Xtories

Los días vividos 1

Elena tiene todo lo que una mujer moderna debería envidiar: carrera, belleza y libertad. Pero cada mañana, al despertar sola tras una noche de pasión sin nombre, el vacío es más ruidoso que el placer. Esta es la historia de cómo el exceso se convirtió en su prisión y el momento en que decidió romper las cadenas.

lolabarnon12K vistas9.2· 33 votos

1

Una copia barata

Llegué a la estación de Atocha con una sensación amarga en el estómago. El viaje de vuelta lo preveía largo, aburrido y comiéndome la cabeza. Estaba harta. Principalmente, de mí misma. También de Javier, del gilipollas de Javier, suspiré entre dientes… Había ido a verlo ese fin de semana. A ver si esa relación que manteníamos desde hacía cuatro meses y medio, y que se balanceaba en la cuerda floja entre la amistad con beneficios y algo más, llegaba a algo concreto.

La relación con Javier siempre había sido un refugio temporal. No nos exigíamos mucho el uno al otro, y en un principio aquello me había venido bien para olvidar. O mejor debería decir, desengancharme de Nacho, el eterno Nacho. Mi compañero de despacho. Guapo, con personalidad oscura y extraña, pero sugestiva. Excesiva y peligrosamente atrayente. Era como un señal de peligro que sabes que suena en tu cabeza como una bocina de barco, pero no puedes evitar ir a su encuentro. Alguien que yo intuía como tóxico, pero del que me había costado desprenderme, tras habernos ido juntos a la cama en ocasiones. En realidad, bastantes veces. Y lo que era peor, habiendo sido infiel a Fernando, mi novio en esos días.

Era cierto que tras sumergirme en las noches de fiesta y sexo, y tras romper con Fernando, yo no buscaba complicaciones. O al menos, eso me decía para justificar las noches excesivas y completamente disolutas. Ni con Javier, ni con Nacho, ni con nadie. Pero todo llegaba a su fin. Llevaba un tiempo con la idea de superar esta fase de desinhibición tan desaforada. Mis recuerdos me avergonzaban ahora. Noches con extraños, sexo sin tapujos, de brusco placer y nulo sentimiento.

Tenía el pensamiento de que el problema era yo, que no me desembarazaba de esa Elena transgresora, lujuriosa y desinhibida. A ello había que sumar el poco sentido que le daba a la vida cuando alguien como yo, abogada y con la cabeza bien amueblada, se supone que debería hacerlo. Y ahora, después de comprobar que lo de Javier era una copia barata de mis últimas relaciones, un hastío completo y compacto comenzaba a instalarse en mi mente y en mi corazón.

Lo de hoy había sido la gota que colmaba mi vaso. Un fin de semana como otros muchos; cena, unas copas y buen sexo. Pero yo ya quería algo más. Durante la visita a Madrid, había intentado encontrar algún atisbo de conexión real, entre Javier y yo; algo que me diera una razón para seguir con esa dinámica. O que al menos, la apuesta por él se me antojara como posible. A fin de cuentas, era un tipo atractivo, de buena posición, simpático, educado, con ambición en la vida, me trataba bien, yo notaba que le gustaba… Pensaba que todo eso podía ser suficiente o que terminara encajando. Pero no, lo que encontré fue una estación más de mi viaje eterno hacia ninguna parte.

Tampoco podía evitar que me viniera a la cabeza que la vida me guardaba un karma merecido y me estaba pagando, en una especie de justicia macabra, con la misma moneda que yo había hecho con Fernando, mi ex. Con él tuve una relación estable, de unos dos años y algunos meses. Era mi segundo novio serio. El primero fue durante buena parte de la carrera y los dos primeros años de trabajo, pero un destino en una ciudad lejana del norte nos terminó de separar. Eso, y el hastío. También le fui infiel a él, aunque en esa ocasión, todo estaba ya roto y desvencijado, y él ya lejos en aquella capital de provincia norteña. La noche de sexo furtivo con un chico que se llamaba Miguel, fue el detonante de la ruptura definitiva, que yo misma formulé. Al menos, fui sincera. No como con Fernando.

