LA CENA DEL IDIOTA. La casa de Aníbal
Dani llega a la fiesta con la certeza de que lo están esperando para algo peor. No sabe que cada sorbo, cada risa y cada puerta cerrada es parte de un juego donde él es la única pieza que no puede moverse. La noche promete ser larga, y la vergüenza, absoluta.
La casa de Aníbal
Su coche era pequeño pero de gama alta, acorde con el estatus de Alba. Sin embargo, al lado de aquellos vehículos, quedaba tremendamente deslucido. Al bajarse, recorrió con la vista el lugar. El patio delantero era enorme. El camino por el que había llegado desde la enorme verja, atravesaba un gran jardín antes de alcanzar la fachada principal. Un precioso porche techado, daba un aspecto señorial al edificio.
Le sorprendió ver, algo alejada de la casa, una gran piscina de salto para hacer clavados. Estaba delimitada por un pequeño seto que no llegaba a las rodillas. Al acercarse, observó que debían estar reparándola puesto que había gran cantidad de material de construcción apilado en uno de sus laterales. El agua verdosa apenas cubría una pequeña porción de toda su altura. Le llamó la atención su gran profundidad. Al fijarse en los muros, se dio cuenta de que habían retirado las escalerillas y dio un paso atrás por acto reflejo. No quería caer allí accidentalmente y pasarse la noche esperando a que alguien lo viera para lanzarle una cuerda.
Su primera intención fue la de llamar a Alba, pero en el móvil no había ni una raya de cobertura.
—Tendrá mucho lujo, pero lo que se dice comunicación…
Se subió el cuello de la chaqueta. En aquel sitio empezaba a hacer frío. Se notaba que estaban a gran altitud y ésta se hacía notar más que nunca. Pronto, a medida que se metiera la noche, la temperatura descendería aun más.
Dirigió sus pasos a la casa y subió los escalones que ascendían al porche hasta plantarse frente a la puerta principal. Lo primero que notó al atravesarla fue el calor golpeando su cuerpo. Y no solo el de la estancia, sino también el humano. Un montón de gente bailaba al son de la música, perfectamente audible desde fuera. La parte baja de la casa era un espacio diáfano, libre de obstáculos y paredes, parecido a una gran discoteca.
Repasó con la mirada por encima de las cabezas antes de bajar los dos escalones que le mezclarían entre la gente. Una mano se levantó entre todas ellas para llamar su atención. Su novia hacía señas, jovial, para que se acercase donde estaban ella y Aníbal. Se abrazó a él y lo besó nada más llegar hasta ellos.
—Pensaba que no venías.
—Tuve que ir a por nuestro coche y luego me despisté un poco.
Ella sonrió de medio lado como quien conoce perfectamente las debilidades de una persona y se las está echando en cara con la mirada.
—Sé que no te gustan nada estas fiestas, empezaba a pensar que te habías arrepentido.
—¿Y permanecer separado de ti? —levantó una ceja—. Jamás.
—Solo un ratito y nos vamos. Te lo prometo.
Dani miró el reloj y se preguntó, con pesar, a qué hora amanecería en aquel lugar.
—Joder, estás aquí. —La voz era de Gonzalo y llegaba acompañado de Marcos—. Pensaba que te había perdido. He visto que no venías detrás nada más aparcar. Gloria y yo nos hemos pegado un susto de muerte. Justo acabo de decirle que iba a salir a buscarte.
—He tenido que parar en un semáforo y por eso me he quedado descolgado —dijo con el tono más inocente que pudo—. Pero después, me he guiado por la intuición. Era solo seguir la carretera, montaña arriba. Además, las luces de vuestro coche se veían desde lejos.
Gonzalo lo miraba entre el asombro y el recelo mientras él sonreía cordial. Si pensaba tomarlo por tonto, no le iba a hacer pensar lo contrario.
—Ey, vente a tomar algo —dijo Marcos— y así te presento a más gente.
—¿Y Martina? —preguntó buscándola con la vista detrás de él.
—Se ha quedado con Lidia. Estaba fatal y no iba a poder seguir la fiesta. Las he subido a un taxi para que la lleve a su casa.
