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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 10 ☀️🔥

La noche prometía diversión, pero el pasillo del baño guardaba un secreto mucho más oscuro. Entre el alcohol y las sombras, el narrador se ve atrapado entre la protección de desconocidas y la traición de su propia familia, mientras una promesa de complicidad peligrosa lo persigue.

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CAPÍTULO 10

El alcohol presionaba mi vejiga con la insistencia de un martillo neumático, cada latido de la música se había convertido en una nueva ola de urgencia. Me levanté de la mesa con reluctancia, dejando a Esperanza en compañía de Alice y Marco, como quien abandona un tablero de ajedrez en medio de una partida crucial, sabiendo que las piezas podrían moverse en tu ausencia.

El pasillo que llevaba a los baños era un túnel de contradicciones, un limbo entre la fantasía de la pista de baile y la cruda realidad de las necesidades humanas. Las luces de neón parpadeaban como estrellas moribundas, proyectando sombras que bailaban en las paredes como espectros de todas las noches de excesos que habían presenciado estos muros. Solo dos hombres esperaban frente a la puerta del servicio masculino, sus siluetas estaban recortadas contra la luz fluorescente como recortes de papel manchado.

El baño de mujeres, por algún capricho del destino o por esa extraña matemática de la vida nocturna, permanecía prácticamente vacío, como un oasis de tranquilidad en medio del desierto de caos que era la discoteca.

Fue entonces cuando el estruendo de tacones contra el piso rompió la monotonía de la espera, como el repiqueteo de una lluvia metálica sobre un tejado de zinc. Tres mujeres aparecieron como una visión colectiva, un tríptico de belleza y vulnerabilidad que me golpeó con el peso del reconocimiento inmediato: eran las mismas chicas que había incitado a cruzar la valla en el concierto de Luis Miguel, ahora transformadas por las horas y el alcohol.

La morena, cuyo top plateado capturaba y reflejaba cada destello de luz como un caleidoscopio roto, se tambaleaba como una marioneta con los hilos enredados. Su rostro, que horas antes había brillado con la ilusión del concierto, ahora estaba contraído en una mueca que transformaba su belleza en algo frágil y preocupante. El maquillaje comenzaba a correrse bajo sus ojos, como si sus sueños se estuvieran derritiendo sobre su piel.

A su lado, una rubia con un top dorado la sostenía con la determinación de un ángel guardián en tacones. La tercera, una belleza de rasgos tan perfectos que parecían esculpidos por un artista obsesionado con la simetría, mantenía la compostura como el último bastión de sobriedad en una noche que se desmoronaba.

—¡Rápido, rápido! —urgía la rubia, sus palabras eran un eco de preocupación en el pasillo mal iluminado— ¡No va a aguantar mucho más!

Todos los hombres en la fila giramos las cabezas al unísono, como girasoles oscuros hacia un sol nocturno. La escena tenía algo de hipnótico y perturbador, como ver una mariposa hermosa atrapada en una telaraña de luces y música.

—Mira esas piernotas, papá —soltó uno de los tipos en la fila, su voz espesa de alcohol y una lascivia que goteaba como aceite rancio.

—Están para comérselas enteritas —añadió el otro, riendo con una risa que sonaba como vidrios rotos—. No deben tener ni veinte años.

—Vaya par de tetas —agregó el más joven—. Mira, si rebotan con esos taconazos, ellas están pidiendo guerra.

—Afirmativo —comentó su padre—. Una vez me comí a una igual de puta, estaba mareada y la engatusé con unos billetes, y el resto es historia.

—¡Que envidia! todavía no he probado a una de ese calibre —comentó el hijo con la voz fuerte, no le importaba que escuchase esos comentarios—. Dame más detalles.

—Mejor en otro lado —comentó después de darme un vistazo—. Nada de cuentos a tu madre, esto es cosa de hombres.

Logramos entrar al baño, cada uno en un cubil de urinario. Parecían no cortarse cuando empezaron a hablar.

—Padre, yo no abro el pico —respondió mientras se escuchaba el sonido del orine contra la cerámica—. Tampoco te insinúes a mi novia, que lo veo venir…

—No, a la mujer de un hijo no se le toca —comentó el padre levantando las manos—. Déjame decirte que tiene un culito parado, no será como de aquellas zorras que entraron al baño, pero tu novia también tiene lo suyo.

