Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 9 ☀️🔥
La música latía como un segundo corazón, pero el verdadero ritmo estaba en la sangre de Samuel. Al ver a su esposa en brazos de otro, la mentira que tejió para estar allí se desmoronó, dejando solo la cruda realidad de quién controlaba realmente la noche.
CAPÍTULO 9
Los pasillos del hotel se extendían como un laberinto de mármol, cada curva era un eco fantasmal de la risa que ya no escuchaba. La alfombra, suave bajo mis pies, amortiguaba mis pasos, pero no el latido frenético de mi corazón. Cada puerta cerrada era un enigma, un potencial escondite de la verdad que se me escapaba entre los dedos como arena amarilla.
—Disculpa—pregunté a un botones que pasaba, mostrándole una foto reciente en mi teléfono—. ¿Has visto a estas dos mujeres? Llevan un vestido negro y otro verde.
El botones entrecerró los ojos, como si intentara enfocar su mirada en medio del torbellino de huéspedes.
—Mmm... lo siento, señor. Hoy he visto a tanta gente... Es como si el hotel fuera un hormiguero en hora punta. Nada se me queda en la cabeza. —Señaló hacia el bar—. Quizás en el bar... Siempre hay alguien que las ha visto pasar.
Mi teléfono vibró en el bolsillo, sobresaltándome. Era Sophie.
—¡Samuel! ¡Por fin! Llevamos horas buscándote... ¡Es como si te hubiera tragado la tierra! —su voz sonaba alegre, demasiado alegre.
—Lo siento, tuve un pequeño problema...—dudé un instante antes de preguntar lo que más me atormentaba—. ¿Y, Esperanza?
—¡No te preocupes por ella! —Sophie hizo una pausa, con un tono malicioso que me heló la sangre—. Está... en buenas manos. ¡Estamos en Xy'Z! ¡La discoteca del hotel! ¡Piso 20! La música está a reventar, pero te prometo que la noche apenas comienza.
La llamada se cortó antes de que pudiera hacer más preguntas. Al menos ahora tenía un destino.
El elevador parecía moverse en cámara lenta, cada segundo una eternidad suspendida en el vacío. Cuando finalmente llegué a la discoteca, el bajo pulsaba a través de las paredes como un corazón latiendo con fuerza desbocada. La puerta se abrió como una mandíbula metálica, escupiendo un torrente de luz y música. La discoteca era un espectáculo caleidoscópico, un universo paralelo donde el tiempo se distorsionaba y la realidad se fundía con la fantasía. Luces de neón pulsaban al ritmo de la música, como corazones latiendo en la oscuridad, e iluminaban una pista de baile donde cuerpos sudorosos se entrelazaban en un frenesí rítmico.
Y entonces los vi.
Mi corazón se detuvo por un segundo, como si el tiempo mismo se hubiera congelado. En medio de la pista, Esperanza bailaba pegada a un hombre. Muy pegada. El tipo era alto, atlético, con ese tipo de atractivo que pertenece más a una revista que a la vida real. Bailaban bachata, con sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, como si hubieran practicado durante años.
La sangre se convirtió en lava en mis venas, un volcán que estaba a punto de erupcionar. La imagen de Esperanza bailando con ese hombre era un puñal que se retorcía en mi estómago. Di un paso hacia ellos, dispuesto a reclamar lo que era mío, pero una mano me detuvo.
—¡Samuel! ¡Por fin! —Sophie apareció a mi lado, con su cabello pelirrojo brillando bajo las luces ultravioleta—. ¿Dónde te habías metido?
—¿Quién es ese? —gruñí, señalando a la pareja que bailaba con tanta familiaridad.
—¡Oh! ¡Es Marco! —Sophie sonrió, aparentemente ajena a mi estado de furia—. ¡Nos ayudó muchísimo! Thanks to him pudimos conocer a Luis Miguel.
—¿Qué? —la información me golpeó como un mazazo.
—¡Ven, vamos a sentarnos! —Sophie me arrastró hacia un área VIP con sillones de cuero—. Tenemos que ponerte al día.
—Sophie, mi esposa está...
—Tu esposa está divirtiéndose —me cortó, su tono había cambiado ligeramente—. Como deberías haber estado haciendo tú en el concierto. ¿Dónde estabas realmente?
Me quedé en silencio, atrapado en mi propia mentira. La culpa me carcomía por dentro, un sentimiento tan amargo como el tequila barato.
