Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 6
La pesadilla se desvanece, pero el sabor amargo del tequila y la culpa permanecen. Samuel descubre que lo que vio en los cenotes no fue un sueño, sino el reflejo de una noche en la que él también cruzó la línea. Ahora, entre el hotel y la realidad, debe enfrentar la verdad de su matrimonio.
CAPÍTULO 6
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de Cancún con tonos anaranjados y rosados. La belleza del atardecer contrastaba con la creciente ansiedad que sentía en mi pecho. Esperanza había desaparecido hacía horas, y la última vez que la vi fue cerca de los cenotes, esos misteriosos pozos de agua cristalina que parecían tragarse la luz del día.
Mis pasos resonaban en el suelo húmedo mientras me adentraba en la selva, siguiendo el camino que llevaba a los cenotes. El aire estaba cargado de humedad y del aroma dulce de las flores tropicales. Cada sonido, cada crujido de las hojas bajo mis pies, amplificaba mi desesperación.
Caminaba con ansiedad por los senderos rocosos de los cenotes, mi corazón latía con fuerza mientras buscaba desesperadamente a mi esposa. La exuberante selva mexicana me envolvía con su humedad y su aroma a tierra húmeda, pero apenas lo notaba, mi mente estaba puesta en encontrar a mi amada. La última vez que la vi, ella se había adentrado en la red de cavernas subterráneas, fascinada por la belleza de esas formaciones naturales. Pero había pasado demasiado tiempo y su ausencia comenzaba a preocuparme.
—¡Esperanza! —grité, mi voz resonó en el silencio de la selva. —¿Dónde estás?
El eco de mi llamada se perdió en la distancia, sin respuesta. Continué avanzando, mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Los cenotes aparecieron ante mí, sus aguas turquesas reflejaron los últimos rayos de sol. El lugar era hermoso, pero en ese momento, solo podía pensar en encontrar a Esperanza.
Me adentré en las oscuras cámaras donde la luz del sol apenas alcanzaba a penetrar. La humedad era sofocante, haciendo que mi camisa se pegara a la piel mientras avanzaba con determinación. El eco de mis propios pasos resonaba en las paredes de piedra caliza, creando una atmósfera inquietante.
Me acerqué al borde de uno de los cenotes, el agua cristalina revelaba las profundidades subterráneas. No había rastro de ella. Sentí una oleada de pánico, pero me obligué a seguir buscando. Rodeé el cenote, enfocado, con mis ojos escaneando cada rincón, cada sombra.
Mientras se adentraba más en las profundidades de la tierra, una sensación de inquietud crecía en su interior. Algo me decía que esta búsqueda no terminaría bien, pero mi amor por Esperanza lo impulsaba a seguir adelante.
De repente, escuché un murmullo, un susurro que parecía venir de detrás de unas rocas. Me acerqué con cautela, con mi corazón latiendo aún más rápido. El sonido se hizo más claro, y creí que se trataba de una risa suave, tal vez un suspiro.
Parecía que después de una eternidad, finalmente estaba cerca. Logré escuchar otro sonido que me hizo detenerme en seco. Era un gemido suave, casi imperceptible, que parecía provenir de detrás de unas rocas cubiertas de musgo. Mi corazón se aceleró al reconocer la voz de mi esposa. Con pasos cautelosos, me acerqué a la fuente del sonido, temiendo lo que podría encontrar.
Rodeé las rocas y me detuve en seco. Allí, detrás de las rocas, estaba Esperanza. Pero no estaba sola. Un hombre alto y confianzudo la sostenía entre sus brazos, con sus labios unidos en un beso acalorado. Las manos del hombre recorrían el cuerpo de Esperanza con un descaro que me dejó sin aliento.
La escena era surrealista, como si estuviera viendo una película. Esperanza, mi esposa, la mujer que había estado buscando desesperadamente, estaba allí, entregada a los brazos de otro hombre. Sentí una mezcla de ira, celos y una extraña bruma que no podía explicar. Mi cuerpo reaccionó de manera inesperada, una oleada de calor recorrió mi piel, y mi respiración se volvió entrecortada.
Me quedé paralizado por la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
—Esperanza... —murmuré, mi voz era apenas un susurro.
Mi esposa, con su cabello oscuro suelto y su vestido de verano pegado a su cuerpo por el sudor, parecía haber olvidado por completo de sus votos matrimoniales. Sus manos se aferraban a la camisa del hombre, tirando de ella con urgencia mientras sus cuerpos se presionaban el uno contra el otro. El desconocido correspondía a su pasión con igual intensidad, tenía manos grandes y fuertes que exploraban descaradamente el cuerpo de Esperanza.
