Xtories

Castillo de naipes 1/8

Sara creía que podía comprar su lealtad con su cuerpo y sus promesas de dinero. No sabía que Marco ya había grabado cada susurro, cada gemido y cada intento de traición. En este juego de poder, la grabación era la única moneda que valía más que el oro.

Fernando6.1K vistas9.4· 32 votos

Mi nombre es Marco Medina de Osuna. En mis venas se mezcla la sobriedad castellana de mi padre con el temperamento italiano aristocrático de mi madre. Mi apellido suele precederme; pertenece a esa clase de nobleza que no necesita títulos sobre el papel para ejercer su peso, una herencia de tierras y apellidos que flota en el aire de las estancias que habito.

Crecí envuelto en las comodidades de una vida sin aristas. Vivíamos en un casoplón que parecía no tener fin, donde el roce de la seda y el eco del servicio doméstico eran el telón de fondo de mi cotidianidad. Era el menor de cuatro hermanos; de niños, fuimos una jauría inseparable, pero el tiempo es un escultor cruel. A medida que crecíamos, la complicidad se fue enfriando, sustituida por intereses distantes y silencios de cortesía bajo el mismo techo.

El verdadero cambio llegaba cuando mis padres partían hacia su cortijo en Extremadura. En ese instante, la casa dejaba de ser un museo para convertirse en nuestro reino. Aquellas paredes, acostumbradas al protocolo, se volvían cómplices de fiestas frenéticas donde el alcohol borraba las jerarquías y el deseo empezaba a dictar sus propias leyes.

Perdí la virginidad a los diecisiete, una noche en la que el aire estaba cargado de humo y música alta. Ella era una compañera del instituto que llevaba tiempo orbitando a mi alrededor con una mirada que yo apenas empezaba a descifrar. Durante la fiesta, se convirtió en mi sombra. Recuerdo el calor de su cuerpo acercándose, el aroma de su perfume mezclado con el ambiente eléctrico de la noche. En un rincón de la casa, ajenos al caos del salón, me buscó. Sus labios encontraron los míos con una urgencia que me detuvo el pulso. Tras un intercambio de caricias torpes y febriles, se acercó a mi oído y, con un hilo de voz que todavía resuena en mi memoria, me lo susurró...

—¿Nos podemos perder en alguna habitación de esta casa tan grande?

—Claro, tengo el sitio que quieres.

Como dije anteriormente, vivíamos en una casa muy grande, tanto, que cada hermano teníamos nuestra habitación independiente. Pero debido a las fiestas que dábamos, y que ya en una ocasión, pillé a dos desconocidos en mi cama follando como descosidos, me las ingenié, para poner una cerradura en mi puerta y que solo permanecería cerrada en esas fiestas algo descontroladas.

Agarré la mano de esa chica, algo nervioso, y guiándola a través de mi casa, llegué a la puerta de mi dormitorio, saqué la llave de mi pantalón y le abrí la puerta:

—¡¡Bueno!! Vaya nivel de seguridad, habitaciones cerradas con llave.

—Paso de que algún desconocido encuentre una habitación y se meta a follar en mi cama.

—¿Ya te ha ocurrido eso?

—Por supuesto, por eso mantengo esta seguridad.

—Y dime… ¿también la vas a cerrar con nosotros dentro?

—Claro, no quiero que nos molesten…y no quiero que te escapes.

—Cariño, no quiero escaparme, solo necesito un cuarto de baño…y una cama.

—El baño esta frente a esa puerta, y la cama, está detrás de ti.

—Dame un momento, ahora vengo.

Cuando esa chica salió de mi cuarto para ir al baño, me puse realmente nervioso. Sabía lo que iba a ocurrir, y como buen principiante, aparte de tener ya una erección ingobernable y dolorosa, temía hacer el ridículo y correrme según viese a esa chica desnuda.

No sabía si desnudarme y meterme en la cama, o solo quedarme en ropa interior o quedarme como estaba. Intenté oler mi propio aliento, creo que sin conseguirlo. Sabía que estaba limpio ya que me duché antes de la fiesta, no había bebido casi nada de alcohol con lo que no tenía ganas de orinar, y en ese momento se abrió la puerta y entró ella, cerrando la puerta y echando la llave. Vino hacia mí, se colgó de mi cuello y volvió a besarme. Cuando terminó se separó de mi:

—Cielo estas temblando ¿ocurre algo?

—Bu…bueno…yooooo…verás…

—¿Es tu primera vez? —Preguntó con curiosidad.

