Amor se llama el juego...5
El silencio en la cocina era más pesado que cualquier grito. Lola sabía que la mentira ya no cabía en su boca, pero temía que la verdad la destruyera. Ahora, solo quedaba ver si el amor era más fuerte que la traición.
Capitulo 5
Más Allá de la Verdad
La noche pasó en dos mundos diferentes. Luis le hizo el amor a Lola mientras que ella disimuló, haciendo acto de presencia.
Al amanecer, Lola se levantó con una sensación de vacío. El encuentro con Miguel aún rondaba en su mente, una mezcla de excitación y culpa que no podía sacudir. Se miró en el espejo, tratando de reconocer a la mujer que había decidido romper las normas, aunque fuera por una noche. Suspiró, sabía que la rutina la estaba esperando “A veces, lo diferente es lo único que nos hace sentir vivos.” Las palabras de Miguel no habían dejado de sonar en su mente.
Luis estaba ya en la cocina, preparando el desayuno. Lola se sentó a la mesa, forzando una sonrisa.
—Buenos días —dijo Luis sin levantar la vista de la sartén.
—Buenos días —respondió ella, tomando una taza de café.
El silencio entre ellos era denso, cargado de las palabras no dichas y las emociones reprimidas. Luis se giró para mirarla.
— ¿Todo bien? —preguntó, notando la expresión distante en su rostro.
—Sí, solo un poco cansada —contestó Lola, intentando sonar convincente.
— ¿Seguro? ¿No será por la conversación de ayer? —le dijo, recordando que Lola le había confesado que le gustaría ser dominada.
Lola se alteró al escuchar la pregunta de su marido, su corazón acelerándose y sus manos temblando ligeramente. Finalmente, suspiró y confesó en voz baja:
—Sí, es por eso.
Él la miró con preocupación, sintiendo una mezcla de curiosidad y dudas. Quería apoyarla, pero no sabía por dónde empezar ni cómo manejar sus propios sentimientos al respecto.
— ¿Qué te parece si nos vamos unos días a la playa? Salgamos de la rutina…
Lola frunció el ceño, su frustración evidente. Se levantó abruptamente y, con voz cargada de enojo, le respondió.
— ¿De verdad crees que irnos a la maldita playa va a solucionar esto? No estoy enferma, Luis. ¡Esto no se resuelve con una escapada!— Lola respondió frunciendo el ceño, su voz sonó más cargada de enojo de lo que hubiera deseado.
Luis la miró, confundido y preocupado. Lola, sintiendo el peso de su propia reacción, se dio cuenta de que su enfado no era realmente hacia él, sino hacia sí misma. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas mientras reflexionaba sobre sus propios errores y secretos.
— ¿Qué puedo hacer, Lola? —preguntó Luis, mientras la abrazaba con ternura, intentando consolarla. Por primera vez en su vida, se sintió completamente perdido y desorientado.
—Tal vez lo mejor para ti sería separarnos —dijo Lola con voz temblorosa, sus lágrimas fluyendo libremente. —Sé que te voy a hacer daño, Luis, y eso es algo que no me perdonaría nunca en la vida.
— ¿Daño, ¿por qué? —preguntó Luis, su confusión palpable mientras intentaba entender la magnitud de lo que Lola estaba diciendo.
Lola se quedó mirándolo, la culpa y el miedo pesando en sus hombros. Sabía que tenía que ser honesta, pero también temía que, al confesarle toda la verdad, Luis pudiera decidir alejarse definitivamente de ella. Su corazón latía con fuerza mientras se preparaba para revelar lo que había estado ocultando, temiendo la reacción que pudiera desencadenar.
—Ayer… ayer te mentí. —Lola respiró hondo, intentando controlar el temblor en su voz. —Te fui infiel…
Dejó la frase en el aire, sus ojos buscando en el rostro de Luis alguna señal de comprensión o rechazo, mientras el peso de su confesión la abrumaba.
— ¿Qué? —Luis se alejó de ella, sus ojos llenos de incredulidad y dolor. Luis frunció el ceño, el rostro enrojecido por la rabia contenida. Dio un paso atrás, cruzando los brazos con una expresión fría y distante. Su enojo era palpable, pero intentó mantener una fachada de control mientras sus palabras salían cortantes.
