Con el hombre del gimnasio
Lleva meses soñando con él, con la forma en que sus ojos la recorren mientras entrena. Pero cuando por fin lo tiene al alcance de la mano, descubre que su fantasía tiene un precio mucho más alto y oscuro de lo que imaginaba. No es solo sexo; es perder el control.
Hace un año me apunté al gimnasio del barrio donde vivo. Es una sala municipal, no muy grande, con una zona de mancuernas y algunas máquinas, básicas para un entrenamiento. Aún estoy terminando los estudios por lo que para mi es esencial poder ir a hacer deporte al menos unos días a la semana.
La realidad es que no pensaba que me fuera a gustar tanto. Ya hacía unos años había estado yendo a uno pero había muchos señores que me miraban y hacían el rato allí muy incómodo, tampoco me había acabado de gustar el entrenamiento de fuerza. Sin embargo este último año me ha ido conquistando, ver los avances en mi fuerza y ser capaz de llevar una rutina me ha animado a cumplir otros objetivos fuera del mundo del deporte.
Ese día llegué al vestuario y me quité la sudadera. Me miré en el espejo, me veía francamente muy bien. Llevaba una camiseta de tirantes negros, un sujetador deportivo debajo y unas mayas cortas. Me observé los brazos. Notaba como se empezaban a marcar los musculos. Me veía súper tonificada. Me giré para verme la espalda y el culo. Me gustaba mucho lo que veía, cada día me sentía más agusto con mi apariencia y me sentía más capaz de hacer cualquier cosa que me propusiera. Me estiré la camiseta y me coloqué el tanga que llevaba para no estar incómoda y para que no se viera por encima de las mayas. Me apreté la coleta y coloqué bien mis pechos en el top… Ya estaba lista para entrenar.
La verdad que la hora a la que yo iba estaba un poco lleno el gimnasio, pero ya me había familiarizado con las personas que iban y me daba menos vergüenza esforzarme o intentar nuevos ejercicios. Casi toda la gente que iba a las siete eran hombres de mediana edad, había algún jubilado y un par de mujeres que me daban confianza y me inspiraban a ir yo también. Se llegaba a armar bastante jaleo. Yo iba por mi cuenta, había intentado empezar a ir con dos amigas pero las dos lo habían dejado al mes de empezar, así que entrenaba sola y me iba. Eso sí, la monitora del gimnasio, María, me ayudaba siempre que lo necesitaba y me ayudaba a completar las tablas de ejercicios o me las corregía si veía que eran excesivas o si pecaba demasiado de hacer pierna. De hecho también me ayudaba con el hombre del gimnasio.
El hombre del gimnasio empezó a venir a mi hora al mes de empezar yo. Parecía rondar los 45, era alto, estaba fuerte, tenía el pelo con canas y unos ojos grandes. A veces le encontraba mirándome a través de los espejos de la sala y María, que se percataba, se ponía en medio para interrumpir y que yo pudiera estar cómoda. La verdad que al principio me resultaba muy incómodo porque me sentía insegura de mi cuerpo o de mi capacidad de respuesta, pero con el paso de los días me acostumbré, pasando, y hacía mis ejercicios sin sentirme cohibida porque me estuviera mirando. No intercambiamos ninguna palabra durante meses, pero con el paso de las semanas empecé a enfrentar su mirada en los espejos. Levemente, eran pocos segundos.
Al final empecé a buscarle yo también. Me gustaba mirarle y que me mirase. Me gustaba como pasaba por mi lado o hacía su rutina cerca de la mía, sin dirigirme la palabra, y me gustaba coger los discos de peso más cercanos a él para poder estar de espaldas a él cerca y que me mirase el culo. A él también le gustaba. Se notaba en la respiración, en la cara con la que me miraba a través del reflejo, con seriedad pero con deseo. En esos meses nunca nos dirigimos la palabra, él actuaba distante a cualquier mujer y solo charlaba y se reía con los demás hombres del gimnasio. Hablaban de los partidos de fútbol que se habían jugado ese fin de semana, se reían los unos de los otros y comentaban algunas cosas del trabajo. A mi no me interesaba hacer vida social en el gimnasio y tampoco me interesan las conversaciones de los hombres y aunque había desarrollado interés por él no me resultaba relevante llevar eso a nada más ni conocerle.
Pasaron algunos meses y en verano dejé de verle al cambiar mi hora de ir. El calor me aturdía y prefería ir temprano para no sofocarme en exceso. Echaba de menos llamar su atención y llegué a desear que apareciera por la puerta alguna mañana para poder sentir esa excitación que me generaba.