—Emmm…bueno…la…la verdad es que sí.

—Ummm… —Ronroneó de forma sensual, acariciando mi cara.— Me voy a follar al buenorro de la clase, y encima lo voy a desvirgar. Eso no ocurre todos los días.

—Tú…tú…osea…tú…tú ya lo has…quiero decir…

—Si cariño, yo hace tiempo perdí mi virginidad, ya he follado con unos cuantos, lo mismo que tú a partir de esta noche empezarás a follar con muchas más.

Cuando terminó de decir eso, empezó a desnudarme. En pocos segundos me dejó como Dios me trajo al mundo, con mi polla amoratada y congestionada.

Ella me miraba fascinada, mientras acariciaba mi cuerpo, mi torso, mi abdomen, mi pelvis, hasta que alcanzó mi polla que dio un respingo al sentir sus manos.

—Uffff…que bien dotado estas. Me ha tocado el gordo, —dijo agarrando mi polla,— con las dos aproximaciones, —volvió a decir, acariciando mis huevos.— ¿Te gustaría desnudarme?

La desnudé, por Dios que lo hice. Con cada prenda que le quitaba, mi polla daba un espasmo. Cuando vi sus tetas, pequeñitas, pero perfectas para mí, no dudé en acariciarlas, besarlas y excitarlas, sacando los primeros gemidos de placer de mi compañera.

Para cuando quise quitarle los pantalones vaqueros super ajustados que llevaba, ella me tuvo que ayudar, ya que yo era incapaz de bajárselos. Se sentó en la cama y le ayudé a quitárselos completamente, momento en el que vi unas braguitas negras muy pequeñas, que su culo se comía sin problema.

Enseguida noté un olor muy peculiar que no era perfume pero que me excitó y me enervó mucho más. Era su olor, el olor de su excitación, de su deseo. Ella elevó ligeramente sus caderas en clara invitación a que le quitase la última prenda que le quedaba, y lo hice admirando por primera vez, el cuerpo de una mujer, no en la pantalla de un ordenador, si no en vivo y ofreciéndose para mí.

Ella me hizo una buena mamada, aunque no me dejó correrme en su boca, pero si en sus tetas. Me dijo que tenía que descargar excitación para que aguantase mucho más cuando la follase.

Yo me comí ese coñito lampiño y suave, abrazando sus muslos, metiendo mis manos bajo su culo, devorando, lamiendo y castigando su clítoris. Noté como se corría, cuando elevó sus caderas y saboreé todo lo que echó su coñito. Agarró mi cabeza y gimió de gusto. Antes de terminar me lo pidió:

—Fóllame cielo.

—Espera que me pongo un condón.

—No cariño, a pelo. Tu primera vez tiene que ser inolvidable, y no temas por correrte dentro, me cuido.

Ni me lo pensé, ella se abrió de piernas, guió mi polla y se la metí despacito pero sin pausa. Se la comió enterita y ella gimió en mi oído:

—Asiiii mi amor…hasta el fondoooo…

Mis siguientes dos orgasmos follándola fue sin sacarla. Ella, creo, que se corrió una vez. Su coñito se apretaba alrededor de mi polla como si la quisiese solo para ella. Descansamos un poco, y luego me cabalgó como una amazona, ofreciéndome sus tetas y dejando que un dedo mío hurgase en su anito. Pero el sumun, él no va más, fue cuando se puso en cuatro, y vi como mi polla se enterraba en su coño, hasta que solo mis huevos quedaban afuera. No sé si eché algo dentro de su útero, pero para mí la corrida fue espectacular, y mi compañera cayó agotada en el colchón:

—Joder Marco, ha sido brutal, vaya follada me has dado.

—Te…te ha gustado.

—¿Qué si me ha gustado? ¿Tú que crees? Ni se la de veces que me he corrido.

Me tumbé a su lado con una sonrisa de oreja a oreja, sabiendo que había hecho disfrutar a una mujer follándola.

Mi compañera me pidió si se podía quedar a dormir conmigo, algo a lo que asentí encantado. Pero antes de dormir, asaltamos la cocina y nos hicimos un sándwich de jamón y queso para cada uno y con dos refrescos volvimos a mi cuarto.

Creo que fue una de mis mejores noches. Cerca de las seis de la mañana nos despertamos, y volvimos a follar. Y cuando ya nos tuvimos que levantar, porque eran cerca de las once de la mañana, mi compañera me volvió a hacer una mamada, me invitó a ducharme con ella y se la metí con ella sacando su culito, y apoyándose en la pared de la ducha, empotrándola, hasta que inundé de nuevo su útero.

