Desayunos con Lujuria IV
La culpa la persigue, pero el miedo la vuelve calculadora. Cuando las amenazas llegan a su puerta, decide no huir: prepara la trampa. Con una cámara oculta y una actuación perfecta, transformará la víctima en la verdugue, obligando a su agresor a someterse a su voluntad.
La nueva vida y los fantasmas que acechan
Salimos del piso por separado. Yo por delante, como una sombra que se reintegra a la luz del mediodía. Él se quedaría, limpiando los efluvios de nuestro desparrame, borrando las huellas físicas de lo que nunca se podría borrar en mí.
El retorno a mi casa fue un viaje a través de un torbellino de imágenes calientes y pornográficas que me dejaban el regusto corporal que tanto anhelaba y tan bien conocía ya. Sin embargo, una nota de miedo agrio afinaba el placer: las marcas. No eran demasiado pronunciadas, pero visibles, un mapa rosado de la sesión en mis nalgas y espalda, como pude comprobar en el espejo del baño. Con el verano y los camisones ligeros, era una bomba de relojería si Víctor me veía.
Lo soslayé con una táctica de guerrilla doméstica: pantaloncito y camiseta de manga corta para dormir, acostándome después de que él se durmiese y levantándome antes del alba para vestirme en el baño, como una ladrona en mi propia vida.
Esa noche, el teléfono secreto vibró con un par de mensajes de Rafa. Palabras que me hacían sentir como una reina, promesas de placer sin límites y relatos de situaciones de morbo para los próximos días. Cada notificación era un carbón que avivaba un fuego que ya no quería apagar.
La culpa, sin embargo, es un parásito que se alimenta de la luz. A la mañana siguiente, en el desayuno con las amigas, me sentí transparente. Menos mal que Rafa no se presentó. Pero Encarni, con su inocencia que ahora me parecía un puñal, me confesó que su marido andaba raro.
—Lleva semanas sin insistir para acostarse conmigo—dijo, arrugando la frente con un gesto que era pura preocupación conyugal—. Nunca deja pasar más de veinticuatro horas sin darme la tabarra. Me hace sospechar.
Hay que ver cómo somos las mujeres. Si nos lo piden, nos quejamos; si no nos lo piden, sospechamos. Le dije que quizás se había cansado de rogar, un eco de lo que también le pasaba al mío, tratando de echar balones fuera con una sonrisa que me sabía a vinagre. Ella se abrió, confesándome el dolor de su vestibulitis, su sentimiento de inadecuación, su miedo a que el matrimonio se resquebrajara sin sexo. No sabes hasta qué punto puede resquebrajarse, pensé, mientras una ola de pena auténtica por ella y de asco por mí misma me inundaba. Me excusé pronto, ahogándome en mi propia hipocresía.
En el supermercado del barrio, en la hora tranquila, intenté aferrarme a la rutina. Una de las luces del pasillo de lácteos parpadeaba de forma intermitente, como un tic nervioso del propio local. Cogí mi leche semidesnatada, los yogures, el queso fresco para Víctor. Por impulso, añadí un bote de nata, y al instante mi imaginación lo dibujó derramándose sobre mis pezones, lamido por una lengua… Un escalofrío de anticipación me recorrió.
En ese preciso momento, un sexto sentido, afilado por la culpa, me dijo que me observaban. Me giré de golpe. Varias personas en el pasillo: una agachada de espaldas, otro examinando productos. Nadie me miraba directamente. ¿me parecía familiar el tipo agachado? No, pero la sensación era tangible, una presión en la nuca. Será la paranoia, me dije, la conciencia culpable que proyecta sus propios fantasmas. Ese parpadeo de las luces era ahora, para mí, la alegoría de mi verdad intermitente, de una realidad que se distorsionaba y amenazaba con apagarse del todo.
Al llegar a mi calle, respiré al ver la persiana de la pizzería bajada y con candado. Eso me ahorro, pensé, aunque el alivio era momentáneo. Al abrir la puerta de mi piso, un sobre blanco nada inocente se deslizó sobre la madera del suelo con un susurro siniestro. No tenía remite, ni nombre, ni marca alguna.
