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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 7

Esperanza cree que su esposo está atrapado en una videoconferencia de trabajo, pero Samuel está en la habitación, solo, con el televisor encendido y una cerveza en la mano. Mientras ella ríe con las mujeres que besó la noche anterior, él elige el fútbol sobre su matrimonio, sabiendo que cada mentira es un paso más hacia el abismo.

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CAPÍTULO 7

Me quedé observando a Esperanza mientras dormía, el suave ondular de su respiración era como un recordatorio constante de nuestra intimidad compartida, y también de mi ingratitud. Sus pestañas largas proyectaban pequeñas sombras sobre sus mejillas, y un mechón rebelde de cabello negro caía sobre su frente. Quise apartarlo, pero temía despertarla y enfrentarme a esos ojos que, sin saberlo, me perdonaban todo.

El golpe en la puerta anunciando el desayuno me sobresaltó, rompiendo mi contemplación culpable. Esperanza se movió ligeramente pero no despertó.

—Servicio a la habitación —susurró una voz al otro lado.

—Un momento —respondí en voz baja, colocándome rápidamente una bata sobre el traje de baño que aún llevaba puesto desde la noche anterior.

El camarero entró silenciosamente con el carrito, un hombre mayor de rostro amable que se movía con la precisión de años de experiencia. Comenzó a acomodar sobre la mesa del balcón un festín que llenó la habitación con aromas que me transportaron a nuestros primeros días en México.

—Le sugiero que sirva el café primero, señor —me aconsejó el camarero en voz baja mientras disponía los platos—. El café de olla está preparado como debe ser, con piloncillo y canela de Oaxaca. Es el orgullo de nuestra cocina.

Los chilaquiles verdes humeaban, coronados con crema y queso fresco que se derretía lentamente sobre la salsa; los huevos rancheros presumían su salsa roja brillante escurriéndose sobre la tortilla crujiente; los frijoles refritos, decorados con un toque de queso, formaban espirales perfectas en su plato. Y tal como predijo el camarero, el aroma del café de olla comenzaba ya a despertar a Esperanza.

—Mmm... ¿qué hora es? —murmuró, estirándose como una gata perezosa.

Sus ojos se abrieron lentamente, adaptándose a la luz que entraba por el balcón. Su sonrisa al ver el desayuno fue como un rayo de sol, libre de sospechas, radiante de felicidad.

—¡Amor! ¿Todo esto es para nosotros?

—Todo para ti —respondí, agradecido por su alegría y atormentado por mi culpa en igual medida—. Pensé que necesitabas un buen desayuno mexicano después de anoche.

—¡Qué noche la de ayer! —exclamó mientras se servía café, inhalando profundamente el aroma—. Este café... me recuerda a nuestra primera salida, cuando recién nos conocimos ¿te acuerdas? Anoche la discoteca estuvo increíble, ¿no? Hacía tanto que no bailábamos así... Deberíamos ir de nuevo esta noche.

Mi corazón dio un vuelco. Ella recordaba la música, el baile, la alegría... pero no los momentos con Alice y Sophie durante el cambio de DJ. Su entusiasmo era como una daga dulce.

—Claro, si quieres... —respondí, tratando de mantener un tono casual mientras partía un chilaquil con el tenedor—. Aunque hoy te noto diferente... más relajada.

—¿Sabes qué? Es verdad —dijo, probando los huevos rancheros.

—Mmm... esto está divino. Pero sí, me siento diferente. Anoche, bailando contigo, fue como... como regresar en el tiempo —comentó mientras saboreaba la comida—. ¿Te acuerdas de nuestra primera cita? Cuando intentabas impresionarme con tus pasos de salsa.

—Y fallé miserablemente —reí, agradecido por el cambio de tema.

—No, no fallaste —respondió con una sonrisa traviesa—. Me conquistaste precisamente porque no te importó hacer el ridículo por mí. Eras auténtico.

