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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 8

La final de la Libertadores lo tenía cautivado, pero el silencio de su teléfono gritaba más fuerte que el estadio. Mientras celebraba un gol, su esposa se alejaba paso a paso, y cuando finalmente intentó alcanzarla, la puerta estaba cerrada. ¿Qué secretos guardan las amigas en esa zona VIP?

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CAPÍTULO 8

Me acomodé en el amplio sillón de cuero de la habitación, sintiendo el material frío contra mi piel. El corazón me latía al ritmo frenético de los bombos que resonaban en la transmisión, cada golpe haciendo eco en mi pecho. La final de la Copa Libertadores. River Plate vs Boca Juniors. El Superclásico en su máxima expresión. No era solo un partido de fútbol; era la culminación de una rivalidad histórica, un evento que paralizaba a todo un continente.

Las imágenes del estadio, majestuoso y vibrante, lleno hasta la última grada, me transportaron instantáneamente a ese lugar, a aquellos domingos sagrados de mi infancia cuando mi padre me llevaba a ver a River. Podía sentir su mano sobre mi hombro mientras subíamos las escaleras de la tribuna, escuchando su voz emocionada explicándome cada jugada.

—La final del siglo —repetían los comentaristas una y otra vez, y por primera vez en la historia del periodismo deportivo, estaban siendo modestos.

—Este partido define una era —declaraba el comentarista principal—. Pocas veces estos dos gigantes se han encontrado en una final de Libertadores.

—Promete ser, un partido extraordinario —añadió su compañero.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de noche, interrumpiendo mis pensamientos. El nombre de Esperanza iluminó la pantalla, junto con una serie de emojis que ella siempre usaba con entusiasmo.

—¡Amor! ¡No vas a creer esto! ¡Luis Miguel abrió con 'La Incondicional' ¡Todo el mundo está gritando! ¡Es una locura!

Intenté imaginar la escena: el salón de eventos del hotel convertido en un mar de gente, las luces, la música, la energía. Me sentí culpable por no estar allí.

—¡Qué bueno! ¿Están bien ubicadas? ¿Pueden ver todo?

—¡Sí! Sophie consiguió lugares increíbles. ¡Primera fila! No me preguntes cómo lo hizo, pero aquí estamos. Alice está grabando todo con su cámara nueva. ¡Te estás perdiendo algo histórico!

La mención de Alice me provocó un nudo en el estómago. Recordé su mirada después de darme el beso, la forma en que sus dedos rozaron "accidentalmente" mi mano cuando bailábamos. Sacudí la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.

El silbato inicial del partido me devolvió bruscamente a la realidad. River comenzó atacando, como siempre, fiel a su estilo. La pelota fluía de un lado a otro del campo con precisión quirúrgica.

—¡DALE RIVER, DALE! —grité instintivamente, olvidando por un momento que estaba en un hotel. Mi voz rebotó en las paredes de la habitación, y por un momento temí que algún huésped se quejara.

El teléfono volvió a vibrar.

—¿Todo bien con tu llamada? ¿No está durando demasiado?

La culpa me atravesó como un rayo. La mentira sobre la llamada de trabajo me pesaba cada vez más.

—Sí, amor. Ya casi termino. ¿Qué tal el show? ¿Luis Miguel está en forma?

—¡Espectacular! Nunca lo había visto así. Sophie dice que nunca había visto algo así en Estados Unidos. No entiende la letra, pero está fascinada. Dice que la energía es increíble. Y Alice... ¡Dios mío! No para de bailar ¡Está como loca!

Tomé otro sorbo de cerveza, largo y profundo, intentando ahogar la imagen mental de Alice bailando, su cabello rubio moviéndose al ritmo de la música, sus ojos azules brillando bajo las luces del escenario. En la pantalla, River presionaba cada vez más. El partido era una batalla táctica, típico de una final de esta magnitud.

—River está ahogando a Boca en su propio campo —explicaba el comentarista—. Es cuestión de tiempo...

—¡PENAL! —el grito desgarrador del comentarista me hizo saltar del sillón como si tuviera un resorte—. ¡Penal para River a los 43 del primer tiempo!

Mi corazón se detuvo. Con manos temblorosas, abrí otra cerveza mientras el delantero de River se preparaba para patear. El estadio contenía la respiración, y yo con él.

El teléfono vibró nuevamente.

—¡Ahora Te Puedes Marchar! ¡Todo el mundo está cantando! ¡Es una locura total! Hasta Sophie intenta cantar en español ¡Deberías ver su pronunciación! Alice la está ayudando, aunque su español tampoco es mucho mejor...