Observé con una mezcla de dolor y padecimiento, mientras el hombre deslizaba sus manos por las curvas de Esperanza, acariciando sus senos a través de la delgada tela de su vestido. Ella gimió en respuesta, separando sus labios del beso para dejar escapar un suspiro de placer. El desconocido bajó sus manos hasta su cintura, deslizando los dedos bajo la tela para acariciar su piel desnuda.
Con movimientos lentos y deliberados, el hombre comenzó a desabrochar el vestido de Esperanza, revelando su cuerpo poco a poco. Sus pechos, firmes y redondos, se liberaron de la prenda, ofreciendo un espectáculo tentador. Me mordí el labio, sintiendo una mezcla de celos e inquietudes sobre lo que estaba pasando, al ver a su esposa siendo deseada y tomada por otro hombre.
Mientras el desconocido continuaba besando apasionadamente a Esperanza, sus manos bajaron hasta su entrepierna, acariciando la tela húmeda de su ropa interior. Ella arqueó su espalda, ofreciéndole un acceso más fácil a su cuerpo, y él aprovechó para deslizar sus dedos bajo la prenda, tocando su sexo húmedo y palpitante.
—Esperanza… ¿Qué haces? —quise gritar, pero mi voz no salía, solo un susurro muy débil salía de mi boca.
—Mmm…mmm —respondió mi esposa.
Esperanza gimió con más intensidad, con sus caderas moviéndose en un ritmo sensual mientras el hombre la estimulaba con sus hábiles dedos. Me quedé hipnotizado por la escena, sin poder creer el descaro, presenciar la infidelidad de mi esposa me mataba.
La pasión entre la pareja aumentaba a cada momento. El hombre levantó a Esperanza, presionándola contra la pared rocosa mientras sus bocas seguían unidas en un beso voraz. Sus manos viajaron por las piernas de ella, levantando su vestido hasta la cintura y exponiendo sus muslos firmes y su ropa interior mojada.
Con un movimiento rápido, el desconocido deslizó la ropa interior de Esperanza hacia un lado, revelando su sexo húmedo y rosado. Contuve la respiración, sintiendo una oleada de deseo al ver la intimidad de su esposa expuesta de esa manera. El hombre sonrió con satisfacción al notar la excitación de Esperanza, y sin perder tiempo, hundió su rostro entre sus muslos, comenzando a lamer y chupar su clítoris con habilidad.
Esperanza gimió alto, y su cuerpo tembló de placer mientras el desconocido la devoraba con su lengua. Sus manos se aferraban al cabello del hombre, guiándolo en su exploración. Me sentí consumido por el dolor al ver cómo mi esposa alcanzaba el éxtasis en los brazos de otro.
La escena era demasiado para mí, quien me debatía entre el dolor de la traición y el malestar de ser un testigo voyeur de tal espectáculo. Mientras luchaba con mis emociones, el desconocido se detuvo, levantando su rostro cubierto de los jugos de Esperanza. Con una sonrisa traviesa, se acercó, me miró con suficiencia mientras venía al lugar que estaba oculto detrás de unas rocas.
—¿Te gusta lo que ves, amigo? —susurró el hombre con una voz profunda y seductora.
—Tu esposa es una mujer muy apasionada, y me ha pedido que la complazca —comentó mostrándome sus dientes—. ¿Quieres unirte a nosotros?
Me quedé sin palabras, mi mente luchaba por procesar una respuesta indecente. Mientras tanto, Esperanza, con los ojos entrecerrados y una sonrisa satisfecha en su rostro, se deslizó hacia abajo, y se acercó, al llegar tomó el miembro erecto del hombre en sus manos.
—Vamos, amor —susurró ella.
Me miró con una mirada desafiante.
—Únete a nosotros —me dijo con la misma ternura de siempre—. Quiero que me veas disfrutar con otro hombre. Sé que te excita, lo he notado en tus ojos.
Sentí que mi cuerpo se paralizaba, incapaz de moverme mientras mi esposa me invitaba a participar en su aventura sexual. El sufrimiento y la curiosidad luchaban contra mi sentido de lealtad y moralidad. ¿Podría realmente participar en un acto tan atrevido? ¿O debería alejarse y confrontar a mi esposa por su infidelidad?