Con un —nos vemos mañana en clase,— nos despedimos. Pasé un domingo tranquilo, dormitando, cansado por la noche que había pasado, pero rememorando todos y cada uno de los momentos que había vivido con mi compañera y deseando que se repitiese.

Pero no se repitió, no con ella. De hecho cuando llegué ese lunes a clase, ella casi ni me miró. A la hora de descanso se acercó y de la manera más fría y natural me lo soltó:

—Marco, si pensabas que cuando nos viésemos en clase me tiraría a tus brazos, estas muy equivocado. Solo follamos, lo pasamos bien, muy bien y tú te estrenaste de una manera espectacular, quédate con eso y no me busques.

En ese momento me sentí confundido y por qué no decirlo, dolido. Pensé que entre mi compañera y yo se había creado un vínculo especial, pero ese vínculo solo se había creado en mi cabeza.

Lo malo de todo esto es que todos los días la veía en clase, cuando salíamos al descanso a media mañana y siempre tonteando con todos los tíos que podía, menos conmigo. Pero yo sin saberlo, también me estaba promocionando ante sus amigas.

A las dos semanas de haberme estrenado follando, y en una fiesta que no era en mi casa, una de sus amigas se insinuó, buscamos un sitio tranquilo, y me la follé, pero esta vez fue con preservativo. No estuvo mal, pero ni punto de comparación con la primera vez.

Hubo algunas veces más, chicas diferentes, cuerpos diferentes con un mismo resultado, follar, pero sin compromisos, algo que entiendo, debido a nuestra juventud.

Mi entrada en la universidad para estudiar una ingeniería fue como subir de nivel en un videojuego que ni sabía que estaba jugando.

Muchas chicas, muchas más fiestas, mucho alcohol, mucha droga blanda, y también algo de droga dura. Mis opciones subieron en progresión geométrica. Conseguí sacarme el carné de conducir, y mis padres me regalaron un coche de segunda mano.

Tener diecinueve años y coche propio, te asegura muchas puertas abiertas y muchos amigos interesados que se acoplan para ahorrarse en transporte público, y que les dejes a la puerta de su casa, pero también me di cuenta de la facilidad de algunas chicas en abrirse de piernas para mí, con tal de conseguir el puesto de copiloto.

No desaproveche la oportunidad. Si una chica se sienta a tu lado en tú coche, con una faldita corta y durante el trayecto, se abre ligeramente de piernas, toma tu mano, y la pone en su coñito ¿tú qué harías? Pues eso mismo hacia yo, y más si ella te decía con carita traviesa:

—Estoy solita en mi casa ¿quieres subir?

No dudaba, subía y follábamos como si no costase, aunque también sabía lo que vendría después. Ella pretendía que fuésemos exclusivos, bueno mejor dicho, que ella fuese exclusiva para mí, algo que ni quería ni ocurría. Sé que algunas entendieron que nos habíamos "utilizado" mutuamente y no armaron bronca, pero hubo otras que solo por dejarse follar, ya pensaban hasta en compromiso.

Pero también me di cuenta de algo en lo que no había reparado hasta ahora. Como he comentado, pertenecía a una familia descendiente de rancio abolengo, buena casa, buen barrio y muy buena posición económica y social y eso las mujeres lo ven, parece que lo intuyen y para ellas yo era un buen partido, alguien que podría solucionar su futuro y ser un buen proveedor.

Dentro de la universidad, teníamos un grupo de chicos y chicas que éramos muy unidos y cercanos. Era inevitable que entre nosotros se iniciasen algunos romances pasajeros, pero extrañamente las chicas siempre querían iniciar algo conmigo, pero con mis amigos, gente estupenda y muy comprometida, no querían saber nada de salir o tener algún tipo de romance.

A mí me extrañaba y no lo entendía. Eran muchas las veces que algunos de mis amigos, mucho más atractivos que yo, intentaron algo con alguna de las chicas y la respuesta de ellas siempre era la misma:

­­­—¡¡Ay!! Que mal. Lo siento, pero realmente yo solo te veo como un amigo.

Yo, cada vez que escuchaba eso, o me lo contaba el afectado, se lo decía sinceramente sabiendo de ese amigo el tipo de persona que era:

—¿Pero esa tía no tiene ojos en la cara? ¿No te conoce? ¿Como te puede rechazar así? —Le decía a mi amigo sin entender esa situación.

