El Regreso de un Amor Olvidado - Parte 18 💙📖
Ella se arrodilló bajo la lluvia, entregándose sin condiciones. Pero cuando él cruzó la línea del placer hacia el dolor, descubrió que la sumisión de Emma escondía secretos más peligrosos que su propia brutalidad.
PARTE 18
Sus últimas palabras y declaraciones de amor, ahora me parecían vacías, carentes de sentido. Emma, con sus creencias religiosas y sus limitaciones morales, no estaba preparada para el tipo de relación que yo buscaba, para la pasión desbordante que me consumía. También existían grietas muy profundas en su implicancia con Chad y mi padre.
Y en ese momento, con la lluvia lavando mis penas y la ciudad extendiéndose ante mí como un lienzo en blanco, me sentí libre. Libre para explorar nuevos horizontes, para buscar la felicidad en otros brazos, para encontrar a una mujer que estuviera dispuesta a compartir mis pasiones, deseos y sueños.
Cada uno de nosotros tenía ahora un camino diferente que recorrer. Emma, con sus creencias y sus limitaciones, tendría que enfrentar sus propios demonios, resolver sus propios conflictos.
La lluvia seguía cayendo, pero ya no me importaba. Tenía un paraguas que me protegía, y un corazón lleno de esperanza. El futuro era incierto, pero yo estaba listo para enfrentarlo, con la cabeza en alto y la mirada fija en el horizonte.
Y mientras caminaba, una sonrisa se dibujaba en mis labios. Porque sabía que, a pesar de las tormentas, a pesar del dolor, la vida seguía adelante, y con ella, la posibilidad de encontrar la felicidad.
De pronto, un brazo se posó sobre mi hombro, y una voz familiar, cargada de desesperación, me llamó desde la oscuridad.
—¡Espera! —gritó Emma, con la voz entrecortada por la emoción—. No te vayas. No quiero perderte.
Me volví, y la vi allí, de pie bajo la lluvia, con el cabello empapado y las ropas pegadas a su cuerpo, como una criatura mitológica que emerge de las profundidades del mar. Sus ojos, que momentos antes me habían mirado con súplica, ahora brillaban con una luz nueva, la luz de la entrega incondicional.
—Acepto tus condiciones —dijo, con la voz firme, a pesar del temblor que la recorría—. Haz conmigo lo que quieras. Soy tuya.
Sus palabras, como un trueno en la noche, me despertaron de mi letargo. Emma, la mujer que creía inalcanzable, la mujer que se había resistido a mis avances, ahora se ofrecía a mí sin condiciones, dispuesta a renunciar a sus creencias, a sus principios, ¿Por amor?
Una mezcla de triunfo me invadió. Emma, parecía dispuesta a todo con tal de no dejarla, ahora ella se había convertido en una presa fácil, un cordero que se entregaba al lobo. Pero en el fondo, sabía que su entrega no era sincera, que tal vez estaba motivada por la desesperación o el miedo a la soledad.
Y a pesar de todo, no pude resistirme, había algo que tenía guardado desde hace mucho tiempo. El deseo, que había estado latente durante tanto tiempo, se despertó con fuerza, como un volcán en erupción. Tomé a Emma de la mano, y la conduje hacia un hotel cercano, un refugio anónimo donde podrí dar rienda suelta a mis pasiones más ocultas.
En la habitación, el ambiente era denso, cargado de una electricidad sexual que hacía que el aire vibrara. Emma, con la ropa empapada pegada a su cuerpo, se dirigió al baño a cambiarse, y secarse, pero no la dejé.
Sus ojos, antes llenos de deseo, ahora mostraban una mezcla de placer y miedo, como si supiera que lo que estaba por venir sería intenso y salvaje.
—Eres mía —susurré, y mi voz sonó grave y autoritaria, incluso para mí mismo—. Harás todo lo que te diga, ¿entendido?
Asintió, sus mejillas seguían sonrojadas y su respiración agitada.
