Xtories

El sueño de toda Mujer…

Román creía que estaba regalando a su esposa la fantasía de sus sueños. Pero cuando la puerta se cierra tras él, se da cuenta de que no fue un juego, sino una sentencia. Y lo peor no es que ella lo haya dejado, sino que él no pudo dejar de mirar.

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Es un relato inventado por mi. Algo que siempre he soñado, espero y les guste. Besos de Ciara

La habitación del motel olía a desinfectante barato y a un vago perfume de pino. El jacuzzi burbujeaba en la esquina, prometiendo una relajación que Roman sabía que no llegaría. Llevaban diez años juntos, Roman y Lucy. Diez años de risas, de peleas, de rutinas. Y esa noche, todo cambiaría.

—¿Estás segura, mi amor? —preguntó Román, su voz un poco temblorosa mientras desabrochaba la blusa de Lucy. La seda se deslizó por los hombros de ella, revelando un encaje negro que la compró para la ocasión.

—Más segura que nunca —susurró Lucy, sus ojos brillando con una emoción que Román no había visto antes. Era una mezcla de nervios y un deseo puro, casi salvaje—. Quiero esto. Quiero vivir mi fantasía contigo.

Román sonrió, aunque el nudo en su estómago se apretaba. Él había organizado todo. Era el regalo de aniversario perfecto, la prueba final de su amor y confianza. La fantasía de ella era tener un trío, y él, en un acto de devoción que en retrospectiva le parecería una locura, se había encargado de todo. Había encontrado al hombre perfecto. Alguien que ella había mencionado sin darse cuenta, con una admiración apenas velada en sus ojos cuando lo veían en reuniones o en fotos. Se llamaba Tomás.

Un golpe suave en la puerta. El corazón de Román dio un vuelco.

—Ya está aquí —dijo, con más entusiasmo del que sentía.

Abrió la puerta. Tomas era más alto y maduro que Román, más ancho de hombros, con una sonrisa segura que no le temblaba. Entró y sus ojos se encontraron inmediatamente con los de Lucy, que seguía semi vestida junto al jacuzzi. La electricidad en la habitación era palpable, densa.

—Lucy. Qué placer verte de nuevo —dijo Tomás, su voz un barítono grave que hizo que a Lucy le temblaran las rodillas.

—Tomás—respondió ella, su voz apenas un hilo. Román se sintió como un intruso en su propia fiesta.

Los primeros minutos fueron torpes, un baile de miradas y manos vacilantes. Roman intentó tomar la iniciativa, besando a Lucy y acariciándola, pero era como si ella estuviera en otro lugar. Sus ojos se desviaban constantemente hacia Tomás. Finalmente, fue el quien rompió la tensión. Se acercó a Lucy, tomó su barbilla y la obligó a mirarlo.

—He estado esperando este momento, Lucy —murmuró, y luego la besó.

No fue un beso tierno. Fue un beso de reclamación. Profundo, húmedo, posesivo. Lucy respondió con una ferocidad que Román nunca le había conocido. Sus manos se enredaron en el pelo de Tomás, tirando de él con urgencia. Roman se quedó de pie, viendo cómo su esposa se derretía en los brazos de otro hombre. El sonido de sus besos, los gemidos ahogados de Lucy, llenaron la habitación.

—Mierda... —susurró Román para sí mismo, sintiendo una mezcla de excitación y un pánico helado.

Se acercaron al jacuzzi. El agua caliente salpicó mientras se desvestían. Lucy se deshizo de lo poco que le quedaba de ropa, quedando en un bikini rojo, su cuerpo iluminado por la luz tenue del motel. Era espectacular, y Román sintió una punzada de orgullo y de dolor al verla. Tomás se metió en el agua, y Lucy lo siguió, sentándose en su regazo. Román se quedó al borde, un espectador.

Tomás comenzó a besarle el cuello a Lucy, sus manos recorriendo su espalda, sus nalgas, sus muslos.

—¿Sabes cuántas veces me he masturbado pensando en ti, Tomás? —confesó Lucy, su voz ronca de deseo. Las palabras golpearon a Román como un puñetazo en el estómago—. Mientras estoy en el trabajo, o en mi auto…

—¿En serio? —susurró Tomás, una sonrisa de triunfo en su labios mientras mordisqueaba su oreja—. Cuéntame más.

—Pensaba en tu verga —continuó Lucy, sin ninguna vergüenza, sin mirar a su esposo—. En cómo me llenarías. Mientras Román me cogía, yo cerraba los ojos y imaginaba que eras tú.