La palabra “auténtico” resonó en mi cabeza como una burla. ¿Qué tenía de auténtico ahora, escondiendo mis indiscreciones tras una sonrisa?

Nos sumergimos en el desayuno tardío, que ya rozaba la hora del almuerzo. El tiempo parecía diferente aquí en Cancún, más elástico, más indulgente. No había horarios que cumplir, reuniones que atender, solo nosotros y esta burbuja de intimidad renovada.

—¿Sabes qué extraño? —dijo Esperanza de repente, jugando con los últimos frijoles en su plato—. Nuestras conversaciones de madrugada, esas que teníamos cuando recién nos conocimos. Hablábamos de todo y de nada.

—Podemos tener una ahora —sugerí, sirviéndonos más café—. No hay prisa, no hay agenda. Solo nosotros.

Y así comenzó una conversación que fluyó como el café en nuestras tazas, rica y profunda. Hablamos de nuestros primeros días juntos, de sueños que habíamos postergado, de miedos que nunca habíamos compartido. Esperanza reía con una ligereza que no le había visto en meses, y su risa era contagiosa.

—¿Recuerdas nuestra luna de miel? —preguntó, limpiándose una gota de salsa del labio—. Éramos tan inocentes... Creíamos que el amor lo podía todo.

Recordé lo que pasó en Punta Cana, pero temí malograr la conversación si lo mencionaba.

—¿Y ya no lo crees? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Creo que el amor puede más de lo que pensamos —respondió, pensativa—. Solo que ahora sé que requiere trabajo, honestidad...

—Y ahora somos tan... —me detuve, buscando la palabra correcta, sintiendo el peso de mis secretos.

—¿Complicados? —sugirió ella, con una sonrisa que escondía cierta melancolía.

—Experimentados —corregí, alcanzando su mano sobre la mesa. Era suave y cálida, familiar y reconfortante.

—¿Sabes qué me gusta de estar aquí? —dijo, entrelazando sus dedos con los míos—. Que podemos ser quienes queramos. Reinventarnos.

—¿Y quién quieres ser? —pregunté, genuinamente curioso.

—Quiero ser la Esperanza que no tiene miedo —respondió después de un momento—. La que no se preocupa tanto por todo. La que puede ver a su esposo hablar con otras mujeres sin sentir que el mundo se acaba.

Su honestidad me golpeó como una ola. Mientras ella buscaba ser más abierta, yo acumulaba secretos como conchas en la playa.

Pasamos la tarde en la habitación, recuperándonos de la noche anterior, pero también redescubriéndonos en conversaciones profundas. Era extraño cómo a veces necesitábamos alejarnos de nuestra vida cotidiana para encontrarnos de nuevo.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó de repente, mientras la luz de la tarde creaba patrones dorados sobre las sábanas revueltas.

—¿De qué? —respondí, sintiendo que mi corazón se aceleraba.

—De nosotros. De haberte casado tan joven, de no haber viajado más, de...

—No —la interrumpí con más firmeza de la necesaria—. No me arrepiento de nosotros. Nunca.

Y era verdad. No me arrepentía de nosotros, me arrepentía de mí mismo, de mis decisiones recientes, de la forma en que estaba poniendo en riesgo todo lo que teníamos.

Mientras la luz del atardecer pintaba la habitación de oro y sombras, me encontré pensando que quizás esta era la verdadera aventura que necesitábamos. No los encuentros furtivos ni las emociones robadas, sino este reencuentro honesto, una vulnerabilidad compartida.

Sin embargo, en el fondo de mi mente, las imágenes de la noche anterior persistían como fotografías borrosas: los labios de Alice con sabor a margarita, la risa cantarina de Sophie mezclándose con la música. Me pregunté si era posible mantener esta nueva conexión con Esperanza mientras cargaba con el peso de mis secretos, si la intimidad que estábamos redescubriendo podría sobrevivir a la verdad que ocultaba.