Un temblor primitivo me sacudió. Dejé las bolsas en el suelo, me agaché con la lentitud de quien se acerca a un animal dormido que podría ser una serpiente, y lo recogí. Ya dentro, con la puerta cerrada y el mundo excluido, lo abrí en la encimera de la cocina. Tres frases escuetas, impresas en letra genérica, me atravesaron como dardos:
"Esa sonrisa tonta que luces es porque te están poniendo a gusto. Eres mucha mujer para ese marido que tienes, pero lo mismo a él le gustaría saber lo puta que es su mujer."
Casi me derrumbé allí mismo. El suelo pareció inclinarse. Corrí al sofá del salón, buscando un apoyo que mi cuerpo ya no encontraba. Un calor asfixiante, salido de cada poro, me envolvía. Alguien sabía. Alguien había visto. La burbuja de mi secreto acababa de desarrollar la primera grieta. Lo primero fue la rabia hacia Rafa. ¿Una broma de mal gusto? Le envié una foto de la carta con un mensaje cortante: "Si esto es una broma tuya, no está dentro de lo normal."
Su respuesta llegó en tres minutos que se me hicieron eternos: "No he sido yo, te lo prometo. No se me ocurriría algo de tan mal gusto. Tenemos que hablar. Alguien nos ha visto o sospecha de ti." Quedamos en vernos al día siguiente. Pero ese día fue una larga cinta de inquietud pegada a la piel. Víctor, al llegar, debió notar algo.
—¿Te pasa algo? —preguntó, su mirada que a veces disimulaba astucia negociadora pero que me pareció limpia de dobleces.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para disimular, para pintar una normalidad sobre mi rostro de máscara agrietada. Lo observé a hurtadillas el resto de la tarde, pero no hubo en él ni un solo gesto, ni una palabra velada, que delatase conocimiento alguno. Por el momento, los sospechosos, en mi cabeza, formaban un círculo pequeño y ominoso: los estudiantes de enfrente, el pizzero, que me hubiese visto con Rafa antes de entrar a su piso, o algún vecino que hubiese visto entrar al pizzero en mi casa y ver lo que tardó en salir. Un círculo reducido pero disperso. Dormí inquieta, temiendo que en sueños se me escapase un nombre, un gemido, un fragmento de verdad que Víctor pudiera oír.
Tras el desayuno, Rafa se hizo el encontradizo conmigo en el supermercado, entre las estanterías de verduras. Con carritos pegados y voces en susurro, hablamos del anónimo. De nuevo, la sensación de ojos sobre mí, una picazón entre los omóplatos. Se lo dije. Él se volvió con disimulo, pero no vio nada.
—No nos veremos más en la ciudad —concluyó, su tono era de estratega—. Tenemos que inventar algo para irnos a Madrid dos o tres días. Allí, en el anonimato de la gran ciudad, podremos… disfrutar.
Asentí. Era la lógica de la huida hacia delante. Pero el miedo ya había plantado su semilla. Temía llegar a casa. Cada paso hacia mi portal era un caminar hacia otro posible sobre blanco. Temblé al introducir la llave, al empujar la puerta… Esta vez no había nada. Un suspiro, cargado de todo el aire que había retenido en los pulmones, se me escapó del alma.
Cuando me estaba cambiando, sonó el móvil. Era Rafa interesándose por mis temores. Le dije que no había novedad. Colgamos. Inmediatamente el teléfono volvió a sonar. Pensando que se le habría olvidado algo, lo cogí sin mirar.
—Puta —dijo una voz distorsionada, metálica, salida de una pesadilla—. Eres la más puta del barrio. Y lo va a saber hasta el apuntador…
—¿Oiga? ¡Esto es una agresión! —traté de farolear, mi voz temblorosa—. Voy a denunciarlo a la policía, le localizarán el móvil y se le va a caer el pelo…
—Denúnciame —cortó la voz, con una calma aterradora—. Y verás lo que te pasa. Es más sencillo: solo tienes que darme tu coño, y verás cómo las cosas no llegan a más.