En realidad, Dani trataba de echarle en cara que no hubiera vuelto con él en lugar de dejarlo tirado con Rocho. Pero Marcos, con los ojos vidriosos por el alcohol, no se dio por aludido y quiso llevarlo a la zona donde se apilaban las bebidas.
—Si no te importa, me quedo con Alba.
Nueva sonrisa amable que ocultaba a la perfección lo harto que estaba de bailar al son de los demás. Una cosa tenía clara, ni por asomo se iba a separar otra vez de su novia.
—Aníbal nos iba a enseñar la casa —le dijo ella—. ¿Vamos?
—Pero primero tomamos algo, ¿no? —contestó él, saliendo al paso—. Que no se diga que le racaneo las bebidas a mis invitados.
Allí dentro hacía un calor húmedo que hacía sudar. Dejó la chaqueta en uno de los percheros y se fueron los cinco hacia una especie de barra repleta de botellas, vasos, hielos y toda clase de complementos para preparar cualquier combinado que existiera en la faz de la tierra. Gonzalo se colocó detrás y fue preparando y extendiendo bebidas a cada uno.
—Para mí un kas de limón —pidió Dani.
Marcos le pasó la copa que le ofrecía Gonzalo.
—Esto no es kas —se quejó.
—Es tónica —respondió Gonzalo mientras preparaba la siguiente bebida bajo el mostrador—. Pero le he puesto una rodaja de limón, así que, es casi lo mismo.
Dani dio un sorbo y arrugó la cara desde la barbilla a la frente.
—¿Limón y qué más, alcohol de quemar?
Gonzalo lo miro travieso.
—Ginebra, más bien.
Todos rieron al tiempo que él resopló, pero no protestó. Sabía que sería inútil insistir. Era una fiesta de despedida por lo que, no beber hasta morir, estaba mal visto. Y no dejarían de acosarlo para que acabara como una cuba, igual que el resto. En su lugar, decidió que alargaría aquella copa lo que quedaba de noche, dando sorbos minúsculos para que nadie sospechara que apenas ingería un trago.
Algo alejados, un grupo de chicos no paraban de reír a mandíbula partida. Se dio cuenta de que, entre ellos, estaba León. Habían hecho un corro y todos miraban a alguien que, con los talones pegados a la pared, trataba de tocarse los pies sin doblar las rodillas. Era cómico ver a aquel muchacho haciendo aspavientos para no caer hacia adelante perdiendo el equilibrio.
—Típicos juegos de noche de fiesta cuando vas todo pedo —explicó Marcos—. León está en su salsa.
Avanzó unos pasos para observar mejor. Sabía que, a menos que tuviera el culo carpeta y unos zapatos de payaso, era imposible hacerlo sin caer hacia adelante. Se rió cuando el siguiente candidato probó suerte.
Dio un pequeño sorbo a su bebida notando el alcohol abrasar su esófago. Puso los ojos en blanco y sintió un escalofrío. Estaba fuerte de narices.
Sin embargo, algo, además del alcohol, le hizo fruncir el ceño. Había un regusto del que antes no se había percatado. Un sabor que no tardó en reconocer dada su profesión.
Ketamina.
La ketamina es un anestésico para uso veterinario que, en ocasiones, también se utiliza en el quirófano. En dosis subanestésicas, tiene un elevado potencial alucinógeno y un efecto disociativo que hace de ella una de las drogas más demandadas del mercado ilegal.
Se giró hacia su novia y los otros, observándolos con detenimiento.
Aníbal, absorto en ella, la escuchaba con una sonrisa que le cruzaba la cara. Marcos y Gonzalo, ahora algo más alejados, mantenían una discusión sobre algún conocido de la zona. Todos con sus copas a medio vaciar.
Ninguno de ellos parecía adormecido, desorientado o con la vista perdida, por lo que sospechó, que el único al que querían ver dormir como una morsa al sol, era a él. Movió su copa ligeramente, haciendo girar el líquido.
—Me estoy meando —les dijo a los cuatro—. ¿Dónde está el baño?
