Xtories

Doble Check:el primer caso de Rubia Hetaira.Cap.2

La cama se vacía de placer para llenarse de un secreto insoportable. Cuando el hombre que la posee le exige entregar su cuerpo a otro para salvar sus secretos, la línea entre la sumisión y la supervivencia se desdibuja. No es solo sexo; es un contrato de sangre y silencio.

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II

Rien ne va plus

Alejandra se detuvo por un momento en plena felación. «¿Para?, ¿ha dicho: para?», pensó, sorprendida. Los segundos se congelaron y su mano pareció agarrotarse alrededor de la polla de Roa.

—De verdad, Alejandra, detente—gimió sosteniendo con firmeza la cara de la mujer entre sus manos, apartándola—. Tenemos que hablar.

—¿Hablar?—preguntó Alejandra desasiéndose de las manos de su amante como si éstas quemaran y quedándose con la mirada fija en él mientras con el dorso de la mano se quitaba las humedades que pendían de sus labios—. ¿Ahora? Pedro, no…

—Es importante, coño.

Pedro Roa se dejó caer, exhausto, sobre las arrugadas almohadas que cubrían el cabecero de la cama. Dedicó unos segundos a secarse el sudor del torso con la sábana y a coger un cigarrillo del paquete que estaba en la mesita de noche.

—Tiene que serlo—confirmó Alejandra con una cara a caballo entre la confusión y el enfado—. Para que tú rechaces una mamada, muy serio tiene que ser. ¿Qué pasa?

Roa encendió el cigarro en un inútil intento de darse tiempo para pensar en cómo demonios empezar aquella maldita conversación. Entre las volutas de humo de la primera calada, vio como la mujer se medio incorporaba quedando sentada sobre sus pies con las rodillas flexionadas. La tenue luz de la habitación bañaba la mitad de su cuerpo sudado, dándole una patina que recordaba a la miel. Sus pechos, aún con los pezones erizados por el recuerdo del placer, se movían con la cadencia de la respiración. El pelo, rojizo y alborotado, parecía arder bajo aquella iluminación y los ojos, que hasta hacía unos instantes brillaban de deseo, ahora se aceraban en clara expresión de desafío. «!Dios, que hermosa es!», se gritó, airado, a sí mismo.

—Se trata de Robles—suspiró al fin, dando otra profunda calada al cigarrillo.

—¿Robles?¿Quién demonios es Robles?

Roa no contestó de inmediato, daba caladas nerviosas buscando en su cabeza cómo salir del berenjenal en el que se había metido.

—¡Pedro!—insistió ella, ya claramente enfadada—. ¡Que quién coño es ese Robles y por qué tenemos un problema con él!

—Es…Es el detective que nos está ayudando y que consiguió las fotos de tu marido. El mismo que él contrató por indicación mía.

—¿Y qué pasa con él?¿Quiere más dinero? Pues págale y…—Alejandra se interrumpió por una negrura que súbitamente se cernió sobre ella al contemplar la cara con la que le miraba Roa—¡No! ¡Ni se te ocurra!—gritó tapándose en un movimiento reflejo con los bajos de la sabana ¿¡Estás de coña!?,¿verdad?

Roa bajó la mirada mientras su mano buscaba el cenicero donde apagar la colilla que había consumido hasta el filtro.

—¡Pedro! ¡Dime que esto es una jodida broma!

Alejandra se levantó de la cama impelida por un resorte invisible; arrastrando la sábana con ella. La temperatura de su cuerpo había bajado en picado y el sudor impregnado en la cobija parecía haberse escarchado sobre su piel. Temblaba.

—Ale—pidió Roa alcanzado de un bote los pies de la cama y ofreciéndole una mano—, por favor, déjame que te explique…

—¿¡Qué cojones me tienes que explicar, gilipollas!?¿!Quién te crees que soy!?,¿¡tu puta!?¿Crees que me puedes ir pasando de polla en polla como si fueras mi chulo?