Con Fernando empecé fuerte, sabiendo y siendo consciente de que él buscaba estabilidad y tranquilidad. Y yo, debo confesar, que también. Me propuse enfocar mi vida al futuro y a un equilibrio sostenido y de pareja. Era un buen tipo, un chico amable, bastante mono, sencillo, serio, trabajador y que por todo ello, me pareció una muy buena opción de futuro. Me sentía a gusto con él, compenetrada y atraída. ¿Enamorada? Cuando pienso en esa pregunta no sabría contestarla. Al menos en este momento y con todos los días vividos, no estaría segura por todo lo que hice. Al principio, sí, sin duda. Pero pasado un tiempo, el primer año y medio en concreto, me aburrí de esa vida, de él y de nosotros. No es justo que diga que me aburrí de él; más exacto sería matizar que en ocasiones, me aburría de él y que necesitaba explayarme. Empecé a salir con amigas, a tomar alguna copa. Sin mucha pretensión, pero a distraerme y a no sucumbir a una vida que —ahora sí lo veo—, se había vuelto demasiado repetitiva y previsible. Fernando, todo hay que decirlo, nunca había sido un dechado de extroversión, pero eso no justificaba en absoluto lo que hice.

Un día surgió Nacho. Con un cuerpo bien trabajado, una cara atractiva y una personalidad indefinible. Y, todo hay que decirlo, una dotación en la entrepierna memorable, como nunca yo había visto. Durante un caso que tuvimos que trabajar muchas horas juntos, incluso hasta tarde, nos terminamos acostando. Aquello abrió la espita de la Elena desaforada, impúdica e infiel. Fue la primera vez de muchas, que, por supuesto, Fernando no supo. Hoy, pasado el tiempo, me veo como un cobarde y una cínica; una persona que no me gusta cuando la recuerdo. Con él, con Fernando, a diferencia de con Miguel, fui completamente infiel y no una sola vez ni con una única persona… Pero me mantuve en la mentira y extendí mi cobardía a la relación diaria con Fernando. Con él me mostraba como la novia normal y tranquila que él pensaba que era. Por las noches, cuando salía, me convertía en un mujer que ansiaba con Nacho esas experiencias y desenlaces prohibidos. Y finalmente, como era de esperar, no solamente con mi compañero de despacho…

La cosa es que me empezó a atraer esa doble vida de novia relajada en casa y de chica atrevida, desinhibida y fácil. Casi siempre con él, con Nacho, con su buen sexo, su manera de seducir, extraña y compleja, pero atractiva y golosa. Y de esta forma, hasta mi ruptura con Fernando, mi compañero de despacho se convirtió en un amante que dejó de ser ocasional, para convertirse en asiduo. O permanente.

Cuando finalmente lo dejamos Fernando y yo, sinceramente, no me importó como se supone que debería haberlo hecho. Yo ya estaba sumida en una vida de salidas nocturnas, caos emocional y sinvergonzonería con mi apuesto compañero de trabajo y alguno más, aunque mucho más esporádico. Así que, decidí continuar con ese forma de vivir. Lorena [1], abogada y amiga del despacho, durante un tiempo me acompañó en mis andanzas libertinas, pero se ha quedado prendada de un apuesto profesor de gimnasia y desde hace algunos fines de semana se va con él, a arreglar una casita que tiene en la playa. Se me ha enamorado perdidamente y no ha dejado de insistirme en que la vida que llevo, no vale nada, ni tampoco es real. Ella sucumbió temporalmente a mis cantos de sirena de noches locas y divertidas, pero supo y quiso salir.

Durante este tiempo, he pasado por varias sábanas y no pocas veces me he despertado en una cama ajena o con alguien que se acercaba a la calificación de extraño. El sexo se convirtió —y de alguna manera sigue siendo así— en algo tempestivo y casi necesario. Un sexo de urgencia y desbocado, de completa conveniencia y acomodo a mi huida de compromisos y trabas emocionales. Y con idas y venidas con Nacho, sin terminar de afianzar nada ni de comprender qué era lo que verdaderamente nos atraía. Quizás es que en realidad lo nuestro estaba vacío y era solo el sexo nuestro común denominador. O muy poco más que el sexo, debería decir.

