Gabriela - Torbellino de Pasiones
Gabriela creía que el ruido del taller era su peor enemigo, hasta que descubrió que el soldador solo quería una cosa: ella. Pero cuando la fantasía se cruza con la realidad, ¿quién será el verdadero dueño de la situación?
Gabriela observaba su reflejo en el espejo mientras pasaba su cepillo sobre su cabello dorado, perdiéndolo en una cascada de suaves y perfectas ondulaciones. Sus ojos azules reflejaban una mezcla de frustración y anhelo. Estaba en su habitación matrimonial, decorada con muebles simples y funcionales, como el espejo con marco de madera y las cortinas de algodón. La cama matrimonial con su cabecero de madera dominaba el espacio, complementada por los veladores que sostenían una lámpara cada uno.
César, su esposo, estaba sentado en una silla junto a la ventana, mirando su teléfono. La luz del atardecer iluminaba su rostro, revelando una expresión de concentración tranquila pero distante. Él llevaba una camisa de trabajo y jeans, una combinación que reflejaba su estilo sencillo y práctico, típico de alguien que trabaja como técnico en una minera. La dependencia emocional hacia su madre y su falta de entusiasmo por la vida nocturna y la intimidad eran evidentes en su comportamiento.
A pesar de todo, Gabriela, a sus veintiséis años, trabajando como secretaria administrativa, se esmeraba en mantener el hogar impecable. La cocina siempre relucía, la ropa estaba ordenada y planchada, y la casa olía a frescura y limpieza. Aunque no era una mujer empoderada en el sentido moderno, pero defendía con uñas y dientes lo que consideraba suyo. César era su familia y, a pesar de sus defectos, lo aceptaba tal como era. Ella suspiró, con la mente divagando hacia pensamientos que hicieran que su matrimonio fuera más intenso. No podía evitar idear nuevas maneras de salir de la monotonía que impregnaba su vida. Ya fuera planeando una salida al cine, una cena especial, o redecorando algún rincón de la casa, siempre buscaba formas de avivar la chispa que sentía que se estaba apagando.
César levantó la vista de su teléfono y miró a Gabriela, que estaba terminando de cepillarse el cabello.
—Gaby, esta noche viene mi mamá a cenar —dijo con voz tranquila, casi sin darle importancia.
El rostro de Gabriela se tensó por un instante. La señora Romina, la madre de César, era una presencia que siempre traía incomodidad a su hogar. A pesar de los numerosos intentos de Gabriela por llevarse bien con ella, la señora era testaruda y difícil de complacer. Gabriela siempre se esforzaba por hacer todo perfecto, pero nunca parecía ser suficiente para su exigente suegra.
—Ah, ¿sí? —respondió Gabriela, intentando sonar casual mientras ocultaba su frustración. No obstante, como buena mujer casadera que era, de inmediato, su mente empezó a planear la cena, pensando en qué podría preparar para intentar, una vez más, impresionar a su suegra.
César, ajeno a la tensión que sus palabras habían provocado en su esposa, volvió a concentrarse en su teléfono. Gabriela suspiró y se dirigió a la cocina, donde comenzó a revisar su despensa antes de ponerse a cocinar. Mientras tanto, sus pensamientos se arremolinaban, recordando cada pequeño comentario crítico de la madre de César y cada intento fallido de cuando intentaba agradarle.
Mientras preparaba la cena, Gabriela se obligaba a sonreír y a mantener una actitud positiva. Sabía que, a pesar de todo, tenía que seguir intentando. César era su familia y, por él, haría lo posible por mantener la paz, aunque fuera difícil.
La puerta se abrió y la señora Romina entró con una sonrisa forzada. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, y sus ojos rápidamente escudriñaron el entorno, buscando algo que criticar. Gabriela se acercó a recibirla, con su propia sonrisa igual de tensa.
—Hola, suegra ¿Cómo está? —saludó Gabriela, extendiendo una mano.
—Gabriela, querida —respondió la señora Romina, ignorando la mano extendida, pero besándola en la mejilla—. Veo que has cambiado la decoración de la sala. Bueno, supongo que no está tan mal.
Gabriela se esforzó por mantener su compostura mientras veía a la madre de César avanzar hacia la cocina, donde el aroma de la cena llenaba el aire. La señora Romina frunció el ceño ligeramente, como si el olor no fuera de su agrado.
—Espero que no hayas cocinado algo demasiado exótico. Ya sabes que César tiene gustos sencillos —comentó la vieja, dirigiéndose a su hijo que estaba sentado en la mesa—. A Cesar le gusta la comida tradicional y casera como la que yo le preparaba, no esas cosas raras que ustedes mujeres modernas cocinan con estos alimentos sintéticos y baratos.
César reaccionó sonriendo débilmente, tratando de aligerar la gravedad del tono de su madre.
—Está bien, mamá. Gabriela sabe lo que me gusta —dijo, con la idea de calmar la situación—. Además, cocina muy bien.
—Bueno, más te vale, hijo. Las mujeres como Gabriela, asi de bonita y arregladita como es… —La señora Romina miró de pies a cabeza a Gaby y luego siguió—, suelen atraer problemas. Nunca se sabe cuándo podrían encontrarse con alguien más interesante, o con más dinero en los bolsillos —dijo la señora Romina, mirando a Gabriela con una expresión de falsa inocencia, intentando hacer notar lo recién dicho como una broma.
Gabriela sintió que se le formaba un nudo en el estómago. La sugerencia de infidelidad siempre estaba presente en los comentarios de la señora Romina, y por más que intentara demostrar su lealtad y amor por César, la desconfianza de su suegra no desaparecía.
—Suegra ¿le gustaría un poco de vino mientras terminamos de preparar la cena? —le ofreció Gabriela, tratando de desviar la conversación hacia algo más neutral.
—No, gracias. Recuerda que yo no soy como tú. Me refiero a que ya no soy una mujer joven, y no me gusta beber —respondió la odiosa señora con una sonrisa falsa.