Esperanza y Marco se acercaron a nosotros, ambos sudando y sonriendo. El tipo era aún más atractivo de cerca, con ese tipo de sonrisa que probablemente usaba para conseguir propinas extra.
—¡Amor! —Esperanza me besó en la mejilla, su aroma llegó a mis fosas nasales, oliendo a perfume caro y alcohol—. ¡Por fin apareces!
—Samuel, ¿verdad? —Marco extendió su mano. Su apretón era firme, profesional, como el de un hombre acostumbrado a tratar con clientes importantes—. Marco Valenzuela, coordinador de eventos especiales. Tu esposa y sus amigas son encantadoras.
—Me imagino—respondí secamente.
La ironía de mis palabras no escapó a mi propia conciencia.
—Marco nos consiguió acceso al camerino de Luis Miguel—explicó Esperanza, con sus ojos brillando con excitación—. ¡Fue increíble! Aunque...—se acercó a mi oído, sentí su aliento cálido contra mi piel—. Alice se quedó allí.
—¿Qué quieres decir con que se quedó allí? —mi mente era un torbellino de ideas, cada una chocando con la otra, sin encontrar un punto de lógica o coherencia.
Esperanza me miró, luego hizo un gesto de gallardía y soltó una risita.
—Está con él. Con Luis Miguel. Al parecer le gustó mucho.
Mi mente intentaba procesar la información. Alice, la turista americana, ¿estaba con Luis Miguel? ¿Era posible?
—Es bastante común —comentó Marco, como si leyera mi mente—. Luis Miguel tiene un gusto particular por las rubias.
—Especialmente las que hablan inglés —añadió Sophie con una sonrisa cómplice.
—¿Y ustedes la dejaron...? —no podía creer lo que estaba escuchando.
—Alice es una mujer adulta —respondió Esperanza, volviendo a moverse al ritmo de la música—. Y esta es su aventura en México, ¿no?
Marco tomó a Esperanza de la mano, girándola con gracia profesional.
—¿Otra bachata?
—¡Por supuesto! —Esperanza aceptó la invitación con una sonrisa radiante, una sonrisa que sentí en ese instante que nunca me había dirigido a mí.
Los vi alejarse hacia la pista, mi esposa estaba moviéndose con una soltura que nunca le había visto. Sophie me observaba con una mezcla de diversión y algo más... ¿lástima?
—El partido—dijo simplemente—. ¿River ganó?
La miré sorprendido. ¿Cómo sabía eso?
—Oh, vamos, Samuel. ¿Creíste que no nos daríamos cuenta? Esperanza lleva años casada contigo. Sabe cuándo mientes.
—Yo...—Me quedé sin palabras.
—Relájate—me palmeó el hombro—. Disfruta la noche. Ya mañana podrás preocuparte por las consecuencias.
La observé alejarse hacia el bar, dejándome solo con mis pensamientos. En la pista, Esperanza y Marco seguían bailando, sus cuerpos moviéndose como si hubieran nacido para ello. En algún lugar del hotel, Alice vivía una fantasía con Luis Miguel. Y yo, sentado en un sillón de cuero en una discoteca futurista, me preguntaba en qué momento exacto había perdido el control de todo.
—Sophie, ¿tú... cómo sabes del partido? —le pregunté cuando regresó, tratando de seguirle el juego.
—Me lo dijo Esperanza —respondió con una sonrisa—. Ella te quiere mucho y al parecer está siempre al pendiente de tus cosas.
—Ya veo—dije, sintiéndome un poco culpable por haberla engañado.
—No te preocupes —me dijo Sophie—. Lo importante es que te relajes y disfrutes de la noche.
—Eso intentaré —le respondí, aunque en realidad no tenía ganas de hacer nada más que seguir a Esperanza con la mirada.
—¿Quieres una copa? —me ofreció Sophie—. Yo invito.
La música seguía sonando, la gente seguía bailando y riendo, pero yo me sentía cada vez más solo y extraviado. La noche, claramente, estaba lejos de terminar.
—Samuel, ¿estás bien? —Sophie regresó con dos copas en la mano—. Te veo un poco perdido.
—Sí, estoy bien —le respondí, aunque en realidad no me sentía nada bien. La imagen de Esperanza y Marco bailando juntos me atormentaba—. Solo necesito un momento para asimilar todo esto.