—¿Me lo dices en serio? —Preguntaba, él, extrañado.

—Por supuesto que te lo digo en serio. Es…es que no lo entiendo.

—Marco, es sencillo, solo es cuestión de clase y estatus.

—¿Clase y estatus? —Pregunté incrédulo.

―Marco, tú eres un chico de clase alta, con estatus. Nunca te falta de nada, tienes coche propio, vives en una casa enorme, con servicio y en un barrio noble. Yo soy un chico normal, con una beca porque mis padres son gente trabajadora y vivo en una casa muy convencional y en un barrio humilde. Ese es el problema.

—¿En serio? No creo que ese sea el problema.

—Marco, hagamos una cosa. Pídele a la chica que me gusta, salir, verás lo que te dice.

Dejé pasar unas semanas y un día estando tomando algo, me senté al lado de esa chica, y después de charlar con ella, me decidí a invitarla a salir, algo a lo que ella accedió de inmediato sin dudar. Eso me dejó entre sorprendido e intrigado. Quizás pecase de ingenuo, pero no quería creer en lo que me dijo ese chico, así que esa misma tarde la confronté:

—¿Si te pregunto algo, me vas a responder sinceramente?

—Bueno, dependiendo lo que preguntes.

—Hace un par de semanas, nuestro amigo se declaró a ti, y ni siquiera lo consideraste. Es un chico inteligente, atractivo y con un futuro brillante…¿Por qué lo rechazaste?

—Bueno, es obvio, tú me gustas más.

—Te gusto más…de acuerdo, pero ¿por qué?

Esa chica me miró por interminables segundos, evaluando su respuesta o intentando buscar una adecuada:

—¿De verdad quieres que lo analice como si fuera un examen? —suspiró, desviando la mirada un segundo—. Sí, él es "perfecto" en el papel. Es genial y tiene ese futuro brillante que me dices. Pero estar con él se siente como leer un libro de texto muy bien escrito: informativo, impecable, pero predecible y aburrido.

—No creas que yo soy mucho más divertido que él.

—Ya, puede ser, pero contigo hay muchas más posibilidades a todos los niveles

—¿Posibilidades a todos los niveles?...Ya… ahora entiendo…

Esa chica me miró, entendiendo lo que acababa de decir. Creo que en su cabeza no pensó que sonaría tan mal, pero dijo lo que dijo y eso no tenía marcha atrás:

—Se cómo suena, —dijo esa chica,— pero no es lo que piensas.

—No, creo que suena exactamente como lo has dicho. Él es "pobre" yo no, esa es tú diferencia.

—¿Eso es lo que piensas?

—Eso es lo que acabas de decir, aunque no con esas palabras.

—Bien, —dijo apartando la mirada,— si piensas eso de mí, creo que esto ha terminado antes de empezar.

Cuando terminó de decir eso, se levantó y se fue de donde estábamos dejándome solo, asintiendo, y dándole la razón a mi amigo. Eso me reveló la verdad más dolorosa para mí, las mujeres solo veían en mí, mí estatus y mi posible patrimonio, y eso me hacía muy atractivo.

Mi carrera de ingeniero civil siguió adelante y no voy a mentir, aproveché cada oportunidad que mi "estatus" me proporcionó, para follar con chicas, aunque siempre les dejé muy claro que sin compromiso, solo follar, algo que aceptaron esperando que cambiase de opinión, algo que nunca ocurrió.

Pero algo iba a ocurrir en mi vida. Algo que nunca vi venir ni de lejos y que cambiaría mi perspectiva de como ver la vida, esa cómoda vida que llevaba y que pensé que nunca me abandonaría.

Estaba en la universidad cuando recibí una llamada de mi padre, algo que me sorprendió, ya que rara vez hablábamos, y mucho menos por teléfono. Solo se limitó a decirme que me esperaba en su despacho, y que necesitaba hablar conmigo. Quise preguntarle más, saber por qué me llamaba, pero solo se comportó como siempre lo había hecho, de forma fría y distante:

­—Marco, solo ven a mi despacho después de la universidad. —Y terminó la llamada.

Cuando entré en su flamante despacho en la torre de cristal y en la mejor zona empresarial de Madrid, lo vi sentado frente a su escritorio, y a su lado una bella mujer que rondaría los cuarenta o cuarenta y tres años. Mi padre me miró con seriedad, y esa mujer esbozó una tímida sonrisa:

—Bueno papá ya me tienes aquí ¿de qué querías hablarme?