Mientras luchaba con mi conciencia, la pareja continuó su juego erótico, ignorando mi presencia. El desconocido se dejó llevar por los placeres de Esperanza, quien ahora lo montaba con pasión, moviendo sus caderas en un ritmo frenético. Sus gemidos llenaban la cueva, mezclándose con el sonido del agua goteando en las profundidades de los cenotes.
—¿Por qué haces esto? —por fin pude articular algunas palabras.
Ella se separó del hombre, y sus ojos se encontraron con los míos. Había una mezcla de sorpresa y desafío en su mirada. El hombre, sin inmutarse, me miró con una confianza que rozaba la arrogancia.
—Samuel —dijo Esperanza, su voz temblando ligeramente. —Yo... solo hago lo que me gusta, al igual que tú. ¿Acaso no recuerdas a esas mujeres con las que te besaste?
—No digas nada —la interrumpí, con mi voz cargada de emoción. —Solo... no digas nada.
El hombre se alejó de Esperanza, su mirada seguía fija en mí. Había una tensión en el aire, una electricidad que parecía cargar cada molécula. Esperanza se acercó a mí, con sus ojos buscando los míos.
—Samuel, yo... —comenzó de nuevo, pero la interrumpí con un beso.
Fue un beso desesperado, cargado de todas las emociones que sentía en ese momento. Esperanza respondió con la misma intensidad, con sus manos se aferrándose a mí con fuerza. El hombre, ahora era una figura borrosa en el fondo, siguió en silencio, dejándonos solos en nuestro mundo de pasión y conflicto.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos sin aliento. Miré a Esperanza, sus ojos brillaron con una mezcla de culpa y deseo. Sabía que había mucho que decir, mucho que resolver. Pero en ese momento, solo quería sentir, solo quería perderme en ella.
—Vamos a casa —dije finalmente, mi voz fue suave pero firme.
Esperanza se negó, movió la cabeza de izquierda a derecha y sus ojos nunca dejaron los míos. No podía entender lo que sucedía, el silencio entre nosotros estaba cargado de promesas y desafíos. Sabía que lo que había visto cambiaría todo, pero también sabía que, de alguna manera, ya nada volvería a ser igual…
El sol de Cancún se filtraba despiadadamente por las cortinas mal cerradas, golpeando mis párpados como un martillo de luz. Mi cabeza palpitaba con cada latido de mi corazón, y mi boca se sentía como si hubiera masticado arena del Caribe.
—Maldición, que asquerosa pesadilla… —dije en voz baja, al darme cuenta de que todo había sido un sueño despiadado.
La resaca me atacaba por todos los flancos: náuseas que subían y bajaban como las olas del mar, un zumbido constante en los oídos que distorsionaba cada sonido, y una sensibilidad a la luz que me hacía sentir como un vampiro expuesto al amanecer.
Intenté moverme y descubrí que cada músculo de mi cuerpo protestaba. Mi camisa, aún puesta y arrugada, olía a una mezcla de tequila, sudor y perfumes diferentes. El sabor en mi boca era una combinación amarga de alcohol añejo y arrepentimiento.
Los recuerdos de la noche anterior llegaban en oleadas confusas, como fragmentos de una película mal editada. Veía a Esperanza bailando, su rostro transformado por el tequila, riendo con Alice y Sophie como si fueran amigas de toda la vida. ¿En qué momento había cambiado tanto su actitud? Recordaba vagamente sus caderas moviéndose al ritmo de la música, enseñando a las turistas cómo bailar salsa, con sus ojos brillando de alcohol y diversión.
Luego los recuerdos saltaban al momento en que todo comenzó a volverse borroso. Las luces de la discoteca se convertían en manchas de color, las voces se mezclaban con la música hasta ser irreconocibles. Recordaba a Sophie presionando su cuerpo contra el mío, su perfume floral mezclándose con el aroma dulce del tequila. Sus labios, suaves y húmedos, encontrando los míos en un beso que duró una eternidad o tal vez solo un segundo.
Y luego Alice... su beso había sido diferente. Más intenso, más deliberado. Sus manos habían encontrado mi nuca, con sus dedos enredándose en mi pelo mientras su cuerpo se fundía con el mío. ¿Había gemido ella, o había sido yo? Mi memoria era tan confusa como perturbadora.