Gabriela respiró hondo. O esa ¿esa vieja ahora también la estaba tildando de borracha? Prefirió continuar con los preparativos de la cena, recordándose que todo eso lo hacía y lo soportaba por César, a pesar de lo difícil que era aguantar los constantes comentarios críticos de su suegra.
La velada continuó con la señora Romina instalándose cómodamente en la sala. Gabriela la observaba mientras servía la cena, esforzándose por mantener la sonrisa en el rostro y el tono cordial en la voz, aunque su mente estaba llena de respuestas que deseaba poder decir en voz alta.
Una vez que estuvieron sentados a la mesa la suegra de Gabriela siguió con sus odiosidades.
—César, querido, ¿has considerado cambiar de trabajo? —comentó la señora Romina mientras cortaba su carne con delicadeza—. Siempre he pensado que podrías hacer algo mejor que trabajar en una mina.
Gabriela se sentó al lado de César y respondió con una voz suave y respetuosa.
—Señora Romina, César está muy contento con su trabajo. Además, es un empleo estable y nos permite vivir cómodamente.
—Ah, claro, cómodamente —replicó la señora, mirando alrededor de la casa con una ceja levantada y ceño despectivo—. Aunque teniendo por esposa a una muñequita de buen ver, nunca se sabe cuándo puede surgir un problema. He escuchado tantas historias de mujeres hermosas que se aburren y buscan diversión en otro lado, o sencillamente buscan a hombres con mejores trabajos. ¿Has escuchado sobre eso Cesar?
Gabriela sintió cómo sus manos se tensaban alrededor de los cubiertos. En su mente, las palabras se agolpaban, deseando salir en una explosión de defensa y orgullo. Quería decirle a esa señora que ella no era como esas mujeres de las que hablaba, que su amor por César era verdadero y profundo, y que no merecía sus insinuaciones.
—Suegra, entiendo sus preocupaciones, pero le aseguro que mi compromiso con César es total. Lo amo y siempre buscaré lo mejor para él y para nosotros —dijo Gabriela, manteniendo el tono calmado.
La señora Romina soltó una risita seca.
—Bueno, ya veremos. El tiempo lo dirá, ¿no es cierto, César?
César miró a su madre y luego a Gabriela, incómodo y deseando que la tensión se disipara.
—Sí, mamá, Gabriela siempre estará a mi lado. No hay de qué preocuparse —dijo César, tratando de sonar convincente.
Gabriela, mientras tanto, seguía sirviendo la comida y atendiendo a los pequeños detalles de la mesa, cada vez más consciente de lo difícil que era soportar los constantes ataques velados de la señora Romina. Sin embargo, el amor por su esposo la mantenía firme, resistiendo la tentación de responder con la misma moneda.
—Oh, y por cierto, Gabriela, ¿te has planteado alguna vez trabajar en algo más adecuado para ti? —continuó diciendo la odiosa suegra—. Ser secretaria es un trabajo tan… tan común.
Gabriela sintió que un calor se acumulaba en su pecho, pero volvió a sonreír y respondió con educación.
—Me gusta mi trabajo, señora Romina. Es una manera de contribuir a nuestro hogar y me permite estar presente para César.
En su mente, Gabriela imaginaba las palabras que desearía poder decirle a su suegra, ponerla en su lugar y hacerle entender que su valor no dependía de su apariencia ni de la opinión que ella tuviera. Pero por amor a César, permanecía serena, demostrando con acciones lo que no podía expresar con palabras.
Después de la cena, la señora Romina se acomodó en el sofá, dejando que la conversación fluyera hacia temas triviales, pero siempre con algún comentario punzante escondido entre sus palabras.
—Es interesante cómo han decorado la casa, aunque creo que un poco de color no le haría daño —dijo la suegra de Gabriela, mientras miraba a su alrededor con una expresión crítica—. Tal vez unos cojines más vibrantes.
Gabriela sonrió por fuera, pero por dentro se sentía hirviendo. Era como si cada comentario de esa señora fuera un dardo en su autoestima, denostando su esfuerzo por crear un hogar acogedor.
—Los colores que elegimos con Gaby son tranquilos, mamá. Creo que son más sobrios y acogedores —replicó César, intentando defender a su esposa, aunque su tono no era firme.
—Bueno, solo digo que uno debe ser cauteloso al elegir un hogar, sobre todo cuando se está casado con alguien tan… atractiva. Siempre hay que tener cuidado, ¿verdad, Gabriela? —dijo Romina, volviendo a dirigir la atención hacia ella, dejando entrever su desconfianza.
Gabriela se limitó a sonreír, sintiendo que la noche ya se hacía interminable. La visita terminó cuando la señora Romina se despidió, agradeciendo la cena con una sonrisa que no alcanzaba a ser genuina. Gabriela cerró la puerta detrás de ella, dejando escapar un suspiro de alivio.
Sin embargo, al volver a la sala, la tensión entre ella y César se hizo notar.
—¿Cómo puedes dejar que tu madre nos hable así? —preguntó Gabriela, sintiéndose frustrada y cansada.
César se encogió de hombros, intentando restarle importancia.
—No es tan grave, Gaby. Solo es mi madre siendo mi madre.
—No, César. Es muy grave. Te critica a ti, a mí, a nuestra casa, a todo lo que hacemos, y tú no dices nada —dijo Gabriela, levantando la voz sin querer.
—Solo trato de evitar conflictos. No quiero que las cosas se pongan tensas entre nosotros y mi mamá —respondió César, con una expresión de incomodidad.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Crees que puedo seguir soportando sus comentarios sin sentir que no tengo valor? —exclamó Gabriela, sintiendo que la rabia se apoderaba de ella—. Estoy aquí tratando de construir un hogar, y ella solo destruye lo que construyo.
César la miró, sorprendido por su reacción.
—No estás siendo justa, Gabriela. Ella es solo una madre preocupada.
—Preocupada por qué, ¿por mi apariencia? Porque eso parece lo único que le molesta —dijo Gabriela, sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar.