—Hijo, no me voy a andar con rodeos, tu madre y yo nos vamos a divorciar, y Sara, —dijo agarrando la mano de esa mujer,— será mi nueva esposa, espero que lo entiendas.

—Bueno, es tu vida ¿y mamá?

—Ese ya no es mi problema, aunque a tu madre no le va a faltar de nada

Me quedé helado. No por la noticia del divorcio —el matrimonio de mis padres era, desde hacía años, un frío acuerdo de convivencia en una casa demasiado grande— sino por la velocidad de la transición. Miré sus manos entrelazadas sobre el escritorio de roble. Sara seguía sonriendo, pero era esa clase de sonrisa ensayada que se usa en las juntas de accionistas cuando se anuncia una fusión hostil.

—¿"No es tu problema"? —repetí, sintiendo un nudo de indignación en la garganta—. Lleváis treinta años casados, papá. No puedes despacharla con una transferencia bancaria y un "espero que lo entiendas".

Mi padre se reclinó en su sillón de piel, recuperando ese aire de suficiencia que utilizaba para cerrar negocios en la Torre de Cristal.

—Ella ya tiene el borrador del convenio en su correo —dijo con frialdad—. Sara y yo nos mudaremos a una casa en Sotogrande el mes que viene. Por eso te he llamado. Quiero que tú te hagas cargo de la oficina de Madrid. Es el momento de que demuestres si esa universidad tan cara sirvió para algo más que para gastar mi dinero.

Sara intervino entonces, su voz era suave, casi musical, pero cargada de una intención que no logré descifrar.

—Tu padre confía mucho en ti, Marco. Y yo también. Queremos que la familia siga unida... a pesar de los cambios.

—¿La familia? —solté una carcajada amarga—. Acaba de decir que mi madre ya no es su problema y hablas de unidad.

Me levanté de la silla. El skyline de Madrid, visible tras el enorme ventanal, parecía más gris que de costumbre. Mi padre era tan despegado, tan inútil, que ni sabía la carrera que estaba realizando y que no se compaginaba con sus negocios. Me di la vuelta y encaré de nuevo a los dos:

—No voy a aceptar ese puesto que me pides. No lo podría llevar a buen término, lo mismo que tú, papá, no podrías planificar y diseñar, ferrocarriles, carreteras, presas o redes de agua. Yo soy ingeniero, no economista, pero me aseguraré de que mamá reciba lo que le corresponde

Salí del despacho sin despedirme. Mientras esperaba el ascensor, saqué el móvil y marqué el número de mi madre. Necesitaba saber si ella ya había consultado a un abogado especialista en grandes fortunas, porque esto no era un divorcio; era una declaración de guerra.

Al tercer tono, mi madre descolgó. Su voz no sonaba quebrada, sino extrañamente plana, como si estuviera leyendo un informe técnico.

—Ya lo sabes, ¿verdad, Marco? —dijo ella antes de que yo pudiera articular palabra—. Me ha enviado el convenio por correo electrónico a las nueve de la mañana, con copia a sus abogados de Garrigues. Ni siquiera tuvo la decencia de llamarme.

—Estoy bajando en el ascensor ahora mismo, mamá. No firmes nada. He mencionado lo de tu abogado, necesitamos a alguien que no se amilane ante sus contactos.

—He pedido cita para mañana en el servicio de orientación jurídica de un bufete.—respondió con una firmeza que me sorprendió.— Pero tu padre olvida un detalle, Marco. Él cree que el patrimonio es suyo porque su nombre está en el despacho, pero no recuerda quién diseñó la estructura fiscal y patrimonial cuando aún vivíamos en aquel piso pequeño de Argüelles.

Al salir al vestíbulo de mármol, la luz de Madrid me cegó un instante. Mientras caminaba hacia el parking, un mensaje de texto iluminó mi pantalla. Era de un número desconocido, pero la foto de perfil era la de Sara.

«Marco, no seas impulsivo. Tu padre tiene un temperamento difícil, pero tú y yo podemos ser grandes aliados. No dejes que el orgullo te deje fuera de la herencia. Hablemos a solas. S.»

Sentí un escalofrío. La "fusión hostil" no era solo contra mi madre; Sara estaba marcando el territorio, intentando neutralizarme antes de que empezara el litigio. Ella no sabía que un ingeniero no solo construye puentes, también sabe calcular cuánto peso puede soportar una estructura antes de colapsar. Y la estructura ética de mi padre estaba a punto de venirse abajo.

