La churrera
La camilla estaba fría, pero el cuerpo de Cata ardía. Mientras su marido esperaba fuera, el doctor Alante descubrió que el tratamiento para el dolor de espalda requería dedos más que manos. Y cuando creyó tenerla sola, la puerta se abrió para una sorpresa que cambiaría su vida para siempre.
1. Me salen como churros
La churrera era la mujer del churrero. La primera vez que la vi era pleno agosto y ya me pareció algo de otro mundo. Estaba de espaldas intentando bajar una de las viseras abatibles de su puesto de venta. Pero estaban demasiado altas y no llegaba, lo que le hacía subir los brazos y dar unos saltitos repetitivos. Su marido, el churrero, estaba atareado dentro la churrería móvil y los dos abuelos que se encontraban detrás de ellas parecían disfrutar del espectáculo: como se le subía la camisetita, dejando al descubierto una espalda dorada, con esos tejanos de cintura tan, tan baja.
Yo la miraba un tanto desde lejos. Me había quedado un tanto obnubilado hasta que me sobresaltó la voz de Mei Yin, detrás mío:
–Ella buena pero un poco puta.
Mei Yin era china. Edad indefinida pero más cerca de los 60 que de los 40. Hablaba el idioma como si hubiese acabado de bajar del barco y llevaba su tienda bazar con todo lo que había aprendido sobre el comercio en España. Decía que se llamaba Ana y sólo después de dos años logré arrancarle su verdadero nombre.
–Ella ir antes en oficina pero ahora despedir y venir aquí a trabajar con Paco.
Paco, dientes torcidos brazos como jamones y pelo hirsuto. Siempre trabajando en camiseta imperio. Rodeado de ese humo de fritanga. La “Churrería Paco” era una clásico eterno del barrio. Instalada en un remolque de cuatro metros, nunca se había movido de la ubicación, que yo hubiese visto. Dos ejes, revestida de aluminio. Limpia. Paco trabajaba de sol a sol como un animal y parecía siempre enfadado. Lo sorprendente era que tuviese una mujer así: un bombón. Y cuando se volvió después de haber ajustado el soporte de la visera poniendo el culito de forma inesperada en pompa, quedó claro que el trasero prieto y la figura estilizada eran sólo la promesa de una vida mejor: ella era mucho más que un bombón, era puro Godiva.
Me despedí de Mei Yin…
–Tengo que ir a comprar… Ya sabes, para el desayuno.
–Ya, ya… tú mirar mal.
Me dejaba perplejo como Mei Yin con un vocabulario tan limitado como sus argumentos podía hacer que uno se sintiese tan culpable.
Hice la cola de manera paciente, aunque si me hubiesen hecho esperar tres horas no me hubiese importado. Contemplándola se paraba el tiempo. Tres jubilados que a todas luces estaban más salidos que yo y que parecían no acabar nunca. Y no era de extrañar. La camisetita de la churrera, con tres botones a reventar y un par de senos que parecían en pugna el con el otro con un canalillo eterno como línea de frente. Y luego ella, con esa actitud que lo decía todo sin decir nada, siempre como si la estuviesen rodando a cámara lenta y al resto de los mortales viviese a velocidad normal. Ahora se recogía un mechón de pelo sobre la nuca, después se abanicaba con una mano con el busto perlado de gotitas de sudor, luego se chupaba un dedo para probar la idoneidad del chocolate. Me iba a volver loco.
–Su turno, doctor Alante.
–Media docena de churros. Y póngame algo de azúcar, por favor.
Debí haberle mirado mientras le hablaba al marido, pero ella era un imán demasiado fuerte.
–Es Cata, mi mujer. La despidieron de la oficina. Unos cabrones, con la crisis que hay –me replicó Paco consciente de que mi atención no estaba fijada en su persona.
–Encantada –pero ni me miró.
–Seguro que encuentra algo…
–¡Dios le oiga! Porque los problemas nos salen como setas. O como churros, mejor dicho –se rio de su propio chiste– Aquí tiene, dos euros.
Cogí el cucurucho, pagué e hice un esfuerzo titánico para volver sobre mi pasos y dejar de mirarla. ¡Quién pudiera catar a Cata!
Crucé la avenida. Al otro lado, donde el barrio popular ya no existía y se levantaban las oficinas más modernas de Málaga. Allí, en unos lujosos bajos, tenía el local de mi consulta.
2. Tengo churra
El último paciente, un futbolista joven al que aguardaba un gran futuro si se protegía de su entorno juerguista, había salido por la puerta con media hora de retraso cuando oí la voz de mi recepcionista muy alterada.
–¡Que no! ¡Que ya es tarde! ¡No podemos recibirles sin cita previa!
Salí. Purita no se alteraba nunca. Era una joven estudiante de Económicas a distancia, menuda que me iba perfecta para el horario de tarde. Rubia, con gafas, discreta.
Vi que en la recepción estaban Paco el churrero y Cata Godiva. No podía tener tanta suerte.
–Señor Alante, ya les he dicho que no recibe a estas horas.
–Es que mi mujer le ha dado un tirón en la espalda al ir a cerrar las mamparas.
–Les he dicho que es muy tarde, –interrumpió Purita.
–¡Qué va a ser tarde, Purita, qué va a ser tarde! ¡Esto es un servicio público! ¡Pasen, pasen! Y usted, Purita, váyase que seguro que ha quedado con su novio… o lo que sea.
Les hice pasar a mi consulta.
–Pero señor Adelante… no les he cogido los datos.
–Ya me la cojo yo, Purita… se los cojo, quiero decir, se lo cojo.
