me había tomado el tiempo de descifrar. Se quedó allí, desnuda, permitiendo que mi mirada la recorriera, que la estudiara, que por primera vez, realmente la viera.

—¿Y cuáles son las reglas? —logré articular, mi garganta seca.

—Solo una —avanzó hacia mí, colocándose entre mis piernas—. La verdad. En este momento, en este lugar, solo decimos la verdad. Hacemos la verdad.

Sus manos se posaron en mis muslos y se deslizaron hacia arriba hasta mis pantalones. Sus dedos, ágiles y precisos, desabrocharon mi cinturón y la cremallera. Yo no me moví. Me sentía paralizado, hipnotizado por la crudeza del momento, por la raw desnudez de su propuesta.

—Dime una verdad, Leo —susurró, mientras sus manos me liberaban de la ropa, y mi erección, dura y casi dolorosa, quedaba expuesta al aire cargado—. La primera que te venga a la mente.

—Te odio —salíó de mí como un latigazo, una exhalación visceral—. Te odio por lo que me has hecho, por las dudas que has plantado, por haberme hecho creer que era yo el que se volvía loco.

Una sonrisa lenta, casi de satisfacción, se dibujó en sus labios.—Buena verdad —murmuró, agarrándome con firmeza—. Ahora yo. Te utilicé. Eres el personaje principal de mi obra, y necesitaba tu dolor, tu confusión, tu rabia, para que fuera auténtica.

Sus palabras deberían haberme enfurecido, deberían haberme hecho saltar y alejarme de allí para siempre. En vez de eso, excitaron una parte oscura y retorcida de mí que hasta ahora había mantenido bajo llave. Una parte que se alimentaba de la crudeza, de la falta de filtros, de la realidad desgarrada que estaba desplegándose ante nosotros.

Se arrodilló frente a mí, y su boca, esa boca que había pronunciado tantas mentiras, se cerró alrededor de mi miembro con una verdad absoluta. No fue una felación de amor, o de reconciliación. Fue un acto de dominio, de reafirmación. Su lengua trazó cada centímetro, sus labios se ajustaron con una presión perfecta, sus manos me sujetaron por las caderas para impedir cualquier retirada. Me miraba fijamente, y en sus ojos podía ver el reflejo de mi propio placer, un placer teñido de angustia y de una aceptación profunda.

Gemí, un sonido gutural que se perdió en la penumbra del apartamento. Mi cabeza cayó hacia atrás, pero su mano libre se enredó instantáneamente en mi pelo y tiró con fuerza, obligándome a mirarla.

—No —ordenó, su voz un hilillo de sonido cargado de autoridad—. Mira. Mira lo que hago. Mira lo que me haces hacer.

Y obedecí. Vi cómo sus mejillas se hundían, cómo su garganta trabajaba para tragar, cómo sus ojos se empañaban levemente con el esfuerzo. Era obsceno. Era real. Era la verdad más pura que habíamos compartido en años. La sensación era abrumadora, una corriente eléctrica que recorría mi espina dorsal y amenazaba con hacer estallar mi cerebro. No quería que terminara, quería permanecer en este espacio ambiguo para siempre, donde el dolor y el placer eran la misma cosa.

Pero ella se detuvo justo en el borde, dejándome temblando y al borde del abismo.—No todavía —murmuró, liberándome de su boca con un pop audible—. La noche es larga.

Se puso de pie y me tomó de la mano, tirando de mí para que me levantara. Una vez de pie, frente a frente, nuestra desnudez fue otro nivel de confrontación. Ella comenzó a desvestirme, arrancando mi camisa, empujando mis pantalones y ropa interior hasta los tobillos. Sus manos no acariciaban; exploraban, reclamaban, redescubrían.

—Tú me ves ahora —dijo, y era una declaración, no una pregunta—. ¿Qué ves?

—Veo a una extraña —respondí, y era la verdad más absoluta—. Veo a alguien que creí conocer y nunca conocí. Veo… potencial.

Esa última palabra la hizo sonreír de verdad, una sonrisa que por primera vez llegó a sus ojos.—Potencial para qué, Leo?—Para el desastre. Para la redención. Para todo o para nada.

Me empujó hacia el colchón y caí sobre la lana áspera. Ella se montó sobre mis muslos, su peso familiar y a la vez nuevo anclándome a la realidad. Inclinándose, sus pechos rozaron mi pecho, sus labios se encontraron con los míos. El beso no fue tierno. Fue una batalla, un intercambio de saliva y de verdades no dichas, de dientes que chocaron y lenguas que se disputaron el territorio. Sabía a sal y a cenizas, a todo lo que habíamos quemado.

De repente, se rompió el beso y se incorporó, colocándose sobre mi erecto miembro. Me miró a los ojos, desafiante, y bajó. No hubo delicadeza, solo una toma de posesión brutal y húmeda. Ambos gemimos al unísono, un sonido de dolor-placer que resonó en la habitación vacía. Estaba increíblemente tensa, cada músculo de su interior apretándome como un puño, como si su cuerpo mismo se resistiera incluso mientras nos uníamos.