—Me alegro de que la estén pasando bien. Ya casi termino aquí.

La mentira me supo amarga en la boca, pero no tuve tiempo de reflexionar. GOL. El estadio explotó y yo con él. Salté, grité, derramé cerveza sobre la alfombra del hotel. El primer tiempo terminó 1-0, y mi corazón latía como si hubiera corrido una maratón.

Durante el segundo tiempo, mientras River controlaba magistralmente el partido, noté que los mensajes de Esperanza comenzaron a espaciarse. Sus respuestas se volvían más cortas, más distantes, hasta que simplemente dejaron de llegar.

—"¿Todo bien?" Leído.

—"¿Siguen en el show?" Leído.

—"¿Esperanza?" No Leído.

El silencio de mi esposa competía con el rugido ensordecedor del estadio en la televisión. A los 85 minutos, River anotó el segundo gol que sentenciaba el partido. Un golazo desde fuera del área que hizo estallar al estadio. Abrí otra cerveza para celebrar, pero el silencio digital de Esperanza empañaba lo que debería haber sido un momento de pura alegría.

El pitazo final desató la locura. River Plate, campeón de América. Los jugadores corrían por el campo, abrazándose, llorando. En cualquier otra circunstancia, estaría saltando de alegría, llamando a mis amigos en Argentina, reviviendo cada jugada. En cambio, me encontré mirando fijamente el teléfono, esperando una respuesta que se negaba a llegar.

Me levanté del sillón, tambaleándome ligeramente. Las cervezas del minibar.

—¿Cuántas habían sido? —dije extasiado.

Se habían acabado, y la celebración eufórica en la televisión contrastaba dolorosamente con el silencio sepulcral de mi habitación. Vi a mis jugadores levantar la copa, cantando y saltando, mientras yo sentía un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el alcohol.

—¡River Plate, el mejor equipo de América! —gritaba el comentarista, pero sus palabras sonaban huecas en mi habitación solitaria.

Me di una ducha rápida, esperando que el agua fría despejara mi mente nublada por el alcohol y la preocupación. El sabor a cerveza en mi boca se mezclaba con el sabor amargo de la culpa y la ansiedad. Las preguntas me bombardeaban: ¿Estaba Esperanza molesta? ¿Había descubierto mi mentira? ¿O simplemente estaba disfrutando tanto del concierto que se había olvidado de los mensajes?

El espejo del baño me devolvió una imagen que no me gustó: ojos ligeramente enrojecidos, cabello húmedo y desordenado, la expresión de quien sabe que ha cometido un error.

Me vestí apresuradamente, poniéndome la primera camisa limpia que encontré, y salí hacia el salón de eventos del hotel. Los pasillos alfombrados parecían mecerse ligeramente bajo mis pies, definitivamente había celebrado demasiado la victoria de River. En el ascensor, mi reflejo en las puertas cromadas me devolvió la mirada acusadora de un hombre que había elegido un partido de fútbol sobre su esposa, que había construido una mentira tras otra, que ahora caminaba tambaleante hacia lo que podría ser una confrontación inevitable.

El sonido inconfundible de "Será Que No Me Amas" se escuchaba cada vez más fuerte mientras me acercaba al salón. Luis Miguel seguía en el escenario, su voz tan potente como siempre, pero mi mente solo podía pensar en Esperanza, en Sophie, en Alice, en todas las decisiones que me habían llevado hasta este momento.

—¿Se encuentra bien, señor? —me preguntó un miembro del personal del hotel al verme apoyarme en una pared.

—Sí, sí, gracias —respondí, intentando mantener la compostura—. Solo busco el salón del concierto.

—Al final del pasillo a la derecha —indicó, mirándome con cierta preocupación.

La victoria de River ya parecía un recuerdo lejano mientras avanzaba entre la multitud que bailaba y cantaba, ajena a mi drama personal. El alcohol en mi sangre no ayudaba a calmar mis nervios. ¿Qué me esperaba al encontrar a Esperanza? ¿Había valido la pena perderme el inicio del show por un partido de fútbol?

La voz aterciopelada de Luis Miguel resonaba por todo el salón: "Cuando el amor se va, se va..." La ironía de la letra me golpeó mientras seguía buscando entre la gente, esquivando parejas que bailaban, grupos que cantaban a todo pulmón, preguntándome si encontraría a Esperanza, y más importante aún, en qué estado la encontraría.

—¿Otra copa, señor? —me preguntó un mesero que pasaba con una bandeja.