Cerré la puerta ante la contrariada recepcionista. Y el matrimonio se sentó ante mi mesa. Yo empecé a rellanar la fecha de mi nueva paciente. No podía creerme la churra que estaba teniendo con la tremenda churrera.
–Primero, doctor, muchas gracias por atendernos.
Yo no era doctor. En la puerta lo decía muy claro: fisioterapeuta. Pero en una país que no distinguía un osteópata de un quiropráctico, yo era un tipo con un título y que infundía respeto en tipos como Paco.
–Le he dicho que en cosas de músculos y eso era usted una eminencia. Lo dice todo el barrio.
Todo el barrio no tenía ni idea. Pero sí, trataba a pacientes. Y todavía no me habían demandado.
–¿Nombre?
–Catalina Mazas Potente.
Potente e imponente, no pude dejar de pensar, aunque era el marido el que contestaba por ella.
–¿Edad?
–24 años.
–Fecha de nacimiento.
–Seis del 9 del 99.
69, pensé. Virgo, descarté. 9,99 la nota que yo le pondría, mientras, ella clavaba sus codos en las rodillas e inclinaba hacia mía aquellos pechos tan apretados a punto de desbordar su camiseta.
Era mucho más joven que el marido.
–¿Alergias? ¿Operaciones?
–Ninguna.
–¿Enfermedades crónicas?
–No.
Ella seguía callada.
–¿Años de casada?
–Cinco.
Si yo no me descontaba, Paco llevaba tres años de churrero en el barrio. Seguro que ella se casó con él antes, cuando parecía que todo podía ser de otra manera… pero no lo fue, claro, y allí estábamos: ella con dolor de espalda, yo con dolor de huevos.
–¿Frecuencia de sus relaciones sexuales? –esa pregunta no estaba en el cuestionario, pero no pude resistirme.
–¡Doctor! ¡No sé a que viene? –Paco había saltado como un resorte. Calculé lo que aquellos brazos de estibador podían hacer conmigo: sin duda enviarme al hospital dos o tres meses
–Es que todo lo que afecte a su salud es de interés. Pero será mejor que salga para que yo le aplique a su mujer el tratamiento que necesita.
Aproveché que se había levantado para empujarlo fuera con firmeza, aunque sin violentarlo. Ventajas de que en el barrio crean que eres médico.
–Doctor yo no sé…
Contra todo pronóstico Purita seguía allí… Había perdido su oportunidad de irse a casa
–Purita le completará la ficha. Ahora déjeme hacer mi trabajo.
Cerré la puerta. Al fin solos. Para evitar interrupciones inoportunas corrí de forma discreta el diminuto pestillo.
–Señorita, quítese el pantalón, por favor.
–Pero si lo que me duele es la espalda…
–Ya, pero seguramente tendré que trabajar partes de su cuerpo vinculadas a su espalda.
Parecía avergonzada, inclinaba sus ojos oscuros turbados por el rubor pero al mismo tiempo empezó a quitarse los ceñidísimos jeans.
–Y justo hoy que me he puesto estas braguitas tan pequeñas… Yo no quería pero eran las únicas que no estaban en la lavadora… – e hizo un adorable mohín. Pero era cierto: su nívea lencería era, en efecto, muy diminuta. Cata, por lo visto, no podía mentir.
–¡Uy, si hasta se me ven algunos pelitos… y eso que voy bien depilada ¡ –y tiró de las braguitas hacia arriba con el efecto indeseado de que lo que logró taparse con la parte de arriba del pubis logró que se le marcasen en los labios… y no lo de la boca precisamente.
Resultaba un espectáculo adorable.
–¿Puede ayudarme, por favor? Es que llevo estos tejanos tan ceñidos.
–Claro, siéntese en la camilla.
Era verdad, también, que le iban muy apretados. Le eché una mano para quitárselo en todos los sentidos, aprovechándome para tentarle los muslos, duros pétreos, depilados a la perfección. Cata no era como esas mujeres a las que una combinación de dietas y horas de zumba habían arrebatado toda su fuerza. Cata Mazas comía churros y estaba maciza. ¿Cómo no iba a volverme loco?
–Túmbese en la camilla. ¿Dónde le duele?
–Aquí.
–Tendré que trabajarle la zona lumbar.
Yo empecé aplicarle un crema antiinflamatoria. Ella se dejó hacer. Pero mientras se abandonaba su cabecita, con aquella melena corta, castaña parecía seguir maquinando:
–Está fría –se quejó – y dio un respingo en cuanto sintió la primera friega.
–En breve no lo notará.
–Ese que salía de su consulta era Fran Gaviria, el futbolista.
–Sí, le trato de una lesión. Volverá a jugar sin problemas.
–Pero dicen que va a fichar por el Sevilla.
No me imaginaba que la adorable siguiese tanto la prensa deportiva.
–No es eso lo que más le preocupa.
–¿Y qué es?
Oh, mi pequeña Pandora. Más que mis dedos hundiéndose en su espalda lo que la excitaba es que yo abriese la caja de su curiosidad.
Decidí desvelarle un secretillo pues nada despierta tanto la libido como una confidencia imprudente:
–Antes de los partidos de Copa, el entrenador está obligando a los futbolistas no salir, no beber y… digamos abstenerse todo tipo de abstinencia.
En realidad el comentario no venía a cuenta. A finales de agosto La Liga acababa de empezar
–Jijijijjiji.
–¿Mejor?