Solo Alba y Aníbal le hicieron caso. Los otros dos, seguían a lo suyo, empezando a levantarse la voz.
—Al otro lado, en mitad de un pasillo que llega hasta la cocina —explicó Aníbal, solícito.
Después de pedirle a Alba que lo esperara allí, salió hacia el aseo. Uno de los efectos de la ketamina es el incremento de la presión arterial y el pulso cardiaco. Se llevó dos dedos al cuello intentando notar los latidos. «Parece normal».
Caminó despacio. El anestésico tiene un efecto rápido si se administra por vía intravenosa, pero lento si es oral. Cuando llegó al baño, se cerró por dentro y vertió la bebida por el lavabo.
«Necesito pastillas de cafeína, por si acaso». Buscó entre los cajones y baldas del armario por si guardaban allí los medicamentos.
No tuvo esa suerte. Lo único que encontró fue sal de frutas, lo que le dio una idea.
Recogió los hielos y la rodaja de limón y la volvió a meter en la copa. Después, rellenó con agua y disolvió dos pastillas. Al removerlo, tomó un aspecto parecido al de un gin-tonic con sus burbujas y todo.
«Perfecto».
Encontró a los cuatro en el mismo sitio. Ahora sí que se fijaron en él. Dani resopló con los ojos medio cerrados.
—Uf, creo que voy borrachísimo.
Todos lo miraron extrañados.
—Pero si no has bebido nada —saltó Alba.
Se encogió de hombros y puso cara de niño bueno. Después, permaneció a su lado, atendiendo a la conversación que mantenía con Aníbal. De vez en cuando, bebía el agua con bicarbonato de su copa y se fijaba si alguno lo miraba más de la cuenta. Nadie se comportaba de manera sospechosa. O ninguno sabía nada (y había sido una casualidad que Gonzalo mezclara por error alguna sustancia de la barra) o todos eran muy buenos actores.
León seguía con sus juegos. Ahora estaban intentando saltar de una forma extraña. Uno a uno, se ponían en cuclillas y, tras unos segundos, intentaban saltar en vertical. Sin embargo, sus pies no se separaban del suelo. El resto, se partía de risa.
—Si vacías los pulmones y metes tripa, es imposible hacerlo —explicó León que se juntó con ellos—. Tu cuerpo te impide hacer fuerza.
—Venga ya —rebatió Gonzalo.
—Prueba —retó éste.
Todos se pusieron en corro cuando Gonzalo avanzó unos pasos. —Sujétame la copa— dijo. Se acuclilló en medio de todos, vació el aire de sus pulmones y metió tripa. Después, saltó con todas sus fuerzas.
Se levantó como un muelle, pero no consiguió que sus talones despegaran del suelo, un estallido de carcajadas sonó entre todos, Gonzalo incluido.
—Joder, es increíble —decía Gonzalo—. No puedo saltar.
Marcos lo palmeó en la espalda mientras reía con él. Aníbal y Alba se sujetaban el uno al otro para no caer de la risa.
—Ahora tú, Dani, prueba —dijo León.
—Paso.
—Venga, si es para reírnos un rato.
Intentó resistirse, pero incluso Alba aplaudía a coro con los demás, “que lo intente - que lo intente”. Al final, accedió obligado. Ella se ofreció a guardar su bebida mientras lo intentaba.
—Mi novio es muy hábil —le dijo al resto—. Seguro que él sí puede. Ánimo, cariño.
Estaba seguro de que eso era una tontería y que él no iba a tener problema en saltar por mucho que metiera barriga. No obstante, le iba a tocar pasar por el trámite. Así que se colocó en cuclillas donde había estado Gonzalo. Espiró todo el aire de sus pulmones, metió barriga y… saltó.
Sus pies sí se elevaron en el aire, y mucho. Lo malo vino inmediatamente después.
Nada más comenzar el vuelo, noto que agarraban su pantalón por los costados y tiraban hacia abajo con fuerza. Ahí llegaba la verdadera broma.
Al haber metido tripa, la cintura del pantalón quedaba floja, por lo que la exhibición de su desnudez de cintura para abajo estaba asegurada. La inercia ascendente del cuerpo facilitaba todo lo demás.