Había habido otros chicos, durante mi noviazgo con Fernando y después. Alternados con Nacho. Al principio, pocos: dos o tres. Posteriormente a la ruptura con mi exnovio, la cuenta aumentó significativamente. Nacho empezaba a ser un problema por su comportamiento duro, déspota y sexualmente agresivo o perversamente inmoderado. Y quizá por ello, o al menos eso em dije como excusa con poco fundamente, busqué cambiarlo y sustituirlo por otros hombres.

Pero ya estaba harta, la verdad. Cansada de lo mismo, de no terminar de ver mi vida encauzada y, sobre todo, desperdiciada con gente a la que no veía ningún tipo de futuro. Javier empezó siendo una noche de sexo en cierta visita a Madrid. En esos días buscaba —otra vez— huir de Nacho, de ese veneno que me llevaba continuamente a su cama y a no terminar ni siquiera desayunando juntos. Y, quizá más movida por superar esa vida de inestabilidad, que por vislumbrar una realidad estable con él, pensé que Javier podía ser ese alguien por el que apostar. Pero no. Hoy me había dado cuenta de que apenas nos habíamos movido de la casilla de salida.

Caminé por la estación esquivando a la multitud, con el cuerpo tenso por la molestia, el desencanto y el cansancio. Notaba un caos interno en mí y no podía evitar que las preguntas surgieran solas, rebotando unas con otras en mi cabeza. «¿Qué estoy haciendo?», pensaba una y otra vez. «¿Cuántas veces más tendría que pasar por esto para espabilar de una puta vez?» «¿Cuántas relaciones a medias, cuántas noches en las que me despierto con alguien que no termina de hacerme sentir completa?» Y aquellas preguntas no eran ni mucho menos curativas ni sanadoras. Solo provocaban que mi cabreo conmigo misma fuera en ascenso.

Cerré los ojos y permanecí de pie un instante, con mi interior a oscuras, recordando y pensando. Ese mismo domingo habíamos comido juntos en un restaurante coqueto y elegante al que solíamos ir a menudo. Estuvimos charlando sobre nuestras vidas y los trabajos durante un buen rato. Todo parecía ir bien hasta que, después de un par de copas de vino, yo misma había derivado hacia una conversación más profunda. Ahí fue cuando todo se desmoronó. Tonta de mí, le había insinuado de manera suave y hasta simpática, que quizá ya era hora de dar un paso más en nuestra relación, de ver si aquello podía ir más allá de la comodidad ocasional. Pero Javier me sorprendió. Al principio no dijo nada, absolutamente nada. Cuando vio que mis ojos seguían fijos en los suyos, esperando algún tipo de respuesta, no tuvo más remedio.

—No estoy buscando algo serio ahora mismo —me dijo, esquivando mi mirada y en tono monocorde y casi aséptico.

Me hice la sorprendida y hasta intenté decirle que no se trataba de algo inmediato, pero fue incluso peor.

—Yo ahora… —se aclaró la garganta y bebió un par de sorbos de vino. Me miró fugazmente y volvió a resbalar sus pupilas hasta algún lugar del techo o por encima de mi cabeza—. No sé cómo decirlo… pero es que no tengo nada claro que quiera comprometerme. Entiéndeme… eres fantástica, una mujer sensacional… Pero… Yo creo, Elena, que estamos bien así.

Y se encogió de hombros, cogió su cuchillo y tenedor y continuó comiendo el rodaballo a la brasa que compartíamos. Su silencio posterior me hizo ver que no solo no quería continuar con una conversación que le molestaba, sino que yo misma empezaba a sobrar en el restaurante. No solo lo vi incómodo, sino hasta desdeñoso en ciertas contestaciones posteriores. Era obvio que ni quería seguir con el tema ni le interesaba lo que yo pudiera plantearle.

Ahora mismo, allí de pie, con los ojos cerrados en medio de la estación de Atocha, aquellas palabras seguían repicando en mi cabeza. La verdad, no era la primera vez que me lo decían. Nacho mismo, sin ir más lejos, solo que este en la cama, desnudo, con la media sonrisa chulesca que colocaba en su guapo rostro cada vez que se salía por la tangente en una conversación.

¿Iba a escuchar más veces lo mismo? ¿Cuántos hombres más me iban a decir que no estaban listos, que preferían no comprometerse? Y sobre todo, ¿cuándo iba yo a tomar la decisión de cortar este tipo de vida que últimamente solo me llevaba a desazones y dudas?