—¡Ya vale!¡Hostias, Alejandra!—gritó Roa levantándose también de la cama, enfadado—¡Yo no tengo nada que ver con esto!, te lo puedo jurar por…

—Ni se te ocurra jurarme, cabrón—siseó ella enfrentando su cara a la de Roa como haría una cobra dispuesta para atacar—Soluciónalo cagando leches o tú y yo hemos terminado para siempre. Ofrécele más dinero. Pon tu culo si hace falta, ¡pero no quiero volver a oír nada del tema!

La templanza iracunda con la que Alejandra pronunció estas palabras detuvo la sangre en las venas de Roa, quien depuso toda la agresividad con la que había salido de la cama. Agachó la cabeza y se dejó caer sobre el colchón de espaldas.

—No lo entiendes, Ale—se quejó—. Robles es peligroso. Si no accedes a follar con él, no solo nos desmontará todos los planes. Acudirá a tu marido. Se lo contará todo y aun le quedará material suficiente para chantajearnos el resto de nuestras vidas.

Alejandra abrió los ojos como platos soperos. Notaba como la ira la iba embargando por todos los poros de su piel. El frio anterior dio paso a un calor intenso, pese a ello sintió un escalofrío de decisión.

—¡Pues que se lo cuente! ¡Total, se va a enterar de un modo u otro! Y en cuanto al chantaje, lo denunciaremos si hace falta.

Roa se incorporó con tal velocidad que sintió como un doloroso calambre le electrocutaba la espalda.

—¿Denunciarlo? Eso es imposible, solo nos complicaría aún más las cosas.

Alejandra lo miró anonadada.

—¿Pero tú te oyes? Que clase de mierda…Es un detective privado, no un mafioso de la Cosa Nostra. Tendrá una licencia; tendrá que responder ante…

La sonrisa triste de Roa acalló la diatriba de la mujer cuyo asombro y terror crecía por momentos. El hombre salió de la habitación cabizbajo dejando a una Alejandra expectante. Temerosa y expectante. Cuando volvió, instantes después, vestía un albornoz, traía consigo una botella de whisky y dos vasos gruesos. Ante el silencio inquieto de ella, llenó los vasos, le ofreció uno—que aceptó—y encendió otro cigarro antes de sentarse en el borde de la cama.

—Robles no siempre fue detective—empezó a soltar lastre intercalando chupadas a su cigarrillo y pequeños sorbos—.Trabajó muchos años en…bueno, digamos simplemente, porque ni yo lo tengo muy claro, en algo que está por encima de la policía y las demás administraciones…normales. Por lo que sé, aún le deben muchos favores en casi cualquier parte a la que se vea obligado a acudir. Si lo denunciamos, ten por seguro que nosotros seríamos los perjudicados. Y no hablo solo de que tu marido se entere de lo nuestro o lo que hemos hablado sobre la farmacéutica. Sería algo…bastante peor. Él y yo hemos colaborado durante mucho tiempo, con muy buena sintonía, en asuntos necesarios para la empresa y que el escrupuloso de tu marido no se enteraba o no quería enterarse. Por eso, no me esperaba esto, de verdad que no…Fue empezar a seguirte para las fotos concertadas y…Mira, a Robles solo hay una cosa que le guste más que el dinero, y son las mujeres. Por eso, créeme cuando te digo que aunque le aumentemos su parte no cejara en el empeño de…bueno, ya sabes.

Roa se obligó a mirar a Alejandra. La mujer lo miraba con los ojos desorbitados, sujetando el vaso intacto con una mano y la sábana con la otra. Un rictus entre asombrado y furioso conseguía lo que habría parecido imposible en cualquier otra situación: afearla.

—Dí algo…—rogó.

Alejandra dejó caer la sábana, que resbaló por su cuerpo desnudo y pétreo como si acabaran de inaugurar una estatua. Con movimientos mecánicos buscó su ropa con la mirada, encontrándola diseminada por toda la habitación. Cuando fue a recoger el tanga, lo hizo con la mano en la que aún sostenía el vaso. Se sorprendió de encontrarlo allí y, con una calma antinatural, lo lanzó con fuerza contra la pared opuesta, donde estalló en las mil esquirlas de una bengala.

—¡Ale!—se sobresaltó Roa—. Quieres hacer el favor de…

La mujer le pegó un empujón seco con todo el peso de su cuerpo.