Pero esta vez, su polla no iba a volver a ser el foco de sus miradas. En primer lugar, los pantalones de Dani, estaban bien sujetos a su cintura. Además, por acto reflejo, había levantado un talón con fuerza, propinando una soberana coz en la cara del gracioso que tenía detrás.
El inicio de lo que iba a ser un estallido de risas, mutó en una exclamación general de espanto. Y es que León yacía de espaldas en el suelo con los ojos desorbitados como un grogui recién levantado de la siesta. De su nariz empezaron a brotar dos hilos espesos de sangre.
Intentó incorporarse de forma patosa, como un boxeador sonado, pero varios lo obligaron a que se quedara sentado donde estaba. El resto, miraba a Dani como si fuera un asesino.
«No entiendo por qué ahora no se ríen», pensó con sorna.
Alba, que se había colocado junto a él, puso una mano en su hombro, interrogándolo con la mirada.
—Ay, cari, menudo susto. ¿Qué tal estás?
—No tenía ni idea de lo que iba a hacer —susurró cariacontecido—. Te juro que ha sido sin querer. Dios, pobre León. No sabes cuánto lo siento.
Ella chasqueó la lengua.
—Si no estuviera siempre haciendo sus puñeteras gracietas.
Se quedaron mirándolo con cara de circunstancia. La gente se volcaba en León, preocupándose por su estado y preguntándole tonterías que no le ayudaban en nada. Su nariz seguía sangrando, tiñendo de rojo su barbilla y poniendo perdida su camisa.
—Igual deberías ayudarle —dijo Alba.
—Porque trabajo en un hospital, claro.
Alba sonrió, cómplice, pero puso carita de súplica para ablandarlo y que se apiadara de él. Pese a su intento de broma cruel, no dejaba de ser alguien con una herida sangrante que necesitaba ayuda.
Dani no quería ayudarlo. Quería que se desangrara delante de todos y muriera con dolor, pero prefirió no quedar como el malo de la película delante de Alba. Al final, suspiró resignado y dio un paso adelante.
—A ver, yo me encargo —dijo apartando a la gente—. Tiene una hemorragia severa, pero la solución es sencilla. Vamos, colega, acompáñame al baño.
Lo cogió por debajo de una axila y tiró de él para levantarlo.
—Ahora vuelvo, ¿vale? —le dijo a Alba—. Me llevo esto.
Tomó su bebida de la mano de su novia y se llevó a León con él. Cuando llegaron al baño, lo colocó frente al lavabo.
—Lo primero, es aplicar frío en la zona transnucal. El frío es vasoconstrictor y reduce la hemorragia.
Dicho lo cual, empapó de agua la nuca de León y parte de la espalda que, entre el pedal que llevaba y el golpe en la nariz, seguía completamente aturdido.
—Bien, ahora colocaremos un apósito en la zona afectada, ¿entiendes?
—¿Eh?
—Perfecto.
Cogió la toalla más grande que vio, la dobló dos veces y se la plantó en la cara.
—Sígueme.
Lo llevó hacia afuera, tirando de él entre la gente hasta llegar a la puerta principal. Una vez fuera, lo apartó hasta un lateral de aquel porche techado. Depositó su copa en una de las mesas de exterior y le hizo sentar sobre la barandilla. A esas horas, ya hacía un frío del demonio.
—El frío es bueno, ya lo hemos dicho. Ahora levanta el brazo izquierdo por encima de la cabeza. Eso hará que el corazón se ralentice, lo que bombeará menos sangre hacia tu nariz.
—Eh, sí, sí, claro —dijo obedeciendo en el acto.
—Tienes que respirar por la nariz hacia afuera, fuerte, intentando que no se obstruyan las vías por culpa de un coágulo. Así que, de vez en cuando, te suenas en la toalla, para que la sangre no te entre en los pulmones.
—Ah, vale.
—El caso es éste. El golpe ha provocado una vasodilatación periférica y la alteración de la distribución sanguínea que puede desembocar en hipoxemia cerebral. Lo que te puede provocar debilidad, aturdimiento, palidez, sudoración, frialdad de manos y pies, y pérdida de conciencia… Por eso es importante que permanezcas así hasta que yo vuelva.
