Los días vividos 2
Elena lleva el corazón hecho añicos y la conciencia sucia por sus travesías nocturnas. Entre mensajes de amantes que la persiguen y el recuerdo de un novio al que abandonó, intenta encontrar coherencia en su caos. Pero cuando el tren llega, un desconocido de mirada intensa cambia el rumbo de su tarde.
2
El compañero de tren
Terminé de hablar con Lorena, que me calmó un poco. Tras colgar, intenté serenarme. Quedaba algo más de una hora para el tren de vuelta y se me hacía muy cuesta arriba estar allí ese tiempo sola y comiéndome la cabeza.
Mi móvil vibró en ese momento. No me había dado cuenta, pero en medio de la conversación con Lorena me habían entrado varios mensajes. De Roberto, de Nacho, de Javier, de Iván… Me entró una gran pereza leerlos en este momento. Incluso había dos de Inés, la chica a la que había conocido en una noche desfasada de sexo con Iván y su amigo Raúl. Dos tipos en una sola noche, compartiéndolos Inés y yo. Una noche llena de excesos, de desenfreno y vicio. Sexo a plenitud del éxtasis y de las cabalgadas de ambos con nosotras. Sexo pornográfico, brusco, zafio y hasta depravado. Me rayé completamente cuando vi su nombre y los recuerdos de esa noche me inundaron, provocando una zozobra mayor de la que ya tenía.
El último mensaje era de Nacho. No quise ni siquiera desbloquear la pantalla y resoplé sin saber muy bien qué hacer. Absurdamente, y a pesar de todo lo que me rondaba la cabeza, pasó por mi mente, durante un instante, quedarme en Madrid. Me planteé, y a pesar de que lo rechazaba por principios, llamarle y probar a arreglar las cosas. Hablar con él y hacerle ver que podíamos intentarlo. Pero eso significaba pasar una noche más con él y yo sabía que no podría resistirme en mi estado, a su vigor y a lo bien que follaba. Regresar a él y tener sexo de nuevo podía ser amenazante, porque era consciente de que entonces, su propuesta de seguir igual ganaría y yo me quedaría de nuevo, anclada en mí misma. En mi estado de eterna huida y poca coherencia. Y tampoco me apetecía sexo, la verdad. Ya había tenido suficiente. No, no tenía sentido quedarme en Madrid y por supuesto, no iba a llamar a Iván ni a Nacho, ni a Inés ni a nadie. Empecé a llorar otra vez en silencio. Un señor, de unos sesenta años, se me acercó con cara de preocupación.
—¿Te pasa algo?
—No, no… de verdad. Gracias —contesté secándome las lágrimas, sorbiéndome la pena y decidiendo que no podía hundirme así.
Me fastidió que me vieran débil, ofuscada conmigo misma. Tenía que ser coherente. Si había decidido darme una oportunidad a mí misma, eso es lo que tenía que hacer. Nada más. Aunque me costara. Respiré hondo, me rehíce y empecé a convertirme de nuevo en la Elena racional y con sentido común. No podía permitirme mostrarme débil conmigo misma. Mi orgullo y mi imagen debían quedar por encima de mis apetencias. No me iba a dar el gusto de derrotarme a mí misma. Fui directamente hacia la ventanilla del despacho de billetes.
—Buenas tardes. ¿Podría cambiarme el billete? —Le alargué el mío.
—¿Quiere un asiento en un nuevo tren? El siguiente… —me dijo, mientras miró durante unos segundos en su pantalla de ordenador y posteriormente tomando mi billete con la mano y voz cansina.
—El que salga antes —le corté con una sequedad que aquel trabajador no se merecía.
El hombre, de aspecto gris y anodino, asintió sin inmutarse. Debía estar acostumbrado a que la gente le hablara en todos los tonos posibles. Buscó en el ordenador y tras un su consulta me contestó.
—Solo quedan asientos libres en turista plus. El tren va muy lleno… Ya sabe, domingo.