Subí a mi coche y, antes de arrancar, busqué en el buscador del Consejo General del Poder Judicial sentencias recientes sobre liquidación de gananciales en grandes patrimonios. Si mi padre quería guerra profesional, le daría una lección de ingeniería legal.

—Mamá —dije volviendo a la llamada mientras conectaba el Bluetooth—, prepárate. Vamos a auditar hasta el último céntimo de esa oficina de Madrid que tanto le gusta. Si él quiere Sotogrande, que se asegure de que puede pagarlo después de que tú recibas tu parte.

No voy a entrar en muchos detalles. La batalla con mi padre y Sara fue dura y cruel, pero sacamos a la luz todos los chanchullos que tenía mi padre, incluyendo cuatro cuentas offshore en paraísos fiscales, dos de ellas no declaradas, con lo que hacienda, empezó a investigarle.

Cuando mis padres se casaron, lo hicieron con el régimen de gananciales, con lo que ahora, todo se dividía 50/50. El acuerdo que mi padre mandó a mi madre era casi una broma. A mi madre le dejaba una pensión y una cantidad de dinero, irrisoria para lo que realmente le correspondía.

Mi padre subestimó a mi madre, pero como me dijo ella, mi padre olvidó quien había diseñado la estructura fiscal y patrimonial de ese matrimonio, con lo que después de un año de juicios, demandas, jugadas sucias, contrademandas e impugnaciones, mi madre se llevó la indecente cantidad de veintiséis millones de euros, una vez se vendió el casoplón donde habíamos vivido desde que nací, y mi padre le comprase la mitad del cortijo que poseían en Extremadura, más dos fincas de caza, que mi madre ignoraba que poseía y se dividió el dinero que había en todas las cuentas y las inversiones.

Pero lo más gracioso, lo que realmente hizo que esto fuese aún más hilarante, es que Sara, en su obsesión de poder, de querer controlar todo y creyendo que yo cedería a sus pretensiones de ser aliados contra mi madre y quedarse con todo lo que pudiera, terminó follando conmigo.

Después de que me mandase ese mensaje, hizo varios intentos más. Queriendo saber a dónde quería llegar, o más bien intentando saber los posibles movimientos de mi padre y de ella, accedí a quedar a solas en una cafetería que ella me señaló.

Me quedé sorprendido, ya que cuando llegó, parecía salida de una sesión de yoga. Mallas ajustadísimas a su cuerpo como una segunda piel y solo un sujetador deportivo, insinuando un par de magnificas tetas. Ahora entendía, por qué mi padre había perdido la cabeza y el juicio:

—Ufff…perdona que llegue un poco tarde, pero acabo de salir de una sesión de pilates. —Se disculpó ella.

—Tranquila, no hay problema, solo terminemos esto cuanto antes.

—Cielo no tengas prisa. Esto hay que hablarlo muy bien, sin prisas y dejando todo muy claro, no quiero que pienses que soy una aprovechada. —Dijo acariciando mi mano.

—Ya, claro. El problema es que "hablarlo bien" suele ser el código para que yo termine aceptando algo que no me conviene —respondí, retirando mi mano de la mesa con una frialdad que no sentía. Era difícil concentrarse cuando ella se movía así, haciendo que el tejido técnico de su ropa deportiva crujiera levemente.— Mi padre no es precisamente un hombre difícil de convencer cuando tiene una cara bonita delante, pero yo no soy él.

Ella soltó una risita suave, una que parecía ensayada frente a un espejo, y se reclinó en la silla. El sujetador deportivo apenas contenía el esfuerzo de su respiración agitada por el ejercicio previo.

—Eres igual de testarudo que él, eso te lo concedo —dijo, humedeciendo sus labios mientras abría una carpeta de cuero que contrastaba totalmente con su aspecto informal—. Pero también eres inteligente. Mira estos números. Si lo hacemos bien, todos saldremos ganando y tú tendrás el futuro asegurado, y yo…yo no me quedaré en la calle, porque tú no quieres eso para mí…¿verdad?

—No me pongas ese tono de víctima. Estamos hablando de propiedades de lujo e inversiones, no de un banco en el parque.

—Hablo de mi estabilidad, cielo —me interrumpió, clavando sus ojos en los míos y bajando la voz—. Tu padre quería que yo estuviera cubierta. Si te portas bien conmigo, te prometo que este proceso será mucho más... placentero para ambos. Mucho más de lo que esperas.

Apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose lo suficiente para que el aroma a sudor limpio y lavanda me golpeara de lleno.

—¿Qué es exactamente lo que quieres, Sara? —pregunté, sintiendo que mi determinación empezaba a tambalearse.

—Quiero lo que me corresponde. Y quizás, que dejes de mirarme como si fuera el enemigo y empieces por mirarme como lo que soy, una aliada, una persona que puede hacer que todos salgamos ganando.

Nos quedamos callados, pero me miró de una manera que no supe interpretar. Miró a la mesa, se miró las manos, me miró a los ojos y me lo dijo como algo natural:

—¿Sabes? Estoy sudada e incómoda ¿me acompañas a mi casa? Así me ducho y seguimos hablando, ¿vamos?

—Claro, como quieras. —Dije con una gran sonrisa, casi intuyendo lo que ocurriría.

La dejé pasar primero, y no pude evitar fijarme en el culo tan perfecto que poseía y que esas mallas marcaban de manera impresionante. No pude evitar sonreír pensando en mi padre. ¿Qué hacia un hombre de sesenta y tres años, con serios problemas de próstata y con esa mujer?

Lo que pensaba que podía ocurrir, ocurrió. Cuando llegamos a su casa, bueno, mejor a su apartamento de lujo, me preparó otro café y se fua a duchar. Cuando volvió, después de un buen rato, solo venía vestida con una toalla, que apenas lograba tapar sus atributos. Se sentó a mi lado, de manera que casi quedaba frente a mí, y esa toalla ya no tapaba su desnudez:

—Como te dije, si te portas bien conmigo, te prometo que este proceso será mucho más placentero para ambos, mucho más de lo que esperas, y creo que lo mejor es que te demuestre hasta qué punto puede ser satisfactorio para ambos.

Cuando terminó de decir esto, deshizo el nudo de la toalla y la dejó caer, quedando completamente desnuda. Se sentó a horcajadas sobre mí, y tomando mis manos las llevó a sus increíbles tetas operadas. Buscó mi boca y me besó con lujuria. Cuando terminó, me miró con deseo y me lo dijo:

—Vamos a mi cama y déjame desnudarte.

Sara era una zorra de campeonato. Una puta sin escrúpulos, que sabía cómo sacar lo que ella quisiera de los hombres. Pensó que con lo que íbamos a hacer, yo caería rendido, y ella conseguiría lo que deseaba, poder, estatus y dinero…que confundida estaba.

Me la follé, por supuesto que lo hice, y no solo una vez, fueron tres orgasmos por mi parte y cuatro por parte de Sara, que gemía y pedía más como una gata salida. Me la follé como quise. En mi último orgasmo, teniéndola en cuatro, abierta de piernas y viendo como su coñito devoraba mi polla y su anito boqueaba pidiendo atención, le introduje mi dedo pulgar sin piedad, momento en el que ella aulló y empezó a correrse como una cerda. Quise follarme por primera vez un culo, pero ella me paró en seco:­

—No cielo, por ahí no…pero cuando todo esto termine y tenga todo, seré tuya completamente.

Me corrí en su boca y en su coño y ni le pregunté si podía hacerlo, me daba igual. Algo que hice para protegerme, por si acaso, es que desde que Sara se sentó en esa cafetería hasta que fuimos a su dormitorio a follar con su consentimiento, mi teléfono había grabado todo, no quería que esa zorra se volviera contra nosotros con una denuncia por agresión sexual.

A punto de despedirnos, yo ya vestido y ella aun desnuda, con mis corridas bajando por el interior de sus muslos, no me pude contener y se lo pregunté:

—¿Realmente mi padre sabe con quién va a juntar su vida?

—Tranquilo con eso, —dijo Sara con suficiencia, — a tú padre le doy lo que me pide, incluso más. No quiero que tenga dudas.

—Sara, después de haber follado contigo, un hombre de sesenta y tres años y además con un serio problema de próstata, no será capaz de complacerte.

—Tu padre me complace de otras maneras, además, está en tratamiento.

—¿Tratamiento?

—Si, —dijo echándose a reír,— es como el chiste, él "trata" y yo "miento"

Sonreí por compromiso, pero me dio pena, mi padre no tenía ni idea con la puta avariciosa que se estaba juntando, y si solo supiera que su hijo se la acababa de follar, se volvería loco.

