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Domesticando a mi cuñadita (I)

Eva sabe que su marido no puede satisfacerla, pero Ricardo sí. Y esta noche, bajo el techo de la familia, las barreras del incesto y la lealtad se desmoronan con cada mirada robada.

Arantza Urbiola28K vistas8.4· 15 votos

El rugido de la Honda CBF cortaba el aire castellano mientras Ricardo y Arantza recorrían la carretera hacia Valladolid. Ella se aferraba a su cintura, el cuerpo pegado a su espalda, sintiendo cada curva a través del vaquero ajustado. El viento jugaba con los mechones rojizos que se escapaban de su casco, y sus ojos verdes-marrones observaban el paisaje dorado por el atardecer.

—Paramos a repostar y tomar algo —anunció él sobre el ruido del motor, señalando una estación de servicio con un pequeño bar—. Quedan pocos kilómetros.

Bajaron de la moto, y mientras el informático repostaba, hizo un leve gesto con la mano a su chica, que se puso en cuclillas junto a la máquina, sacando un paño del baúl para limpiar el polvo del tanque y los faros. Su posición acentuaba la curva de sus caderas y la tensión de sus muslos contra la tela del vaquero. La Honda negra brillaba bajo la luz del atardecer, un espectáculo de metal pulido y líneas agresivas.

En el bar, una camarera de unos cuarenta años se movía con soltura entre las mesas. Su uniforme algo gastado se ceñía a una silueta madura, de cintura marcada y pecho abundante. No era una belleza joven, pero su modo de andar transmitía seguridad y cierta picardía que llamaba la atención. Se presentó como Lola,

—Un café solo y un cortado —pidió él, acomodándose en la terraza con vista directa a la moto.

La camarera dejó las tazas con un gesto amable y volvió al interior, aunque su atención pronto se desvió hacia fuera: La jóven de pelo castaño rojizo, en cuclillas, repasaba con cuidado la moto hasta dejarla reluciente, el paño deslizándose con lentitud sobre el metal. El hombre de mirada intensa y barba corta la observaba en silencio, con esa calma satisfecha que decía más que cualquier palabra.

Lola sintió un leve cosquilleo de excitación al imaginar la relación entre ambos. Se mordió el labio, dejándose llevar por la escena: el hombre seguro, la joven disciplinada. En su imaginación visualizó como él la dominaba en la intimidad. Pero al alzar la vista, se topó con la mirada de Arantza, directa y serena, que la había sorprendido en su ensoñación. Un rubor súbito le tiñó las mejillas.

Ricardo, notando el intercambio, se levantó y se acercó a Arantza.

—Bien hecho, cariño —dijo, dándole un cachete cariñoso en el trasero que resonó en el silencio de la estación.

Luego la besó con posesividad, una mano en su nuca. Al separarse, guiñó el ojo discretamente a Lola, quien bajó inmediatamente la vista hacia la taza que limpiaba con nerviosismo, sintiendo cómo el rubor se extendía por su escote.

Media hora más tarde, la Honda se detenía frente a la imponente casa de piedra de Valladolid. Arantza se quitaba el casco, sacudiendo su melena rojiza mientras él apagaba el motor.

La puerta principal se abrió antes de que tocaran el timbre. Antonio emergió en el marco, su altura imponente eclipsando incluso al visitante. Con sus casi dos metros de estatura, vestía unos vaqueros negros y una camisa blanca desabrochada hasta el esternón.

—¡La moto del prodigio! —exclamó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos grises—. Siempre con tus juguetes ruidosos, hermano. Pensé que el madrileño había olvidado sus raíces.

Detrás de él, Eva apareció como una aparición. Su vestido blanco de tirantes finos se adhería a un cuerpo esculpido en mil horas de pilates: pechos pequeños pero perfectamente simétricos que se mantenían firmes bajo la tela, cintura cincelada que parecía imposible, y caderas estrechas que se abrían en un trasero redondo como dos mitades de melón. Su piel dorada olía a crema solar Carolina Herrera y a peonía. Su pelo castaño claro enmarcaba una cara bonita aunque algo ancha de mandíbula, y sus ojos grandes y azules, fríos como lagos alpinos, tenían esa mirada que podía pasar de la dulzura al juicio en un solo parpadeo. Más bien bajita, su figura contrastaba aún más junto al cuerpo largo y atlético de su marido.