—No es eso, Gaby. No lo entiendes. Solo… —César titubeó, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Solo quiero que estemos bien.
—Pero no estamos bien, César. Si no defiendes lo que tenemos, entonces, ¿qué es lo que estamos construyendo? —dijo Gabriela, sintiéndose más herida que enojada.
La discusión continuó, pero en el fondo, ambos sabían que el verdadero conflicto no solo era la madre de César, sino la falta de comunicación y apoyo entre ellos. La pasión que una vez los unió parecía diluirse en la tensión y el resentimiento acumulados.>
Sin embargo, esa pelea no iba a ser todo. Los días se volvían cada vez más difíciles para Gabriela y César. Pues a la semana siguiente, en la misma cuadra donde vivían, se instaló un taller de soldadura y estructuras metálicas. Los ruidos de la maquinaria, el martilleo constante y el zumbido de la soldadura eran una molestia constante desde temprano en la mañana hasta bien entrada la tarde, sin contar los seguidos cortes de luz por el alto voltaje de las distintas máquinas de soldar que usaban en el famoso taller.
Uno de esos días, Gabriela, después de haber llegado de su trabajo, y haberse cambiado su uniforme de secretaria administrativa por un vestido más cómodo, se encontraba en la cocina, tratando de concentrarse en sus tareas mientras el ruido del taller resonaba por toda la casa. Miró por la ventana y vio al famoso soldador, un hombre mayor, de unos cincuenta y ocho años por lo menos. Era moreno y robusto, pero panzón, con un overol de trabajo y una camiseta blanca plomiza, completamente empapada en sudor. El viejo se movía con una eficiencia que hablaba de años de experiencia, según contempló Gabriela. Su pequeño taller de soldadura y estructuras metálicas recibía al menos tres descargas de fierros al día.
—¡Otra vez ese ruido! —exclamó Gabriela, cerrando la ventana con frustración.
—Sí, me tiene aburrido y estresado —dijo Cesar desde la sala, intentando ver televisión.
—No podemos hacer mucho al respecto, Cesar. Esa gente después de todo está trabajando —contestó, Gabriela, tratando de sonar comprensiva.
—Sí, pero ¿todo el día? ¡Es imposible concentrarse en nada con ese estruendo! —siguió alegando Cesar, cruzándose de brazos en el sofá— Sé por algunos vecinos que han hablado con el dueño, pero no parece importarle.
—Podrías intentar hablarlo con él de nuevo, Cesar. Quizás encontrar un horario que sea menos molesto para nosotros —sugirió Gabriela, aunque su tono era de resignación.
Cesar asintió, aunque sabía que las conversaciones anteriores con otros vecinos no habían dado resultado. El soldador dueño del taller parecía tener poco interés en ajustar su horario para acomodarse al vecindario.
—Lo intentaré más tarde —dijo Cesar, suspirando y tratando de calmarse.
—Mientras tanto, ¿puedes ayudarme a preparar algo para cenar? Quizás si estamos ocupados, el ruido no nos moleste tanto.
César asintió y se levantó para unirse a Gabriela en la cocina. Ambos trabajaron en silencio, intentando ignorar el constante ruido de fondo que ahora formaba parte de su vida diaria.
Al caer la noche, después de la cena, en el momento en que el matrimonio compartía un momento de conversación en la sala, el ruido del taller finalmente cesó, dejando un silencio casi extraño en la casa. César, con la mandíbula apretada y la paciencia al límite, se levantó del sofá y miró a Gabriela.
—Voy a ir a hablar con ese soldador. Esto no puede seguir así. Si no me entiende a la buena será a la mala —dijo César, con una frustración evidente en su tono de voz.
Gabriela lo miró con una mezcla de preocupación y comprensión.
—César, sé que es molesto, pero ese hombre solo está ganándose la vida decentemente. Quizás podríamos intentar entendernos con él de una forma más amable —sugirió, tratando de calmar a su esposo.
—No se trata solo de nosotros, Gaby. Este ruido es insoportable. No podemos vivir así —insistió César, ya decidido.
Gabriela asintió, entendiendo la frustración de César, aunque también sintiendo compasión por el trabajador del taller, aunque para ella también eran molestos los ruidos de su trabajo.
—Está bien, solo... intenta hablarle con calma. Tal vez puedas llegar a un acuerdo con sus horarios —dijo ella, dándole un beso en la mejilla para tranquilizarlo.
César salió de la casa y se dirigió hacia el taller, donde don Braulio, el soldador dueño del taller, estaba guardando sus herramientas después de un largo día de trabajo.
Don Braulio, un hombre robusto, moreno, de rasgos filosos en la cara, con unos profundos ojos negros, y muy malas pulgas, miró a Cesar con una mezcla de sorpresa y desdén cuando lo vio llegar a su taller.
—Buenas noches —dijo César, tratando de mantener la calma—. Soy César, vivo a cuatro casas de aquí. Necesitamos hablar sobre el ruido.
Don Braulio lo miró con el ceño fruncido y las manos en las caderas.
—¿Qué pasa con el ruido? Estoy trabajando, como todos aquí —respondió don Braulio, mostrando signos de irritación.
—Entendemos que esté trabajando y que necesita hacer ruido, pero el problema es que es constante y muy fuerte. Está afectando nuestra vida diaria —explicó César, enérgico, pero tratando de sonar razonable.
Don Braulio bufó y dio un paso adelante.
—¿Y qué esperas que haga, mocoso? ¿Que deje de trabajar? ¡Este es mi sustento! —dijo don Braulio, con su voz elevándose.
Mientras don Braulio intercambiaba palabrazos con Cesar, sus dos jóvenes ayudantes, también vestidos con overol, miraban preocupados. Sabían que su jefe era muy corto de genio. Trabajaban con él desde hace un par de años en otro taller y varias veces lo habían visto arreglar sus asuntos a lo macho. Es decir, trenzándose a puñetes, y siempre ganaba. En tanto, la discusión en frente de ellos continuaba.
