Xtories

El becario consiguió follarme y prostituirme. 1/2

Nunca imaginó que el becario de su oficina tendría tanto poder sobre ella. Lo que empezó como una noche de pasión en una discoteca se transformó en una cadena de humillaciones y placer prohibido, donde cada beso en el despacho venía acompañado de un precio. Y lo peor: su propio marido no solo lo sabía, sino que lo deseaba.

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—Venga Juan, que tardas más en arreglarte que yo.

Estaba lista para la noche de fiesta. Teníamos costumbre en el banco de, una noche al año, juntarnos los del Departamento de Inversión en alguna discoteca para pasárnoslo bien y “hacer equipo”, como decían los jefes. El propio banco corría con los gastos y los directivos tenían el detalle de no aparecer, de hecho, creo que yo era la superior en el escalafón. En cualquier caso, por esa noche nos olvidábamos de jerarquías y socializábamos como iguales, olvidando quién mandaría al día siguiente en la oficina.

Me echaba un último vistazo en el espejo cuando llegó mi marido vistiendo un traje que le quedaba como un guante y le hacía más guapo aún de lo que era.

—Guau, Laura, estás increíble.

El espejo confirmaba las palabras de mi marido. Un vestido de gasa por debajo de la rodilla con un escote de vértigo y una abertura en el lateral de la falda casi hasta la cintura, hacía resaltar mi cuerpo curvilíneo y trabajado en el gimnasio.

—¿No será demasiado? — me preguntó repasándome con la mirada —. No llevas sujetador. Vas a ser una tentación.

—No te preocupes, cariño. En la empresa saben que no pueden tontear conmigo.

Era cierto. Debido a que era atractiva y tenía buen cuerpo en la oficina habían pensado que se me podían insinuar impunemente. Incluso después de casarme hubo alguno que lo intentó. Tuve que mostrarme firme y desagradable hasta que entendieron que estaba fuera de los límites. Sabía que a mis espaldas me llamaban “la repelente”, pero me parecía bien si con eso me quitaba a los moscones de encima.

—Jajaja, con el carácter que tienes no me extraña — mi maridito me abrazó por la cintura y depositó un leve beso en mis labios para no quitarme el carmín.

—Ya, pero a ti no parece molestarte mi carácter — le devolví el beso.

—Que seas una fiera tiene sus ventajas — movió las cejas sugerentemente.

—Anda, vámonos. A la vuelta si te portas bien te mostraré mi ferocidad.

—Trato hecho.

La discoteca era un sitio elegante y dejamos el vehículo al aparcacoches. La fiesta no era exclusiva, había más gente que solo los de nuestra empresa, pero nada más entrar vimos a algunos en la barra. Nos acercamos mi marido y yo y nos presentaron a las parejas de algunos compañeros. Como suponía, nadie hizo ni la más mínima insinuación a mi vestido, aunque no faltaron miradas fugaces a mi escote que, conociendo a los hombres, no me molestaban: no podían evitarlo.

—Está estupenda, Sra. Escamilla — me dijo Anabel, mi secretaria.

—Gracias, Anabel, pero esta noche llámame Laura — la pobre se ruborizó solo por eso. No la había preguntado nunca por su orientación sexual debido al tema del acoso, aunque sospechaba que se sentía atraída por mí aunque nunca se atrevió a hacer ningún avance.

—Cariño, ¿te pido una copa? — me sugirió mi marido.

—Claro, lo de siempre.

Estuvimos un rato tomando algo con los compañeros hasta que Juan me propuso bailar. Entre unas cosas y otra fueron pasando las horas. No solo bailé con Juan, también me invitaron, y acepté, alguno de los compañeros, a veces bailando en grupo y otras más como pareja. Juan, más aficionado que yo al alcohol, me iba suministrando copas con frecuencia.

—Voy al baño, cielo.

Estábamos bailando y salí de la pista con él. Mientras él hacía sus cosas cogí mi copa de la mesa donde las habíamos dejado y la di unos sorbos mirando a la gente bailar. De repente, alguien me arrebató la copa y tiró de mí hacia la pista haciéndome girar. Tuve que apoyar las manos en el pecho del individuo para no caerme.

—¡Nando! No te había visto hasta ahora — le dije al becario riéndome.

No era realmente becario, pero llevaba solo unos meses trabajando en el banco y le llamábamos así en broma porque aparentaba unos dieciséis años y todavía tenía acné. Era muy simpático y se hacía querer.