Mi estómago se retorció con una nueva oleada de náuseas, esta vez no solo por la resaca. La culpa me carcomía las entrañas como ácido. ¿Qué clase de hombre era? ¿Cómo había permitido que eso sucediera? El dolor de cabeza se intensificó, cada palpitación un recordatorio de mi transgresión.
Intenté tragar saliva y mi garganta protestó. Sentía como si hubiera tragado vidrio molido. Los eventos de la noche seguían llegando en flashazos inconexos: Esperanza sosteniendo mi brazo mientras caminábamos hacia el elevador, el sonido de mis zapatos arrastrándose por el pasillo alfombrado, el tintineo de la tarjeta-llave contra la cerradura mientras intentábamos abrir la puerta.
La ansiedad se enrollaba en mi pecho como una serpiente constrictora. ¿Había visto Esperanza los besos? En mi estado de embriaguez, no había registrado su reacción. ¿Había estado demasiado borracha ella misma para notarlo? ¿O lo había visto todo y estaba esperando el momento adecuado para confrontarme?
Mi mente, torturada por la resaca, comenzó a crear escenarios cada vez más catastróficos. ¿Y si Esperanza había fingido estar más ebria de lo que realmente estaba? ¿Y si cada momento de alegría y desinhibición había sido una actuación, una manera de observar hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
El sudor frío comenzó a perlar mi frente mientras mis pensamientos giraban en mi mente como un carrusel enloquecido. Recordé la forma en que Alice y Sophie habían bailado con Esperanza, sus cuerpos moviéndose juntos en una extraña sincronía. ¿Había sido todo parte de un plan? ¿Me habían estado probando las tres?
Las sábanas se sentían ásperas contra mi piel hipersensible, y el aire acondicionado parecía soplar aire ártico directamente sobre mi cuerpo adolorido. Cada sonido del hotel, pasos en el pasillo, el timbre lejano del elevador, las voces amortiguadas de otros huéspedes, resonaba en mi cabeza como un martillo contra un gong.
Mi boca estaba tan seca que mi lengua se pegaba al paladar. Necesitaba agua desesperadamente, pero el pensamiento de levantarme, de moverme siquiera, parecía una tarea hercúlea. Además, ¿y si al levantarme despertaba a Esperanza? ¿Estaba listo para enfrentar las consecuencias de la noche anterior?
A mi lado, Esperanza se movió ligeramente en sueños, y mi corazón dio un vuelco doloroso. ¿Qué soñaba ella? ¿Estaba reviviendo también los eventos de la noche anterior en su subconsciente? Un mechón de su cabello cayó sobre su rostro, y resistí el impulso de apartarlo, temiendo que el más mínimo toque pudiera despertarla.
La culpa y el miedo se mezclaban en mi estómago con la resaca, creando una tormenta perfecta de malestar físico y emocional. Me sentía como un adolescente que ha sido atrapado en una travesura, esperando el inevitable momento del castigo. Pero no era un adolescente, era un hombre casado que había permitido que dos extrañas lo besaran mientras su esposa estaba presente.
El reloj en la mesa de noche continuaba su marcha implacable, cada segundo acercándome más al momento inevitable en que Esperanza abriría los ojos. ¿Qué vería en ellos? ¿Enojo? ¿Dolor? ¿O algo peor... indiferencia?
Sus pestañas comenzaron a temblar ligeramente, y mi pulso se aceleró hasta el punto de que podía sentirlo en mis sienes, cada latido un nuevo golpe de dolor en mi cabeza castigada. El momento de la verdad se acercaba, y yo me sentía tan preparado como un náufrago enfrentando un tsunami.
La culpa puede hacer que uno realice gestos extraordinarios. Quizás por eso me encontraba ordenando un desayuno especial para Esperanza: chilaquiles verdes, huevos rancheros, frijoles refritos y ese café de olla que tanto le gustaba. Una pequeña ofrenda de paz para cuando despertara, aunque ella aún no supiera que necesitábamos hacer las paces.
El hotel exudaba una extraña mezcla de lujo y secretos. Las paredes color crema, los apliques dorados y las alfombras persas creaban una fachada de respetabilidad que contrastaba con los susurros y las miradas furtivas de los huéspedes que me cruzaba. Algunos, como yo, mostraban claros signos de la noche anterior: ojos enrojecidos, cabellos despeinados, ropa arrugada. Otros, más frescos y compuestos, parecían juzgarnos desde su superioridad moral.
Caminaba de regreso por el pasillo alfombrado, mi cabeza aún protestaba con cada paso, cuando unos sonidos llegaron a mis oídos.
