Con la comadre y mi novia en la misma cama 2
La viuda de su mejor amigo no solo busca su protección, sino su cuerpo. Y cuando la novia del protagonista aparece en la escena, la lealtad se desmorona ante la tentación de compartir lo que Xavi dejó en herencia.
4
Al día siguiente, al aparecer por el Estado Mayor, me informaron de una cita en el ministerio de Defensa a la que acudiría la ministra. Que doña Carmen fuese a participar en la misma no era lo habitual y por eso no dudé en llamar al general Terán por si podía anticiparme algo.
―Parece ser que tu recomendación ha causado conmoción en el ministerio― señaló mi superior antes de decir que, aunque chocara frontalmente con la de sus asesores, mi punto de vista coincidía con el del CNI, y que por eso quería verme en persona.
El protagonismo que había echado sobre mí el escrito que redacté la tarde anterior me preocupó. No queriendo parecer un inepto y que la ministra me pillara en un renuncio, me puse a repasar la información que me había llevado a esa conclusión. Al volverla a estudiar, confirmé el peligro que corrían nuestros hombres y más cuando desde inteligencia respondieron mandándome la información de Fernando Gastón, el fanático que ahora se hacía llamar Ibrahim Zarqai. Según los datos que me hicieron llegar, ese sujeto era uno de los responsables políticos del califato islámico y aunque no se le conocía responsabilidad militar alguna, se daba por hecho que era una de las personas que marcaban los objetivos a la organización.
«O mucho me equivoco o en estos momentos se está preparando un atentado contra nuestras tropas», concluí ya seguro.
Por eso, cuando el chofer me avisó que debíamos irnos, supe que era mi deber insistir en que se elevara la alerta en la base “Miguel de Cervantes” u ocurriría una desgracia. Meditando sobre ello llegué a la sede del ministerio dispuesto a debatir con quien tuviese en frente mi recomendación. Lo que jamás me esperé fue que al llegar a la reunión entre los asistentes estuviera el general Asarta, un militar que recientemente había sido nombrado jefe de la misión de la ONU en el Líbano. Intimidado por su hoja de servicios, me cuadré ante él antes de pasar a la sala donde vería por primera vez a la política que mandaba en Defensa.
―Descanse, Urbieta y explíqueme en que se basa para hacer tal afirmación― me ordenó.
Obedeciendo le hablé del error que había cometido el traductor al subestimar el riesgo de nuestra gente y que para mí no era la clásica bravuconada a la que nos tenían acostumbrados los islamistas y que la consideraba un peligro real.
―No ha tomado en cuenta quién lanzó la proclama ni que, en vez de hablar genéricamente de atacar los intereses españoles, hacía referencia directa a la base Cervantes al recordar el cautiverio del escritor en tierras argelinas.
―Es un aviso a navegantes y creo que debemos darle la importancia que merece― añadí haciendo hincapié en que, si nos dejábamos guiar por el tiempo verbal que el autor había usado, el ataque sería casi inmediato.
―Lo mismo opina mi intérprete― sentenció mientras entrábamos a la sala.
Satisfecho de que un alto oficial como Asarta diese credibilidad a mis sospechas, me senté en la única silla que seguía vacía cuando entré. Cosa que agradecí al estar bastante alejada de la que ocupaba la ministra. En persona, esa mujer parecía más joven que en la tele, pero no por ello me dejé engañar por su juventud, dada la prudencia y buen hacer que había demostrado desde que estaba en el cargo.
―Teniente Coronel, he leído su recomendación y aunque en un principio estuve tentada de desecharla, me han convencido de escuchar en persona porqué gente muy cualificada considera que debemos hacerle caso.
Con esa alusión directa, me estaba ordenando que expusiera la cadena de hechos que me habían llevado a tal conclusión y repitiendo el mismo razonamiento que al general, inserté en mi exposición la información que me había llegado acerca del autor de la proclama. El cabreo de doña Carmen al escuchar esos datos que le debían haber notificado a ella antes que nadie fue tan evidente que nadie se atrevió a rebatir frontalmente mi postura. Eso llevó a que desde el ministerio se diese la orden de fortificar más si cabe las instalaciones españolas en ese país. Que incluyeran la embajada en Beirut fue prueba la credibilidad que dieron a mis palabras.
―Muchacho, dime. ¿Cómo es posible que domines tan bien el árabe? – quiso saber Asarta antes de despedirse.
―Esa cultura siempre me interesó, pero a raíz de mi estancia en Bosnia fue cuando empecé a estudiarlo para no depender de un traductor cuando interveníamos los escritos que algún imán extremista dirigía a sus huestes. El tiempo era oro en estado de preguerra― respondí.
Supe que su pregunta no era baladí y que mi conocimiento de ese idioma me hacía candidato a ir al Líbano, pero como acaba de ser promocionado y estaba cursando un curso en el Estado Mayor, deseché la idea de un futuro traslado al menos en fechas próximas. Aun así, no estaba tranquilo, por las dificultades que me acarraría tal oportunidad teniendo en cuenta que además de mi carrera tenía que fungir como el administrador de mi ahijada.
«No tendría tiempo de velar por sus intereses», rumié mientras volvía a mi despacho. Mi labor diaria como principal asesor del general Terán no me dejó seguir dando vueltas al tema y lanzándome en picado a resolver el día a día, lo olvidé completamente hasta que a la salida del trabajo me reuní con Patricia.