—He llegado hace poco. Está estupenda con ese vestido, Sra. Escamilla.

Le pedí que me llamara de tú y bailé con él. Al contrario que hasta ahora, Nando me cogía de la cintura y de la mano. De vez en cuando se separaba pero enseguida me volvía a coger. Era bastante más atrevido que el resto de los compañeros. No sé si fue la música latina, lo bien que bailaba el chaval, o las copas que llevaba, pero me gustaba la sensación de su mano en mi cintura y el calorcito que me hacía sentir.

Nando me contaba un montón de tonterías y lo pasé genial, tanto que jadeé sorprendida al darme cuenta de que me estaba excitando. ¿Cómo podía ser? Cierto que su mano se acercaba peligrosamente a mi trasero y que cuando nos juntábamos me parecía notar su miembro duro presionándome, pero no me parecía suficiente como para provocarme la excitación que sentía.

—Bailas muy bien, Laura — me dijo con una sonrisa.

—Tú también — correspondí.

No sé lo que me pasó, pensándolo después me parece inconcebible, pero cuando Nando bajó su mano y me apretó una nalga con todo el descaro del mundo no lo rechacé. El chico me sobaba el culo mientras bailábamos y pegaba su cuerpo al mío. Yo notaba su magreo y su polla contra mi cintura, y en vez de darle un guantazo me restregaba contra él disfrutando del contacto. Entendía su actitud, era joven y lanzado, pero la mía no. Mi cabeza me mandaba avisos de peligro y mi cuerpo los ignoraba olímpicamente.

—Ven, Laura.

Me arrastró de la mano hasta las escaleras que llevaban al piso superior de la discoteca y le seguí sin dejar de dar vueltas en la cabeza a lo que estaba sucediendo. Estaba permitiendo algo que no debería pasar bajo ningún concepto, pero mi grado de excitación me impedía pensar con claridad y mi entrepierna me demandaba satisfacción.

Nando me llevó a un rincón oscuro y me arrinconó contra la pared. Sin cortarse un pelo pegó sus labios a los míos y penetró mi boca con su lengua. Yo, ofuscada por mi propia calentura, le devolví el beso con avidez. Cuando sentí sus manos acariciando mis pechos gemí en su boca. Cuando sus manos se introdujeron en mi escote y los tocó directamente creí morirme de gozo.

—¡Qué buena estás!

Busqué su boca para continuar el beso que tanto me estaba gustando pero me esquivó para besar mi cuello. Ronroneé al sentir sus labios en mi sensible piel y no me importó que me bajara la parte superior del vestido. Sus manos magreaban mis tetas de forma que no parecía tener bastante. Mis caderas se echaban hacia adelante buscando aumentar la presión con la dura polla que intuía bajo su pantalón.

Estaba extrañamente sobreexcitada y tan cachonda que cuando metió la mano bajo la falda separé las piernas anhelando que me tocara, que diera alivio a mi congestionada intimidad. Loca de deseo y sin una pizca de raciocinio en mi cabeza le desabroché el pantalón y busqué su miembro. Gemí al sentirlo entre mis manos, duro y caliente.

Nando dejó de mordisquear mis tetas y lamer mis pezones y me apartó las manos. Me levantó de los muslos, lo rodeé con las piernas y me levantó la falda. Fui yo misma la que apartó a un lado mis bragas para permitirle que me penetrara.

—Aaaaggghhhhh… — me corrí solo con que me la metiera aferrada a su cuello.

—¿Ya te has corrido, Laura? Sí que tenías ganas.

Aparté la mirada entre confusa y avergonzada y me sujeté más fuerte. Nando empezó a bombear en mi coño de forma lenta llegando muy hondo. Cada vez que me la clavaba hasta el final me estremecía de placer. Era increíble lo que me estaba haciendo sentir ese chico, no parecía corresponder a su experiencia, pero en ese momento yo no pensaba, solo me dejaba llevar por la lujuria y el instinto.

—Tienes un coño fabuloso — me decía al oído sin dejar de follarme —. Eres una diosa, la mujer más hermosa que conozco.

Yo escuchaba sus palabras como en la lejanía, sin preocuparme de su significado, solo movía las caderas recibiendo su polla y estremeciéndome de placer. Un placer que crecía y crecía hasta que sentí que Nando se tensaba y eyaculaba su carga en mi interior provocándome otro orgasmo.

