Xtories

La nueva compañera de piso 4

El silencio de la casa era la única testigo de lo que no debíamos hacer. Pero cuando la puerta se abrió y los pasos de Ana resonaron en el pasillo, supimos que esa noche no habría vuelta atrás.

Naira Rose9.6K vistas9.3· 19 votos

Ana apareció envuelta en una toalla. Aún húmeda, con el cabello pegado al cuello y una expresión serena, aunque cansada.

—¿Pudiste calentar algo? —preguntó, mientras se frotaba los brazos.

Yo cerré la puerta de la heladera con lentitud. Sentí la mirada de Noe sobre mí todavía, aunque ya no era tan directa. Había algo en ella que se había cerrado, como si la confesión en la cocina hubiese sido un último intento... o una despedida.

—Todavía no. Me distraje —respondí, evitando el contacto visual.

Ana caminó hasta la mesa, sin percibir del todo lo que flotaba en el ambiente. Se sentó frente al plato vacío que alguien —Noe, seguramente— había dejado ahí sin intención de usarlo. Lo empujó hacia un costado.

—Noe, ¿te quedás a cenar con nosotros?

La pregunta rebotó como una piedra lanzada a un lago quieto.

Noe dudó un segundo.

—No, gracias. Ya comí algo antes. Igual gracias. —Su voz era tranquila, pero medida. Como si cuidara cada palabra para no dejar escapar lo que aún ardía por dentro.

Ana sonrió, sin notar el subtexto. O quizás sí lo notó... pero eligió no mirar demasiado.

Yo, en cambio, me sentía como en un triángulo imposible de desarmar. Con una mujer que me amaba, otra que me había visto más allá del deseo, y un silencio que empezaba a doler.

Noe dejó la cuchara en el fregadero, se secó las manos y pasó junto a nosotros rumbo a su cuarto. Al pasar, rozó mi brazo sin querer. O tal vez sí. No miré. No dije nada. Ana tampoco. El silencio volvió a ganar.

Solo cuando la puerta del cuarto de Noe se cerró, Ana habló.

—¿Está todo bien entre ustedes?

Me giré, sorprendido.

—¿Cómo?

—No sé... la noté rara. Vos también estás raro.

—No pasó nada, Ana.

Ella me observó unos segundos, como si buscara en mi cara lo que no me animaba a decir.

—Martín… si en algún momento sentís que esto no va más, prefiero saberlo.

Me dolió. No porque fuese injusto, sino porque era cierto. Lo que habíamos construido juntos estaba empezando a resquebrajarse. Y no por Noe. No del todo. Sino porque algo dentro de mí había empezado a mirar hacia otro lado.

—Te amo —dije. Y era verdad.

Pero el amor a veces no alcanza cuando uno empieza a sentirse ausente de su propia vida.

Otra noche sin Ana:

Como les comenté anteriormente, Ana frecuentemente visitaba a sus padres, aunque esta vez se aseguró de que Noe no estuviese en casa. No sé si ya estaba percibiendo algo entre nosotros.

Eran las 20 horas y yo estaba solo. Se suponía que Noe se había ido a la casa de una amiga, pero a eso de las 21 apareció por la puerta.

—Volví más temprano de lo que pensaba.

Llevaba un vestido blanco suelto que resaltaba sus ojos oscuros. Nos sentamos a cenar juntos y, por un momento, parecíamos amigos. No surgió el tema de la tensión entre nosotros. No sé si esta chica pretendía volverme loco con sus cambios de actitud, pero era intrigante. Comenzamos tomando un poco de fernet con coca y la cosa tal vez se desinhibió un poco.

Miraba su bonito cabello, combinado con su sonrisa hermosa, y la atmósfera cambió.

Nos reímos de algo trivial, un recuerdo absurdo de aquella primera semana en la casa. Su risa llenaba la cocina. Cuando se levantó para buscar más hielo, noté cómo el vestido se deslizaba suavemente sobre sus piernas, el contorno de su espalda marcado levemente por la luz cálida del velador.

—¿Querés venir al living? Está más cómodo —dijo, con la copa en la mano y los ojos brillando.

Asentí. Nos acomodamos en el sillón, más cerca de lo que la lógica sugería. Ella cruzó las piernas, apoyó el vaso en su rodilla y me miró como si estuviera por decir algo importante, pero no lo dijo.

—¿Vos y Ana están bien? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio.

Me la quedé mirando. No sabía si responder con la verdad, con una evasiva... o con otra pregunta.

—¿Por qué me preguntás eso? —dije, con voz baja.

Ella se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaron de los míos.

—No sé. A veces parece que estás... lejos.

No dije nada. Solo asentí lentamente. La tensión estaba ahí, flotando, envolviéndonos.

Ella se inclinó un poco, acercándose.

—No tenés que decir nada si no querés.

La forma en que lo dijo, la cercanía de su voz... todo eso hizo que algo se rompiera, o tal vez se liberara.

Ella se inclinó un poco, acercándose.

—No tenés que decir nada si no querés.

Sus palabras fueron suaves, pero me atravesaron. El silencio entre nosotros era denso, casi eléctrico. Sus ojos estaban fijos en los míos, desafiantes y a la vez vulnerables.

—Noe... —murmuré, apenas audiblemente, como si decir su nombre fuera un riesgo en sí mismo.

Ella no respondió. Solo dejó su vaso en la mesa y, sin romper el contacto visual, se acercó un poco más. Ahora podía sentir su respiración. Podía oler su perfume, una mezcla de algo floral y el leve dulzor del fernet en su aliento.

No sabía si era el alcohol, la soledad, o el deseo contenido de tantas noches. Pero algo en mí se rindió.