—¿Cómo se te ha ocurrido ponerme en una situación así?¿Qué clase de hijo de puta eres?

Roa se sorprendió del tono empleado por ella. No había sonado como un reproche, si no como una pregunta de genuina curiosidad. Ante aquella sequedad, Roa estalló.

—¿¡Qué clase de hijo de puta soy!? ¿¡Y tú me lo preguntas!? ¡Pues soy el hijo de puta que nos va a hacer ricos!¡El mismo cabrón que se juega todo para poder sacar la empresa hacia delante, por encima de las ínfulas altruistas del cornudo de tu marido!¡El hijo de mil perras que baja al fango para acercar las sardinas a la gente que de verdad decide donde van las subvenciones y convence a otros para que se retiren cuando chocan con nuestros intereses y aún están a tiempo de dar marcha atrás! ¡Y soy, además, el hijo de puta que te folla como no te han follado en tu vida!

Alejandra había asistido a todo aquel torrente de jabs y ganchos con la cara de quien aparece desnudo en el metro en hora punta sin saber como diantres ha podido llegar allí, y solo ve desconocidos. Su odio era tal, que hasta se podía decir que parecía tranquila. Demasiado tranquila. Con la misma parsimonia terminó de vestirse ante la atenta, arrepentida y suplicante mirada de Roa quién, una vez disipados los vapores de la ira, había quedado desmadejado sobre el escabel del rincón, como si sus propios golpes se los hubiera infligido a sí mismo.

Una vez vestida, Alejandra, con ademán de salir de la habitación sin decir una palabra más, fue retenida por Roa que la cogió de la mano desde su posición.

—Piénsatelo—pidió con la cabeza sobre su esternón—, por favor. No eres la única que pierde con esta situación.

Ante lo que a ella le pareció un soberano despropósito, se giró en redondo para enfrentar a Roa, con lágrimas en los ojos.

—¿No? ¿Qué pierdes tú, Pedro?—preguntó masticando las palabras—. A parte de tú más que discutible hombría, claro.

Roa se levantó como un rayo dispuesto a enfrentarla de nuevo. Pero todo quedó en eso. Cuando vio las lágrimas de ella, se deshinchó.

—¿Crees que me hace puta gracia saber que se van a follar a la mujer que…?

Alejandra lo cortó mirándolo a los ojos de forma valorativa durante una décima de segundo, para inmediatamente cambiar a otra de profundo asco.

—Si hay algo de verdad en eso, Pedro, aunque sea una infinitésima parte, arréglatelas para que no tenga que hacerlo.

Roa bajó de nuevo la cabeza hacia el suelo.

—Y tiene que ser mañana, antes de que salgas para Barcelona—anunció como canto postrero.

El silencio que quedó en la habitación después de aquellas palabras, la abarrotó como se abarrota la primera línea de playa el primero de agosto. La mujer, de un tirón, se soltó de la mano que la retenía y desapareció de la casa, derrotada. Cuando abandonó el edificio se subió al primer taxi que pasó libre y se dirigió hacia su casa con la cabeza apunto de estallarle de un momento a otro.

***

A lo mejor, y solo a lo mejor, de no haber salido tan atribulada de aquel inmueble, habría visto cómo sus movimientos eran vigilados por una figura que, indolente, fumaba un cigarrillo largo, con la cadera apoyada en el asiento de una motocicleta de alta cilindrada.

Cuando la mujer se metió en el taxi y éste se puso en movimiento, la figura tiró lo que le quedaba del tabaco, se colocó el casco que permanecía colgado del manillar y se subió al vehículo con intención de seguirle a una distancia prudencial.

***

Alejandra pegó un pequeño grito tras abrir la puerta de su dormitorio. Tan ensimismada iba en sus negros pensamientos, que se llevó un sobresalto al encontrarse a su marido sentado en la cama. Mauricio también pegó un respingo, ocupado como estaba, en ese instante, en sus no menos negros pensamientos y peleándose con los cordones del uno de sus zapatos, no había escuchado a su mujer entrar hasta que oyó su exclamación.