Estaba harta y sentía que de alguna manera me merecía no ser capaz de estar con alguien de una forma medianamente seria y con visos de futuro. Como he dicho, hasta poco tiempo atrás, no solo había engañado al que era por entonces ni novio, sino que tras la ruptura, me había conformado con empalmar relaciones sin sentido ni importancia. Y con el paso inexorable del desengaño y la desesperanza, ya empezaba a sentir de forma notoria que había perdido el tiempo, que no merecía la pena las noches de risas, de sexo y de despreocupación a la mañana siguiente.

Comencé a andar de nuevo. Como abogada, tenía un buen puesto, mis jefes confiaban en mí y había logrado una posición madura y competente. Había ganado algún caso difícil y demostrado mi valía. Pero en mi vida personal, mis circunstancias no estaban ni tan claras ni tan sólidas. Llevaba más de un año y medio yendo de relación en relación, buscando siempre la diversión sin demasiadas ataduras. Conocer gente, vivir el momento y dejarme llevar. Y asumo, porque no me puedo engañar, que había sido divertido y hasta excitante. Pero notaba el final y que ya no me llenaba aquello en absoluto.

Volví a detenerme sin dejar de pensar. No quería llorar, porque no me gusta sentirme débil, pero la verdad era que me notaba perdida. Quizá porque, en el fondo, sabía que el problema no era Javier, ni Nacho, ni el resto de los hombres que habían pasado por mi vida. El problema era yo y la forma en que había permitido que esas relaciones sin futuro se convirtieran en la norma de vida.

Haciendo rodar la maleta, decidí cambiar la hora del tren, porque cabreada por las contestaciones de Javier, había optado por venirme mucho antes a la estación y terminar el fin de semana con él. Miré el panel y vi que uno salía a mi ciudad en una hora. Con Javier, ni me había quedado a tomar el postre y le había rogado que me acercara a la estación. Durante el camino fue un verdadero torpe, dándome alguna explicación absurda sobre que necesitaba asentarse, tener una visión más clara de su futuro en el trabajo y no sé qué estupideces más, porque apenas lo escuché.

—Tú lo que quieres es seguir follando conmigo sin ataduras… —le solté con rabia contenida.

—Estás nerviosa, Elena. Mañana lo hablamos y seguro que lo ves de otra forma. —Durante dos o tres segundos no había dicho nada, después de la torpísima primera contestación y que terminó con un «estamos bien así», pero luego me soltó aquella soberana estupidez, el imbécil.

«Estoy harta», y principalmente de mí, «harta de no ser capaz de ser mi propia prioridad», pensé nuevamente con furia interna y creciente.

Recordé de nuevo a Fernando, mi exnovio. Cuando le dije que tenía miedo a hundirnos en una relación apática y aburrida. Me escuchó con pachorra, como casi siempre y aquello hizo que le planteara, de una forma que hoy veo cínica y egoísta, que me gustaría salir más con mis amigas, distraerme con cosas banales y corrientes; divertirme, en definitiva. Y que aquello, no iba, ni mucho menos, a romper nuestro compromiso, sino a afianzarlo. Porque así estaríamos completamente seguros el uno del otro. Así se lo expuse, con cara dócil y benigna. Bien es cierto que no me imaginaba que todo aquello derivaría en una vida de mentiras, infidelidades y hasta excesos…

Ahora, cuando ya ha transcurrido bastante tiempo de todo aquello, sé que en realidad, lo que me sucedía era que yo ya no veía a Fernando como esa persona con quien vivir y pasar mis días. Posiblemente, todo estaba próximo a agotarse, pero no lo vi y cuando los días pasaban y yo me sumergía en mi vida libertina, no fui capaz de ser justa y sincera con él. No me quise dar cuenta en ese momento, pero con la perspectiva del tiempo pasado, lo tengo claro. Y así, a lo tonto, se inició la espiral en la que ahora me encontraba.

