Xtories

El precio del deseo PARTE 3

Leo creía que el engaño era un secreto entre dos. Hasta que encuentra las cámaras. Sofía no solo lo traicionó; lo convirtió en su público, su musa y su víctima. Ahora ella está en la puerta, sonriendo, y le ofrece una elección: destruirlo a ambos o entrar en su juego. Él extiende la mano.

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La noche se extendió como una mancha de tinta sobre la costa, envolviendo el coche y a mí dentro de él en una quietud solo rota por el lejano murmullo del mar. El mensaje de Sofía seguía brillando en mi pantalla, cada palabra una losa sobre mi pecho. "No me busques". ¿Cómo no hacerlo? Cada fibra de mi ser gritaba por encontrarla, por arrancar una explicación que satisficiera esta vorágine de rabia y confusión que me devoraba por dentro.

Arranqué el motor y recorrí la carretera con una meticulosidad obsesiva, mis faros barriendo cada metro de arcén, cada camino secundario, cada acceso a playa. Paré en cada establecimiento aún abierto, mostrando su foto a empleados cansados que negaban con la cabeza entre indiferentes y compasivos. Nadie la había visto. O quizá sí, pero Sofía siempre tuvo ese don de volverse invisible cuando quería, de camuflarse entre la normalidad como un fantasma en pleno día.

Al amanecer, exhausto y con el sabor amargo de la derrota en la boca, regresé a nuestro apartamento en Málaga. La puerta crujió al abrirse, y la quietud dentro era tan densa que casi podía palparse. Todo estaba exactamente como lo habíamos dejado: el libro de Sofía abierto en la mesita de café, su taza de té medio llena, mi sudadera abandonada en el sofá. Pero el aire olía distinto. Olía a ausencia, a espacios vacíos y silencios elocuentes.

Me desplomé en el sillón y cerré los ojos, pero las imágenes de la playa regresaron con una claridad brutal: Sofía arrodillada en la arena, la crema solar brillando en sus manos mientras acariciaba a aquel desconocido, su mirada desafiante cuando nuestros ojos se encontraron. Y luego Pablo. Mi amigo de toda la vida. ¿Cuántas veces había venido después de aquella noche? ¿Cuántas veces se había sentado en este mismo sofá, había bebido mi cerveza, me había sonreído, sabiendo que había tenido a mi mujer en nuestra cama?

Una rabia sorda comenzó a crecer en mi pecho, un calor que me subía desde el estómago hasta la nuca. Me levanté y recorrí el apartamento como un animal enjaulado, mis pasos resonando en el silencio. Entré en nuestro dormitorio y me detuve frente a la cama. La colcha estaba impecable, las almohadas ordenadas en perfecta simetría. Pero ya no era nuestro santuario. Era un monumento a la traición, un recordatorio de cuán frágil era la realidad que creía conocer.

De repente, noté un bulto bajo la almohada de Sofía. Un cuaderno pequeño, forrado en tela azul. Lo abrí con manos que apenas podían mantenerse estables. Dentro, no había escritos, sino dibujos. Bocetos a carboncillo y lápiz de colores que mostraban cuerpos entrelazados, poses íntimas, detalles anatómicos reproducidos con una precisión casi obscena. En una página, un hombre yacía boca arriba mientras una mujer le cabalgaba, su espalda arqueada en éxtasis. En otra, dos perfiles se fundían en un beso profundo, las manos explorando territorios conocidos y ajenos. Y en la última página, un dibujo que me heló la sangre: un hombre dormido en un sillón, mientras al fondo, through la puerta entreabierta del dormitorio, dos siluetas se movían en la penumbra. Abajo, una firma: "P".

Algo se quebró dentro de mí. Cogí el móvil y marqué el número de Pablo. Contestó al tercer tono, con voz ronca de sueño.

—¿Leo? ¿Qué pasa? ¿Sabes qué hora es?

—¿Lo sabía? —le espeté, sin preámbulos—. ¿Sabía que yo lo sabía?

Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea. Luego, un suspiro pesado.

—Sofía me dijo que te lo había contado. Pensé que...

—¿Pensaste qué? ¿Que me daría una palmadita en la espalda y brindaríamos por tu conquista?

—Leo, escucha...

—No. Tú escucha. Quedamos en una hora. En el muelle deportivo. Si no vienes, iré a tu casa y te arrastro de los pelos.

Colgué antes de que pudiera responder. Me vestí con ropa oscura, las manos todavía temblorosas, y salí del apartamento. El sol comenzaba a rosear el cielo, tiñendo las nubes de tonos anaranjados y púrpuras que parecían burlarse de mi tormento interior.