—Lo entiendo—dijo Sophie, entregándome una copa para continuar soltándome una sonrisa—. Pero no te quedes solo toda la noche. ¡Come on! Let's dance.
—Gracias, Sophie —le respondí—. Pero prefiero quedarme aquí un rato.
—Está bien —me dijo Sophie—. Pero si necesitas algo, don't hesitate to ask. Okay? —me preguntó, buscando mi aprobación.
—Gracias —le respondí—. Lo tendré en cuenta.
Sophie se levantó y se fue hacia la barra, al parecer quería seguir escuchando las aduladoras palabras del camarero. Yo me quedé sentado en el sillón, observando a Esperanza y a Marco bailar. El la sostenía de sus caderas de forma algo descarada, ella sonreía a sus arremetidas como si solo fuese algo transitorio, yo estaba con los ojos fijos en ellos, buscando algún indicio exagerado que me diga que ahí pasaba algo más que un baile. Por momento los perdía de vista, ya que se mezclaban entre la gente, y es ahí cuando me sentía como un extraño en mi propia vida. Recordé los primeros acuerdos después del noviazgo, ella me lo había dicho claramente: “No quiero escenas de celos, es lo que más odio”.
Al principio acepté con rotundidad, pensaba que no había ningún problema, ya que estaba perdidamente enamorado. Creía que era la mujer de mi vida, y ahora no entendía cómo había llegado a esta situación. Todo había comenzado tan bien, y ahora...
De repente, sentí una mano en mi hombro.
—¿Estás bien? —era la voz de Esperanza.
Me dejó perplejo, la había seguido todo el tiempo. ¿En qué momento llegó? ¡Se movió tan rápido de la pista de baile!
—Sí, amor —le respondí, tratando de ocultar mi consternación—. ¿Todo bien?
—Todo perfecto —me dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Marco es un excelente bailarín.
—Me alegro —le respondí, tratando de sonar indiferente.
—¿Quieres bailar? —me preguntó.
—No, gracias —le respondí—. Prefiero quedarme aquí un rato.
—Como quieras —me dijo, encogiéndose de hombros—. Pero no te quedes solo, no me gusta verte así. Te quiero.
—No lo haré —le aseguré.
Esperanza se fue con Marco, y yo me quedé sentado en el sillón, me había negado a acompañarla porque estaba molesto, en el fondo quería estrangularla. Quería saber hasta dónde llegaría su descaro. Empezaron a bailar de nuevo, pero esta vez se habían ido más lejos, casi no los podía distinguir.
Me preguntaba qué estaría pensando Esperanza en ese momento. ¿Estaría disfrutando de la noche? ¿Estaría pensando por una vez en mí? ¿O acaso, ya tendría la concha mojada?
De repente, esa última pregunta hizo que una cólera enorme, emergiera de mi cuerpo, me levanté dispuesto a llevarme a mi mujer, a encarar mis emociones, decirle todo lo que verdaderamente sentía, mandarle a la mierda si es que no seguía lo que le iba a proponer, Pero justo cuando di el primer paso, sentí que alguien se sentaba a mi lado.
—¿Puedo? —era Sophie, que había regresado de la barra con otra copa en la mano.
Parecía que se había soltado más el escote porque incluso un pezón se asomó a mi vista, era de un color rosado. ¡Esta mujer era una pelirroja natural!
—Claro —le respondí con algo de nervios.
—Te veo muy triste —me dijo susurrándome al oído, sentí el aroma a flores frescas, un tono dulzón y sexy—. ¿Qué te pasa?
—No es nada —le respondí algo encantado por su cercanía—. Solo estoy un poco cansado.
—No te creo —me dijo insistiendo nuevamente mientras me seguía hablando al oído, para seguir con otro tono más incisivo, su acento se marcó de inmediato—. Sé que te pasa algo.
—Es Esperanza —le confesé apartándome un poco—. No entiendo por qué está así.
—Ella es así —respondió Sophie, esta vez me miró a los ojos como si se hubiese enterado de que mi entrepierna empezaba a emerger—. Le gusta divertirse.
—Lo sé —le respondí recordando aquellas escapadas a la discoteca en Punta Cana—. Pero no me gusta verla bailar con ese tipo.
—No seas celoso —me dijo Sophie, acercándose más a mi lado, y tocándome con un brazo mi muslo, un temblor recorrió mi cuerpo cuando me percaté de que estaba a unos centímetros de mi erección—. Marco es solo un amigo.