—No…No esperaba…—empezó a trabarse la mujer—lo siento, no sé porqué me he asustado. Creí que trabajarías hasta más tarde…El mensaje que enviaste…

Mauricio levantó la vista hacia Alejandra, algo molesto por tan innecesaria explicación. Al verla, se sobresaltó de nuevo. Su mujer permanecía quieta bajo el dintel de la puerta. Parecía que no se atrevía a entrar. Su cara estaba blanca y, pese al pequeño susto, aún no habían desaparecido del todo las facciones duras con las que había salido de casa de Roa. Mauricio se levantó despacio, algo no le cuadraba.

—Ale, ¿qué pasa? Ni que hubieras visto un fantasma—comentó sin humor ninguno.

—No tenías…Es decir que yo creí que…

A Mauricio le escamaba toda aquella situación más de lo que le hubiera gustado admitir. La expresión de su mujer parecía dar a entender algo más que un simple susto. Muy a su pesar, y que Dios lo perdone por tan solo pensarlo, agudizó el oído por si escuchaba a alguien más en la casa; incluso dirigió una discreta mirada sobre el hombro de su esposa. Hasta ahí, comenzaba a llegar su paranoia.

Por su parte, Alejandra intentaba salir del agujero donde le había metido la maldita conversación con Roa. Pero le costaba. Le costaba horrores aclarar su mente en aquellos momentos. En su cabeza, y dado que no contaba con que su marido llegara tan pronto, se había hecho a la idea de aprovechar la soledad para intentar recomponerse y aclararse, pero, encontrarse allí su marido, le tumbó los planes como el viento hubiera hecho con un castillo de naipes. Tal era el cacao mental que la dominaba en esos instantes, que incluso se le pasó por la cabeza la idea de echarse en sus brazos y confesar; confesar y atacarlo con todo, para liberarse de toda la angustia que tenía dentro.

—¿Ale?—preguntó Mauricio, realmente preocupado—¿Qué ha pasado?

La desazón campó a sus anchas por el cuerpo de la mujer y, en un súbito arrebato, se lanzó al aseo de la habitación; cerrando la puerta tras de sí. Mauricio quedó estático ante la sorpresa. Medio segundo después, oía las fuertes arcadas que profería su esposa, sin saber muy bien que demonios hacer. Cuando salió de su inmovilidad, se dirigió a la puerta y tocó con los nudillos en la madera. ¿Por qué llamó y no entró como haría en una situación normal? Ni él mismo sabría responder a esa pregunta, simplemente lo hizo; tenía la sensación de que no debía.

—Ale, cariño, me estás asustando ¿Me puedes decir que te pasa?...Por favor.

Por respuesta, obtuvo una par más de sonoras arcadas. Tras unos instantes en los que aún dudaba si girar el picaporte o no, escuchó la voz grave de su mujer:

—Nada. No te preocupes. Algo de la cena ha debido sentarme mal. Voy a ducharme a ver si…en un momento salgo.

Mauricio se quedó con la mano en el picaporte, después lo soltó para dirigirse al galán, quitarse el otro zapato, los pantalones y meterse en la cama a esperar que Alejandra saliera del baño. La situación era ridícula, pensó; tenía que hablar con ella, contarle la estupidez que había hecho por dudas, por celos o porqué coño sabría él, y que saliera el sol por Antequera. Pero así no podía continuar. Le iba a dar algo. El agua de la ducha seguía sonando y por mucho que lo intentaba, los ojos empezaban a cerrársele. En ese momento maldijo el Lexatín que se había tomado nada más entrar en la casa. Entre todo aquel lio de fotos, detectives, sospechas y la puta auditoría, su cuerpo parecía una maraca de nervios; estaba como para ir a robar panderetas. Tenía que aguantar despierto. Tenía que…

***

El enorme gato blanco se restregó contra sus botas en cuanto Rubia Hetaira entró por la puerta de su apartamento; le estaba esperando. La mujer lo cogió con un brazo y le hizo un arrumaco al que el persa correspondió con un suave ronroneo de aprobación. El pelo níveo de uno y de otra se confundieron durante un instante.

