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Manual práctico para olvidar a tu ex

Dani creía que su vida amorosa había terminado cuando su ex lo humilló ante el mundo entero. Pero el destino le envía a Sara y Susan, dos mujeres que no solo dominan el sexo, sino también su mente. ¿Podrá olvidar el pasado dejándose llevar por sus juegos?

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Manual práctico para olvidar a tu ex

Gaedrum era una criatura extraña. Vivía en una cueva en el interior de un volcán activo, y contemplaba la sopa roja hirviendo allí abajo, con su pierna huesuda balanceándose al calor del hogar, cuando recibió la visita de la dama del lago.

—Bienaventurado seas, pequeño señor de las llamas.

—¡Mi dama Lamia! —exclamó el hombrecillo grisáceo y deforme dándose la vuelta. Se irguió cuan bajo era y se ajustó el taparrabos. Después hincó una rodilla.

—No soy tu señora, joven Gaedrum.

El ser deforme y de ojos saltones miró extrañado al fantasma azulado y translúcido.

—Soy vuestro desde el día en que salvasteis mi vida, mi dama.

La mujer en vestido vaporoso sonrió afablemente.

—Las enredaderas te arrastraron a las profundidades, pero no eras un intruso, sino que dabas caza a quienes te habían robado tu tesoro. No merecías ser ajusticiado por las aguas, por eso te salvé. No me debes servidumbre por mi piedad, dado que fue solo justicia.

—Mi dama, tan solo lamento no haberos ahorrado la molestia de acabar con quienes profanaron vuestra morada, pero fui demasiado lento en encontrarlos. ¿Puedo preguntaros por qué me honráis con vuestra visita esta noche?

El espectro posó la mano en su hombro y Gaedrum sintió el contacto de la niebla húmeda y helada del Lago de la princesa ahogada, un jirón encarnado en forma humana e imbuido con el encantamiento para ser su voz, ojos y oídos.

—No soy digno de vuestro contacto, pues mi fealdad es una vergüenza para vos.

—En pie, amigo mío.

El corazón de Gaedrum dio un saltito, y luego lo siguió el resto de su cuerpo. Se encontró mirándola desde su cintura y soñó despierto con besar el verdadero cuerpo de su amada una vez más.

—¿Amigo, dama mía?

—Ni más, ni menos. Me preguntaba si podría pediros un pequeño encargo. Misión, dirían algunos. No muy lejos, no por mucho tiempo, y no demasiado difícil, espero. Más me harías un gran favor si me consiguieras la cabeza de mi difunto prometido, el príncipe prometido que fue momificado para alimentar el oscuro poder mágico de la secta de la Rata venenosa, la diosa menor de la pestilencia.

El pequeño Gaedrum no cabía en sí de gozo. Tenía la oportunidad de ganarse el corazón de su adorada señora. Se arrodilló de nuevo y dijo con voz solemne:

—La secta será destruida. El sumo sacerdote oscuro morirá. Y recuperaréis los restos mortales de vuestro antiguo amor para que se cumpla al fin la promesa de vuestro padre. Os doy mi palabra.

La mujer ocultó su orgullo por su poder sobre la criatura y solo reveló satisfacción:

—Te estoy muy agradecida, pequeño señor del fuego. Para ayudarte en tu misión —dijo majestuosa convocando un remolino de niebla azul alrededor de Gaedrum—, te otorgaré la mitad de mi magia por 7 días y 7 noches. Tuyo es el poder del fuego y el agua. Desprende la carne de nuestros enemigos con la furia de nuestro torrente de vapor. También te concedo el don de llamar a los elementales del mar, quienes te permitirán sobrevivir y viajar bajo las aguas y a través de las cloacas putrefactas. Y una cosa más…

Gaedrum aguardó a escuchar sus palabras, mientras sentía su cuerpo repleto de energía, con los últimos restos de humedad siendo absorbidos por su piel.

—¿Un arma aún mejor, mi dama?

La mujer se inclinó y besó su mejilla. El tacto helado le hizo estremecerse, refrescado como si hubiese saciado su sed tras horas perdido en el laberinto de catacumbas sin encontrar el pozo de agua caliente.

—No os decepcionaré. Juro que algún día seré digno de vuestro amor.

La risa de triunfo de la mujer rebotó en las paredes del volcán y se proyectó a los cielos cubiertos de ceniza.

* * *

Dani cerró el libro.

—Guau.

Aflelú, su novia miope, soltó el bolígrafo en el escritorio, se giró y le dijo socarronamente:

—¿Ahora qué, pichacorta?

Dani sonrió.

—Tu traducción, ojo de halcón.

Él se cruzó de piernas sobre la cama de matrimonio.

—¿Has llegado ya a la traición de la dama?

—¡Nooo! ¿Por qué me lo cuentas?

—¡Ups! —la chica se tapó la boca y luego se ajustó las gafas—. ¡Perdón!

—No pasa nada.

—¿Qué te parece?

—Se entiende bastante bien. Creo que tu “Ciclo Artúrico” está bien traducido.

—Gracias, nene…

—De nada, nena —y le guiñó un ojo.

—…pero se dice Artórico. De Artorius 1º, el héroe mítico de la fundación de Bretaña…

Él tiró de su brazo y se puso en pie.

—Cállate, que estás más guapa —dijo con tono gamberro, y la besó. Ella se rio. Dani la cogió de las caderas a pulso y ella se rio más fuerte al sentir sus poderosos brazos aferrándola, y se tumbó de espaldas. Ella casi se golpeó la cara con la almohada, y se rio aún más.

A Dani le gustaba mucho su novia. Según sus amigos debería buscarse una mejor que no fuera una zampabollos, o que fuera más fiel, o que fuera más guapa. En su opinión, no entendían el amor. Él la quería.

Y además, se la chupaba de cojones.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella sacándosela del pantalón.

—Me has leído la mente.

Con sonrisa traviesa y risueña, ella retrocedió de rodillas y comenzó a exhibir sus dotes, perfeccionadas durante 3 años de mamadas diarias, siempre atenta y preguntándole cómo le gustaba más, viendo porno juntos y asegurándose de hacerlo lo mejor posible.