Sin más preámbulos, la obligué a arrodillarse frente a mí. Me bajé el pantalón y mi pene se liberó, duro como una roca, apuntando hacia su rostro, exigiendo atención.
—Tómalo —ordené con la voz más gruesa y fuete que antes, y ella, con manos temblorosas, me agarró con delicadeza.
La guie hacia mi erección, haciendo que lo acariciara lentamente, enseñándole cómo complacerme.
—Así, Emma, así es como se hace.
—Ahora, ponlo en tu boca —le dije, y ella obedeció, abriéndose paso entre mis piernas.
La sensación de su boca cálida y húmeda envolviendo mi miembro fue electrizante. La dirigí con mis manos en su cabeza, enseñándole el ritmo que deseaba.
—Chupa, Emma, chupa como si tu vida dependiera de ello.
Emma se movía con torpeza al principio, pero pronto encontró el ritmo adecuado. Sus mejillas se hundían con cada movimiento, y sus ojos se cerraban en éxtasis. La lluvia seguía golpeando las ventanas, creando una atmósfera íntima y salvaje. Sentí que el mundo exterior no existía, que solo éramos nosotros dos en un universo de placer y dolor.
—Eso es, cariño, así se hace —le decía, alentándola.
Mi pene palpitaba con cada succión, y su boca se llenaba de mi excitación. La embestí con fuerza, haciendo que mi verga llegue hasta el fondo de su garganta, esto hizo que se ahogara un poco, y la obligué a mirarme.
—Quiero ver cómo te tragas mi leche, Emma. Quiero que lo hagas por mí.
Asintió, sus ojos brillaron con confusión, probablemente no esperaba que me comportase así, hizo un gesto que se podía describir como una mezcla de lujuria y sumisión.
Tomó mi pene de nuevo, esta vez con más confianza, y se lo llevó a la boca con avidez. Sentí la presión en mi glande, y su lengua danzando alrededor. Mi orgasmo se acercaba, y con él, un placer indescriptible.
—Ah… sí, Emma, así es —gemí, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba.
—Traga, Emma, traga mi leche —grité, sintiendo cómo mi semen caliente llenaba su boca.
Emma tragó con maestría, obedeciendo mi orden, seguidamente saqué de su boca mi pene que seguía palpitando como nunca, mi respiración era agitada. La miré a los ojos, seguía viendo esa mezcla de placer y confusión.
—Eso es, cariño, así se hace —le dije, acariciando su cabello mojado—. Eres una buena puta.
—¿Qué? —dijo por fin—. No me gusta que me llamen de esa manera.
Me tumbé a su lado en la cama, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el mío. La lluvia seguía cayendo, creando una banda sonora perfecta para nuestro encuentro.
—Emma, ¿sabes por qué te he dominado de esta manera? —le pregunté, buscando entender mis propios deseos—. ¿Conoces a Lazy?
Sus ojos se abrieron, parecía saber algo. Pero enseguida soltó un suspiro y respondió.
—No, no sé de qué me estás hablando.
Recordé la foto que había encontrado en el baúl, se trataba de una chica con un antifaz que le cubría el rostro, y orejas de perro sobre su cabeza. Su cuerpo, delgado y flexible, se contorsionaba en una pose felina, como si quisiera imitar los movimientos de un animal. Tenía una extraña sensación por saber quién era, de haberla visto antes.
—Bueno, no importa. Seguramente lo sabré después.
—¿Te gusta el sexo de esta forma? —preguntó con algo de duda en su voz—. Siempre creí que no eras de ese tipo, no tienes que cambiar para hacerte el rudo, el amor en la cama debe ser siempre complaciente para los dos.
Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro al escuchar sus palabras.
—Lo hice porque me excita —confesé, sintiendo cómo mi pene volvía a endurecerse—. Me gusta ver cómo te rindes, cómo me obedeces. Es un juego de placer y dolor, y sé que ambos lo disfrutamos.
—Creo que estás equivocado, a mí me gusta ser tuya, pero no de esta forma — susurró, besando mi cuello.