—Ya sé, Sócrates—se disculpó Rubia en su ruso natal —, es muy tarde y tú sin cenar.

La mujer lo dejó con suavidad en el suelo, y el gato maulló con registro de pedir explicaciones dirigiéndose hacia el lugar habitual donde se le servía la cena. Lo hacía parándose cada poco, para comprobar si su humana lo seguía. Rubia dejó el casco y las llaves sobre el mueble de la entrada y la chupa de cuero en el perchero. Nuevos maullidos la reclamaron.

—Que si, pesado, que ya voy. Esto no es un restaurante, ¿sabes?

***

Alejandra salió de la ducha casi media hora después. Se había frotado con toda la saña que había sido capaz, dejando la esponja en los huesos. Solo de pensar en que pudiera acceder al chantaje de ese tal Robles, le hacía sentirse sucia. Con la toalla alrededor de su cuerpo, se sentó en el inodoro con unas ganas tremendas de llorar, cogió lo primero que encontraron sus manos—llevándoselo rápidamente a la cara—para ahogar el grito que se estaba formando en su garganta; y entonces lo olió. Era sutil, casi imperceptible para cualquiera, pero ella tenía un sentido del olfato muy desarrollado. Separó la prenda hasta ponerla a una distancia que sus ojos vidriosos pudieran enfocarla; era la camisa de Mauricio. Volvió a acercársela a la nariz. No cabía duda, junto al aroma del Old Spyce de su marido, había otro femenino; hasta sabía la marca: Carolina Herrera. Un recuerdo vino a hostigarla con saña: el día que su marido le había pedido como favor que comprara ese perfume en particular para regalárselo a su adjunta por su cumpleaños. «Es el que ella usa, y se me ha olvidado por completo ir a por él. ¿Te importaría comprarlo cuando vengas de camino a la cena que damos en su honor?», le había pedido el muy cabrón. Las lágrimas empezaron a desbordarse, «además de puta, apaleá», pensó con rabia. La congoja dejó paso a una nueva ola de cabreo de padre y muy señor mío, lo que le hizo arrojar la prenda todo lo lejos que pudo para separarse de ella. No se veía capaz de aguantar toda aquella mierda.

Cuando emergió del vapor que inundaba el aseo como la niebla londinense, vio a Mauricio durmiendo a pierna suelta. Una parte de ella se cabreó por el desinterés que había demostrado su marido, pero por otra respiró tranquila: no era el momento de destapar la caja de Pandora y mandar todo al infierno; no se veía con ánimos. Extrajo del cajón de la cómoda una camiseta de tirantes y unas bragas que inmediatamente se colocó, dejando la toalla en el respaldo de la silla y metiéndose en la cama. Por suerte, ésta era grande. Si hubieran tenido que tocarse, se habría liado a mamporros con él por ser tan hijo de puta o con ella misma por lo mismo. Sentía una pena inmensa.

***

Rubia, vestida con una larga bata de seda negra, se sentó frente al ordenador y comenzó a descargar las fotografías que constituían su captura del día. Cada vez que seleccionaba una, la adjuntaba a un informe que iba elaborando en otra pantalla, añadiéndole breves comentarios para dotar de contexto e impresiones a la imagen. De tanto en tanto daba pequeños bocados a un sándwich sin prestar demasiada atención al plato, cosa que era aprovechada por Sócrates para intentar llevarse el relleno del bocadillo como resopón.

—¿Por qué no le dejas el sándwich al bicho y te vienes a cenar otra cosa a la habitación?—preguntó una voz con marcado acento italiano desde la jamba de la puerta.

Rubia levantó la vista de la pantalla y admiró a la morena que se apoyaba con los brazos cruzados—por debajo de sus pequeños y respingones pechos—en la entrada. Recolocándose en el sillón, acarició con la mirada el cuerpo de aquella mujer que en esos momentos entraba en el despacho y se dirigía hacia su posición; unas minúsculas braguitas constituían toda su vestimenta. Cuando llegó hasta donde Rubia la esperaba, se inclinó para depositar un suave beso en los labios de ésta. Sabían a fresa.

—Termino esto, y voy—comentó con una sonrisa pícara—sigo teniendo apetito.