—¡Joder! —dijo él entre jadeos, y suspiró.

—Sí, pero luego de que te corras —y se la zampó de nuevo. Él se rio. Ella nunca le metía prisa, siempre esperaba a que se recuperara del todo para reventarla a pollazos cuando tuviese más ganas.

—Te la chuparé siempre que quieras, cariño —solía susurrarle tiernamente al oído justo después de correrse, y a él siempre le entraba la risa tonta antes de besarla y darle las gracias.

Aflelú sabía de sobras que así le devolvía la libido en los días en que no le apetecía follar, y en esos momentos, tras satisfacerlo, él se aseguraba de hacérselo lo mejor posible. Y además, retrasaba su segundo orgasmo. De hecho, le había cogido el punto él también y sabía cómo tratar a su cuerpo: lo habitual era que ella terminara dos veces antes que él… o al menos, el segundo orgasmo sucedía a la vez. En opinión de ambos, esos eran los mejores polvos.

Y así fue ese mismo día, una vez más. La última vez que follaron antes de cortar.

Sucedió tal que así: A la mañana siguiente, ella se fue de viaje de verano con sus amigas, una escapada a Mallorca que llevaban tiempo planeando. Habían preparado incluso un paseo en trimarán turístico. Y al igual que la cabra que siempre vuelve al monte, Aflelú le puso los cuernos otra vez. Varias veces. Con varios hombres. Y además, lo grabó.

Esa era una fantasía sexual a la que la chica daba vueltas desde hacía tiempo. Y de tanto halagar sus mamadas, realmente quería exhibirlas, “compartirlas con el mundo”. Le excitaba que otros se masturbaran viéndola hacerlas. En su imaginación, se sentiría muy deseada, incluso admirada. Él solía explicarle que la realidad no se desarrolla igual que las fantasías, que del porno en internet no hay vuelta atrás, que cuando tuviera hijos se arrepentiría porque ellos podrían toparse con sus vídeos, etcétera… pero las fantasías son fantasías, replicaba ella molesta. Y una vez le reconoció que seguía masturbándose con la idea de ser actriz porno, al menos una vez.

—Quizá con una máscara puesta… o al menos con un antifaz, por si me estorba.

Él ponía los ojos en blanco y discutía de nuevo con ella. A veces Aflelú se lo tomaba bien, pero otras, francamente mal. Más concretamente, cuando venía de salir con sus amigas solteras y ponían verde a Dani a sus espaldas.

—¿No será que eres un machista?

A lo que él bufaba y se ponía a ver la tele.

Pues llegó el día del viaje, ella se tiró a varios, y estando todos borrachos a bordo, grabaron la orgía.

Alguien lo subió a internet. Más de dos horas de vídeo.

Algún desconocido ensambló otro recortando hasta dejarlo en 20 minutos, más adecuado para hacerse una paja.

Y un amigo le mandó a Dani el enlace de la sección de novedades de una web porno de moda. Un vídeo que incluía primeros planos de Aflelú con una polla en cada mano y otra en la boca, con toda la cara de lascivia de estar cumpliendo al fin sus fantasías mientras la polla entre sus tetas le regaba la cara de semen. En el coro de jadeos Dani distinguió el orgasmo de un segundo hombre, y reconoció al instante el movimiento de garganta de la chica tragándose el semen sin sacarla de la boca. Cuando se la sacó ruidosamente para tomar aliento, se rio. La misma risa risueña que creía que guardaba para él.

Dani no pudo soportarlo. Ese día decidió cortar con ella. Primero se hizo una paja, claro, pero luego le mandó un mensaje diciendo que tenían que hablar.

¿Te has enterado, verdad?

Dani no contestó. Ella insistió una hora más tarde:

Perdón.

Dani solo le envió una respuesta:

No es necesario que hablemos si te resulta muy difícil. Para mí sí lo es. Estoy preparando tus maletas. Incluso te las regalo. Si quieres te las dejaré en la puerta a la hora que me digas. No creo que valgas para tener una relación de pareja, al menos monógama. No es el tipo de vida o pareja que yo quiero. Es mejor que quedemos como amigos, pero por un tiempo prefiero no verte. Espero que lo entiendas. Cuando vuelvas por aquí avísame para sacarte las maletas a la puerta. Adiós.

Dani releyó dos veces su mensaje antes de mandarlo con su pulgar temblando. No estaba seguro de hacerlo bien. Intentaba hacerlo lo mejor posible. Y apenas segundos después de enviarlo, recibió otro:

¿Sabes? Mis amigas me dicen siempre que me busque otro mejor que tú, que eres un capullo. Creo que tienen razón. Siempre la tuvieron. Eres celoso, machista y posesivo. Lo que ocurría era que no sabías llenar mis carencias afectivas, pero he conocido a otros que saben tratarme como me merezco. Adiós. ¡Por cierto, no era mentira que la tuvieras corta! ¡A tomar por culo, vete a mamarla, gilipollas!

Dani estaba estupefacto. Su primer pensamiento era cómo podía tener la cara tan dura. Su segundo, que sus amigas la habían manipulado. Pero entonces recordó cómo era, y pudo ver tan claro como si la tuviera delante que en ese momento Aflelú estaba llorando.

—Si es que es tonta —suspiró, y Dani la llamó. Sin embargo, ella le rechazó la llamada. Él se encogió de hombros—. Ya se le pasará.

Pero no se le pasó. Pasaron meses y la chica seguía sin darle señales de vida. Seguía con sus bártulos preparados en el cuarto trastero. Sus amigas le habían bloqueado de las redes, así que no podía preguntarle ni cómo estaba. A veces se preocupaba. Otras pensaba que estaría follándose a otro y estaba demasiado ocupada, y no merecía que le dedicara ni un pensamiento.

—Desde la primera vez que te puso los cuernos, sabía que no duraría —dijo su colega de la facultad de Bellas Artes, donde la había conocido antes de que Aflelú decidiera cambiar de carrera y hacerse traductora.