—Eso espero —le respondí escuetamente.
—¿Quieres que te traiga algo de beber? —me preguntó—. O… ¿prefieres algo más divertido?
La miré y vi que me señalaba con un dedo hacia una pareja de jóvenes que bailaban al ritmo del reguetón, ella pegaba sus nalgas, parecía que estaba tratando de rozar su vulva al pene de aquel sujeto. Era algo bastante descarado y lujurioso, y contrariamente a lo que pensaba que pasaría con la gente que presenciaba esa escena, solo vi gestos de asentimiento en los presentes. ¿Ella me proponía hacer algo parecido?
—No, gracias —le respondí—. Prefiero quedarme aquí un rato.
—Está bien —me dijo Sophie hizo un gesto de resignación—. Pero si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.
—Gracias —respondí tratando de no mirarla—. Lo tendré en cuenta.
Sophie se levantó y se fue hacia la barra. Yo me quedé sentado en el sillón, tratando de encontrar a Esperanza. No lograba ubicarla y me preguntaba si estarían bailando ese ritmo escandaloso como lo estaban haciendo esa pareja de jóvenes. ¿Se atreverán a cometer esa locura, con su esposo en el mismo lugar? ¿Y si es así? ¿Por qué no piensa en sus hijos?
La discoteca palpitaba como un corazón artificial, bombeando ritmos latinos en lugar de sangre. Las luces estroboscópicas atravesaban la penumbra como relámpagos en una tormenta tropical, iluminando fragmentos de rostros, cuerpos en movimiento, copas levantadas como ofrendas a la noche. El aire estaba espeso, una mezcla de perfumes caros y deseos contenidos.
De repente, sentí que alguien me tocaba el brazo.
Marco se materializó junto a nuestra mesa como una aparición en la niebla artificial que flotaba por el lugar. Su camisa negra, tan ajustada que parecía una segunda piel, reflejaba destellos púrpuras que le daban un aire casi felino. Se inclinó hacia mí, su mano seguía rozando mi brazo con la suavidad calculada de una serpiente.
—¿Bailas? —su voz aterciopelada atravesó el estruendo de la música con una confianza que me revolvió el estómago.
— No, gracias —respondí, mi voz fue tan cortante como un cristal roto.
Fue entonces cuando lo vi. Aquel destello en los ojos de Esperanza, una chispa fugaz pero inequívoca mientras miraba a Marco por encima del borde de su copa de vino tinto. La bebida brillaba como sangre bajo las luces parpadeantes, y algo en mi interior se encendió con la misma intensidad.
Me levanté de golpe, la silla estaba chirriando contra el suelo como un grito metálico.
—Vamos a bailar —le dije a Esperanza, tomando su brazo. No era una pregunta.
—Samuel, espera, mi copa... —protestó ella, pero ya estábamos en movimiento.
El reguetón rugía a nuestro alrededor, un ritmo primitivo que nunca había logrado domar. Mis caderas se movían como las de un maniquí articulado, torpes y descoordinadas.
—¿Ese es tu mejor intento? —se burló Esperanza, su risa estaba mezclándose con la música—. Pareces un gringo en su primera clase de salsa.
Sophie, desde la mesa, gritó algo que se perdió en el ruido, pero su gesto de diversión era evidente. La frustración se acumuló en mi pecho como una tormenta a punto de estallar.
Entonces la música cambió. El nuevo ritmo era más lento, más sensual, como un depredador acechando a su presa. Sin previo aviso, giré a Esperanza, pegándola contra mí.
—¿Qué haces? —susurró ella, sorprendida.
—Bailar —respondí contra su oído—. ¿No es lo que querías?
Mis caderas encontraron un ritmo que desconocía poseer, moviéndose contra ella en un perreo que rozaba lo indecente. Sus nalgas tapaban mi erección, el roce era constante, y mi erección empezó a surgir, podía sentir el olor de su cabello, recordé cómo aquella pareja de jóvenes bailaba de esta manera y nadie pareció recriminarles, si había alguien con quien mi esposa debía bailar de esta manera, ese era yo, su marido bajo juramento. Sentí cómo su respiración se entrecortaba, cómo sus manos se aferraban a mis brazos con una mezcla de sorpresa y algo más profundo, más primitivo.
—Samuel... la gente... —murmuró al sentir mi pene, pero no se apartó.