Pasé los dedos por un mechón de su pelo que le caía sobre el rostro. No fue un gesto planeado. Fue como si mis manos actuaran antes que mi cabeza.

Ella cerró los ojos por un segundo. Cuando los volvió a abrir, algo en ellos había cambiado.

No hizo ninguna pregunta. Tampoco se alejó. Solo se inclinó lentamente hacia mí, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso silencioso, pero lleno de todo lo que no habíamos dicho.

No hubo torpeza ni apuro, solo una entrega silenciosa, como si ambos supiéramos que cruzar esa línea no tenía vuelta atrás.

Sus manos se apoyaron en mi cuello. Las mías, en su cintura. La tela del vestido era suave, y el calor de su cuerpo traspasaba la fina barrera.

Nos besamos por largo rato, como si el tiempo se hubiera suspendido. Como si esa noche no perteneciera a nadie más.

Cuando se separó apenas, apoyó la frente en la mía.

—No quiero pensar —susurró.

Yo tampoco. Esa era la verdad. No quería pensar en Ana, en lo que estaba bien o mal, en mañana.

Solo quería quedarme ahí, en esa mezcla de deseo, culpa y ternura que nos envolvía.

Ella se sentó sobre mis piernas, y mis manos comenzaron a recorrer su piel suave, deslizándose bajo el vestido que lentamente fui subiendo hasta sentir el calor de sus glúteos. Ya no pudimos contenernos.

De pronto, ella se bajó del sofá. Por un segundo pensé que se estaba arrepintiendo, pero simplemente se arrodilló frente a mí y comenzó a bajar el cierre de mi pantalón. Sus cálidos labios rozaban mi pene, mis manos guiaban su cabeza, cada vez más fuerte.

Terminamos en su habitación. Se quitó el vestido con un solo gesto, revelando la tersura brillante de su piel. Se apoyó sobre la cama, a cuatro apoyos, y me acerqué a ella.

La penetré con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo húmedo me recibía sin reservas. Un gemido escapó de sus labios, cargado de placer y entrega.

En ese momento, lo único en lo que podía pensar era en la curva de su espalda, en la firmeza de su cuerpo, en el vaivén que nos unía y que lo volvía todo inevitable.

Terminamos con ella sentada sobre mí, mientras veía rebotar sus pequeños pero redondos senos, era una vista perfecta.

El silencio se apoderó de la habitación hasta que me animé a decir

-Me voy a mi habitación

Ella no dijo nada, solo me dejó ir.

A la mañana siguiente desperté con el sonido de la voz de Noe

-¿Quieres una segunda ronda?

No pude evitarlo, comenzamos a besarnos, mis manos se derretían sobre su piel.

-Quiero entrar en tu culo

-Es tuyo me dijo con un tono sensual

Chupó mi dedo hasta dejarlo lubricado, me senté sobre la cama y ella se acostó sobre mi, dejándome verla, roce su culo con mi dedo, sintiendo como se estremecía, hacía presión haciéndola desear el momento en que mi dedo entrara en su culo.

-Metelo, por favor me dijo

Lo metí suavemente, intercalando entre tanto nalgadas en sus firmes nalgas.

-Colócate boca abajo en la cama le dije

Ella obedeció, me detuve a ver la bonita curva que formaban sus glúteos mientras estaba acostada.

-Abreme

Ella abrió sus nalgas dejándome ver su dilatado ano. Apoyé la punta de mi grueso y lubricado pene sobre él, abriéndome paso, sintiendo los gemidos de Noe.

Me gustaba sacarlo todo para ver como quedaba levemente abierto y entrar rápido para sentir su gemido de sorpresa y placer.

-Quiero que termines sobre mis tetas me dijo

Nos paramos y ella me miraba sensualmente mientras arrodillaba esperaba que yo terminara sobre sus perfectamente redondas tetas. Acabé sobre ellas, las gotas se deslizaban por sus tetas y continuaban sobre su abdomen.

Me senté en la cama, sin dejar de ver la bella mujer que tenía enfrente, pero una llamada de mi novia me sacó del momento.

—Martín —dijo Ana, con la voz temblorosa, pero firme—. Voy a llegar antes de lo que esperaba. En diez minutos estoy ahí.

El sonido de la llamada se quedó resonando en la habitación, mientras el peso de sus palabras caía sobre nosotros como una losa.

Noe se levantó de un salto, sus ojos reflejaban el pánico contenido.

—Tengo que bañarme —dijo casi sin aliento, agarrando su vestido del piso.

Me levanté rápidamente, intentando abotonarme la camisa con manos torpes, sin saber qué decir ni cómo actuar.

—Voy a vestirme —respondí, tratando de que mi voz sonara casual, pero sentía cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho.

Noe se movía con rapidez, apagando luces, cerrando ventanas, borrando cualquier rastro de lo que había pasado entre nosotros.

Por un momento, todo el apartamento pareció contener el aliento.

Los minutos pasaban con una lentitud insoportable.

A través de la puerta del baño escuché el agua correr y pensé en Ana, en lo que se encontraría al entrar.

Me acerqué a la ventana, mirando hacia la calle, intentando parecer tranquilo, pero por dentro era un torbellino.

La puerta de la entrada se abrió

—¡Ya estoy acá! —dijo, con entusiasmo. Corrí a abrir la puerta, intentando que mi sonrisa no traicionara nada.

Ana entró, con esa mezcla de cansancio y decisión. Y en el momento que escucho la ducha me preguntó

-¿Noe no se había ido este finde?

-Em, ella se quedó al final, creo que su amiga le canceló. Intenté decirlo sin que se notará el nerviosismo en mi voz

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