—Aaaaaghhhhgg…

Después de los últimos empujones se salió de mí y me cubrió con su cuerpo aprisionándome contra la pared. Mantuvimos la postura un par de minutos hasta que recuperamos la respiración. Luego, se agachó, metió las manos bajo mi vestido y me bajó las bragas. En mi aturdimiento solo fui capaz de levantar los pies para que las sacara.

—Un recuerdo. Gracias, Laura.

Sin más, se dio la vuelta y se fue. Me subí apresuradamente el vestido cubriendo mis senos expuestos y mirando alarmada a mi alrededor. Nadie parecía haberse percatado de lo sucedido y suspiré aliviada. Mi cabeza empezaba a recuperarse y me embargó una sensación de horror.

¿Cómo podía haberlo consentido? ¿Qué me había pasado? Desde que Juan se me declaró y nos hicimos novios jamás le había sido infiel. Tuve tentaciones varias veces, claro, pero valoraba mucho a mi chico y nunca necesité una gran voluntad para resistirme. Y esta noche, con solo unos bailecitos, el imberbe de Nando conseguía que me entregara a él. Y en un sitio público además.

Alisé el vestido con las manos y bajé la escalera con los ojos húmedos y un sentimiento de derrota acompañado, debo confesarlo, de un delicioso entumecimiento en mi entrepierna. Evité la mirada de los compañeros con los que me encontré y busqué a Juan, a mi Juan. Afortunadamente no puso pegas y estuvo de acuerdo en irnos a casa.

Estaba metida en la cama esperando a Juan debatiéndome si contarle lo que había pasado. Nada más llegar a casa me había duchado inmediatamente para hacer desparecer cualquier rastro de mi cuerpo, pero ahora dudaba si contárselo. Quizá me perdonara.

—Ya estoy aquí cariño — me dijo alegremente metiéndose a mi lado bajo las sábanas. No le respondí —. Tú y yo habíamos hecho un trato — continuó mimoso.

—No me apetece ahora, Juan. Estoy un poco mareada.

—Ah — su voz era decepcionada.

—Verás, es que esta noche ha pasado algo — me lancé a contárselo. No quería secretos un nuestro matrimonio. Seríamos capaces de superarlo —. Cuando te has ido al baño he bailado con Nando, el becario. No sé cómo ha pasado pero hemos acabado follando. Le miré atenta a su reacción.

—Vale. Cuéntame más. Dame todos los detalles.

Juan cogió mi mano y la metió bajo sus calzoncillos. Su miembro estaba flácido.

—¿Quieres que te lo cuente? — pregunté asombrada.

—Sí. Cuéntame todo.

Le expliqué cómo había bailado con Nando y cómo su mano había ido bajando cada vez más hasta apretar mi trasero. Al notar que la polla de Juan iba creciendo la rodeé con los dedos y casi inconscientemente empecé a hacerle una lenta paja.

—¿Y te tocó mucho el culo?

—Sí, todo lo que quiso, y aunque quería resistirme no tuve fuerzas.

—Sigue, ¿qué pasó luego?

—Después me llevó al piso de arriba a un rincón oscuro. Allí nos besamos y me bajó el vestido — la polla de Juan estaba cada vez más grande.

—¿Te vio mucha gente?

Ahí me di cuenta de que mi marido no se lo creía. Alguna vez nos habíamos contado fantasías haciendo el amor y pensaba que esta era una de esas ocasiones. No fui lo suficientemente valiente para sacarle de su error. Se bajó los calzoncillos y aceleré la paja.

—Creo que afortunadamente no se fijó nadie, porque me bajó el vestido y me comió las tetas.

—¡Joder!

—Sí, luego le saqué la polla y es cuando me empotró contra la pared y me la metió — mi mano no dejaba de recorrer toda su longitud. Unas gotas me humedecieron los dedos.

—¿Cómo te folló?

—Me agarró del culo y yo le rodeé con las piernas. Su polla entraba y salía de mi coño. Me la clavaba como un salvaje.

—Sigue, sigue, me estás poniendo muy caliente — dijo mi maridito acariciándome un seno sobre el pijama.

—Poco más te puedo contar. Me corrí la primera vez nada más metérmela. Luego otra vez cuando lo hizo él — no le conté que se llevó mis bragas.

—¿Y disfrutaste mucho? — su polla se estremecía preludio de la inminente eyaculación.

—Muchísimo, no sé cómo nadie nos oyó con los gritos que di.

—Ya, ya, no pares.