Como tenía que explicarle la razón por la que debíamos postergar nuestro viaje a Londres, directamente le conté la sorpresa que había recibido durante la lectura del testamento, obviando por supuesto todo lo relativo a la carta manuscrita de Xavi en la que insinuaba con claridad que su esposa era partidaria de cambiar el tipo de relación que me unía con ella.
Curiosamente y quizás gracias a su profesión, esa ejecutiva no solo comprendió que me tuviese que ocupar de Lara, sino que incluso lo vio como una muestra de mi valía más allá del ejército y se comprometió en prestarme toda la ayuda que necesitara para interpretar los balances que me habían dado. Lo único que me molestó fue cuando quiso saber si cobraría un sueldo:
―No lo sé, ni me importa― repliqué asumiendo que ese fin de semana me enteraría.
Tal y como había quedado, el viernes tomé un Ave a Barcelona y gracias a la velocidad de ese tren, llegué a la ciudad Condal cuando el reloj de la estación de Sants todavía no había marcado las ocho. Cargando mi troley, me reuní con el padre de Xavi que se había tomado la molestia de desplazarse para ir conmigo en coche hasta su masía. Comprendí que su presencia encerraba un motivo de alcance cuando apenas el chofer había encendido el flamante Mercedes, el payés comenzó a alabar el buen tino que había tenido su hijo al nombrarme.
―Como es evidente, no soy un niño y con casi ochenta años, no puedo esperar que mi vida sea muy larga. Por eso respiré cuando mi chaval me preguntó qué opinaba de que tú te encargaras de que nada le faltara a su familia.
Juro que me quedé petrificado por el tono con el que dijo esto último, ya que de algún modo parecía saber la última encomienda que mi amigo me había hecho en la carta. Refutando tal posibilidad ya que un padre nunca admitiría de buen grado que, estando todavía caliente el cuerpo de su hijo, la viuda lo sustituyera por otro, me vi forzado buscar otra razón.
«Como empresario es un hombre práctico y ve a largo plazo. Esta solución le da la tranquilidad que necesita para seguir trabajando», me dije mientras salíamos del casco urbano.
Al ser final de primavera, todavía era de día y por eso de camino, pude contemplar la riqueza de esas tierras y no sintiendo como propia la finca de los Vilas, dejé que el anciano se vanagloriara de la fecundidad de la misma mientras nos acercábamos a la masía. Lo que jamás preví fue encontrarme con la magnificencia del centenario palacete que apareció ante mí y menos que en su puerta me estuviera esperando la familia al completo. Aunque me esperaba la presencia de Nuria, su mujer, nunca sospeché que Rosa y Lara hubiesen dejado Madrid pocas horas antes que yo.
―Es lógico― contestó al señalárselo: ―Vamos a tratar la herencia de Xavi y lo que aquí decidamos será básico en el futuro.
No pudiendo revelar al payés la incomodidad que me causaba estar en la misma habitación que la viuda desde que su marido murió, me bajé a saludarla. Siendo cortés su respuesta a mi saludo, la noté fría, como si estuviese tanteando mi reacción. Su actitud fue distante hasta que mi ahijada se lanzó a mis brazos y me llenó de besos. Entonces y solo entonces, cambió por completo. Tomando mi mano y ejerciendo de cicerone, me llevó hasta el cuarto donde dormiría ese fin de semana.
Por lo poco que conocía de la cultura catalana, supe que esa habitación era la del “Hereu”, la del primogénito y un tanto cortado, le pregunté el porqué de ese honor.
―Mis suegros lo decidieron. Para ellos, representas la continuidad de su legado y por eso han creído necesario hacértelo saber... además “la niña de tus ojos” insistió. Quiere que duermas cerca para que después de cenar le leas un cuento.
Me llamó la atención que se refugiara en el cariño de Lara a la hora de explicarse, pero sin dar la menor importancia al dato dejé el equipaje y fui con ella a visitar el resto de la mansión familiar. El impresionante interior del palacete no menoscabó el idílico jardín que lo rodeaba. Impresionado por lo que estaba viendo, comprendí nuevamente lo humilde que había sido mi amigo al no hacer nunca gala de ser dueño de semejante patrimonio.
«Lo raro es que haya terminado de militar», pensé para mí asumiendo las presiones que debía haber sufrido al ingresar en la academia por parte de sus viejos: «Lo más normal es que se hubiese puesto al frente de la empresa».
Meditando sobre ello, mi admiración por su esposa creció. Cualquier otra no se hubiese conformado con vivir del sueldo que nos pagaban y hubiese exigido una vida distinta. Al comentarlo, la morena entornó los ojos y me contestó:
― ¿Crees que derrochando su dinero hubiese sido más feliz?
Esa respuesta me dejó sin argumentos y lamenté incluso habérselo planteado, no fuera ver en mi comentario un interés monetario que no tenía. Reculando de inmediato, le di la razón y no volví a hablar de ello hasta la cena. Y no fui yo quien lo sacó a colación sino don Pere cuando haciendo una exhibición de poderío económico nos dijo que había abierto una cuenta con nosotros dos como cotitulares para que sufragáramos cualquier gasto que pudiese surgir.