—Esta es la verdad —jadeó, comenzando a moverse con una cadencia lenta y profunda—. Esto. Nada más.

Sus caderas describían círculos, luego se mecía hacia adelante y hacia atrás, encontrando un ritmo que me hacía ver estrellas. Mis manos se aferraron a sus muslos, mis dedos hundiéndose en su carne pálida, marcándola. Quería dejar mi huella en ella, como ella la había dejado en mí. Ella arqueó la espalda, llevando una mano a su propio sexo, frotándose el clítoris con una ferocidad que era casi violenta. El espectáculo era sobrecogedor: su rostro contraído en éxtasis, su cuerpo sudoroso brillando a la luz de las velas, el sonido húmedo de nuestro acoplamiento.

—Dime otra verdad —exigió, sin dejar de moverse.

—Te deseo más ahora que nunca —confesé, y fue una liberación admitirlo—. Te deseo en tu perversión, en tu crudeza, en tu mentira. Esto… esto me excita más de lo que lo hizo nunca la mujer dulce que creí que eras.

Un gemido largo y gutural salió de su garganta.—Yo… yo necesitaba romperte —admitió, su ritmo volviéndose más errático—. Necesitaba ver hasta dónde podía llegar. Y ver hasta dónde tú podías llegar.

De repente, se detuvo. Se deslizó fuera de mí, dejándome frío y vacío instantáneamente. Se puso de pie, jadeando, y caminó hacia su portátil. Tecleó algo rápidamente.

—¿Qué… qué haces? —pregunté, incorporándome sobre los codos.

—Invitando a un crítico —dijo, volviéndose hacia mí con una chispa de pura malicia en los ojos—. El arte necesita una audiencia, ¿no crees?

Antes de que pudiera responder, se oyó un golpe suave en la puerta. Mi corazón se detuvo. Sofía cruzó la habitación y abrió. Pablo estaba en el marco de la puerta, vestido con jeans y una camiseta negra, su labio aún hinchado por mi puñetazo. Nos miró a los dos, desnudos y sudorosos en el colchón, y no pareció sorprendido en absoluto. Solo asintió lentamente, como si un presentimiento se hubiera confirmado.

—Entra —dijo Sofía, y era una orden.

Pablo cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó en ella, cruzando los brazos. Me miró a mí, y luego a Sofía.—¿Cuál es el plan? —preguntó, su voz neutra.

—El plan —dijo Sofía, y caminó hacia él— es terminar lo que empezamos. Sin secretos. Sin mentiras. Con testigos.

Comprendí entonces. Esta era la última pieza de su obra. La culminación. Yo podía levantarme e irme, romper el ciclo. Podía golpear a Pablo de nuevo, podía gritar, podía denunciar la locura en la que me había sumergido. Pero otra parte de mí, la parte que ella había liberado, quería ver adónde conducía el camino. Quería la verdad, por horrible que fuera.

Pablo me sostuvo la mirada, desafiante, pero también vi algo más en sus ojos: comprensión. Él también había sido una pieza en el juego de Sofía. Él también había sido usado. Y en una extraña y retorcida manera, eso nos hacía cómplices.

Sofía se detuvo frente a Pablo y le tomó la cara con ambas manos.—¿Me deseas? —le preguntó, con una crudeza que cortaba el aire.

—Siempre —respondió él, sin vacilar.

—¿Aunque él te odie por ello? —preguntó, señalándome con la cabeza.

—Especialmente por eso —murmuró Pablo, y luego se inclinó y la besó.

Fue un beso posesivo, lleno de una historia que yo solo conocía a medias. Yo esperaba sentir la rabia again, el fuego de la traición. En su lugar, sentí una punzada de excitación tan intensa que me dejó sin aliento. Verlos, ver cómo sus cuerpos se encajaban, cómo sus manos se agarraban con familiaridad, era como ver los videos de su portátil hechos realidad. Era devastadoramente erótico.

Sofía se rompió el beso y se volvió hacia mí, su respiración entrecortada.—Elige, Leo. ¿Te vas? ¿O participas?

Me levanté del colchón. Me sentía expuesto, vulnerable, pero también más vivo de lo que me había sentido en años. Caminé hacia ellos hasta quedar formando un triángulo cargado de tensión sexual y emociones sin resolver.

—Participó —dije, y mi voz no titubeó.

Fue como si se rompiera un hechizo. Pablo asintió, una vez, con respeto en sus ojos. Sofía sonrió, una sonrisa triunfal y feroz.

Lo que siguió fue un torbellino de manos y bocas, de piel y sudor. Ya no había lugar para la timidez o los celos. Solo un hambre voraz que nos consumía a los tres. Sofía nos guiaba, la arquitecta de nuestro placer, colocándonos como quería. En un momento, yo estaba detrás de ella, enterrado en su profundidad mientras ella se inclinaba sobre Pablo, tomándolo en la boca. Podía sentir cada contracción de su cuerpo, cada gemido que vibraba a través de ella mientras servía a Pablo. Y podía ver los ojos de Pablo, fijos en los míos, desafiándome, invitándome, compartiendo esto conmigo de una manera que trascendía toda rivalidad.