—Sí, sí… Vale, sí.
Dani nunca había dicho una cantidad de tonterías tan grandes, pero no había podido resistirse. En las charlas que daba ocasionalmente, nunca se había cansado de repetir que, cuando se tiene una hemorragia por la nariz, lo único que se debe hacer, es algo tan sencillo como apretar el orificio nasal correspondiente con un dedo. Punto. Con ello, se tapona el sangrado. Todo lo demás, son leyendas urbanas.
—Vuelvo enseguida. Espérame y no te muevas de aquí.
—Si… espero —contestó con la voz amortiguada por la toalla que tapaba su cara.
—Y no bajes el brazo por nada del mundo.
«Gilipollas».
Le dejó de aquella guisa y entró en la casa, zambulléndose entre la gente hasta llegar donde estaba Alba. Sin embargo, allí solo vio a Gonzalo y Marcos.
—¿Y mi novia?
—No sé. Con Aníbal, creo —dijo Marcos—. Ha ido a enseñarle la casa. Vuelven enseguida.
—Igual voy a buscarlos.
—Vale. Nosotros estaremos por aquí por si te aburres —gritó por encima de la música—. ¡Ey!, ¿y tu copa?
Recordó que la había dejado fuera, junto a León.
—Ya me la he bebido —improvisó.
—Ah, pues aquí no puedes andar con las manos vacías. Ahora mismo te ponemos otro kas de limón.
Gonzalo, que estaba al lado, fue hasta la barra y preparó con rapidez otro combinado que le pasó a Marcos. Éste, se lo puso en la mano sin dejar que lo rechazara.
—Joder, me vais a matar. Llevo un rato que no soy capaz de dar un paso. Parece como si… me cayera de sueño.
En esta ocasión, sí observó cierta sonrisa contenida en ambos amigos. Cruzaron la mirada de manera fugaz.
«Qué cabrones —se dijo—. Los dos».
Se llevó la copa a los labios y simuló beber, inflando un poco los mofletes para hacerlo más creíble. Después, se metió entre la gente, sorteándolos para intentar alejarse hacia alguna parte.
Se paseó por toda la planta inferior, intentando distinguir a Aníbal. Con su altura, sería fácil ver su cabeza sobresalir, pero no hubo suerte.
Encontró unas escaleras que daban acceso al piso de arriba y decidió subir. Al acercarse, se topó con Rocho que bebía apoyado en la pared junto a ellas. Dani puso los ojos en blanco. No esperaba volverlo a ver. Éste, lo observó mientras se acercaba.
Se colocó de frente a él, manteniendo el pulso de su mirada.
—¿Has visto a Aníbal?
Por toda respuesta, el grandullón llevó su vaso a la boca sin dejar de mirarlo fijamente. Ya suponía que no iba a obtener nada de él. Le pareció que ahora era incluso más raro que antes. Lo sorteó y comenzó a subir los escalones.
—Se van a follar a tu novia —le dijo cuando estaba a media altura.
Por un instante dejó de subir. Sabía que lo decía para provocarlo por lo que había pasado en la discoteca, pero eso no lo hacía menos hiriente. Respiró hondo y decidió pasar de él.
Al llegar arriba, se encontró delante de un pasillo en semioscuridad. Había una fila de interruptores en la pared. Pulsó el primero de ellos y algunas luces del techo se encendieron. Pulsó el segundo y un nuevo tramo de luces iluminó la zona del fondo.
«Así mejor», se dijo.
Caminó por la planta superior. Era enorme, pero parecía vacía. Recorrió cada una de las habitaciones, abriendo y cerrando puertas de cada cuarto. Allí no estaba Alba.
Salió al exterior por una puerta que daba a una terracita en la parte de atrás de la casa. Desde ella, y por una escalera, bajó de nuevo al jardín trasero del casoplón. Tampoco había nadie allí, solo la poca luz de unas farolas minimalistas. Decidió bordear la casa por la derecha hasta volver a la entrada principal.