—¡Qué adorable! —exclamó al abrazar a la navarra—. Pero cielo, ¿nadie te aconsejó sobre protocolo familiar?

Sus mirada escaneó el vestido de Zara con desdén sutil y calculado.

—Dios mío, ¿vinisteis en eso? —preguntó con una mezcla de horror y fascinación, acariciando el tanque de la moto con dedos largos y perfectamente cuidados con la manicura—. Y mira qué reluciente está...

Miraba a Arantza mientras lo decía. Su sonrisa era una daga envuelta en seda.

Sus sandalias de cuero apenas disimulaban su cojera cuando se acercó a Ricardo.

—Perdón, tesoro —susurró, apoyando una mano en su pecho para equilibrarse, los dedos rozando su pezón a través de la camisa—. Este suelo es traicionero.

La recién llegada bajó la mirada, acostumbrada ya a estos gestos que Ricardo nunca parecía notar, o quizá elegía ignorar.

Ricardo, mientras tanto, no se apartó del contacto de su cuñadita.

—Siempre dramática —dijo con una sonrisa que a Arantza le pareció demasiado cómplice.

El recibimiento había comenzado, y la tensión ya palpitable en el aire prometía una visita que iría mucho más allá de los simples formalismos familiares.

La cena transcurrió entre tensiones apenas veladas. Eva sirvió el vino con aires de sommelier, inclinándose más de lo necesario frente a Ricardo, permitiendo que su escote revelara la promesa de sus pequeños pero perfectos pechos.

Llenó la copa de Ricardo hasta el borde mientras su pulgar rozaba su nudillo.

—Este Rioja reserva es de una bodega que visitamos con Antonio el mes pasado —comentó, lanzando una mirada cargada a Ricardo.

Mientras tanto, Antonio no dejaba de tocar el brazo de Arantza al pasar cada plato. Fanfarrón como era, tener atenciones con la nueva novia de su cuñado, más allá de lo meramente cortés, le hacían sentirse más hombre y quizás compensar sus propias carencias e inseguridades.

—Deberías probar este queso —decía, su mano cubriendo la de ella mientras cortaba un trozo—. Es de una granja local. Tan auténtico como las mujeres de por aquí. Y así pasó la cena, sirviendole a la navarra más comida de la que podía comer.

—Las patatas las corté yo esta mañana —dijo, su antebrazo velludo rozando el de ella.

Al día siguiente, junto a la piscina, el alto vallisoletano decidió demostrar sus habilidades. Se quitó la camisa, mostrando un torso musculado que brillaba bajo el sol.

—He estado practicando yoga —anunció, colocándose en posición de la sirsasana, equilibrando todo su cuerpo sobre los antebrazos.

Sus músculos se tensaron, mostrando una fuerza impresionante aunque con cierta rigidez. Luego pasó a la posición del cuervo, flexionando sus bíceps marcados mientras mantenía el equilibrio con esfuerzo visible.

—Impresionante, ¿verdad? —le dijo a Arantza, sin poder disimular su jadeo—. Requiere mucha fuerza de core.

—Sí, muy bonito.— respondió la navarra mientras se untaba protector solar, sin demostrar demasiado interés.

—¿Necesitas ayuda con esa crema? —preguntó a la navarra, arrodillándose junto a ella con una sonrisa que pretendía ser amable pero que destilaba deseo—. Tienes un lugar difícil de alcanzar en la espalda. Ella negó con una sonrisa, dando la gracias por el ofrecimiento, mientras Ricardo observaba con una sonrisa burlona desde su tumbona.

Antonio retomó sus ejercicios de equilibrio y fuerza.

Eva, mientras tanto, observaba a su marido con una mezcla de admiración y pena. Sabía que aquel espectáculo de fuerza era para compensar la atención que ella le había prestado a Ricardo.

—Cariño, ten cuidado con la espalda —dijo Eva, acercándose con su suave y estudiada cojera—. Ya sabes que el quiropráctico dijo...