Román se sintió el aire faltarle. La humillación era abrumadora, pero también estaba irremediablemente excitado. Se sentó en una silla cerca de la cama, su mano yendo automáticamente a su propia erección. Se estaba masturbando mientras su esposa le contaba a otro hombre cómo había fantaseado con él durante años.

Tomas levanto a Lucy para que lo montara. Se puso el condon bajo el agua y Lucy, con un movimiento fluido, se guio sobre él. Un grito escapó de sus labios cuando lo sintió entrar.

—¡Dios, sí! Así! ¡Más grande, más duro! —gritaba Lucy, arqueando la espalda. Sus palabras eran dagas para Román. Él nunca la había oído gritar así—. ¡Cogeme Tomás! ¡Hazme tuya!

La escena se convirtió en un torbellino de pasión animal. Se movían con una fuerza salvaje, salpicando agua por todas partes. Los sonidos eran crudos, primitivos. Lucy le decía cosas a Tomás que Román solo había oído en las películas porno más duras.

—¡Mámame las tetas! ¡Apriétalas fuerte! —le ordenaba, y Tomás obedecía con avidez—. ¡Pónmeme a cuatro patas! ¡Cogeme como a tu perra!

Se levantaron del jacuzzi y cayeron sobre la cama, mojados y resbaladizos. Tomás la tomó por detrás, con una brutalidad que la hacía gritar a cada embestida. Román, desde la silla, veía todo. Veía la cara de éxtasis de su esposa, una expresión de pura entrega que él nunca había provocado. Escuchaba los golpes sordos de las caderas de Tomas contra las nalgas de Lucy, los insultos y las palabras sucias que se lanzaban.

—¿Te gusta, perra? ¿Te gusta mi verga? —gruñía Tomás.

—¡Sí! ¡Es la mejor verga que he tenido! ¡La quiero toda dentro! —respondía Lucy, su voz rota por el placer.

Después de lo que pareció una eternidad, el ritmo cambió. Se volvieron más lentos, más íntimos. La ferocidad animal dio paso a una ternura húmeda y pegajosa. Ella lo montó de nuevo. Se besaron con una pasión que parecía más de amantes que de desconocidos en un trío. Se acariciaron, se susurraron palabras al oído. Román era invisible.

—Quiero sentirte todo —susurró Lucy en el oído de Tomás. Con una lentitud deliberada, alcanzó la base del miembro de él, donde estaba el condón, y con una destreza que heló la sangre de Román, lo deslizó hacia afuera y lo tiró al suelo—. Quiero que te vengas dentro de mí.

El mundo de Román se detuvo. Durante diez años, la regla número uno en su relación era "sin condón, sin sexo". Y "correrse dentro" era el tabú absoluto.

"Es muy arriesgado", le había dicho ella mil veces.

"No, no quiero hijos todavía", había repetido.

"No, no me gusta", había insistido, cuando él se lo pedía como el mayor acto de intimidad.

Y ahí estaba, ofreciéndoselo a un hombre que no era su esposo.

—¿Estás segura? —preguntó Tomás, aunque su sonrisa decía que sabía que lo estaba.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —replicó Lucy, abriendo las piernas más para recibirlo de nuevo.

Tomás volvió a entrar en ella, esta vez piel con piel. Los gemidos de Lucy eran diferentes ahora. Más profundos, más largos. Era el sonido de la satisfacción total. Román observaba, con su verga en la mano, sintiéndose el hombre más pequeño y patético del mundo. Estaba siendo humillado de la forma más completa posible, y su cuerpo reaccionaba con una erección dolorosa.

Los movimientos de Tomás se volvieron más rápidos, más erráticos. La volteó, ella quedando debajo y de inmediato lo abrazó con sus piernas.

—Voy a correrme, Lucy —gruñó.

—¡Sí! ¡Dentro! ¡Lléname toda! ¡Dame tu leche! —suplicó ella.

Con un rugido, Tomás se hundió en ella una última vez, su cuerpo tensándose mientras se vaciaba dentro de ella. Lucy gritó, un sonido de triunfo y placer puro que hizo eco en la habitación y en el alma destrozada de Román. La vio arquear la espalda, sus uñas clavándose en la espalda de Tomás, recibiendo cada gota del semen de otro hombre, un acto que le había negado a su esposo durante una década.

Se quedaron así un momento, pegajosos, jadeando. Luego, Tomás se retiró lentamente. Lucy, con una sonrisa de pura saciedad, se deslizó hacia abajo en la cama. Román la miró, sin poder creer lo que estaba a punto de presenciar.