No fue hasta una tarde de agosto que, mientras esperaba a que mi hermana me recogiera del centro, me crucé con él. Reconocí su silueta nada más doblar la esquina, me quedé absorta durante unos segundos, hasta que vi a su lado a dos niñas y una mujer, acompañados por otra familia. Me quedé en shock. Nunca habíamos hablado, y no había pasado nada más de la gran tensión sexual que generamos con el lenguaje no verbal, pero no se me había pasado por la cabeza que tuviera un familiar conformada y unida. Recompuse mis ideas en un momento, y giré la cabeza para no verle, ni nada. Al fin y al cabo nunca nos habíamos saludado, ni siquiera en el gimnasio. No sé por qué me había decepcionado tanto la situación si, en realidad, podía esperar que fuera algo así.
Iban acercándose. Decidí hacer como que chateaba con alguien para no tener ni el más mínimo contacto. Y entonces, cuando pasaron por mi lado, sucedió.
-Buenas tardes- dijo sonriente. Supongo que como si fuera una vecina más.
Me quedé en silencio y esbocé una sonrisa tensa de vuelta.
-Buenas-. Me quedé helada a 40º. No estaba entendiendo nada de lo que pasaba y no me podía creer que la única vez que me saludara hubiera sido delante de su mujer y sus hijos. Estaba flipando y estaba bastante enfadada conmigo misma y con la vida. Odiaba la idea de que ese hombre estuviera tonteando conmigo y seguramente con más chicas más mientras tenía una familia.
A los minutos mi hermana apareció para llevarme a casa. Esa tarde intenté averiguar algo del tío del gimnasio pero era imposible encontrar nada de alguien de quien no sabía ni su nombre. Me sentía muy culpable de haber seguido el rollo a alguien con pareja, pero me sentía aún más culpable y tonta porque seguía deseando volver a verle.
Llegó septiembre. Pasar tanto tiempo sin verle me había hecho empezar a fantasear con cruzarme con él, hablarle y estaba deseando recibir su mirada lasciva de nuevo. Por las noches, me imaginaba cómo me lo follaría y lo juntaba con las imágenes que tenía suyas de haberle visto sudando en el gimnasio. Pasaron semanas hasta que nos encontramos de nuevo. Ahora los dos habíamos cambiado nuestra rutina y para mi sorpresa su actitud hacia mí había cambiado completamente. Me saludó muy afable y supongo que ante mi cara de confusión solo pudo emitir una risa. Imagino que ahora que le había descubierto y podía reconocer a su mujer le daba miedo interactuar conmigo y se hacia el tonto.
Yo estaba muy disgustada por dentro. Ese hombre se había convertido en mi fantasía sexual en los últimos meses. Yo lo único que deseaba era que me penetrara sin parar mientras me agarraba del pelo. Me lo imaginaba a todas horas y cuando estaba en el gimnasio aún más. Soñaba con que me pusiera a cuatro en las esterillas, con montarle encima de las máquinas, con que me atase a alguna jaula o espaldera y me tapase los ojos para estar completamente a su merced.
Suspiré y terminé la serie de press de banca que estaba haciendo. Me quedaba 1 más pero no me veía con la energía ni ánimo suficiente para tirar.
- ¿Necesitas ayuda?- dijo la voz grave y suave con la que había fantaseado apenas unos segundos antes-.
Me quedé en silencio, no sabía como reaccionar. Por un lado mis principios me decían que no tenía ningún sentido juntarse con alguien capaz de engañar a su familia, por otro lado pensaba que en el fondo no había pasado nada entre nosotros y que solo me estaba ayudando.
- Vigilaré que no se te caiga la barra encima. Venga. -Sonrió amable- Túmbate de nuevo.
Su voz era hipnótica, y más que una sugerencia lo sentí como una orden imposible de desobedecer.
- Venga. Tira.- dijo más serio.
Yo estaba muy acalorada y agotada. Me tumbé. Cogí la barra con mis manos. Notaba mis manos ardiendo y notaba como me caían gotas de sudor por la frente, el cuello, y entre mis tetas. Si miraba hacia arriba veía un gran bulto entre sus piernas. Deseaba que me follase la boca ahí mismo. Hice seis repeticiones y me empezaron a temblar los brazos. Estaba tensando todo el cuerpo para poder seguir. Tenía la barra arriba y no podía más.
- No puedo más- Dije casi ahogada. -
Él se rió.
- Para eso estoy yo. Si veo que se te cae, la cojo y te ayudo a restar peso, pero si quieres seguir fortaleciendo debes ir hasta la última repetición-.