Colgó abruptamente. El sonido del silencio fue más ensordecedor que el insulto. Estaba claro: no era solo un acosador. Era un chantajista. Y tenía mi número. Llamé a Rafa de inmediato, imprudentemente. Él lo cogió al primer tono, pero su voz cambió, se volvió formal, pública:
—Hola, Mari Carmen —dijo alto y claro—. Precisamente le estaba diciendo a Encarni, que va conmigo en el coche, que no te había preguntado por lo de la avería. ¿Va bien o no? ¿Es por eso que llamas?
Madre mía, qué fallo. Menos mal que fue listo y habló primero, creando una realidad paralela en la que existía una avería. Recompuse mi voz, forzando una naturalidad que se me resquebrajaba por dentro.
—Sí, precisamente por eso —dije—. Parece que esta mañana ha aparecido un charquito bajo el desagüe. No sé si será de lo mismo o qué. ¡Hola, Encarni! —saludé al aire, con una alegría forzada que debió sonar patética—. ¿De compras?
—Aquí vamos —respondió la voz de mi amiga, inocente y cercana, al otro lado de la línea—. Solo unas cosillas del Carrefour, para despejarme.
—Carmen —intervino Rafa, reconduciendo la farsa—, esta tarde sin falta me paso un momento y lo miro. ¿Vale?
—Vale, vale. No hay prisa, he puesto un cuenco debajo. Ya nos vemos, que disfrutéis del día.
—Chao, chao…
Mis dudas se volvieron más sombrías, más densas. El chantajista me tenía cogida por un hilo que podía convertir en soga en cualquier momento. Cavilé todo el día, sumida en un pozo de posibilidades oscuras. Me dio pena de Víctor, no tanto por haberle sido infiel —un acto que, en mi confusión, hasta podía justificar—, sino por haberle mantenido al margen, por haber traicionado el pacto de comunicación que siempre defendimos. Éramos liberales en teoría; él siempre defendió mi independencia, incluida la sexual. Pero la base era el respeto y la honestidad entre nosotros. Y yo había dinamitado esa base con mi silencio y mis mentiras. Eso sí que le podía doler. Y mucho.
Llegué a una conclusión obvia, casi desesperada: el principal sospechoso era el pizzero, Juan. No me lo había vuelto a tropezar, su persiana siempre estaba bajada… pero era el único que había tenido una relación conmigo y, pese a lo que dijo aquel día, quizás quería más. Quizás el chantaje era su forma torpe y ruin de conseguirlo.
En la comida, comenté con Víctor lo raro que era que Juan no abriese más.
—Juan anda muy mal de dinero —me confesó mi marido, con esa franqueza suya que ahora me dolía—. Se metió en apuestas, con uno de esos gurús de Telegram. Al principio decía que ganaba todos los días con apuestas al fútbol de Asia. Le dijimos que tuviera cuidado, pero se picó. Creo que tiene una deuda muy grave que puede llevarle a la quiebra.
La información cayó en mi mente como una pieza de un rompecabezas siniestro. Un hombre desesperado por dinero. Perfecto para un chantaje.
—Esta tarde seguramente vendrá el marido de Encarni —solté luego, como quien no quiere la cosa, tejiendo mi propia red de mentiras—. Para terminar de arreglar el desagüe del fregadero.
—Déjalo que lo miro yo después de la siesta —se ofreció él, siempre solícito.
—No, no —me apresuré a decir—. Ya me lo había dicho en el desayuno. Le he dicho que para las seis está bien. ¿Te importa?
—Qué va, qué va. Me parece bien. Tendremos que hacerle un regalito o algo, ¿no?
—Bueno, ya me encargo yo de comprarle algún detalle cuando acabe —mentí, pensando que el "detalle" ya se lo estaba cobrando él en carne viva.
—Bueno, yo a lo mejor no estoy —dijo Víctor—. He quedado con los de la bicicleta para programar las salidas del mes.
—Vale, vale. Ya me encargo yo, no te preocupes —dije, y pensé: Mejor. Así no tenemos que guardarnos al hablar.