—¿En qué piensas? —preguntó Esperanza, notando mi silencio.

—En que te amo —respondí, y esa, al menos, era una verdad completa—. Y en que quizás deberíamos ordenar algo para cenar. Ya está anocheciendo.

—¿Sabes qué? Mejor pidamos servicio a la habitación otra vez. No quiero compartirte con nadie esta noche.

Sus palabras, dichas con tanta inocencia, fueron como un golpe en el estómago. Mientras asentía y tomaba el menú, me pregunté cuánto tiempo podría mantener esta doble vida, y si al final, el precio de la aventura no sería demasiado alto por lo que podría perder.

El sonido del celular cortó el aire como una navaja. El nombre de Sophie parpadeando en la pantalla hizo que mi pulso se acelerara. Esperanza levantó la vista de la revista que estaba hojeando, sus ojos fijos en el aparato. Por un momento, el único sonido en la habitación era el suave murmullo del aire acondicionado y el lejano rumor de las olas.

—¿No vas a contestar? —preguntó Esperanza, con un tono que intentaba ser casual pero que no lograba ocultar completamente su curiosidad.

Sin dudarlo, activé el altavoz. Era la decisión más segura, aunque la más incómoda. El pequeño icono del altavoz brillaba como un faro de falsa transparencia.

—Hello? Samuel —la voz de Sophie sonaba animada, con ese acento que hacía que cada palabra bailara—. Are you there?

—Hi Sophie, estoy con Esperanza. Estoy en altavoz —respondí, manteniendo un tono casual mientras sentía la mirada de mi esposa clavada en mi rostro.

—¡Oh, perfect! Hello, Esperanza! —Sophie hizo un esfuerzo evidente por sonar amigable—. Listen, tengo amazing news. Tonight... um... ¿cómo se dice? Hay un show, un cantante muy... very famous? I'm so bad at Spanish, lo siento!

—¿Un cantante famoso? —traduje, mirando a Esperanza, cuyo rostro se había iluminado con interés. La tensión en sus hombros pareció disminuir ligeramente ante la naturalidad de la conversación.

—¡Sí, exactly! Y conseguí tickets... um... lugares muy buenos. ¡VIP! Para ti y tu esposa. El problema es que... —hizo una pausa, como buscando las palabras correctas—. Necesito help con traducción durante el show. El staff no habla mucho inglés, y Alice y yo estamos... ¿cómo se dice? ¿Un poco perdidas?

Esperanza tiró de mi manga, susurrando.

—¿Quién es ella exactamente? ¿La chica pelirroja de la piscina?

—Sí, la pelirroja que conocimos ayer —respondí en voz baja, y antes de que los celos pudieran asomar, añadí rápidamente—. Nos está ofreciendo lugares VIP para el show de esta noche. Es un gesto muy amable de su parte.

—¿Pero por qué nosotros? —insistió Esperanza, su voz todavía en un susurro.

—Porque soy el único que habla bien inglés y español que han conocido en el hotel —respondí, esperando que sonara lógico.

—¡Oh! —los ojos de Esperanza brillaron con renovado interés—. Pregúntale quién es el cantante. Si vamos a ir, al menos que valga la pena.

—Sophie —intervine en la llamada—. Esperanza quiere saber quién es el artista.

—¡Oh! Es... wait, let me check the name... —se escuchó el sonido de papeles. ¿Luis Miguel? ¿Se dice así?

El grito ahogado de Esperanza casi me dejó sordo.

—¿¡El Sol de México!? ¡No puede ser! ¡Samuel, por favor, dime que no es una broma!

—Apparently it's someone very famous? —preguntó Sophie, claramente sorprendida por la reacción.

—Sophie —respondí, conteniendo una risa ante el entusiasmo de mi esposa —you just made my wife's day. Luis Miguel es... digamos que es como el Frank Sinatra mexicano."