–¿Estás bien, querida? Déjate hacer por el doctor, que sabe lo que te conviene –oímos los dos a través de la puerta. Seguía cerrada pero me pregunté cuanto tiempo tardaría aquel hombretón en tirarla a bajo si sospechaba que le estaba dando a su mujercita no sólo lo que necesitaba, sino lo que deseaba. Aquel pequeño pestillo apenas aguantaría una sacudida levemente enérgica de aquel mostrenco.
–Oh, sí, tranquilo… me está haciendo mucho bien –maulló Cata, cual gata complacida. No era de extrañar. Había bajado de la zona lumbar y ahora le amasaba los muslos con vicio. Cata hubiera podido protestar, decir algo pero sólo ronroneó, sometida por el intenso placer que sentía.
–Antes le había preguntado por la frecuencia de sus relaciones.
–Uhmmm, la verdad… Es que depende. Normalmente Paco llega cansado del trabajo pero a menudo eso no es lo que pasa. A menudo Paco llega tarde, oliendo a alcohol y me toma sin contemplaciones, sin tener en cuenta mi placer, mis momentos, mis…
–¿Sus… orgasmos? –cómo no entender a Paco, que llegaba cada día a casa y se encontraba un mujer así. Yo también me volvería una bestia. De hecho, estaba haciendo esfuerzos titánicos para no perder el control y dejarme llevar, sin importarme su consentimiento, su sentimiento o que el marido con brazos como jamones estuviese al otro lado de la puerta.
–No, no es eso. Claro que gozo. A veces.. me gustaría, no sé…
–¿Algo como esto?– y las escuetas braguitas no fueron defensa suficiente para acceder a su indefensa intimidad e introducirle un dedo, luego dos y luego hasta tres… llegando a esos puntos que ella hubiese pensado que nadie podía alcanzar.
–Uhmmm, no, no me toque ahí… no…
–¿Paro?
–No, no… uhhhmmm ay…. No… siga… siga así…
Con una mano le apretaba la nalga izquierda y con la otro le introducía dos dedos que habían encontrado un paso insospechadamente franco, húmedo, lúbrico y hambriento, en esas zonas prohibidos donde sólo otro hollaba apoyado en su derecho conyugal.
–Uhhmmm,ujmmm, qué me está haciendo doctor? ¿Seguro que es absolutamente necesario?
–De todo, créame. Es la única manera de aliviar la presión acumulada sobre el nervio espinar lumbar –mezcla jerga médica con el tono de autoridad suficiente y te dejarán que les extirpes un riñón a cambio de un bote de lacasitos.
–Dios, dios… qué… qué… joder… qué uauuuuhhh!!! ¡La ostia!
Hablaba como un camionero y su vagina se mojaba como la de una stripper vocacional. Me iba a acabar enamorando. ¿Cómo podía tener sentido mi vida ayer mismo sin ir más lejos? Cuando no la conocía.
Se corrió, gritó aulló. Sacudió su cuerpo como si le hubiese aplicado uno de los tratamientos de electroterapia cuyos aparatos guarda en una uno de los armarios de la consulta. No pudo ahogar un grito, aunque lo intentó: su labio inferior sangrando levemente por habérselo mordido para no chillar de placer aún más eran la prueba de que nunca hablaría.
–Listo –y le saqué los dedos como quien cierra en casa el tarro del azúcar.
–¡Doctor, me ha dejado como nueva!
–Vístase, por favor –volvía a ser yo… Cesar Alante, fisioterapeuta diplomado. Amigo, vecino, profesional de confianza.
Ella se puso la ropa debería estar ruborizada pero para nada. Ahora que todo había pasado, no quedaba rastro de vergüenza, todo era más simple, tan natural como encantador.
–Es que sabe… hace años que tengo unos dolores de espalda… Mi madre dice que es de los tacones…
Miré los tacones: como mínimo serían de ocho centímetros, en una sandalias de tiras deliciosas. ¿Pero quién era yo para privar al mundo de algo que en su caso no estaba científicamente probado? ¿Acaso era yo médico?
–No, no… Cata. Para nada. Usted siga con los tacones. ¡No hay que creerse todo lo que digan en internet! Si a usted le gustan…
–Y el pecho. Mi madre quiere que me opere y me lo reduzca… cree que así me dolería menos la espalda.
¡Pero qué mujer, la madre del bombón Godiva! Al parecer todas sus ideas estaban pensadas para que los hombres no pudiésemos gozar de Cata en una experiencia 360, como dicen ahora los fantasmones del mundo corporativo. Un tanto aturrullado fui hasta la puerta y retiré el pestillo, que ella ya estaba vestida. Abrí la puerta corredera y me volví intentando darme un aire de hombre enérgico.
–¿Usted cree que debo reducirme el pecho, doctor? –al mismo tiempo que yo habría la puerta ella se había subido la camiseta y me estaba enseñando esas tetas rotundas, tersas, apretadas, de una firmeza que se intuía sobrenatural.
Yo iba a decir algo… pero no pude. Paco irrumpió como un huracán, me empujó golpeándome en el hombro al pasar.
–¡Pero qué haces, Cata! –y le bajó la camiseta de un golpe.
–Si no pasa nada. Es doctor y le estaba haciendo una consulta, amor. Además, llevaba el sujetador debajo.
Cata decía la verdad. Lo que no decía es que el sostén era tan pequeño y de puntillas tan blancas y tan transparentes que apenas podían abarcar aquel melonar de naturaleza desatada. Menos aún recogerlo o sostenerlo. En el breve instante que duró la visión creí vislumbrar al menos un pezón, tal vez dos. Me volví a ver si Purita lo había visto. La boquita abierta de la recepcionista escandalizada lo decía todo. Yo puse cara de circunstancias.
–Está perfecta, Cata. Créame. Ese dolor es algo puntual.