—Cierra la boca, ahora quiero que te des la vuelta y ponte en cuatro como una zorra —respondí con voz imperativa.
Ella se sorprendió por mis palabras, pero no dijo nada, solo giró su cuerpo y levantó las caderas.
—Así me gusta.
Entonces ella tomó otra estrategia, y su voz se volvió más melodiosa.
—Me gustaría complacerte de esta manera —dijo, su voz era baja y seductora—. Quiero que me uses, que me hagas tuya de nuevo, pero esta vez, quiero sentirte dentro de mí. Estoy dispuesta a cumplir solo si me prometes que te casarás conmigo.
—Como desees, mi puta —respondí, mientras el rostro de la mentira se dibujaba en mi cara—. Al fin te poseeré, pero esta vez, seré más suave. Te daré el placer que mereces.
La besé con pasión, explorando sus curvas con mi lengua, saboreando su sabor único. Mis manos recorrieron su cuerpo, acariciando sus pechos, su cintura, sus muslos. Entonces descubrí algo que me desarmó por completo.
Había un pequeño tatuaje cerca de cintura, antes pasé desapercibido en loque creía sería el nombre de su hijo “Noah”, pero eso no estaba escrito ahí, solo estaba en letras corridas la palabra: “Chad”.
Mis besos pararon y ella giró su cuello como esperando más caricias. Sus ojos me miraron con intriga a la vez que se decidió a darme besos cerca de los labios, eran con parsimonia contrastando con la intensidad de antes. Ella quería que sintiera su adoración, que supiera que me deseaba en todos los sentidos. Pero claramente todo eso había quedado de lado.
Como regresando de un flashback, erguí mi espalda y mis manos se posaron en sus muslos, abriéndolos con fuerza. La miré a los ojos, viendo su anticipación y deseo.
—Emma, mi hermosa futura esposa, te daré el placer que has estado esperando —le dije, dirigiendo mi pene hacia su centro de goce.
Abrí sus labios vaginales con rudeza, haciendo que su cuerpo se tensara. Ella gimió cuando su intimidad se abrió, enseguida sentí calor y humedad. Parecía que estaban lamiendo mi pene con lentitud, saboreando mi esencia, y disfrutando de mi sabor. Sus gemidos llenaron la habitación, mezclándose con el sonido de la lluvia que caía.
Mi mente comenzó a llenarse de placer, y como si de un espejismo se tratase, imaginé que no era Emma la que estaba al frente sino más bien Claudia, y vino a mi mente aquellas noches de pasión que tuve con ella.
Estuve a punto de correrme y mis muslos se tensaron. Ella sintió el cambió y con la cabeza gacha empezó a vociferar.
—Córrete dentro, mi amor —su voz sonaba alterada como si fuese el culmen de su vida—. ¡Préñame, hazme un hijo!
Y en un cambio brusco, hice que se girara sobre su eje, manteniendo mi pene en su interior, y seguí embistiéndola ahora cerca del límite. Y en se punto de quiebre, al último momento saqué mi pene de su interior, y dejé fluir mi esencia sobre las sábanas.
La sangre comenzó a hervir haciendo que mis venas latiesen con intensidad, entonces con una ligera inclinación cogí el cinturón de mi pantalón, y con rápido despliegue le di un azote en el culo.
¡Plas!
Ella se encogió en el lugar, apretando las nalgas hacia adelante como no queriendo recibir más castigos. Pero para su mala suerte yo no claudiqué seguí dándole correazos cada vez con más fuerza.
Emma gemía de dolor, su cuerpo se retorcía y ni siquiera las sábanas podían salvarla de las fustas, me pedía que parase, pero mi cuerpo parecía ser poseído por un demonio. Después de unas cuantas respiraciones mi manó se cansó, y solté la correa al suelo. Su rostro compungido estaba cubierto de lágrimas. Había marcas rojizas por todo su cuerpo. No sabría decir que me había pasado era como si mi mente hubiese explicado y no era yo quien movía la mano, parecía un espectador de mi propia vida.