Asentí, no me veía capaz de llevarle la contraria.
- Quiero escucharte jadear del esfuerzo, ¿entendido?.
Sus palabras me recorrieron todo el cuerpo.
Estaba muy excitada. La seguridad con la que me hablaba, estar tan cerca de él, que me mirase desde arriba en mi ropa ajustada… Notaba como me vagina se había estimulado y como se lubricaba.
- S-Sí.-
Tiré con toda fuerza que tenía.
- Venga, baja más la barra, que casi roce tus pechos.
Gemí subiendo.
- Vamos, la última.
Yo no podía dejar de pensar en que necesitaba que me tocase. Si abría los ojos solo veía su paquete y no me ayudaba a concentrarme. Tiré de nuevo y conseguí sacar la repetición. El ejercicio tan cerca se sentía demasiado sexual.
- ¿Ves como sí que podías?- se rió.
- Muchas gracias- jadeé.
Todavía no había regulado la respiración. Me incorporé y me ví en el espejo completamente sudada y con los pezones erectos. Me morí de la vergüenza, estaba claro que los había visto mientras me vigilaba. Él, como de costumbre, también me estaba mirando en el reflejo, me recorrió de arriba abajo y acto seguido se fue a continuar con su circuito.
Yo ya había acabado, y creo que, aunque no hubiera sido mi último ejercicio, habría tenido que irme porque no soportaba la vergüenza que sentía. Me despedí de la monitora y pasé por las taquilla para coger mis cosas. La luz del pasillo donde estaban estos armarios estaba fundida, así que con la poca luz que llegaba de la sala intenté abrir la mía.
- Por fin- murmuré tras haber fallado un par de veces en introducir la llave del candado.
- Eso mismo pienso yo-. Dijo la voz de mi hombre detrás de mí. Se acercó sin que me diera tiempo a girarme.
Retuve la respiración unos instantes. Estaba de espaldas y muy asustada pero él apoyó rápidamente su mano en la puerta de mi taquilla haciendo que se cerrara y pegando su torso a mi espalda y todas las dudas que tenía se disiparon. En mi culo podía notar algo muy duro apoyándose y mis latidos se volvieron a disparar. Me tapó la boca con la otra mano, imagino para que no gritase o pidiera ayuda, dejó de apoyarse y me hizo girar. Me cogió la cara y me obligó a mirarle a los ojos.
-Vamos. Ya.- los dos habíamos estado esperando una oportunidad así.
Me llevó al vestuario de hombres, no había nadie. Llevaba deseando este encuentro desde hacía mucho tiempo. Me empujó contra la pared y me besó muy violentamente. Mientras me sacó las tetas del sujetador quedándome casi a la altura del cuello. Me las apretó y estrujó. Las amasaba con desesperación. Las tocaba como si también hubiera fantaseado con esta situación mucho tiempo. Me cogió un pezón con cada mano y me tiró de ellos, los retorció y los estiró hacia abajo hasta hacerme el daño suficiente para obligarme a arrodillarme delante de él.
Me quedé delante de su polla. Bajé de un tirón sus pantalones y restregué mi cara con su ropa interior. Se marcaba todo el pene muy duro. Saqué y según iba a lamerlo se adelantó. Me agarró de la cabeza y empezó a follarme la boca. Notaba como llegaba hasta mi garganta. Sentía náuseas y mi cuerpo se arqueaba. Tenía un sabor delicioso y no quería que parase. Conseguí un momento comerle los huevos también, le chupé entero y empezé de nuevo a mamarsela. Estaba desesperada por chupársela y muy agitada. Me separó con fuerza y me quedé tirada en una esquina. Se colocó rápidamente los pantalones y se acercó a la puerta. La cerró y atrancó el picaporte.
Yo estaba muy excitada pero la verdad que el nivel de violencia que estaba manejando era nuevo para mi y estaba intimidada.
- Quiero que te desnudes ahora mismo.
No se me ocurrió desobedecer. Él me miraba atentamente, observaba cada movimiento que hacía. Me quité el top de tirantes y me bajé las mayas. Notaba como del sudor estaba mi piel pegajosa y brillante.
- Entera.
Me quedé paralizada por la situación. Escuchaba como había voces al otro lado de la puerta y me ponía muy nerviosa. Recibí una bofetada. Me brotaron unas lágrimas que no me rebajaron la excitación, si no todo lo contrario.
- Date prisa-.
Me desabroché el sujetador, lo dejé caer y me quité el tanga, que estaba empapado en lubricación. Me quité el calzado como pude porque no me atrevía a agacharme.