–Pues nada, nos vamos. ¿Cuánto le debemos, doctor? –preguntó Paco que guiaba con la mano en la espada a su mujer hasta la puerta.
–Nada, nada. Y menos entre vecinos.
Se fueron. De repente, sin Cata la estancia parecía mucho más grande.
–¡Menuda golfa! ¡Y encima ni le cobra! –me censuró Purita visiblemente molesta. En el fondo era por mi culpa. No tenía que haberle hecho hacer horas extras que, encima, no iba a pagarle.
3. Churras y merinas
Pasaron los meses. Llegó octubre. Lo malo para Cata es que siguió sin encontrar trabajo y lo bueno para mí y para todos los hombres que acudíamos diariamente a la churrería, es que gracias a que había fracasado en el intento seguía allí, anclada en aquel empleo sin futuro cuando aquel cuerpo gritaba a los cuatro vientos que ella se merecía mucho más.
A mí ya me trataban como si fuera de la familia. Sobre todo Paco. Porque ella, decir no decía mucho. Pero ni falta que hacía. Cada gesto, cada pose eran un canto al deseo y a la contemplación o la contemplación y el deseo. Porque el orden de los factores no alteraba el producto, el cual era que resultaba imposible irme sin mi media docena de churros, dos euros, y una dolorosa erección que, como afirmaban los anuncios de MasterCard, no tenía precio. Yo había esperado que Cata volviese inventándose cualquier síntoma para repetir la sesión de placer que le había dado en agosto. Pero no fue así. Parecía que le bastaba con calentarme los churros y calentarme a mí, que ya venía muy, muy salido de casa. Además llegó el otoño pero ella seguí vistiendo igual: minifaldas tejanas muy cortas, camisetas y tops reventones y un peinado entre recogido con una cinta de pelo y medio descuidado con algún mechón rebelde. Y no me atrevía a comentarlo con nadie pero parecía que nuestra amiga iba subiendo más y más la temperatura en cada una de mis visitas a la churrería. Porque desde que llegó el otoño siempre que yo estaba, sin mirarme, mordisqueaba un churro o metía y sacaba un churro de chocolate de su boquita y lo sacaba y lo metía de nuevo, levemente, como jugando con la textura y el sabor. Así lo había hecho el día anterior, volviéndome loco. Pensaba que ya no iba a ser capaz de subir más su particular volumen de la provocación a la carta. Pero me equivocaba. Mientras Paco, ajeno a todo, me entregaba mi cucurucho con media docena de churros, Cata optó esta vez por mordisquear un churro relleno de chocolate, más grueso, tal vez tres centímetros de grosor en lugar de los dos centímetros de diámetro habitual, y mientras lo hacía, muy, muy despacio, un brote de chocolate se le derramaba por la comisura de los labios.
Llegué a mi consulta enloquecido. Lo hice todo mal. Me equivoqué en el tratamiento de un paciente. Con otro confundí el horario. Cuando llegó Purita, por la tarde, notó que a todas luces y a mi pesar, me encontraba muy descentrado. En esos meses Purita debía de haberse de echado novio, porque sin razón aparente sus faldas cada vez eran más cortas. Me alegraba por ella. Pero cada día me sentía más juzgado por ella. No decía nada, claro. Era su jefe. Pero su actitud pasiva agresiva dejaba poco espacio para la duda.
El día transcurrió con normalidad hasta que acabé una sesión con Fran Gaviria y estaba tomándome un respiro con una Coca-Cola Light. Le oí hablar, pero por el tono zalamero no era con Purita.
Salí y ahí estaba ella. Gaviria ya le había puesto una mano en la cadera, mientras intentaba convencerla de ir a tomar un café juntos. Cuando me vio, Cata le apartó la mano, aunque antes no había parecido molesta.
–Doctor le necesito. Paco no puede venir que todavía estamos abiertos.
–¿Qué le pasa?
Llevaba una camisa anudada enseñando el ombligo y unos pantalones tejanos muy cortos que resaltaban su culo pluscuamperfecto. Se abrió lo poco botones que le quedaban abrochado y se despechugó allí mismo. Fran Gaviria giró el cuello con tanta fuerza que temí que sumase a su lesión una tortícolis. Al futbolista casi se le salen los ojos de las órbitas.
–Me ha caído chocolate en el pecho y estaba muy caliente y pegajoso.
–Yo le ayudaré--- se ofreció Fran, entusiasmado ante tanta teta por delante.
–No, Fran. Yo lo haré –tuve que interponerme entre Cata y Fran para que el futbolista no le volviese a poner sus zarpas encima.
–Pero, doctor, es la hora de la señora Filomena Gámez.
La señora Gámez tenía 70 años. Cumplir con ella no iba a ser una prioridad ante la emergencia pectoral de Cata. Repliqué a Purita con tono irritado:
–Ante una emergencia es preceptivo saltarse los turnos, Purita.
Ella puso cara de disgusto pero tragó. Más contrariado estaba Fran.
–Fran, hasta el martes que viene.
Cerré la puerta, pasé el pestillo y me volví hacia la que se estaba convirtiendo en mi paciente favorita.
–¿Le parece grave, doctor? –me preguntó respaldada en la camilla, con los brazos hacia atrás y curvando la espalda de un modo que me parecía adelantarme los pechos, como ofreciéndolos.
Examiné los pegotes de chocolate en aquellos senos voluptuosos. Tragué saliva. Era difícil no sentirse impresionado. Corté un tramo de venda y lo mojé en alcohol. Así que empecé a limpiárselos. Estaba pegajoso, no resultaba sencillo. Tenía que hundir mis dedos en su carne turgente para eliminar todo rastro. Fue una obligación, sí, pero también un placer, por qué no reconocerlo.