—Solo estamos pidiendo un poco de consideración. Tal vez podría ajustar el horario o encontrar una manera de reducir el ruido en ciertos momentos del día —respondió César, con su propia paciencia comenzando a agotarse.
—¡Mira, niño, no me vengas a decir cómo hacer mi trabajo! —le habló don Braulio, con voz firme y amenazante, acercándose más a César—. Si no te gusta, te pones unos tapones en los oídos y te aguantas. ¿¡Cómo la ves!? Y si no, vamosle. —terminó diciéndole desafiante mientras se arremangaba las mangas del overol preparándose para arreglar el asunto como a él le gustaba.
La situación se volvió tan tensa que ambos hombres estuvieron a punto de llegar a los golpes. Ambos estaban con las respiraciones pesadas y sus miradas llenas de ira. Justo cuando parecía que la pelea era inevitable, Gabriela, que previsora había seguido a su marido hasta el taller y había escuchado la discusión desde donde no la pudieran ver, salió corriendo y se puso delante de César, protegiéndolo con su cuerpo.
—¡Basta ya! —gritó, mirando a don Braulio con una mezcla de valentía y desesperación—. Esto no es forma de resolver las cosas.
Don Braulio, que medía por lo menos un metro ochenta y cinco de estatura, la miró con sorpresa y una pizca de diversión. La situación le parecía casi ridícula: una joven y hermosa mujer rubia defendiendo a su maridito. No pudo evitar una carcajada.
—¡Jajaja! ¿¡En serio!? —habló dirigiéndose a Cesar, buscándolo con la mirada detrás del cuerpo de su esposa—. ¿Necesitas que tu mujer te defienda? —preguntó luego, burlándose de César—. ¡Parece que ella tiene más agallas que tú, pendejo!
César, humillado, no pudo responder, pero Gabriela no iba a permitir que la situación se deteriorara más.
—¡Escuche, señor! ¡No est…
—Me llamo Braulio… —le cortó el soldador, presentándose—. Un gusto conocerla, señora. ¿¡Cómo me dijo que se llamaba!? —preguntó luego, poniéndose las manos en la cintura, mirando a esa deliciosa hembra directo a los ojos, claro que después de recorrer cada curva de su cuerpo.
—¡Mi nombre es Gabriela! ¡Escúcheme, don Braulio! —siguió diciéndole Gaby después de escuchar el nombre de ese señor, y de decirle el suyo—. No estamos pidiendo que deje de trabajar. Solo queremos un poco de tranquilidad en nuestra casa. ¿¡Es mucho pedir!? —le preguntó, con firmeza y sin miedo, mirándolo con rostro altanero, aunque ella en su día a día no era así. Era por la adrenalina del momento.
Don Braulio, sorprendido por la belleza y la determinación de Gabriela, cambió su actitud rápidamente. «¡Gabriela! ¡Si hasta su nombre es rico! ¡Qué bien sentiría mi verga si me la estuviera cogiendo nombrándola a cada rato! —se decía el lujurioso viejo, mientras no se cansaba de mirar a Gabriela directo a los ojos.»
Su tono se suavizó y su expresión se volvió más conciliadora, y todo por la creciente calentura que estaba sintiendo en aquel precioso momento. Esa hembra era encantadora, y más con ese simple vestido hogareño adosado a su cuerpo que le remarcaba cada una de sus curvas. Encontró que estaba tan potente físicamente que sintió que él no era nadie para estar contradiciéndola. Ese tal Cesar sí que tenía suerte, se decía devorándosela.
—Bueno, bueno… Tal vez podamos hablar de esto con más calma —dijo don Braulio, tratando de calmar las aguas. No quería tener problemas con esa soberbia hembra que estaba frente a sus ojos, mirándolo desafiante mientras defendía a su marido. Por lo que continuó—. No tenía intención de causarle problemas, señora. Podemos buscar una solución. —Miró a sus ayudantes con seriedad, pero cerrándoles un ojo sin que Gabriela ni Cesar se dieran cuenta—. Y ustedes dos, ya escucharon a la dama. De ahora en adelante mucho cuidadito con andar metiendo ruido si no es necesario, porque se las verán conmigo. ¿¡Escucharon!?
Gabriela asintió, agradecida por el cambio de actitud. Ni se imaginaba del show que se estaba montando aquel hombre solo porque se sentía fuertemente atraído por ella.
—Gracias. Solo queremos vivir tranquilos, es todo —respondió Gaby, tomando la mano de César y tirando suavemente de él para alejarlo del conflicto, y de ese agresivo hombre.
De regreso a casa, César se sentía humillado, pero también aliviado de que la situación no hubiera terminado en violencia. Gabriela lo abrazó con fuerza, agradecida de que las cosas se hubieran calmado.
—Gracias por intervenir, Gaby. Pero no era necesario —dijo César, con la voz aún temblorosa.
—Siempre estaré aquí para ti, César. No podía dejar que te trenzaras a golpes con ese hombre —le respondió Gabriela, sonriendo con ternura. Aunque su intervención fue porque creyó estar segura de que, si su marido se trenzaba a golpes con el soldador, con ese tal don Braulio, con toda seguridad le iban a pegar.
Don Braulio, el feroz soldador, se quedó mirando al joven matrimonio alejarse. En su mente, se veía fácilmente trenzado a golpes con ese tal César, y estaba seguro de que le habría ganado. No había duda en su mente sobre eso. Sin embargo, se había calmado gracias a la intervención de la esposa; no porque fuera un hombre considerado, sino porque esa hermosa rubia lo había cautivado. La figura de Gabriela, con su determinación y belleza, había dejado una impresión profunda en su persona. Mientras guardaba las últimas herramientas, después de haber despachado a sus ayudantes y cerraba el taller, no podía dejar de pensar en ella, de recordar esas infladas tetas subiendo y bajando cuando ella lo estaba confrontando. Esa osadía y la manera en que había defendido a su esposo le resultaban intrigantes y admirables. Se fue a su casa pensando en cómo sería acostarse con una mujer como ella y cogérsela.