Gemidos ahogados y murmullos que escapaban de una de las habitaciones. Me detuve en seco, mi mente nublada por la resaca súbitamente clara. Sabía que debería seguir mi camino, pero algo me mantuvo allí, pegado al suelo. ¿Era curiosidad? ¿O quizás un retorcido sentido de justificación, buscando pruebas de que otros también cedían a sus debilidades?
El pasillo, con su iluminación tenue y sus puertas idénticas, parecía un limbo moral donde las reglas normales no aplicaban. Cada puerta guardaba historias, secretos, momentos de debilidad o de pasión que nunca verían la luz del día. Me pregunté cuántas personas, detrás de esas puertas numeradas, estaban viviendo sus propios momentos de transgresión.
Casi sin pensarlo, me acerqué a la puerta. Los sonidos se hicieron más claros, más definidos. Mi corazón latía con fuerza, con una mezcla de vergüenza y curiosidad corriendo por mis venas. El recuerdo de los besos de Alice y Sophie aún seguían frescos en mi memoria y hacían que este momento de voyerismo pareciera otro pecado más en mi lista creciente. ¿En qué me estaba convirtiendo? ¿Era este el efecto de Cancún, o simplemente la máscara de mi moralidad comenzaba a resquebrajarse?
De repente, el sonido de pasos acercándose a la puerta me sobresaltó. Intenté alejarme, pero fue demasiado tarde. La puerta se abrió y me encontré cara a cara con Marisol, la mucama venezolana.
—¡Mi rey! —exclamó con esa cadencia característica de su país, sus ojos brillaban con reconocimiento.
Su uniforme, impecablemente planchado, contrastaba con mi aspecto desaliñado.
—¿Qué hace por aquí, papi? ¿Buscando más masajes? —su tono juguetón llevaba un dejo de complicidad que me hizo sentir incómodo.
La última vez que la había visto fue durante aquel masaje que casi me cuesta mi matrimonio. Esperanza la había encontrado cuando salía por la puerta, había hecho muchas preguntas y las respuestas nunca parecieron satisfacerla completamente.
Ahora, Marisol guardaba apresuradamente un fajo de billetes en el bolsillo de su uniforme, sus movimientos parecían practicados, casi automáticos. Su sonrisa era radiante e imperturbable, como si hubiera hecho las paces con sus decisiones hace mucho tiempo.
—¿Sabes? No es fácil —continuó, con su voz bajando a un tono de más confidencial—. Cuando llegué aquí, pensé que trabajaría solo limpiando habitaciones. Pero luego conoces gente, ves oportunidades...
Sus ojos se desviaron hacia el bulto que formaban los billetes en su bolsillo.
—Y cuando escuchas a tu hermana menor llorar por teléfono porque no puede pagar sus libros de la universidad...
Se acercó y me dio dos besos en las mejillas, su perfume dulzón se mezclaba con otro aroma que no quise identificar. Su familiaridad me hizo sentir incómodo y cómplice al mismo tiempo. ¿No estaba yo también guardando secretos? ¿No había también cruzado líneas que nunca pensé que cruzaría?
—La vida en Venezuela no está fácil, mi rey —continuó, mostrando sus ojos oscuros fijos en los míos—. Aquí... aquí al menos puedo hacer una diferencia. Mi hermana no tiene que saber cómo consigo el dinero. Solo necesita saber que su hermana mayor la apoya, que sus sueños son posibles.
Me encontré asintiendo, entendiendo más de lo que quería admitir. ¿No había yo también justificado mis acciones de la noche anterior? El alcohol, la música, la situación... ¿No eran todas excusas para algo que sabía que estaba mal?
—Todos tenemos nuestros secretos, ¿verdad? —añadió, y su sonrisa era ahora más suave, más comprensiva—. Algunos los guardamos por necesidad, otros por vergüenza, otros por proteger a quienes amamos.
El pasillo pareció encogerse mientras sus palabras resonaban en mi mente. Las paredes elegantes del hotel, los cuadros costosos, las lámparas de diseñador, todo parecía una elaborada fachada para ocultar las verdaderas historias que se desarrollaban tras las puertas cerradas.
—Tu hermana tiene suerte de tenerte —fue lo único que pude decir, evitando su mirada.
Las justificaciones que nos damos, pensé, son tan variadas como nuestras debilidades. Algunas nobles, otras egoístas, todas igualmente humanas.