–Uy, uy… está frío.
–Es el alcohol.
–Y duele.
Dejé de tocarla un segundo, lo que costaba horrores porque aquel cuerpo era como un imán para un hombre como yo, incluso cualquier hombre que tuviese una mínimo de 50% de capacidad visual.
–Le daré una crema para quemaduras. Bepanthol. Un corticoide.
Di palabras como corticoide y los pacientes dejarán que les hagas lo que quieras. Magia.
–¿Pero no me la pongo en casa? –dijo ella un tanto alarmada cuando me vio acercarme con el tubo en la mano.
–No, no… cuanto más inmediato se haga el efecto mejor.
–Pero, doctor, sus otros pacientes…
–Tranquila, yo me arreglaré. No se preocupe –lo dije en el típico tono de “no se preocupe señorita, que me estoy sacrificando. No es que me esté aprovechando de usted metiéndole mano en estas tetazas más grandes de lo que permite la ley.
–¡Uy está fría!
–No se preocupe, Cata. En breve entrará en calor –mientras se la seguía extendiendo por los pechos de la manera más enérgica posible, sí, pero también con vicio, de un modo que me estaba haciendo adicto a ese cuerpo. Olía a churros, y fritanga… sí. Pero también había debajo otra capa, de un perfume con toque cítricos y jazmín, tal vez Dior Rivera, que se pondría cada día después de ducharse. Para esa precisión olfativa tenía que estar cerca, pero arqueaba mi cuerpo de un modo un tanto antinatural, ya que no quería rozarla por abajo y que notase esa erección que no estaba dispuesta a rendirse.
Cata empezó a gemir, la tenía en mis manos.
–Doctor, me está poniendo mala.
–Ya que acabado… con la crema. Pero queda la electroestimulación.
–¿Y eso? –no té su voz… rara. ¿Era alarma? ¿Era intriga?
–En algunos caso va bien. Este tipo de terapia se utiliza frecuentemente, ya que además de tener un efecto antiinflamatorio y analgésicos, también colabora para aliviar el dolor provocado por ciertas patologías y lesiones – le fui explicando mientras sacaba el Globus Magnum 3500 Pro lo enchufaba a la red y le iba poniendo los cables y los dos electrodos. Le ajusté las almohadillas justo una encima de cada pezón. Todo lo que le había dicho era verdad. Pero esa verdad no era necesaria para un caso como el suyo, unas quemaduras leves que no le habían hecho ni marca, como bien sabía ella, que había venido sólo a ponerme a mil. ¡Abracadra! Ahora veríamos quién calentaba a quién.
–Tranquila, sentirá como una sacudida –empecé con poco. Diez megahercios.
–¡Ay! Me hace como cosquillas.
–Eso es bueno –subí a 50 megaherzios.
–Ay, ay… ohhhh… ah…. –volvía a gemir, jadeaba…
Espere un poco, un minuto, y lo volví a subir: 100 megaherzios.
–¡Dios! ¡Joder! ¡¡¡¡Uauuuuhhhhh!! Oh…. Oh…
–Tranquila, aguante… Usted es fuerte –le puse la mano sobre el muslo como si quisiera tranquilizarla. Pero eso sólo fue al principio. La mano fue subiendo, llegó al muslo interior, se coló por el pantalón tan corto, llegó a aquellas braguitas, que no podía ver… pero imaginaba rojas…
–Ahhhh, ahhhh –estaba a punto, lo sentía– ¿Doctor, esto va a durar mucho?
–Ya queda poco –mentí. Y mis dedos ávidos apartaron la braguita que imaginaba diminuta pero sintieron empapada y avanzaron hacia lo más recóndito de un intimidad, buscando, y hallando las teclas de su placer.
–Doctor, que estoy casada.
Con la otra mano subí la descarga a 200 megaherzios. Era el máximo. Bajo los electrodos sus pezones temblaban como sacudidos por el terremoto de San Francisco.
–Buahhhh! ¡Dios! ¡Dios! ¡Me voy a correr!
Anuncio innecesario. Su palpitante interior ya la había delatado. Se inundó tembló, espasmo tras espasmo, ya no el pecho, atacado por mi indecente actuación, sino todo el cuerpo.
–Pare, ya… ya…
–No sé, ahora, no sé cómo se baja… tendré que mirar las instrucciones.
–¡Doctor, no me joda! ¡Párelo ya!
Mentía, claro. Me divertía con la churrera calientapollas atraída en mi telaraña de jerga médica, medias verdades y traición a Hipócrates en lo más profundo de su doctrina. ¡Pero me excitaba tanto verla así!
Al final paré, claro. Cuando le quité los electrodos todavía le pude rozar aquellos pechos prodigiosos, que tras el tratamiento salvaje estaban como un flan. No doblegados, pero sí impresionados. No sólo de mi atrevimiento. También de haber resistido el embate. Los pezones, puntas de flecha de deseo ya disparado.
Ella fue a vestirse. Pero cuando volví me le encontré pegada a mí. Sobre sus sandalias con tacones de vértigo pero aún desnuda de cintura para arriba.
–¡Filomena Gámez ya está aquí! –gritó Purita desde recepción.
Con los pechos rebosantes de electricidad de Cata pegados a mi cuerpo yo ya no podía pensar con claridad así que a mi vez grité:
–¡Que se espere!
–Entiéndalo, doctor. La pobre Filomena no pueda verle así. ¿Qué va a pensar? –dijo con una voz melosa y provocativa a la vez.