— ¡¿Cómo pudiste ser tan egoísta?! —exclamó con voz cargada de frustración. —No puedo creer que hayas hecho esto. ¿Qué te llevó a actuar de esta manera?
Luego, al darse cuenta de que sus emociones estaban a punto de desbordarse, Luis respiró hondo, intentando recuperar la compostura. La frialdad en su voz contrastaba con la ira en su mirada.
—Necesito tiempo para pensar. No puedo seguir hablando ahora mismo.
Lola, con lágrimas en los ojos, comenzó a hablar con desesperación.
—No puedo hacer nada para deshacer lo que hice. Pero tu actitud no ayuda en nada. Necesito que al menos intentes entenderme, no que me hagas sentir aún peor.
Luis, aún en estado de incredulidad, se quedó mirando a Lola con una mezcla de sorpresa y confusión. Sus ojos estaban llenos de una tormenta interna, tratando de procesar la enormidad de lo que acababa de escuchar. Su cuerpo se tensó, y su respiración se hizo irregular mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas.
—¿Entenderte? —dijo Luis, su voz temblando entre la incredulidad y el dolor. —¿Cómo se supone que voy a entender algo así? Es… es difícil aceptar que esto es verdad. Necesito tiempo para procesarlo. Supongo que eso lo comprendes. De un día para otro… de un día para otro, siento que no te reconozco. Lo siento, Lola, pero ahora mismo no sé qué parte de nuestro matrimonio es real y cuál no.
—Yo soy real —respondió Lola, su voz quebrándose bajo el peso de la culpa y la desesperación—. Te dije que lo mejor para ti sería separarnos.
— ¡No entiendes que no quiero separarme de ti, maldita sea! —Exclamó Luis, estallando de frustración—. Solo quiero que no me vuelvas a mentir. No sé cómo manejar esto, pero tiene que haber alguna manera de superar esto juntos.
—Yo tampoco sé cómo —admitió Lola, su voz llena de tristeza.
—Creo que lo mejor para los dos es que me cuentes todo, duela lo que duela. Ese es el principio —dijo Luis, con una determinación desesperada.
Aquella noche, ninguno de los dos pudo dormir. Luis se debatía entre la incredulidad y el dolor, dando vueltas a la historia que le había confesado Lola. Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes de lo que había oído lo despertaban en un sobresalto, incapaz de reconciliar la realidad con la vida que había conocido. La tristeza y la ira se entrelazaban en su mente, y la incertidumbre sobre el futuro lo mantenía despierto, su cuerpo rígido en la oscuridad.
Mientras tanto, Lola estaba atrapada en una tormenta de culpa y arrepentimiento. El peso de sus decisiones pasadas la aplastaba, y el pensamiento de que su matrimonio se había desmoronado a causa de sus errores la atormentaba. Cada vez que intentaba encontrar un consuelo en los recuerdos felices, estos se desvanecían en un mar de arrepentimiento. La duda sobre si había hecho lo correcto al confesar se mezclaba con el miedo a un futuro sin Luis.
Ambos esa noche se encontraban en habitaciones separadas, pero compartían el mismo silencio pesado. Luis, sentado al borde de la cama, miraba al vacío, su mente una maraña de pensamientos entrelazados con dolor y confusión. Lola, en su propia cama, miraba el techo con los ojos llenos de lágrimas que no podían dejar de caer, su corazón sintiendo el frío de la soledad.
Cuando el primer rayo de sol empezó a filtrarse a través de las cortinas, un nuevo día comenzó a despuntar. Pero para Luis y Lola, el amanecer solo trajo más incertidumbre. El peso de la noche anterior no se desvanecía con el día; al contrario, lo hacía más palpable. La esperanza de una resolución parecía tan distante como el sol naciente.
Luis se levantó y, con una resolución cansada, se dirigió a la cocina, decidido a enfrentar la nueva realidad con una claridad fría. Lola, por su parte, se preparaba para lo que sentía podría ser el final de su relación, sabiendo que las palabras de la noche anterior habían marcado un punto de no retorno.
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