―Gracias, suegro. Pero no hacía falta. Tenemos la casa pagada y la pensión que recibo es suficiente para llevar una vida digna.
―Tonterías, el dinero sirve para no pensar en el dinero― señaló el anciano mientras nos mostraba el saldo que había ingresado en dicha cuenta: ― ¡A mi nieta que no le falte de nada!
Al ver que había hecho una transferencia desorbitada, Rosa enmudeció. Fue entonces cuando interviniendo, doña Nuria añadió:
―Como abuelos tenemos el deber de mimar a Lara y sois vosotros los que tenéis la responsabilidad de educarla, poniendo los límites que consideréis prudentes.
Que me incluyera a mí, iba mucho más allá del papel de administrador y abriendo los ojos, dejé claro mi turbación cuando contestando también en mi nombre Rosa argumentó que no pensábamos hacer de su hija una mimada y que debía crecer como una niña normal.
―Contamos con ello― insistió su suegra mirándome: ― Confiamos en que hagáis de ella una mujer de provecho.
Me costó asimilar sus palabras y que nuevamente me otorgase un papel predominante en la educación de Lara. Cuando lo hice, creí prudente dejar caer que me comprometía en ayudar a la madre en todo lo que necesitara. La otoñal pareja acogió mi promesa con satisfacción. En especial, doña Nuria que me pidió que la dejase de hablar de usted y la tuteara:
―Hijo. No te olvides que somos familia y tanta formalidad me hace sentir vieja.
Las risas de su marido contrastaron con el terror que me había atenazado al escuchar a su mujer y cayendo en el más absoluto de los mutismos, preferí cenar a hablar. Sentía que caminaba entre tierras movedizas y no queriendo mostrar mi inquietud, me quedé observando cómo Rosa les pedía permiso para pasar las vacaciones de verano en la masía.
―Esta es vuestra casa y tanto tú como Juan siempre seréis bienvenido en ella.
Alucinado comprendí que nos concebían como un todo y que pensaban que lo normal es que pasáramos juntos el periodo estival:
«No puede ser. ¡Prevén que vamos a convertirnos en pareja!», exclamé para mí mientras la viuda de su hija les daba las gracias y les anticipaba que hablaría conmigo para definir las fechas.
Sin llegar a entender que se prestara a ello y que diera por sentado algo que desde ese momento me negaba hacer, bebí de un trago la copa de vino que tenía enfrente en un intento de calmar mi creciente aturdimiento. Ese acto fue en vano y elevando la voz, señalé que lo intentaría pero que quizás no podría pasar las vacaciones allí dejando caer mi posible traslado al Líbano. Juro que jamás me esperé que Rosa se echase a llorar al oír que me podían enviar a Oriente Medio y menos que cogiendo a Lara, desapareciera rumbo a su cuarto. Sé que ni siquiera me oyó cuando añadí que era una posibilidad lejana y por eso agradecí que doña Nuria se levantara diciendo que no me preocupase y que intentaría calmarla.
Don Pere esperó a que nos quedáramos solos para echarme en cara ser tan insensato de soltar esa noticia de esa forma:
―Muchacho, te creía más inteligente. ¿Todavía no te has dado cuenta de la necesidad que tiene de tu compañía? Si al final se da ese traslado y decides aceptarlo, debes llevarte a Rosa y a mi nieta contigo.
―No somos pareja― contesté al confirmar que nos veía así.
―Todavía no, pero lo seréis. Si no te dejas llevar por un falso orgullo, comprenderás que tu lugar es junto a ella. Desde que Xavi nos la presentó, mi esposa y yo supimos qué Rosa era la mujer ideal que tanto habíamos soñado para nuestro hijo― y sin dejarme intervenir, añadió: ―Por eso cuando nos enteramos de su enfermedad, además de preocuparnos por él, entramos en crisis por lo que sería de ella cuando muriera.
―No entiendo a qué se refiere― reconocí colorado por el rumbo que estaba tomando la conversación.
―Como te decía... al saber la gravedad de su cáncer, me reuní con él y le hice ver la urgencia de buscar un plan alternativo para el día que faltara.
―Señor, le juro que me he perdido― de nuevo lo interrumpí.
― ¡Por dios! Déjame acabar o esto además de duro se hará eterno. En esa conversación de padre a hijo, le hice ver que dada la personalidad de su mujer tenía que anticiparse y buscar alguien cabal que lo pudiese sustituir cuando ya no estuviera entre nosotros. Por eso me alegró que me dijera que tú, su mejor amigo, serías quien se ocupara de su mujer y de su hija.
A pesar de haber prometido no volver a interrumpir, no tuve opción de permanecer callado y directamente le pregunté de lo que hablaba, ya que su nuera era capaz de desenvolverse ella sola.
― ¡Qué poco la conoces! ― se echó a reír el anciano: ―Acostumbrada desde cría a un padre dominante, buscó en mi hijo un hombre igual y ahora que no está, tendrás que ocuparte de dirigirla porque no puede ni debe vivir sola.
Confieso que me quedé paralizado al escuchar lo que estaba insinuando y sin llegarme a creer su afirmación, comencé a repasar las vivencias que habíamos tenido juntos y como si cayese el velo que me había mantenido ciego, comprendí que el desvelo y el cariño con el que había tratado a Xavi rallaba la sumisión.