—Ilústrame —replicó Dani conduciendo. Ya era de noche, y Martínez iba de copiloto. Iban a beber unas copas.

—Yo la hubiera dejado a la primera. No te entiendo. Nadie lo hace. ¿Por qué coño la perdonabas?

Eso le recordó cuando una amiga de Aflelú con la que se había cruzado en un bar le preguntó “¿Qué coño te hacía ella para que no la olvides meses después?”. La respuesta era la misma:

—La quería.

Las reacciones de el chico y la chica también se repetían:

—Lo que pasas es que no tienes donde meterla.

Para él era un consejo que estaba harto de oír: “Búscate a otra”, y Dani estaba de acuerdo. Para la amiga era un insulto en clave que significaba “Eres un guarro y lo que te pasa es que echas de menos sus mamadas”, lo que hacía que Dani pensara en qué mierda de relaciones tendría siempre esa mujer para que le pareciera natural olvidar a los ex tan pronto. Casi era Navidad cuando se lo dijo, y ahora, en enero, sabía que se burlaría con indirectas si se la volviera a encontrar.

—Supongo que es la hipergamia —tanteó Dani. Sabía que su amigo podría pasarse horas divagando y filosofando acerca de la sociedad cuando le daba material de partida como ese, pero no mordió el anzuelo para que lo dejara en paz con sus pensamientos mientras se enfrascaba en un monólogo para sordos. En lugar de eso, Martínez insistió:

—En serio, necesitas follar. ¿Nos vamos de putas?

—Anda ya.

—El que folla pagando acaba ahorrando. ¿Cuánto te dejaste en esa guarra?

—Ya te dije que no me gusta.

—¡Pero si es para meterla! ¡Se trata de que disfrutes tú! ¡No tienes que preocuparte de caerle bien siquiera, solo quiere tu dinero!

—Ese es el problema.

Sabía que era una pérdida de tiempo discutir el tema porque sentían de formas distintas. “Es como con las putas de las amigas de Aflelú. No tienen ni idea de cómo son los hombres, ni este de cómo son las mujeres”.

Antes de darse cuenta, estaban discutiendo de nuevo.

—¿Ya estás dándome lecciones? Te crees superior —bufó Martínez.

—No somos iguales.

—Ya. Solo te crees que los demás no tenemos ni puta idea de cómo llevar una relación, y llegas tú queriendo decirnos…

—Vale, vale, no discutamos.

Martínez se calló, pero Dani notó que estaba resentido.

Solo tomaron una cerveza en el pub. Había mal ambiente y volvieron pronto. Ambos estaban cansados, decían conciliadoramente.

Martínez pasó meses sin querer volver a salir con Dani.

Y en las noches tristes y solitarias, Dani se masturbaba viendo el vídeo porno del barco. El vídeo de Aflelú. Y después de terminar de masturbarse, se sentía más patético que cuando empezó, borraba el vídeo de su disco duro y el acceso directo del navegador de internet. Hasta que volvía a picar y todo empezaba de nuevo: buscar, guardar enlace, guardar vídeo, pajearse. Ojos húmedos, borrar, borrar y acostarse enfadado consigo mismo una vez más.

Entonces llegó un día en el que Dani estaba estudiando para un examen de dibujo técnico, cuando Martínez le mandó un mensaje al Wachat:

¡Te dije que era una puta! ¡Lo ha vuelto a hacer!

LINK

Con un dedo tembloroso, hizo clic en el hipervínculo y entró en la web.

Solo era un vídeo de Rick Roll.

¡Serás hijoputa!

Martínez le contestó con emoticonos de risas y una pregunta:

¿Estabas a punto de hacerte una paja, verdad? ¡Espabila, coño! ¡Olvídala!

Dani no contestó. Solo puso el capuchón al bolígrafo, bajó a la calle, se montó en su coche y se fue al puticlub más cercano.

A la mañana siguiente despertó sintiéndose 80 euros más pobre y aún más miserable.

Después de ducharse, repasó sus aplicaciones de ligar: Todas le emparejaban únicamente con mujeres que no le gustaban, y tampoco le confirmaban los emparejamientos a las que él daba sus likes. Ya le habían advertido que el negocio de esas apps estaba en poner los dientes largos, hacer que pagaras con la vana esperanza de que funcionaran, y que siguieras utilizándolas en vez de abandonarlas por cumplir su propósito, porque eso destruiría su negocio. Dani comprobó una vez más que era cierto, así que volvió a dar de baja la suscripción de todas con la promesa de no volver a picar.

—Está claro que la única forma de ligar es saliendo a la calle —suspiró.

Esa noche se vistió para salir de fiesta y se atrevió a intentarlo a solas, sin apoyo moral, sin gente con la que desahogarse, sin testigos de sus fracasos, sin nadie que se burlara medio en broma medio en serio… salió a ligar sin lastre ni refuerzos.

Y lo consiguió.

* * *

Sara era magnética. No podía dejar de mirarla en el pub. Ella estaba bailando con una rubia despampanante a la que la mitad de los hombres y la cuarta parte de mujeres quería comerle las tetas medio expuestas, pero Dani solo tenía ojos para Sara. La chica de unos 20 años lucía cabello marrón hasta los hombros, vestía mallas ceñidas del gimnasio y su actitud era mitad “me da igual todo” y mitad “vengo a comerme el mundo”. Dani recordó que tenía una copa y la soltó en la barra más cercana. De algún modo se atrevió a romper el perímetro de seguridad que habían creado esas dos. Nadie se atrevía a acercarse a menos de un metro de radio, y ellas bailaban como si fueran gogos de discoteca, contoneándose de forma sincronizada. Pero Dani lo hizo, Dani se puso justo delante. Y con reflejos deslumbrantes, la mano de Sara apareció en el momento preciso para evitar que la rubia le pegara un codazo accidental. Fue un bloqueo que hizo pensar al chico que practicaba artes marciales. De repente, el hechizo se rompió. Las dos se detuvieron. La gente pareció salir de un trance.

—¡Perdón, casi te doy! —dijo la rubia haciendo que más gente babeara. Otros recordaron que tenían una copa en la mano y optaron por beber.