En unos segundos Juan se corría como una fuente en mi mano. Al verlo disfrutar tanto decidí que mantendría el secreto, había decidido confesarme pero ahora no me veía capaz de explicarle que no era una fantasía, sino una realidad. Que su mujer le había sido infiel.

El lunes llegué a la oficina escudriñando las caras de los compañeros, intentando descubrir si alguien sabía lo que pasó. Respiré aliviada cuando nadie hizo ningún gesto ni mirada sospechosa. Anabel, mi secretaria, me sonrió con su habitual buen rollo y me trajo un café al despacho. Las primeras dos horas sin novedades me sirvieron para tranquilizarme totalmente y dedicarme al trabajo. Tenía a mi cargo a cinco analistas que buscaban inversiones para los fondos, planes de jubilación, etc. Luego mi tarea era validar sus elecciones y pasarlas al departamento que las ejecutaba. También debía hacer un seguimiento comprobando riesgos y rentabilidades.

Estaba inmersa en mi trabajo cuando entró Nando a mi despacho. Levanté la vista y lo vi allí. Me quedé como un ciervo ante unos faros en la carretera.

—Buenos días, Sra. Escamilla. Le traigo el corro interno — dejó unos sobres en mi mesa —. Tengo algo para usted, pero tendrá que bajar a la una a por ello a mi cuarto.

Nando era el encargado de repartir el correo a los trabajadores, de hacer gestiones en el exterior, de llevar documentación al edificio de al lado, también propiedad del banco, y de cualquier asunto de bajo nivel que necesitara cualquiera de los empleados con mayor cualificación que él. O sea, todos. Por eso tenía un cuarto en el sótano en el que organizar sus tareas y dejar paquetes.

—¿Cómo que tengo que bajar? — estaba aliviada porque no hubiera hecho referencia a lo de la discoteca, pero alguien de su categoría no debería ordenarme nada.

—Sí, a la una, por favor.

Se marchó rápidamente sin que pudiera replicar. En fin, bajaría y aclararíamos todo. Mientras, revisé las últimas rentabilidades de los analistas. Óscar Mediavilla era el mejor, como siempre. Raúl Salvatierra daba la peor rentabilidad pero no fallaba. Conseguía menos beneficios que los demás, aunque sus números siempre eran positivos. Venía bien tener a alguien conservador en el equipo. Y luego estaba Peláez. Tan pronto generaba unos beneficios enormes como entraba en pérdidas. Sabía perfectamente sus números y, aun así, saqué el historial en pantalla.

—Sí — contestó cuando lo llamé.

—Peláez, venga a mi despacho, por favor.

En tres minutos se sentaba delante de mi mesa.

—Como le dije la última vez que hablamos de esto, sus números no son adecuados — Peláez torció el gesto —. Lleva tres trimestres seguidos con pérdidas. Sus operaciones buenas no compensan las malas. Me veo obligada a darle un último aviso. Si sus inversiones no empiezan a ser productivas tendré que recomendar a la dirección su despido.

Peláez me intentó camelar, me dio excusas y razones, pero al final, como le expliqué, los números mandan. Salió enojado del despacho con malos modos. Decidí que le daría un último trimestre antes de tomar medidas definitivas.

Era la una y llegaba por el pasillo mal iluminado al cuarto de Nando cuando me lo encontré de frente. Llevaba un café en cada mano y me tendió uno.

—Tenga, con leche y azúcar, como le gusta.

Cogí el café y esperé a que abriera la puerta y me cediera el paso. Su despacho estaba repleto de papeles, cajas y demás.

—Deme un segundo, enseguida estoy.

—Sí, porque tenemos que hablar.

Esperé a que Nando recolocara unas cajas aparentemente llenas de material de oficina tomándome el café. Pensaba ser razonable con él para que olvidáramos lo sucedido.

—Ya está — dijo tras unos minutos —. Quería verte aquí porque tengo un problema.

—¿Qué problema? — me abanique con la mano notando como me trataba de tú. Hacia calor en el cuarto.

—Es que he perdido tus braguitas, necesito que me des otras.

—¿Pero tú estás tonto? — ¡qué desfachatez!

—No sé dónde pueden estar. Seguro que terminaré encontrándolas — me dijo acercándose —, así que mientras, necesito que me des las que llevas.

La situación era surrealista y cada vez hacía más calor. Nando se acercó más a mí y retrocedí hasta topar con la mesa. Con todo el descaro del mundo puso sus manos en mi cintura y, sonriendo con arrogancia, las fue bajando hasta mi trasero. Otra vez no, pensé. Esto no puede estar pasando. Al sentir sus manos en mi culo me recorrió una sensación eléctrica y, para mi vergüenza, noté que me humedecía.