Luego, Sofía nos hizo recostarnos a ambos en el colchón, uno al lado del otro. Ella se movió entre nosotros, una diosa caprichosa repartiendo su favor. Besaba mis labios, luego los de Pablo. Mi mano acariciaba su pecho mientras la de Pablo recorría su espalda. Era surrealista. Era intenso. Era la verdad más cruda y primitiva que había experimentado nunca. No había propiedad, no había fidelidad en el sentido convencional. Solo había entrega, a la experiencia, a la sensación, al momento.

Sofía se colocó sobre mí, tomándome dentro de ella otra vez, y luego se inclinó hacia Pablo, guiándolo hacia su boca. El sonido de su encuentro, los jadeos, los gemidos, el crujido del colchón, formaban una sinfonía perversa. Yo miraba a Pablo, a mi amigo, a mi enemigo, y veía en su rostro el mismo éxtasis torturado que debía reflejar el mío. Sofía era el puente y el abismo entre nosotros.

El clímax nos llegó a los tres en una cascada casi simultánea. No fue un estallido de alegría, sino una liberación catártica, un terremoto que nos sacudió hasta la médula. Sofía gritó, un sonido desgarrador que era tanto de agonía como de éxtasis. Pablo gruñó, enterrando su rostro en su cuello. Yo me dejé ir con un gemido que era la culminación de meses de angustia, rabia y confusión, viendo cómo el techo vacío de la habitación se desdibujaba.

El silencio que siguió fue tan absoluto como el estruendo que lo había precedido. Los tres jadeábamos, nuestros cuerpos entrelazados en un sudoroso montón de miembros y satisfacción agotada. La habitación olía a sexo, a cera derretida y a sal.

Sofía fue la primera en moverse. Se desenredó de nosotros y se sentó en el borde del colchón, su espalda pálida y vulnerable frente a nosotros. Pablo y yo nos miramos. No había triunfo en su mirada, ni derrota en la mía. Solo un vacío compartido, un entendimiento mutuo de que habíamos cruzado un umbral del que no había vuelta atrás.

—¿Y ahora? —pregunté por segunda vez esa noche, mi voz era solo un susurro ronco.

Sofía se volvió para mirarnos. Su rostro estaba sereno, limpio de toda afectación.—Ahora —dijo—, el arte está completo.

Pablo se incorporó y empezó a vestirse en silencio. Yo hice lo mismo. Las prendas nos quedaban como disfraces, la ropa de una vida que ya no encajaba. No se intercambiaron palabras. No hacían falta. Cuando Pablo llegó a la puerta, se detuvo y me miró.

—Leo —dijo, y asintió lentamente. No era un perdón, ni un reconocimiento. Era un acuse de recibo.

Cuando se fue, el silencio volvió a llenar la habitación. Sofía se acercó a la ventana y abrió las persianas. El primer light del amanecer comenzaba a teñir el cielo de Málaga de un gris azulado.

—Vas a irte ahora —dijo, sin volverse—. Y no vas a volver.

—¿Es otra orden? —pregunté, abrochándome los pantalones.

—Es la última verdad —respondió—. Esto funcionó porque era el final. Porque no hay un "después". El proyecto ha terminado.

La miré, realmente la miré, mientras se recortaba contra la ventana iluminada. Ya no era la femme fatale, ni

la musa rota, ni la arquitecta de mi destrucción. Era simplemente Sofía. Y por primera vez, la veía con una claridad perfecta y dolorosa.

Asentí. No había nada más que decir. Caminé hacia la puerta, mis pasos resonando en el suelo desnudo. Mi mano encontró el pomo, frío y metálico.

—¿Valió la pena? —pregunté, sin volverme.

Ella se quedó en silencio un momento, observando el amanecer.—Pregúntatelo dentro de un año —respondió suavemente—. Cuando la rabia se haya enfriado y solo quede lo que aprendiste.

Salí al rellano, y la puerta se cerró a mis espaldas con un clic suave pero definitivo. No hubo portazo, no hubo drama de telenovela. Solo el fin de una era.

Bajé las escaleras y salí a la calle. El aire de la mañana era fresco y olía a mar y a café recién hecho de un bar cercano. La ciudad empezaba a despertar, ajena por completo al cataclismo personal que había tenido lugar en el apartamento vacío del tercer piso.

Caminé sin rumbo durante un tiempo, dejando que el sonido de la ciudad me lavara el cerebro. No sentía rabia. No sentía tristeza. Solo un vacío enorme, un espacio limpiado por el fuego donde antes había existido una obsesión.

Finalmente, me senté en un banco frente al puerto y observé cómo el sol se alzaba sobre el Mediterráneo, transformando el agua en una lámina de oro líquido. Y entonces, solo entonces, una sonrisa lenta y fatigada se dibujó en mis labios. Sofía tenía razón. Al final, me había dado exactamente lo que quería: la verdad. Y resultó ser más liberadora, y más aterradora, que cualquier fantasía.

El proyecto había terminado. Y ahora, mi propia obra—la de reconstruirme a mí mismo con los pedazos que quedaban—acababa de comenzar.

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