—No es nada —dijo forzando la voz entre la música. Entonces sus ojos se encontraron con los de Sara. Nadie le había mirado así, nunca. Fue como si leyera su mente, su corazón, su alma. Cartografió los recovecos más profundos de su interior, lo juzgó y decidió que era digno. Sara le ofreció la mano y una sonrisa. Dani sintió que de algún modo aquello era un momento muy especial que valía su peso en oro. Le tomó la mano con delicadeza, inseguro. Ella sonrió con calidez, reconfortándolo. El tacto de su mano, pequeña y grácil, fue firme y poderoso como una serpiente enroscándose entre sus dedos. Una serpiente mortal que solo le estaba saludando. Después el momento pasó y el depredador rompió el contacto. Dani parpadeó y retrocedió dos pasos. “¿Qué acaba de pasar?”, pensó aturdido. Entonces se dio cuenta de cómo lo miraba la rubia. Abrió los ojos, sorprendido, y ella le guiñó uno. “¡Hala! ¿Le gusto?”.

Entonces notó que el perímetro había aumentado. De repente, muchos clientes habían decidido que se sentían muy incómodos y estaban marchándose a toda prisa, cogiendo sus abrigos y saliendo del local como si se estuvieran meando encima y el único baño en la zona estuviese en la calle.

—¿Qué pasa? ¿Una fuga de gas o algo?

La rubia se rio. Le estrechó su mano tomándosela por sorpresa.

—¡Hola! Me llamo Susan.

—¿Por qué os da igual que se haya ido la mitad de la gente de golpe? —preguntó impulsivamente. Susan miró a Sara y esta se encogió de hombros.

—A mí no me mires, esta vez no he hecho nada.

—Basta con que seas tú —contestó Susan. Su amiga no contestó. Dani frunció el ceño. Entonces recordó el tacto de su mano. La presión de su mirada. “¿Por qué tengo la sensación de que se han asustado de ella?”. Entonces la rubia de ojos verdes lo miró con lujuria, y Dani retrocedió aturdido. “Esta tía no es normal. Ninguna de las dos”.

—Es tímido e inseguro, no lo asustes con demasiada iniciativa —dijo Sara. La rubia se rio.

—¿Inseguro? ¡Pero si es el único que se ha atrevido a acercarse!

—Porque los otros eran un poco capullos.

“¿Qué carajo significa eso?”, pensó Dani. Sara lo miró a los ojos. Quedó embobado con su belleza. “Una parece una actriz tetona de película, pero esta… esta es belleza”.

—Vaya, parece que ya ha elegido —dijo Susan cruzándose de brazos. Instantáneamente una idea pasó por la cabeza de Dani: “Podríamos hacer un trío. Estaría realmente genial”. Entonces recordó a su exnovia, “Aflelú”, y sintió una mezcla de vergüenza y alivio al comprenderla un poco mejor.

Después se avergonzó de sí mismo.

—Mejor que se vaya contigo —dijo Susan negando con la cabeza.

—No es un cagado, es un romántico.

Dani se quedó parpadeando.

—Supongo que tienes razón —fue lo único que pudo contestar. Sara se acercó a su oído:

—Hoy habíamos decidido salir a follar sin compromiso. Me gustan más grandes, guapos y fuertes que tú, pero tengo unos estándares casi imposibles y soy realista, así que solo busco un diez para una relación. Tú eres casi un seis para mí y eres buena gente. ¿Te parece bien echar solo un polvo?

Sabía que no podía permitirse dudar ni un segundo, así que contestó a la velocidad del rayo:

—¡Sí! ¡Joder, sí!

Ella se rio y se separó para mirarlo a los ojos. Le tomó de los hombros y empezó a llevarlo para bailar, guiándolo. Dani recordó que no estaban solos y miró alrededor: La mitad del local se había ido, y la otra mitad estaba cerca de las paredes, dejándolos solos. Solo Susan estaba cerca. Ahora no estaba cruzada de brazos, sino acariciando su mentón.

—Oye, Sara, ¿y si…?

—No —cortó tajantemente la chica a su amiga, y siguió bailando con Dani.

Más tarde descubriría que Sara sí que era bisexual, y sí que se había acostado con Susan alguna vez, pero se había autoimpuesto límites y se negaba a volver a hacerlo. Él no sabía exactamente por qué, pero notaba que era algo importante. No importante tipo “es que una de las dos podría enamorarse”, sino tipo “ambas podríamos terminar realmente muy jodidas de la cabeza”. Nunca preguntó, sabía que no debería.

En cuanto a esa noche, Sara se fue con Dani a su casa y lo cabalgó con diligencia como si fuera una máquina sexual, a un ritmo perfecto, estable y sostenido, leyéndolo para adaptarse y llevando las riendas en todo momento. Parecía follar de forma cerebral, como si estuviera jugando a un videojuego con plena concentración y tratando de hacer una serie de combos perfectos, machacándolo con K.O., Perfect y Fatality una y otra vez. Siempre paraba justo antes del orgasmo sin que él tuviera que hacer un gesto ni decir ni una palabra. De hecho, hacía rato que él esperaba que dejara de fastidiarlo y le permitiera eyacular por fin, pero la chica, sin sudar ni una gota, seguía usándolo como un juguete sexual electrónico con el que intentara conseguir la mayor puntuación posible.

Dani nunca se había sentido utilizado sexualmente hasta entonces.

Dani estaría encantado de repetir cada noche si pudiera.

—¡AAAAAAAAGH! —el orgasmo fue explosivo y lo sorprendió. Justo cuando creía que ella se lo cancelaría una vez más, de algún modo aceleró en el momento exacto, y controló los músculos vaginales para estrujarle la polla y ordeñarle hasta la última gota, todo con la secuencia de movimientos perfecta para él, y justo cuando menos se lo esperaba.

Sara se tumbó a su lado, desnuda y riéndose, mientras él jadeaba intentando recuperarse. Él estaba agotado. Ella estaba como una rosa.