Con más de 70 años me hubiese extrañado que la señora Gámez se hubiese hecho ilusiones por muy evidente que fuese mi erección, que ahora palpitaba al sentir el roce de la manita de Cata por encima del pantalón.
–Sería de muy mala vecina dejarle en este estado. Y más si no me cobra…
–Yo… yo…
Me empujó levemente pero Cata hubiera podido mover al Coloso de Rodas. Acabé sentado en la camilla con las piernas colgando. Con una habilidad sorprendente me estaba desabrochando el pantalón. Pese a lo dura que la tenía manipuló mi cipote como si nunca hubiese hecho otra cosa en la vida. Me hubiera gustado que hubiese dicho que lo tenía más grande de su marido pero me tuve que quedar con las ganas.
Lo estaba sacudiendo de forma primorosa. Con aquellos pechos desnudos delante de mí no podría resistirme mucho tiempo.
–¿Mejor, doctor?
–Sigue, Cata sigue…
Sonó una alerta del móvil de la churrera. Con la otra mano cogió su teléfono y consultó la pantalla.
–¡Uy, mi marido me reclama! ¡Tendremos que dejarlo por ahora!
–No, no…
Pero ya se estaba poniendo la camisa y anudándosela a velocidad de vértigo. Yo intenté perseguirla, pero subirme los pantalones con el puente levadizo tan levantado no resultaba nada fácil.
–No, Cata, no…
Intenté perseguirla pero me abrochaba el cinturón cuando ella ya salía por la puerta y no quería que Filomena Gámez me viese de esa guisa…
–¡Chaíto!
Yo asomé la cabeza, no quería que Purita viese lo desarreglado del resto.
–Mi secretaria la llamará para otra cita… En mi tarjeta está mi móvil por si tiene otra urgencia –pero Elvis ya había abandonado el edificio. Y yo me había quedado con las ganas por segunda vez en cinco minutos. La mirada de desaprobación de Purita me hubiera preocupado, pero lo que tenía entre manos en ese momento era más acuciante. Al final logré subirme la bragueta no sin producirme un daño enorme, sólo comparable con la frustración que sentía.
Minutos después tenía a doña Filomena sentada ante mí.
–Pues siento un dolor contumaz que no desaparece
–No sabe cómo la entiendo, doña Filo. No sabe cómo la entiendo.
4. Churro, media manga o mangotero
Durante mes y medio no ocurrió nada. Llegó el frío pero los modelitos de Cata eran igual de atrevidos que siempre: sus escotes, su ropa ceñida, su ombliguito al aire tantas veces… El aire recalentado de la “Churrería Paco” preservaba a nuestra Cata como más nos gustaba a todos los clientes: caliente por fuera, boba por dentro. Yo compraba mi media docena de churros de lunes a viernes y luego me aburría atendiendo a pacientes que ni me interesaban ni me entretenían. En el consultorio todo seguía igual. Por las tardes Purita parecía cada vez más enfadada y eso que con su novio le debía de ir genial pues a sus faldas cortas ahora había sumado tops escotados y escotes de pico. Purita era bajita, sin duda, pero nadie podía decir que desproporcionada. Si no hubiese pasado mi tiempo pensando en Cata no sé qué hubiera podido pasar.
Luego comenzó la tortura. Me llegó un wasap:
“Soy Cata. Me duele aquí. ¿Habré hecho una mala postura?
Y adjuntaba una foto en la que se veía su cinturita de jarrón chino y un dedo índice marcando el costado. Si hubiese sido soldado romano ahí le hubiese clavado mi lanza particular. A Longinos se le pone como un pino. Seguía sin saber si era tonta o sólo buscaba provocarme. Pero si era esto último, a fe mía que lo conseguía.
Me costó hacerme el difícil. En una semana llegaron dos wasaps más:
“Me ha dado un tirón en la pierna” (Foto de sus muslos macizos estirados sobre un puff). “El hombro me está matando, doctor. ¿Qué tengo que hacer para qué me reciba?” (Imagen del hombro desde arriba dando una perspectiva privilegiada en segundo plano de sus pechos tensando una camisetita de tirantes como fideos que parecían a punto de ceder. El hombro desenfocado. Su escote, diáfano, con una regatera cual trinchera donde iban a morir todos los deseos. Incluso cuando mostraba poco talento, enseñaba siempre la misma faceta de su persona). Al final tuve que darle hora. Mi compromiso con la salud obligaba.
Y así llegamos al día de autos. O del auto. Porque estaba en mi coche de regreso a Málaga. Venía de tratar a una paciente especial, una baloncestista que se recuperaba de una lesión en Marbella. Era hombruna y lesbiana, la antítesis de Cata. Había convocado a Cata a las 16,30 h, en una tarde despejada del todo pacientes para dar rienda suelta a una tarde de placer. Mi pene tenía un plan y mi cerebro lo estaba ejecutando al milímetro.