«Tal vez ya hayan vuelto».
En su camino, pasó junto a lo que parecía un cobertizo o una casa de la piscina. Decidió indagar por si acaso. La puerta tenía una llave que la atrancaba. La descorrió y se introdujo dentro. Pulsó el interruptor, pero la luz no se hizo. Debía estar estropeada o sin corriente.
Decidió iluminarse con el móvil. Había algunos muebles y un armario. No parecía muy confortable y tampoco parecía que Alba pudiera estar allí. Al volver, se percató de que, en la puerta, no se podía acceder a la cerradura exterior. Si alguien lo cerrara estando ahí, no habría podido salir, quedándose atrapado hasta que lo liberaran desde fuera. Salió y continuó su camino hasta la puerta principal.
Al subir los escalones del porche techado se fijó en que León ya no estaba donde lo dejó.
«Pobre imbécil. ¿Habrá pillado la broma?».
Antes de entrar, vio la copa de bicarbonato que había dejado sobre la mesa exterior y recordó verter la mitad de la que tenía en la mano para que pareciese que se lo había bebido. Cuando atravesó la puerta, oteó entre la gente, intentando ver a su novia o, en su defecto, la cabeza de Aníbal, pero seguía sin tener suerte.
Intentó telefonearla de nuevo, pero la nula cobertura hizo que fuera tarea estéril. Cuando volvió a levantar la cabeza, vio a Marcos. Se había movido a una zona apartada, pero en esta ocasión no estaba con Gonzalo, sino con su mujer.
Él apoyaba una mano en la cintura de Gloria mientras hablaba demasiado cerca de su oído. Ella lo escuchaba con media sonrisa y un ademán complaciente.
—No encuentro a Alba. ¿Ha vuelto? —dijo de sopetón al llegar donde ellos.
Le pareció raro que Marcos se despegara de ella como si quemara. Gloria carraspeó y se pasó el pelo detrás de la oreja.
—No, pero, estaba con Aníbal —dijo Marcos—. Tranqui, ya aparecerá.
—En ese caso, yo me preocuparía —dijo Gloria burlona.
Dani levantó los labios por los bordes forzando una sonrisa mal disimulada. Hacer bromas, no era su fuerte. —Muy graciosa, pero, en serio, no la veo y empiezo a preocuparme. Habíamos quedado en volver pronto. Mañana nos espera un viaje muy largo.
Marcos se encogió de hombros. —Pasa de comerte la cabeza y disfruta, hombre. —Señaló su bebida—. Debe estar como la sopa. Espera, que te pongo otra.
—No, no, quita —dijo apartando la copa de su alcance—. Voy fatal, ¿sabes? No sé ni cómo aguanto de pie.
Con el corazón en un puño, se alejó antes de que volviera a liarlo. A estas alturas no dudaba de que Aníbal estaría intentando camelarla, refugiado en algún lugar escondido. Y tenía la impresión de que todos estaban por la labor de que lo consiguiera.
Hizo un repaso mental. Alba, medio borracha, acompañada del adonis que humedecía sus sueños; el resquemor de Cristina todavía caliente; y un Aníbal que sabía que ésta iba a ser su última oportunidad.
Tenía que encontrarla cuanto antes. A solas con él, era cuestión de tiempo que volviera bien follada. Así que, de nuevo, decidió recorrer cada rincón de aquel sitio como si le fuera la vida en ello.
Al llegar a la cocina se encontró con una cara conocida.
—¡Eva!, Joder, qué alegría verte.
—Ey, pero, ¿qué haces aquí? —Parecía más sorprendida que contenta—. Quiero decir… no te esperaba en esta casa.
Quico se acercó a ellos con su eterno vaso de alcohol en la mano. Por primera vez, lo vio sonreír al verlo. Pasó un brazo por encima de los hombros de su novia y lo saludó con un ademán de cabeza. Dani correspondió con un saludo parecido y volvió la atención a su amiga.
—¿Tú conoces esta casa? —preguntó a la desesperada—. ¿Me puedes ayudar a buscarla?