—Sí, sí… ya me imagino —dije ya recompuesta, pero sin abandonar un ligero tono borde y despegado—. Pues hágame el cambio, por favor. —Me saqué del bolso el monedero con la tarjeta de crédito.
El hombre tecleó durante unos segundos en el ordenador. Noté en ese instante una nueva vibración en mi móvil, que lo tenía en la mano. Era un nuevo mensaje de Javier.
—Joder… —susurré para mi hastiada.
Dudé en apagarlo.
—Aquí tiene —me tendió el billete el hombre de la ventanilla.
—Muchas gracias.
Casi cuarenta minutos aún para que saliera el tren. No tenía hambre y tampoco sabía cómo pasar aquel tiempo muerto hasta la salida.
Me empecé a agobiar pensando que, aunque evitara las llamadas de Javier en el viaje, alguna vez tendría que contestarle. Tenía algo de ropa en su casa y no me apetecía olvidarme de ella. Me vino entonces a la mente, no sé por qué, Fernando y nuestra ruptura. La imagen cuando decidimos romper, volvió a mí; en el momento que terminamos de hablar y saber que lo dejaríamos, supe que hacía un tiempo que ya estaba muy alejada de él. Era extraño lo que sentía por Fernando. Lo quería, en efecto, pero ya no como a una persona para un futuro en común. El cariño que le tenía se parecía más al de un hermano mayor o un buen amigo con el que compartes piso y confidencias. Lo cierto era que me había cansado de él y de su manera de ver la vida, cuando un par de años atrás, era lo que realmente quería para mí. Empezar a salir con mis amigas y comenzar a disfrutar de algo más que de una película en casa, me trasformó.
No sabía de mis infidelidades claro, y tampoco se las imaginaba en esos momentos. Llegué a pensar que era un poco masoquista y que en el fondo le apetecía un toque de martirio controlado cuando yo salía de fiesta y llegaba a altas horas de la madrugada. Pero no, ni siquiera se trataba de eso. Fernando eligió la simple apatía y muy poca decisión o amor propio. Asumía en esos momentos su posición de segundón, con tal de no perderme. Yo podía entender ciertas actitudes para disfrutar, como el sentirse atraído por una relación de infidelidad consentida o una pareja abierta, aunque no era ni será mi estilo, la verdad. Pero no se trataba de eso con Fernando. Simplemente, él era así. Llegué a la conclusión de que aquella indolencia y desgana eran inciertas e impuestas; en realidad yo era quien le había sumergido en una especie de obligación a asumir mis decisiones y estupideces. Él no lo deseaba, ni tampoco se imaginaba los cuernos que le cayeron en noches que terminaron con más lujuria y desenfreno del necesario en una mujer ennoviada, como yo era en ese momento.
Me senté en una esquina de una cafetería y cerré los ojos. Continué pensando en Fernando y cómo se terminó todo. Un día, más concretamente una mañana que ni aparecí por casa, aduciendo que me había quedado a dormir con Lorena, me explayé en exceso con él. Era cierto que había dormido en casa de Lorena, pero acompañada de un chico que conocí esa noche. Se llamaba Roberto. No le dije nada, claro, pero aproveché esa desgana que mostraba, para azuzarlo y que mi culpabilidad se evaporase.
—Todo te da igual… Yo creo que no te importa si vengo o no. Ni dónde he estado… Te es indiferente.
—Yo solo quiero que seamos felices en un futuro, Elena. Y si necesitas espacio, yo te lo doy. Cuando nos casemos, será otra cosa y empezaremos a retomar nuestra vida de verdad.
Aquello me pareció patético y de escasa hombría. Su novia acababa de llegar al mediodía de toda una noche de fiesta y yo, cínicamente, le acusaba de que ni le molestaba. Ahora me doy cuenta de que con quien yo estaba fastidiada no era con él, sino conmigo misma. Mi inmadurez, que pensaba que con tener libertad y salir sin mi novio por ahí, incluso echando alguna cana al aire, iba a conseguir ser más feliz, cuando en realidad estaba huyendo de él y de lo que teníamos los dos. Verdaderamente estaba dolida por mis infidelidades y mi cobardía por no decirle que ya no quería seguir con él. Porque ahora veo que de eso se trababa.
