Los días vividos 3
Él ignora a su pareja, ignora tus miradas, pero insiste en compartir tu taxi con una frialdad que te resulta irresistible. ¿Es indiferencia o es el juego más peligroso que has encontrado en años?
3
Disculpa si te he molestado
Poco tiempo después, el tren arrancó iniciando mi camino de vuelta. Durante un tiempo me distraje leyendo las revistas que había adquirido. Varios artículos interesantes me tuvieron alejada del enfado que continuaba inundándome. Nadie más ocupaba los asientos contiguos a los de mi vecino y yo. Solo viajábamos nosotros dos en aquel espacio de cuatro.
En ese momento, escuché un zumbido. Era el móvil de mi compañero de viaje. Había dejado de consultar el portátil y lo tenía guardado en un maletín. Los papeles que examinaba, en cambio, seguían en una carpeta abierta.
Vi que miraba su móvil y no lo cogía. Se recostó en el asiento y volvió a enfrascarse en esos papeles. Yo hice lo mismo con la segunda revista. Esta era menos interesante que la primera, pero cumplió igualmente su función, que no era otra que hacer más corto el viaje.
Poco tiempo después, sonó un nuevo zumbido. El móvil estaba en ese momento orientado hacia mí y pude leer un nombre: Natalia. El chico lo dejó sonar, puso una cara de resignación y cogió el teléfono para cortar la llamada. Seguidamente, escribió un corto mensaje. Volvió a depositarlo en la mesa y a concentrarse en la lectura de los papeles. Pero un par de minutos después, empezaron a sonar los típicos pitidos de recepción de nuevos mensajes en el móvil. Sonó cuatro veces, pero él no hizo ningún amago de leerlos o de cogerlo. Volvieron a oírse varios más. Yo no podía leer de quien eran, pero me imaginé a la tal Natalia cabreada porque su novio, marido o amigo, no le cogiera el teléfono. Esbozaba yo en ese instante una escueta sonrisa, cuando me miró un momento, cruzando su vista con la mía. Acababa de sonar la entrada de un nuevo mensaje.
—Lo siento. Voy a apagarlo —se disculpó.
—No me molesta —dije sin sentir si era verdad o no. Sinceramente, me daba igual que sonara o que lo apagara.
No me dijo nada más. Sí, decididamente, no era un plasta ni pretendía una charla insustancial o ligar conmigo.
Tras un tiempo, terminé la revista y empecé a mirar de nuevo por la ventana. El paisaje se sucedía rápido, a medida que el tren en ese momento discurría a su máxima velocidad. No quise sacar mi móvil porque me temía que encontraría varios mensajes de uno y otro. Incluso de Inés. No me apetecía nada ponerme allí a hablar a varias bandas.
Me recosté un poco y conseguí dormirme una media hora larga. Soñé cosas muy raras y extrañas. Nacho me besaba con fuerza, mientras que Javier se reía al lado de Lorena. Aparecían también Víctor y Sara, dos amigos de la facultad a los que había perdido la pista, en un barullo de caras, nombres y frases complicadas y cambiadas.
Me desperté y mi vecino no estaba en su asiento. Sí los papeles y su maleta, pero él parecía haberse levantado. Moví el cuello, con los ojos cerrados, intentando estirar las cervicales. La postura, con la cabeza inclinada, me había dejado algo de rigidez.
—Pensaba que te habías dormido. Te habría preguntado si querías algo de la cafetería —escuche su voz a mi espalda.
Era él, que en ese momento se sentaba con tranquilidad y guardaba la carpeta en el maletín negro de piel, donde descansaba el ordenador portátil
—Gracias. No quiero nada. —Contesté sin poder evitar que mi respuesta sonara un poco seca.
Él sacó un libro y se puso a leer. Tras mi respuesta, no me miró en ningún momento, ni me dijo nada más. Tan solo sonrió estirando ligeramente sus labios. Su móvil vibró de nuevo, pero esta vez era una llamada. Lo cogió y escuché una rápida conversación acerca de un cliente. Mi vecino de tren era abogado, como yo.
Estuve tentada de levantarme y darme un ligero paseo por los vagones, pero al final, lo deseché. Crucé las piernas y me recosté, aburrida y deseando llegar.
—Disculpa… ¿Conoces este hotel?
Mi vecino volvía a hablarme enseñándome la pantalla de su móvil.
—Sí, es uno de los mejores —le contesté sin mover mi postura.
—Lo he puesto en el mapa y me dice que está a unos quince minutos de la estación en coche, pero me da la sensación de que da una vuelta bastante grande. ¿Es así?
No me apetecía mantener una conversación con nadie. Hasta ahora, se había mantenido en su mutismo, con sus mensajes sin contestar de la tal Natalia y enfrascado en los papeles. No parecía el momento más adecuado para entablar una tertulia o ligar. Quedaba menos de media hora para llegar. Miré el reloj con una mueca de aburrimiento.
—Hay que dar una vuelta, sí. Pero a estas horas, no creo que tardes más allá de diez minutos o un poco más —contesté sin mirarlo, con evidente muestra de lejanía.
—Vale gracias. Disculpa si te he molestado al preguntarte —añadió al momento.
Le miré. Él a mí, no. Se quedó atento a su pantalla del móvil, quizá leyendo lo que la tal Natalia le había escrito.
—No me has molestado.
—Estoy seguro de que sí lo he hecho. —Su respuesta había sido rápida, corta, directa, sin mirarme, pero con esa media sonrisa de seguridad. Sin parecer importarle mi reacción. Sin concederme tampoco la más mínima importancia. Continuó mirando su móvil tan tranquilo.