De regreso a su casa, mientras caminaban, César seguía sintiéndose humillado, pero Gabriela lo sostenía con ternura, tratando de aliviar su malestar. Se daba cuenta de que las burlas de ese viejo, el tal don Braulio, aún afectaban a su marido.
—No te preocupes, César. No le hagas caso a ese viejo. Todo estará bien. Lo importante es que estamos juntos y que nada malo ocurrió —le decía, acariciándole el cabello.
Esa noche, mientras César y Gabriela se preparaban para dormir, el ambiente en su hogar era tenso, pero había una sensación de alivio por haberse evitado una pelea. Gabriela, inocente, pensaba que ese señor, don Braulio, de verdad iba a cooperar y no causar tantos ruidos molestos a toda hora del día. Sin embargo, no podía dejar de sentir cierta inquietud. Había visto la manera en que ese hombre, el tal don Braulio, la había mirado. Pero ella estaba acostumbrada a que hombres como ese la miraran, pues sabía que era una mujer llamativa corporalmente. Luego prefirió pensar en otra cosa, sin imaginarse que ese rápido cambio de actitud en el temperamento del soldador se había sucedido solo gracias a las curvas de su cuerpo.
Y claro, desde ese día, don Braulio empezó a poner atención en su hermosa vecina. Desde el día de la discusión que lo había dejado caliente. Cada mañana, el taller volvía a la vida con el estruendo del trabajo, pero él no podía evitar que su mente divagara hacia la imagen de Gabriela. Aunque no la veía mucho por las mañanas, cada tarde, alrededor de las seis, una camioneta tipo Van corporativa se detenía en la esquina. Desde su taller, don Braulio observaba cómo Gabriela descendía del vehículo, siempre impecablemente vestida con un ajustado traje de secretaria administrativa. La forma en que se veía, con su cabello dorado brillando bajo el sol de la tarde y su figura elegante y armoniosa, caminando cadenciosamente hacia su casa era simplemente deslumbrante. Sobre todo, al ver cómo se estiraban las telas de la falda de Gabriela dibujando ese impresionante par de nalgotas que se cargaba.
Gabriela, sin saber que era observada, continuaba con su rutina diaria. Se sentía satisfecha al regresar a casa y ver que todo estaba en orden. Pasaba caminando tranquilamente por el frente del taller. Su preocupación por mantener el hogar perfecto para César la mantenía ocupada, pero su mente también empezaba a vagar hacia la incomodidad que sentía respecto al soldador con sus ruidos molestos cuando escuchaba uno que otro fuerte martillazo.
Por su parte, don Braulio se encontraba cada vez más absorto en sus pensamientos sobre la bella vecina que había conocido. Sus momentos de descanso en el taller eran a menudo dedicados a imaginar conversaciones con ella, su risa, y la forma en que sus ojos azules brillaban cuando estaba molesta, y claro, también la imaginaba desnuda y cogiéndosela entre los fierros de su taller, escondidos, para que su marido no los pillara. Esas fantasías le producían fuertes erecciones de verga, la que le llegaba a quedar adolorida por lo tan tensa que se le ponía. Ni mencionar el dolor en los testículos al producir una gran cantidad de semen sin poder dispararlo donde él quería. Cada vez que la veía bajar de la camioneta, su corazón latía más rápido, y el desesperante sentimiento de deseo se mezclaba con su habitual carácter brusco.
Una tarde, mientras Gabriela caminaba desde la camioneta hacia su casa, don Braulio se apoyó en la entrada del taller, observándola detenidamente. Al sentir su mirada, Gabriela levantó la vista y sus ojos se encontraron. Fue solo un instante, pero suficiente para que ambos sintieran una chispa de tensión en el aire.
—Buenas tardes, vecina —le saludó un sonriente don Braulio con su voz grave resonando a través del espacio entre ellos, mirándola de pies a cabeza, sobre todo esas caderotas que se movían cadenciosas con el suave caminar de Gabriela.
—Buenas tardes —respondió Gaby con cortesía y seriedad, sin detenerse. Pero sintiendo esa intensa mirada clavada en su cuerpo.
Este breve intercambio de saludos se volvió una especie de ritual entre ellos, una complicidad silenciosa de miradas y saludos que hacía que don Braulio se sintiera cada vez más atraído por ella.
Había pasado un mes desde aquella confrontación en el taller de Don Braulio. Las tardes se habían convertido en un importante trámite silencioso y cargado de sensaciones extrañas para ambos.
Gabriela se había dado cuenta de que don Braulio la observaba cada vez que ella bajaba de la camioneta de la empresa. Al principio, lo había ignorado, pero con el tiempo, esa mirada fija había empezado a despertar algo en ella. El soldador, por su parte, fantaseaba con conocerla mejor, seducirla y llevársela a la cama. Si hasta se imaginaba cada tarde, antes de la aparición de Gabriela, lo que podría decirle para entablar una conversación con ella. Pero llegado el momento, aparte de la alta calentura que sentía de solo verla, no se atrevía a nada más.
En casa, César seguía disgustado por los constantes ruidos del taller. Su frustración crecía con cada golpe de martillo, con el fuerte ruido del esmeril devastando los poros de los fierros, y cada zumbido de la soldadora.
Gabriela, sin embargo, había comenzado a notar algo diferente en su rutina. Sin darse cuenta de cuándo exactamente había comenzado, se sorprendió un día mirándose en el espejo del vehículo de su empresa, retocándose el cabello y el maquillaje antes de bajarse y pasar por el taller de don Braulio.
Aquel día, cuando Gabriela bajó de la camioneta, por el reflejo en la ventana vio hacia el taller, observando la figura de don Braulio moviéndose rápido para salir a mirarla. Con una sonrisa apenas perceptible, Gabriela se dirigió hacia su casa, sintiendo los ojos del viejo soldador clavados en ella. Este sutil coqueteo se había vuelto una parte de su día a día, una pequeña chispa en la monotonía de su vida. Al llegar a casa, Gabriela encontró a César sentado en el sofá, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Estos ruidos no cesan, Gabriela. Estoy empezando a pensar que ese hombre lo hace a propósito —dijo César, frustrado.