Aquella mañana fui cínica y despectiva con Fernando, habiendo regresado de casa de Lorena después de follar no sé cuántas horas. Y después, tras dormir toda la tarde, yendo a cenar en taxi él y yo a solas, me escribía con otro chico. Y durante la cena, no dejé de mensajearme con él. Se trataba de Iván, un chico al que conocí un mes atrás en un bar y con quien un dos o tres semanas más tarde, también me acostaría. Hoy lo pienso y es una canallada lo que hacía...
—No quiero saber si has estado con alguien o no —me dijo en un momento cuando bajamos del taxi ya regresando a casa—. Solo quiero que nos casemos y todo vuelva a la normalidad…
—Joder, tío… no te entiendo. Puedo haber estado ayer follando con cualquiera y ni te inmutas —le solté con una medio risita y una buena dosis de mezquindad.
—Me preocupa y lo he pensado, claro —me dijo con tranquilidad—. Pero prefiero concentrarme en el futuro. En que un día seremos marido y mujer —intentó sonreír, con una expresión que en ese momento me pareció pánfila y bobalicona.
—Lo mismo te excita si me voy con alguien… no sé. Ahora está de moda, ¿no? Si te digo que tienes una polla de mierda y que no me llenas, ¿te gusta oírlo? ¿Disfrutas?
—No, Elena. No me gusta —asumió con la cabeza baja.
—¿Estás seguro? Ahora mismo me pareces un tío patético… Alguien sin personalidad, la verdad. ¿Te pondría cachondo si buscara sexo con otros?
—No te pases, Elena. No pagues conmigo lo que sea que te suceda.
—Me pasa que me gustaría que reaccionaras, que hicieras más por… no sé… porque yo me sintiera más atraída, más estimulada… —Levante ligeramente la voz. Me sentía mal conmigo misma, ofuscada, cabreada y buscaba resarcirme, pero no de él, sino de mñi misma y de mi comportamiento tan cínico, egoísta y canalla.
—¿Estimulada? ¿Quieres decir que no te excito?
—Joder, Fernando. Me entiendes perfectamente —contesté mohína y algo enojada.
La conversación terminó conmigo enfadada con él, sin tener ninguna razón. Me sentía mal, pero no recordaba lástima por Fernando en esos momento, en donde le veía asumiendo totalmente que su novia se fuera de fiesta sin él y regresara al mediodía.
Algún día más tarde, y tras una salida con Inés —Lorena ya no me acompañaba—, llegué también a altas horas de la madrugada, aunque esta vez sin haber estado con nadie. Quizá fue la bebida o que me di cuenta de que había encontrado un disparador de mi sexualidad en ciertas humillaciones hacia él. De hecho, casi le obligué a follar conmigo, porque estaba despierto esperándome. No recuerdo bien qué le dije, porque iba bebida, pero algo así como que «vengo caliente, que hoy no me he acostado con nadie». Y aunque yo lo achacaba a que eso le excitaba, en realidad, no era así. Simplemente intentaba fastidiarle. En esos momentos no era consciente, pero ahora lo advertía claramente. Y sin duda, es una imagen extremadamente poco decorosa de mí.
Era cierto que de alguna manera intentaba alejarlo de mi presencia. En esos momentos de desahogo sexual con otros, no lo sentía ni como novio, ni como un ser cercano. Me era necesario porque me completaba esa parcela de novia que no quería abandonar, pero lo mantenía, de alguna forma, ajeno a una buena parte de mi vida. Bien pensado, me comporté realmente mal con él...