—Solo me falta romperle el ojete, ese agujero debe estar cerrado —comentó el joven levantando el pecho—. De este verano no pasa.

Incliné la cabeza y me fijé en su rostro, era aquel joven que había bailado un reguetón intenso con aquella jovencita, parecía tener la edad de mi hijo, ni en mi sano juicio imaginaría tener una conversación de ese tipo y en esas circunstancias, seguramente mi vástago me tildaría de degenerado.

—¿Qué me dices si lo intentamos? —comentó el hijo—. Podríamos darle unas pastillitas, eso las pone alegres.

—¿Tu no dirás nada? —me preguntó el padre sabedor del tono alto de sus palabras—. Puedes callar y te daré una compensación.

Sus palabras cayeron en el servicio higiénico como piedras en un charco sucio, creando ondas de repugnancia que me revolvieron el estómago. Una culpa ácida me subió por la garganta, mezclándose con el sabor metálico del remordimiento. ¿Aquel hombre me estaba proponiendo ser un cómplice? ¿Qué valores enseñaba a su hijo? ¿Esas chicas podrían estar en un grave peligro? ¿Qué había hecho realmente al incitarlas en el concierto? ¿Las había ayudado a cumplir un sueño o las había empujado hacia un abismo disfrazado de diversión?

Las había visto antes, iluminadas por la esperanza y la emoción de ver a su ídolo. Ahora las recordaba transformadas por la noche, como mariposas con las alas chamuscadas por volar demasiado cerca de las luces de neón. La morena, especialmente, parecía una estrella fugaz en caída libre, con su brillo apagándose con cada paso tambaleante.

—Responde —dijo al ver que no decía nada—. ¿Piensas unirte?, si ese es el caso tendrías que…

—Son personas, no carne —las palabras brotaron de mi boca como un reflejo involuntario, un intento tardío de redención por mi papel en su noche.

Los dos tipos se giraron hacia mí como depredadores interrumpidos en medio de su cacería. Sus ojos, vidriosos y desenfocados, intentaban fijar su atención en mi rostro como cámaras con el lente manchado.

—¿Y a ti qué te pasa, moralista de mierda? —escupió el primero, sus palabras arrastrándose como serpientes ebrias—. ¿No me digas que no las has mirado?

El segundo tipo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con un aliento que olía a cerveza rancia y decisiones que se lamentarían en la mañana.

—Seguro es uno de esos maricones que... —comenzó, pero un ruido del baño de mujeres lo interrumpió como un trueno en medio de una conversación incómoda.

El sonido de arcadas y llanto atravesó la puerta, un recordatorio cruel de la fragilidad que se esconde detrás del glamour. La música seguía retumbando a lo lejos, su ritmo ahora pareciendo más una burla que una invitación al baile. Me encontré atrapado en un limbo moral, debatiéndome entre la intervención y la pasividad, mientras las luces seguían bailando en las paredes como demonios burlones.

Erguí el pecho y me giré violentamente, mi hombro rozó con su pecho, causando que se tambalease, como una figurita de papel a punto de derrumbarse, él se quedó pasmado por mi reacción, su hijo con el rostro rojo parecía maldecirme en la mente, pero ni un apalabra salió de su boca. Finalmente salí con pasos pausados por la puerta.

El pensamiento de Esperanza sola en la mesa con Marco se mezcló con la preocupación por estas chicas, creando un cóctel de ansiedad y culpa en mi mente. ¿Cuántas decisiones equivocadas pueden tomarse en una noche? ¿Cuántos giros del destino comenzaban en un pasillo mal iluminado de una discoteca?

Me di con la sorpresa de que ahora había una larga fila de hombres esperando su turno. La hilera avanzó un paso, el tiempo arrastrándose parecía un caracol borracho por el suelo pegajoso. Las luces de neón seguían su danza macabra, pintando todos nuestros rostros con colores que nos hacían parecer cadáveres en una morgue psicodélica. En algún lugar, detrás de las paredes, la noche continuaba su curso implacable, devorando sueños y escupiendo realidades, mientras nosotros, actores involuntarios en este teatro del absurdo, seguíamos nuestro papel en el guion que la vida nos había entregado sin manual de instrucciones.