― ¡No puede ser! ―exclamé de viva voz sin darme cuenta.
Con una triste sonrisa en los labios, el payés se levantó de su silla y mientras se marchaba rumbo a su cuarto añadió:
―Como hombre sé que mi hijo te hizo un favor cuando te puso en bandeja su más valiosa posesión y como padre, me alegro que haya tenido el coraje de comentármelo. Llevo dos meses sabiendo que tendríamos esta conversación y desde ahora te hago saber que cuentas con mi beneplácito. No me opondré cuando me comuniques que al fin has aceptado a mi nuera como mujer y a mi nieta como hija.
Completamente conmocionado, lo vi marchar antes de dirigirme al mini bar para servirme una copa que me ayudara a digerir lo que esa noche había escuchado. Tras sacudirme un par de whiskys, supe que debía hablar con Rosa para aclarar el malentendido. Disculpando a su marido por enfermo y a sus suegros por viejos, creí que había llegado el momento de poner las cosas en su sitio y hacerle ver que mi apoyo sería total, pero que no podía pedirme que éste incluyera la cama.
Como no estaba seguro de nada, empezando porque fuera consciente de los planes de su marido y que estos contaban con la aprobación de sus suegros, toqué a su puerta para tantear el terreno antes de decir algo.
―Pasa, Juan. Lara está esperando su beso de buenas noches.
Entrando al interior del cuarto, descubrí que mi amiga y comadre se había cambiado y despojándose de la ropa, se había puesto un camisón casi transparente. Cortado al reparar en sus pezones a través del encaje, me acerqué pensando en que no se había dado cuenta del detalle y que no tardaría en taparse al advertirlo. Pero en vez de usar la sábana para protegerse, me dio un libro y abriendo hueco en la cama, me rogó que me tumbara y le contase a Lara el cuento que le había prometido. Repartiendo la mirada entre el libro y el profundo canalillo que lucía entre los pechos, comencé a leer sabiendo lo poco apropiado que era mi estancia ahí.
Mi consternación se elevó a términos nunca experimentados cuando como si fuera algo habitual entre nosotros, Rosa apoyó la cara sobre mi pecho mientras cerraba los ojos. Su postura no solo era la de una esposa con su marido, sino que al reposar la cabeza así, el escoté se le abrió dejando al descubierto la totalidad de sus senos. La belleza de sus oscuras areolas despertó al infame que vivía entre mis piernas y olvidando el propósito inicial que me había llevado hasta su habitación, me removí incómodo mientras narraba a mi ahijada la historia de la bella durmiente.
Sin poder aceptar la realidad, aduje a la amistad su comportamiento y que tal como me había ocurrido mientras Xavi vivía, esa mujer no veía en mí un hombre sino un amigo.
«Estoy condicionado por la conversación y realmente busca en mí un apoyo», me dije a pesar de que en ese momento me estuviera tímidamente acariciando.
Temiendo que mi ahijada se percatara de que algo ocurría, aceleré el cuento para terminar al notar que Rosa metía los dedos bajo mi camisa intensificando así las caricias. Afortunadamente, la cosa no llegó a mayores y aprovechando que la cría se había quedado dormida, me fui a despedir de ella con un beso en la mejilla, pero en el último momento giró la cara y plantándomelo en los morros, susurró hasta mañana.
Aunque había sido apenas un roce, fue evidente que lo había hecho a propósito. Recordando lo que me había llevado hasta allí y sin alzar la voz para no despertar a Lara, como un autómata le repetí el discurso que había preparado en el que cortésmente rechazaba el convertirme en su amante para no enturbiar nuestra amistad. Las lágrimas que brotaron de sus ojos me hicieron creer que iba a montarme un escándalo. Pero entonces abrazándose a mí empezó a darme las gracias por ser tan comprensivo con ella y darle tiempo a acostumbrarse a la ausencia de Xavi:
―Te juro que, cuando esté preparada, seré quien te lo haga saber.
Ni que decir tiene que había malinterpretado mis palabras y que no había visto en ellas la negativa que encerraban, sino una tregua para que pasara el luto. Con su agradecimiento machacando mi cerebro, llegué al cuarto y me acosté.
Como todos comprenderán, esa noche me costó dormir ya que cada vez que trataba de conciliar el sueño, la imagen de Rosa acudiendo desnuda a mi cama aparecía en mi mente. Lo que con otra protagonista hubiese sido algo que hubiese disfrutado, se convirtió en pesadilla al ver su llegada como una traición a la memoria de mi amigo y por eso decidí que al día siguiente aclararía con ella nuestra relación.
«Debe darse cuenta de lo inmoral que resultaría que nos liáramos», concluí antes de que el sopor me llevara en volandas y finalmente me quedara dormido.
5
De madrugada, me despertó una presencia. Confieso que me aterró que fuera Rosa y que hubiese decidido que ya estaba preparada para entregarse a mí. Por eso, respiré y de qué manera cuando comprendí que era mi ahijada la que se había metido entre mis sábanas. Al saber que era la cría, dejé que se acomodara junto a mí y seguí durmiendo hasta que a la mañana siguiente finalmente abrí los ojos para descubrir a Rosa mirándonos embelesada.