Me dio igual. Mi padre había tomado su decisión, una decisión de la que se arrepentiría. Yo sabía lo que Sara quería, poder, dinero y estatus, y solo era cuestión de tiempo que ella se quedase sin nada y mi padre solo, y con un montón de deudas.

Creo que os estaréis preguntando por mis hermanos, que opinaban al respecto sobre la decisión de mi padre. Pues bien, los dos más mayores, ya independizados y viviendo fuera de España, se posicionaron a favor de su padre. El otro, dijo que "pasaba" de elegir bando, que eran cosas de ellos y no quería saber nada, tenía su vida en Granada y el contacto con sus padres era más bien nulo.

Sobra decir, que cuando Sara fue consciente de que, en mí no tenía ningún aliado, ni amante, ni amigo, entró en cólera y me amenazó con denunciarme por agresión sexual. Yo solo reproduje parte de la grabación que tenia de ella, accediendo a tener sexo conmigo:

—¡¡¿ME GRABASTE?!! —Gritó Sara enfurecida.

—Por supuesto que lo hice. ¿Me creías tan ingenuo, para caer en tus redes sin protegerme?

—Esa grabación en un juicio no es admisible. Te voy a destruir…a ti y a tu madre. Has cometido un gran error.

—Quizás no sea admisible en un juicio, pero difundido en los lugares adecuados…será devastador.

—¡¡ERES UN CABRÓN ASQUEROSO!! ¡¡TE ODIO Y TE VAS A ARREPENTIR!!

Bueno, al final no me arrepentí. Cuando terminó todo, Sara había dejado a mi padre y se había ido con veinte mil euros robados de la caja fuerte de su despacho. Mi padre se quedó con su empresa y después del divorcio, honorarios a abogados y la cuantiosa multa de hacienda, casi en banca rota, pero esa ya no era problema de mi madre ni mío.

Mi madre fue consciente en todo momento de quien estuvo a su lado. Cuando mis hermanos se enteraron de la sentencia del juez y del estado en que mi padre se había quedado, intentaron un acercamiento a mi madre. Ella les dijo que eran sus hijos y siempre los querría, pero que nunca olvidaría quien estuvo a su lado. Eso hizo que mi madre en agradecimiento me regalase un piso magnifico, en una de las zonas residenciales más lujosas de Arturo Soria, y por cierto, ella nunca supo que había follado con Sara.

Así, a punto de cumplir los veintiocho años, y terminando mi master, tenía coche propio y un piso de lujo increíble, además de una cuantiosa cantidad de dinero, que mi madre me ingresó en mi cuenta, pero nunca olvidaré sus palabras:

­—Hijo, ahora estas en una posición en la que muchas mujeres, querrán conquistarte, no por amor, si no por estabilidad y comodidad. Tienes que aprender a protegerte, a ti y a lo que posees, no consientas que un calentón te arrebate lo que es tuyo.

—Tranquila mamá, soy muy consciente de lo que me estás diciendo. De alguna manera ya lo he vivido.

Con veintiocho años recién cumplidos, con mi master terminado y mi flamante título de ingeniero en mi poder, me dispuse a buscar trabajo. Parece mentira la de puertas que un apellido puede abrirte, pero ser hijo de Arturo Medina de Osuna, era una tarjeta de presentación que, sin yo saberlo, llevaba siempre encima, pero solo fue hablar con las personas adecuadas y a los dos meses estaba sentado frente a un directivo de ACS, que conocía a mi padre y que me proporcionó mi primer empleo, sin necesidad de pasar por las tediosas entrevistas de trabajo.

Bien, no me podía quejar de mi vida. Tenía un buen trabajo, muy buen sueldo, casa propia y un nuevo coche, un Porsche Cayenne, mucho, mucho mejor que el anterior y sobre todo más llamativo. No hacía ostentación de lo que poseía o de mi cuenta bancaria, bastante saneada gracias a la aportación de mi madre, pero si poseía un estilo de vida que no ocultaba.

Fui cuidadoso con mis encuentros con chicas y mujeres. Confieso que no me faltaron candidatas, pero siempre había algo que chirriaba cuando hablaban conmigo y veían mi coche. Enseguida preguntaban por mi vida, a que me dedicaba, donde trabajaba, incluso alguna se atrevía a preguntar cuanto ganaba al mes para tener semejante vehículo. Yo era bastante ambiguo, pero eso casi me daba acceso a poder follar con ellas.

©Fernando, 2026.

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