—Venga, Laura, que no te cuesta nada — insistió —, después de lo de la otra noche esperaba más colaboración.

—No tienes derecho a pedirme nada.

Resistiéndome a la súbita excitación intenté quitar sus manos, hasta que bajó la cabeza y me besó en el cuello. Como un viento cálido las sensaciones placenteras me hicieron estremecer. Algo mágico debía tener Nando para conseguir que me volviera arcilla en sus manos. Manos que ahora exploraban mi cuerpo acariciando mis caderas, mi cintura y amasando mis pechos. Mis pezones traidores se endurecieron con su contacto.

Bastó que acercara su cara a la mía para que le ofreciera mis labios entreabiertos. Su lengua se apoderó de mi boca y se dio un festín. No impedí que desabrochara mi blusa ni que me quitara el sujetador. Como en la discoteca, mi cerebro se había apagado.

—Entonces — inquirió separándose unos centímetros sin dejar de sobar mis tetas —, ¿me das las bragas?

Asentí con un movimiento de cabeza. No era capaz de negarme a nada en ese momento, mi cuerpo mandaba. Nando me hizo girar y empujó mi torso sobre la mesa. Esperé a que me subiera la falda y me sacara las bragas, luego escuché bajar una cremallera. Permanecí inmóvil, anhelante, deseando fervientemente tener su polla llenando mi coño. Nunca había sido tan lujuriosa, pero este chico me provocaba un deseo irrefrenable

—Aaahhhh — gemí cuando penetró mi empapadísimo coño.

—¿Esto es lo que quieres, Laura? — preguntó bombeando en mi interior.

—Sí... sí.

—Pues toma, cariño.

No me importó cuando antes me llamó de tú ni ahora al llamarme cariño, solo me importaba el inconmensurable placer que me daba. Me corrí en silencio una primera vez aferrada al borde de la mesa. El orgasmo fue tan intenso que creo que perdí el sentido unos segundos. Al volver en mí Nando seguía follándome como un salvaje haciendo crecer tanto el placer en mi interior que no pude evitar el grito cuando me volví a correr.

—Aaaahhhhgghhhhh....

Siguió machacando mi coño, prolongando mi placer, hasta que recibí su semen ardiente.

—Uf, ha estado genial. Eres una máquina, Laura — giré la cabeza viendo como su maravillosa polla desaparecía en sus pantalones. Algo aturdida conseguí levantarme y vestirme mirando al suelo para no encontrarme con su mirada.

—Gracias por las bragas — las giró con chulería en un dedo —, de verdad que me hacen mucha ilusión

Sin decir palabra terminé de componer mi traje chaqueta y salí de su cuarto. El resto del día apenas di pie con bola. No podía dejar de pensar en la situación, en cómo perdía la cordura. Si no sintiera el entumecimiento en mis partes íntimas me parecería inverosímil. Por segunda vez me juré no repetirlo.

Esa noche esperé a Juan, que siempre llegaba después que yo, con el pijama puesto. En cuanto entró por la puerta le cogí la mano y le llevé al sofá del salón, me arrodillé entre sus piernas y luché con el botón de su pantalón

—Me gusta este recibimiento, cariño, jajaja.

—Te debía una.

Le sonreí y terminé de dejar al descubierto su miembro. Sin demora me lo metí en la boca. Blandito y pequeño no tardó en ponerse en forma bajo los cuidados amorosos de mi lengua y mis labios. Subí y bajé la cabeza varias veces hasta que estuvo durísimo, luego me levanté, me quité los pantalones y me senté en el regazo de Juan. Despacito lo conduje a mi interior.

—Estás muy caliente hoy, amor

—Sí, es que verás lo que me ha pasado — dije sin dejar de cabalgar.

—Cuéntame — sonrió con picardía

—Hoy he bajado a la sala del correo. Allí estaba un chico que ha empezado a besarme y desnudarme.

—Cuéntame más — levanté los brazos para que Juan me quitara la camiseta

—Me ha sobado las tetas lo que ha querido. Tenías que haber visto lo duros que tenía los pezones. Yo gemía excitada. Me ponía muy cachonda.

—Sigue.

—Cuando se ha hartado me ha hecho inclinarme sobre la mesa y me ha levantado la falda y me ha quitado las bragas.

—¿Y qué te ha hecho luego?