—¡Es mucho más que eso! —protestó Esperanza, golpeándome suavemente el brazo—. ¡Dile que sí! ¡Por favor, amor!

Toda sospecha había sido olvidada ante la perspectiva del concierto. Sus ojos brillaban como no los había visto en mucho tiempo.

—Well, entonces... ¿aceptan? —preguntó Sophie—. El show es a las ocho, y pensé que podríamos cenar juntos antes, los cuatro. Alice está muy excited también.

Noté cómo Esperanza se tensó ligeramente ante la mención de Alice, pero el entusiasmo por ver a Luis Miguel parecía superar cualquier recelo.

—Nos encantaría —respondí, mientras Esperanza asentía vigorosamente—. ¿Dónde nos encontramos?

—¿En el restaurante italiano del hotel, at six? That way… tenemos tiempo para llegar bien al show.

Acordamos los detalles finales, y después de colgar, Esperanza prácticamente voló al armario para comenzar el ritual de selección de vestuario. La vi desaparecer entre vestidos y zapatos mientras tatareaba "La Incondicional".

—¡Esto es increíble! —su voz llegaba amortiguada desde el vestidor—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo ver a Luismi en vivo? ¡Y en lugares VIP! Tu amiga Sophie es un ángel.

La palabra "amiga" me provocó una punzada de culpa, pero la ignoré mientras revisaba distraídamente mi teléfono. Fue entonces cuando el horror me golpeó como un puño en el estómago. Ahí estaba la notificación: "Hoy 8PM - Final del Campeonato: River Plate vs Boca Juniors". Mi equipo, después de quince años de sequía, llegaba a una final contra nuestro rival acérrimo. Era el partido que había estado esperando toda la temporada.

Me senté en la cama, sintiendo el peso de la decisión sobre mis hombros. Esperanza emergió del vestidor, con un vestido negro que le quedaba espectacular, el tipo de acicalado que me recordaba por qué me había enamorado de ella.

—¿Qué te parece este? —preguntó, girando frente al espejo. La tela fluía como agua oscura alrededor de sus piernas—. ¿No es demasiado?

—Perfecto —respondí automáticamente, mientras mi mente trabajaba a toda velocidad. El River Plate vs Boca Juniors. La final de la copa Libertadores. Quince años esperando un momento así.

—¿Samuel? ¿Me estás escuchando? —Esperanza se acercó, estudiando mi rostro—. Te has puesto pálido. ¿Estás bien?

—Sí, es solo que... —me detuve, odiándome por lo que estaba a punto de hacer—. Amor, acabo de recordar que tengo que resolver algo del trabajo. Una videoconferencia urgente con el cliente de Singapore.

—¿Trabajo? ¿En vacaciones? —su reflejo en el espejo me miró con incredulidad. Se giró lentamente, el vestido negro creando un remolino a sus pies—. Samuel, estamos de vacaciones. Dijiste que nada de trabajo.

—Lo sé, lo sé —me pasé la mano por el pelo, un gesto nervioso que ella conocía bien—. Pero es la presentación final del proyecto. El cliente insistió, y con la diferencia horaria...

—¿No puede hacerlo alguien más? —preguntó, sentándose junto a mí en la cama. Su perfume, una mezcla de vainilla y algo floral, me envolvió como un recordatorio más de mi traición.

—Soy el líder del proyecto —mentí con una facilidad que me asustó—. Solo será una hora, máximo dos. ¿Por qué no te adelantas al show con Sophie? Yo las alcanzo apenas termine.

Esperanza se levantó, estudiando mi rostro en silencio. El ambiente en la habitación se había vuelto denso, cargado de algo que no podía nombrar.

—¿Estás seguro? Podría esperarte...

—No, no. Ve y diviértete. Sophie necesita ayuda con el español de todos modos. Ustedes pueden ir conociéndose mejor —insistí, y añadí con una sonrisa forzada—. Además, así puedes apartar un buen lugar cerca del escenario.