―Que se haya cambiado de cama, demuestra lo mucho que te quiere― susurró luciendo una sonrisa de oreja a oreja.
Que no mostrara rastro de celos por que la hubiese dejado en mitad de la noche para dormir conmigo, me reveló que no me veía como alguien que le quisiese robar el cariño de su hija sino como aquel con el que compartiría la paternidad de su retoño.
―Creo que debemos hablar― respondí mientras evitaba mirar más allá de sus ojos verdes.
Creyendo quizás que iba a pedirle que me dijera cuando preveía que sería capaz de convertirse en mi amante, me abrazó y poniendo mi cara entre sus pechos, me pidió nuevamente qué le diese un respiro.
―Siempre te he deseado, pero tengo demasiada reciente la muerte de Xavi. Me urge quizás más que a ti que me des tu cariño y ser tu mujer, pero te ruego que no insistas.
Que me ratificase que no solo estaba de acuerdo con los designios de su marido, sino que era algo que veía como la culminación de un deseo que había mantenido oculto, me dejó helado y balbuceando señalé si estaba seguro de lo que decía.
―Desde que me quedé viuda no he hecho otra cosa más que pensar en lo que Xavi me dijo cuándo sabía que iba a morir.
― ¿Qué te dijo? ― pregunté intrigado y preocupado por igual.
Acariciando mi pecho como había hecho la noche anterior, contestó:
―Me aseguró que no debía de sufrir con su ausencia, porque había hablado acerca de mí contigo y que te habías comprometido a cuidarnos.
Mi cara de sorpresa debió ser total porque mirándome a los ojos quiso saber si su marido le había mentido. No pude faltar a la verdad y tuve que confesar que nada sabía del tema hasta que leí la carta. Pero que ni entonces ni cuando su suegro me lo confirmó, lo había creído.
― ¡Qué vergüenza! – comenzó a sollozar mientras intentaba taparse con mis sábanas: ― ¡Debes pensar que soy una puta!
La humillación que leí en ella ratificó en mí el convencimiento de que ambos habíamos sido víctima de un engaño y abrazándola, susurré que para mí nada había cambiado y que seguía viéndola como mi mejor amiga. Mi compresión añadió otro clavo a su condena y desmoralizada intentó zafarse de mí. Cuando ya casi se había liberado de mi abrazo, supe que si la dejaba marchar nunca volvería a verla y por eso reteniéndola con fuerza, me vi forzado a decir:
―Desde ahora me ocuparé personalmente de ti de Lara y nada os faltará.
― ¿Solo eso? ―levantando la mirada, preguntó.
Recordando lo que me había dicho su suegro sobre ella, añadí:
―Tendrás en mi un faro al que agarrarte y si veo que te desvía, sabré devolverte al camino.
Increíblemente, se tranquilizó y con los pezones marcándose bajo el camisón, me pidió que le prometiera hacerle ver no solo cuando se equivocaba sino también cuando estuviera molesto con ella. La ilusión de su tono me hizo reír y soltándole una sonora nalgada, bromeé pidiéndole que me trajese el desayuno o me cabrearía con ella. Debo de decir que me quedé pasmado al ver la alegría con la que se levantaba mientras se sobaba el trasero.
―Ahora vuelvo― comentó antes de salir corriendo por el pasillo.
Al quedarme solo, comprendí lo que había hecho y que, aunque no lo quisiera reconocer había dado motivos para que esa mujer pensase que llegaría el día en que se convertiría en algo más que una amiga.
―Soy un imbécil― murmuré molesto conmigo mismo.
Seguía lamentando lo sucedido cuando Lara despertó y estirándose sobre la cama, me preguntó si ya era hora de levantarse. Cuando le reconocí que era tarde, esa endemoniada criatura me comentó si me iba a bañar con ella.
―Papá siempre lo hacía― musitó al ver la extrañeza con la que recogía la pregunta.
Sonriendo, me levanté y preparé la bañera mientras la enana seguía tirada en la cama. Queriendo que esa vez fuera de su agrado y así hacerle olvidar, aunque fuera momentáneamente, que era huérfana, esperé que se llenara de espuma antes de decirle que ya estaba lista. Como la bebé de tres años que era, tuve que ayudarla y despojándole de la camiseta, dudé si hacer lo mismo con sus bragas. Aunque era su padrino, y no había nada malo, preferí dejárselas para que su madre no pudiese nunca echarme en cara ese acto tan carente de segundas intenciones.
―Vamos. Báñate conmigo― lanzándome agua me pidió.
Que esa mocosa hubiese tenido el temple de atacar antes de declararme la guerra me hizo reír y metiéndome en calzoncillos, respondí a la agresión expulsando con los mofletes un buen chorro sobre su cara. Mi contrataque despertó su espíritu combativo y sin dejarse intimidar, buscó venganza repitiendo el gesto con tan mala suerte que no impactó en mí, sino en su madre que llegaba con una bandeja.
―Mamá. Entra con nosotros.
Girándose hacia mí, Rosa buscó mi aprobación. Haciéndole ver que llevaba ropa interior, se la di. Al fin y al cabo, era como si llevase un bañador. Lo que nunca anticipé fue que iba a descubrir que no llevaba nada bajo el camisón, cuando lo dejó caer y totalmente desnuda, se metió en la bañera.