Cuando la canción terminó, regresamos a la mesa, no me preocupé ya que el ambiente parecía ocultar mi erección. El rostro de Esperanza estaba encendido, una mezcla de vergüenza y excitación que hacía brillar sus ojos.
—¿Cómo te atreviste a hacer eso? —siseó entre dientes—. Todo el mundo nos estaba mirando. ¿Qué van a pensar los demás? ¿Qué va a pensar la gente del hotel?
Sophie se inclinó sobre la mesa, sus ojos azules brillaban con malicia como los de un gato travieso.
—That was actually pretty hot —comentó con una sonrisa cómplice—. Who knew you had it in you, Samuel?
—Nunca lo hubiera esperado de ti —añadió Alice, que también había llegado, dando un sorbo a su martini— Aparentemente las apariencias engañan.
Marco permanecía en silencio, su expresión tan rígida como una máscara de carnaval. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa con un ritmo irregular, como si intentara mantener el control de algo que se le escapaba entre las manos. La usual sonrisa seductora había desaparecido, reemplazada por una tensión que le marcaba los músculos de la mandíbula.
—¿No tienes ningún comentario, Marco? —preguntó Sophie con falsa inocencia—. Tú eres el experto en baile, ¿no?
—Hay diferentes estilos para diferentes... ocasiones —respondió él, cada palabra medida como si pesara su valor—. Aunque algunos prefieren mantener cierta... clase.
Una satisfacción oscura me recorrió las venas como un vino añejo. Tomé mi whisky, saboreando no solo el ardor del alcohol sino también la dulce victoria de haber descolocado al siempre perfecto coordinador de eventos especiales. Por una vez, su capacidad para manipular la situación se había evaporado como el hielo en mi vaso.
Esperanza seguía evitando mi mirada, pero noté cómo su pie se movía inquieto bajo la mesa, siguiendo el ritmo de la música. Su copa se vaciaba más rápido que de costumbre, y cada vez que Marco se movía, ella ajustaba su posición, como si fuera consciente de cada uno de sus movimientos.
—Tal vez deberíamos pedir otra ronda —sugirió Alice, rompiendo la tensión que se había instalado en nuestra mesa como una nube de tormenta.
—Yo invito —se apresuró a decir Marco, recuperando algo de su compostura habitual—. Al fin y al cabo, es mi trabajo asegurarme de que todos... disfruten su noche.
Su mirada se cruzó con la mía por un instante, un desafío silencioso flotando en el aire viciado de la discoteca. La noche continuaba, pero las reglas del juego habían cambiado. En esta pista de baile convertida en campo de batalla, cada movimiento era una declaración de guerra, cada mirada una bala, y cada trago un intento de ahogar las palabras que ninguno se atrevía a pronunciar.
La música seguía sonando, ajena a nuestro pequeño drama, mientras las luces continuaban su danza frenética, proyectando sombras que parecían moverse al ritmo de nuestros secretos más oscuros.
El ambiente en la mesa había cambiado sutilmente, como cuando el aire se vuelve denso antes de una tormenta. Las chicas se habían agrupado en un extremo, sus cabezas juntas como conspiradores medievales, compartiendo secretos entre risas ahogadas y miradas cómplices. Sus voces se perdían en la cacofonía de la música, pero sus gestos hablaban de confidencias jugosas.
—¿De qué tanto hablan? —pregunté a Sophie, intentando sonar casual.
Sophie se acercó, con su perfume dulzón mezclándose con el aroma a tequila de su aliento.
—Alice está en las nubes —susurró con una sonrisa cómplice—. Al parecer, su encuentro con Luis Miguel fue... memorable.
Sus ojos brillaron con picardía mientras continuaba:
—Lo encontró en el camerino exactamente como esperaba: encantador, seductor... Ya sabes cómo es él. Le cantó un fragmento de "La Incondicional" al oído. Alice dice que sus labios apenas rozaron su oreja, pero fue suficiente para que sus rodillas temblaran. "Es el sueño de toda mujer", no ha parado de repetirlo. Según ella, sus ojos son aún más hipnóticos en persona, y tiene esta manera de mirarte como si fueras la única mujer en el mundo…
Alice interrumpió con una risa cristalina:
—¡Sophie! No cuentes todos los detalles...
—Oh, vamos —respondió Sophie—. Samuel es prácticamente uno más de nosotras.