—¡Bah! —la interrumpió Antonio, bajando de la postura con un movimiento brusco—. Eso es para gente débil.

Después Antonio entró a la casa, para traer unas cervezas para el aperitivo.

Mientras tanto, en el otro extremo de la piscina, la mujer de ojos azules comenzó su ritual de desvestirse con la lentitud de una strip-teaseuse amateur. Su bikini azul cobalto —diseñado para cuerpos sin una sola célula de grasa— consistía en dos triángulos diminutos arriba y un hilo dental abajo.

—Ricardo, cielo, ¿me echas crema? —la anfitriona se tendió boca abajo en la tumbona, desatando el cordón superior del bikini—. En la espalda baja... ya sabes dónde.

Arantza observó en silencio cómo las manos de su novio se posaban en la espalda impecable de la insufrible cuñada, untando la loción sobre las vértebras lumbares que sobresalían como cuentas de un collar.

—Deberías usar factor más alto —murmuró él, sus dedos deteniéndose justo donde comenzaba el hilo dental del bikini.

Eva cerró los ojos, disfrutando del contacto prohibido. Pero cuando el vallisoletano salió de nuevo de la casa, con las cervezas en la mano, se incorporó rápidamente.

—Cariño —dijo a su marido con voz melosa—, ¿me traes mi pareo?

La culpa ya comenzaba a anidar en su pecho, sin embargo la excitación de lo prohibido era más fuerte. Antonio, satisfecho por haber demostrado su fuerza, no notó el brillo de complicidad en los ojos de su mujer y su hermano.

El almuerzo con los padres de Ricardo fue un campo minado de insinuaciones y sonrisas falsas. Julia, la madre, una mujer menuda con pelo teñido de rubio platino y uñas perfectamente esculpidas, no dejaba de examinar a Arantza con mirada crítica mientras arreglaba el mantel con gestos meticulosos.

—Y tu familia, hija —preguntó Manuel, el padre, mientras cortaba su carne con precisión militar—, ¿a qué se dedican exactamente?

Arantza tragó saliva, sintiendo cómo todas las miradas se posaban sobre ella.

—Mi padre es profesor de matemáticas —respondió en voz baja, jugueteando con el borde de su servilleta.

Julia alzó una ceja perfectamente depilada.

—¡Qué interesante! —comentó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Aunque debe ser una profesión tan... poco reconocida, ¿no crees?

Eva soltó una risa cristalina que cortó la tensión como un cuchillo.

—¡Qué encantador! Yo es que con los números... uf, siempre fui más de letras —dijo, llenando la copa de Ricardo hasta el borde mientras su pulgar rozaba su nudillo—. Como cuando organicé la gala benéfica del Museo Reina Sofía. Dijiste que lo compensarías... de alguna forma.

Su mano, adornada con una manicura francesa perfecta, se posó en el hombro de su cuñado por un momento demasiado largo. Antonio observaba la escena con los músculos de la mandíbula tensos.

—Las matemáticas tienen su belleza —intervino, dirigiéndose a Arantza—. Como las manos pequeñas y delicadas que tienes —murmuró, su aliento rozándole la oreja mientras le servía más vino del que ella había pedido—. Tan... frágiles.

Ricardo observaba la escena con los ojos entornados.

—Antonio, deja que respire —dijo con voz calmada pero firme.

—Oye, Ricardo —intervino Julia—, ¿y ese ascenso que te habían prometido en la empresa? ¿Al final te lo han dado o siguen haciéndote esperar?

Ricardo dejó el tenedor con elegancia.

—La decisión está en manos del comité directivo —explicó con calma—. Pero todo apunta a que sí.

El hermano mayor soltó una risa demasiado alta.

—¡El comité directivo! —exclamó—. Hermano, a veces pienso que te conformas con muy poco. En mi empresa, si quieres algo, tienes que salir a buscarlo, no esperar a que un comité decida por ti. Deberías salir de tu zona de confort.

Su mujer jugueteó con su copa de vino, una sonrisa pícara en sus labios.