- Quiero verte y sentirte entera. A ver, gira. Ponte las manos en la nuca
Obedecí. Rodé sobre mi misma y con las manos en la cabeza.
- Estás perfecta, ¿eh?.
- Gracias- dije sonriendo y bajando la mirada.
Se acercó a mi. Me acarició la cara, me pasó la mano entre medias de mis tetas, bajando por el abdomen e introduciendo un solo dedo a través de mis labios. Acariciaba superficialmente haciéndolo muy placentero. Notaba como mi clítoris se iba endureciendo un poco y como mis caderas cada vez me empujaban más fuertemente hacia él. En seguida notó lo bien preparada que estaba para él, palpó con el dedo la entrada de la vagina. Me pegó a él y me empezó a besar apasionadamente. Toda esta situación estaba superando mis expectativas y fantasías. Nada de lo que había imaginado cuando me masturbaba pensando en él le hacía justicia.
- Dios. Joder. Aguanté un grito.
No pude evitar gemir. Sentía muchísimo dolor. Había metido tres dedos del tirón dentro de mí. Los metía y los sacaba sin parar. Empecé a gemir más y más pero conseguía ahogar mis gritos en los besos que me daba. Estaba teniendo un placer increíble. Paró en seco.
- Quiero que te subas en ese banco y te coloques a cuatro patas. Te voy a grabar.
Dejó el móvil grabando apoyado en el suelo pero lo cogió. Yo intenté colocarme cómodamente pero el banco era muy estrecho y apenas cabían mis piernas juntas. Se acercó a mí, grabó mis tetas colgando con los pezones erectos, grabó mi cara mientras metía sus dedos hasta el fondo de la boca… Grabó un primer plano de mi culo y luego de mi coño, que abrió con una delicadeza sorprendente. Volvió a dejar el móvil en el suelo.
Se quitó toda la ropa. Su cuerpo era impresionante y ni siquiera estaba marcado como tal. Me hizo sentarme en el banco y abrirme de piernas directamente hacia la cámara. Me colocó una toalla como mordaza. La vergüenza se apoderaba cada vez más de mi y con ella mis ganas de hacer todo por él. El ritmo no descendía ni un momento. Me empezó a masturbar muy rápido y tan intenso que me llegaba a resultar doloroso que no me estuviera penetrando directamente. De mi interior no dejaban de salir fluidos. Los sacaba con sus dedos y con su boca me succionaba el clítoris llevándome al borde de la locura.
Empujó el banco y me tiró al suelo. Me agarraba de todas las partes que alcanzaba. Me estaba dejando arañazos en los muslos, en las espalda y en los pechos. Se estaba poniendo cada vez más y más duro y bestia, y yo lo gozaba, noté cómo buscaba metermela e intenté apartarme como pude, porque yo no daba para más y no sabía si podía aguantarle. Me arrastré a una esquina pero allí me alcanzó y me colocó debajo de él empezando a bombearme sin parar. Me penetraba y me tiraba de los pezones a la vez. La mordaza no me dejaba casi gritar pero yo no podía evitar el llanto. Me dio la media vuelta y me continuo follando mientras me metía el pulgar en el culo una y otra vez, y tiraba de mi pelo hacia atrás. Yo había alcanzado mi primer orgasmo hacía minutos y estos no paraban, no sentía fuerzas para resistirme. Notaba placer en cada centímetro de mi piel y los orgasmos se sucedían como oleadas cada vez más intensas.
Empezó a empotrarme más y más rápido. Notaba como él estaba a punto de terminar en sus jadeos y en cómo la fuerza con la que me agarraba iba a más y a más.
Me volvió a poner boca arriba, me levanto las piernas y las apoyó sobre sus hombros. Estábamos casi desencajados, yo notaba como me ardía el coño. Me escupió y me dijo que me preparase.
Apretó, volvió a embestir y embestir unas pocas veces, y la sacó, corriendose encima de mi tripa y mis pechos, salpicandome la cara. Se tumbó a mi lado para coger aliento y me besó.
-Tenemos que salir de aquí.
Me vestí rápidamente y le acerqué la ropa. Me dió un beso, de los buenos. Desbloqueó la puerta, se asomó para vigilar que no hubiera nadie y me dejó salir primero para que al menos no nos relacionaran. Al llegar a casa estaba destrozada físicamente. Había sido muy intenso. Me metí en la ducha para quitarme todo el semen y el sudor, sin poder evitar masturbarme otra vez pensando en él preguntándome qué pasaría si volvíamos a vernos.
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