Aguanté una nueva lágrima que hice porque no saliera. Hacía un par de años y medio, yo no estaba en esta situación. Ni se me pasaba por la cabeza hacerlo con alguien distinto a Fernando. Era cierto que nuestro sexo era, podemos decir que imperfecto, rutinario, incompleto o insuficiente. No sabría bien cómo definirlo. Sobre todo, me percaté de ello después de haber probado a otros chicos más ardientes y expertos que Fernando.
Pero me engañaba diciéndome que lo mío con los otros hombres era solo sexo, que una vez casada se me pasaría y que con Fernando había más cosas. El amor, el cariño, nuestra complicidad. En ese aspecto estábamos bien. O no echábamos nada de menos. Pero fui avanzando cada vez un paso más en mi transformación y deseo por vivir experiencias que yo pensaba que me estaba perdiendo: salir, conocer gente, la noche, sexo desinhibido…
Pero luego estaba el día siguiente, a solas, sin que pudiera recurrir a Fernando. Sintiéndome sucia, entregada a hombres que en condiciones normales no habría sentido por ellos la más mínima atracción. Quizá Nacho, pero era demasiado cretino, creído y sobrado de sí mismo. Desde hacía un mes, había vuelto a empezar a llamarme y a hacerse el encontradizo en el despacho. Pero seguía sin fiarme de él aunque de vez en cuando me dejaba caer que yo era especial. ¿Si yo le importaba, por qué no me lo decía a la cara? ¿Se sentiría verdaderamente atraído hacia mí, o era únicamente la necesidad de poseerme y poco más? ¿Podríamos tener una relación que no fuera meramente sexual? ¿Por qué me buscaba ahora, después de un tiempo pasando de mí?
Había pedido un café. Estaba dándole vueltas con la cucharilla, despacio, absorta en esa rueda de pensamientos. Hubo alguna noche más desatada, como la que pasé con Iván, su amigo Raúl y la tal Inés, con la que absurda e inexplicablemente había llegado a quedar un par de veces para salir de fiesta. La noche del despropósito con aquellos tres, también aparecí muy tarde a la mañana siguiente ante Fernando, serena y tranquila. Ni siquiera me esforcé en decirle nada y él calló de nuevo, asumiendo que era mi nueva vida. Desayunamos y nos fuimos de compras, yo haciendo como si nada hubiera pasado. Pero antes de salir, en la ducha, a solas conmigo misma, no pude reprimir algunas lágrimas de rabia por haber follado con esos imbéciles. Disimulé todo lo que pude y Fernando, calló. Aquel día, volviendo de hacer las compras, me di cuenta de que ya no quería estar con él.
Luego vinieron Carlos, Ángel, regresé nuevamente a la cama de Nacho, y ya toda mi vida se convirtió en un completo disparate. Fernando nunca supo que me había acostado con ellos, pero ya dio igual. Una de las noches en las que terminé con mi compañero de despacho, fue lo que terminó por cansarle de mí. Al día siguiente, Fernando se fue de casa y una semana más tarde, yo misma le decía que nos teníamos que dar un tiempo. Le confesé que me había acostado con un par de chicos y que eso me había hecho reflexionar. Fui muy cobarde, la verdad. Le pedí perdón, eso sí, pero hice lo posible por aparentar entereza o frialdad. Desapego a todo lo sucedido. Aunque en cierta medida, era verdad. Una parte de mí, la más orgullosa, la que construía el muro en el que yo me refugiaba, me obligaba a tomar esa postura. Y sé que a Fernando le impactó mi entereza, la falta de colisión con mi conciencia. Pero también me sentía sucia, confundida y me veía como si fuera de otra dimensión. Había una Elena diferente, excitada al máximo y sin control. Me dolía saberme así.
Hoy sé que llevaba tiempo con aquello en mi subconsciente. Lo que había sido una conexión binaria, de dos direcciones, ahora solo era de una. Yo deseaba seguir con una vida sin compromiso, disfrutando de la juventud, me decía a mí misma engañándome. Pero, al final, siempre llegaba un momento en que yo traspasaba los límites que en condiciones normales jamás habría hecho. ¿Me empujaba mi desapego por Fernando o era yo quien ya buscaba aquel sexo y me servía de él como cínica coartada?