—Pero Antonio, cariño, todos debemos salir de nuestra zona de confort de vez en cuando —dijo, lanzando una mirada significativa a su cuñado—. Aunque algunos lo hagamos más... discretamente que otros.

Él mantuvo la compostura, sin pestañear.

—Mi trabajo no depende del azar. Coordino el proyecto de digitalización de una gran compañía. El cliente quiere ampliar el contrato, y eso pesa más que cualquier comité.

Arantza apoyó inmediatamente su mano sobre el brazo de su hombre.

—Y no te han contado lo mejor —añadió con entusiasmo—. La semana pasada le ofrecieron dirigir todoel equipo de sistemas a nivel europeo, pero prefirió esperar al ascenso interno para no dejar proyectos a medias.

El padre asintió con orgullo.

—Eso es tener visión de futuro —comentó.

La madre enarcó ambas cejas, impresionada.

—¿El equipo europeo? Ricardo, ¿por qué no nos habías dicho nada?

Eva observaba la escena con una sonrisa cargada de picardía, sus ojos azules brillando con malicia contenida.

—Qué interesante —murmuró—. Algunos salen de su zona de confort hacia arriba, y otros... hacia los lados —su mirada se deslizó hacia su marido con sutil desdén.

Antonio apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder, la pija de mandibula ancha se inclinó sobre la mesa.

—Pero dime, Ricardo —continuó con voz melosa—, ¿este nuevo proyecto significa que tendrás que viajar más a Bruselas? Porque si es así, ya sabes que Antonio y yo tenemos ese apartamento cerca del Parlamento Europeo...

La tensión se espesó en el aire. La del cabello rojizo apretó discretamente la mano de su chico bajo la mesa, mientras Antonio observaba a su mujer con una mezcla de furia y fascinación. El juego de seducción y poder continuaba, y esta vez los padres eran testigos de cada movimiento.

Desde la cabecera de la mesa, el patriarca observaba el intercambio con expresión pensativa.

—Ricardo siempre fue el más comedido de mis hijos —comentó mientras cortaba su carne—. Antonio, en cambio, nunca supo medir sus... entusiasmos.

Julia lanzó una mirada de advertencia a su marido, aunque fue Eva quien tomó la palabra.

—Oh, pero los entusiasmos son lo que hace la vida interesante, ¿no os parece? —dijo, inclinándose sobre la mesa de manera que su escote revelaba la sombra de sus pequeños e interesantes senos—. Como cuando Ricardo me ayudó a elegir el vino para la cena de aniversario de mis padres. Tiene un paladar... exquisito.

La tarde en la piscina se convirtió en un juego de miradas y contactos furtivos. Eva se zambullía con gracia afectada, saliendo del agua con el bikini pegado a su cuerpo como una segunda piel, haciendo temblar sus músculos abdominales definidos y esos glúteos que desafiaban la gravedad.

—¿No te cansa ser solo la chica de turno en Madrid? —preguntó Antonio a la novia de su hermano, sentándose tan cerca que el sudor de su muslo se pegó al de ella—. Aquí en Valladolid, una mujer como tú podría tener... más atención.

Arantza apartó la mirada hacia donde Ricardo ayudaba a su cuñadita a salir de la piscina.

—Ricardo y yo estamos bien —susurró, más para sí misma que para Antonio.

Mientras tanto, Ricardo sostenía a Eva por la cintura, sus manos firmes en su piel húmeda.

—Gracias —murmuró ella, sus dedos cerrados alrededor de su muñeca por un segundo demasiado largo—. Siempre tan... atento cuando se trata de mí.

La culpa golpeó a la de ojos azules como un puño cuando vio la mirada herida de Arantza. Esa noche, mientras preparaba la cena, fregó los mismos platos por tercera vez, sus manos temblorosas haciendo bailar el brillo de su anillo de compromiso bajo la luz de la cocina.

—¿En qué piensas tan concentrada? —Antonio apareció en el marco de la puerta, su imponente figura bloqueando la luz del pasillo.

Ella forzó una sonrisa torcida mientras aclaraba el mismo plato por tercera vez.

—En que deberíamos cambiar esta vajilla —respondió, evitando su mirada—. Está muy pasada de moda.

