Xtories

El vidrio roto, me cambió la vida

El vidrio roto fue solo la excusa. Roberto no quería plata, quería su cuerpo. Y ahora, con el silencio de su hijo comprado como garantía, Jimena descubre que el precio de su placer es más alto de lo que imaginaba.

Dolores3810K vistas9.0· 10 votos

Me llamo Jimena, tengo 29 años y estoy casada hace siete con Martín, un tipo re común que trabaja en una oficina y se pasa las noches pegado al celular. Soy petisa, mido apenas 1,55, pero lo compenso con un culo enorme, redondo y firme, de esos que hacen que los tipos giren la cabeza cuando paso. Mi cara es linda, con ojos grandes marrones, labios carnosos y pelo negro largo que me cae hasta la cintura. Tengo tetas medianas, pero lo que más se destaca es el orto, siempre apretado en jeans ajustados o leggings que lo marcan todo. Vivo con Martín y nuestro pibe pequeño, Lucas, un diablito hiperactivo que no está quieto ni un segundo, en un barrio tranqui de Avellaneda, en una casa modesta de esas que antes decían que eran de “clase media” y que con los nuevos tiempos nos mandaron más abajo en la escala social.

Todo arrancó una tarde de siesta. Lucas estaba jugando con una pelota en el patio de atrás, y de repente escuché un estruendo bárbaro. Corrí y vi que la pelota había roto el vidrio de la ventana del vecino, ese grandote que vive solo al lado. Se llama Roberto, un tipo de unos 40, alto como una torre, musculoso de gimnasio, con brazos tatuados y cara de malo que asusta. Es divorciado, trabaja en construcción y siempre lo veo lavando la camioneta con el torso al aire, sudado y marcado. Yo lo saludaba de lejos, pero nunca habíamos charlado mucho. Ese día entró furioso por el portón, gritando:

—¿Qué mierda pasó? ¡Ese vidrio sale una fortuna, la concha de la lora!

Me temblaban las piernas. Lucas se escondió atrás mío, llorando.

—Perdón, Roberto, fue el pendejo. Te pago el vidrio, decime cuánto.

Él me miró de arriba abajo, clavándose en mis ancas que se asomaban por el shortcito corto que tenía puesto.

—Plata no quiero, pendeja. Ese vidrio es importado, pero mirá… capaz que lo arreglamos de otra forma.

Su voz era grave, y sentí un escalofrío. Intenté razonar:

—Por favor, decime el precio, lo arreglo con mi marido.

Pero él se acercó, invadiendo mi espacio, y me agarró del brazo.

—Tu marido es un flaco debilucho, ¿no? Yo sé cómo cobrarme esto. Vení adentro de mi casa, que charlamos.

No sé por qué lo seguí. Capaz por cagazo, o porque algo en su mirada me ponía nerviosa de una forma rara. Entramos a su living, todo desordenado con birras vacías y ropa tirada por todos lados. Cerró la puerta y me empujó contra la pared.

—Sos una putita casada, ¿no? Petisa pero con un culo de infarto. Vamos a ver si vale la pena perdonar el vidrio.

Intenté zafarme:

—¡No, por favor! Tengo marido, un hijo…

Pero él me tapó la boca con su manaza y me dio vuelta, pegándome la cara contra el vidrio roto que todavía colgaba.

—Callate, o le cuento a todo el barrio que tu pendejo es un destructor. Ahora, bajate el short.

Lloré un poco, pero obedecí, temblando. El short cayó al piso, dejando mi culo al aire, solo con una tanga negra que se perdía entre las nalgas. Roberto gruñó:

—Mirá este culo, redondo y gordo. Te lo voy a romper, Jimena.

Me bajó la tanga de un tirón y escupió en su mano, frotando mi concha que, para mi vergüenza, ya estaba mojada.

—¿Ves? Te gusta, zorra.

Sacó su pija, una cosa enorme, gruesa como mi muñeca, venosa y dura.

—Abrí las piernas —ordenó.