Saturada de mí misma y mis reflexiones, me puse a leer los mensajes recibidos. Diez en total. Tres eran de Javier. En el primero me pedía perdón. En el segundo, más largo y sentido, se explayaba en explicarme que había sido un error la conversación de la comida y que se disculpaba por las palabras que había dicho. Pero, sin embargo, no se retractaba. Solo sentía, o al menos así lo entendía yo, la manera con que había despachado mi pregunta sobre lo nuestro. El tercero, de menos de diez minutos atrás, me preguntaba en dónde estaba y si me apetecía hablar tranquilamente con él, sin malos rollos ni preguntas demasiado trascendentes. «Cretino…», me dije. Sin embargo, también le debía algo a Javier. Gracias a él, y a esa especie de relación fluida y sin trabas, me había ayudado a desconectar de Nacho. A veces, yo misma sospechaba que sentía por mi compañero de despacho una especie de atracción fatal, de adicción a ese sexo duro, agresivo, excitante, pero también tan brutalmente bueno que me daba. Era como una droga de excitación y ardor. Se podía decir que gracias a Javier me desenganché, al menos en cierta medida, de Nacho. Quizás ahora, ese renovado interés que mi compañero empezaba a mostrarme, era un intento por volver a conquistarme. Y debía admitir, de nuevo estúpidamente, que no me desagradaba.
Nacho me había llamado dos veces y eso me sorprendió. Pero al tenerlo en silencio, había sido imposible escucharlo. También tenía otros tres mensajes de texto suyos. En uno me decía que quería hablar conmigo a mi vuelta. Especificaba, «tranquilos y solos, de ti y de mí». En el segundo me preguntaba si me podía llamar. Luego, sin esperar mi respuesta, me había telefoneado. Esas dos veces. Muy típico de él. El tercer mensaje era un escueto y tajante «Llámame», minutos después de no haberle atendido a sus llamadas.
Otros dos eran de Iván, del que no sabía desde hacía casi un mes, por lo menos, cuando lo vi en una fiesta. Hacía tiempo que no teníamos contacto y por eso me sorprendió su mensaje. En uno me decía un escueto, «que tal, preciosa». En el segundo, ya más lanzado, me decía que esperaba verme de nuevo. Añadía, un «tú ya me entiendes», y un emoticono con un guiño. Otro más de Roberto, invitándome a su cumpleaños la semana siguiente. El que quedaba era de Inés. Con su eterno tema de fiestas y desenfreno.
No contesté a ninguno. Guardé el móvil en el bolso y miré el reloj. Quedaban unos quince minutos aún para que nos dejaran entrar en los coches del tren. Se acercó el camarero para interesarse por si quería algo más. Dudé si me pedía un segundo café, pero enseguida lo deseché. Si podía dormirme un poco en el viaje, mejor.
Miré por la ventana de la cafetería. La gente iba y venía, con aparente tranquilidad y entonces me imaginé, justamente eso, una vida tranquila. La que ahora disfrutaba mi amiga Lorena.
Y sin querer, regresé a Nacho, mi compañero de trabajo. Nadie, salvo Lorena, conocía nuestros devaneos. Si quería buscar algo bueno en mi vida, también tenía que cortar aquel hilo de seducción y dominio que mantenía conmigo y que ahora él quería a renovar. Necesitaba calmar ese cosquilleo que sentía cuando él me miraba y me prestaba una atención, que admito, me halagaba.
Miré de nuevo por el cristal de la cafetería. Todo seguía igual. Llamé al camarero, pagué mi café y me dispuse a salir. Me acerqué a una tienda de periódicos y revistas, y compré un par de ellas para distraerme. Entre eso, y si acaso el móvil, haría lo posible porque las dos horas y poco del viaje, se me pasaran con rapidez.