El bajo de la música retumbaba a través de las paredes como el latido de un corazón enfermo, mientras yo me preguntaba cuántas historias similares se desarrollaban simultáneamente en otros pasillos, en otras discotecas, en otras noches que prometían magia y entregaban arrepentimiento.

El contacto repentino de una mano en mi hombro me sobresaltó. Me giré, encontrándome con los rostros preocupados de las tres chicas del baño. La luz mortecina del pasillo las hacía parecer más jóvenes y vulnerables que antes.

—¡Eres el chico del concierto! —exclamó la rubia del top dorado, sus ojos brillaron con reconocimiento y alivio—. Por favor, necesitamos tu ayuda.

La morena del top plateado apenas se mantenía en pie, sostenida entre sus dos amigas como una muñeca de trapo. Su cabeza colgaba hacia adelante, el cabello oscuro ocultando su rostro como una cortina.

—No reacciona bien —explicó la tercera, su voz temblando ligeramente—. Le duele mucho la cabeza y.… no está normal. Los otros tipos nos miraban raro y... —su voz se quebró—, no sabemos a quién más acudir.

Las observé detenidamente, recordé lo que esa pareja de padre e hijo estaban dispuestos a cometer, y les di la razón, en este mundo ya no se sabe en quién confiar. El miedo en sus ojos era genuino, y la situación de su amiga parecía empeorar por momentos. Una alarma se encendió en mi mente.

—¿Cuánto ha bebido? —pregunté, acercándome para ayudar a sostener a la chica.

—Ese es el problema —respondió la rubia, mordiéndose el labio—. Apenas un par de tragos. Estaba perfectamente y de repente...

No necesité que terminara la frase. El pensamiento que había estado rondando mi mente se cristalizó: alguien había drogado su bebida.

—Vamos a la enfermería —dije con firmeza—. Ahora mismo.

Envié un mensaje a Esmeralda: “Demoraré en regresar porque me surgió un percance, ya después te explico”.

El camino a la enfermería fue como una procesión surreal a través del laberinto de la discoteca. La música seguía retumbando, las luces seguían girando, y la gente seguía bailando, ajena al pequeño drama que se desarrollaba entre ellos. Yo abría paso entre la multitud, mientras las chicas me seguían, cargando a su amiga como si fuera un tesoro frágil.

La enfermería era un cubo de luz blanca y estéril en medio del caos de la discoteca. La enfermera de turno, una mujer de mediana edad con expresión curtida por años de ver las consecuencias de las noches de excesos actuó con rapidez profesional.

—Ponla aquí —indicó, señalando la camilla—. ¿Cuánto tiempo lleva así?

Mientras la enfermera examinaba a la chica y preparaba el suero, las amigas relataron los eventos de la noche entre sollozos contenidos. El relato era fragmentado, pero familiar: estaban celebrando, bailando, todo era diversión hasta que...

—Hubo un tipo que insistía en invitarnos tragos —recordó la rubia, su voz temblorosa—. Pero nos negamos. Aunque estuvo rondando cerca de nuestra mesa toda la noche.

La enfermera asintió mientras conectaba el suero. Su expresión lo confirmó antes de que hablara:

—Está drogada —declaró con una mezcla de compasión y resignación—. Probablemente GHB o algo similar. He visto demasiados casos así.

Las palabras cayeron como piedras en el silencio relativo de la enfermería. Las chicas se abrazaron, el miedo y la culpa mezclándose en sus rostros maquillados.

—No es su culpa —les dije, sintiendo la necesidad de consolarlas—. Esto es responsabilidad de quien puso algo en su bebida.

La enfermera me miró con aprobación mientras tomaba los signos vitales de la paciente.

—Deberíamos llamar a la policía —sugirió la enfermera—. Y necesito que llamen a sus padres.

Las chicas se miraron entre sí, el pánico se añadió a su preocupación. La noche que seguramente para ellas había comenzado con un concierto y promesas de diversión ahora terminaba en una enfermería, con suero intravenoso y llamadas que nadie quería hacer.