A las 15,40 salía de Marbella. En condiciones normales hay 40 minutos. Tiempo de sobra. Ya salía de Marbella empalmado. Pero había mucho tráfico. Y ya la entrada de la ciudad se volvió infernal. Cosas de una capital que se había puesto de moda y que atraía artistas, influencers y startaperos muy por encima de sus capacidades. El atasco era monumental y empecé a comprender que llegaría injustificablemente tarde. Para colmo a las 16:20 h. llegó otro wasap que pude leer porque estaba parado en un semáforo que se hacía interminable: “Como ya hace frío hoy me he puesto medias”. La foto adjunta mostraba sus muslos, se había subido la falda de un vestido azul maya y mostraba sus impresionantes muslos con unas medias negras de liga pero autosujetas. La imagen resultaba espectacular, definida hasta el detalle, sexy. En algún momento parecía que mi polla se iba a tocar con el volante. Lo más sorprendente es que aunque me la había enviado ahora parecía que se la había tomado en el coche, por la mañana. La premeditación me provocaba. La idea de que Paco hubiera podido estar sentado a su lado llevándola a la churrería y que se hubiese hecho la instantánea delante de él le daba un morbo que me hacía enloquecer. Apretaba los dientes, apretaba el volante. Yo ya no era yo. Era un amasijo de nervios, lujuria y ansiedad. Estrujaba tanto el cuero del volante que parecía que creía que al hacerlo eso hubiese logrado hacerme avanzar más rápido. Cerraba los dientes con tanta fuerza que en algún momento me sangrarían las encías. Ahora sudaba, ahora sentía escalofríos. Mi corazón estaba tan desbocado como mi verga.
Me estaba retrasando tanto que no dejaba de vigilar el teléfono por si llegaba otro mensaje de Cata. Pero no fue así. Estaba tan nervioso que casi rayo el coche al aparcar en el parking. Salí del aparcamiento corriendo y llegué a la consulta con el corazón en la boca y la polla en salmuera.
Entré y no vi a nadie. Bueno, no. Estaba Purita. Su mirada de reproche aquel día casi me hundió y eso que llevaba un minivestido de escote ciertamente extremo que iba a hacer las delicias de su novio, un modelito tan escotado que casi le podía ver el ombligo. No tenía los pechos de Cata, pero hasta yo percibí que no podía llevar sujetador.
–¿Y Catalina Mazas? –le pregunté.
Pack, pack, pack.
Purita me puso cara de no saber qué responder. Parecía de verdad incómoda tras los cristales de sus gafas.
Pack pack, pack.
Fuera de mía abrí de un golpe la puerta corredera que separaba la recepción de la sala de consulta.
–¡No, doctor, no lo haga…! –Purita había salido de detrás del mostrador y me había puesto una mano sobre el hombro, como para intentar detenerme.
Demasiado tarde. No podía creer lo que veían mis ojos y si me hubiesen dicho que un hilillo de espuma resbalada por la comisura de la boca les hubiese creído.
Aquel ruido –Pack, pack, pack –era la camilla golpeando contra mi mesa. Ese movimiento mecánico y repetitivo se debía a que Fran Gaviria, el futbolista revelación, estaba empujando una y otra vez. Pero no lo hacía con las manos sino con las caderas porque estaba sin pantalones y embistiendo por detrás a la pobre Cata, con el culo en pompa, sujeta por la cintura por las manos del jugador.
Aquello no era ni churro ni media manga. Era un pedazo de mangotero refrendado por el VAR. La imagen de Cata con la falda arremangada hasta la cintura, arrodillada, con las medias negras que me habían enseñado hacía unos minutos, los zapatos negros de tacón larguísimo… los pechos fuera salidos del escote mientras recibía aquel pedazo de carne, columpiados por la fuerza con la que empujaba el futbolista que no corría en el campo pero sobre mi camilla lo estaba dando todo.
–¡No, no! ¡Por el culo no! –pedía Cata, despeinada, despendolada, desatada. Porque su cuerpo en vez de resistirse parecía estar esperando cada nuevo viaje que el futbolista le propinaba de manera repetirá.
No entendía nada. Enfebrecido fui hasta el mostrador y abrí el libro de visitas. A Fran Gaviria no le tocaba venir hasta mañana. Yo mismo había despejado toda la tarde para beneficiarme a la churrera sin mayores problemas. Pasé las páginas enfebrecido buscando una lógica que no encontraba.
Y entonces bajó. Se bajó la cremallera de mi pantalón.
Sólo había un problema: las cremalleras no se bajan solas y yo tenía las manos en el libro de visitas.
Miré hacia abajo. Purita estaba arrodillada, con sus pechos medianos pegados a mis muslos y desenfundándome el pistolón sin licencia para ello. Pudorosa a pesar de todo, Purita se había puesto manos a la obra detrás del mostrador, de manera que yo, de pie podía contemplar a los inesperados okupas sexuales de mi consulta pero ellos no podían ver a qué se dedicaba mi vocacional recepcionista.
–Pe… pero.. Purita… ¿qué hace?
–¡Que ya estoy harta, coño! ¡Que si me pongo faldas más cortas para que usted se fije en mí tendré que venir a trabajar con un cinturón!
–Pero, pero… ¿y su novio, Purita? ¿Y…?
–Ni tengo novio ni a este paso lo iba a tener. Cosa que sabría si hablase alguna vez conmigo. Si me invitase a un café… ¡Pero ya se ha acabado!
Y mi recepcionista se amorró al pilón. Y joder, ¡qué bien se sentía! Mi castigado cipote recibió por fin un poco de lo que tanto necesitaba. ¡Y qué talentos ocultos tenía Purita! Antes los recientes acontecimientos quedaba claro que mi recepcionista atesoraba capacidades más allá del Excel y la contabilidad. ¡Qué lengua, qué labios! Cómo paraba de golpe para trabajarse mis hinchados testículos y luego volver de manera diligente a centrarse en el objetivo principal. Veía su cabecita rubia con aquella cola de caballo hacia delante y hacia atrás con una predisposición que superaba todas las horas extras que no le había pagado.
–Purita, pare. ¡Por Dios! Que usted una empleada. ¡Joder! ¡Uaaaahhhh! Que esto podría ser abuso. Alguien podría malinterpretarlo.