—Espera que sigo — le dije mientras cogía sus manos y las llevaba a mis tetas —. Yo tenía el culo levantado y estaba indefensa deseando que me follara. Mi coño era un charco de lo húmeda que estaba. De pronto sentí cómo me hundió la polla hasta que me la enterró entera — a Juan le estaba gustando la "fantasía" a tenor del movimiento de sus caderas —. Después me ha follado como un energúmeno hasta que me ha llenado de semen.

—Y tú, ¿cuántas veces te has corrido?

—Dos, dos veces — gemí. Entre cabalgar a mi marido y recordar a Nando estaba a punto.

—Entonces, ¿te ha gustado? ¿Te gusta ser una zorra infiel?

—Sí, sí, me gusta mucho, aaaaaaahhhhhh..

El orgasmo me alcanzó y sacudí las caderas con fuerza aferrada a los hombros de Juan. El notar que me corría precipitó su propio orgasmo y levantando sus caderas me embistió tres o cuatro veces hasta vaciarse en mi coño. Nos quedamos abrazados unos minutos haciéndonos mimitos.

—¿Sabes? — me dijo al acostarnos después —. Me gusta que me cuentes esas historias. Es muy excitante

—Algo me dice que te las voy a seguir contando — le besé en los labios antes de ponernos a dormir.

—A la una.

Es lo único que me dijo Nando asomándose a mi puerta.

Llegué a su cuarto dispuesta a cantarle las cuarenta. Me pidió que esperara unos minutos mientras terminaba de registrar unas entregas de material en el ordenador y me dio una botellita de agua porque me veía acalorada. Esperé dando sorbitos. En el fondo me amedrentaba el ascendiente que tenía sobre mí y olvidé mi rango superior y esperé.

Luego me metió mano y me hizo pedirle que me follara. Cosa que hizo el con el grado de excelencia acostumbrado. Subí a mi despacho muy confusa y sumamente complacida.

Y otra vez sin bragas.

Al día siguiente, jueves, apareció con dos cafés. Le dio uno a Anabel, mi secretaria, y a mí el otro.

—Baja en quince minutos.

No sé por qué pero bajé. Ya había renunciado a cortar de raíz el tema, no quería seguir siendo infiel y menos con Nando. Joder, si ni siquiera me parecía atractivo, pero me noté cachonda y acalorada de camino a su despacho.

—Las bragas — me pidió extendiendo la mano nada más entrar.

—No llevo — sonreí muy pagada de mí misma. Como sabía que me las quitaría había optado por no llevarlas. Con la falda a la altura de la rodilla no era un problema.

—Muy astuta — me devolvió la sonrisa —. Entonces me tendrás que dar el sujetador.

—De eso nada — respondí convencida.

Mi convencimiento me duró escasamente cinco minutos. En esos cinco minutos me había desnudado entera, le había ofrecido el sujetador de buena gana y me encontraba tumbada boca arriba en su mesa con las piernas colgando. Nando estaba entre mis piernas besándome y magreándome las tetas.

—Fóllame venga, no me hagas esperar — supliqué enfebrecida.

—Todavía no.

Siguió besándome, lamiéndome y dándome mordisquitos en el cuello sin abandonar mis pechos. Yo cada vez estaba más excitada y deseosa de sentir su polla en mi interior. Tan enardecida estaba que no me percaté de que alguien entraba al despacho y tomaba el lugar de Nando. Cuando me quise dar cuenta era Anabel la que ocupaba la posición entre mis piernas.

—¿¡Qué!?

—Tranquila, Laura — Nando se había puesto a mi lado y me distrajo metiéndome la lengua hasta la garganta.

Ni pude ni quise oponerme. Al menos salí de dudas en cuanto a los gustos de mi secretaria cuando sus manos acariciaron mis tetas. Estaba hipersensible y gemí sin poderlo evitar. Pronto Anabel me acarició también el coño. Me folló con un dedo y luego con dos. Su boca mordisqueaba mis pezones provocando mis jadeos. Mi efímera oposición inicial se trocó en placer, mucho placer, mi cerebro desconectado y mi cuerpo demandando satisfacción. Nando me besaba y me lamía el cuello, Anabel me chupaba los pezones y me follaba con los dedos. Me corrí como una perra.

Claro que no tuvieron bastante. En cuanto terminé de estremecerme, mis pechos los atendió Nando y la boca de Anabel bajó hasta mi vagina y mi clítoris. Hicieron que me volviera a correr.