Me quedé allí, sintiendo una extraña responsabilidad hacia estas chicas que apenas conocía. La imagen de Esperanza en la mesa con Marco apareció en mi mente, pero por primera vez en la noche, esa preocupación parecía trivial en comparación con lo que estaba presenciando.

Salí de la enfermería, y la música de la discoteca parecía lejana. En algún lugar de ese mar de gente, un depredador probablemente ya estaba buscando su siguiente víctima, mientras nosotros lidiábamos con las consecuencias de su acción en un pequeño cubículo de realidad cruda.

No era un lugar donde esperaba terminar esta noche, pero el destino tiene un extraño sentido del humor y me vi involucrado en ayudar a trasladar aquella muchacha.

Ahora, detrás de los vidrios cristalinos y bajo las luces fluorescentes que contrastaban duramente con la elegante iluminación del resto del hotel, observaba la escena desarrollarse. La chica inconsciente, morena y con vestido provocador, respiraba regularmente en la camilla mientras la enfermera la atendía. De sus dos acompañantes, una parecía al borde del colapso, apenas manteniéndose en pie.

Y entonces la vi a ella.

En mis todos mis años de vida, había conocido mujeres hermosas, pero ella... ella era diferente. Su presencia dominaba la habitación con una autoridad natural que contradecía su juventud. Un rostro que parecía esculpido en mármol: pómulos elevados, mandíbula delicada, labios perfectamente delineados. Y sus ojos... Dios mío, sus ojos. Verde como la jadeíta con destellos dorados, como los de un felino exótico. El tipo de belleza que hace que el tiempo se detenga.

—La policía está en camino —anunció la enfermera—. Ya contactamos a los padres de las chicas.

Vi cómo el rostro de la joven se transformaba. El pánico atravesó sus facciones como una grieta en una máscara de porcelana. Para mi sorpresa, se acercó a mí, alejándose del grupo.

—Necesito su ayuda —susurró, su voz un equilibrio perfecto entre súplica y seducción que me erizó la piel—. No puedo permitir que mis padres se enteren.

Se presentó como Isabel Montero, veintiún años. Su historia salió en fragmentos apresurados: estudiante universitaria y presidenta de un capítulo estudiantil.

—Por favor —suplicó, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. El aroma de su perfume me envolvió—. Finja ser mi padre. Clara viene de una familia progresista, y los padres de Ana son comprensivos. Pero los míos...

Su voz se quebró, y sentí un impulso inexplicable de protegerla. Era consciente de lo absurdo de la situación: un huésped extranjero, involucrado en un drama que no le correspondía.

—¿Confías en que tus amigas mantendrán la historia? —pregunté, ya sabiendo que había tomado una decisión que desafiaba toda lógica.

Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.

—Clara está demasiado afectada para contradecir nada, y Ana... —miró hacia la camilla—. Ana necesitará toda la ayuda posible cuando despierte.

Los policías entraron: dos agentes de la unidad de delitos sexuales. Me presenté como el padre de Isabelle, improvisando el papel de un empresario que estaba cenando cerca. Mientras hablaba, era dolorosamente consciente de su presencia a mi lado, de la forma en que su hombro ocasionalmente rozaba mi brazo, de su perfume que parecía intensificarse con cada minuto.

La observé manejar la situación con una destreza que me dejó admirado y preocupado a partes iguales. Cada respuesta, cada gesto de preocupación hacia sus amigas, cada mirada de aparente vergüenza hacia mí, su supuesto padre... todo parecía perfectamente calculado.

Cuando todo terminó, las otras chicas estaban seguras con sus familias y los policías tenían la información necesaria, Isabel se volvió hacia mí. Ya no había súplica en sus ojos, sino algo más complejo, más peligroso.

—¿Consiguieron el autógrafo? —pregunté.

—El Sol de México solo firmó a mi amiga, al parecer tenía prisa.

—¿Prisa?

—Si, ya sabes cómo son las estrellas.

—Entiendo —me puse a pensar en Alice—. Espero que te haya servido mi ayuda, en el futuro no vuelvan a aceptar bebidas de desconocidos o tendré que castigarlas.

Solté una risa para aliviar la tensión que sentía.

—Gracias —dijo simplemente, pero había un mundo de promesas en esa palabra.

—No me hagas arrepentirme —respondí, intentando sonar más seguro de lo que me sentía.