Pero ella seguía. Si para terceros la situación pudiera parecer confusa ella iba a dejarlo claro del todo. Ora succionaba, ora lamía, ora besaba. Luego combinaba la sacudida con mano con un exquisito trabajo labial en mi prepucio.
Cuando pensaba que la escena no podía ser más erótica miraba hacia la consulta y dentro veía el increíble espectáculo del delantero centro marcando en puerta una y otra vez contra el castigado culito de Cata. Sólo que ahora mi pobre paciente ya no se quejaba sino que suplicaba una y otra vez:
–¡Más, más! ¡Maaaaaas!
Si antes parecía que Gaviria la tenía dominada, ahora más bien la imagen aparentaba que el futbolista estaba a punto de desfallecer y no daba abasto para todo lo que la churrera podía recibir. Él se iba agotando y ella parecía más y más insaciable, en una imagen insensatamente erótica.
Pero no fueron las medias, ni su cuerpo perlado de sudor de Cata, ni el balanceo salvaje de su pechos rotundos contemplado desde una primera fila privilegiada. Ni tampoco el leve roce de los dientes de Purita en mi inflamado miembro. Fue al volver hacia atrás en el libro, de vistitas llegar a la página del día siguiente y ver como alguien había tachado la cita de Fran Gaviria para mañana, tal y como en un principio estaba programada, y la había adelantado para hoy a las 16:00 h. Para que coincidiera con Cata. Para sabotear mis planes. Nunca mejor dicho, Purita de pura sólo tenía el nombre. La muy resabiada había impuesto su propia agenda.
–¡Pero, pero… qué grandísima puta! –chillé, cabreado, sorprendido, excitado al entenderlo todo. A la vez que me corría como un torrente, como una boca de incendios, como una manguera a presión estallando por fin después de tanto retener líquidos y pasiones. Porque el calificativo de puta valía para mi recepcionista pero también para mi paciente que me había estado calentado todo ese tiempo sólo para llegar a su verdadero objetivo: el rico guapo y localmente famoso delantero centro.
Casi al unísono que yo desparramaba todo mi semen lo hacía a la vez el musculoso futbolista y también llegaba al orgasmo Cata, gritando enloquecida, sacudiendo su cabeza, su pelo corto, como si le fuese la vida en ello.
Quedamos así los tres, exhaustos. Fran sobre el cuerpo de vértigo de la churrera, como si hubiese dado su último aliento; Cata tumbada sobre la camilla, a la búsqueda de un descanso bien merecido, y yo recostado sobre el mostrador, mientras me temblaban las rodillas. Miré hacia abajo. Purita era la persona más entera en la consulta. Pero tenía semen en cara, el pelo, las gafas, el escote… Era una lefa espesa, pringosa… Pensé que nunca me perdonaría. No sabía hasta qué punto estaba equivocado de nuevo.
5. Epílogo
Tres meses después Purita y yo nos casamos. Ahora la flamante señora de Alante es la dueña de la mitad del negocio que gestiona con mano de hierro. Nunca hemos tenido más clientes y si en algún momento hay un hueco, lo cubro igual que relleno su apretado coñito. Follamos como conejos. A menudo en la consulta sin esperar a llegar casa. Eso hace que ahora doña Puri siga acudiendo vestida muy sexy a su lugar de trabajo, que cuando acabe la carrera ya hará a tiempo completo. Y he sorprendido a más de un cliente masculino mirando más de lo debido a la que ahora se ha convertido en mi legítima esposa. Por suerte mi esforzada mujercita me ha demostrado que sabe lo que quiere y que está dispuesta a todo por conseguirlo así que, a pesar de lo que podría pensarse, vivo bastante tranquilo con todos los moscones que revolotean a su alrededor.
Como auguró Cata, Fran Gaviria acabó fichando por el Sevilla y ahora triunfa en Primera división, sin las limitaciones de castidad que le imponía su anterior entrenador. Al parecer le va bien pues está compitiendo por el puesto de pichichi, una vez conseguido el de pichicha en mi propia consulta y delante de mis ojos. Con la distancia dejó de ser mi paciente. Por Navidad, como ahora, me envía un wasap de felicitación.
Seguro que no es ajena a las causas sus éxitos deportivos su nueva esposa, Catalina Mazas. Una desconocida para la prensa que ha revolucionado la alta sociedad de Sevilla. La boba sabía lo que quería así que seguramente el bobo era yo. Reconvertida como influencer ha sorprendido a propios y extraños con sus atrevidos estilismos con los que no deja de ganar seguidores en la red.
Para sorpresa general, Paco no se hundió después de que su mujer le abandonase de un día para otro para casarse con el futbolista. Tras lo ocurrido preferí dejar de ir comprar churros. Me pareció más prudente. Era mejor no arriesgarse, ya que desconocía lo que Paco había llegado a saber de las circunstancias de la ruptura. Pero en el barrio la gente comenta pasmada sobre su nueva mujer. No sólo que la encontró en poco meses sino que todo el mundo se hace eco de lo joven y guapa que es. Ella también trabaja en la churrería, que con semejante reclamo comercial va mejor que nunca.
La cotilla oficial del barrio, Mei Yin, me resumió así la opinión sobre la nueva pareja de Paco un día que fui a comprar su bazar chino.
–Ella guapa, pero un poco puta.
Por un momento me sentí tentado de volver a la churrería y reclamar mis derechos de cliente histórico. Pero fue sólo un segundo. Sacudí la cabeza, pagué a Mei Yin y salí del bazar consciente de que mi momento había pasado. Otros deberían ser los que se aventurasen tras esa fruta prohibida.
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