Intenté resistir, pero me dio una nalgada fuerte que me ardió.

—¡Ay! No, por favor…

Pero él no paró. Escupió en su mano, se frotó la pija y empujó la punta contra mi concha.

—Te voy a rajar la concha, putita. Esto es por el vidrio.

Grité cuando entró. Era la primera vez que me cogían con una pija tan grande, y dolía como el demonio. Su pija era demasiado gruesa, me estiraba la raja sin piedad.

—¡Pará, me duele! No estoy acostumbrada —lloré.

Pero él me agarró de las caderas y empujó más hondo, cogiéndome con fuerza.

—Callate y aguantá, que esto es tu pago.

Cada embestida era brutal, su pelvis chocando contra mi culo, haciendo que mis nalgas temblaran. Sentía su pija adentro, abriéndome, y a pesar del dolor, mi concha chorreaba jugos.

—Sos una puta infiel, Jimena. Tu marido no te da esto, ¿no?

Me cogió así por minutos eternos, gruñendo como animal, hasta que sentí su leche caliente salpicando en chorros sobre mis nalgas. Sacó la pija y me dio vuelta, obligándome a arrodillarme.

—Limpiala, zorra.

Chupé su pija chorreante, con lágrimas en los ojos, probando mis propios jugos y su semen.

Salí de ahí con las piernas temblando, la concha palpitando y la vergüenza gritándome llena de culpa. Esa noche, preparando la cena, sentía esa levedad rara de una mina casada que se bajó la tanga ante la primera intención. Martín llegó tarde del trabajo, se tiró en el sofá con el celular.

—Amor, tengo que contarte algo. Lucas rompió el vidrio del vecino.

Él ni levantó la vista:

—Ah, ¿sí? Pagale y listo.

—No quiere plata… estaba por contarte que…

Y ahí, mirando la pantalla, me cortó:

—Ofrecele lo que quiera. No quiero quilombos, ¿viste ese tipo? Si me pelea, me caga a trompadas. Es un animal.

Me quedé helada. Mi marido, el que se suponía me protegía, era un cagón pusilánime. No le importaba nada, solo evitar problemas. Eso me borró toda la culpa. Si él era tan débil, ¿por qué yo iba a sufrir? Al contrario, empecé a sentir un cosquilleo. Roberto me había cogido como nadie, y ahora sabía que Martín no movería un dedo.

Al día siguiente, fui a lo de Roberto con la excusa de “arreglar lo del vidrio”. Él abrió en boxers, su pija ya medio parada marcándose.

—Volviste, putita. Sabía que te había gustado.

No lo negué. Entré y me tiré de rodillas, sacándole la pija.

—Chupala, Jimena. Sos mi puta ahora.

La mamé con ganas, lamiendo desde las bolas hasta la punta, tragándola hasta la garganta. Él me agarró del pelo y me cogió la boca, ahogándome con su grosor.

—Buena chica, petisa culona.

Me levantó y me llevó al sofá, abriéndome las piernas.

—¿A esto viniste? A la casada mal cogida le gustó la pija de un hombre de verdad.

Entró de una, mi concha mojada lo recibió fácil. Cogimos como locos, él encima mío, machacándome con embestidas profundas.

—¡Sí, dame más! —grité, arañándole la espalda.

Me dio vuelta y me cogió en cuatro, nalgueándome el culo hasta dejarlo rojo.

—Este culo es mío, zorra casada.

Acabó adentro, llenándome la concha de leche.

Desde ese día, Roberto me coge siempre. Le tomé vicio, o más bien adicción a su pija. Es mi amante secreto, y Martín ni se entera, sigue en su mundo de celular. Voy a su casa casi todos los días, cuando Lucas duerme la siesta o Martín está en el trabajo. Una vez me esperó en bolas en la cocina.

—Vení, putita, sentate en mi pija.

Me subí a la mesada, abrí las piernas y me clavé en su pija dura. Reboté en él, mis tetas saltando, mientras me besaba el cuello.