—Pero Sophie consiguió lugares VIP —protestó débilmente, aunque pude ver que empezaba a ceder.

—Aún mejor. Podrás ver a Luis Miguel de cerca mientras yo termino con la presentación.

Tomé mi teléfono y le escribí a Sophie, los dedos moviéndose rápidamente sobre la pantalla:

—Change of plans. Trabajo urgente. ¿Podrías acompañar a Esperanza al show? I'll join later.

Su respuesta fue inmediata

—Of course! No te preocupes. I'll take good care of her!

Me envió un emoji sonriente, pareció burlarse de mí desde la pantalla. Me pregunté si Sophie sospechaba la verdadera razón de mi ausencia, si recordaba los besos de la noche anterior tanto como yo.

—Alice también estará ahí —añadí, como si eso hiciera todo más normal—. No estarás sola.

La mención de Alice provocó un ligero fruncimiento en el ceño de Esperanza, pero desapareció tan rápido que casi creí haberlo imaginado.

—Está bien —concedió finalmente, volviendo al espejo para retocar su maquillaje—. Pero prométeme que llegarás para la segunda parte del show.

—Te lo prometo —mentí una vez más, calculando mentalmente que para entonces el partido ya habría terminado.

Mientras ayudaba a Esperanza con el cierre de su vestido, nuestros ojos se encontraron en el espejo. El peso de mis decisiones recientes se acumulaba como una tormenta en el horizonte. El partido, los besos de la noche anterior con Alice y Sophie, el encuentro con Marisol, las mentiras que se multiplicaban... Todo se mezclaba en un cóctel de culpa que cada vez era más difícil de tragar.

—Te ves hermosa —le dije, y era verdad.

El vestido negro resaltaba su figura, y el entusiasmo por el concierto había puesto un brillo especial en sus ojos. El tipo de brillo que hacía que mi traición fuera aún más despreciable.

—Gracias, amor —respondió, dándome un beso rápido. El roce de sus labios fue como un recordatorio más de todo lo que estaba poniendo en riesgo—. No tardes mucho, ¿sí? No quiero perderme ni un momento del show, pero tampoco quiero disfrutarlo sin ti.

—Estaré allí antes de que te des cuenta —prometí, sabiendo que llegaría justo para el final, cuando River Plate, con suerte, estuviera levantando la Libertadores.

Sophie llegó puntualmente a nuestra puerta, vestida con un elegante conjunto verde que hacía juego con sus ojos. Por un momento, nuestras miradas se cruzaron, y pude ver en sus ojos un destello de complicidad que me hizo sentir aún más culpable.

—¿Ready, Esperanza? —preguntó con su acento marcado—. You look amazing!

—Gracias —respondió Esperanza, sonriendo—. Samuel nos alcanzará más tarde. Tiene una... ¿cómo se dice 'videoconferencia' en inglés?

—Video call —tradujo Sophie, lanzándome una mirada que no supe interpretar—. Don't worry, we'll have fun!

Mientras las veía partir desde el balcón de nuestra habitación, Sophie y Esperanza caminando juntas hacia el ascensor, me pregunté en qué momento había comenzado a construir esta red de pequeñas mentiras, y si algún día todas ellas no se convertirían en la trampa que acabaría atrapándome. Pero mi esposa odiaba que el futbol se meta en nuestras vidas, era algo innegociable.

Encendí el televisor, preparé una cerveza del minibar, y me dispuse a ver el partido. La culpa tendría que esperar. Al menos por noventa minutos.

El sonido de las olas rompiendo contra la playa se mezclaba con los comentarios previos al partido. En algún lugar del hotel, Luis Miguel estaría preparándose para su show, y mi esposa estaría sentada junto a las mujeres que había besado la noche anterior. La vida, pensé mientras abría la cerveza, tenía un extraño sentido del humor.

Continuará...

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Con gratitud,Lapilli💙📖

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