Con una mirada desafiante directamente a los ojos de su esposo, Lucy tomó la verga semi-erguida de Tomás en su mano. Estaba brillante, cubierta con una mezcla de sus propios fluidos y el semen recién depositado. Sin dudarlo un segundo, se inclinó y se la llevó a la boca.

Román gimió, un sonido de pura agonía. Nunca, ni en sus sueños más salvajes, se había atrevido a pedirle eso. Lucy siempre había dicho que le daba asco, que era algo sucio. Y ahí estaba, lamiendo y chupando con deleite, limpiando a su amante con una devoción que era una bofetada directa a la cara de Román. La mamaba con pasión, haciéndolo dura de nuevo, saboreándose a sí misma y a él.

—¿Te gusta, mi amor? —le preguntó Tomás, acariciándole el pelo—. ¿Te gusta el sabor de nosotros juntos?

Lucy asintió, sin soltarlo, emitiendo un gutural sonido de placer afirmativo.

—Puta madre… si, me encanta tu verga, más gruesa que la de el, más rica, tu semen sabe a gloria papi…—

Cuando terminó, se recostó en la cama, completamente satisfecha, y miró a Román por primera vez en lo que parecía horas. Su mirada no era de arrepentimiento ni de culpa. Era de desprecio.

—¿Ya terminaste,? —preguntó, su voz fría y cortante—. ¿Te gustó el espectáculo?

Román no supo qué decir. Se sentía expuesto, ridículo, con los pantalones en los tobillos y su verga todavía en la mano.

—Yo... yo... —tartamudeó.

—Cállate —lo interrumpió Lucy—. Limpia eso y vete a la cochera. Tomás y yo vamos a pasar la noche aquí. A solas.

Tomás se rio, un sonido bajo y seguro. Se recostó junto a Lucy, poniéndole un brazo por encima como si ella fuera su posesión.

—Has oído a la dama —dijo, mirando con lástima—. El show ha terminado para ti.

Humillado hasta la médula, Román se subió los pantalones con manos temblorosas. Salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta a sus espaldas. Desde el otro lado, podía escuchar las risas de Tomás y los susurros de Lucy. El sonido de ellos besándose de nuevo. Se apoyó contra la pared, sintiendo las lágrimas quemarle los ojos. Diez años de amor reducidos a una noche de humillación. Su regalo de aniversario se había convertido en su peor pesadilla, y mientras se masturbaba en la oscuridad del pasillo, llorando en silencio, supo que su matrimonio, tal como lo conocía, había terminado para siempre en esa cama de motel, con el sabor de otro hombre en los labios de su esposa.

La oscuridad del pasillo era un consuelo temporal. se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo mojado, el frío del cemento calmando un poco el ardor de su verga, que aún latía, un testigo traidor de su excitación y su dolor. Los sonidos de la habitación contigua eran una tortura refinada. Escuchaba los susurros, las risas bajas, el crujido de los colchones. No eran los sonidos de una rápida aventura pasional; eran los ruidos cómodos de una pareja que se está conociendo, compartiendo secretos.

—Siempre me encantó tu forma de moverte cuando bailas —escuchó que decía Tomás, su voz un murmullo ronco y confiado.

—Y yo siempre me pregunté cómo serías en la cama —respondió Lucy, y su risa fue natural—. No me equivoqué.

El diálogo continuaba, un intercambio íntimo que lo excluía por completo. No eran solo cuerpos en un acto físico; era una conexión que él nunca supo que existía. Se sentía como un fantasma en su propia vida, un extraño escuchando los inicios de una historia de amor que no incluía.

Después de una eternidad, el silencio se apoderó de la habitación. Román se quedó inmóvil, escuchando su propio corazón martilleando. ¿Se habían dormido? ¿Estaban...? No, no podía soportar esa idea. Se levantó, con las piernas dormidas, y se acercó sigilosamente a la puerta. El ojo de la cerradura era pequeño, pero ofrecía una visión distorsionada del infierno.

Miró.

La luz del baño estaba encendida, proyectando una sombra suave sobre la cama. Lucy estaba acostada de lado, con Tomás detrás de ella, la cuchara perfecta. Pero no estaban durmiendo. El brazo de Tomás rodeaba la cintura de Lucy, su mano descansando sobre su vientre. Y la mano de Lucy estaba encima de la de él, sus dedos entrelazados. Se movían lentamente, con una ternura que era mucho más dolorosa que la ferocidad de antes. Era un amor lento, silencioso, íntimo. Un amor que se construía sobre las cenizas del suyo. Gemidos lentos, cogian como si nunca quisieran separarse, el quería dejar vida dentro de ella y ella estaba dispuesta a dejarse.