La apuesta (I)
Siempre ganaron las manos, pero esta vez la apuesta no era dinero. Cuando la mesa se vacía y solo queda el tanga, la humillación se vuelve la única moneda de cambio.
- Juégatela, si los tienes cuadrados - casi gritó mi novia. Aquello parecía personal. Tan solo estábamos jugando a las cartas pero sin duda lo que había en juego era algo superior.
Y así lo hizo. Diego puso su mano sobre la mesa y mi mente se quedó el blanco. ¿Mi novia sabía que íbamos a perder? ¿Por eso el grito que había soltado? ¿Qué nos había traído hasta aquí?
Esta última pregunta aún tardaría en ser respondida pero las dos anteriores apenas supusieron un esfuerzo para el narrador. Diego enseñó su mano, un AK, que junto a lo que había en la mesa (A8K32) formaban unas dobles parejas que no nos daban oportunidad.
- Quítate el tanga - Era lo único que le quedaba a mi novia encima. Miré hacia los lados, los demás compañeros seguían durmiendo en sus sacos. Era la primera vez que salíamos con la clase de la universidad y no queríamos que nadie supiera lo que hacíamos.
Nunca habíamos perdido. Si de algo controlábamos Sandra y yo era de estafar a pobres ilusos. Ya desde mucho antes de entrar en la universidad nos ganábamos la vida sacándoles los cuartos a aquellos que pensaban que podrían ganarnos unas manos al póker.
No fueron pocos los cientos de euros que conseguimos gracias a nuestras (algo dudosas) tretas, hasta que llegamos a este campamento. Todo fue idea de Víctor, un amigo de la carrera al que también le iban las cartas y organizó todo el evento cuando se enteró de nuestra afición. "¡Qué fácil será esto!", pensamos.
Sin embargo, nada iba como yo pensaba desde un primer momento. Lo de Sandra y Víctor no era normal. Aunque Sandra se comportaba conmigo igual que siempre, su actitud con Víctor era muy difícil de describir. Una mujer tan dura e independiente como ella no lo parecía tanto frente a él.
Y entonces fue cuando llegó el momento de la tan esperada partida. Elegimos a Víctor como víctima porque era hijo de un abogado bastante importante y rico, él nos eligió a nosotros por algo que pronto nos quedaría claro.
Después de una partida más bien igualada, y en la que yo simplemente ejercía de dealer para controlar la partida a mi gusto, Sandra sucumbió en esa última mano ante Diego. Aunque pensé que había hecho trampas para ganar no podía argumentar nada, ya que nosotros habíamos hecho lo mismo.
La apuesta inicial era clara: si Sandra ganaba se hacía con 20.000 euros de Víctor, un dineral. Sin embargo, si era Víctor el que conseguía la victoria exigiría una mamada de mi novia.
Aunque en su momento dudé en aceptar la apuesta, Sandra lo tuvo claro desde un principio. Yo ya no tenía nada claro sí ella había aceptado tal apuesta sin importarle en absoluto si la perdía. En algunos momentos parecía no querer ganarla, desde luego, aunque fuera una adicta a la competición.
- Quítate el tanga golfa - Era lo único que le quedaba encima a mi novia, después de haber perdido diferentes prendas de ropa en las anteriores manos, tal como aseguraban los parámetros de la apuesta. Todo era un sinsentido. ¿Cómo podía hablarle así a mi novia? ¿Cómo podíamos perder de una forma tan gratuita?
- No me hables así, y encima has hecho trampas - Sandra no había temblado tanto en su vida. Nunca se había sentido tan vulnerable.
- Quítatelo o demuéstralo - Sandra sabía que no podría demostrarlo sin descubrir nuestras trampas en ese mismo instante. Sin embargo, mi novia le pidió a Diego un momento y se vino conmigo al baño.
- Debemos cumplir - mi novia tenía una mirada rara. Estaba decepcionada por haber perdido pero igual de perdida tenía la mirada.
- No pienso permitir que se la chupes, ni de coña - Aquello ya era algo personal.
Pum, pum, pum. Los golpes de Diego a la puerta no cesaron y Sandra decidió abrir. Nada más hacerlo Diego le dio un bofetón en la cara, el cuál me hizo tirarme encima suya aunque pronto escuché un grito de mi novia:
- Basta - Ella se había quedado de rodillas, mientras miraba al suelo - Diego ha ganado la apuesta y debemos pagarla. El ganador le puso la mano sobre su cabello, en señal de victoria, mientras mi novia le miraba de forma sumisa.Mientras, yo solo podía mirarles mientras mil y una preguntas pasaban por mi cabeza.
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