—Se me da… mal, pero lo intentaré —dijo él, y bajó a intentar chupárselo lo mejor posible. Vio que estaba depilada, pero ella lo agarró del costado con los pies y lo acercó hasta besarlo. Fue solo un momento, en los labios y sin lengua, pero para él fue un momento hermoso.

—Gracias —dijo Dani sin pensar, y ella se rio.

—Eres adorable.

Él se sonrojó y apartó la mirada. Ella se escabulló en un visto y no visto y de repente estaba encima de él, de nuevo, sentada en su espalda, y él quedó chafado contra el colchón. Sara le acarició la cabeza y el cabello.

—¿Quién te ha roto el corazón, colega?

—Espera. No es el momento.

—Yo creo que sí.

—Tú no te has… y ni siquiera te he…

—He conocido a unas cuantas zorras. Algunas eran literalmente psicópatas, pero las meto en otra categoría. ¿De qué tipo era la que te jodió?

Sucedió algo extraño. Él, atrapado boca abajo, mirando solo al colchón en la oscuridad, sintiendo la presión de la mujer en su espalda, de algún modo se sintió relajado. Es decir, además de estar cansado y recién follado, también se sentía… reconfortado. Ella estaba masajeándole el cuello y los omóplatos.

—Es que… ya sabes…

—Cuéntame, colega.

—Me fue infiel.

—¿Qué más?

—Varias veces.

—Y la perdonaste. ¿Qué más pasó?

—Yo… yo…

“¿Qué está pasando? Nunca me había sentido tan comprendido”.

—¿Quién eres?

—Kino. Sara Kino. Continúa. Además de traicionar tu confianza y aprovecharse de ti, ¿qué más te hizo?

—Me humilló… ya sabes, cada infidelidad hace que la gente se burle de ti… hombres y mujeres, cada uno a su manera.

—¿Y qué más?

Él cerró los ojos con fuerza. Ella retiró las manos y le besó la cabeza delicadamente.

—Cuando le mandé un mensaje diciendo que no lo soportaba más y que mejor que cortáramos, ella me contestó diciéndome que era un capullo, se merecía algo mejor y sus amigas siempre tuvieron razón sobre mí.

Sara lo abrazó por detrás. Entonces él abrió los ojos y comprendió que estaban llorando.

—Fue muy injusta contigo, Daniel. Después de cuánto te esforzaste por ella, y cuánto le perdonaste, lo tiró todo a la basura por despecho al sentirse rechazada, no te valoró e incluso te menospreció. Era mala gente. ¿No es eso lo que dicen tus amigos? ¿O tu familia? Quizá con otras palabras, de forma más simple, pero en esencia, eso. ¿Verdad?

Él comenzó a sollozar. Luego negó con la cabeza.

—¡No! No fue así. En realidad… ella se sentía rechazada. Dolida. Y arrepentida. Estaba en un callejón sin salida y se sentía estúpida. Se dijo a sí misma que… que en realidad no perdía nada, pero era mentira.

Sara le dio un besito en la mejilla.

—Respuesta correcta.

—Sí… ella… tuvo una reacción emocional. Sé que se arrepintió. Lo sé, la conozco. No iba en serio, pero ahora no hay manera de hablar con ella… me evita, y sus amigas. No puedo ni mandarle un mensaje…

—Se está protegiendo emocionalmente. Duele y da miedo. La mayoría de la gente lo hace con los ex, incluso se suele aconsejar.

Él se giró y la miró a la cara, a contraluz en la oscuridad, con la escasa iluminación de la farola de la calle.

—Pero no es mi manera de hacer las cosas.

Sara sonrió y le besó delicadamente los labios.

—Lo sé. Eres de los míos.

Se abrazaron y se besaron largamente. Después Sara se puso debajo y lo colocó encima. Y por primera vez en mucho tiempo, Dani sintió que realmente estaba haciendo el amor.

No fue solo una vez. Se vieron varias veces durante la semana. Se hicieron amigos. Dani estaba asombrado de la suerte que tenía. Sabía que era una chica muy especial. Le contó que vivía en los Estados Confederados últimamente, pero que había vuelto a la República de Hispania para visitar a su madre tras hacer la instrucción militar.

—¿Eres soldado? —dijo Dani escupiendo el zumo que bebía con pajita en una cafetería. Ella asintió y tomó otro trozo de tarta de queso.

—Técnicamente he hecho instrucción de Boina Verde confederada, pero no voy a trabajar de eso exactamente.

—¿Boina…? Guau.

—Es un secreto, no lo digas muy alto. Solo lo sabe la mitad de mi barrio.

Él se rio.

—¿A qué te vas a dedicar entonces si no es para lo que te han entrenado? ¿Oficinas?

Ella puso cara de hastío.

—Sí. No me lo recuerdes.

Él asintió. “Esto explica muchas cosas”, pensó. Miró una vez más cómo reaccionaba la gente a su alrededor. Era como si Sara emitiera un aura, una presencia que afectaba a cuantos la rodeaban. Algunos claramente sentían miedo, aunque no supieran qué iba mal. Otros solo parecían nerviosos, pero no se marchaban. Y otros se sentían relajados, como en su casa. Cada vez estaba más seguro de que no eran imaginaciones suyas, pasaba siempre que estaba con Sara Kino.

—¿Por qué la gente te tiene miedo? —dijo de sopetón.

—Solo le sucede a los hijos de puta —contestó encogiéndose de hombros y terminando su tarta.

—¿Qué?

—Me pasa desde pequeña —dijo ella masticando. Tragó—. Ellos notan que los vigilo y que no pueden esconderse. Se sienten expuestos sin su careta. Se sienten con un enemigo al acecho, uno al que no pueden vencer sin importar lo que intenten. Se activa su instinto de supervivencia: Luchar o huir. Cuando luchan, los destrozo. Me tenían miedo, ¿sabes?

—¿Quiénes?

—Los matones escolares. Los ladrones. Los acosadores. Se corrió la voz. Me expulsaron muchas veces. Me liaba a hostias en la calle. Mandé a unos cuantos al hospital. ¿Quieres tarta?

Dani sabía que Sara no mentía. Nunca lo hacía.