Solo recordaba que mientras la poseía, una intensidad que nunca había experimentado se apoderó de mi cuerpo, y me preguntaba si aquel acto de dominación era una forma de castigo, de venganza, o simplemente, la expresión de un deseo oscuro que siempre había habitado en mí.
La imagen de Emma, desnuda y sollozando sobre la cama, con la piel surcada de marcas rojas y la sangre manchando las sábanas, se grabó en mi mente como una cicatriz imborrable. Había cruzado una línea, había traspasado los límites del placer y la dominación, adentrándome en un territorio oscuro y peligroso.
Las horas que habíamos pasado en aquella habitación de hotel se habían convertido en un torbellino de sensaciones, en un viaje alucinante por los laberintos de la pasión y la violencia. Emma, entregada a mi voluntad, había aceptado cada uno de mis caprichos, cada una de mis exigencias, con una sumisión que me había excitado y aterrorizado al mismo tiempo.
Pero ahora, con la adrenalina desvaneciéndose y la culpa apoderándose de mi conciencia, me preguntaba si había ido demasiado lejos. Las marcas en su piel, los rastros de sangre eran la prueba irrefutable de mi brutalidad. ¿Era ese el hombre que yo era en realidad? ¿Un sádico que disfrutaba infligiendo dolor?
Una ola de confusión me invadió, nublando mis pensamientos. No reconocía al hombre que había sido esa noche, al monstruo que se había apoderado de mi cuerpo y mi mente. Las dudas me atormentaban, como demonios que susurraban en mi oído: "¿Fuiste tú? ¿Realmente fuiste capaz de hacer eso?"
Y entonces, en medio de ese caos interior, el teléfono sonó, arrancándome de mis cavilaciones. Era Claudia. Su voz, cálida y familiar, me trajo un atisbo de calma, un bálsamo para mi alma herida.
—Hola —dije, con la voz ronca, intentando disimular la agitación que me embargaba.
—Hola —respondió Claudia, con un tono de preocupación—. ¿Estás bien? Te noto raro.
Su voz, agitada y llena de preocupación, me trajo de vuelta a la realidad, a la crudeza del presente.
—Alguien ha intentado entrar a tu casa —dijo, con la voz entrecortada—. Por suerte, la alarma ha funcionado y la policía ha detenido al intruso.
Las palabras de Claudia, como un mazazo, me despertaron de la pesadilla en la que me encontraba inmerso. La imagen de Emma, desnuda y herida en la cama del hotel, se desvaneció de mi mente, reemplazada por una nueva oleada de angustia y desconfianza.
¿Quién habría intentado entrar a mi casa? ¿Un ladrón común, o alguien que buscaba algo más, algo que pudiera estar relacionado con los negocios turbios de mi padre, con la red de corrupción que se extendía como una telaraña, atrapando a todos los que se cruzaban en su camino?
Y entonces, como un rayo que ilumina la oscuridad, una sospecha terrible se apoderó de mí. ¿Y si Emma, desesperada por descubrir mis secretos, había enviado a alguien a registrar mi casa mientras yo no estaba? ¿Y si el intruso buscaba la llave del baúl, las pruebas que la incriminaban?
La idea, como una serpiente venenosa, se enroscó en mi mente, envenenando mis pensamientos. No podía confiar en nadie. Todos parecían estar jugando un juego macabro, un juego de engaños y traiciones en el que yo era solo un peón.
—Voy para allá —dije a Claudia, con la voz llena de determinación—. Necesito ver qué ha pasado.
Colgué el teléfono y salí del hotel con paso apresurado, sin mirar atrás, sin despedirme de Emma. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía encapotado, como un reflejo de la tormenta que se desataba en mi interior.
Mientras conducía hacia mi casa, la mente trabajaba a toda velocidad, intentando encontrar una explicación lógica a lo sucedido. ¿Quién era el intruso? ¿Qué buscaba? ¿Y cómo había conseguido burlar la seguridad de mi casa?
Continuará...
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