El precio del deseo PARTE 2
Leo creía que controlaba cada deseo de Sofía, hasta que ella decidió dirigir su propia función. Ahora, en la carretera, la verdad sobre su pasado y su cuerpo se desata como una tormenta que él no puede detener.
El camino de vuelta al coche fue un silencio cortante, roto solo por el crujido de la grava bajo nuestros pies y el lejano rumor del mar que ahora sonaba a burla. Sofía caminaba delante de mí, recta, imperturbable, como si lo que había ocurrido hubiera sido parte de un plan que solo ella entendía. Yo arrastraba los pies, sintiendo el peso de mi propia complicidad. ¿Acaso no había sido yo quien insistió en venir? ¿Quien quería exhibirla, sentir la envidia de otros hombres?
Al subir al coche, el aire estaba denso y caliente. Sofía se acomodó en el asiento del copiloto y miró por la ventana, evitando mi mirada. Encendí el motor y comencé a conducir por la carretera de la costa, sin saber qué decir, sin saber siquiera qué pensar. Fue ella quien rompió el silencio, con una voz que no era la suya: era más grave, cargada de una amargura que heló la sangre en mis venas.
—¿Sabes por qué lo hice? —preguntó, sin volverse a mirarme.
Negué con la cabeza, aunque ella no podía verme.
—Porque estaba harta. Harta de que siempre quieras más de lo que soy. Harta de que me uses como tu trofeo. Hoy querías que otros me desearan. Y lo conseguiste.
—Sofía, yo nunca… —intenté protestar, pero ella me interrumpió.
—¿Nunca qué? ¿Nunca me has presionado para que hiciera cosas que no quería? ¿Nunca has fantaseado con verme con otro? Lo sé, Leo. Lo he sabido siempre. Esa vez en la fiesta de tu trabajo, cuando me insististe en que me pusiera ese vestido ajustado. O cuando «olvidaste» decirme que tus amigos estarían en la piscina ese día que decidiste que debíamos bañarnos sin ropa. Siempre buscando el morbo, la transgresión. Pero hoy… hoy querías fuego, ¿verdad? Y te lo di. Te di todo el fuego que cabía en esa playa.
Calló de nuevo, y durante un rato solo se escuchó el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. De pronto, noté que sus hombros comenzaban a temblar. Al principio pensé que estaba llorando, pero cuando giré la cabeza vi que en realidad se estaba riendo. Una risa baja, sin alegría, cargada de ironía.
—Él no fue el primero —dijo de repente, y estas palabras cayeron como piedras en el interior del coche.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, sintiendo cómo un sudor frío me recorría la nuca.
—Que no fue el primero —repitió, y ahora sí se volvió a mirarme. Sus ojos estaban secos, pero brillaban con una luz extraña, casi febril—. ¿Recuerdas a tu amigo Pablo? ¿El que vino a ayudarnos a pintar el apartamento el mes pasado? ¿El que se quedó a dormir en el sofá porque vivía lejos?
Un vacío se abrió en mi estómago. Pablo. Mi amigo de la infancia.
—¿Qué pasa con Pablo? —logré articular, aunque ya sabía la respuesta.
—Él sí que sabía lo que hacía —dijo Sofía, y ahora su voz tenía un deje de nostalgia perversa—. Esa noche, cuando tú te dormiste en el sillón después de beber tanto, él vino a la habitación. Dijo que le había gustado cómo se me veía el trasero mientras pintaba el techo. Y yo… yo lo dejé hacer. No me tocó como ese desconocido en la playa. No. Él fue lento, me besó, me dijo cosas bonitas. Y cuando terminó, me abrazó y se fue. Tú ni te enteraste.
Sentí que el volante se me resbalaba de las manos. Tuve que orillarme en un mirador vacío, con el motor aún en marcha. La vista al mar era espectacular, pero yo solo veía traición.
—¿Por qué, Sofía? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Por qué me hiciste esto?
Ella sonrió, pero esta vez era una sonrisa triste, casi compasiva.
—Porque quería que dejaras de idealizarme. Porque quería que me vieras como lo que soy: una mujer capaz de cualquier cosa si se siente acorralada. Tú me acorralaste, Leo. Con tus fantasías, con tus exigencias. Y hoy, en esa playa, decidí que si tanto querías ver el espectáculo, yo sería la directora de la función.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta.
—¿Qué haces? —pregunté, alarmado.
—Me bajo aquí —dijo—. Necesito caminar. Necesito pensar.
—Sofía, esto no es seguro. ¡Vuelve al coche!
Pero ella ya estaba fuera, cerrando la puerta suavemente. Se alejó por el borde de la carretera, su figura volviéndose cada vez más pequeña contra el vasto azul del Mediterráneo. Yo me quedé allí, paralizado, mirando cómo se convertía en un punto y luego en nada.
Cuando por fin reaccioné y salí del coche para seguirla, ya había desaparecido. La llamé a su móvil, pero estaba apagado. Regresé al coche y conduje lentamente, buscándola en cada curva, en cada acceso a la playa. No había rastro de ella.
Horas después, ya con el sol cayendo sobre el horizonte, recibí un mensaje suyo. Decía simplemente: «No me busques. Cuando decida volver, lo haré. Y entonces tendremos que decidir si todo esto ha sido el final o un nuevo comienzo. Pero ahora necesito estar sola con lo que soy».
Y supe, en ese momento, que la Sofía que yo había conocido —la que creía poseer, la que quería moldear a mi antojo— se había quedado para siempre en esa playa nudista, enterrada bajo la arena y el sol y la sal. Y que si alguna vez volvía, sería una mujer diferente. Una que ya no me pertenecería. Una que quizás nunca me había pertenecido.
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