Poco antes de las seis, Víctor se fue y yo me quedé esperando a Rafa. Un toque al móvil para asegurarse de que estaba sola, y luego abrí el portal sin que tuviera que llamar.
Al entrar, me cogió del cuello y me besó con una furia que no esperaba, metiéndome la lengua hasta la campanilla. Era un beso de posesión, de adrenalina. Yo, que había pasado el día en vilo, reaccioné con una violencia hormonal, mojándome al instante. Qué bonito era eso, pensé, con un destello de lucidez triste. Hacía tiempo que mi cuerpo no respondía así, con esa entrega inmediata y animal.
Terminado el beso de película, nos separamos jadeantes y nos sentamos en el salón. Allí, entre susurros, hicimos cábalas. Los dos llegamos a la misma y obvia conclusión: el pizzero tenía todas las papeletas. La cuestión era cómo enfrentarlo. Rafa, astutamente, lo dejó en mis manos.
—Eres lo suficientemente fuerte y empoderada para hacer frente a estas situaciones —dijo, y su frase sonó tanto a halago como a delegación de un riesgo.
Antes de irse, Rafa reclamó un último tributo. Me hizo arrodillarme en cuatro en el suelo y, sin preámbulos, me penetró. Esa dominación repentina me subyugaba, me reducía a pura esencia sumisa. Esta vez no quiso que me corriera, pero él se despachó a gusto, porque no se corrió dentro, me hizo volverme poniéndome la cara y el pecho llenos de su semen, dejándome con el calentón y la humillación húmeda como despedida.
Dos días más tarde, la oportunidad surgió con un nuevo anónimo de Juan. Porque ya estaba segura de que era él. Lo había descubierto en uno de mis paseos matutinos al pararme frente a un escaparate y ver, reflejada en el cristal, su figura pasar por la acera de enfrente, mirándome con disimulo. Justo ese día, otro mensajito apareció bajo mi puerta.
La violación trampa
Así que me armé de valor y me bajé a verlo. Con un complemento sorpresa que me había dejado Rafael: una mini cámara de video tipo espionaje. Eran las doce del mediodía, hacía calor, y sabía que a esa hora no había nadie en la pizzería. Él se dedicaba a preparar la masa y los ingredientes para los repartos del almuerzo.
Iba normalita, nada espectacular. Pantalones sueltos y una blusa amplia que me cubría sin insinuar. Un disfraz de decencia. Al entrar, no había nadie en el mostrador.
—¡Juan! —llamé, alzando un poco la voz—. ¿Estás por ahí?
—¡Ahora salgo! —se oyó desde el fondo del almacén.
Cuando salió, venía sudoroso, con cercos oscuros en las axilas de la camiseta, colorado como un tomate y resoplando. Exactamente como cuando lo tuve en mi cuarto.
—Buenas, vecina —dijo, limpiándose las manos en un trapo sucio que llevaba en el cinturón—. ¡Qué honor! ¿Necesitas que te suba alguna bolsa?
—No, gracias. Es por algo de tu negocio… para una consulta. —No me digas —hizo un gesto de extrañeza exagerada—. Si quieres, pasa al almacén. Estaremos más a cubierto, mientras sigo trabajando.
Me adelanté, dejando mis llaves y mi bolsito —con el teléfono y la mini cámara ya encendida— en un estante a la vista, desde donde calculé que se vería en la cámara casi todo el espacio de aquel almacén. Me puse a curiosear por el almacén, repleto de sacos de harina y frigoríficos. Olía a masa fermentada y tomate concentrado, un halo fino de harina suspendida en el aire daba a la luz una cualidad difusa, onírica. Yo me hacía la distraída, la inocente, dándole la espalda a la entrada.
Como había previsto, Juan no se anduvo con chiquitas. Lo sentí entrar, pero no me moví. Él se abalanzó. Sus manos me apresaron desde atrás, agarrándome los pechos con fuerza, y me empotró de frente contra los sacos de harina, levantando una polvareda blanca que nos envolvió.