Gabriela le dedicó una sonrisa tranquilizadora y se acercó a él, acariciándole el hombro.
—Lo sé, amor. Pero debemos tener paciencia. Quizás podamos hablar con él nuevamente, y buscar una solución —sugirió, aunque sabía que la situación era más complicada.
La tensión en el hogar contrastaba con la curiosa atracción que Gabriela sentía cada vez que pasaba por el taller de don Braulio. Esa tarde, después de cenar, mientras César se ocupaba de algunos papeles del trabajo, Gabriela se encontró a sí misma pensando en la mirada intensa de Braulio y en cómo sus propios sentimientos se estaban complicando.
Unos días después, Gabriela se enteró de que la sede del condominio estaba organizando una fiesta a beneficio. Al leer el anuncio en el tablón de la comunidad, se dio cuenta de que don Braulio también asistiría, ya que había ayudado a montar diversas estructuras para las luces y otros preparativos. Algo en su interior se encendió con la noticia; la idea de ver a ese rudo hombre de trabajo en otro entorno, lejos del ruido y la suciedad del taller, la llenaba de curiosidad.
Esa noche, después de la cena, Gabriela se sentó junto a César en el sofá, tratando de encontrar la mejor manera de plantearle la idea de asistir a la fiesta.
—Amor, ¿sabes que la sede del condominio está organizando una fiesta a beneficio este sábado? —dijo Gabriela con un tono casual, pero con sus ojos brillando de una extraña emoción.
César, inmerso en su rutina, levantó la mirada y frunció el ceño.
—¿Una fiesta? No sé, Gaby, sabes que no soy muy fan de esas cosas. Además, con todo el ruido y las molestias de los últimos días, prefiero descansar —respondió, volviendo a sus asuntos.
Gabriela suspiró y se acercó un poco más, apoyando su mano en el brazo de César.
—Lo sé, cariño, pero creo que podría ser una buena oportunidad para relajarnos un poco. Conocer a nuestros vecinos, socializar un rato. Además, por lo que escuché, es por una buena causa —insistió, tratando de sonar convincente.
César la miró, notando el entusiasmo en sus ojos. Aunque no era su idea de diversión, no podía negar que Gabriela parecía realmente interesada en ir.
—Está bien, Gaby. Iremos a la fiesta. Pero solo por un rato, ¿sí? —dijo finalmente, cediendo a sus deseos.
Gabriela sonrió y lo abrazó con cariño.
—¡Gracias, amor! Te prometo que nos divertiremos —dijo, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo.
El sábado llegó y Gabriela se preparó con esmero. Eligió un vestido que resaltaba su figura y se arregló con más cuidado de lo habitual. Cuando estuvieron listos, se dirigieron a la sede del condominio, donde la música y las luces ya animaban la noche.
Al entrar, Gabriela disimuladamente buscó con la mirada a don Braulio, preguntándose cómo se vería fuera de su entorno habitual. La fiesta estaba en pleno apogeo, con los vecinos charlando y riendo, pero sus ojos finalmente se encontraron con los del soldador, quien estaba conversando con algunos hombres cerca de una de las estructuras que había ayudado a montar.
La noche de la fiesta transcurría bajo un cielo estrellado, con luces coloridas decorando la sede del condominio y música animada llenando el aire. Gabriela y César llegaron, saludando a algunos vecinos antes de integrarse al ambiente festivo. Gabriela, con un ajustado vestido azul, atrajo miradas desde el momento en que entró, pero ninguna más intensa que la de don Braulio.
Desde el otro lado de la sala, el soldador quedó hechizado al verla. Había algo en la manera en que Gabriela se movía, en su sonrisa y en la forma en que sus ojos brillaban bajo las luces, que lo atrapaba. Durante gran parte de la noche, se mantuvieron en una constante de miradas y risas cómplices, una conexión silenciosa que ambos sentían, pero no comprendían del todo.
César, ocupado conversando con otros vecinos sobre asuntos triviales, no notó los intercambios sutiles entre Gabriela y don Braulio. Mientras tanto, Gabriela se sentía cada vez más consciente de la presencia de ese rudo hombre con su mirada fija en ella como un imán.
En un momento dado, Gabriela decidió acercarse a la mesa de los aperitivos para tomar un respiro. Mientras escogía algunos bocados, sintió una presencia a su lado. Al voltear, encontró a don Braulio de pie junto a ella. Su robusta figura, con su pelo canoso y enmarañado, destacaba fuerte en medio de la multitud.
—Buenas noches, vecina —dijo don Braulio con voz grave, pero con un tono sorprendentemente suave.
Gabriela levantó la mirada y se encontró con sus ojos oscuros, llenos de una intensidad que la hizo estremecerse.
—Buenas noches, don Braulio —respondió ella con una sonrisa, sintiendo una extraña mezcla de nervios y emoción.
Por un instante, el ruido y la gente a su alrededor desaparecieron. Solo estaban ellos dos, mirándose a los ojos, compartiendo un momento de complicidad que parecía durar más de lo que realmente era. Ninguno de los dos recordaba en aquel momento la extraña forma en la que se habían conocido.
—No esperaba verla aquí —comentó el soldador, tratando de romper el silencio que, aunque cómodo, estaba cargado de una sensación electrizante. Pero que rica se veía esa rubia con su tremendo cuerpazo embutido en ese delicioso vestido azul brillante. Su mirada alternaba entre el hermoso rostro de Gabriela y el nacimiento de sus generosos senos, el complemento perfecto para esos suaves hombros relucientes que al viejo le daban ganas de morder.
—Ni yo a usted. Pero es una agradable sorpresa, ¿no cree? —respondió Gabriela, notando que su voz sonaba más coqueta de lo que había planeado.