—Sos una diosa petisa, con este culo que me vuelve loco.

Me cogió así hasta que grité de orgasmo, mi concha apretando su pija.

Otra tarde me mandó un mensaje: “Traé ese culo ya”. Fui corriendo. Me ató las manos con una corbata y me puso de rodillas.

—Hoy te rompo el culo, perra.

Lubrificó su pija con aceite y me penetró el culo despacio al principio, pero después con furia.

—¡Ay, por Dios! ¡Me duele muchísimo el culo! —grité, el dolor punzante me hizo lloriquear.

Me cogió por atrás mientras me metía dedos en la concha, haciendo que me corriera dos veces. Su pija entraba y salía, estirándome, y acabé con su leche chorreando por mis piernas.

Ahora cada cogida es más intensa. Me encanta ser su puta, sentir su dominio. Martín es un inútil en la cama, con su pija chiquita que dura nada. Roberto me da lo que quiero: pija gruesa, cogidas duras, semen por todos lados. Le chupo la pija en su camioneta, me coge en el baño de su casa mientras Martín corta el pasto al lado. Una noche hasta me escapé fingiendo ir al kiosco, y me cogió contra la pared del garaje, tapándome la boca para no gritar.

Le tomé tanto vicio que ahora lo busco yo.

—Roberto, necesito tu pija —le mando mensajes.

Él se ríe y me dice:

—Vení, putita, que te lleno.

Y voy, siempre, porque mi vida cambió ese día del vidrio roto. De casada aburrida a zorra adicta al vecino. ¿Y Martín? Sigue siendo el mismo cagón, sin idea, o sin huevos para admitirlo que su mujer es cogida a diario por el tipo al que le tiene cagazo. Porque ya dudo que sea tan boludo para no ver las marcas de mi amante en el cuerpo cuando me acuesto. Hasta probé comentando al meterme en la cama:

—Ayy, no te imaginás cómo me duele el culo desde esta tarde.

Y él:

—Ufff, mujeres, hacen esas dietas de mierda y después se quejan de las hemorroides.

Pero no me importa. Ahora vivo para esas cogidas. Ayer, por ejemplo, fui a lo de Roberto temprano. Me abrió en calzoncillos, su pija ya parada.

—Quitate todo, Jimena.

Me desnudé rápido, mostrando mi cuerpo petiso pero curvilíneo. Me levantó como si nada y me sentó en su pija, cogiéndome de pie.

—¡Sí, dame con todo! —gemí, sintiendo cómo me llenaba.

Reboté en él, mi culo chocando contra sus muslos. Luego me tiró en la cama y me abrió las piernas en V, lamiendo mi concha hasta que me corrí en su boca.

—Sabés dulce, zorra.

Me penetró de nuevo, cogiéndome misionero, besándome mientras su pija me machacaba.

—Sos mía, putita casada.

Acabó en mis tetas, y yo las lamí, probando su semen.

Hoy al mediodía repetimos. Me mandó: “Traé lubricante”. Fui con una botellita. Me puso en cuatro en el piso, untó mi culo y entró despacio.

—Relajate, que te lo rompo bien.

Empujó fuerte, su pija abriéndome el ano. Dolía un poco, pero el placer era mayor. Me cogió así, tirándome del pelo, llamándome “puta culona”. Metió una mano abajo y frotó mi clítoris, haciendo que explotara en orgasmo.

—¡Corréte en mi pija! —gritó, y llenó mi culo de leche caliente.

Cada vez es mejor. Le pido cosas nuevas: “Cógeme la boca hasta ahogarme”. Él obedece, follándome la garganta hasta que lloro de placer. O “Llename la concha y el culo al mismo tiempo”, y usa un juguete que compró para mí. Soy su juguete sexual, y me encanta. Martín duerme a mi lado, ignorante, mientras yo sueño con la pija de Roberto.