Pablo ya estaba en el muelle cuando llegué, apoyado en la barandilla, mirando los yates que se mecían suavemente en el agua. Se volvió cuando mis pasos resonaron en la madera del embarcadero. Tenía ojeras profundas y el pelo desordenado, como si se hubiera vestido apresuradamente.

—No tenía por qué ser un secreto —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Sofía y yo... fue algo mutuo.

—¿Mutuo? —reí, un sonido amargo que se perdió en la brisa marina—. ¿Te refieres a que mutuamente decidisteis follar en mi cama mientras yo roncaba a pocos metros?

Él se encogió de hombros, una mueca de incomodidad en su rostro.

—Ella estaba insatisfecha, Leo. Llevaba meses insatisfecha. Dijo que solo la veías como un objeto, que...

—¡No te pedí un análisis psicológico! —grité, avanzando hacia él—. Te pedí que fueras mi amigo. Y en vez de eso, te aprovechaste.

Pablo sonrió entonces, una sonrisa condescendiente que me hizo hervir la sangre.

—¿Aprovechar? Leo, ella vino a mí. Fue ella quien empezó. ¿Sabes lo que me dijo esa noche? «Quiero que me hagas sentir lo que Leo ya no puede».

Antes de que pudiera pensarlo, mi puño conectó con su mandíbula. El impacto resonó en el silencio del amanecer. Pablo cayó contra la barandilla, sorprendido, llevándose la mano a la boca que comenzaba a sangrar.

—¡Mierda, Leo! ¿En serio?

—¿Te gusta cómo se siente? —le espeté— ¿Te gusta que te usen?

Me miró con odio, pero luego su expresión cambió. Se irguió con dificultad y se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Me merezco esto. Pero no es a mí a quien deberías golpear. Es a ella. Porque Sofía no es la víctima aquí. Es la arquitecta.

Se alejó cojeando, dejándome solo con el sonido de las olas y el latido acelerado de mi corazón. Sus palabras resonaban en mi cabeza: "la arquitecta". ¿Era posible? ¿Había planeado Sofía todo esto? ¿La escena en la playa, la confesión sobre Pablo, incluso su desaparición?

Regresé al apartamento, mi mente dando vueltas en un torbellino de preguntas sin respuesta. Necesitaba encontrar más pruebas, entender hasta dónde llegaba este juego perverso. Empecé a registrar sus cosas con una meticulosidad obsesiva: sus cajones, su armario, sus libros. Encontré poco hasta que recordé su viejo portátil. Sofía solía guardarlo en el estante más alto del armario, envuelto en un pañuelo de seda como si fuera un tesoro preciado.

Lo encendí. La pantalla de inicio pedía una contraseña. Probé su cumpleaños, el mío, nuestra fecha de aniversario. Nada funcionó. Estaba a punto de rendirme cuando recordé algo: el nombre de la cala donde todo había sucedido. "Cala del Moral". Escribí "Moral" y el portátil se desbloqueó.

El fondo de pantalla era una foto de nosotros en esa misma playa el verano anterior, sonriendo, con los brazos alrededor el uno del otro. La ironía era tan amarga que casi pude saborearla. Empecé a revisar sus archivos con dedos que temblaban ligeramente. Carpetas de trabajo, fotos de vacaciones, documentos PDF de conferencias aburridas. Y entonces, en una carpeta marcada como "Inspiración", encontré algo que me heló la sangre.

Eran fotos. Decenas de ellas. Algunas eran selfies íntimos, tomadas en nuestro baño, en nuestra cama, en el sofá del living. Otras mostraban ángeles diferentes, como si hubiera colocado la cámara en puntos estratégicos para capturar cada momento, cada expresión. En una, ella aparecía masturbándose con los dedos mientras miraba fijamente al objetivo, sus ojos vidriosos de placer. En otra, nos veía a ambos durmiendo abrazados, pero su mano acariciaba mi cara con una ternura que ahora parecía falsa, artificial.

Y luego estaban los videos. Miniaturas que mostraban momentos robados: Pablo y ella besándose en la cocina mientras yo supuestamente dormía en la habitación. Sofía desvistiéndose frente a la ventana del apartamento, sabiendo que los vecinos de enfrente podían verla. Y el más reciente, fechado el mismo día de la playa: un video tomado desde algún punto entre las rocas, que mostraba toda la escena con el desconocido, pero desde un ángulo que dejaba claro que había sido planeado, premeditado.

Mi estómago se contrajo. Abrí el video de la playa. La calidad era excelente, como si hubiera usado una cámara buena, no solo el móvil. Se veía a Sofía aplicándole crema al tipo, sus manos descendiendo hasta el borde de su bañador, luego quitándoselo por completo. La cámara se acercaba zoom a sus caras, capturando cada expresión de placer, cada gemido ahogado. Y entonces, en un momento dado, cuando Sofía se arrodillaba frente a él, sus ojos se dirigieron directamente a la cámara y guiñó un ojo, una sonrisa triunfal en sus labios.