Ejecuté mi papel con maestría: una salva de quejas y gritos, una resistencia feroz y teatral:
—¡¿Qué haces, malnacido?! ¡Déjame! ¡No quiero que me toques, guarro! —Voy a follarte aquí mismo —bufó contra mi nuca su aliento pesado—. Sobre la mesa de amasar. Para que sientas a un macho de verdad.
—¡Pero ¡qué dices! ¡Estás loco! ¡Déjame, por favor!
—Loco por ti. Por follarte y hacerte una mujer de verdad.
Forcejeé, pataleé, traté de empujarlo. Mi camisa se desabrochó casi por completo. Traté de recomponerla, pero el sujetador había dejado escapar mis pechos, y eso lo encendió aún más. Me cogió en volandas y me sentó de golpe en la mesa metálica de trabajo. El frío del acero inoxidable me traspasó la ropa. Pataleé, traté de darle un rodillazo, pero él era un bloque sólido, imposible de mover.
Su prepucio, ya lo recordaba, era majestuoso, una seta ancha que superaba en grosor al tronco. Me excitó sin quererlo, una respuesta traicionera de mis nervios, pero no lo delaté. Él me maltrataba sobre la mesa, arrancándome la ropa con brutalidad. Los pantalones se me quedaron enrollados en un tobillo. La braga, absolutamente decente, me la rompió de un tirón, dejándome un dolor agudo y un moratón instantáneo en el muslo.
Seguía forcejeando, y eso parecía excitarlo más. Comencé a insultarlo, a darle el guión de la violación que necesitaba para mi plan:
—¡Cabrón, déjame! ¡Me estás violando! ¡No quiero, por favor, déjame!
—¿Violando? —escupió—. Si eres la más puta del barrio. Vas provocando, y ahora te haces la melindrosa. ¡Chúpamela ya!
—¡Déjame! —seguía yo con mi cantinela, dándole un empujón con las rodillas que logró retirarlo un par de metros.
Ese momento me sirvió. Me bajé de la mesa de un salto, pero con el pantalón enrollado y las tetas al aire, no di ni un paso coordinado. Fuera de sí, Juan me arreó un cachetazo brutal en la nalga y me volvió a empotrar contra la mesa, esta vez de frente a ella, aplastando mis pechos sobre el metal frío y la harina residual que me blanqueó el pecho. Quedé así, inerme, ante su embestida desde atrás.
Introdujo una rodilla entre mis muslos. El primer intento de penetración atinó solo a medias, resecado algo mi coño por la harina. El segundo… el segundo me hizo ver las estrellas. Un dolor desgarrador, seguido de una invasión total. Chillé, traté de zafarme, pero me tenía cogida de las manos, aplastada contra la mesa con todo su peso, mientras su "mete y saca" comenzaba un ritmo mecánico y brutal.
Dejé de luchar con tanto ardor. Había sido suficiente para mis propósitos. Ahora le dejé hacer. Y mi cuerpo, una vez más, me traicionó. Mi coño, adaptándose por pura biomecánica, envolvió su miembro erecto. Empezó a soltar líquido pre seminal. Él era una bestia, sí, pero yo estaba empezando a disfrutar de la situación, del morbo perverso de sentirme poseída a la fuerza, una fantasía oscura cumplida. Noté la presión de su corrida acercándose.
En dos empujones más, empezó a gritar de forma gutural, animal: "¡Me corro, me corro!", y una cantidad absurda de semen, como la primera vez, me llenó. Discretamente, yo me corrí a la par, en un orgasmo nacido de la excitación turbia y de la adrenalina del momento. Pero no reflejé nada al exterior, salvo mi coño chorreante que podía confundirse con su corrida.
Se retiró de mí, dejando que un último goterón cayera a mis pies. Casi tambaleándose, se sentó en una silla, mientras yo, con el cuerpo descompuesto por los empellones y el orgasmo, me encogí entre la mesa y el suelo, gimoteando, sobreactuando para la cámara que grababa silenciosamente:
—Me has violado… me has violado, cabrón. Te has corrido dentro de mí…
Como si se diese cuenta de la gravedad de lo que había hecho, Juan pareció despertar de un trance. Se acercó, compungido, para tratar de calmarme. Lo aparté violentamente:
—¡Esto no va a quedar así! ¡Voy a denunciarte a la policía, me has violado, hijo de puta!