Negué con la cabeza. Ya había bebido suficiente. Necesitaba toda mi lucidez para lo que fuera que me esperaba en este mar de gente, música y luces.

El salón era un mar embravecido de gente moviéndose al ritmo de "La Bikina". Las luces parpadeantes creaban sombras danzantes en las paredes, y el aire estaba cargado con una mezcla de perfumes caros y sudor. Me detuve frente a la zona VIP, maldiciendo internamente mi estupidez por no haberle pedido a Sophie una entrada. Una reja metálica de un metro y medio, pintada de negro y adornada con cordones de terciopelo rojo, separaba las dos áreas. Junto a ella, un guardia de seguridad con el físico de un jugador de rugby y la expresión de quien ha tenido que lidiar con demasiados borrachos en una noche, controlaba el acceso.

—Lo siento, señor. Sin entrada VIP no puede pasar —declaró cuando me acerqué, su voz grave pero firme.

—Mire, mi esposa está adentro —expliqué, intentando mantener la compostura—. Solo necesito hablar con ella un momento.

—Todo el mundo tiene a alguien “adentro”, señor —respondió con un dejo de ironía—. Sin entrada VIP, no hay acceso.

—Le puedo mostrar fotos, mensajes... —insistí, sacando torpemente mi teléfono.

El alcohol no ayudaba a mi coordinación.

—Señor —su tono se endureció—. Aunque me muestre el acta de matrimonio, sin entrada VIP, no puede pasar.

Frustrado, volví a intentar contactarlas. Los mensajes se acumulaban en la pantalla como pequeñas súplicas digitales:

—Estoy afuera de la zona VIP.

—¿Me pueden ayudar a entrar?

—¿Esperanza? Es importante.

—¿Sophie? ¿Pueden decirle al guardia que me deje pasar?

—¿Alice? ¿Alguien?

No Leído. No Leído. No Leído. El silencio digital era más ensordecedor que la música que hacía vibrar las paredes.

—¡Por favor! —grité por encima de la música, parándome de puntillas—. ¡Esperanza!

—Señor, está molestando a los otros invitados —advirtió el guardia, cruzando sus brazos masivos.

La zona VIP estaba elevada sobre una plataforma, permitiéndome ver las primeras filas donde, supuestamente, estaban ellas. El alcohol en mi sistema convertía las luces en estrellas borrosas, y cada rostro en una mancha difusa de colores. La multitud se movía como un organismo vivo, pulsando al ritmo de la música.

A mi lado, un grupo de mujeres jóvenes gritaba con la intensidad de mil sirenas. Sus carteles elaborados con luces LED parpadeaban mensajes de amor eterno: "TE AMO LUISMI", "CÁSATE CONMIGO", "ERES MI SOL". Vestían como si fueran a una discoteca en Miami: tops brillantes, minifaldas que desafiaban la gravedad, tacones imposiblemente altos.

—¡Es que míralo! —gritó una de ellas, una morena despampanante con un top plateado que parecía hecho de estrellas—. ¡Cada año está más bueno!

—¡Ya casi termina! —se lamentó otra, rubia y con un cartel que brillaba en rosa neón—. ¡Dios mío, no puede terminar así!

—¡Solo dos canciones más! —añadió una tercera, ajustándose su top dorado—. ¡No es justo!

Las observé, fascinado por su devoción absoluta. Para mí, Luis Miguel era solo un cantante talentoso que mi esposa adoraba, pero para ellas era una especie de deidad griega descendida al escenario.

—¿Dijiste último tema? —pregunté, una idea formándose en mi mente nublada por la cerveza.

—¡Sí! —respondió la del top plateado, girándose hacia mí con ojos brillantes—. ¡Ya viene “México en la Piel” y se acaba!

—Es su tema de cierre —añadió la rubia del cartel rosa—. Siempre termina con ese.

Mi mente, aunque empañada por el alcohol, comenzó a trabajar a toda velocidad. La reja no era tan alta como parecía. El guardia, aunque imponente, estaba solo. Y estas chicas... estas chicas parecían capaces de cualquier cosa por acercarse a su ídolo.

—¿Y si saltamos todos juntos? —sugerí, sorprendiéndome de mi propia audacia. Las chicas me miraron como si acabara de proponer un robo a un banco—. Piénsenlo, si vamos varios a la vez, no puede detenernos a todos.

Se miraron entre ellas, una conversación silenciosa pasando entre sus miradas. La música retumbaba en las paredes, "La Incondicional" llegaba a su clímax.

—Es una locura —dijo la del top dorado.