—Todos hacemos lo que podemos, ¿verdad, mi rey? —respondió, y su sonrisa regresó, aunque ahora parecía más melancólica—. A veces la vida no nos da muchas opciones. Y otras veces...
Su mirada se volvió penetrante, tiene lindos ojos, pensé.
—Las opciones que tomamos nos persiguen más de lo que esperábamos.
Me despedí con un gesto incómodo y continué mi camino hacia mi habitación, mi mente era un torbellino de pensamientos contradictorios. Las justificaciones de Marisol resonaban en mi cabeza mientras recordaba mis propias excusas de la noche anterior. ¿Quién era yo para juzgar? Al menos ella tenía un propósito noble detrás de sus acciones. ¿Qué justificación tenía yo para mis besos con Alice y Sophie?
El hotel parecía diferente ahora, como si el encuentro con Marisol hubiera corrido un velo de mis ojos. Cada persona que me cruzaba parecía cargar su propio peso de secretos: el botones con su sonrisa practicada, la pareja de ancianos que evitaba mirarse a los ojos, el ejecutivo que guardaba apresuradamente su teléfono al pasar junto a mí.
Llegué a mi puerta sintiéndome extrañamente conectado con todos los secretos que guardaban los pasillos de este hotel. Detrás de cada puerta, historias de decisiones cuestionables, de necesidades y deseos, de justificaciones y remordimientos. Me pregunté cuántas personas más, en este mismo momento, estarían lidiando con sus propias culpas, inventando sus propias explicaciones.
La tarjeta-llave temblaba ligeramente en mi mano mientras la deslizaba por la cerradura. Dentro, Esperanza seguía durmiendo, ajena a todo: a mis besos con Alice y Sophie, a mi encuentro con Marisol, a las múltiples capas de culpa que se acumulaban sobre mis hombros. Pronto llegaría el desayuno que había ordenado, y con él, el inicio de un nuevo día que prometía ser tan complejo como la noche anterior.
Continuará...
🙏 Un agradecimiento enorme a "Berwick", quien, con su suscripción Princeps, se ha convertido en un pilar fundamental para que esta historia siga cobrando vida. Tu apoyo no solo impulsa cada palabra, sino que también me motiva a seguir creando con pasión y dedicación.
🔥 Gracias por ser parte de esta aventura, por creer en mis historias y por formar parte de esta comunidad literaria. ¡Tu respaldo significa el mundo para mí! 🔥
Con gratitud,Lapilli💙📖
📖 El capítulo 12 ya está disponible para mis mecenas en Patreon.🌴 Secretos revelados.🔥 Pasiones más intensas.⚡ Un giro inesperado que lo cambiará todo.
👉 Accede ahora y descubre lo que viene. Tu apoyo hace posible que esta historia siga creciendo. ¡No te lo pierdas!
patreon.com/RELATOSDELAPILLI
Continúa en
- Relato #228484— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Vacaciones diferentes. EL VIAJE.
El viaje de seis horas se extiende bajo una manta en el asiento trasero, donde el silencio solo se rompe por gemidos ahogados y el rumor del motor.
Comparte:Trio mfmVoyeurismo ocultoTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Venganza por amor
Raul creía conocer a su esposa, pero las cámaras revelan una realidad que destruye su mundo: su mujer y su suegra no son víctimas inocentes, sino…
Comparte:Infidelidad descubiertaVoyeurismo ocultoTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
En mi closet (III)
Nunca imaginaste que tu propia casa se convertiría en el escenario de tu humillación. Pero cuando la puerta se abre y aparece la persona que menos…
Comparte:Infidelidad descubiertaVoyeurismo ocultoTrio mfm
- Hetero: Infidelidad
El padrastro del novio de la amiga Parte 10(final)
Borja creía conocer a su novia, pero la noche en la que Javi la penetró frente a sus ojos cambió todo.
Comparte:Trio mfmVoyeurismo ocultoTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
El morbo del topless (13) (final)
Ana me ofreció su móvil para llamar a Raúl. Sabía que si hacía esa llamada no había vuelta atrás.
Comparte:Trio mfmVoyeurismo ocultoCircular termina donde empieza
- Hetero: Infidelidad
Mi ex, su novia y yo. 2
Roberto la esperaba en el restaurante, pero no para cenar. Isa llegó sabiendo que sería el postre, sin imaginar que el plato principal sería su…
Comparte:Infidelidad descubiertaVoyeurismo ocultoTraicion y culpa