Fernando no fue capaz de negarse cuando salir con mis amigas se convirtió en algo cotidiano y completamente ajeno a él. No se atrevió a poner el límite en ese momento y plantearme la disyuntiva de que si yo elegía una vida con una parte de mí —cada vez mayor— fuera de la de él, no deberíamos seguir. Eligió asumir su rol secundario, su papel de comparsa mientras yo salía de noche con amigas, a dejarme querer por ese ambiente de nocturnidad divertido, excesivo, libertino y sin ataduras. Y, claro, sucedió lo de Nacho. Un día, después del trabajo, nos quedamos a tomar algo, luego una copa, dos… y terminamos en su cama, follando. Descubrí un sexo duro, complejo. Rayano en la brusquedad, pero excitante. Sobre todo al principio. Era algo nuevo, que me hacía sentirme muy viva. Sucedió más veces y en otras dos ocasiones con otros chicos —Tomás, Roberto o Fabián— en los intervalos que Nacho y yo nos rehuíamos presos de una relación sin otra cosa en común que tener ese sexo duro, agresivo y de impacto. Por supuesto, no le dije absolutamente nada a Fernando, ni lo de Nacho, ni del resto. Ser infiel, lejos de asustarme, me enardeció e hizo que naciera el impulso de intentar tener todo. La vida tranquila de novia en la normalidad de los días y la diversión festiva y en ocasiones sexual, de tanto en tanto. Y provocó también que, aunque no en el momento, sino poco a poco, empecé a ver a Fernando como un hombre sin personalidad, alejado de lo que ahora encontraba fascinante y retador: la noche, los chicos, el sexo imprevisto y sus tentaciones.

—¿Qué estoy buscando realmente? —me pregunté a mí misma en un susurro, allí detenida en medio de la estación de Atocha.

Sabía la respuesta. Estaba pidiendo a alguien que me quisiera, que me entendiera, que deseara estar conmigo de verdad, no a medias, y no por comodidad. No por el sexo, ni por haberse ligado a una chica como yo, guapa, trabajadora y con estilo. Añoraba de nuevo esa chispa, esa conexión profunda que hacía que todo valiera la pena. Añoraba lo que ahora tenía Lorena. Pero tenía claro que, primero, yo debía que cambiar y, segundo, creer que algo así pudiera suceder.

Me sentía muy cansada desde que Javier me dejara en la estación. Y no porque ayer termináramos de follar a las tres de la mañana, sino porque emocionalmente me notaba vacía y frustrada. Era completamente consciente de que el problema no estaba en ellos, sino en mi forma de aceptar relaciones esporádicas, sin sentido, bizarras o tempestuosas. Había permitido que mi cobardía y una inmadurez absurda, me empujaran a conformarme con un par de polvos, unas risas, algunas cenas divertidas y poco más.

—Tengo que parar —me dije—. Y tiene que ser, ya.

Pero, ¿cómo se detenía algo así? ¿Cómo dejaba de buscar, de saltar de relación en relación, de aferrarme a alguien con la excusa de que esta vez podía ser la buena? Sabía que no sería fácil, pero también que no podía seguir así. Me merecía algo mejor, algo real, algo que no me dejara vacía cuando yo regresaba a casa por la mañana o él se iba a la suya después de una noche de sexo sin complicaciones.

Miré el teléfono, que seguía vibrando con mensajes de Javier. No los leí, porque no tenía ganas de ver más excusas ni escucharle cómo intentaba revertir la situación para que yo no saliera de su vida. Para él era cómodo que cada dos o tres fines de semana me dejara caer por aquí o él en mi casa, para seguir con el juego imperfecto de novios ajenos, cenas, fiestas y el sexo de sonrisa fingidas.

Respiré y me prometí a mí misma que todo iba a ser diferente. Que hablaría con Lorena, la única que me había avisado de que esto terminaría por suceder. En ese momento la envidié. Pensé que lo que ella tenía con Andrés era algo que se tarda en buscar y que no iba a ser fácil que yo lo encontrara. Quizás, me dije, si no lo hacía volvería a las andadas, a ir de fiesta en fiesta, de chico en chico y a terminar sola. Aquel pensamiento me hizo estremecer.

Necesitaba de alguien y ella era la única que podía consolarme. Cogí el teléfono y la llamé. Cuando lo cogió, ni siquiera pude articular palabra y me eché a llorar. Ella ya intuía lo que me pasaba…

__________________________________________________

Fragmento de "Los días vividos", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.

[1] Protagonista de la serie “Futuro imperfecto”, “Presente continuo” y “Pasado imperfecto”