Ambos se quedaron junto a la mesa de los aperitivos, intercambiando sonrisas y miradas que decían mucho más de lo que las palabras podían expresar. Gabriela, aunque no sabía exactamente qué era lo que estaba ocurriendo entre ellos, sentía que algo en ella estaba cambiando, algo que le atraía de una manera inexplicable.
Don Braulio, quien se sintió más caliente que nunca desde que la había visto por primera vez, decidido a prolongar el momento, buscó rápidamente algo de qué hablar para retener a Gabriela a su lado.
—¿Sabía que estuve ayudando a montar las luces y las estructuras para esta fiesta? —le preguntó a Gaby, señalando con un movimiento de cabeza las decoraciones a su alrededor.
Gabriela, sintiendo un nerviosismo parecido al de una adolescente, le respondió con una sonrisa. Sin darse cuenta, comenzó a jugar con la punta de uno de sus mechones rubios, estirándoselo y reordenándolo constantemente.
—Sí, escuché algo de eso. La verdad, quedó todo muy bonito. Se nota que le puso mucho esfuerzo —respondió, su voz suave y un tanto temblorosa.
Braulio asintió, diciéndose que le pondría mucho más empeño el día en el que lograra llevársela a una cama y que ella por si sola se abriera de patas. Se sentía en la gloria teniéndola tan cerca de él, con su marido hablando con otras personas, ajeno a lo que estaba ocurriendo. Pues se daba cuenta que esa hembra, según él, estaba dando muestras de querer probarle la verga.
La mirada de Gabriela, cálida y curiosa, animó al soldador a continuar hablando.
—Bueno, hago lo que puedo —contestó finalmente don Braulio, dejando sus ardientes deseos de lado por el momento—. Me gusta ayudar en la comunidad cuando tengo tiempo. Aunque el taller me ocupa la mayor parte del día —dijo, observando cómo Gabriela seguía jugando con su cabello, un gesto que encontró increíblemente encantador.
Gabriela, sintiendo el calor de la mirada de Braulio, notó que su nerviosismo se transformaba en una extraña mezcla de comodidad y emoción. La rubia andaba con zapatos de taco alto, aun así, debía mirar a don Braulio hacia arriba. Lo veía imponente y masculino.
—Debe ser un trabajo muy demandante. Aunque a veces el ruido… —empezó a decir Gaby, pero se interrumpió con una risa suave, dándose cuenta de que estaban hablando de las mismas molestias que habían causado la discusión de cuándo se conocieron.
Don Braulio también rio, un sonido profundo y genuino que resonó en el aire entre ellos.
—Sí, puedo entenderlo. No es fácil para nadie. Pero siempre podemos encontrar una manera de coexistir, ¿verdad? —dijo, con los ojos fijos en los de Gabriela.
—Claro, siempre hay maneras —respondió ella, sintiendo cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente.
La conversación fue breve, pero llena de significado. Cada palabra, cada mirada, y cada sonrisa compartida añadió una capa más al extraño vinculo que estaba formándose entre ellos. Gabriela se dio cuenta de que se sentía viva en una forma que no había sentido en mucho tiempo, mientras don Braulio disfrutaba cada segundo la sensación de excitación creciente que experimentaba en la compañía de esa rubia.
Finalmente, Gabriela se excusó y regresó junto a César, quien no había notado nada de lo sucedido. Pero en su mente, los ojos de don Braulio y la breve conversación quedaron grabados como una chispa en la oscuridad. Mientras regresaba junto a César, no podía evitar que la imagen de don Braulio siguiera rondando en su mente. La robusta figura del hombre moreno y alto, la intensidad de su mirada, habían dejado una pequeña huella en ella.
César, sin notar el cambio en su esposa, continuaba conversando con algunos vecinos sobre temas cotidianos. Gabriela, por su parte, trataba de concentrarse en la charla, pero su mente volvía una y otra vez a los momentos compartidos en la mesa de aperitivos.
La noche continuó y, aunque Gabriela y don Braulio no volvieron a cruzarse directamente, sus miradas se encontraban de vez en cuando, creando una especie de comunicación silenciosa. Gabriela se sentía como una adolescente, nerviosa y emocionada, consciente de cada movimiento de ese imponente hombre en la fiesta.
Cuando la velada finalmente llegó a su fin, Gabriela y César se despidieron de los vecinos y se dirigieron a casa. Mientras caminaban de regreso, Gabriela no pudo evitar que una sonrisa juguetona se dibujara en su rostro, recordando cómo había jugado con su cabello sin darse cuenta, atrapada en la conversación con don Braulio.
Esa noche, mientras César se quedaba dormido rápidamente, Gabriela permaneció despierta, pensando en cómo la rutina de su vida había cambiado en las últimas semanas. Sentía una mezcla de culpa y emoción al recordar la intensidad de las miradas de don Braulio y cómo eso había despertado algo en ella que creía dormido.
Desde aquel lunes, la rutina de Gabriela tomó un giro inesperado. Cada tarde, cuando la camioneta corporativa la dejaba en la esquina, ella, impecablemente vestida como secretaria administrativa, hacía una pequeña parada en el taller de don Braulio. El robusto hombre siempre estaba allí, esperándola con una sonrisa y listo para conversar. En esos momentos mandaba a sus ayudantes a comprar cervezas, o los recluía al fondo del taller para que no lo molestaran, o para que no incomodaran a Gabriela, pues se había dado cuenta de que los muy calientes también miraban a la rubia con ganas de cogérsela.
—Buenas tardes, don Braulio —saludaba Gabriela con cortesía, con su voz melodiosa resonando en el aire del taller, cuando se detenía por las tardes.
—Buenas tardes, vecina —respondía él, dejando de lado lo que estuviera haciendo para dedicarle toda su atención.
Las conversaciones eran variadas, a veces hablaban del día a día, de sus trabajos, de cosas comunes y corrientes, pero cada palabra y cada mirada compartida añadían una capa más a la creciente atracción entre ellos. Gabriela encontraba en esas charlas un respiro, una emoción que contrastaba con la monotonía de su vida con César.