«Por dios, ¡qué peras!», exclamé para mí al ver los dos portentos con los que la naturaleza la había dotado y que a pesar de su enorme volumen se mantenía firmes y duros, aunque no fuera una adolescente.
Curiosamente la admiración que leyó en mis ojos le dio la seguridad que necesitaba y sin ocultar a mi vista el tamaño que habían adquirido sus pezones, comenzó a restregar a Lara con una esponja.
―Padrino, los domingos cuando papá tenía tiempo de bañarse con nosotras era él quien enjabonaba a mamá.
Indeciso de cómo actuar miré a mi comadre. Ella misma me informó qué hacer cuando me dio el jabón. Cortado y excitado por igual comencé a recorrer la piel de su cuello con la pastilla sin atreverme ir más allá. Haciéndome ver que no ponía límites a mis caricias, llevó mis manos hasta sus pechos en silencio. No pude rechazar la tentación y cogiendo esas dos maravillas entre mis dedos, tanteé su peso antes de atreverme a regalarle un suave pellizco en una de sus areolas. El dulce gemido que pegó con esa caricia fortaleció la erección que ya lucía entre mis piernas, pero no por ello me quedé ahí. Bajando por su espalda, llevé mis yemas hasta su culo y me puse a amasar sus nalgas sin pudor alguno.
―Pensaba que nunca volvería a sentir esto― sollozó mientras involuntariamente rozaba mi trabuco con el muslo.
Al advertir mi dureza, se puso roja y bajando todavía más el tono de su voz, me preguntó si era por ella. No pudiendo negar era la responsable de dicha erección, le pedí perdón por haberme dejado llevar y avergonzado hui de ahí, dejando a la madre y a la hija solas. Rosa no hizo intento alguno por detenerme, pero cuando a los cinco minutos salió del baño envuelta en el albornoz y yo ya estaba vestido, no le importó acercarse a mí. Obviando que mi ahijada iba a aparecer por el cuarto, musitó en mi oído:
―No tenías que haberte ido. Para mí, ha sido importante saber que te atraigo y que cuando me entregue a ti, no solo cumplirás con tu compromiso, sino que lo harás por gusto.
Juro que no supe qué decir y menos qué hacer cuando ratificando sus palabras me besó restregando su cuerpo todavía mojado contra mí.
― ¡Para! ¡No ves que Lara podría vernos! ― le advertí preocupado.
Estremeciéndose entre mis brazos, levantó la cara y con el deseo impregnando su mirada, contestó:
―Conozco tu intención de que guarde luto y que antes de plantearme disfrutar de ti, debo demostrar que estaré a tu altura. Pero no sé si podré resistir la atracción que siento y temo defraudarte.
Que tergiversara la situación y me achacara a mí la decisión de postergar su entrega, me dio la oportunidad que estaba buscando y acariciando brevemente su culo mientras le mordía la oreja, comenté:
―Como bien dices, debes hacerte acreedora a mis desvelos y mientras no me convenzas de que te mereces mi cariño, no volveré a tocarte.
El suspiro de placer que brotó de su garganta al sentir que la ponía a prueba me alertó de que me había equivocado de estrategia aún antes de escucharla contestar entre dientes:
―Ahora ya tengo claro lo que deseas... ¡tengo que hacer que te enamores de mí!
Por si fuera poco, posando su mano en mi entrepierna, musitó:
―Desde ahora te prometo que te voy a mimar como ninguna de las zorras que acostumbras visitar lo habrá hecho.
La llegada de su retoño hizo inviable que corrigiese el error y diese marcha atrás. En vez de eso, me dirigí a comer algo. En el comedor de la masía, su dueño me estaba esperando con una sonrisa. Mientras desayunábamos pan con tumaca y un café, el anciano me dio las gracias por haber cambiado de actitud con su nuera y sugirió que le acompañara a ver la fábrica de embutidos. Comprendiendo que de alguna forma se había enterado del baño que había compartido con Rosa, preferí no tocar el tema y acepté ir a visitar su empresa.
De esa forma, diez minutos después estábamos saliendo de la masía. A pesar que los manjares que elaboraban allí formaban parte de mi dieta desde hacía casi dos lustros gracias a mi amigo, jamás en mi vida había visitado esas instalaciones y por eso me impresionó que una fábrica tan moderna estuviese situada en mitad del campo. Pero lo que me dejó totalmente descolocado fue que me fuera presentando a los operarios que laboraban allí como el nuevo dueño diciéndoles además que me consideraba su hijo. Sé que muchos de ellos consideraron o más bien asumieron que yo era fruto de una relación extramarital del anciano al ver sus caras y sin decir nada, lo seguí entre las máquinas.
Como todo es susceptible de empeorar estábamos visitando el laboratorio cuando don Pere recibió una llamada y su rostro mutó entre la indignación y la sorpresa. Intrigado, esperé a que colgara para preguntar qué ocurría. Conteniendo la ira, el payes contestó:
―Chaval, se te están acumulando los problemas.
― ¿De qué habla?
―Por lo visto, tienes visita. Una tal Patricia ha llegado a la masía y quiere verte.