—No, gracias. ¿Cómo que al hospital?

—Prefiero no hablar más de eso. ¿Pagamos a medias?

—No, tú pagaste todo la última vez. Me toca.

—Pero la tarta…

—Te invito.

Ella sonrió y se dejó invitar. Mientras pagaba, pensó en lo que le había dicho. No en que fuera una justiciera que iba por ahí pegando palizas a la chusma, sino en que era soldado. “¿Por qué cojones la persona más inteligente que he conocido en mi vida apunta tan bajo?”. Así que cuando salieron, con ella tomándolo del brazo, se lo preguntó. Sara se rio.

—Hace años que quiero ser policía, pero no me aceptaron.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Tengo demasiada mala hostia y soy demasiado impulsiva. Con un arma en las manos podría coser a tiros a quien no debería. O eso creen.

—Pero… ¿por qué en los Confederados sí te aceptaron para ponerte un arma en las manos?

—¿Estás de broma?

Dani se sintió estúpido.

—No. ¿Qué he dicho mal?

Ella suspiró.

—Dejémoslo. Mi intención es trabajar allí un tiempo. Una persona muy importante me pidió ayuda. Acepté. Más adelante, cuando tenga una buena reputación, pretendo meterme en la policía hispana. No podrán decir que no.

Dani asintió.

—Espera, ¿para quién dices que trabajas? ¿No era para unas oficinas militares?

Ella se llevó el índice a los labios y le guiñó un ojo.

—Información clasificada.

Dani sintió que la mujer que lo guiaba era aún imponente de lo que creía. La sombra invisible de su presencia pareció agrandarse aún más, como si una gigante lo llevara de la manita y él fuera a sus ojos solo un niño pequeño y asustadizo que necesitaba protección. Era ese tipo de persona, dispuesta a proteger a los demás. Una salvadora.

—Eres una salvadora —dijo por pura inspiración. Ella lo miró, paseando, y se detuvo.

—No. Soy una guerrera. Mía es la furia, me gusta decir.

Dani negó con la cabeza.

—Eres la persona más inteligente, buena y valiente que he conocido. Las personas como tú se enfrentan al peligro para salvar a los demás. Cuando le pegabas palizas a los matones callejeros, ¿acaso no era por el daño que hacían y el que podrían hacer si nadie les daba un toque de atención? Eras una cría y hacías lo único que sabías hacer, pero has crecido. Ahora no vas por ahí pegando a la gente…

—Pero me gustaría.

—Sin embargo, no lo haces. Has madurado.

Sara agachó la cabeza.

—Díselo a Víctor. Aún me ve como si fuera una niña.

“Víctor. Algún día le diré un par de cosas”, pensó Dani. Ella evitaba hablar de su hermano mayor, pero se le habían escapado unos pocos comentarios en tono de queja. Eso le dio una idea muy equivocada sobre él, pero Sara no parecía especialmente interesada en corregirlo. Desde que se había distanciado de su hermano y de su madre, empezando de cero en otro país y en un entorno militar, sentía como si por fin hubiera volado del nido. Ahora veía con otros ojos la vida que había llevado junto a su hermano, compañeros detectives buscando problemas. Casi empezaba a sentir que habían estado jugando, de no ser tan consciente del dolor de las víctimas que habían rescatado, estaría tentada de menospreciar su época de rescates y aventuras como “juegos de niños”.

—¿Sara?

—Perdón.

La chica se había distraído en sus pensamientos. Dani sintió una punzada de dolor al recordar cómo Aflelú solía pedirle perdón por todo. Sin pensarlo dos veces, abrazó a Sara y ocultó su rostro en su espalda antes de que viera su acechante tristeza. “Eso ya pasó. Ahora estoy con Sara”.

La chica lo separó gentilmente.

—¿Ocurre algo?

—Sí. Quería decirte que, antes de que vayamos más lejos, es mejor que lo dejemos aquí. El fin de semana vuelvo a los Confederados y…

Él la besó con ojos húmedos.

—…sabías que no podía durar —terminó Sara. Él asintió.

—¿Pero por qué con el cerebro que tienes no apuntas más alto?

—¿Más? —ella sonrió—. ¿Le dirías eso a un bombero después de salvarte la vida? ¿A un policía después de rescatarte de un secuestrador? Me pasé años rescatando víctimas de control mental con Víctor, y aún no era adulta…

Sara se tapó la boca. Él arqueó una ceja.

—¿De qué estás hablando?

—Víctor me pidió que no lo contara a desconocidos.

—¿Ahora soy un desconocido?

—No es eso… es que debe saberlo cuanta menos gente mejor.

—Ya veo. Estás creando tensión para que me sea más fácil alejarme de ti.

—No soy una perra manipuladora, ni uso maquiavelismos tipo “el fin justifica los medios”, que viene a ser la misma puta mierda. Solo he hablado de más.

—Ya. Bueno… ¿Vamos a mi casa y nos despedimos?

Sara sonrió.

—Ya te dije que no puedo tener orgasmos. No importa cuánto lo intentes. Llevo así unos dos años.

Él la besó con delicadeza.

—Estoy dispuesto a pasar horas intentándolo. Para eso compré los dos juguetes, por más raro que me mirara el vendedor.

Sara se rio.

—Lo he comprobado a fondo, durante horas y muchas veces. Y hacerlo solo me pone incapaz de pensar en otra cosa hasta la mañana siguiente. No, gracias, prefiero mantener un poco de autocontrol y seguir siendo funcional.

Dani intentó imaginarse el grado de excitación que podría acumularse en su cuerpo, una capaz de doblegar una fuerza de voluntad tan aplastante.

—¿Por eso siempre follas de forma tan cerebral?

Sara le guiñó un ojo.

—Si dominas tus emociones, estas no te dominan a ti. Lo aprendí a base de meterme en líos.

Dani sonrió.

—Lo recordaré, dama mía.

Ella arqueó una ceja.

—¿Tu dama?

—Eres mi Dama del Lago. Salvaste mi corazón, aunque solo era una humilde criatura bajita, fea y deforme para tus estándares. Pero lo hiciste de todas formas.