Se acercó más de lo necesario, más de lo apropiado. Sus ojos verdes me estudiaron con una intensidad que me dejó sin aliento.

—¿Cómo podría? —susurró—. Ahora somos cómplices.

Se inclinó y, en un movimiento tan rápido que apenas pude registrarlo, sus labios rozaron mi mejilla, dejando una huella ardiente en mi piel.

—Hasta pronto, papá —añadió con un tono que hizo que la palabra sonara como algo completamente diferente.

La vi alejarse por el pasillo, su andar elegante y seguro, como si las últimas horas hubieran sido solo un interludio menor en su vida. Me quedé en aquel sitio por un instante, tocando el lugar donde sus labios habían estado, consciente de que acababa de involucrarme en algo que no podía comprender completamente.

Revisé mi celular, mi esposa solo me había enviado un “OK”, de respuesta. Preocupado fui en su búsqueda.

El aire en la discoteca se había vuelto denso, como una niebla tóxica de perfumes mezclados y alcohol. Los cuerpos se movían cual marionetas descontroladas bajo luces que cortaban la oscuridad como cuchillas de neón. Busqué a Esperanza entre ese mar de rostros difuminados, pero ella se había desvanecido como humo entre mis dedos.

Mi mente se convirtió en un carrusel de escenarios cada vez más oscuros. La última imagen de ella junto a Marco y Alice se repetía una y otra vez, como una fotografía que se desvanece gradualmente en los bordes. ¿Por qué no respondía mis mensajes? Esperanza estaba regresando a esas viejas costumbres de no responder el teléfono, aunque usualmente era casi una extensión de su mano. Cada mensaje sin respuesta era como una pequeña puñalada de ansiedad en mi pecho.

Visité los lugares posibles donde pudo haber estado, pero no había rastro de ella. Tal vez regresó a la habitación, pensé.

Los pasillos del hotel, antes majestuosos, ahora parecían las arterias de un organismo enfermo. Las paredes art déco, con sus patrones geométricos, danzaban ante mis ojos como un caleidoscopio enloquecido. Huéspedes ebrios se arrastraban hacia sus habitaciones como náufragos buscando tierra firme, sus risas resonando en el espacio como ecos de una fiesta que había perdido su alegría hacía horas.

La máquina expendedora zumbaba en la distancia, parecía un faro eléctrico en la penumbra del pasillo. Mientras me acercaba, los sonidos que provenían de aquella habitación entreabierta me helaron la sangre. Era como si el hotel hubiera dejado caer su máscara de refinamiento para mostrar su verdadero rostro, uno lleno de sombras y secretos susurrados.

Me quedé allí, paralizado, mientras mi cerebro procesaba la escena como una computadora sobrecargada. El hombre de los comentarios lascivos, aquel que encontré en el baño con su hijo, estaba ahí tambaleándose con una joven...

El la sostenía del brazo, mientras la muchacha tenía uno de los tirantes del vestido casi a la altura del hombro. Le decía cosas al oído, mientras ella parecía responder afirmativamente a sus insinuaciones, entraron en una habitación que se encontraba al fondo de aquel pasillo ¿Se estaría aprovechando de aquella muchacha?

Me acerqué rápidamente y una sorpresa llegó como una ráfaga de vientos marinos. La puerta se encontraba abierta. Una ranura cubierta por luz del interior salía hacía afuera.

—¡Zorra, abre la boca! —reconocí esa voz pastosa.

Enseguida sonidos guturales envolvieron el ambiente, pegué el oído más cerca, pero el tacto con la puerta hizo que se abriese un poco más, de fondo podía ver el cuerpo de una mujer que arrodillada parecía estar agitando la cabeza, de un lado a otro, su pelo revuelto no me permitía ver su rostro, hasta que se escuchó un gemido más fuerte, como el de un cerdo a punto de ser degollado.

—Ah maldición, cada día eres mejor —escuché su voz de nuevo—. Si que tienes una linda boca, mi hijo debe ser feliz a tu lado.

—Me apretaste mucho, casi no puedo respirar —se quejaba la joven.

—Tu tienes la culpa de tener una lengua de zorra.

—Voy al baño.