La morena le devolvió la sonrisa y coló una mano por el escote abierto de la bata de seda. Rubia sintió un escalofrío y emitió un ligero gemido cuando notó los dedos de ella acariciando uno de sus pezones.

—Chiara…—susurró pasando a su vez una de sus manos por la curva de la cadera de la italiana.

—¿Te queda mucho?—preguntó Chiara—Mira que la cena se enfría…

Rubia sonrió volviéndola a besar. Un roce suave primero. Un morreo con ganas a continuación. Tras una corta e intensa lucha de lenguas, Rubia se obligó a separarse. Notaba el calor expandiéndose por todo su cuerpo. Un calor urgente.

—Ya casi está.

—¿Nuevo trabajo?

—No, llevo un tiempo con él, pero se está complicando.

Chaira miró hacia la pantalla en la que estaba una serie de fotografías dispuestas en mosaico. En ellas, una mujer de obvia belleza entraba en el portal de un edificio acompañada de un hombre, también de muy buen ver.

—¿Amanti?

—Sí—contestó lacónica—. Eso es el añadido. No iba a por eso, pero…Es lo que hay.

—Acaba pronto, amore. Mañana tengo vuelo temprano, ¿sí?

—¿Dónde esta vez?

—Praga.

Rubia miró intencionadamente a Chiara.

—Mìlan estará contento, ¿no?—preguntó divertida.

—Más estaría si fuéramos las dos a verle—respondió con tono sugerente.

—Seguro que aunque solo vayas tú, no se queda con hambre.

Las dos rieron con ganas, sorprendiendo la carcajada a Sócrates que huyó de encima de la mesa con el resto de la cena de Rubia entre sus fauces.

—Eso seguro—contestó la italiana dándole otro beso para después despegarse de Rubia—. Te espero dándole el último golpe de calor a tu cena, fa’presto, ¿sí?

—Enseguida, querida. Mira como me rugen las tripas—confirmó desatándose la bata y mostrándole su pezones rosados y completamente erectos.

Chiara se pasó la lengua por sus labios, dejándolos húmedos y dispuestos. Rubia no perdió de vista su glorioso culo mientras la italiana abandonaba la habitación contoneándose para ella. Con esfuerzo, se obligó a centrarse de nuevo en las pantallas en cuanto Chiara salió de su vista. Sócrates volvió a subirse a la mesa y comenzó a lamerse una de sus patas con su lengua rasposa.

Unos pocos minutos después, tenía el archivo de su informe adjuntado en el correo electrónico que se disponía a mandar. Tecleó «[email protected]» y le dio al icono de envío.

—Esto se complica, Sócrates—repitió mientras cerraba la sesión en sus ordenadores.

Conforme avanzaba en la oscuridad del pasillo, sus oídos detectaron unos sensuales gemidos procedentes de su habitación. En su zona más íntima, notó como el apetito le acuciaba.

***

Alejandra permaneció despierta el resto de la noche. Por los listones de la persiana ya se intuían los primeros albores del nuevo día. No había parado de dar vueltas al asunto. Al fin, haciendo un esfuerzo que le pareció sobrehumano, cogió el móvil y escribió:

«Lo haré. Pero con dos condiciones».

Vio como se ponía el primer check en el mensaje enviado. Una fracción de segundo después, el segundo. El doble check azul tardó un par de minutos, y la respuesta otro par más.

«¿Qué condiciones».

«Será en Barcelona. El sábado por la noche. Y tu estarás presente».

«Tiene que ser mañana. Lo dijo muy claro. Y, ¿Yo?¿Por qué?».

«Pues tendrás que convencerlo. O se hace así, o lo mando todo a la mierda».

Esta vez entre la marca azul y la respuesta de Roa pasaron unos buenos diez minutos que a Alejandra se le pasaron como si hubieran sido diez horas.

«Acepta. Pero él también pone una condición».

«¿Cuál?».

«No podrás negarte a nada de lo que te pida».

Alejandra ahogó un suspiro desolado y volvió a teclear:

«Ok».

Primer check. Segundo check. Y, una décima de segundo después, doble check.