Apagué el portátil de un golpe seco. Mi respiración era entrecortada, mis manos sudorosas. Todo había sido una puesta en escena. Una obra teatral cuidadosamente orquestada para... ¿para qué? ¿Para humillarme? ¿Para castigarme por mis fantasías? ¿O simplemente porque Sofía era alguien que yo nunca había llegado a conocer realmente?

De repente, el móvil vibró en mi bolsillo. Un mensaje de un número desconocido: "¿Te gustó el show? El director siempre merece una crítica constructiva. Nos vemos pronto. S."

El aire se me escapó de los pulmones. Ella sabía. Sabía que había encontrado el portátil, que había visto los videos. ¿Estaba vigilándome? ¿Estaba cerca?

Corrí a la ventana y abrí las persianas de un tirón. La calle estaba vacía, solo un gato callejero rebuscando en un contenedor de basura. Pero entonces, en el edificio de enfrente, en una ventana del tercer piso que usually estaba oscura, vi un movimiento. Una figura se apartó rápidamente, pero no antes de que yo reconociera el pelo castaño de Sofía.

Sin pensarlo dos veces, salí corriendo del apartamento, bajé las escaleras de tres en tres y crucé la calle. La puerta del edificio de enfrente estaba entreabierta, como si alguien hubiera pasado recientemente. Subí hasta el tercer piso, mi corazón martilleándome el pecho. La puerta del apartamento 3B estaba cerrada, pero de debajo de ella se filtraba una línea de luz.

Llamé con los nudillos, primero suavemente, luego con más fuerza.

—¡Sofía! ¡Abre esta puerta! ¡Sé que estás ahí!

Silencio. Luego, el sonido de pasos acercándose. La puerta se abrió lentamente.

Ella estaba allí, pero no como la había visto por última vez. Llevaba un vestido negro sencillo, sin maquillaje, el pelo recogido en un moño desordenado. Pero sus ojos... sus ojos brillaban con una intensidad que casi daba miedo.

—Entra —dijo suavemente, apartándose para dejarme pasar.

El apartamento estaba casi vacío, solo un colchón en el suelo, algunas velas encendidas y su portátil abierto sobre una caja de cartón que hacía las veces de mesa.

—¿Por qué? —fue lo único que pude decir, mi voz quebrada por la emoción.

Ella sonrió, una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos.

—Porque necesitabas ver la verdad. Porque necesitabas verme como soy, no como querías que fuera.

—¿Y qué eres? —pregunté, avanzando hacia ella— ¿Una mentirosa? ¿Una manipuladora?

—Soy libre —respondió, manteniendo la mirada—. Libre de tus expectativas, libre de tus fantasías, libre de tu posesividad.

—¿Y todo esto? ¿Los videos, las fotos, la escena en la playa? ¿Eso es libertad?

—Es arte —dijo simplemente—. Una documentación de mi liberación. Y tú... tú fuiste mi musa involuntaria.

Cogió el portátil y abrió una carpeta marcada como "Proyecto Leo". Dentro, había cientos de archivos: fotos mías dormido, videos de nuestras discusiones, grabaciones de audio de nuestras conversaciones más íntimas.

—¿Ves? —dijo, pasando las imágenes con una calma perturbadora—. Todo esto eres tú. Tu obsesión por controlarme, por moldearme. Y mi respuesta... mi arte.

Se acercó a mí, hasta que pude sentir su aliento en mi cara.

—¿Sabes lo más irónico? —susurró—. Que al final, conseguiste exactamente lo que querías. Me convertiste en tu fantasía... solo que resultó ser una pesadilla.

La miré, realmente la miré, por primera vez en tal vez años. Y vi no a la mujer de la que me había enamorado, ni a la femme fatale que había creado en mi mente, sino a una extraña. Una desconocida que me había permitido entrar en su juego perverso porque... ¿por qué?

—¿Y ahora qué? —pregunté, mi voz apenas un hilo de sonido.

Ella sonrió, una sonrisa genuina esta vez, aunque teñida de melancolía.

—Ahora elige. Puedes irte y denunciarme si quieres. Tengo suficiente material para arruinarte también, así que sería mutuo. O puedes quedarte... y ver adónde nos lleva esto.

Extendió su mano hacia mí, no en son de paz, sino como una invitación a un abismo. Y yo, contra toda razón, contra todo instinto de supervivencia, la tomé.

Porque al final, la línea entre el amor y la obsesión, entre la pasión y la destrucción, siempre había sido más delgada de lo que quería admitir. Y Sofía, mi Sofía, finalmente había conseguido que la viera como realmente era: no

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