—Mi pequeño Gaedrum, ¿sabes que la Dama al final era una villana retorcida, verdad? Compararme con ella es un poco…

Él se inclinó a su oreja, recordando a su exnovia Aflelú, comprendiéndola un poco más, y susurró:

—Te lo chuparé siempre que quieras, cariño.

Sara lo abrazó y contestó en su oído:

—Hoy será la última vez, o sería doloroso para ambos si fuésemos más lejos.

Él la miró a los ojos.

—¿Y si alguna vez te vuelve la capacidad de correrte? ¿Me dejarás entonces ser tu juguete sexual para hacer que te corras todo lo que no has podido en dos años de intentos frustrados?

Ella se rio al mismo tiempo que se excitaba, y él lo notó, victorioso.

—Tal vez, pequeño vicioso.

Esa noche, mientras chupaba el clítoris de Sara al mismo tiempo que la penetraba con dos pollas vibradoras de goma, usando ambas manos con toda la pericia que podía, sintió por primera vez el deseo de grabarse haciéndolo: No quería olvidar su última vez con Sara por el momento. Quería masturbarse con ella, no con desconocidas cuando viera porno. Quería incluso compartir el vídeo con ella, para que lo hiciera también. Quería demostrar lo bueno que era, a juzgar por cómo se retorcía y gemía. Quería… “¿Pero qué cojones me pasa? ¿Me estoy convirtiendo en Aflelú?”.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sara.

—Nada —y siguió percutiéndola a mayor velocidad.

—Ah, no quieres que esta sea la última vez y te gustaría grabarlo, la propuesta recurrente de tu ex. Te ha venido a la cabeza y te preocupa parecerte a ella… pero también la entiendes mejor.

Él se detuvo.

—Mierda. Lo siento. Sí, tienes razón. Como siempre. Es solo que… no sé, ¿si simplemente nos hubiésemos hecho actores porno juntos, cumpliendo sus fantasías, crees que…?

—No. Ni de broma. Hubiera terminado mal igualmente —Sara se sentó.

—¿Por qué?

Ella lo tomó de las mejillas.

—Porque a pesar de los parecidos que ves, están todas las diferencias que no ves. No erais compatibles desde el principio. A largo plazo, eso siempre sale mal. Es mejor quedar como amigos… o quizá follamigos, si sois capaces de gestionarlo bien.

Él asintió.

—¿Eso es lo que somos?

—Sí. Si quieres. Tal vez, si lo llevas bien.

Él estuvo a punto de seguir, pero Sara se sacó los juguetes, lo agarró de las caderas y lo tumbó sobre ella. Mirándolo a los ojos dijo con voz firme:

—Búscate a otra. No me esperes. Solo para cuando estemos solteros al mismo tiempo.

—Vale. Me parece bien.

Sonrieron y se besaron.

El domingo siguiente, después de despedirse de Sara por teléfono antes de que embarcara en el avión, recibió un nuevo mensaje de Martínez:

Lo siento, tío. Esta vez es real.

LINK

La dirección apuntaba a un documento en la nube con tres direcciones: Otra vez un vídeo de Rick Roll, pero luego el vídeo famoso de su ex y otro nuevo. Copió y pegó la dirección al navegador y lo abrió con una mezcla de resignación y curiosidad morbosa.

—¿Cien mil visitas en menos de un día? ¿Cinco estrellas de media y mil comentarios? ¿Pero qué coño?

Para su sorpresa, no fue doloroso. No especialmente. Solo sintió algo de nostalgia, e incluso el deseo de que aquel vídeo porno claramente profesional fuese entre ella y él.

Para animarse un poco se sacó la polla dura de los pantalones y se hizo una paja recordando la experticia de su ex en el sexo oral, sabiendo qué era exactamente lo que sentía ese hombre que grababa con la cámara sobre su pecho. Se sintió un privilegiado. “Hay cien mil personas que no saben cómo se siente que Aflelú te la chupe, se lo están preguntando y nunca lo sabrán”.

Su orgasmo fue potente, más de lo que esperaba, así que le puso 5 estrellas. Se quedó mirando lo que había hecho y sonrió:

—Qué de vueltas da la vida. Simplemente he cambiado de actriz porno favorita.

Puso a cargar el teléfono y se fue a duchar. Cuando lo encendió de nuevo encontró un mensaje de Susan:

¡Hola! ¿Tienes algo que hacer esta tarde? Sara dice que no le molesta si a ti te apetece, jijiji

Dani cerró los ojos. Sara le había dicho que Susan tenía el problema opuesto: Se corría muy fácilmente, muy fuerte, muchas veces y siempre que podía. De hecho, era adicta al sexo, y antiguamente lo fue muchísimo más. Dani no comprendía cómo se puede ser mucho más adicta que una ninfómana que actualmente se follaba a media ciudad, pero intentó imaginar la clase de guarra que habría sido en sus buenos tiempos. Se excitó rápidamente. “Me lo perdí, pero a la Susan actual la puedo conocer. Y seguro que piensa con la mente más fría que la antigua, un poco como Sara, y tiene más habilidad fruto de su experiencia, como Aflelú”.

Con su bulto apretando sus pantalones, contestó diciéndole que estaría encantado de hacerla sentir bien dos o tres veces por semana si le parecía bien.

Perdón, pero no puedo. Mi agenda no me lo permite. Hay demasiada gente pidiendo su turno, jijiji

Dani contestó diciéndole que lo haría tan a menudo como pudiera, siempre que ella estuviera disponible.

¡Gracias! Tomo nota, pero eso dicen todos. Ah, y me dijo Sara que te dijera que no te centres en tus amiguitas, que eso te haría daño. Que te busques una relación real, que es lo que tú necesitas. Le pregunté si esto es terapéutico y me dijo que sí, pero que no te vea más de dos veces al mes, así que ya sabes.

Dani se estaba poniendo muy cachondo rápidamente. Contestó diciéndole que le encantaría.