Estaba resoplando todavía tumbada cuando vi algo que me dejó de piedra. Anabel, antes de irse, le dio dos billetes de cincuenta euros a Nando.

—Si quieres que la próxima vez te coma el coño serán doscientos.

—¿Cuándo? — contestó con cara de ilusión.

—La semana que viene.

¡La hostia! No solo el puto becario me follaba cuando quería sino que ahora me estaba prostituyendo. El muy cabrón se había convertido en mi chulo. Esto ya era excesivo. Me fui a levantar para darle un guantazo y ponerle de vuelta y media cuando me empujó sobre la mesa otra vez y, sacándose la polla, me la metió de una vez.

—Aaaaahhhhhhghhh…

Todo mi rechazo se difuminó en mi mente mientras su miembro entraba y salía devastando mi cordura. A pesar de verle allí entre mis piernas con una sonrisa engreída, lo único que pude hacer fue mover las caderas exigiendo más.

—Jajaja, ¿te gusta, Laurita?

—Cállate, cerdo — conseguí decir.

—Jajaja, ¿pero paro o sigo? — se detuvo levantando mis piernas cogiéndome de debajo de las rodillas. La posición me resultaba en extremo vergonzosa.

—Sigue — musité.

—¿Cómo?

—Que sigas, por favor — dije más alto.

—Eso pensaba.

Follamos hasta que ambos nos corrimos. Salía del cuarto cuando me detuvo la voz de Nando.

—Laura, si traes ropa interior me la quedaré, así que quizá debieras prescindir de ella.

Cerré la puerta sin volverme y regresé a mi despacho enfadada conmigo misma y tan satisfecha como siempre. Al llegar Anabel me sonrió tranquilamente como si no hubiera pasado nada, aunque creo que se percató de que no llevaba sujetador.

Al día siguiente otro café de Nando. Empecé a echarle en cara que invitara a gente a que me follaran. Le expliqué que me estaba convirtiendo en puta. Su argumento fue inclinarme sobre la mesa de malos modos y follarme a lo bestia.

Le funcionó. Como siempre, dejaba de ser racional y me convertía en un animalillo solo sujeto a sus deseos de placer.

Después entró Martínez, del departamento de ventas. Creo que le costó cuatrocientos euros. No me pareció caro teniendo en cuenta que se corrió dos veces el gilipollas.

Salí con tres orgasmos en el cuerpo, sintiéndome sucia y saciada. Me temblaron las piernas con lo que me dijo Nando en el último momento.

—El lunes te toca el culito, Laura. Si no tienes costumbre te recomiendo que aproveches el fin de semana.

Se me escapó una lagrimita volviendo a mi oficina, pero no podía evitar el cosquilleo de anticipación que me embargaba. Era consciente de la humillación y lo vejatorio de mi condición, pero el placer que recibía era tal que había empezado a anhelar mis momentos con Nando. El resto del día me descubrí varias veces apretando los muslos recordando las intensas sensaciones que me provocaba el maldito crio.

—Méteme un dedo en el culo — le pedí a Juan.

Era el viernes por la noche y estábamos en la cama. Le cabalgaba hasta que me tumbé sobre él sin dejar que saliera de mi interior y mi culo subía y bajaba despacito para evitar que se corriera antes de tiempo. Juan obedeció y me insertó un dedo. Hice un quejido. Me dolió.

—¿Seguro que quieres? — se notaba su preocupación.

—Sí. Muévelo.

Metió y sacó el dedo hasta que me relajé y fluyó con suavidad.

—Otro — pedí.

—¿Otro dedo?

—Sí. Si quieres darme por culo luego, tienes que dilatarme el ano.

Fue como si hubiera apretado un botón. Juan empezó a mover las caderas con ansia y me clavó un segundo dedo sin ningún cuidado.

—Uf.

—Perdona, cariño. Me he emocionado un poquito.

—No te corras, mejor déjalo para después.

—Tienes razón — bajó el ritmo sensiblemente —. Nunca me has dejado hacerlo, ¿por qué ahora?

—Quiero que seas el primero, no sea que me lo desvirguen en la oficina — le dije la verdad sabiendo que no lo creería. Y tenía razón; algunas veces me había propuesto el sexo anal, pero gozábamos tanto con el sexo normal que no lo había visto necesario. También me daba un poco de miedo.

—¿Y quién se atrevería? — me siguió el royo.

—No sé quién, seguramente el que más pague por mi culo.

—Joder, Laura, no me digas eso que me acelero.