Don Braulio, por su parte, disfrutaba cada segundo que pasaba con Gabriela. Sus ojos seguían cada movimiento suyo, admirando la delicadeza con la que se desenvolvía, incluso en medio del ruido y la suciedad del taller. Tenía que sacar fuerzas de coraje para no tomarla de la cintura y estamparle un salivoso beso con legua; de sobarle ese soberbio par de nalgotas que se cargaba la muy desgraciada, de contraerla hacia él para que le sintiera la verga.
—¿Cómo estuvo su día, don Braulio? —preguntaba Gabriela, jugando con un mechón de su cabello, un gesto que se había vuelto casi automático cuando estaba con él, encontrándose totalmente ajena a las infames pretensiones de ese hombre.
—Bien, gracias. Un poco cansado, pero ver su sonrisa siempre me mejora el día —respondía él, devorándosela con los ojos, e intentando avanzar otro poco hacia ella.
Esas palabras cargadas de lujuria, más la ardiente mirada del soldador, las que ella sentía como sensaciones románticas, hacían sonrojar a Gabriela, haciéndole sentir que se derretía. Se sentía viva en esos momentos, disfrutando de la atención y del coqueteo sutil que compartían. Las tardes se convirtieron en el momento más esperado del día para ambos, y aunque sabían que estaban caminando por una línea delicada, ninguno quería detenerse, y menos don Braulio. Este, cada tarde, cuando Gabriela se acercaba al taller, la recibía con una sonrisa llena de lujuria, la que Gabriela confundía con ternura.
—¡Buenas tardes, vecina! —saludaba el ardiente soldador cuando la veía llegar, otra vez con su ajustado traje de secretaria administrativa, con su voz grave retumbando en el aire.
—Buenas tardes, Don Braulio —respondía ella, devolviéndole la sonrisa.
Otras veces, cuando el día había sido particularmente duro para él, suavizaba aún más el tono.
—Hola, vecinita, ¿cómo va todo? —preguntaba, con sus ojos brillando con destellos inusuales.
Gabriela encontraba esas conversaciones cada vez más adictivas. Había algo en la dualidad de don Braulio, su rudeza mezclada con una inesperada gentileza, que la intrigaba. Le encantaba verlo todo transpirado, y de vez en cuando con un extraño olor fuerte a sudor. Pero eso no le molestaba. Pues si estaba en esas condiciones era por ser muy trabajador, se decía la rubia. Sus charlas, aunque superficiales en contenido, eran profundas en lo no dicho, en las miradas y los gestos.
—Hoy fue un día complicado en la oficina, don Braulio. ¿Y usted, cómo le ha ido? —preguntaba Gabriela, mientras jugaba con un mechón de su cabello, estirándolo y reordenándolo como siempre hacía cuando estaba con él.
—Ya sabe cómo es, vecina, siempre hay trabajo que hacer. Pero no me quejo, sobre todo cuando tengo la suerte de que me visite —le respondía el soldador, con sus palabras cargadas de un deseo por acostarse con ella, deseos que ya no se molestaba mucho en disimular.
Aunque Gabriela se mantenía formal, refiriéndose siempre a él como "don Braulio", no podía evitar que su corazón latiera un poco más rápido cada vez que él la llamaba "vecina" o "vecinita." Había algo en esas palabras, en la forma en que él las decía, que la hacía sentirse especial.
El tiempo que pasaban juntos en el taller se convirtió en un ritual sagrado para Gabriela. Eran momentos robados, donde se permitía ser más auténtica, alejada de las miradas y juicios de los demás. Sin darse cuenta su interés por el soldador seguía creciendo, cada día un poco más.
Una tarde, como tantas otras, Gabriela se detuvo en el taller para saludar a don Braulio. Notó, como siempre, que los ayudantes de Braulio no estaban a la vista. Después de unos minutos de conversación amena, Gabriela se despidió y comenzó a caminar hacia su casa. Sin haberse alejado mucho del taller, se detuvo un momento para revisar su celular por un mensaje que le acababa de llegar de su trabajo. Fue entonces cuando escuchó la voz grave de Don Braulio resonando desde el interior del taller.
—Ya pueden salir, buenos para nada, la nalgona de mi novia ya se fue —dijo el soldador, con una carcajada.
Gabriela se quedó paralizada por un instante, sin poder creer lo que acababa de escuchar. La francesita que se acababa de mandar don Braulio fue de oro. Esta quedó resonando en la mente de Gabriela: “La nalgona de mi novia ya se fue”, causando una mezcla de sorpresa, confusión y desilusión. Pero eso no fue todo. Luego, la voz de uno de los ayudantes siguió:
—Sí, jefe, su novia está bastante buena. Tiene las tremendas nalgas. Va a tener mucha suerte si llega a abrírselas.
Gabriela, atacada, luego escuchó al otro ayudante de don Braulio:
—Si, ese par de tetas de la rubia esa están que se las encargo, jefe. ¿Ya se las chupó?
—No, pero falta poco. Cuando lo haga me voy a beber toda esa leche que deben tener dentro. ¡¡Jajaja!! —Gabriela, desde el exterior, lo estaba escuchando todo—. ¡Mejor sáquense unas cervezas del refrigerador! ¡Bebamos! —escuchó decir a don Braulio a sus ayudantes.
Las risas de los tres hombres llenaron el aire, seguidas por la orden de Braulio de destapar unas cervezas y relajarse.
Gabriela sintió una oleada de emociones contradictorias. Por un lado, se sintió halagada al ser considerada la "novia" de Braulio, y eso sí que era extraño. No podía negar que había algo en sus interacciones que la hacía sentir especial, y la atención que don Braulio le prestaba le daba una sensación de validación que hacía tiempo no sentía. Sin embargo, también estaba el sabor amargo de la verdad: ella era una mujer casada, y lo que había comenzado como un coqueteo inofensivo ahora se estaba transformando en algo mucho más complicado. Y lo peor, estaba en la boca de tres hombres que apenas conocía. Sus risas burlonas, incluyendo las de don Braulio, le hicieron ver la realidad.
Continuará
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