Se escuchó el sonido de la manecilla de una puerta y el grifo abriéndose, con estas revelaciones estaba más consternado que nunca.

—¡No puede ser! —dije sin que salga la voz de mi boca.

Se trataba de la novia de su hijo, no podía creer que le hiciera eso a su propia sangre. ¿Y si la drogó? ¿Puede ser que haya sido contra su voluntad?

No sabía cómo actuar, si no hacía nada la conciencia me remordería por dentro en el futuro, estaba a punto de encarar la situación cuando se escuché voces de nuevo.

—Ponte en posición, me tienes que dar mucho placer.

—¿Así?

—No, abre bien las piernas, quiero penetrarte hasta el fondo.

—Por favor, no seas muy brusco.

—No me importa, se hace lo que yo diga.

—Ay… no.

—Tienes que soportar, recuerda todo el dinero que te di.

Esa última revelación me trajo más ideas de lo que estaba sucediendo, al parecer por un cierto monto de dinero aquella mujer aceptaba tener relaciones sexuales con aquel espécimen. Casi estuve a punto de meter la pata, al final incluso ni su propio hijo estaba libre de llevar astas como un venado, pero esa imagen se superponía con mis preocupaciones por Esperanza, creando un cóctel tóxico de miedo y culpa. ¿No debería haber estado más atento? ¿No debería haberme quedado con ella en lugar de dejarla sola con Marco?

Marco. Su nombre era como una espina en mi mente. La forma en que la miraba durante la noche, como un depredador estudiando a su presa. Alice y Sophie, supuestamente mis amigas, ¿dónde estaban cuando más las necesitaba? La confianza que había depositado en ellas se sentía ahora como una broma cruel del destino.

Me retire con pasos silenciosos, el hotel entero parecía haberse transformado en un laberinto de Escher, donde cada pasillo llevaba a otro idéntico, pero ligeramente distorsionado. Las luces tenues proyectaban sombras que parecían tener vida propia, deslizándose por las paredes como secretos intentando escapar. El aire acondicionado susurraba como una voz distante, burlándose de mi creciente paranoia.

Mis dedos temblaban mientras marcaba el número de seguridad. Ese tipo no me gustaba para nada, su manera de criar a sus hijos, a mis ojos era una blasfemia, y me corroía como ácido: ¿cómo podía estar aquí, preocupándome por una desconocida, cuando mi propia esposa estaba en algún lugar de este laberinto de lujo y decadencia? Pero sabía que no podía ignorar lo que estaba presenciando. La moralidad es como una brújula que siempre apunta al norte, incluso cuando estamos perdidos en la oscuridad.

El reloj en mi teléfono marcaba las 2:45 AM, cada minuto que pasaba era como una gota de plomo en mi estómago. Las risas distantes de los huéspedes ebrios se mezclaban con el sonido de mi corazón acelerado, creando una sinfonía discordante de preocupación y culpa.

En ese momento, recordé las palabras de Isabel de hace unas horas, su voz aún seguía clara en mi memoria: "Ahora somos cómplices". ¿Era esto lo que significaba estar en este hotel? ¿Convertirnos todos en cómplices silenciosos de los secretos que se esconden tras sus puertas doradas?

La noche se había convertido en un espejo oscuro que reflejaba mis peores miedos. En algún lugar de este hotel, Esperanza estaba con Marco, mientras yo me encontraba aquí, paralizado entre el deber moral y la urgencia de encontrarla. El hotel ya no era un refugio de lujo, sino una jaula dorada donde cada esquina ocultaba una nueva sombra, cada pasillo guardaba un nuevo secreto, y cada decisión podía convertirse en un error irreparable.

El teléfono en mi mano pesaba como plomo mientras observaba que seguridad había llegado, la notificación les había alertado y demostraron una rápida reacción, al menos les había jodido la sesión de sexo. Seguramente aquel ahombre estaría dando algunas explicaciones sobre conductas exhibicionistas, mientras trataba de justificar el motivo de tener la puerta abierta.

Las luces parpadeantes de la máquina expendedora pintaban sombras danzantes en las paredes, como fantasmas burlones que se reían de mi decisión. Y en algún lugar, en este laberinto de pasillos y secretos, mi esposa seguía sin responder mis mensajes.

Continuará…

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