No tuve que ser un genio para comprender que la pelirroja había decidido darme una sorpresa. Asumiendo que se había presentado como mi novia, comencé a tartamudear una disculpa haciéndole ver que nada tenía que ver con su presencia. Esperando una gran bronca de su parte, juro que me quedé mudo al oírle contestar:
―Te aconsejo que ates cortas a tus pupilas o terminarán peleándose entre ellas. Sé que antes de hacerte cargo de mi nuera tenías una vida y por eso no puedo criticarte. Pero ahora, tendrás que hablar con ellas y definirles las funciones que esperas de cada una. Te lo digo por experiencia. Un hombre debe saber establecer unas reglas básicas si quiere que su hogar sea feliz
― ¿Qué me sugiere? ― repliqué al darme cuenta de que veladamente me estaba insinuando que podía quedarme con las dos.
―Eso depende. En mi caso, Nuria aceptó que una vez a la semana durmiera en la cama de mi querida y que un par de veces al año, pasáramos un fin de semana los tres juntos. Pero hay otras soluciones y eso es decisión tuya.
Alucinando con esa confesión tan íntima, pregunté qué otras había. Descojonado el puñetero viejo, respondió:
―Los árabes normalizan la situación viviendo con todas sus mujeres en la misma casa.
Confieso que a pesar de mi conocida voracidad sexual apenas había protagonizado un par de tríos y por eso su postura me escandalizó:
―No creo que ni Rosa ni Patricia se merezcan algo así y menos que lo aceptaran.
Definiendo sin recato alguno que pensaba al respecto, don Pere rebatió mis palabras diciendo:
―Hijo, la vida es demasiado corta para dejarse imponer unas reglas morales que no existen en la naturaleza. ¡La monogamia es producto de la cultura occidental! Si la vida te da la oportunidad de disfrutar de varias mujeres, no veo porqué debes conformarte con una sola.
Sin llegar a entender al viejo, contesté que lo pensaría y que ya le diría algo.
―A mí, no. ¡A ellas! ― replicó muerto de risa mientras insistía en que debíamos volver a la masía y así evitar que mi novia o su nuera aprovecharan mi ausencia para sacar las uñas.
El descaro de don Pere dando por sentado que finalmente me quedaría con ambas me intrigó y de retorno a su mansión, no pude dejar de pensar en cómo era posible que se tomara con tanta tranquilidad mi dilema. Meditando al respecto comprendí que, lejos de ser un hombre moderno, por su forma de pensar era un machista empedernido que consideraba a las mujeres consideraba poco más que un útero con el que prolongar su estirpe.
«Puedo ser un golfo, pero no un cerdo» me dije mientras recorríamos los campos de vuelta.
Reconozco que estaba acojonado cuando entré a la casa y que no sabía qué me iba a encontrar. Había barajado desde que Rosa la hubiese puesto de patitas en la calle, a qué Patricia se hubiese marchado furiosa al enterarse de que la viuda de mi amigo barajaba entregarse a mí. Pero lo que jamás pasó por mi cabeza fue verlas charlando animadamente y en bikini en la orilla de la piscina.
«¿Qué ocurre aquí?» me pregunté al comprobar que el ambiente entre ellas era distendido.
No sabiendo cómo actuar las saludé desde la escalinata. Al oírme Patricia corrió hacia mí y pegando sus tetas a mi pecho, murmuró lo mucho qué me había echado de menos mientras me besaba.
―Podías haberme avisado de tu llegada― le recriminé sin alzar la voz.
―Quería darte una sorpresa― contestó y alegremente añadió: ―Este sitio es una maravilla y tus amigos son un encanto.
Parcialmente aliviado de que la hubiesen recibido bien, fui donde Rosa y le di las gracias. Marcando el terreno por primera vez a la que consideraba su rival, me dio un beso en la comisura de los labios preguntando únicamente qué me había parecido la fábrica.
―Impresionante― contesté cortado mientras de reojo observaba la reacción de mi novia.
O no se dio cuenta del breve pico o no le dio la menor importancia, ya que señalando que no venía preparado para la piscina, sugirió que me fuera a poner un bañador.
―Por mí, puedes nadar desnudo― comentó la morena sin recato alguno.
Avergonzado, no respondí y me fui a cambiar. Mientras iba hacia mi cuarto, doña Nuria me informó de que iban a llevar a su nieta a la playa para dejarnos solos. No pude más que asumir que esa setentona y su marido querían darme la oportunidad de hablar de nuestro futuro sin que nadie nos perturbara. Lejos de alegrarme, me preocupó. De cierta forma, consideraba que su presencia era un parapeto bajo el que escudarme para no enfrentar mis problemas.
«Coño, debo ser capaz de lidiar con ellas yo solo», pensé mientras me cambiaba.
De vuelta, a la piscina, estaban tomando el sol medio dormidas. Eso me dio la tranquilidad de observarlas sin que se percataran de mi examen. Comparándolas no supe decir cuál era más atractiva. Rosa con su piel morena era un poco más voluptuosa al tener unos pechos más grandes y unas caderas más prominentes, pero Patricia no le iba a la zaga. Dueña de unas facciones bellísimas, aunaba un cuerpo de fantasía con un trasero duro y respingón que me volvía loco.
«Definitivamente, son el sueño de todo hombre», concluí mientras abría una cerveza.