Una mañana de martes, el sol pegaba fuerte en el patio. Martín había salido al trabajo, y Lucas, que ya tenía casi seis, supuestamente dormía en su pieza. Yo le había mandado un mensaje rápido a Roberto: “Vení ya, Martín se fue al trabajo y el pibe duerme”. Él no tardó ni diez minutos en saltar el muro bajo que separa las casas, con esa sonrisa de lobo que me ponía la concha en llamas.

Entramos directo a la cocina. No había tiempo para vueltas. Roberto me levantó de un tirón y me sentó en la mesada de granito, fría contra mi culo. Me arrancó las bombachas azules con las que lo esperaba, dejándome expuesta.

—Abrí las piernas, putita —gruñó mientras se bajaba el cierre del jean.

Su pija salió dura, gruesa, venosa, lista para romperme. Escupió en mi concha, lubricó la punta y me penetró de una embestida brutal.

—¡Ay, carajo! —gemí, clavándole las uñas en los hombros.

Me cogió duro, como a mí me gustaba ahora, sin piedad. Sus manos me agarraban las nalgas, abriéndome más, mientras su pelvis chocaba contra mí haciendo ruido de carne contra carne.

—Este culo es mío, Jimena. Te lo rajo todos los días —jadeaba, mordiéndome el cuello.

Yo rebotaba en la mesada, mis tetas saltando bajo la remera levantada.

—¡Sí, cogeme más fuerte, Roberto! ¡Llename la concha!

Él aceleró, sudado, gruñendo como animal. Me dio vuelta de golpe, me puso con el pecho sobre la mesada, piernas colgando, culo expuesto en cuatro. Me marcó con dos nalgadas de domador. Escupió directo en mi ano y empujó la pija adentro sin aviso.

—¡Te cojo el culo ahora, zorra!

Dolía rico, ese estiramiento que ya conocía bien. Entraba y salía con furia, sus bolas golpeando mi concha mojada. Yo gemía alto, sin control:

—¡Rajame el culo, papi! ¡Dame toda tu leche!

Estaba a punto de correrme cuando…

La puerta de la cocina se abrió de golpe.

Lucas entró corriendo, con un autito en la mano. Se quedó paralizado en el umbral, mirándonos. Roberto tenía la pija enterrada hasta las bolas en mi culo, yo contra la mesada, cara roja, pelo revuelto, gimiendo como puta. El tiempo se congeló.

—¡Mami! ¿Qué hacen? —preguntó con su voz finita, los ojos enormes.

Roberto se quedó quieto adentro mío, pero no salió. Yo intenté taparme, pero estaba expuesta total. El pánico me subió por la garganta.

—¡Lucas! ¡Cariño, volvé a tu pieza! —balbuceé, pero mi voz salió temblorosa.

El pibe no se movió. Miró a Roberto, luego a mí, luego la pija gruesa que entraba en mi culo.

—¿Por qué el tío Roberto te está metiendo eso ahí? ¿Te duele?

Roberto soltó una risa baja, sin sacarla.

—No le duele, pendejo. Tu mamá y yo estamos jugando un juego de grandes.

Yo lo miré horrorizada, pero Roberto me apretó la cadera, manteniéndome en posición.

—Parece que te gusta, mami. Gemís como cuando jugás con papá, pero más fuerte.

Me morí de vergüenza.

—Mirá, Lucas, a tu mamá le gusta jugar. El tío juega siempre con mami. Por eso juega a adelante y atrás como en la hamaca.

Lucas asintió, fascinado.

—¿Y por qué no con papá?

Yo tragué saliva.

—Porque… porque papá no sabe hamacar tan bien como tío Roberto, mi amor. Y a mí me gusta mucho cuando me hamaca así.

Roberto rió.

—Exacto, campeón. Tu mamá es una mujer que necesita que le den esas hamacadas. ¿Me dejás seguir hamacándola?

Lucas se encogió de hombros.

—Sí… pero no le hamaques fuerte porque se asusta.

—Andá, anda, amor, jugá en tu cuarto.