—Pues te equivocas, no me ha molestado. —Mi voz salió con un toque altivo y orgulloso. Incluso con molestia.
Entones él sí me miró en ese momento. Serio, como si estuviera pensando la respuesta. Pero no dijo nada. Yo desvié mi mirada hacia la ventana. Podía no tener ganas de ligar conmigo, pero era un gilipollas.
—Sigo pensando que sí. —Respiró hondo—. Solo intentaba preguntarte por un hotel de una ciudad que no conozco bien. —Se encogió de hombros, dando por sentado que no iba a cambiar de opinión sobre la molestia que me había causado—. Eso era todo. —Ahí sí me miró y pude ver un gesto lleno de seguridad.
—Te equivocas —insistí en aquello, percibiendo que era absurdo porque no iba a cambiar de opinión.
—No lo creo —volvió a asegurar, ajeno a mis palabras.
Opté por no decir nada más y dejar que pasara el tiempo.
—¿Eres de allí? —preguntó a los pocos segundos con total tranquilidad, sin mostrar nerviosismo o una mínima disculpa.
—Sí. Vivo allí. De hecho, bastante cerca de ese hotel.
Él asintió despacio un par de veces.
—Si quieres, podemos compartir taxi cuando lleguemos. No pretendo otra cosa —aclaró sin necesidad, aunque dando por hecho que aquella frase me podría molestar.
—No hace falta, de verdad —sonreí un poco, para destensar. —Tampoco era cuestión de llevar el tema demasiado lejos.
—No es por necesidad. Es mero sentido económico. Pagaríamos a medias. —Y dejó una escueta mirada con su sonrisa que ya empezaba a ser habitual.
No podía negar que era un tipo que despertaba cierto interés por la seguridad y tranquilidad que transmitía. Pero no le contesté. Me limité a observarlo durante un momento y también apunté una pequeña sonrisa. Ambos volvimos a contemplar el paisaje por la ventana, distraídos y yo al menos, sin ganas de continuar con la conversación.
Un media hora después, entrábamos en la estación. El tren se detuvo y me entraron una ganas enormes de trasportarme directamente a mi apartamento. Mi vecino se levantó y se acercó para ayudarme mientras yo me ponía mi cazadora y me colocaba la melena. Cogí la goma de mi muñeca y me hice una coleta. Él depositó a mis pies mi maleta tras bajarla de la repisa superior.
—Gracias.
No dijo nada, solo volvió a sonreír una vez más.
—Sigue en pie lo del taxi —me dijo mientras se ponía una blazer de cuadros con finas líneas rojas tipo ventana, sobre un fondo azul oscuro. Muy elegante y entallada. La camisa era azul claro y vestía unos vaqueros de marca. Tenía un cuerpo esbelto.
No dije nada y seguramente él supuso que no accedía. Esperó un instante, y al ver que no contestaba, se giró con tranquilidad, se puso la correa del maletín en el hombro y empezó a arrastrar la maleta. No se despidió.
—Espera… —le dije.
De pronto no me pareció mala idea.
—¿Lo compartimos? —me preguntó girándose.
—Sí. Me parece bien.
—Perfecto.
Se hizo a un lado y me dejo pasar cortésmente. Cuando llegamos a la salida del vagón también me ayudó a sacar la maleta y se colocó a mi lado cuando ambos iniciamos la marcha.
—¿Eres de Madrid?
—Sí. Nací y vivo allí.
—¿A qué te dedicas? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Soy abogado. ¿Tú? —me dijo prestando atención a su móvil, en el que se veían en su pantalla varios mensajes también sin contestar
—La verdad es que también.
—Coincidimos entonces. —Me miró un momento, pero continuó atento a su teléfono.
—¿Algo importante? —le pregunté haciendo que me volviera a mirar.
—Supongo. Demasiada insistencia.
Ascendíamos por unas escaleras mecánicas.
—¿Vienes por trabajo? —pregunté.
—Vengo por un cliente de Madrid. Y el tema se puede complicar algo. Un par de semanas, calculo.
Me imaginé que era un abogado joven de un despacho de cierta entidad, al que enviaban a realizar alguna gestión ardua y aburrida de un cliente. Aunque dos semanas, la verdad, era mucho tiempo para un abogado sin demasiado estatus, me dije. Vestía ropas de marca, no excesivamente caras, pero tampoco baratas. El ordenador era bueno, el móvil también, el reloj nada barato, y el maletín, aunque se le veía usado, de buena piel. Quizá, me dije, un despacho pequeño, de dos o tres socios, donde todos trabajan mucho y se ganan la vida decentemente.
En ese momento, cuando terminó la frase, me temí que continuara con cualquier otra para intentar quedar conmigo, o decirme que si un día podíamos vernos en esa ciudad que no conocía bien. Cualquier frase de las típicas. Pero no, no lo hizo. Seguía mirando al frente, sin tampoco hacerme mucho caso. Lo justo y de forma cortés, me iba dejando pasar, contestaba a mis preguntas o me hacía algunas. Pero ni me preguntó el nombre, ni dejó caer la insinuación de volver a vernos mientras estuviera en la ciudad. Me sorprendió, la verdad. Y para bien.
Habíamos llegado a la parada de taxis y avanzamos hacia el que nos correspondía. Mi compañero de viaje me ayudó para meter mi equipaje en el maletero y me abrió con cortesía la puerta del vehículo.
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