Pegando un sorbo a la botella, volví a meditar sobre la postura del anciano y por primera vez, comprendí que la idea de quedarme con ambas me resultaba atrayente.
«Estoy cachondo», me dije mientras me terminaba la bebida y me lanzaba al agua.
La temperatura de la piscina no me bajó el calentón y comencé a hacer largos, con la esperanza de olvidar a los dos portentos que estaban tomando el sol. Poco a poco, conseguí relajarme y sintiendo que ya podía entablar una conversación con ellas, me acerqué a ver si querían algo.
― ¿Me puedes echar crema? ― abriendo los ojos, Patricia contestó.
Asumiendo que si no lo hacía podía despertar sus sospechas, cogí el bronceador y empecé a extenderlo por su espalda sin buscar nada sexual en ello. Pero lo cierto fue que la vergüenza que sentía hizo que recorriera su piel con delicadeza y que la pelirroja sintiera que la estaba acariciando.
―No pares― musitó en voz baja mientras involuntariamente alzaba el trasero sobre la hamaca.
Conteniendo la respiración, llené mis manos de aceite y me puse a extenderlo por sus piernas evitando sus nalgas. El suspiro que pegó al sentir mis yemas recorriendo sus muslos, me avisó de su creciente calentura y preocupado por lo que pudiese pensar Rosa, la miré de soslayo. Me quedé pasmado al ver el brillo de sus ojos mientras me observaba y que por increíble que me pareciera, no lucía molesta sino excitada.
«No es posible», balbuceé para mí al advertir su estado cuando a mi lado, la pelirroja me rogó que no me olvidara de echarle bronceador a su trasero.
Nuevamente, me percaté que, con insano interés, la viuda de Xavi estaba esperando mi reacción. Deseando quizás demostrarle quién era mi novia, lentamente y ya con el propósito de ponerla en su lugar, fui recorriendo los cachetes de Patricia sin perderle ojo. Para mi sorpresa, las areolas de mi amiga se erizaron al ver como amasaba el estupendo culo de su rival.
«¿En serio?», exclamé mentalmente al ver que lejos de tratar de esconder su excitación Rosa se regalaba sendos pellizcos en los pezones.
Que fuera capaz de tocarse sin disimulo mientras nos espiaba, me escandalizó y calentó por igual. Todavía hoy no comprendo por qué lo acepté como un reto. Y menos que, intensificando mis caricias, disimuladamente me pusiese a agasajar a mi novia metiendo una yema bajo la braga de su bikini. Por un breve instante, Patricia se quedó helada hasta que ilusamente creyó que dado el sitio donde mi amiga estaba tomando el sol era imposible que viera que la estaba tocando de esa forma y pegando un suspiro, se relajó. Al comprobar que separaba las piernas, decidí continuar y ya sin embozo alguno, comencé a masturbarla.
Nuevamente, miré a la viuda y por segunda vez, ratifiqué la lujuria de su mirada observando la escena. Pero fue al reparar en la humedad que crecía entre sus muslos cuando di carpetazo a mis rígidos conceptos morales y con una seña, le exigí que se tocara.
Comprendí que Rosa había interpretado el gesto no como una orden, sino como un permiso cuando sonriendo se puso a pajearse. Su calentura despejó mis dudas y reanudando unas caricias que nunca debía haber empezado, Patricia fue el objeto donde descargué la lujuria que asolaba mi cuerpo.
Increíblemente, mi novia gimió de placer al notar que uno de mis dedos recorría los bordes de su esfínter mientras con la otra mano seguía torturando el botón que escondía entre sus pliegues. Azuzado por su entrega, inserté mi yema en el interior de su ojete sin saber que esa exploración iba a provocar que se corriera moviendo las caderas frenéticamente. Al ver sus meneos, me giré hacia Rosa y comprobé con estupor que, contagiándose del gozo de la pelirroja, la viuda se retorcía de placer en la tumbona.
«¿Qué he hecho?», me pregunté al saber que esa escena quedaría grabada en el cerebro de ambas y que, si no me andaba con cuidado, las dos darían por sentado que buscaba convencerlas de hacer un trio.
Con esa certeza rondando en mí, me separé de Patricia y fui por otra cerveza. Al volver con ella en la mano, las descubrí mirándose entre ellas y como un cobarde, me zambullí en la piscina para evitar que pudiesen pedir mi opinión sobre lo sucedido...
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Después de años escribiendo en Todorelatos y de haber recibido casi 28.000.000 de visitas, HE PUBLICADO OTRA NOVELA. SE LLAMA:
DEFENDIENDO EL BUEN NOMBRE FAMILIAR DE UN EXTRAÑO
Sinopsis:
Unos disturbios en el barrio de Tottenham cambiaron su vida, aunque Jaime Ortega no se entró hasta diez años después cuando a raíz de un desdichado accidente le informaron de la muerte de Elizabeth Ellis, la madre de un hijo cuya existencia desconocía.
Tras el impacto inicial de saber que era padre decide reclamar la patria potestad, dando inicio a una encarnizada guerra con Lady Mary y Lady Margaret Ellis, abuela y tía del chaval.
Desde el principio, su enemistad con la menor de las dos fue tan evidente que Jaime buscó la amistad de la madre y más cuando descubre que esa cincuentona posee una sexualidad desaforada.
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