—Exactamente por eso podría funcionar —argumenté—. No habrá otra oportunidad. Es ahora o nunca.

—Nos van a sacar —advirtió una cuarta chica que hasta ahora no había hablado.

—¿Y qué? Ya se acaba el concierto —respondí—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

—¡Hagámoslo! —gritó la del top plateado, sus ojos brillando con determinación—. ¡Por Luismi!

—¡Por Luismi! —corearon las demás, y de repente éramos un equipo con una misión.

—A la cuenta de tres —indiqué, sintiendo el corazón martilleando en mi pecho.

—Uno...

El guardia estaba distraído con otro grupo.

—Dos...

La música alcanzó un crescendo.

—¡TRES!

Fue como una escena de película en cámara lenta. Saltamos todos a la vez, una masa de cuerpos, brillantina y determinación. El guardia logró atrapar a una de las chicas del grupo, que gritó como si estuviera en una montaña rusa. Los demás pasamos como una estampida descontrolada.

—¡Deténganse! —gritó el guardia, pero su voz se perdió en el caos.

—¡Lo siento! —grité mientras corría, aunque no estaba seguro si me disculpaba con él o con mi dignidad.

Las chicas corrieron hacia el escenario entre risas histéricas y gritos de victoria. Yo, por mi parte, comencé a buscar frenéticamente a Esperanza. La adrenalina había disipado parte de mi borrachera, pero el lugar seguía siendo un laberinto de cuerpos en movimiento y luces cegadoras.

—¡Esperanza! —grité, mi voz perdiéndose en el estruendo—. ¡Sophie! ¡Alice!

La última canción terminó en medio de una explosión de confeti plateado y luces estroboscópicas. Vi a Luis Miguel despedirse, su camisa blanca brillando bajo los reflectores. Fue inmediatamente rodeado por fans enloquecidas, incluidas mis cómplices de la infiltración. Sus guardaespaldas, eficientes como una unidad militar, lo escoltaron rápidamente fuera del escenario, dejando tras de sí una estela de gritos, suspiros y algún que otro sostén lanzado al aire.

—¡Te amo, Luismi! —gritaban mis compañeras de asalto mientras eran contenidas por el personal de seguridad.

La multitud comenzó a dispersarse como la marea que se retira. Las luces del salón se encendieron gradualmente, revelando la realidad post-concierto: vasos vacíos, confeti pisoteado, carteles abandonados, algún zapato solitario que contaba su propia historia. Y ni rastro de Esperanza, Sophie o Alice.

Me quedé ahí, solo, en medio del desorden que parecía el decorado de una película post-apocalíptica. El alcohol, la adrenalina y la preocupación se mezclaban en mi estómago como una coctelera de ansiedad. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no respondían? La victoria de River, que hace apenas unas horas me había hecho saltar de alegría, ahora parecía tan insignificante como los papeles que cubrían el suelo.

Un equipo de limpieza, vestidos con uniformes azules del hotel, comenzó a recoger los restos de la celebración. Me dejé caer en una silla abandonada, mirando mi teléfono que seguía tan silencioso como un cementerio a medianoche.

—Disculpe, señor —se acercó uno de los empleados de limpieza, un hombre mayor con ojos amables—. ¿Se encuentra bien? Lo noto algo... preocupado.

—Estoy buscando a mi esposa —respondí, mi voz sonando extraña incluso para mí—. Y a sus amigas. Estaban aquí, en primera fila.

—¿La de vestido negro? —preguntó, apoyándose en su escoba—. Vi a un grupo salir hace como media hora, antes de que terminara el show. Parecían tener prisa.

Mi estómago dio un vuelco.

—¿Hacia dónde fueron?

—Creo que, hacia los elevadores —respondió, mirándome con algo de lástima—. Pero no estoy seguro. Había mucha gente moviéndose.

Pero mientras pronunciaba esas palabras, un pensamiento comenzó a formarse en mi mente, fría y pesada como un témpano: ellas no estaban perdidas. No se habían confundido de camino. No habían salido por error.

Simplemente no querían ser encontradas.

Y algo me decía que esta noche, que había comenzado con fútbol y cerveza, que había continuado con una infiltración digna de una película de acción, estaba lejos de terminar.

Caminé hacia la salida, dejando atrás el caos del salón. El confeti crujía bajo mis pies como hojas secas, y cada paso resonaba con una pregunta sin respuesta: ¿Dónde estaban? ¿Qué estaban haciendo? Y más importante aún, ¿qué iba a encontrar cuando finalmente las encontrara?

Continuará...

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Con gratitud,Lapilli💙📖

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