—No, tío —respondió Quico—. Estamos en medio de una cosa.
Eva había abierto la boca para contestar, pero la cerró en cuanto su novio abrió la suya. Puso ojos lastimeros, corroborando lo que decía su novio y pidiéndole que lo comprendiera. Dani asintió como buen amigo y se despidió sin perder tiempo. Había revisado la parte de arriba, ahora se centraría en la de abajo.
Un cuarto de hora después, el resultado era el mismo. Alba y Aníbal habían desaparecido de la fiesta.
Se le ocurrió que podría haber alguna habitación secreta parecida a la que tenían Gonzalo y Gloria e intentó adivinar dónde sería un buen sitio para encontrar algo así.
Deambulando por la planta baja, se plantó delante de lo que podía parecer la entrada a un sótano. La puerta estaba cerrada. Aun así, intentó una y otra vez girar la manilla. Al pegar la oreja, pudo percibir voces desde dentro, así que llamó con los nudillos. Nadie abrió.
Volvió a insistir y, por fin, la cerradura giró y dentro apareció… Gonzalo.
—Dani, ¿Qué haces aquí?
—Busco a Alba.
Pareció dudar, pero, tras unos instantes, decidió hacerlo entrar. No era un sótano, sino más bien un pequeño salón bien amueblado con cómodos sofás y un enorme cuadro impresionista coronando una de sus paredes. Media docena de desconocidos ocupaban los asientos bebida en mano. En una mesa central había multitud de cosas para picar, tabaco, algo que no era tabaco, bebidas, cajas de pañuelos…
Pero ni rastro de Alba.
Su presencia había provocado el silencio, solo roto por el sonido de una pequeña pantalla de televisión, apartada en el fondo a modo de decoración ambiental que mostraba a un toro corriendo por un ruedo. El público ovacionaba a un torero que lo capeaba con maestría.
—Somos viejos amigos —explicó Gonzalo al ver su cara de desconcierto—. En ocasiones como ésta, nos gusta juntarnos para charlar de tranquis, apartados del bullicio de ahí fuera. Ya sabes.
Aprovechó para presentarlo al grupo. —Este es Dani, el novio de Alba, la prima de Martina.
La cara de todos se iluminó y se levantaron a saludarlo como si fuera una estrella de cine. Uno de ellos le apretó la mano con fuerza sin dejar de zarandearla.
—¿En serio eres el novio de la tetas? —preguntó con voz engolada.
—¿La has visto? —preguntó con sequedad.
Gonzalo le lanzó una mirada asesina al amigo. —No te pases, Fonso, que estás hablando de su novia. Relaja un poquito.
Lanzó la misma mirada al resto como advertencia. Una cosa era estar borracho y puesto hasta las cejas y otra, faltar al respeto.
—Aquí todavía no la hemos visto, pero no nos importaría hacerlo —dijo otro desde el fondo. Gonzalo puso la misma cara de antes.
Hubo más comentarios que no entendió, pero, al parecer, su llegada había animado al personal. Cuando creyó haber visto suficiente, decidió continuar su búsqueda. Gonzalo lo acompañó hasta la puerta.
—Oye, estaremos aquí de cháchara y tragos toda la noche. Si te aburres…
—No, mejor os dejo solos, que veo que lo estáis pasando bien a vuestro rollo.
—Que se quede, hombre —gritó uno con tono de borracho. Alguien lo mandó callar.
Dani no tenía la mínima intención de perder el tiempo con un montón de gente que no conocía, así que no les molestó más y salió al pasillo. Mientras lo recorría de nuevo notó como alguien le tiraba del codo.
Era Eva.
—¿Todavía no la has encontrado?
Dani negó con pesar.
—¿Has mirado arriba? Hay habitaciones donde las parejas a veces…
No acabó la frase. Quería decir que existían cuartos donde se podrían encontrar apartados de las miradas de la gente, pero había sonado a otra cosa. Dani no se lo tuvo en cuenta.
—Deja que te ayude —pidió ella.