—Jajaja, tú sigue con los dedos que todavía me duele.

Pasamos diez sudorosos minutos preparando mi culito. Mi marido no tenía los dedos especialmente gruesos, aunque la sensación para mí era como si tuviera un bote de Coca—Cola entrando y saliendo. De vez en cuando tenía que echar el freno a Juan, se me emocionaba el pobre. Finalmente no quise demorarlo más, Ya estaba todo lo dilatada que iba a estar.

—Venga cariño, ha llegado el momento — le miré a los ojos apreciando su excitación.

—¿Te pones a cuatro patas?

—Claro.

Me situé en el centro de la cama sobre manos y rodillas. Aguardé expectante a que Juan se colocara. Enseguida sentí su glande presionando mi agujerito.

—¿Preparada?

—Dale, cariño. Haz tuyo mi culo.

Sentí un dolor lacerante solo con que entrara el glande. Hice que Juan se detuviera un minuto antes de volver a animarle. Poco a poco conseguimos que me metiera la mitad.

—Empieza a follarme, pero despacio, por favor.

Afortunadamente el amor de mi marido era superior a su excitación y bombeó casi con dulzura. Bastaron un par de minutos para que, junto con el dolor, empezara a sentir atisbos de placer. Mis brazos hacía tiempo que habían fallado y tenía la cabeza apoyada en la cama, mi espalda encorvada ofrecía perfectamente mi grupa a Juan. En otro par de minutos se me escapó el primer gemido de placer.

Ahí se acabó la dulzura. Mi marido tomó mi gemido como si fuera el pistoletazo de salida, me clavó los dedos con fuerza en las caderas como si me fuera a escapar y clavó su polla hasta el fondo en mi pobre culo. Yo, indefensa y vulnerable con el trasero en pompa, sufrí el dolor de sus violentas embestidas y gocé con el gustito que, progresivamente, iba aumentando.

—Despacio, por favor — supliqué inútilmente.

Juan estaba desatado. Mi cara y mis tetas se restregaban contra el colchón con cada una de sus feroces arremetidas. Para ser mi primera vez desde luego iba a dejarme el culo como la boca del metro. Me aferré a las sábanas esperando a que se corriera de una maldita vez.

—Me corro cariño — suspiré aliviada. Por fin —. ¿Puedo hacerlo dentro?

—Sí, amor, córrete en mi culito — hasta que se había puesto en modo berserker había sido muy cuidadoso y se merecía una recompensa. Tampoco podía reprocharle que la primera vez que me daba por culo se hubiera dejado llevar al final.

Con un grito me la clavó hasta lo que me pareció el estómago y sentí cómo su polla se engrosaba. Tardó un larguísimo minuto en depositar su carga en mi recto. Cuando terminó cayó rendido a mi lado. A mí me costó un poco porque estaba anquilosada por la postura, pero conseguí estirar las piernas y quedar boca abajo en la cama.

—¿Cómo ha sido? ¿Te ha dolido, has disfrutado? — me preguntó al rato.

—No lo sé muy bien — giré la cabeza para mirarle. El muy capullo tenía una expresión satisfecha.

—¿Has llegado a correrte?

—No — sonreí cansinamente —. Ha sido más dolor que placer.

—Ah, pues entonces no lo volvemos a hacer — ¡qué cielo!

—De eso nada. No he pasado por esto para dejarlo ahora. Si mañana puedo lo repetimos. Sé que hay mujeres que disfrutan mucho de esta forma, yo no voy a ser distinta.

—Te veo muy lanzada. ¿Seguro que quieres? No me importa si volvemos a lo de siempre.

Asentí pensando en lo bueno que era Juan conmigo. Por el rato que había estado eyaculando y lo fiera que se había puesto al final, sabía que le había encantado. Aun así estaba dispuesto a dejarlo para no hacerme daño.

Después de limpiarme en el baño volví a la cama derrotada. Estaba exhausta. Solo noté cómo Juan me arropaba antes de quedarme dormida.

Ese fin de semana lo hicimos otras dos veces. La última fue bastante bien, no es que llegara a correrme, pero sí que sentí bastante placer y casi ningún dolor, fue más como una leve molestia. Desde luego no pensaba consentir que Nando me volviera a prostituir, habían pasado dos días y estaba libre de su influencia. El lunes iba a pasar de él como de la mierda, aunque por si acaso caía otra vez en sus garras tenía el culo preparado. En el fondo de mi mente algo me decía que si había caído tantas veces volvería a caer.