¡Genial! Por cierto, me dijo que eres bueno con la boca, pero que tu ex era una experta. ¿Te parece bien un 69? O más, si es posible. Quiero que me des consejos y me compares con tu ex. Es para mejorar y aprender de una estrella porno.

—¿Pero qué cojones? —preguntó Dani tumbándose en la cama y soltando su polla. Se quedó mirando su teléfono. Le preguntó que cómo se había enterado.

Sara la investigó y descubrió que después de lo del barco hizo otros 7 vídeos, pero circulaban a pequeña escala y pagando. Quería un mínimo de intimidad, supongo. No sabíamos si decírtelo, pero alguien pirateó uno colgándolo en una web de las grandes y se hizo viral. Ya está en 5 páginas porno y sabíamos que te acabarías enterando, porque suma 2 millones de visitas en una semana. Parece muy popular. La mayoría de los comentarios alaban su técnica. Me da curiosidad, he visto los 7, pero a menos que quede con ella, tú eres lo más cercano para aprender. Si te parece bien. ¿Crees que te sentaría mal interrogarte sobre cómo te la comía tu ex mientras intento imitarla?

—Joder, qué puta es.

Dani contestó diciéndole que estaría encantado de intentarlo.

¡Guay! A ver si me enseñas un par de truquitos. ¿A qué hora quedamos? Voy a ducharme. ¿Te parece bien en dos horas?

A Dani le entró la risa tonta y contestó que sí.

Susan tenía tetas más grandes incluso que Aflelú, pero mantenían su forma perfecta y erguida (y naturales). La cubana que le hizo fue espectacular, cuando decidió que ya era la hora de correrse. Al igual que Sara, sabía evitar que eyaculara manteniéndolo cerca todo el tiempo. Ver la cara de la rubia chorreando semen le dio fantasías para las siguientes semanas.

Incluyendo algunos descansos, había estado jugando con su polla más de dos horas. Cuando tenía una idea bastante aproximada de qué y cómo hacerlo, se pasaba unos minutos imitando con sorprendente precisión a Aflelú. La única razón por la que decidió hacerle terminar con sus tetas, fue que le hizo cerrar los ojos y aseguró que no sabría distinguir la diferencia.

—Bien. Con un par de veces más creo que habré aprendido. Gracias —dijo Susan con la cara chorreando semen. Acarició sus pelotas un momento y luego comenzó a limpiarse recogiéndolo con los dedos, chupándolo y tragándoselo. La excitación de Dani solo iba a más. Pese a lo dolorida que estaba su polla, quería más, aún medio erecta y resistiéndose a dormir todavía.

—¿Dos mamadas más? ¿Hoy? —preguntó él jadeando.

—No, digo un par de citas más. Por hoy he terminado contigo, he quedado para que me folle otro. Hoy toca por el culo. Este la tiene perfecta, es la que más me gusta por ahí. O quizá es por cómo se mueve, y con cuánto lubricante exactamente. No tengo que decirle nada, sabe lo que hace.

Dani asintió.

—¿Me darías consejos para chupar coños entonces?

—No, tardarías muchísimo tiempo en hacerlo bien. Para eso tengo a unos cuantos. No, tú estás para chupártela.

—Ah, eh, bueno… ¿gracias?

No encontraba razones para quejarse.

—Y también es un favor a Sara, que me pidió que te hiciera olvidar por fin a tu ex. Aunque ahora que lo pienso, me pidió que no te lo dijera…

—¿Cómo? ¿Y pretendes hacerme olvidarla preguntándome sobre ella?

—Claro: ¿Cuándo te hagas tu próxima paja, realmente crees que vas a fantasear con ella en vez de conmigo? Si te apetece una mamada, pensarás en mí. Si quieres follar, pensarás en Sara. Eso era su plan desde el principio… mierda. Me dijo que no te lo dijera.

Dani se sentía idiota. Infantilizado. Como si dos chicas que apenas conocía pudieran jugar con su mente y corazón (y polla) como les diera la gana. ¿Quiénes se creían que eran? Como pasaba con Aflelú, ¿cómo se atrevía la gorda a ponerle los cuernos una y otra vez? ¡Y encima solo había adelgazado ahora, con su nueva carrera en el porno! Y no demasiado, para conservar buena parte de sus tetazas…

Dani notó que se excitaba de nuevo.

—Susan, estoy muy ofendido, pero acepto tus términos. Hasta la mamada de la semana que viene. Adiós.

—¡Claro! Cuídate.

Y esa misma madrugada, cachondo perdido, fantaseó pensando en Susan haciéndose otra paja.

—Putas. Todas putas —y eyaculó manchando las sábanas.

Desde entonces tuvo mucho más éxito con las mujeres. Se sentía un triunfador, con una exnovia estrella porno y dos follamigas de la talla de Susan y Sara. Por no hablar de que Susan le había dicho (si no era algún truco mental más) que también fantaseaba a menudo con ser estrella porno. Ahora paseaba por la discoteca como si fuera él quien seleccionara a la que tendría el honor de meterle la polla, y no al revés.

Funcionó. Pasó de cero por semestre a cuatro o cinco al mes. La mitad de ellas querían repetir como follamigas. Pronto Susan pasó a un segundo plano, con tantas chicas pidiéndole citas y tan pocas ventanas de tiempo entre semana. Sin embargo, notó que esta tenía razón: Ahora sus pajas eran únicamente fantaseando con Susan o Sara. Aflelú era ahora una actriz porno más de las miles que había en internet, y ligeramente desagradable de ver porque recordaba malos momentos.

—Algunos dicen que un clavo saca a otro clavo —oyó que decían en una serie de la tele. Dani sonrió merendando palomitas. Por fin había olvidado a su ex. Solo había necesitado una colección de clavos premium. Después de todo, era un romántico.

FIN

Nota: Esta historia va ubicada después de mi novela Subasta criminal, que ahora mismo está gratis en la tienda del río americano, y antes de la próxima sobre Sara en solitario, sin Víctor.

Últimamente he añadido a mi colección otras como Grillete de rosas y Diana del poder.

Aquellos de vosotros que hayáis leído mis libros, podríais dejar reseñas en Amazon. Gracias.