Me fui acercando a mi vagón y pregunté a una azafata si ya podía subir. Me dijo que sí. Pues era lo mejor, pensé. Un compañero suyo me ayudó a subir la maleta, aunque, sinceramente no lo necesitaba. Ni era grande, ni pesaba demasiado. El empleado era joven, me sonrió y no pude evitar sentirme observada. No me disgustaba, pero hoy no estaba para esas cosas.
Fui buscando mi sitio. Llegué a él y vi a un chico de mi edad más o menos, sentado en frente del que era mi lugar asignado. Era uno de esos espacios que forman cuatro asientos enfrentados, con una mesa en medio. Estaba mirando unos papeles y abría en ese momento su portátil. Un móvil de la misma marca que el mío, y quizá similar modelo, descansaba en la mesa. Me correspondía justo enfrente de él. No levantó la cabeza ni me miró hasta que intenté subir mi maleta a la repisa superior.
—Espera que te ayudo —me dijo, levantándose en ese momento.
Era atractivo. De pelo castaño, descuidadamente revuelto, falsamente despeinado, aunque se notaba que visitaba a menudo la peluquería, porque tenía bien recortado las patillas, el cuello, la barba de tres días… Era alto, delgado, y se le notaba ancho de espaldas. Cejas algo pobladas y unos ojos entre verdosos y ocres, muy expresivos.
—Gracias —le dije dejando que sostuviera mi maleta en el aire para colocarla.
Me quedé de pie, esperando algún tipo de comentario para entablar conversación. Una de esas formas patosas y manidas de intentar ligar. Pero para mi sorpresa, esbozó una media sonrisa, me rodeó y regresó a sus papeles y al ordenador ya encendido.
«Al menos, no es un plasta», pensé para mí. Tenía dos horas y algo para poder pensar en lo que haría al llegar. Me senté, crucé las piernas y miré por la ventana. Aún quedaba un poco de tiempo para salir, pero los pasajeros empezaban a entrar en los diferentes coches del tren.
El chico que estaba enfrente de mí continuaba leyendo varios papeles. Parecía concentrado y de vez en cuando miraba en su ordenador, como si consultara algo. Agradecí que me hubiera tocado un vecino de asiento sin ganas de charlas.
Me puse a divagar distraída mirando por el cristal de la ventanilla. ¿Qué era lo que me sucedía? ¿Estaba tan necesitada de alguien normal? ¿Lo encontraría?
__________________________________________________
Fragmento de "Los días vividos", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
Continúa en
- Relato #232428— title-regex: contiguous parts (1 -> 2)
Relatos similares
- Hetero: General
Mi ex se entrega
Después de cuatro años sin contacto, Miranda aparece en la puerta del hotel de Salvador con un secreto que quema: su matrimonio carece de intimidad…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalRelacion clandestina
- Hetero: Infidelidad
Vivo de las mujeres decentes (Capítulo 21)
Le dio permiso para que lo hiciera, creyendo que así evitaría el conflicto. Pero cuando la noche termina y las confesiones salen a la luz, la…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDespertar y descubrimiento
- Hetero: Infidelidad
Mecánicas celestes (5). La paradoja del infinito
Cada vez que mira sus cuadros, ve el rastro de otro hombre. Y cada vez que la mira a ella, ve cómo se desvanece su mundo.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
No encuentro la prueba (Capítulo 14)
Mara sabe que Fran aún la desea. Por eso lo espera en el umbral, vestida para provocar y armada con una noticia que debería destruirlo: un italiano…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDespertar y descubrimiento
- Hetero: Infidelidad
No encuentro la prueba (Capítulo 15)
Fran cree tener el control de la situación, esperando que Mara regrese cuando venza su plazo.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
Lunes.
Marc nunca pagó por sexo, pero esa noche sintió la necesidad de hacerlo. Sara no buscaba amor, solo alivio, y su cuerpo gritaba lo que su boca…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaDespertar y descubrimiento