Él se acercó lentamente, deteniéndose justo detrás de ella. Su aliento, con un leve olor a cerveza, rozó su nuca.

—Pensé que estarías más contenta —murmuró, sus manos posándose en sus caderas—. Con tu cuñado favorito pasando el fin de semana entero con nosotros.

Eva se tensó, sabiendo muy bien a qué se refería.

—Todos en la familia son bienvenidos —respondió con voz tensa—. Es una alegría tener a la familia reunida.

Antonio giró suavemente su cuerpo hacia él, sus dedos ejerciendo una presión casi imperceptible en su cintura.

—Claro —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Sobre todo cuando la familia incluye a quienes más... aprecias.

Su mirada fue significativa hacia la ventana, donde se veía a la pareja visitante paseando por el jardín. Eva contuvo la respiración, sintiendo cómo la culpa y el deseo se enredaban en su pecho.

La luna llena bañaba las dos habitaciones con una luz plateada que acariciaba los cuerpos entrelazados, mientras el resto de la casa familiar en Valladolid dormía en aparente calma. En la suite principal, decorada con muebles antiguos y gruesas cortinas de terciopelo, Antonio empujaba a su mujer contra las sábanas de seda negra con la urgencia de quien intenta reclamar lo que intuye podría perder.

Sus manos —grandes y ásperas, propias de quien había heredado la complexión atlética de la familia— arrancaron el camisón de encaje negro que Eva llevaba, revelando gradualmente ese cuerpo torneado y sin grasa. Sus pechos, diminutos y perfectamente simétricos, se ofrecieron a la luz de la luna como frutos prohibidos, sus pezones del color de frambuesas maduras ya erectos por la anticipación. La vasectomía que Antonio se había realizado años atrás —una decisión que la consentida siempre había apoyado— eliminaba cualquier necesidad de protección, permitiendo un contacto más íntimo aunque no por ello más sincero.

—Te gusta cuando duele, ¿verdad? —susurró él mientras pellizcaba aquellos pezones con precisión cruel, haciendo arquear el esbelto torso de Eva—. Ese gemido entrecortado... Solo lo haces cuando el dolor se mezcla con el placer.

Eva mordió su labio inferior, sabiendo que cada marca en su piel era un intento de Antonio por afirmar su posesión. Su cuerpo, sin embargo, traicionaba sus pensamientos al humedecerse con la anticipación de un placer que no era solo físico, sino emocional. Mientras él la penetraba directamente, ella observaba cómo los músculos de sus abdominales se tensaban bajo la luz plateada.

—Ábreme esas piernas —ordenó con voz ronca, pero cuando intentó levantarlas hacia sus hombros, Eva gimió auténticamente—: ¡La cadera, Antonio! No puedo... ya sabes que la prótesis...

Frustrado aunque sin ceder en su deseo, la penetró en posición de cucharilla, sus poderosas caderas golpeando con fuerza rítmica contra esas nalgas perfectas que temblaban como gelatina bajo cada embestida. Eva cerró los ojos, fingiendo éxtasis mientras su mente viajaba a otras manos, otra boca, otro hombre...

—¡Sí, amor, así! —aulló ella cuando Antonio, tras varios intentos torpes, finalmente alcanzó su punto más sensible, provocando que sus uñas se clavaran en las sábanas de seda y no pudo evitar recordar el contacto furtivo de horas antes: sus dedos rozando la mano de Ricardo al pasarle la sal durante la cena, aquel simple roce que le había provocado un escalofrío de deseo prohibido. Ahora, bajo el peso de Antonio, sentía cómo su semilla caliente se derramaba dentro de ella, un contraste brutal con la electricidad sutil de aquel roce prohibido horas antes.

Mientras su enorme marido se derrumbaba sobre ella, jadeante y satisfecho, preguntó entre respiros agitados:

—Nadie te folla como yo, ¿verdad?

Eva escondió el rostro en su hombro, fingiendo un temblor post-orgásmico que su cuerpo, intacto de placer genuino, no sentía.

—Nadie, mi amor —murmuró contra su piel, sabiendo que la mayor traición no estaba en su cuerpo, sino en sus pensamientos.