Cuando Lucas se fue, retornó el fragor. Roberto aceleró un poco, cogiéndome el culo con embestidas cortas pero profundas. Yo gemí bajito, intentando no gritar.

—¡Ay, sí…!

Al rato, nos sentamos Roberto, Lucas y yo en la cocina.

—Luquita, el tío Roberto y yo queremos hablarte de lo que viste hace un rato —empecé.

—El tío Roberto me hace sentir bien. Pero esto es secreto, ¿eh? No le podés contar a papá, porque papá se pone triste si se entera.

Lucas frunció el ceño.

—¿Por qué papá se pone triste? ¿No le gusta verte contenta?

Roberto intervino:

—Tu papá es un poco… flojito, pibe. No le gusta que otros hombres jueguen con mamá porque siempre quiere ganar. Y si vos guardás el secreto, te vamos a regalar algo re lindo.

Los ojos de Lucas se iluminaron.

—¿Qué?

—Una bicicleta nueva, de las grandes, con rueditas de auxilio y todo. Roja, como la de los superhéroes. Pero solo si prometés no contarle a nadie. Ni a papá, ni a la abuela, ni a nadie en el cole. Esto es nuestro secreto de los tres.

Lucas pensó un segundo.

—Está bien… quiero la bici. ¿Me la compran pronto?

Roberto sonrió.

—Hoy mismo, campeón. Vamos al shopping y elegís la que quieras. Ahora andá a jugar a tu pieza, que en un rato compramos la bici.

Lucas sonrió, feliz.

—¡Gracias, tío! ¡Gracias, mami!

Salió corriendo, como si nada.

Miré a Roberto.

—¿Y ahora qué? ¿Y si igual le cuenta?

Roberto me besó fuerte, metiéndome la lengua.

—No va a contar. El pendejo quiere su bici. Y nosotros le damos lo que quiere. Así queda cómplice. De ahora en más, cuando venga, le decimos que estamos “jugando” y él se va a su pieza y el secreto queda entre nosotros tres.

Me quedé pensando. Era retorcido, enfermo… pero funcionaba. A la tarde, como lo prometido, fuimos los tres al shopping. Lucas eligió una bici roja con luces y stickers de Spider-Man. La compramos, y en la camioneta de vuelta, el pibe no paraba de hablar de lo feliz que estaba.

Esa noche, cuando Martín llegó, Lucas le mostró la bici orgulloso.

—Mirá, papá! Me la regaló el tío Roberto porque soy re bueno guardando secretos.

Martín sonrió, distraído con el celular.

—Qué bueno, hijo. Roberto es un gran tipo.

Yo miré a Roberto desde la ventana, que estaba lavando su camioneta. Él me guiñó un ojo. Sabía que esa misma noche, cuando Martín se durmiera, yo cruzaría el muro otra vez. Y Lucas, ahora nuestro pequeño cómplice, se quedaría callado por su bici… y quizás, algún día, por más regalos.

Desde entonces, las cogidas siguieron, más intensas. A veces Lucas veía algo extraño y preguntaba cosas inocentes:

—¿Hoy también estabas jugando con el tío, mami?

—¿Por qué gritabas tanto?

—Tío Roberto jugó mucho hoy.

—Sí, hijito, el tío estaba muy juguetón hoy. Pero vos guardás el secreto y te portás bien, ¿sí?

Y él asentía, feliz con su bici nueva, sus juguetes extra que Roberto le compraba de a poco.

—Sí, mami. No le digo a papá. Quiero más regalos.

Roberto y yo nos reíamos después, cogiendo aún más salvaje.

—Tu hijo es listo, putita. Ya aprendió que el secreto vale oro.

Y así seguíamos: yo, la petisa culona casada; Roberto, mi macho dominante; y Lucas, nuestro cómplice inocente con su bici roja. Martín seguía en su mundo, cagón y ajeno. Y yo… yo vivía para esa pija, esos orgasmos, y ahora, para mantener el secreto que nos unía a los tres.