Marco, quien había estado observando la escena como un halcón estudia su territorio, aprovechó el momento para deslizarse más cerca de Alice. Se inclinaba hacia ella con la precisión de un bailarín, sus labios estaban casi rozando su oído.
—Entonces, ¿el Sol de México brilló para ti esta noche? —susurró lo suficientemente alto para que yo escuchara.
Alice respondía con sonrisas calculadas, cada una más seductora que la anterior. Sus dedos jugaban distraídamente con el borde de su copa mientras se inclinaba hacia Marco.
—Digamos que entiendo por qué lo llaman El Rey —respondió ella con una sonrisa enigmática— Aunque algunos tienen su propio tipo de realeza, ¿no crees, Marco?
Marco sonrió, ese gesto perfecto que parecía ensayado frente al espejo.
—La realeza viene en muchas formas —respondió, sus ojos oscuros seguían brillando con intensidad—. Algunos nacen con ella, otros... la cultivamos con el tiempo.
Cada interacción entre ellos parecía cargada de significados ocultos, como si compartieran un código secreto que solo ellos entendían. Marco se movía con la confianza de quien está acostumbrado a navegar las aguas turbias de la seducción, y Alice respondía a cada gesto con la precisión de una esgrimista experimentada.
Esperanza permanecía sentada a mi lado, con su postura rígida como una estatua de hielo. La tensión entre nosotros era un muro invisible pero sólido.
—¿Bailamos otra vez? —intenté, extendiendo mi mano hacia ella.
—Estoy cansada —respondió secamente, sin mirarme.
La frustración y los celos se mezclaron en mi garganta. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas:
—Qué curioso. Cuando bailabas con Marco no parecías nada cansada.
Esperanza giró su rostro hacia mí, sus ojos convertidos en obsidiana pulida, fríos y cortantes.
—¿Sabes qué es más curioso? —su voz era suave pero letal—. Que te importe más un partido de fútbol que estar con tu esposa.
El recuerdo me golpeó como una avalancha. La final de la Copa Libertadores. River versus Boca. Había construido una mentira elaborada: una reunión crucial con clientes extranjeros, documentos que no podían esperar, disculpas anticipadas. La recordaba esperándome en el concierto, mientras yo parecía un hincha eufórico, gritando cada gol como si fuera el último día de mi vida.
El peso de aquella mentira se sentía ahora como plomo en mi estómago. No había sido solo el partido, había sido la preferencia del engaño sobre la honestidad. Cada celebración, cada grito de gol había estado teñido con una pizca de culpa que el alcohol no logró disolver completamente.
El silencio se instaló entre nosotros, pesado y acusador. La música seguía sonando, pero ahora parecía provenir de otro mundo, uno donde las mentiras no pesaban y los reproches no cortaban como cristal roto.
Me quedé allí sentado, con el hielo derritiéndose en mi vaso como se derretían mis pretensiones de superioridad moral. Los celos por Marco, las sospechas sobre sus intenciones con mi esposa, todo parecía ahora teñido por el color de mi propia hipocresía.
Mientras tanto, en el otro extremo de la mesa, el flirteo entre Marco y Alice continuaba su danza elaborada. Él había pasado de las insinuaciones sobre Luis Miguel a historias sobre encuentros con otras celebridades, cada anécdota cuidadosamente seleccionada para impresionar.
—Cuando organizamos el concierto de Maluma —decía Marco, su voz era un susurro teatral—. Tuve que manejar algunas situaciones... delicadas. Digamos que sé guardar secretos tan bien como organizar eventos.
Alice se inclinó más cerca, con su cabellera rubia rozando el hombro de Marco.
—¿Y qué otros secretos guardas, Marco Valenzuela? —preguntó con una sonrisa que prometía más que simple curiosidad.
La noche avanzaba, y con ella, la certeza de que, en este juego de máscaras y mentiras, nadie era completamente inocente. Las luces de la discoteca seguían girando, iluminando fragmentos de verdad y ocultando otros en las sombras, mientras cada uno de nosotros bailaba su propia danza de secretos y reproches.
En el fondo, el DJ ponía "La Incondicional", y la ironía no se me escapaba. Todos éramos incondicionales a nuestros propios deseos, a nuestras propias mentiras, a nuestros propios juegos de seducción y poder. La diferencia era que algunos lo admitían y otros, como yo, seguíamos pretendiendo ocupar un alto terreno moral que se desmoronaba con cada revelación.
Continuará...
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