Al otro lado del pasillo, en la habitación de invitados decorada con muebles más modernos, Ricardo deslizaba el camisón de seda azul de Arantza por sus hombros con la devoción de un coleccionista descubriendo una pieza única. Sus pechos —grandes, pesados, coronados por pezones rosados y areolas extensas que hablaban de una sensualidad en su plenitud— rebotaron libres, ofreciéndose a la luz lunar que entraba por la ventana. Entre ellos existía una intimidad sin preservativos ni barreras que ambos apreciaban.

—Dios, cómo te necesito —gruñó él enterrando la cara entre ellos, inhalando su aroma a vainilla natural mientras sus manos expertas abrían sus muslos con ternura posesiva.

Arantza gimió al sentir su boca descender hacia su abdomen, pero cuando él vio el cordoncito del tampón, cambio de idea y detuvo su bajada con un dedo en los labios húmedos de la tierna abogada:

—Quiero disfrutar tus melocotones primero —susurró, tomando el aceite de almendras que siempre llevaba en sus viajes—. Eres mi tentación favorita.

Durante lo que parecieron diez minutos interminables, su pene erecto recorrió el camino entre sus senos —generosamente engrasados— mientras la navarra gemía con auténtico placer, empapando el tampón que evitaba manchar las sábanas blancas. Con ambas manos pellizcaba con habilidad los pezones de la ternerita, a la vez que recorría el canal con su dureza. Cada movimiento de Ricardo era calculado, preciso, destinado a llevar a su amante al borde del éxtasis antes del acto final.

—Ahora la boca —indicó, colocándose de rodillas sobre su rostro con la confianza de quien conoce cada centímetro del cuerpo de su pareja.

Ella lo tomó con devoción el pene que entraba ahora con fiereza en su boca, ahogándose a ratos con el glande que castigaba el fondo de su paladar mientras sus pechos oscilaban al ritmo de los movimientos de él. En otros momentos él la dejaba tomar a ella la iniciativa, retirándose él ligeramente hacia atrás y apoyando su peso sobre las tetas de ella, como si fueran cojines, mientras ella jugaba con la lengua en la punta del miembro y aprovechaba para recuperar el aliento, sabiendo que tan pronto como lo deseara él retomaría la penetración de su boca hasta el fondo de nuevo.

Cuando finalmente rugió su clímax, cuatro o cinco chorros espesos y cálidos llenaron la boca de Arantza, tan abundante que le costó contenerlo. El semen, de textura cremosa, desprendía ese aroma animal y ligeramente salado que le resultaba tan familiar, con ese regusto amargo que siempre la había intrigado.

Por un instante, Arantza mantuvo el líquido tibio en su boca, saboreando su viscosidad pegajosa contra su paladar, sintiendo cómo las pequeñas hebras grumosas se adherían a su lengua y mejillas internas. Luego, con un movimiento consciente de su garganta, tragó lentamente, notando cómo la sustancia espesa descendía por su esófago, dejando una estela cálida que se expandía en su pecho. No fue sólo un acto de sumisión, sino de íntima aceptación —una ceremonia privada donde el sabor único de Ricardo se convertía en parte de su propio ser.

—Eres perfecta —murmuró este, limpiando con ternura una pequeña gota perlada que había escapado de sus labios, introduciéndosela de nuevo en la boca.

Ella sonrió, todavía saboreando el último rastro de aquel néctar íntimo que tantas veces había hecho suyo, ignorando los gemidos de Eva que habían atravesado la pared durante su propio acto de amor.

Después Ricardo se tumbó a descansar, en el centro de la cama y guió suavemente a Arantza para que lamiera y besara sus testículos, compensándolos por el esfuerzo realizado, cosa que ella realizó con suavidad y dedicación hasta que su hombre, ya profundamente dormido empezó a respirar profundamente, entonces se dirigió al servicio para limpiar su boca, tras lo cual se acurrucó junto a él en una esquina de la cama sabiendo que esta noche había sido solo un capítulo en el complejo juego de tensión y deseos cruzados que parecía definir sus vidas en aquella casa.

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Relato basado en mi novela Domesticando a mi cuñadita: ES - US - MX