Xtories

El precio del deseo PARTE 1

Siempre creí que yo controlaba el juego. Que era mi deseo el que dictaba las reglas. Pero esa tarde, bajo el sol implacable de la Costa del Sol, descubrí que Sofía tenía sus propias cuentas que saldar, y que su cuerpo era el arma más letal que podía usar contra mí.

boykill7.6K vistas8.0· 11 votos

El sol de la Costa del Sol caía a plomo sobre nuestras cabezas, un castigo dorado que prometía quemaduras y recuerdos imborrables. Había tardado meses en convencer a Sofía para que aceptara venir conmigo a una playa nudista. No fue fácil: discusiones silenciosas en el coche, noches de reproches ahogados en la almohada y esa mirada suya que parecía decirme «esto va a terminar mal». Pero al final, cedió. Siempre cedía. Y allí estábamos, en una cala escondida cerca de Nerja, donde la arena blanca se mezclaba con guijarros y el mar olía a sal y libertad.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —pregunté por última vez, observando cómo sus dedos apretaban el borde de la toalla como si fuera un salvavidas.—Ya estamos aquí, ¿no? —respondió ella, con una voz tan fría que casi apagaba el calor del mediodía.

Extendimos las toallas en una zona semioculta entre rocas. El lugar estaba casi vacío: una pareja mayor a lo lejos, un hombre solo leyendo bajo una sombrilla y, unos metros más allá, un tipo con el torso bronceado y gafas de sol que parecía dormitar. Sofía se desvistió con movimientos bruscos, como si each piece of clothing le quemara las manos. Primero el vestido blanco, luego el sujetador, y por último las bragas. Se tumbó boca abajo sin mirarme, ocultando su rostro bajo un sombrero de paja. Yo me desnudé rápido, sintiendo la brisa marítima como un aliado en mi fantasía. Quería que todos la miraran. Que desearan lo que era mío.

Pasaron unos minutos. El silencio entre nosotros era más denso que la humedad del aire. De pronto, Sofía se giró boca arriba y suspiró.—Necesito crema solar —dijo, tendiéndome el bote—. En la espalda, por favor.

Apliqué la loción con manos torpes, recorriendo su columna, los hombros, la cintura. Su piel estaba caliente y tensa.—¿Y delante? —preguntó ella sin abrir los ojos.—Claro —musité, embadurnando sus piernas, el vientre, los senos. Ella permanecía inmóvil, como una estatua de mármol bajo el sol. Pero entonces, justo cuando terminaba, el tipo de las gafas de sol se acercó.—Disculpad —dijo con acento andaluz—, ¿me prestáis un poco de crema? Se me ha olvidado la mía.

Era joven, quizá veinticinco años, con el cuerpo athletic y un torso surcado de músculos definidos. Sofía abrió los ojos y lo miró. Yo asentí en silencio, incómodo pero sin saber cómo negarme. Él tomó el bote y empezó a aplicarse crema en los brazos. Pero entonces, Sofía hizo algo inesperado: se incorporó sobre los codos y dijo:—¿Quieres que te eche en la espalda?

El tipo sonrió.—Si no es molestia.

Ella se levantó y tomó el bote. Sus dedos recorrieron su espalda con una delicadeza que a mí nunca me había mostrado. Él cerró los ojos, disfrutando. Yo observaba, paralizado, una mezcla de celos y excitación recorriéndome las venas. Sofía estaba ahora untando su pecho, luego su abdomen… y entonces, sus dedos bajaron hasta el borde de su bañador. Él no llevaba nada debajo. Lo supe porque Sofía deslizó la crema más allá de la tela, hacia su pubis, y él no se inmutó. Al contrario, respiró hondo.

—¿Quieres que te lo ponga por detrás? —preguntó Sofía en un tono que no le reconocía.—Como quieras —respondió él, girándose.

Fue entonces cuando vi cómo Sofía, con movimientos deliberadamente lentos, le bajó el bañador hasta las rodillas. Su trasero estaba bronceado y firme. Ella aplicó crema en sus nalgas, luego en sus muslos… y después, sus dedos se deslizaron entre sus piernas por detrás, rozando su testículos y luego su pene, que comenzó a erectarse rápidamente. Él gemía bajito. Yo no podía creer lo que veía. Sofía lo estaba masturbando con crema solar, allí mismo, a plena luz del día, como si yo no existiera.

—Sofía… —logré decir, pero mi voz sonó como un susurro ahogado por el mar.

Ella ni siquiera me miró. En cambio, el tipo abrió los ojos y me sonrió burlonamente.—Tu chica tiene manos mágicas —dijo, mientras Sofía aceleraba el ritmo.

Yo estaba petrificado. Quería gritar, detenerlo, pero mi cuerpo no respondía. Sofía se arrodilló frente a él y tomó su pene con ambas manos, untándolo con crema como si fuera un objeto precioso. Él apoyó sus manos en sus hombros y cerró los ojos de nuevo.—Así… así está bien —murmuró.

Sofía entonces hizo lo impensable: inclinó la cabeza y se lo llevó a la boca. Él gimió más fuerte, agarrando su pelo. Yo vi cómo sus labios se cerraban alrededor de él, cómo su cabeza se movía adelante y atrás con una habilidad que ignoraba que poseyera. El sonido era húmedo, obsceno, mezclado con el rumor de las olas. Él empezó a empujar su cadera hacia adelante, follándole la boca con una intensidad creciente. Sofía no se resistió. Al contrario, parecía disfrutarlo: sus manos acariciaban sus muslos, sus nalgas, animándolo a profundizar.

—Voy a correrme —advirtió él, jadeando.

Sofía no se separó. Lo miró fijamente y abrió aún más la boca. Fue entonces cuando él explotó, con un gemido ronco, y ella tragó cada gota sin pestañear. Cuando terminó, se limpió los labios con el dorso de la mano y se levantó. El tipo se subió el bañador, todavía jadeante.—Gracias por la crema —dijo con una sonrisa cínica antes de marcharse.

Sofía volvió a tenderse en su toalla como si nada hubiera pasado. El sol brillaba sobre su piel sudorosa, y su cuerpo parecía irradiar una satisfacción obscena. Yo seguía sentado, con las piernas temblorosas, la mente en blanco. Minutos después, ella se giró hacia mí.—Esto es lo que querías, ¿verdad? —dijo con una voz gélida, cargada de desprecio—. Morbo. Exhibición. ¿Estás satisfecho?

No supe qué responder. La playa, el mar, el cielo… todo parecía haberse teñido de gris. Sofía se vistió en silencio y comenzó a recoger sus cosas. Yo la seguí, sintiendo que cada grano de arena que pisaba era un fragmento de lo que acababa de destruirse para siempre.