Lo guió escaleras arriba. En esa ocasión había alguna persona en el pasillo superior. Tal vez de vuelta de alguna de esas habitaciones íntimas. La planta era irregular, con ese corte actual que la hacía totalmente asimétrica. Encontraron despachos, librerías con amplios sillones y como no, dormitorios al uso.
—Tal vez en ese otro —dijo Eva.
Él ya había estado en cada uno de ellos, pero no obstante, probó de nuevo. Giró el picaporte y empujó la puerta. Nada más atravesarla, algo le cayó encima, golpeando su cabeza. Sintió cómo una masa pegajosa se deslizaba desde su coronilla hasta su cuello.
—Qué coño…
Eva lo miraba cariacontecida. Por lo visto, a alguien se le había ocurrido dejar preparada una broma por si un par de incautos entraban a utilizar el dormitorio. El resultado era que Dani tenía la cabeza empapada de un líquido azul que se le empezaba a escurrir por la nuca.
—Te ha puesto perdido —dijo con cara de circunstancia—. Joder, qué graciosos son algunos.
Dani cerró los ojos y soltó un suspiro al mirarse las manos con las que se había palpado el pelo. Lo que le faltaba.
—Pasa adentro —dijo ella tirando de su brazo—. Esta habitación tiene un baño. —Lo guió hasta la puerta del aseo—. Pégate una ducha. A ver si sale esa pintura con un poco de jabón.
—¿Un poco? Voy a tener que utilizar medio bote.
—Tranquilo. Yo te espero aquí. No me moveré hasta que salgas.
Se miró en el espejo. Parecía que se había corneado con un pitufo. No lo pensó más. Se desnudó y se metió en la ducha. Al menos tuvo la suerte de que aquel líquido salió con facilidad.
Cuando corrió la mampara al salir, se dio cuenta de que no había toalla. Peor aún, su ropa había desaparecido. Quizás Eva la hubiera cogido para limpiarla. Al salir del baño encontró la habitación a oscuras.
—¿Eva? —llamó en susurros—. ¿Estás ahí?
Avanzó, completamente desnudo, hasta el interruptor que estaba junto a la puerta de entrada, pero al dar dos pasos el cuarto se iluminó por sí solo.
Una docena de personas llenaba la habitación, quedando Dani en medio de todas ellas. El estallido de carcajadas fue inmediato. La razón no era su pelo (ya sin rastro de colorante azul), sino otra cosa de la que ya estaba más que harto de padecer.
Chicos y chicas, invitados que reconoció de aquella fiesta, lo miraban y señalaban algo que había detrás. Al girarse vio, con profunda desazón, el porqué.
Javier, el gasolinero guaperas y amigo de Gonzalo, aquel que había puesto su polla en los labios de Alba en la playa de Arenas, estaba borracho como una cuba. Se había bajado los pantalones mostrando su enorme polla. El tamaño era descomunal, casi como el de Aníbal. Movía las caderas a un lado y a otro haciéndolo pendular mientras se reía a punto de perder el equilibrio.
La comparación con su pene era lo que hacía dolorosa aquellas risas. Aun así, no intentó taparse ni volver al refugio del baño, el mal ya estaba hecho y esconderse solo lo ridiculizaría más. Pero la situación se hizo más dolorosa cuando descubrió a Eva entre los que se reían. Enrico, tenía su brazo por encima de sus hombros y ella correspondía abrazándolo por la cintura con ambas manos. Ella no se carcajeaba alegre; no vaciaba sus pulmones a causa de la situación desternillante. Sin embargo, participaba del jolgorio, compartiendo con el resto lo hilarante del momento.
Miraba a su novio y éste le miraba a ella, asintiendo con la cabeza por el trabajo bien hecho. Sin ella, la broma no habría sido posible. Solo cuando sus ojos se volvieron a cruzar con los de Dani, fue cuando éstos empezaron a perder brillo. Él la observaba fijamente, con el mismo semblante de aversión con el que miraba al resto.
Poco a poco, y solo a medida que se iba haciendo consciente de lo que había provocado, su sonrisa radiante fue mutando en un rictus de arrepentimiento mayúsculo y sus ojos dejaron de estar alegres.
Sus ojos.
.
Fin capítulo XL
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