—Pero, pero… si tú y yo… me dejaste… lo hicimos…arriba... —balbuceaba
—¡Nosotros no hemos hecho nada! —chillé, incorporándome con dificultad—. Yo entré aquí para comentarte un menú para una fiesta. Me dijiste que pasara al almacén… y me has violado, cabrón.
Me acerqué a mi móvil y paré en silencio la grabación de la mini cámara. El compungido pizzero se arrastraba detrás de mí, suplicando, mientras yo embocaba la salida hacia el garaje de mi casa, que me evitaba pasar por el portal.
—Por favor, Carmen… perdona… no sé qué me ha pasado, he perdido el control… —Déjame. Pero de esto te vas a acordar, cabrón.
—¡No, no me denuncies! ¡Por favor, que me buscas una ruina!
—¡Haberlo pensado antes! —Le escupí a la cara, con un desprecio que salía de lo más hondo, mientras terminaba de recomponer mi vestimenta y salía a la calle, temblando de ira, de miedo y de una excitación residual que me avergonzaba hasta la médula.
Allí, en la puerta, se quedaba el aprendiz de mafioso que había sucumbido a lo más primario. Y ahora yo tenía la prueba. El chantajista, si es que era él, acababa de entregarme el cuchillo por el mango.
Me duché nada más llegar, frotándome la piel como si pudiese arrancar la memoria del tacto de sus manos. Vigilé que no hubiese marcas nuevas. Antes de lo esperado, me llamó Rafa. Le conté lo sucedido. Su voz se tornó fría, analítica. —Seguramente ahora tratará de congraciarse y evitar la denuncia. Es cuando hay que enseñarle la grabación.
Le dije que lo llamaría con novedades, pero me frenó.
—Solo pon un WhatsApp. Yo te llamaré cuando esté sin vigilancia.
Tenía razón. La discreción era ahora nuestra única arma.
El violador tardó poco en llamar al portero automático. Descolgué.
—Por favor —suplicó la voz de Juan, rota—, necesito explicarme. Que me escuches, Carmen, por favor.
—No quiero hablar ahora —dije, firme—. Esto es muy indiscreto. Necesito pensar. Esta tarde, si abres, ya veremos si paso.
—Vale, vale. Lo que tú digas.
No me pareció un chantajista muy corajudo. A las primeras de cambio, se desmoronaba.
Cuando llegó Víctor, yo estaba como si nada, una actriz consumada en la obra de su propia vida. Él, sin embargo, me comentó en la comida:
—He coincidido con Juan en el bar. Lo he visto muy hundido. Apenas me ha saludado. No es normal.
—Lo mismo es que ha empeorado su situación —dije, jugando con el tenedor. —Probablemente —asintió él.
Esa tarde salí, decidida a poner las cosas en su sitio. En la pizzería, solo traspasé el umbral. Mantuvimos una conversación a distancia, sin que él saliese de detrás del mostrador. Lo amenacé, le dije que tenía pruebas, que el teléfono había grabado todo (mentí al decir que fue el móvil). Para convencerlo le mostré una parte del video grabado. Ya no le quedó ni un ápice de dignidad. Me confesó que me había seguido, que la llamada la hizo el con un distorsionador, que se había dejado llevar al verme entrar, que le pudo el calentón, que malinterpretó...que lo sentía. Pero, curiosamente, lo que no confesó fueron los anónimos. Me juró, con lágrimas en los ojos, que él no me había escrito nada.
La conversación fue dura. Le dejé claro que no lo denunciaría, pero que, si volvía a verlo cerca, un mínimo acoso, no tendría piedad. Al salir, sentí un alivio agridulce. Le escribí a Rafa y me llamó en seguida. Concluimos que, seguramente, no había querido confesar los mensajes por vergüenza o para no agravar su caso. Yo creía lo mismo. Estaba demasiado asustado. Había cerrado esa puerta, de momento satisfactoriamente.
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